miércoles, 27 de septiembre de 2017

LISTAS, LISTAS, LISTAS...

Faro de Shields de Joseph Mallord William Turner (1775-1851)



«Algunos libros son inmerecidamente olvidados; ninguno es inmerecidamente recordado»

W. H. Auden



Se, por experiencia propia, que las listas son atrayentes y secuestran nuestra atención, tanto en el momento de confeccionarlas como cuanto nos arrastran a su interior. Ya hemos dado espacio a tales relaciones en otras entradas (FASCINANTES LISTAS y DE NUEVO CON LAS LISTAS), y si bien aquellos eran listados de mayor confianza para mí, he descubierto, entre papeles, algunos otros que pudieran resultar útiles a las finalidades de este blog, o al menos despertar la curiosidad de algún lector. En todo caso, les anuncio que encontrarán entre las listas muchas coincidencias, lo que entiendo no es nada malo. Por ello me he decidido a publicarlas. Ustedes decidirán. Así que empiezo.

Un primer listado viene del mundo de la enseñanza, y es el elaborado por el profesor José Mª González-Serna, que se limita a enumerar 20 obras, advirtiéndonos que, si bien «son todos los que están, no están todos los que son, como sucede con cualquier listado selectivo» y que, en todo caso, «más que una propuesta para nuestros alumnos de hoy es memoria de aquellos libros que me hicieron amar las letras». Apunto que Gonzalez-Serna es profesor de bachillerato y por ello, probablemente está pensando en una horquilla de edad entre los 15 y los 18 años. Su listado es el siguiente:

1.  J. M. Barrie, Peter Pan
2.  Mark Twain, Las aventuras de Huckleberry Finn
3.  Herman Melville, Moby Dick
4.  RL Stevenson, La isla del tesoro. 
5.  A. Conan Doyle, El sabueso de los baskerville. 
6.  Julio Verne, Miguel Stroggoff. 
7.  Julio Verne, La vuelta al mundo en ochenta días. 
8.  Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino. 
9.  JD Salinger, El guardián entre el centeno. 
10.  Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad
11.  Antonio Buero Vallejo, Historia de una escalera. 
12.  Miguel de Unamuno, San Manuel Bueno, mártir. 
13.  Henry R. Haggard, Las minas del rey Salomón. 
14.  Mary Shelley, Frankenstein. 
15.  Camilo J. Cela, La familia de Pascual Duarte. 
16.  Franz Kafka, La metamorfosis. 
17.  Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias. 
18.  Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros. 
19.  Ernest Hemingway, El viejo y el mar. 
20.  Fedor Dostoievski, Crimen y castigo. 

Mujer leyendo de Delphin Enjolras (1857-1945) y Villa Britannia de Christian Krohg (1852-1925)

Del mundo de la literatura viene la siguiente lista, elaborada por el escritor Vicenç Pagès Jordà, y contenida en su libro De Robinson Crusoe a Peter Pan. Un canon de literatura juvenil. Se trata de una relación de los libros por él considerados  indispensables para iniciarse en la lectura. Advierto que la relación es presentada como apta para edades que van de los 11 o 12 años hasta los 16 o 17. La lista contiene las siguientes 28 obras:

Rudyard Kipling: El libro de la selva.
E.T.A. Hoffmann: Cascanueces y el rey de los ratones.
Frances Hodgson Burnett: El jardín secreto.
Jack London: La llamada de la selva.
Mark Twain: Las aventuras de Tom Sawyer.
Lucy Maud Montgomery: Ana de las Tejas Verdes.
Alexander Pushkin: La hija del capitán.
Margaret Oliphant: La puerta abierta.
H.G. Wells: La máquina del tiempo.
Nikolai Gogol: Taras Bulba.
Henry R. Haggard: Las minas del rey Salomón.
Arthur Conan Doyle: El sabueso de los Baskerville.
Zane Grey: La herencia del desierto.
R.L. Stevenson: La isla del tesoro.
Anthony Hope: El prisionero de Zenda.
J.M. Barrie: Peter Pan.
Jules Verne: La vuelta al mundo en 80 días.
Howard Pyle: Historia del rey Arturo y sus caballeros.
Jules Verne: Viaje al centro de la tierra.
Charlotte Brönte: Jane Eyre.
Stephen Crane: La roja insignia del valor.
Mark Twain: Las aventuras de Huckelberry Finn.
Bram Stoker: Drácula.
Jane Austen: La abadía de Northanger.
Alexandre Dumas: Los tres mosqueteros.
Ivan S. Turguenev: Primer amor.
Daniel Defoe: Robinson Crusoe.
Herman Melville: Moby Dick.

Finalmente, y para acabar, no me resisto a presentar aquí una de las múltiples listas de un nombre de relevancia en el mundo de la literatura infantil y juvenil, tanto por su profusa obra de difusión y orientación, cuanto por el magnífico blog que mantiene abierto desde hace años (BIENVENIDOS A LA FIESTA), lugar de referencia y refugio confortable al que puede y debe acudir cualquier padre inquieto y preocupado. Me refiero a Luis Daniel Gonzalez.

Otra vez de Émile Munier (1840–1895) y  Niña leyendo de Franz Eybl (1806-1880)

Como digo, de las numerosas listas que nos refiere en sus obras, adjunto solo la que él califica como Las 40 obras escogidas en su libro Guía de clásicos de la literatura infantil y juvenil. Y comienzo: 

Lewis Carroll: Alicia en el país de las Maravillas
Kenneth Grahame: El viento en los sauces
Louise May Alcott: Mujercitas
Charles Dickens: Cuento de Navidad
Charles Dickens: David Copperfield
Edgar Allan Poe: Narraciones extraordinarias
Rudyard Kipling: El libro de la selva
Rudyard Kipling: Kim
L. Frank Baum: El maravilloso Mago de Oz
George MacDonald: La princesa y los trasgos
Antoine Saint-Exupéry: El principito
R. L. Stevenson: La flecha negra
Jack London: Colmillo blanco
James O. Curwood: Nómadas del Norte
Charles Dickens: Oliver Twist
Alexander Pushkin: La hija del capitán
Henry R. Haggard: Las minas del rey Salomón
R.L. Stevenson: La isla del tesoro
Sánchez Mazas: La vida nueva de Pedrito de Andía
Benito Pérez Galdós: Los Episodios Nacionales (primera seria)
Anthony Hope: El prisionero de Zenda
A. E. W. Mason: Las cuatro plumas
Ernest Hemingway: El viejo y el mar
J.M. Barrie: Peter Pan
Henry Sienkiewicz: A través del desierto y de la selva
Felix Salten: Bambi
Wenceslao Fernández-Flórez: El bosque animado
P.C. Wren: Beau Geste
Miguel Delibes: El camino
José María Sánchez Silva: Marcelino pan y vino
C. S. Lewis: Las Crónicas de Narnia
J. R. R. Tolkien: El Hobbit
J. R. R. Tolkien: El Señor de los anillos
James Fenimore Cooper: El último Mohicano
Walter Scott: El Talismán
Jules Verne: La Isla misteriosa.
Stephen Crane: La roja insignia del valor.
Mark Twain: Las aventuras de Huckelberry Finn.
Herman Melville: Moby Dick.
Herman Melville: Benito Cereno
Joseph Conrad: Juventud
  
Y con esto termino. Espero y deseo que sea de su provecho e interés.


jueves, 21 de septiembre de 2017

EL JARDÍN SECRETO

Mary en el jardín secreto dibujado por Inga Moore (1945-)


«Creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el futuro»

Cardenal John Henry Newman


Entre los medievales existía la arraigada convicción de que toda mejora y todo esfuerzo humano no tiene la vista fija en un nuevo horizonte al que dirigirse, sino que constituye un retorno al estado primordial, al Paraíso perdido. La paradoja de esta idea se encuentra en que, ciertamente, esta es la forma de hacer camino, pero no hacia atrás, hacia donde se mira, sino hacia un mañana eterno en la contemplación de Dios, que es lo único que añoramos de verdad, muchas veces sin saberlo. La frase del cardenal Newman que encabeza esta entrada remite, entre otras cosas, a esta idea.

Del mismo modo, conceptual y etimológicamente, la palabra jardín refiere, al parecer, a separar un lugar una pequeña porción de la tierra del desorden generalizado en que el mundo se halla sumido desde la caída, para instaurar en él un orden, a modo y ejemplo («a imagen y semejanza») de la perfecta armonía y equilibrio que existía en el Paraíso en el principio de los tiempos, protegiendo el lugar de las asechanzas del desorden exterior.

De aquí la relación entre jardín e infancia, y de ahí la proximidad entre los conceptos de jardín y guarda y de jardín y secreto y, a su vez, entre infancia y necesidad de protección y privacidad.

El jardín es pues un lugar sagrado, secreto e íntimo, donde se guarda la inocencia que un día nos ayudará a abrir la puerta.

Jardines de Aranjuez de Santiago Rusiñol y Prats (1861-1931)

También, esa guarda y ese secreto propio de los jardines, nos remite a otras imágenes

«Un huerto cerrado
es mi hermana esposa,
manantial cerrado,
fuente sellada.»

CANTAR DE LOS CANTARES, 4,12

Huerto cerrado y fuente sellada. Bellas imágenes que nos conducen suavemente hasta la inocencia y la pureza de la bienaventurada Virgen María y, por medio de su pureza, a la infancia. San Ambrosio decía que una virgen es un jardín inaccesible a los ladrones; se parece a una viña en flor, derrama el perfume de sus virtudes y es bella como la rosa. Y esto es también aplicable a todo niño: el niño es un jardín cerrado, una fuente sellada por Dios mismo, con la gracia de la pureza, del pudor, de la modestia. Por esa razón, cada niño debe ser guardado y protegido, en su jardín cerrado y secreto. Y eso nos corresponde a nosotros, los padres.

«Un mismo rocío, un mismo color y una misma mañana tienen la Aurora
y las rosas; pues una misma Señora tienen las estrellas y las flores.»

DE ROSIS NESCENTIBUS (atribuído a Virgílio)

Y como no, hoy voy a hablar, sí, de un jardín secreto, y sí, también de un huérfano. Tras las dos últimas entradas parecería obligado, así que voy a ello.

A principios del pasado siglo, concretamente en 1911, Frances Hodgson Burnett publicó la novela por la que se la recuerda: El jardín secreto.

Ilustraciones de Tasha Tudor (1915-2008) y Charles Robinson (1870-1937)

Algo de lo ya comentado encontramos en esta historia. Una historia de huérfanos. Y no solo de uno, sino de dos. Los protagonistas, Mary y Colin, son huérfanos. Se ha dicho de esta novela que «proporciona un claro ejemplo, dentro de un marco básicamente realista, de algún tipo de poder sobrenatural preservando las vidas y los destinos de los personajes infantiles, Mary y Colin», personajes ambos que inician el relato heridos como corresponde a su triste condición.

La vida es un regalo, todo lo creado que nos rodea, el cielo, el mar, las estrellas, es un obsequio inmerecido; todos los niños nacen sabiéndolo y todos los niños lo disfrutan a lo largo de su infancia, pero en ocasiones, los avatares del destino hacen que algunos, aun siendo todavía niños, terminen olvidándolo. 

El hombre es un animal social (zoon politikon, decía Aristóteles), y la familia es la expresión más íntima y perfecta de esa sociabilidad; si se altera o se destruye se altera al hombre en su vida misma, como hoy vemos sucede.

ilustraciones de Graham Rust (1942-) y Charles Robinson (1870-1937)

Estas carencias hieren el alma de nuestros dos protagonistas; ambos son niños que habrían de gozar de la vida como regalo inesperado y sorprendente, pero no es así; ambos deberían vivir al amparo de una familia dulce y cariñosa, pero no es así; la orfandad les ha arrebatado las dos cosas. Y por ello son personajes dolientes.

¿Cómo recuperar lo perdido? ¿A dónde ir? La Sra. Hodges Burnett nos lo dice mediante el relato de una historia plena de simbolismo y magia, de amor y de tristeza, que nos deja finalmente un poso de esperanza. Y para ello nos lleva a un lugar: El jardín.

Hemos visto ya que el jardín es el refugio, el lugar guardado y seguro, escondido a los ojos extraños, pleno de armonía, orden y felicidad.

Pero, además, es el lugar del juego. El juego trasformador que abre y cierra puertas  y mundos al compás del olvido y la imaginación del niño.

Nuestra protagonista y narradora, Mary Lennox, es una niña huérfana que llega desde la lejana India para vivir con su tío en Misselthwaite Manor, una enorme casa de campo en Yorkshire («Una casa con cien habitaciones, casi todas con las puertas cerradas»), rodeada de hermosos páramos y un jardín maravilloso.

Mary es arisca y no muy agradable; lo cierto es que a vida no le ha dado tampoco dulzuras. En su nuevo hogar encontrará a dos niños que trasformarán su vida: uno, su primo Colín, como ella huraño a causa de su delicada salud, como ella aburrido y apático, encerrado siempre entre las cuatro paredes del inmenso caserón. El otro, Dickon, inquieto, imaginativo, siempre atento al juego, a la vida al aire libre entre campos y bosques. La solitaria niña que nunca salía de su habitación descubre a su través placeres y deleites no imaginados. Dickon abre la puerta del jardín a Mary. Y esto la trasforma. Cosas simples, como saltar a la cuerda, la hacen sentir inmensamente viva.

Pero un aire de tristeza flota sobre la casa. Y Mary descubre porqué: en una de las múltiples habitaciones cerradas Mary encuentra a un niño de su edad que nadie le había mencionado, su primo Colin, un niño enfermo, que permanece siempre triste y encerrado en su aposento; y eso no es todo: dentro del jardín hay otro jardín, aislado y cerrado al mundo; el jardín secreto, testigo de una desgracia familiar (un accidente en el que falleció la madre de Colin) y que desde entonces permanece cerrado tras una puerta cuya llave guarda su tío: «Él no dejará que nadie entre. Era su jardín. Cerró la puerta, cavó un agujero y enterró la llave», le dice a Mary una doncella. Sin embargo, jugando con Dickon entre los páramos, Mary encontrará otra puerta, que esta vez sí puede traspasar, y que le conduce al secreto jardín.

Dos ediciones de Siruela, con las ilustraciones de Charles Robinson (1870-1937)

La enorme alegría del descubrimiento de este regalo (la belleza de lo creado y el placer del juego) lleva a Mary, porque el amor es sobreabundancia y siempre se desborda, a atraer a Colin al exterior con el susurro de la revelación de un secreto. Cuando los tres niños abren la puerta del oculto jardín perciben la presencia de aquello de que carecían: «¡Algo está ahí, algo!» La salud vuelve a Colin y con ella la atención de su padre, para que al fin el calor de una familia regrese a Misselthwaite Manor.  

En esta novela, como en todas las de huérfanos, hay un camino por recorrer y un proceso de maduración y perfección a lo largo del mismo, que en este caso, afecta a los dos protagonistas; Frances Hodges Burnett creía en el poder de los jardines para el crecimiento, la maduración y el recuerdo, y allí es donde recordaremos a Mary Lennox, explorando los caminos sinuosos del Jardín, sus laberintos, los jardines dentro de los jardines y el interior de los corredores sin fin de Misselthwaite Manor, con sus muchas habitaciones cerradas con llave, y la puerta y la llave de los aposentos de Colín y, sobre todo, del jardín secreto. Así el hortus conclusus inicial se convierte al final en un locus amoenus, tal y como debería ser: la niña heroína encuentra el camino y la llave y llega a conocer lo que, inmerecidamente, le estaba oculto e inaccesible. 

Para niños de 9 años en adelante.



lunes, 18 de septiembre de 2017

JARDÍN DE VERSOS PARA NIÑOS

Ilustración de Ruth Mary Hallock (1876-1945)


«Un solo río sale del trono de Dios, a saber, la gracia del Espíritu Santo; y esta gracia del Espíritu Santo está en las Santas Escrituras, es decir, en el río de las Escrituras. Pero este río tiene dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en ambas riberas está plantado el árbol, que es Cristo»

San Jerónimo



Hay unos versos de Dante en su Divina Comedia que no solo por su hermosura me conmueven. Estos versos hacen alusión a una visión del nuevo Paraíso que nos espera, ahora perdido, donde, como delicada y refulgente imagen de un río de luz, fluye la gracia del Espíritu Santo, como bien nos recuerda San Jerónimo. La imagen podría estar inspirada en lo revelado por el mismo Dios a San Juan en el capítulo XXII, versículos 1-2 de El Apocalipsis («Me mostró un río  límpido de agua de vida, resplandeciente como cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero»). No me resisto a reproducir los versos del poeta:

«E vidri lume in forma di rivera
fluvido di fulgore, intra due rive
dipinte di mirabil primavera

 Di tal fiumana uscìan faville vive,
e d'ogni parte y mettìen ne 'fiori,
cuasi rubin che oro circunscrive.»

«Y vi una luz con forma de río
Fluyente de fulgor, entre las dos orillas,
pintado con flores milagrosas de la primavera

De este río surgieron chispas angélicas vivientes
que se instalaron en todas las flores,
como rubíes en oro.»

Paradiso 30:19

Creo que si alguien puede tener una visión de ese río, o al menos aproximarse a lo que el fulgor y la limpieza de sus aguas refulgentes representa, son los niños en su inocencia primera («Si no cambiáis y os hacéis como los niños no podéis entrar en mi Reino», Mt 18, 3). Y creo que no hay lugar donde se exprese mejor esa inocencia pálida y trasparente que en los versos inspirados de Stevenson contenidos en su Jardín de Versos para niños. Este es el libro del que voy a hablar hoy.


 Ilustraciones de Florence Store en una edición de 1909 y de Marie "Rie" Cramer (1887-1967)

De un tiempo hasta esta parte, el utilitarismo viene subvirtiendo el ideal clásico cristiano de que, para el hombre, el juego y la maravilla son el principio de la sabiduría. El verso ya clásico de Stevenson, puesto en labios de un niño que dice que «Tan lleno el mundo está de cosas miles, que debemos cual reyes ser felices», recoge este espíritu. Es verdad, el mundo esta lleno de cosas bellas, cosas que se conmueven (el «Hay lágrimas de las cosas» de Virgilio), y cosas que nos conmueven («allí vive la más querida frescura, en lo más  profundo de las cosas» de Manley Hopkins). El libro es magnífico y en él los niños encontrarán un principio de este inocente conocimiento poético del mundo tan necesario, revelado por un Stevenson que se aproxima con una maestría casi sobrenatural al espíritu infantil.

«¡Bailan las estaciones
cada una su baile!
En el verano, flores.
En el otoño, aire.»

Los poemas de este libro encantarán a los niños, y ello porque parecen hechos por un niño. Un niño más consciente que cualquier niño conocido, cierto, excepción hecha de El Mejor de los Niños. Consciente de un mundo de maravilla lleno de sorpresas y tesoros, de los que el niño imagina ser dueño, ser rey. Pero no se trata de la riqueza de las naciones de Smith, ¡quia!, ni del oro acumulado por Mr. Scrooge; se trata de un tesoro inesperado e inmerecido y por eso sorprendente y asombroso, proveniente de un mundo creado por El Amor y que es disfrutado por el niño por medio de su amor por el juego en toda su riqueza: en el libro vemos juegos a través de las cuatro estaciones, en soledad y con amigos, al aire libre y en casa, con juguetes y con libros y de la mañana hasta la hora de acostarse; y así hasta el día siguiente, donde el sol se levantará de nuevo «para complacer al niño, para pintar la rosa»  y donde el juego volverá, sin pausa y sin fatiga, a alegar esa alma inocente.


Ilustraciones de Jessie Willcox Smith (1863-1935)

Los niños se verán reflejados y a su vez les ayudará a verse reflejados en aquellas cosas que han sentido y sienten, pero no sabían cómo ni porque eran y son sentidas. La delicia, la delicadeza y la belleza pueblan sus páginas y no dejarán indiferentes ni al padre ni al hijo. Porque no es menos cierto lo que señalaba Chesterton al respecto: «las letras hermosas, sabias, e ingeniosas como las de Stevenson en su Jardín de los Niños de Versos siempre permanecerá como una pura y vivaz fuente de placer para las personas adultas… ya que el poeta no soñó con que un niño sonreiría ante el poema, sino que fue el poeta quien sonrió al niño»; en suma que estos versos, continua Chesterton, tienen el objeto «legítimo e incluso honorable, de educar al adulto en la apreciación de los niños».

«Hasta mi ventana salta el pajarillo
de plumas oscuras y pico amarillo.
Fija en mí sus ojos brillantes y exclama:
¿No te da vergüenza seguir en la cama?».

Así que hay múltiples razones para que este libro sea un libro para ser leído en familia, como diría San Agustín, verbum oris, como todos los buenos poemas, para así hacerlo verbum cordis y que el corazón del poeta alcance a padres e hijos, cor ad cor loquitur como le gustaría al cardenal Newman.  


Ilustración de Margaret Tarrant (1888–1959)

En castellano hay varias ediciones. Una deliciosa y magnífica —con las estupendas  ilustraciones de Jessie Willcox Smith—, es la de Hiperion.

Que lo disfruten.

Para leer con niños de 6 años en adelante.