miércoles, 18 de enero de 2017

…Y VOLVEMOS A LOS CUENTOS DE HADAS: ANDERSEN


Aparición en el bosque de Moritz von Schwind (1804-1871)


“Todas las cosas comienzan y terminan en misterio.”

Russell Kirk


Papá… me inquiere una de mis hijas con una mirada que conozco bien. Adelantándome a lo previsible una pregunta difícil, una pregunta sin respuesta, me aproximo a ella y le digo:

Hay que dormir. Dejad los libros, llamemos a mamá y digamos nuestras oraciones.

Papá como era de esperar, vuelve a insistir con una mirada aún más aguda, lo que me hace entender que estoy en un aprieto.

Papá, ¿Por qué muchos cuentos empiezan con érase “una” vez, cuándo lo que se cuenta ocurre “siempre”?  

Llamo nervioso a su madre. Es muy tarde y hay que dormir, insisto. Rezamos todos y apagamos la luz.

Buenas noches.

Buenas noches, niñas.

He conseguido escaparme, pero la pregunta me hace pensar. 

“Érase una vez”… es cierto que así empiezan muchos cuentos, y cómo no, también los de Andersen; “érase una vez”… Pero ¿es realmente así? No, claro que no. Como mis hijas, cuando niños todos sabemos lo que esta frase quiere decir en realidad: nos anuncia que lo que vamos a escuchar es la verdad, LA VERDAD, y esta, como también sabemos sino no sería verdad, no varía ni en el tiempo ni en el espacio. Esto lo saben todos los niños. Pero como adultos, al igual que hemos olvidado que todavía somos niños, que realmente seguimos siendo niños, hemos olvidado también que la verdad no cambia, que es una siempre y no importa dónde.

“Erase una vez” es, en realidad, “en todo momento y en todos los lugares”. Es “siempre”, como dijo mi hija. Así es. Y Andersen, que nunca dejó de ser un niño, también lo sabía.

Hans Christian Andersen. El Andersen que les dio a mis hijas el gusto por el cuento. 

Porque el danés fue sin duda un maravilloso cuentacuentos. Quizá el mejor de ellos, elevando con destreza el alma del relato con sus delicados toques poéticos y manteniendo, a un tiempo, el tono verbal y coloquial, ese que guardan las historias ancestrales trasmitidas oralmente de generación en generación. 

Edición de la editorial Juventud ilustrada por Arthur Rackham (1867-1939)
Hay muchas ediciones que recopilan sus cuentos más famosos. Algunas de ellas en una proeza editorial poco frecuente, nos ofrecen las delicias de reunirlos todos. Solo voy a comentar unos pocos, aquellos que he visto cómo han dejado una huella especial en mis hijas. Cada una posee un favorito. Así es y así será siempre. L. no puede olvidar Los Cisnes Salvajes y a J. le fascina La Reina de las Nieves.

Parece ser que en Los Cisnes Salvajes, Andersen se inspiró en una historia del folclore danés. No importa, su estilo se impone y da a la historia esa belleza y delicadeza inconfundibles. Estos cuentos de Andersen, a diferencia de los de los Grimm, no contienen un mensaje moral evidente, pero en todos ellos se deja traslucir el espíritu cristiano de su autor.
Ilustraciones para Los cisnes salvajes de Mabel Lucie Attwell (1879-1964) y Elenore Abbott (1875–1935)  
En este cuento, por ejemplo, la pequeña Elisa está segura de la bondadosa Providencia divina y así nos cuenta: “Pensaba en Dios misericordioso, que seguramente no la abandonaría: Él hacía crecer las manzanas silvestres para alimentar a los hambrientos; y la guió hasta uno de aquellos árboles, cuyas ramas se doblaban bajo el peso del fruto. Y comió de él.”

Pero el tema central del cuento, también cristiano, es la salvación a través de las dificultades, el sufrimiento, el tesón y el sacrificio. Ese es el hilo central de la historia, una princesa que debe permanecer en silencio hasta que haya completado la tarea de tejer con ortigas recién recolectadas camisas para sus once hermanos, a fin de rescatarles de un hechizo que los convierte en cisnes. La redención a través del amor.

Ilustración de Los cisnes salvajes de Helen Stratton (1867-1961)
En la historia destaca, por curiosa, la escena en la que Elisa es llevada a través de las nubes por sus hermanos, los cisnes encantados. Es increíble la fidelidad con la que Andersen recrea, en maravillosa anticipación, lo que se siente al volar entre las nubes mientras estas cambian de forma, como si él lo hubiera hecho realmente.

Un cuento hermoso.

En La Reina de las Nieves, Andersen desarrolla plenamente su talento. Se trata de otra historia de salvación por medio del amor.

Ilustraciones para La reina de las Nieves de Kay Nielsen (1886-1957) y de Edmund Dulac (1882-1953)
Esta historia ofrece imágenes poderosas del bien y el mal y muestra a los niños cómo amar. Carlos es arrastrado hacia el mal por las promesas vacías de la pérfida Reina de las Nieves. Margarita, sin embargo, está dispuesta a ir hasta el último confín de la tierra para encontrarlo. Cuando lo hace, el acto redentor de su inmenso amor es suficiente para salvarle.

Ilustraciones para La Reina de las Nieves de Margaret Tarrant (1888-1959) y Edmund Dulac (1882-1953)
Cerca del final, Andersen cita un versículo bíblico por el que se sintió, al parecer, profundamente atraído. Lo toma del Evangelio de San Marcos (Mc 10,15) y se convierte en el centro espiritual de la historia.

Quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Si prestamos atención a este versículo, captaremos el mensaje moral más profundo de Andersen, ese con el que empezábamos la entrada: hay que volver a la infancia, hay que tratar de volver a ser niños.

(…) Y permanecieron sentados, mayores y, sin embargo, niños, niños por el corazón.

Así termina el cuento. Un cuento espléndido, un cuento precioso.

Ya hemos hablado antes del nombre verdadero, ese con el que un día se nos llamará a todos, ese que designa a las cosas y que es uno con las cosas. Andersen también lo presintió. Él supo escuchar la voz que tienen todas las cosas y lo que las cosas tienen que contar, para contarlo, para contárnoslo, pero para poder hacerlo tuvo antes que saber de algún modo, consciente o inconscientemente, el nombre verdadero de aquellas.

En un cuento titulado Los Verdezuelos nos dice: “Uno debe llamar a todo por su nombre correcto, y si uno no se atreve a hacerlo en la vida cotidiana, al menos uno debe hacerlo en un cuento de hadas”. Andersen trató de hacerlo, y al hacerlo intentó transmitir la Verdad a aquellos que podían recibirla con mayor facilidad, los niños (Mateo 11:25, Lucas 10:21). Y lo cierto es que ellos la recibirán si les dejamos hacerlo. Dejemos pues despertar en los niños su imaginación moral, y hagámoslo poniendo en sus manos aquello que puede lograrlo, los fantásticos cuentos de hadas.

Porque “todas las cosas comienzan y terminan en misterio”.

¿Y qué, sino estas historias maravillosas, podría preparar su corazón para recibir el más precioso de todos los Misterios?


domingo, 15 de enero de 2017

LOS LIBROS ESCOLARES DE CHICOS

La escuela de Rugby por E. Harwood, 1859.







Como en el caso de los libros escolares de chicas, el subgénero de escuelas de chicos se mueve –desde sus orígenes, allá por el siglo XVIII-, a través de un conjunto bien definido de convenciones literarias, desistiendo claramente de intentar representar la verdadera vida escolar, algo de lo que, creo, debemos alegrarnos, pues da oportunidad a que el humor y el entretenimiento estén presentes, de principio a fin, en cuanto nos embarcamos en su lectura.


Los tópicos del nuevo chico en la escuela, el maestro severo pero amable, la fiesta de medianoche, el abusón, el gracioso o el glotón, aparecen en casi todos los libros y se convertirían pronto en temas muy familiares para los lectores. Lo mismo ocurre con el sentido del honor de los alumnos, la camaradería y el compañerismo, así como con la necesidad de tomar partido: o conmigo o contra mí. Las luchas de poder que se libran entre los alumnos es un tema recurrente en estos libros. Pero es la lucha continua por el poder entre los alumnos y sus profesores lo que es más interesante y lo que da más juego. Todo ello aderezado con píldoras de humor a raudales. Son libros muy divertidos. Aquí trataremos de alguno de ellos.


Los días escolares de Tom Brown (1857). Thomas Hughes.

Portada de la edición en castellano e ilustración de Hugh Thomson (1860-1920) 


Este es, podríamos decir, el origen de este tipo de historias. En la década de 1850, Thomas Hughes consiguió establecer el patrón de lo que llegó a ser considerado como la historia de la escuela tradicional. Los días escolares de Tom Brown (1857), que se convirtió en seguida en un clásico para niños, surgió de la admiración de Hughes por el Dr. Arnold, director de la Escuela de Rugby, una figura fundamental en el desarrollo del sistema escolar público británico (es decir, privado). Predicando la doctrina del cristianismo muscular, en boga a mediados del siglo XIX, el libro sigue a Tom Brown y a sus amigos a través de sus días escolares. La historia no ha perdido vigencia debido a su estilo fresco y animado, a su preocupación por las actividades cotidianas de la escuela -especialmente el deporte y la presencia de los oficios religiosos- y a una galería de personajes convincentes, incluyendo el matón arquetípico, Flashman, temas estos aún relevantes hoy día.

Simplemente dos pinceladas.

Aun cuando el deporte es elemento central de la trama, a diferencia de lo que hoy día proclaman con su (mal) ejemplo conocidos deportistas de elite, en Rugby ganar no lo es todo, es más, ganar no es lo importante. Así el último partido jugado por Tom es un partido que pierde (penúltimo capítulo del libro) y no por eso se siente fracasar:

Pero la derrota era una victoria. Así pensaron Tom y sus compañeros mientras acompañaban a sus vencedores hasta su vehículo y los despedían con tres vibrantes vítores.

A diferencia de lo que sería una reacción normal, en la Escuela de Rugby cuando hace frío no se refugia uno en el interior de la casa, sino que hace deporte:

-¿Sabes que te digo? Que hace un frío horrible. Vamos a echar una carrera.

Para niños de 12 en adelante. Solo conozco una edición en castellano, de hace ya muchos años (Editorial Reguera, Colección Oasis, en los años 40) y que solo puede conseguirse en librerías de viejo.


Stalky & Cía (1899). Rudyard Kipling 

Ilustración y portada de Leonard Raven-Hill (1867-1942)


El libro es, en cierto modo, una novela autobiográfica en la que Rudyard Kipling retrata su paso, como el de tantos otros de su generación, por un internado en la Gran Bretaña del finales del siglo XIX y principios del XX. El autor se transmuta en el niño que fue y convierte con su ingenio el libro en fuente de risas y en un canto nostálgico a la infancia. Tal como lo plantea Kipling, la labor de transformar a los muchachos en hombres de provecho se estructura como una lucha con dos bandos claramente diferenciados: los niños, que quieren que se les dejen ser niños, y sus guardianes, que han de conseguir que dejen de serlo. A lo largo de la novela ambos grupos defienden su postura; los adultos juegan con ventaja porque su razón tiene al futuro de su parte, pero la razón de los niños es mucho más divertida… Se trata de un libro más crítico, con un cierto toque de amargor –ese que suele acompañar a la nostalgia-, y por ello más áspero que el de Tom Brown.

Los tres protagonistas


Algún crítico ha señalado que Stalky, y sus inseparables Turkey y Beetle son tres rebeldes naturales que no tienen respeto por el espíritu escolar. La ironía es que mientras están rompiendo esos límites con su rebeldía contra la autoridad establecida, están colaborando, sin darse cuenta, en su preparación y en el proceso de convertirse en el tipo de jóvenes ingeniosos y autodisciplinados que las escuelas públicas pretendían producir. No es de descartar que Kipling buscase resaltar esa paradoja.

A partir de los 14 años.


La serie de Jennings. Anthony Buckeridge.

Sobrecubierta del primer libro de la serie Jennings va al Colegio (1950)




En los años 50, Buckeridge pergeñó, con ingenio y simpatía, la personalidad de este héroe escolar con ciertas similitudes con nuestro amado Guillermo Brown –del que hablaremos, como se merece, en una separata–.  Todas las historias de esta serie de libros se desarrollan en el internado masculino de Linbury Court. Consecuentemente, el escenario de las aventuras del bien intencionado pero siempre equivocado alumno JCT Jennings y de su leal compañero, pero reticente y longánimo, CEJ Darbishire, tienen lugar en dicha escuela y en sus terrenos, aunque no siempre con motivo de las actividades oficiales del Colegio. Generalmente los chicos solo se aventuran hasta el cercano pueblo de Linbury o la ciudad de Dunhambury, a 5 millas de distancia.    

Jennings es todo un personaje. Inevitablemente, sus peripecias y tribulaciones se derivan de su tendencia a actuar primero y pensar después; el personal de Linbury Court se ve a menudo desconcertado por la “fantástica manera en la que la mente de Jennings parece funcionar”.

Las primeras novelas son acordes, más o menos, a la época en que fueron escritas. Sin embargo, aunque el mundo que les rodea evoluciona, Jennings y Darbishire, misteriosamente no cambian (esta atemporalidad parece ser un signo de éxito y aceptación, como en Guillermo Brown). Jennings comienza sus andaduras a la edad  de “diez años dos meses y tres días”. Lo veremos celebrar su décimo primer cumpleaños, y a pesar de completar 20 períodos escolares, nunca llega a cumplir los 12 años (otra muestra de la encantadora atemporalidad comentada).

Portadas de los tres libros editados en castellano




Lamentablemente en España solo se publicaron tres de las 25 novelas escritas por Buckeridge (Jennings va a la escuela, Jennings sigue una pista y El Diario de Jennings, por la Editorial Molino y que solo pueden conseguirse en librerías de viejo). Habiendo leído estas tres (divertidísimas todas ellas) solo puedo decir: ¡lo que nos hemos perdido …!

A partir de los 10 años.

Para finalizar; es muy posible que este tipo de historias no estén ya de moda, quizás hayan sido atacadas desde distintos frentes por retrogradas, por elitistas, por irreales, pero lo cierto es que nadie, nadie, ha podido descalificarlas como aburridas. Además, las historias colegiales de chicos -como en el caso de las chicas, ya comentado-, dan a sus lectores una imagen positiva de lo que sigue siendo una de las experiencias universales de la infancia y, quizás lo más importante de todo, muestran un gran respeto por el logro intelectual y personal y por el esfuerzo académico, lo que hoy día no está nada mal ¿no es verdad?.



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