viernes, 30 de diciembre de 2016

LOS CUENTOS DE HADAS GERMÁNICOS. LOS GRIMM

La Bella durmiente. Edward Burne-Jones (1833-1898).


"¿Quieren ustedes que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto está en que solo vemos las espaldas del mundo. Solo lo vemos por detrás, por eso parece brutal. Eso no es un árbol, sino las espaldas de un árbol; aquello no es una nube, sino las espaldas de una nube. ¿No ven ustedes que todo está como volviéndose a otra parte y escondiendo la cara? ¡Si pudiéramos salirle al mundo de frente!..."

G. K. Chesterton


Cuando en el corazón del duro invierno los vientos fríos aullaban sobre las chozas de paja de los campesinos alemanes, la madre atraía a sus hijos a su lado y, al abrigo del fuego de la lumbre, les contaba historias que ellos escuchaban con mudo asombro. Estos relatos fueron recolectados y reescritos con cuidado y esmero por los hermanos Grimm, que dieron primero un barniz cristiano a las historias y después, un tono amable a las mismas para hacerlas accesibles a los niños. Estas historias tienen un encanto perenne y deben serles leídas, pues son un tenue reflejo de la verdad (I, Corintios, 13:12) y unas migas de pan en el sendero hacia la misma.

Chesterton dejó dicho al respecto: “Los cuentos de hadas pueden haber salido de Asia con la raza indoeuropea, ahora afortunadamente extinta; pueden haber sido inventados por alguna señora francesa o por un caballero como Perrault: pueden incluso ser lo que profesan ser. Pero siempre llamaremos a la mejor selección de tales cuentos "los cuentos de Grimm": simplemente porque es la mejor colección”. Y probablemente es cierto, estos cuentos de hadas son los cuentos de hadas por excelencia, aquellos en los que todos pensamos, los que siempre recordaremos: Hansel y Gretel, Caperucita Roja, La Cenicienta, la Bella Durmiente, Blancanieves, Pulgarcito, el sastrecillo valiente...

Portada de una edición de 1915.


Bajo el título de Cuentos de la infancia y del hogar, los hermanos Grimm publicaron en varios volúmenes, entre 1812 y 1822, unos doscientos maravillosos cuentos de hadas. Dejando de lado, por miopes y precarios, los análisis marxista, feminista, deconstruccionista, o freudiano de estos cuentos, no me cabe duda, después de leerlos, que los hermanos Grimm vieron sus cuentos de hadas como fábulas cristianas. El menor de los hermanos, Wilhelm, sostenía que los cuentos de hadas eran "fragmentos de la fe antigua cuyo propósito era despertar los sentimientos del corazón humano", un instrumento ideal para la conformación de una imaginación moral. Y sin duda que los despiertan, ahora o después, más tarde o más temprano, pues con su lectura se estremece algo en nuestro interior, algo profundo y primordial.


Los niños lo notan. Mis hijas lo perciben cada vez que se sumergen en uno de estos cuentos. Hay algo profundo en ellos que las atrapa.

–¿Te gusta?– digo yo, asomándome sobre su espalda.

-Sí, sí, sí – responde nerviosa, dándome repetidos golpecillos con la mano para que me aleje, como diciéndome: ¡vamos papá, no me interrumpas ahora que estoy leyendo algo apasionante!


Ilustración para Hansel y Gretel de Kay Nielsen (1886-1957).


Cierto es que los estudiosos señalan que en estos cuentos podemos encontrar múltiples signos y símbolos cristianos. Así, Hansel y Gretel sería una parábola del viaje del alma humana desde la infancia hasta la madurez a través de la adquisición de la conciencia del bien y el mal. En La Caperucita Roja, el cambio de la canasta de pan y mantequilla de Perrault por el pan y el vino de los Grimm, al parecer muestra un claro simbolismo eucarístico y los tres grandes robles visibles desde la casa de la abuela nos reconducen, se dice, a una imagen la trinidad cristiana. En La Cenicienta las palomas omnipresentes representarían el amor y la caridad. Y en Blancanieves, al igual que en La Bella Durmiente y en La Cenicienta, los príncipes sugieren fuertemente a Cristo Esposo y Salvador, al igual que el cazador en La Caperucita Roja. Se encuentran así mismo distintos ecos del pecado original y la caída: la ingesta de la fruta prohibida cuando Hansel y Gretel mordisquean de la casa de caramelo y chocolate de la bruja (y luego mienten sobre ello) o cuando Blancanieves come la manzana envenenada ofrecida por su madrastra. De igual forma simboliza la caída la curiosidad de Caperucita Roja (Eva), mientras se adentra en el bosque siguiendo el consejo del Lobo (Satanás).

Ilustración para Blancanieves de Katherine Cameron (1874-1965).
Esto es importante, sí.

Pero más importante que esta simbología es la convicción que traslada la lectura de estos cuentos –como la de cualesquiera cuentos de hadas tradicionales–, sobre todo a los niños, que, por razón de su inocencia, están mucho mejor preparados para captarla que nosotros los adultos, la convicción de algo que nunca deberíamos haber olvidado y desgraciadamente hemos perdido. Ello no es otra cosa que la idea de que este nuestro mundo podría no haber sido así, podría haber sido y podría, de hecho, ser diferente, y que su naturaleza es mágica, inexplicable, impredecible, salvaje y sorprendente. El asombro y la admiración que decía Chesterton. De esta manera, con la imaginación despierta, podremos volver a ver con nuevos ojos nuestro propio mundo lleno de maravillas una vez más (... ¡Si pudiéramos salirle al mundo de frente!...).

Ilustraciones para La Cenicienta de Edmund Dulac (1882-1953) y de Arthur Rackham (1867-1939).


Se trata de una celebración de lo verdadero, lo bueno y lo bello y de una invitación a gozar, y por medio de este goce a comprender la sacralidad de la Creación, a través de historias donde los acontecimientos naturales y las cosas ordinarias significan realidades sobrenaturales, restaurando, de este modo, el sentido del bien y del mal, de la belleza y de la fealdad, de lo normal y lo anormal, en términos categóricos e inequívocos, a través de los ejemplos clarividentes y preclaros contenidos en las historias. Supone, en suma, ayudar a los niños a adquirir el "sentido simbólico o sacramental" del que habló Goethe.

Ilustraciones de Charles Robinson (1970-1937) para El Principe Rana y Walter Crane (1845-1915) para La Bella durmiente.


Y para acabar podríamos volver a Wilhelm Grimm, cuando nos decía que "… los cuentos de hadas infantiles son contados para que, en la luz pura y suave de estas historias, los primeros pensamientos y poderes del corazón puedan despertar y crecer".

Que así sea.