martes, 31 de enero de 2017

PRIMERAS RIMAS Y CANCIONES

La luz del hogar de Harry Herman Roseland (1866-1950)











«Cada palabra fue una vez un poema»
Ralph Waldo Emerson

Seguramente, la primera sensación que perciba el niño recién concebido sea rítmica, musical; no otra cosa puede ser el ir y venir del corazón materno, rumoroso y suave como el tamborileo de las gotas de lluvia que caen sobre el ventanal en la mañana; no otra cosa será el fluir de la sangre y el líquido amniótico, como torrentes cristalinos, pero más apacibles, más calmos. No puede decirse entonces que el niño nazca ajeno a lo que es rima y música, a lo que es poesía.

De esta forma, sin pausa, esos ritmos son sucedidos por otros, las nanas, los arrullos, acompasados ellos al ritmo primigenio del corazón materno y la voz, la voz argentina de la madre. El son y la palabra pausada dan al niño la poesía que necesita, en dulce transición a un nuevo mundo, pero ¿hacia dónde? porque tras ese dulce comienzo cesamos bruscamente en su alimento poético. Dejamos de cantarle, dejamos de arrullarle, dejamos de recitarle rimas, versos y canciones.

No debemos hacerlo, así que no lo hagamos. Leámosles poemas, cantémosles canciones, recitémosles rimas, adivinanzas y juegos de palabras.

Hagamos su vida más poética.

Bien, pero ¿cómo empezar? O más bien, ¿cómo continuar?

Los libros de rimas infantiles son un buen principio. La tradición nos los ha dado, avalados por nuestros padres, nuestros abuelos y los abuelos de nuestros abuelos. No pueden equivocarse tantos hombres y tan queridos.

Así que leamos esos libros que recogen esas rimas, esos versos, esas canciones de siempre que, como algún estudioso ha dicho, son «poesía infantil que el niño hereda y repite». Todos recordamos Cinco lobitos tiene la loba…, Antón, Antón, Antón pirulero…, un gato cayó en el pozo…, Aserrín, aserrán…, Al paso, al trote, al galope… etc.

Rueda alrededor de Rosie de Edward Henry Potthast (1857–1927)



Algunas de estas rimas y canciones incluso pasaban de niños a niños, de los mayores a los pequeños, como las canciones de corros o las que acompañaban a los juegos. Muchas de ellas simples sonsonetes sin sentido, meros juegos fónicos y rítmicos: Una, dola, tela, catola…, o acompañadas de cambio de vocales como Cuando Fernando VII, o unidas a juegos de palmas, al igual que En la calle 24, o meras repeticiones de palabras. ¡Oh, la magia que la repetición es para los niños! Y aquí voy a hacer un interludio, porque lo merece, y sí, es otra cita de Chesterton, pero es que es tan bonita… Decía Chesterton a propósito de esta fascinación:

«Un niño se pasa horas saltando, a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque a los muchachos lo que les está sobrando es la vida; porque sus ánimos son libres y audaces y por eso necesitan repetir siempre los mismos actos. Constantemente están gritando: “¡Qué lo haga otra vez! Hazlo otra vez”. Y las personas mayores tienen que seguir insistiendo hasta que se mueren de cansancio. Porque las personas mayores no son suficientemente fuertes para regocijarse con la monotonía. Pero tal vez Dios sea bastante fuerte para regocijarse en ella. Es posible que Dios le vuelva a decir al sol cada mañana: “¡Qué lo haga otra vez!”, y cada noche diga a la luna: “¡Qué lo haga otra vez!”. Si todas las margaritas son semejantes, no hay por qué atribuirlo a una necesidad mecánica. Dios crea cada margarita separadamente, pero nunca se cansa de crearlas. Puede que Él tenga el apetito eterno de la infancia. Porque nosotros hemos pecado y envejecimos, pero nuestro Padre es más joven que nosotros.»

«Nuestro Padre es más joven que nosotros», maravilloso, ¿no?

Pues bien, así lo hicimos en casa con nuestras hijas cuando eran pequeñitas, les leímos rimas, coplillas, villancicos y canciones; no sé si fue útil, pero sé que fue bueno. Y además los niños disfrutan y aprenden. Las mías lo hicieron y con ellas, nosotros. Usamos un libro muy querido, un regalo familiar que recomiendo, se trata de Pinto, pinto gorgorito de Raquel Calvo Cantero y Raquel Pérez Fariñas, Ediciones Sammer.

Como bailamos alrededor de Andre Edouard Marty (1882-1974) 

Las recuerdo cantando:

«Pito, pito
gorgoColorito
¿Donde vasDónde vas tú tan bonito?
A la era verdadera
Pim, pum, ¡fuera

Pin pam fuera.
Y las recuerdo cantándoles:

«Pimpollo de canela
Lirio en capullo
Duérmete niña hermosa
Mientras te arrullo…»

En todo caso hay otros libros que afortunadamente recogen estos pequeños poemas, coplillas y canciones infantiles tradicionales. Por ejemplo, Carmen Bravo Villasante escribió varios (Al corro de la patata, Pito, pito, colorito: folkclore infantil o Colorin, colorete).

Hagámoslo todos; recitemos y cantemos a nuestros hijos nuestras rimas y canciones de siempre.


sábado, 28 de enero de 2017

LA POESÍA

Fragmento de El Parnaso; alegoría de la Poesía. Rafael Sanzio (1483-1520)




«El ser que se asombra es tan bello como una flor»
Paul Valery 


Voy a hablar de algo que quizás os haga desconfiar de mi tino. De algo que posiblemente alguno considere inapropiado para los niños, y no por escandaloso, no, sino más bien por elevado. Voy a hablar de poesía. Porque lo cierto es que hablando y hablando de educación poética y de libros, parece una paradoja que no hayamos hablado de poesía. Y ciertamente es una aparente paradoja, pues, según nos dicen, el calificativo de poética aplicado a la educación va mas allá de la poesía ¿O quizás no?

Hemos comentado en algún momento la función iluminadora de los cuentos, su carácter iniciático. Ahora hablaremos de aquello que es, que puede ser, el vehículo mas veloz para llegar a ese conocimiento esencial en el que queremos iniciar a nuestros niños. Así pues, hablaremos de poesía, de poetas y de poemas.

No os será ajena la trascendencia que el nombre, el nombre de cada uno, representa. Porque como cristianos que somos no desconocemos la importancia crucial de la palabra, ya que Él es la Palabra, ni tampoco la relevancia de nuestro nombre verdadero, ese que desconocemos, pero por el que se nos llamará algún día (Isaías, 43-1). El poeta a través de la poesía trata de dar con la palabra, de tocar la esencia de las cosas llamándolas con ese su nombre verdadero. Atinar no es fácil, pero es que poetas, lo que se dice verdaderos poetas, hay pocos…

Por eso la poesía es quizás lo que más nos aproxima a Dios. Qué es sino poesía el recitativo de la Santa Misa, qué son sino modelos poéticos los salmos, qué era sino forma poética la utilizada magistralmente por Nuestro Señor en sus parábolas…
  
El nombrar poético estaría encargado de acercarnos a la cosa y dejarnos frente a ella, se dice. Por eso mismo, en la poesía reducimos la distancia que existe entre la palabra y la cosa misma, y así el poema, la palabra poética, nos restaura a la distancia original, a aquella en la que existía una intimidad, la nacida de la cercanía entre la cosa creada y la Palabra que la crea.

Como hemos dicho, el poeta intenta nombrar las cosas por su nombre verdadero. Se trata de eso, la poesía trata de eso. Y por eso mismo hay que acercarse a la poesía, y por eso mismo es perentorio que los niños lean y escuchen poesía. Porque, además, ellos están mejor dispuestos de lo que imaginamos. No es algo inadecuado. Es algo necesario.

Así que allá vamos.

Se trata de bautizar de nuevo el mundo y descubrirlo a través de una nueva mirada. Atrevámonos.

Por lo pronto, la poesía exige silencio y exige clarividencia, no solo en el poeta, sino también en el lector poético. Esto quizás nos haga preguntarnos: ¿y los niños? ¿poseen acaso ambas cosas? Yo diría que sí. El silencio –qué paradoja–, se aloja en el mismo poema; si el poema es verdadera poesía dejará mudo al niño para que pueda leerlo, para que pueda escucharlo. La clarividencia… la clarividencia es cosa de niños que los adultos casi hemos perdido. Por último, el poeta y el niño comparten una cualidad poco común: la capacidad de asombro ante la contemplación de lo creado.

A pesar del silencio –o quizás por ello–, la poesía también exige saber escuchar; porque la poesía es música, es ritmo. Las palabras bailan y lo hacen a un son. Si este no se aprende, si no se escucha, el baile –el juego de palabras poético–, perderá su magia y resultará grotesco, como cuando observamos a un grupo de hombres bailar a lo lejos, y por esa lejanía no podemos escuchar la música a cuyo son danzan.

Los niños no pueden ser mejores aprendices; curiosos, nada cuestionan y lo ven todo a la luz de la inocencia.   

Me viene a la memoria una reflexión del cardenal Newman muy atinada, como siempre:

«La poesía no se dirige a la razón, sino a la imaginación y a los afectos; lleva a la admiración, al entusiasmo, a la devoción, al amor. Lo vago, lo incierto, lo irregular, lo repentino, están entre sus atributos o fuentes. De ahí que la mente de un niño esté tan llena de poesía, porque poco conoce; y el mundo de un anciano esté tan desprovisto de ella, porque su experiencia de la vida es grande. De ahí que la naturaleza sea más poética que el arte, a pesar de Lord Byron, porque es menos comprensible y menos dócil a las definiciones; la Historia más poética que la Filosofía; el salvaje que el hombre civilizado; el caballero andante que el general de brigada; el sendero que serpentea por el campo que la recta vía del ferrocarril; el velero que el barco a vapor….»

No obstante, el acercamiento del niño a la poesía debe hacerse pausadamente, porque no viene lo más alto sin antes lo más bajo, aunque este ritmo suave nada tiene que ver con simplezas y malas rimas. Pues entonces, ¿qué obras hemos de poner en sus manos y por qué orden? ¿cuál ha de ser ese ritmo?

Yo solo puedo hablar, sin ciencia alguna, de mi experiencia, y esta la referiré en próximas entradas, pero puedo adelantaros algo: se trataría de hacerles sentir el poema como idioma propio con el que entenderse, y hacerles ver al poeta como un confiable amigo cuya compañía reconforta y repara.


lunes, 23 de enero de 2017

VENCEJOS Y AMAZONAS


Cubierta dibujada por el mismo Arthur Ransome
Las banderolas y el grito de guerra de los vencejos y las amazonas


Vela, camping y pesca, navegar libremente por un hermoso lago y acampar en una misteriosa isla durante las vacaciones escolares mientras se revive lo aprendido en los libros de aventuras leídos a escondidas bajo las sábanas en noches inacabables. Y todo ello sin la supervisión y vigilancia de los adultos ¿quién se apunta? Este es el argumento de una serie de 12 libros escritos por Arthur Ransome entre 1930 y 1947, y de los cuales comentaremos el primero, Vencejos y Amazonas, único libro, con el segundo de la serie (El valle del vencejo), editados en castellano (en 1946 y 1948 por Calleja). Es una pena que ninguna editorial se haya embarcado en la traducción de todos los libros. Por esta razón, solo pueden conseguirse en librerías de viejo.

Los doce libros de la serie, inicialmente ilustrados por Clifford Webb (1895-1972) y después por Ransome


John, Susan, Titty y Roger Walker, en compañía de su madre (su padre, oficial de la Marina, se encuentra destinado en Malta), se alojan en sus vacaciones de verano en una granja en la Región de los Lagos (el Lake District). Navegan en un bote llamado Swallow (Vencejo) y, mientras pescan, conocen a Nancy y Peggy, que a su vez navegan un bote llamado Amazon (Amazona). Juntos, los niños disfrutan de una gran variedad de aventuras, lo que nos hará anhelar los lagos, el pescado fresco y las historias contadas alrededor de una fogata.

Ilustración del famoso artista Checo Zdenek Burian (1905-1981). Los dos barcos se acercan a la Isla del Gato Bufante



Es una historia familiar, mezcla de realismo y fantasía, en la que, a pesar de la libertad de que gozan los protagonistas, hay una base familiar segura y confiable que facilita a los niños el disfrute de esa libertad. El libro refleja una visión nostálgica de la infancia como un tiempo de libertad y juego. Su trama es plausible y sus personajes son niños corrientes, pero precisamente ahí radica su magia. Una celebración de la amistad, la imaginación, el juego inocente y la aventura; un libro que inspira.

Las ediciones de los dos primeros libros de la serie en castellano y mapa de la Isla del Gato Bufante




Para los niños, uno de los aspectos más atractivos de la historia es la libertad con la que sus protagonistas vagan por el lago y las islas, habitando un mundo que han hecho completamente suyo, como escenario natural y muy real de un juego de fantasía donde caben piratas, abordajes, noches en vela, acechos y aventuras sin fin, traídas al presente por su imaginación desde las páginas de lecturas apasionantes y maravillosas como La Isla del Tesoro y el Robinson Crusoe. 

Los hermanos Walker se encuentran con las "piratas" Nancy y Peggy. Zdenek Burian (1905-1981)





Como he dicho, la novela representa a niños reales que, gracias a una imaginación alimentada en numerosas lecturas, viven una ficción o fantasía, aquella a la que se han entregado todos los niños en algún momento de su infancia ¿Todos? No sé, quizás las cosas no sean así ahora… las niñas ya no juegan a muñecas, los niños no juegan a piratas, exploradores, soldados o cowboys ¿Qué sucede? ¿Qué está pasando? El mundo del juego, aquel en el que la fantasía y la imaginación eran clave de bóveda, ha fenecido. El niño ya no imagina, es mero espectador; ya no urde de forma laboriosa y deliciosa los hilos de una historia, ayudado de esa referencia de patrones y modelos que fluye de los libros y las historias que se le leen o le cuentan. Ya no hay lectura; el niño ya no lee; al niño ya no se le lee. Solo observa e interactúa con una máquina para contemplar como la maquina resuelve (eso sí, con un realismo aterrador) ese simulacro al que impropiamente llaman juego. 

Los cuatro hermanos contempla "su" isla. Zdenek Burian (1905-1981)

Aquí no sucede así; el libro gustará al niño porque es como el niño, es el niño que imagina y juega, que hace lo que el niño debe hacer, lo que todavía añora hacer. Incluso sucederá así con aquellos que no han tenido la suerte de tener un lago y un barco y una isla, sino solo un pequeño cuarto en el que imaginar mundos mágicos e imposibles. Estamos a tiempo, démosles a leer libros y dejémosles soñar jugando.

“¡Vencejos y Amazonas para siempre!” solía gritar mi hija pequeña mientras leía el libro, repitiendo el grito de guerra de las dos tripulaciones protagonistas.

Espero que guste a vuestros hijos. De siete años en adelante.