miércoles, 30 de noviembre de 2016

LOS CUENTOS DE HADAS

"Dancing fairies", August Malmström. (1829-1901).


"Los cuentos de hadas no dicen a los niños  que los dragones existen. Ellos ya lo saben. Lo que los cuentos dicen a los niños es que a los dragones se les puede vencer”.

G. K. Chesterton

Vamos a hablar hoy, y en sucesivas entradas, de los cuentos de hadas.

–¡¡¿Qué?!! –dirá alguno–. Eso ya está pasado de moda.

–Se trata de una peligrosa deformación que aleja a los niños de la realidad–, dirá otro.

No lo creo; es más, mi propia experiencia confirma lo contrario. Pero es que, además, no estoy solo en esto. Aquí recurro a la autoridad: muchos otros que ya lo han sostenido; los cuentos de hadas son necesarios en el proceso de formación y crecimiento de todo niño. Solo como ilustración, puedo citar al menos cinco ensayos independientes que argumentan a favor de estas historias: Tolkien, Lewis, George MacDonald, Chesterton, y más recientemente, Stephen Clark; e incluso hay alguno que desarrolla toda su favorable argumentación en un libro entero (B. Bettelheim en Psicoanálisis de los cuentos de hadas).
Así, se ha dicho que los cuentos de hadas estimulan la imaginación y fomentan la creatividad en todas las edades. Que hacen despertar un sentido de maravilla y de optimismo respecto a que las dificultades pueden ser superadas. Como la infancia es una época de transiciones, proporcionan a los niños una hoja de ruta para navegar entre ellas. En los cuentos de hadas, los débiles son fuertes y vencen las dificultades a través de la inteligencia, en lugar de la violencia o la fuerza bruta. Son, en suma, una puerta de entrada al amor por las historias en general. 

Bettelheim señala: “Los personajes en los cuentos de hadas no son ambivalentes, no son buenos y malos a la vez (...).  Cuando al niño se le presentan personalidades opuestas puede entender sus diferencias mejor (...). La ambigüedad no debería aparecer hasta que una personalidad relativamente firme se haya establecido sobre una base de identificaciones positivas”.
Ilustración de "La Reina de las Nieves" de Andersen. Charles Robinson (1870-1937).
Ya, pero ¿cómo encajan estas historias fantásticas con nuestras creencias cristianas? ¿No conducirán  a los niños hacia el paganismo o el panteísmo?
Rotundamente, no. Al abrir su ojos al sentido de la maravilla y la fascinación por aquello que nos rodea, y despertar a sus sentidos la presencia de un mundo invisible, no hacen sino reverencia a Dios creador del universo y les preparan para entender y sentir su presencia a nuestro lado, invisible pero cierta, así como la de los santos y los ángeles.
Y no solo eso. Para Tolkien, un mito (las historias fantásticas) despierta en sus lectores un deseo por algo que se encuentra fuera de su alcance. El mito posee la innata capacidad de expandir la conciencia del que lee, permitiéndole trascender a sí mismo. Y tal vez lo mejor: nos ofrecen lo que más adelante Lewis denominó un real, aunque desenfocado rayo de la verdad divina cayendo sobre la imaginación del hombre. El cristianismo en lugar de ser un mito junto a muchos otros, no es sino el cumplimiento de todas las religiones mitológicas anteriores. El cristianismo cuenta la verdadera historia acerca de la humanidad, la que da sentido a todas las historias que ésta ha contado acerca de sí misma. Como dijo el mismo Lewis, “la historia de Cristo es simplemente el mito verdadero: un mito trabajando en nosotros de la misma manera que los otros, pero con esta tremenda diferencia, y es que éste realmente sucedió”. Un mito es una historia que trasmite “cosas fundamentales”; en otras palabras: es una historia que trata de decirnos algo acerca de la profunda estructura de las cosas.
Los mejores mitos, argüía Tolkien, no son falsedades deliberadamente construidas, sino que son más bien cuentos tejidos por personas, para capturar los ecos de las verdades más profundas, aunque ciertamente ofrecen sólo un fragmento de esa Verdad, no su totalidad; y a menudo de forma oscura y ambigua. Son como fragmentos astillados de la verdadera luz. De esta manera, solo cuando conocemos “La Historia de las Historias” podemos ver con claridad toda la Verdad. Por ello estas fantasías nos preparan para comprender; por ello son importantes y por ello ayudarán a fortalecer los pilares en los que habrá de asentarse la fe de nuestros niños.
Me gustaría terminar –al igual que he comenzado–, con otra cita de Chesterton, realmente católica, hermosa y de gran calado.
“Cuando, mediante el acto de nacer, entramos en la familia, entramos en un mundo incalculable, en un mundo que cuenta con sus propias leyes, en un mundo que podría seguir existiendo sin nosotros, en un mundo que no hemos construido nosotros. En otras palabras, cuando entramos en la familia, lo hacemos en un cuento de hadas”.

Y sin más demora, pasaremos a examinar en las próximas entradas qué cuentos de hadas podemos dejar en las manos de nuestros hijos.


lunes, 28 de noviembre de 2016

LA ISLA DEL TESORO.

Ilustración para el libro de N.C. Wyeth. 1882-1945.
¿Habéis leído “La Isla del Tesoro” de R. L. Stevenson? Seguro que muchos lo habréis hecho. Es fantástico ¿no?; probablemente el mejor libro de aventuras jamás escrito.

¿Es una calificación atrevida? Decidme otro que pueda rivalizar con él. Y sobre todo, dádselo a leer a vuestros hijos, ellos ratificarán mi opinión. No podrán dejarlo hasta el final.

Es una historia de niños y hombres, de piratas y tesoros, de veleros e islas solitarias … es todo eso y mucho más que eso.

“–¡Un palmo más, señor Hands, y le salto los sesos! Los muertos no muerden, ¿no es eso lo que dijo? –añadí́, riendo entre dientes. Se detuvo. Vi, por su gesto, que trataba de pensar, lo que para él era empresa harto lenta y dificultosa, y yo, crecido por mi superioridad en aquel momento, solté́ una carcajada. El tragó saliva varias veces, y trató de hablar, aunque sin perder aquella expresión de perplejidad. Para poder hacerlo se quitó el cuchillo de su boca, pero no hizo ningún otro movimiento.”

Una trama sólida, un trepidante cambio de escenario, un constante suspense y una galería de personajes memorables. El listo, curioso y noble Jim Hawkins, con el que podría identificarse cualquier lector joven, encarando la travesía de su “línea de sombra” ante su primera elección moral, y el inolvidable Long John Silver, el arquetipo de cualquier pirata, con su pata de palo y el loro en su hombro, malvado, pero no del todo, pues le vemos responder con afecto a la desbordante bondad de Jim, aunque solo sea un breve instante, tan fugaz como el fogonazo de un cañón, en el que parece volverse hacia la luz que desprende la virtud del joven.

Aunque buscáramos arduamente no encontraríamos nada que sobrase en este libro, nada. Y creo poder asegurar que vuestros hijos lo llevarán consigo en su memoria durante el resto de sus vidas (por cierto, para un mejor recuerdo, recomiendo una edición que contenga las fantásticas ilustraciones de N. C. Wyeth).

“Quince hombres en el cofre del muerto...
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!”

Durante un tiempo mi hija mayor acostumbraba a recitar esta canción de piratas. Sobra decir que el libro le encantó.


domingo, 27 de noviembre de 2016

EL VIENTO EN LOS SAUCES.


Los cuatro protagonistas. Ilustración de E. H. Shepard. 1879-1976.




Publicado por primera vez en 1908, “El viento en los sauces”, de Kenneth Grahame, es reconocido como un clásico de la literatura infantil.

El origen de la novela se encuentra en las historias que Grahame inventaba para entretener a su hijo, Alastair. Más adelante reunió esos relatos en forma de libro bajo ese título poético y evocador.

La obra relata las aventuras, conflictos y vivencias de cuatro amigos, el Topo, la Rata de agua, el Sapo y el Tejón, en una comarca rural atravesada por el río cerca del cual viven. Se trata de animales antropomórficos, que sienten, padecen y actúan como humanos.

El libro resulta entretenido e instructivo por igual. La historia muestra al lector de cualquier edad lo importante que es tener amigos en quien poder confiar y con quien compartir las alegrías y los sinsabores de la vida. Un niño que se enfrenta con las primeras lecciones –y dificultades– de la amistad podría encontrar algunos puntos de apoyo en el libro. A su vez, hay en todo el relato una constante referencia al “Hogar”, al lugar del descanso, donde todos hallamos la seguridad y el calor al amparo de la familia (curiosamente, C.S. Lewis entrevió una clara relación entre la novela y el “Señor de los Anillos” de Tolkien, ya que, según él, la búsqueda del “Hogar” es una presencia constante en ambas obras).

Finalmente, la historia encierra –siguiendo con bastante atrevimiento a San Justino– lo que podrían llamarse “pequeñas semillas de verdad”. Me refiero al capítulo VII, donde el Topo y la Rata de agua se sumen en una contemplación mística, mezcla de la admiración y el asombro causados por la belleza y el misterio de lo creado:

“(…)-¡Nos vamos acercando! -gritó alegre la Rata-. Seguro que ahora puedes oírlo. ¡Ah..., por fin..., veo que tú también lo oyes!

El Topo, inmóvil y sin aliento, dejó de remar mientras el sonido acuático de aquella flauta lo cubría como una ola y lo hechizaba. Vio las lágrimas correr por las mejillas de su compañera, inclinó la cabeza y comprendió. Permanecieron así durante un rato, acariciados por las primaveras violetas que bordeaban la orilla. Luego la clara y autoritaria llamada que acompañaba la melodía embriagadora impuso su voluntad sobre el Topo, y éste se inclinó de nuevo mecánicamente sobre los remos. Y la luz se hizo más fuerte, pero los pájaros no cantaban, como suelen hacerlo al alba; todo se había paralizado menos aquella música divina.

A ambos lados, los fértiles prados parecían más frescos y verdes que de costumbre. Nunca habían visto tan vivo el color de las rosas, ni las adelfas tan alborotadas, ni la reina de los prados tan olorosa y penetrante. Entonces el susurro de la presa cercana llenó el aire, y los dos animalitos se dieron cuenta de que se aproximaban a la desconocida meta de su búsqueda.”

Mis hijas disfrutaron enormemente con esta historia; se identificaron con los personajes y rieron y se entristecieron a la par. Curiosamente ambas tenían como personaje preferido al Sapo.

En suma, se trata de un relato delicioso y entretenido que entremezcla, en iguales dosis, aventura, humor, camaradería y valores.

El libro puede encontrarse fácilmente en las librerías. Por cierto, si tienen oportunidad háganse con una versión que contenga las maravillosas ilustraciones de Ernest H. Shepard (como la que inicia la entrada).


sábado, 26 de noviembre de 2016

LOS GRANDES LIBROS Y LOS BUENOS LIBROS.

Colección de los "Grandes Libros".
¿QUÉ SON LOS GRANDES LIBROS?

No es propiamente materia de este blog mas que colateralmente, pero dado que ya los he nombrado, dado que en última instancia deberían ser el fin último de todo lector que se precie y dado que de lectores y de cómo hacer que germinen es de lo que va este blog, pienso que debo escribir unas líneas sobre este asunto.

¿A qué se llama ­–sobre todo en el mundo anglosajón– “los grandes libros”?

Josef Pieper lo dice mejor que yo:

“Hay que decir aquí unas palabras, por ejemplo, acerca del experimento de los “grandes libros” emprendido hace años en los centros académicos de América, con lo que se alude a los libros que representan el “legado” desde Homero, pasando por Platón, Aristóteles, Virgilio, Plotino, Agustín, Tomás, Dante, hasta Shakespeare, Kant, Hegel, Goethe, Darwin, Dostoiewski y Sigmund Freud. Este experimento, llevado a cabo con la seriedad de una asombrosa imparcialidad, sobre el que con razón se puede polemizar en aspectos particulares, ha nacido de la preocupación y del firme propósito de que el propio tesoro recibido esté o pueda estar a disposición del Nuevo Continente, pudiendo de esta manera ser enseñado y aprendido.” (“Filosofía medieval y mundo moderno. Escolástica, figuras y problemas de la filosofía medieval”, 1973, Madrid, Rialp, pp.184-185.).

Se trata, por tanto, de las grandes obras de la Cultura Occidental, lo que se denomina vulgarmente “clásicos” (“lo mejor que ha sido pensado y dicho”, en frase de Matthew Arnold), obras que precisan de una preparación previa por razón de su profundidad y alcance.

Y para facilitar esta preparación –no solo intelectual, sino también estética–, se revela fundamental la lectura en la infancia y juventud, y específicamente la lectura de los “buenos libros”.


¿Y QUÉ  HAY DE LOS BUENOS LIBROS?

Algunos "Buenos Libros".
Es John Senior quien acuña este concepto. Senior fue un brillante profesor de clásicos y humanidades en la Universidad de Kansas que a principios de los 70 diseñó e impartió con dos colegas –Dennis Quinn y Frank Nelick– un influyente y breve Programa de Humanidades Integradas ("PHI") para estudiantes de primer año y segundo año. El PHI produjo muchos maestros, unos pocos agricultores, numerosos matrimonios y amistades y sobre todo, una ola de vocaciones religiosas y conversiones al catolicismo.

Acudo a él para explicarme:

“Las ideas seminales de Platón, Aristóteles, San Agustín y Santo Tomas germinan únicamente en un suelo saturado con imaginativas fábulas, cuentos de hadas, historias, rimas y aventuras: los cientos de libros de Grimm, Andersen, Stevenson, Dickens, Scott, Dumas y el resto”.

(…)

 “Una razón más importante para leer los buenos libros que figuran aquí, y para leerlos preferentemente cuando se es joven, es preparar a la imaginación y al intelecto para las ideas más elevadas de los grandes libros. No es un comentario frívolo decir que una persona que haya tomado contacto en su infancia con las rimas y los ritmos de las rimas y pareados infantiles también ha cultivado los sentidos y la mente para la lectura de Shakespeare”.


A este propósito, Senior elaboró una lista de varios cientos de “buenos libros”, lista que se recoge en un apéndice final de su libro “La muerte de la Cultura Occidental” (todavía no traducido al castellano). En la lista se agrupan los libros  por niveles de lectura de acuerdo a las etapas de crecimiento y desarrollo, pero como toda selección necesariamente es incompleta y parcial; el mismo Senior apunta que "casi todos los autores (de la lista) han escrito muchos libros, algunos tan buenos como los dados; y sin duda hay autores de cierta importancia que accidentalmente pueden quedar fuera". En todo caso se trata de una buena referencia que, en palabras del propio Senior, no pretende ser más que una guía de apoyo para padres y educadores; a mí particularmente me ha ayudado mucho.