jueves, 3 de agosto de 2017

DE LOS GATOS Y LOS LIBROS

Federico el literato de Charles Wysocki (1928-2002)


«El ideal de la calma está en un gato sentado»
Jules Renard

«Hablo en español a Dios y a los hombres, en francés e italiano a las mujeres... y en latín a mi gato»
El Emperador Carlos I de España


«Cuando usted vea a un gato en profunda
meditación,
la razón, le digo, es siempre la misma:
Su mente está envuelta en una contemplación extasiada
pensando el pensamiento de su propio pensar
en su nombre,
su inefable
sublime, archinotable
profundo, singular e inescrutable, 
nombre»

T. S. Eliot, Poner nombre a un gato



En este famoso poema, T. S. Eliot capta perfectamente la percepción que los humanos tenemos de nuestro felino favorito: su enigmática y misteriosa naturaleza, y además, hace referencia a eso, tan mal interpretado pero aun tiempo tan fascinante, del nombre verdadero y de la potestas que puede llegar a trasmitir a su porteador; si a todo ello unimos la mágica capacidad del gato para ocultarse y aparecer y desaparecer en un instante, para ser o no ser a su antojo, percibiremos la perfección del poema, que es tanta como la del animal.

Los cierto es que los gatos siempre me han fascinado y creo no equivocarme si digo que a mis hijas también. En estos momentos hay un maravilloso espécimen de félido en nuestras vidas, de color negro y brillantes ojos amarillos, que responde al apelativo de Roco (maravillosamente salvaje y, a un tiempo, manso como un cordero), aunque ¿quién sabe cuál será su verdadero nombre? A él dedico esta entrada y también, aunque a título póstumo, a otro felino entrañable para mí y mí familia, apodado Benito; ¡Ah, Querido Benito!

Por lo que respecta a aquello que aquí nos concierne,  es de resaltar que la literatura no ha hecho caso omiso a los gatos. Siempre fascinantes, con sus ojos misteriosos y brillantes que pueden ver, literalmente, lo invisible, a través de sus «místicas pupilas», como decía Baudelaire, elegantes y, casi siempre, distantes, no siempre bien comprendidos, no siempre bien amados, los gatos no han dejado de estar presentes en el arte, y como tal, también en la literatura, incluso en la infantil y juvenil.

Amor a primera vista de Marcus Stone (1840-1921)
Pero, ¿podría ser de otro modo? Considerado un dios por los egipcios, un animal real en Siam, llamado en Japón «el tigre que come de la mano», siendo el rival de Laura para Petrarca, el amigo de Richelieu, el favorito de los poetas como Baudelaire... Y estas son sólo algunas de las distinciones felinas que registra Carl Van Vechten en su delicioso El Tiger en la casa (1920), por supuesto hay muchas más y todas ellas remarcan el carácter singular del animal.

De esta forma, lo primero que me viene a la cabeza es el inteligente y servicial Gato con botas de Perrault, acompañado del estrafalario, antojadizo y lunático Gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas. Le siguen en mi memoria, Tom Kitten de El Cuento de Tom Kitten de Beatrix Potter, El Gato con sombrero de Dr. Seuss, el felino Harry de Un grillo en Times Square de George Selden, la minina Pussy-Cat del famoso poema nonsense, El Buho y la gatita de Edward Lear; tampoco puedo olvidar que Aslan, en El caballo y el muchacho, se le aparece a Shasta en forma de un gato. Menos propios de la infancia, pero que no dejan de llamar a mi memoria, son los nombres de Pluto El gato negro de Poe y Nigger-Man de Las ratas en las paredes de H. P. Lovecraft y hasta en la mitología nórdica encuentran un lugar pues Freya, la diosa del Amor, es transportada en  un carro tirado por gatos.

Algún que otro gato pulula silencioso y con pasos funambulescos por los estantes de las bibliotecas, entre otras la de mis hijas, y a ellos dedico el resto de este escrito.

Mujer leyendo en el jardín de Marcus Stone (1940-1921) y cuadro innominado de Linda Lee Nelson (1963-)
Me refiero a los gatos que viven entre las páginas de El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum (1939) de T. S. Eliot y Millones de gatos (1928) de Wanda Gág. 

El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum de T. S. Eliot (1939).

Para quien conozca a Eliot, con su profundidad y hondura, con su dificultad y sus arcanos, este libro de versos será una sorpresa ya que se trata de un libro fácil y divertido, apto para leer en familia en voz alta.

El resumen del libro es sencillo: el Sr. T.S. Eliot hace poesía sobre gatos como solo él sabe hacer. El Sr. Edward Gorey (en mi modesta opinión, quien mejor ha ilustrado este libro y que, lamentablemente, no ha sido incluido en ninguna edición en español) dibuja gatos como solo él sabe hacer. Los gatos hacen gatadas como solo ellos saben hacer. Y todo ello es un triunfo y una celebración literaria y artística de primer orden.

La edición de Pre-textos y la de la editorial Unaluna
El librito contiene quince poemas en verso libre, escritos por Eliot para los hijos de su editor cuando ya era un poeta consagrado, siguiendo la tradición, tan británica ella, del nonsense que iniciaron Edward Lear y Lewis Carroll.

El pequeño tomo se inicia con el poema titulado Poner nombre a un gato (cuyos versos finales inician esta entrada) para luego, tras imponer un apodo a cada uno de los gatos descritos, dedicarles un poema particular que recoge sus rasgos característicos. Para los que amen y conozcan a los gatos será algo especial, pues en cada poema es reconocible un tipo diferente de gato, con una graciosa descripción de su personalidad.

De las ediciones en castellano recomiendo la cuidada edición bilingüe de Pre-Textos, y aunque el formato del libro parezca para adultos, lo cierto es que, como ya dije, su autor escribió estos poemas para niños. Como curiosidad señalar que estos poemas inspirarán más tarde el legendario musical Cats.

Para niños de 7 años en adelante.

 
Portada del libro ilustrado por la autora 

Millones de gatos de Wanda Gág (1928).

El inimitable e imperecedero Millones de gatos, es considerado como uno de los primeros álbumes ilustrados para niños, seleccionado por la  Graphic Arts Society como uno de los mejores libros del año 1928 y ganador de la prestigiosa medalla de Honor John Newbery de 1929, otorgada por la American Library Association. 

La historia encantadora de Wanda Gág describe a un hombre anciano que parte lejos de casa en busca del gato más bonito en el mundo para su esposa y que vuelve con millones de ellos pues no sabe cual elegir. Los gatos, y con ellos su vanidad y su envidia, solucionarán entre sí el problema; solo quedará un pequeño gatito débil y delicado, pero el amor de los ancianos lo convertirá en el gato más bello del mundo.

«Cientos de gatos, miles de gatos, millones, billones y trillones de gatos», es el pegadizo estribillo que escribió Wanda Gag y que se repite a lo largo del libro, en una cantinela ronroneante que encanta entonar a los niños, dando a la historia una gran cadencia narrativa.

El álbum también supuso una novedad en el aspecto de la ilustración y la grafía. De hecho la Sra. Gág es considerada una pionera en el uso del diseño a dos páginas. Así las páginas 4 y 5; en ellas Gag muestra el movimiento a través de la ilustración por su uso de líneas curvadas y la disposición en forma de ondas u olas del dibujo que atraviesa las páginas. Incluso algunos de los árboles parecen simular el soplo del viento al igual que las nubes que flotan suavemente a través del cielo.

Páginas 4 y 5 del libro

En la sencilla historia puede verse una reminiscencia de la historia del patito feo, recordándonos que a menudo nuestra belleza crece a medida que nosotros crecemos. También contiene un mensaje moral advirtiendo de las nefastas consecuencias a que puede arrastrarnos la vanidad, la codicia y la envidia (en este punto advertir que si bien no se muestra de manera muy gráfica o cruda, la escena en que los gatos, movidos por esas pasiones, se atacan unos a otros, podría asustar a algunos niños). Por último en toda la historia está muy presente la devoción y el amor que sienten entre sí el matrimonio de ancianos y el cariño que profesan al gatito.

Para niños de 4 años en adelante.

Así y todo, aún los amantes de los gatos como yo no podemos olvidar aquello que dice Kipling en su cuento El Gato que camina solo, recogido en el volumen de Los cuentos de así fue y que define, finamente, su esencia:

«No soy un amigo ni un sirviente… Soy el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá».    

No, claro que no Gato, pero te amamos igual.



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2 comentarios:

  1. También está el gran libro de Natsume Soseki: Soy un gato. Besos!

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    1. No conocía el libro de Soseki, pero, por lo que he averiguado, sin duda habría debido de estar. Me lo apunto para leer.

      Gracias y un saludo, Vero.

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