lunes, 27 de febrero de 2017

ADAPTACIONES, RESÚMENES Y OTRAS LINDEZAS. ACERCÁNDONOS A LOS CLÁSICOS






















«Los clásicos griegos y la Biblia, leídos lentamente, con minuciosa atención, bastan para enseñarnos lo que la humanidad sabe de ella misma.»

Nicolas Gómez Dávila



Hay una serie de estrategias que buscan hacer más accesible a los niños y jóvenes la lectura de textos clásicos (incluso de los “buenos libros”). Esto no es patrimonio exclusivo de nuestros tiempos, tan proclives ellos a proscribir el esfuerzo, no, es algo que vienen de lejos, aunque hoy son legión.

Y no es que en la actualidad los niños sean menos inteligentes que los de antaño, sino que, desgraciadamente, hoy tienen menos oportunidades de hacer uso de un lenguaje escrito (la televisión, el ordenador, la tablet, el teléfono móvil, los juegos virtuales, acaparan su atención y tiempo) y para colmo, reconozcámoslo, les exigimos mucho menos de lo que nos exigieron a nosotros (entre otras cosas, permitiendo que los medios antes enumerados acaparen ese tiempo y esa atención).

Por ello, por causa de este facilismo pedagógico, por razón de esta paideía meliflua que nos invade, se baraja entre las gentes el uso de las mencionadas estrategias facilitadoras. Entre estas se encuentran, en lugar destacado, las adaptaciones.

En estos casos se suele partir de una selección de los textos bajo ese espíritu de confort que impera en las aulas y los hogares, teniendo en cuenta, tanto la posible empatía de los mismos por razón de la cercanía de sus contenidos o personajes con los niños, cuanto, como no, la accesibilidad de su lenguaje. Es decir, no se trata de que los chicos se acerquen a los clásicos, sino de que los clásicos se acerquen a los chicos, ello aún a despecho de su desclasificación como clásicos, valga la redundancia.

Sobre las adaptaciones, sesudos estudiosos de esto de la Literatura infantil y juvenil, las justifican porque, según dicen, “ni la capacidad lectora de los niños ni de los adolescentes, ni sus conocimientos de la lengua, les permiten leer, ni con gusto ni con aprovechamiento, buena parte de nuestros clásicos, porque muchos están escritos en una lengua que no es exactamente igual a la que ahora usamos”. Por el contrario, hay otro sector de especialistas que opina que los clásicos son intocables y que hay que leerlos cuando se puedan leer. 

Me inclino a pensar que estos últimos cortejan la razón, ya que el hecho de adaptar impone resumir y mutilar, con simplificaciones de la trama y merma de su complejidad y profundidad, amén de cambios en la estructura lingüística y en el uso oportuno del vocabulario: vamos que se trataría de un falseamiento del original en toda regla. 

Pero, paradójicamente, no resulta del todo incierto lo que apuntan los primeros.

Precisamente por ello, en mi modesta opinión, deberíamos tomar una tercera vía, ya apuntada en este Blog por cierto, esto es, para llegar a los “grandes libros” habrá que pasar antes por los “buenos”, y dentro de ellos por los apropiados a cada edad. Subiendo por esta escalera literaria podremos llegar algún sitio; de la otra forma mucho me temo que los nuevos medios conviertan pronto en un erial las bibliotecas (recordemos: “Lo mas alto no puede sostenerse sin lo mas bajo”, dejó dicho Kempis). 


A mother reading aloud to her daughter de Carl Vilhelm Holsoe (1863-1935) 

Sin perjuicio de ello, pero teniéndolo muy en cuenta, podría intentarse una, aunque sea necesariamente prematura, aproximación a los clásicos.

Pero en este caso habrá que tener presente que no todos los niños son iguales, que no todos tienen las mismas inclinaciones y que los textos a que nos referimos son dificultosos de por sí.

Por esta razón, independientemente de nuestro deseo como padres, deberemos tener siempre presente, por un lado la personalidad y el carácter de nuestros hijos y por otro la verdadera naturaleza y profundidad literaria de estos libros.

Visto lo anterior, podría llegar a admitir el uso prudente de las adaptaciones –las buenas adaptaciones, que las hay–, un uso casi culinario diría, como entrantes o aperitivos de la obra clásica, a fin de despertar los sentidos y el apetito estético e imaginativo del joven lector. Quizás de esta forma podrían llegar a resultar útiles. De hecho ya ha sucedido y hay pruebas de que con provecho, aunque he de confesar que en ello no tengo experiencia directa.

En todo caso si nos decidiéramos a adquirir alguna adaptación, por criterio de prudencia, habría que prestar atención a varios factores: por un lado que tales versiones no alteren el sentido profundo de la obra original que pretenden divulgar y, por otro, que tengan un mínimo de calidad literaria, ya que la simplificación de muchas adaptaciones para niños hace irreconocible el texto, lo que hace flaco favor a la adquisición del gusto y estilo literario que, entre otras cosas, se persigue. Creo que responden a estas exigencias las colecciones que comento a continuación.

Comenzamos con la famosa colección Araluce con sus Obras Maestras al alcance de los niños, iniciada en 1914 y continuada hasta finales de los 50. En ella destacan títulos como la Divina Comedia, la Ilíada, la Odisea, el Fausto, Obras de Shakespeare, las Novelas Ejemplares, la Jerusalén liberada, Historias de Calderón, Historias del rey Arturo y la tabla redonda, etc.


Dos de los ejemplares más clásicos de la colección Araluce
Podemos seguir con pequeñas antologías –aunque no recojan fragmentos de los originales, sino resúmenes de ellos-, como Flor de leyendas de Alejandro Casona, la Antología de poetas y prosistas españoles de José Montero Alonso y la famosa adaptación de obras de Shakespeare de Charles y Mary Lamb, esta última todavía fácilmente accesible hoy en día.




Sobre el Quijote –si es que esta genial obra puede ser adaptada, lo que dudo–, hay varias opciones, quizás las de más calidad –aunque cito con mucha reserva–, son El libro de Don Quijote para niños de Ediciones B, para lectores a partir de 13 años en adelante y Don Quijote de la Mancha de Algar, Col. Calcetín, para niños más pequeños.

En los años 60/70 la Editorial Noguer llevó a cabo adaptaciones a cargo de María Teresa Gefaell  muy estimables, con títulos como el Cid, Los Nibelungos o el Roldán.

En los años 80 encontramos a la Editorial Lumen publicando su colección Grandes Obras con títulos como el Cantar del mío Cidel Lanzarote del lagoel Ramayana, la Orestiada  y el burlador de Sevilla, destinada a niños de 7 a 9 años.




Ya en los años 2000 la Colección Cucaña y Clásicos Adaptados, de la Editorial Vicens Vives, es una opción a considerar.

Otro método interesante para lograr la aproximación buscada puede ser el de las “antologías de textos”. Se trata de buscar y seleccionar fragmentos, capítulos, poemas, etc., que ofrezcan pasajes originales del clásico, tratando de que resulten asequibles para el niño: alguna de las aventuras de Odiseo, la despedida del héroe en el Romance de Mío Cid, la descripción del cielo o del infierno en la Divina Comedia, un soneto de Shakespeare o una aventura de el Quijote (ni que decir tiene que la lectura de pasajes bíblicos debería ser una de las primeras de las opciones; sin embargo es increíblemente olvidada). No importa que los comprendan solo parcialmente, o que no los comprendan en absoluto; se trata de que establezcan un contacto, que se acostumbren, que se habitúen a su trato, pero, claro está, siempre con la ayuda de un adulto que los lleve de la mano. En casa si hemos hecho uso de este método, sobre todo con romances y poemas, y con un buen nivel de aceptación, lejos de un entusiasmo desbordante, cierto, pero con un grado de interés suficiente teniendo en cuenta la dificultad de algunos textos.

De esta forma, puede que nuestros niños no sean capaces de enfrentarse solos al original íntegro de un clásico, pero en nuestra compañía se atreverán a hacer alguna que otra incursión sobre él mismo, incursiones que, con algo de fortuna, serán cada vez más osadas, y algún día, algún día, podrán hoyar solos ese nuevo mundo del que, esperemos, no quieran alejarse jamás.

domingo, 26 de febrero de 2017

SANTA JUANA DE ARCO, LA AMAZONA DE DIOS

La vida de Juana de Arco, tríptico de Anton Hermann Stilke  (1803-1860)


«Flor de coraje francés, de caridad francesa, de santidad francesa.
La hija de Lorena a la que ninguna iguala.»

Charles Péguy


Santa Juana es muchas cosas y una sola. Es múltiple en su unicidad, pues ella es santa y nada más haría falta, pero aquello que también nos parece que es, aquellas pequeñas cosas que destacan unos y otros, aquí y allá, y que no hacen más que enriquecer la visión de lo que es realmente, son retazos o destellos de esa santidad que le es propia. Dentro de esta condición trascendente y gloriosa, Juana es heroína, sí, pero este es un estado transitorio que fluye, como el agua fresca de un torrente, al mar inmenso de su santidad. Gotas en un océano, sí, pero gotas maravillosas.


Juana de Arco de Jules Bastien-Lepage (1848–1884)
Entre otras muchas cosas, Juana es un poderoso símbolo de la virtud. Las múltiples resurrecciones y transformaciones de Juana de Arco a lo largo del tiempo nos muestran cuán vigorosa es la necesidad que sentimos de ella, pero también nos enseñan cuán crucial es definirla justamente como lo que es y será siempre, aquello para lo que fue hecha, para lo que todos somos hechos… su santidad, pues no ha resultado extraño encontrar reivindicaciones de nuestra santa injustas, extraviadas y llenas de impostura (como dice Chesterton con agudeza: “Shakespeare desafortunadamente la representó como una mujer aventurera; Voltaire, como algo indescriptible; Lord Byron dijo era una fanática; y Bernard Shaw que era una protestante progresista, inspiradora del mundo moderno.” ¡Qué desatino!).

Así que no me encontrarán aquí hablando de los libros de Voltaire o Shaw, sino que trataré de mostrar, con leves trazas, lo que otros hombres, en inspiradas y más hermosas líneas, hicieron en su memoria, e intentaré que tales referencias sean fieles a aquello que acabamos de decir, a la Juana verdadera, a Santa Juana de Arco, la doncella de Orleans, aquella que entregó su cuerpo a la ceniza como imagen y ejemplo de fidelidad y amor a Dios.


Santa Juana entra victoriosa en Orleans de Lionel Royer (1852-1926)
Lejos de ocultar la realidad histórica de Juana de Arco, estos bosquejos literarios revelarán a los niños mucho más de esa realidad comentada que aquello que pueda determinarse a partir de los secos y desnudos hechos de las crónicas y los ensayos históricos. Porque Santa Juana, como otros grandes personajes, no solo trasciende su historia, sino que, de igual forma, trasciende la Historia.

Sin duda Dios eligió a Juana –sencilla y humilde niña de la campiña francesa– como hizo con otros desamparados, humildes y perseguidos, con otros pequeños hombres, mujeres y niños, actuando a su través: per fragilem sexum et innocentem aetatem. Sabemos que Dios usa a los débiles para confundir a los fuertes y Juana es ejemplo de ello. Así que no me cabe duda de su bondad como modelo para nuestros hijos.

Y comenzamos por nuestro primer libro, la Juana de Arco de Louis-Maurice Boutet de Monvel, un icono en el mundo de la literatura infantil, considerado por algunos como el primer álbum ilustrado moderno.

Carátula del libro, editado por vez primera en 1896.
Por la forma en que Boutet de Monvel cuenta cómo concibió el libro, podríamos decir que recibió un impulso exterior, extraño y extraordinario, casi divino: “la idea me vino como un destello, como una inspiración. Mis editores me pidieron otro libro para niños; no tenía nada en mente. Un día, mientras cruzaba las Tullerías, me encontré de repente con la pequeña estatua de Frémiet, a la entrada de la calle de las Pirámides, y cuando miré a Juana de Arco, tuve mi tema. Es extraño, ¿no es eso? Nadie había pensado en hacer un libro de este tipo antes”.


Batalla de Patay ("Cabalgando sin temor contra los ingleses"). Acuarela de Boutet de Monvel (1850-1913)
El caso es que tan divina inspiración se tradujo en un libro excepcional. A través de cuarenta y cinco frescas y luminosas acuarelas, Boutet de Monvel recogió de forma amena y espectacular la vida de la santa; el libro es una celebración de lo femenino, de lo religioso, de lo épico y de lo patriótico. Fácil de leer, fresco y estimulante como una mañana de verano, el álbum gustará a los niños y cautivará su imaginación. El libro ha sido recientemente editado en castellano por Thule Ediciones y puede ser leído por niños de 11 años en adelante.

Las visiones. Ilustración del libro de Louis Maurice Boutet de Monvel (1850-1913)
El americano y escéptico Mark Twain también se sintió atraído por Juana y traslució esta fascinación en un libro valioso y nada beligerante con lo religioso, Personal Recollections of Joan of Arc, by the Sieur Louis de Conte, de 1896, titulada en castellano, llanamente, como Juana de Arco. Difícilmente puede uno aproximarse a Santa Juana y prescindir de la mística, y Twain ciertamente no lo hace. El libro presenta las memorias de un paje de la santa,  amigo de su infancia que, siendo una de las pocas personas de su pueblo que puede escribir, la acompaña durante todo su periplo hasta su muerte. Así, el autor establece una sola voz que, como testigo directo, puede contar la historia completa de la vida breve y milagrosa de la doncella de Orleans. Como sería de esperar, la maestría de Mark Twain da al relato la agilidad y facilidad de lectura acostumbradas en este autor.

Curiosamente, este era el libro que mas gustaba a Twain, que llegó a decir: “Me ha dado siete veces más satisfacción que cualquiera de los otros. Doce años de preparación y dos de escritura. Los otros no necesitaban preparación y no la tuvieron”. Twain se documentó muy bien. Viajó a Francia y leyó las actas, tanto del Proceso de condena, cuanto del Proceso de rehabilitación que lavó su nombre y condujo a su beatificación (1909) y canonización (1920).

Dos recientes ediciones en castellano de Juana de Arco de Mark Twain
Juana impactó extraordinariamente en Mark Twain –lo que no tiene nada de particular, cualquiera que se acerque a la santa no quedará indiferente–; este llegó a decir de ella que era la Maravilla de las Edadespura de mente y de corazón, en sus palabras, en su espíritu, en sus acciones y la persona más extraordinaria que ha producido jamás la raza humana. Y todo ello, a pesar del conocido escepticismo del escritor y su ácida y despectiva actitud hacia lo religioso; de hecho dejó escrito que tenía una fe infantil en el origen celestial de sus visiones, y comó no, ¿qué otra fe, si no es una fe infantil, es una fe verdadera? Sin embargo, no sabemos si finalmente Santa Juana condujo a Twain hacia la senda de la Verdad, ya que los últimos momentos de un hombre son insondables (Twain murió un año antes de la beatificación de la Santa). En todo caso, su libro es magnífico, respetuoso y veraz. Aunque el libro ha sido editado en numerosas ocasiones y por distintas editoriales, recientemente ha sido publicado por Homolegens y Palabra, y puede ser leído de los 13 o 14 años en adelante. 


Juana de Arco de John Everet Millais (1829-1896) y Juana de Arco de Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Pensemos que Santa Juana es un tesoro que mostrar a los niños: fue piadosa, fiel a Dios, guerrera y campesina, humilde y franca, audaz y fresca, lúcida y firme, transparente en su intención y corazón, cristiana, heroica y santa, ¿qué más se puede pedir, que más se puede dar? Ella nos dio su vida y su corazón (aquel que el verdugo qué buscaba deshacerse de sus cenizas, encontró sin quemar y todavía sangrando). Nosotros podemos hacer que nuestros hijos la conozcan dándoles a leer estos libros, pues son buena muestra de su vida ejemplar. Que los lean, que los lean…


jueves, 23 de febrero de 2017

EL REY ARTURO Y SUS CABALLEROS


El último sueño de Arturo en Avalon de Edward Burne-Jones (1833-1898)


Les hice poner sus manos en las mías y jurar
Reverenciar al Rey, como si fuera
Su conciencia, y a su conciencia como a su Rey,
Combatir a los paganos y sostener a Cristo,
Cabalgar sin fatiga reparando injusticias,
No calumniar ni dar oídos a la calumnia,
Honrar su propia palabra como si fuera la de su Dios,
Llevar vidas dulces en la más pura castidad,
Amar a una sola doncella, apegarse a ella,
Y adorarla por años de nobles obras,
Hasta que de ese modo consigan ganar su corazón…

Los idilios del Rey. Alfred Tennyson 


No creo que pueda dudarse de que las historias del Rey Arturo siguen despertando fascinación. Desde que en los tiempos míticos, bajo espesas brumas de hoscos páramos, fueron urdiéndose las leyendas de “un rey que nunca nació” y que “nunca morirá” (a decir de Chesterton), desde que en las postrimerías del Medievo un tal Malory afanase con cuidado y estilo aquellas historias originales de runas y de piedra, y tales relatos y leyendas llenasen las noches al fuego de innumerables hombres, hasta llegar a nuestro tiempo presente, mecanizado y distraído, han pasado muchos inviernos, sí, pero a pesar de ello, el Rey Arturo, el rey “que nunca morirá”, está aún aquí, entre nosotros ¿Con menos presencia? Quizá, pero no con menos vitalidad.

Decía para la posteridad el editor Caxton, desde su tosca imprenta en aquella jornada de 1485, que en aquel libro que Sir Malory había escrito y que él había devorado con fascinación y se proponía imprimir, hallaríamos “muchas divertidas y agradables historias y actos nobles y de renombre… Haced después el bien y dejad el mal, y esto os traerá la buena fama y el renombre. Y para pasar el tiempo este libro será agradable de leer” ¡Y tanto! ¡Qué magnífica historia!

Edición de La muerte de Arturo de 1906
Un prolijo compendio de aventuras, de luchas y de amores, de abnegación y sacrificio; un espejo para la juventud, con la enseñanza del más alto ideal de la virilidad: el del caballero cristiano. La virtud marcial y heroica, la importancia vital de la Eucaristía y la clara representación del heroísmo de la santidad. Eso y, además, mucha emoción y mucha acción y mucha pasión son y serán por siempre las historias del Rey Arturo y sus caballeros. Como dijo una vez alguien, se trata de “historias de aventura y osadía, magia y conquista”. ¿Quién podrá resistirse?

Sin perjuicio de hacer mención a los ilustres antecedentes –como son la Historiae Regum Britanniæ del clérigo Godofredo de Monmouth, los relatos del también clérigo Chrétien de Troyes y sus caballeros de la Carreta y del León, y la denominada Vulgata francesa– la historia de Arturo, rey en los brumosos paisajes de Avalon y Camelot, es patrimonio de ese caballero inglés llamado Thomas Malory y su monumental La muerte de Arturo (1485). Hablamos del relato definitivo de la leyenda del Rey Arturo; ninguna de las posteriores recreaciones del mito llega a la altura de la de Malory, cierto, pero no es menos cierto que aquí, entre padres, tratamos de libros y de niños y esta última parte, la de los niños, es la fundamental; por lo tanto, tenemos que pensar en ellos.

La buena suerte de Edmund Blair-Leighton (1852-1922) y Tristan e Isolda con la poción de John W. Waterhouse (1849-1917)  
Y es que aunque La muerte de Arturo de Malory, pese a su antigüedad, es sumamente legible –gracias a su estilo llano y sin excesivos ambages–, resulta excesiva para los niños (en este caso estamos hablando de niños de entre 11 y 15 años y de un libro de casi 1.000 páginas). En todo caso, este es un libro fuente al que hacer homenaje, un cofre del tesoro al que han acudido a lo largo del tiempo otros bardos (algunos no menos ilustres que Malory, si bien menos afortunados y menos obsequiosos para con nosotros) para tomar prestadas historias y personajes y tejer un nuevo tapiz, bajo una nueva luz, dando así lugar a una nueva vida literaria del Mito Artúrico. 

Es más, el Arturo de Malory nos ha dado muchas otras cosas a las que podrán acceder con más facilidad nuestros hijos si se acercan a estos libros: poemas (Los idilios del Rey y La Dama de Shalott de Tennyson; La Muerte de Arturo de Chesterton; Taliessin de Charles Williams), pintura, escultura, arquitectura y diseño (el renacimiento del medievalismo del XIX encabezado por los Prerrafaelitas, especialmente Dante Gabriel Rossetti, Edward Burne-Jones y William Morris, devotos de todas las cosas medievales y artúricas), las novelas que comentaremos más adelante y otras más que no mencionaremos, y además, opera,  teatro, cine, comic…

El logro del Grial diseñado por Edward Burne Jones (1833-1898)y tejido por William Morris (1834-1896)  
No debemos preocuparnos por la complejidad de La muerte de Arturo; existen traducidas al castellano versiones posteriores al libro de Thomas Malory, accesibles y atractivas, pensadas incluso expresamente para los niños, donde se les cuenta de forma amena la fascinante historia desde el momento en el que el joven Arturo libera la espada Excalibur de la piedra, pasando por la búsqueda del Santo Grial, y terminando en la tragedia final de la última batalla.

Me refiero a los libros escritos por Howard Pyle y por Roger Lancelyn Green.

Pyle escribió en cuatro volúmenes la leyenda artúrica (La historia del rey Arturo y sus caballeros, La Historia de los Campeones de la Mesa RedondaLa Historia de Sir Lancelot y sus compañeros y La Historia del Santo Grial y la caída de Arturo), de los cuales solo se ha traducido al castellano el primero (por Anaya).

Portada del libro y una de sus ilustraciones de Howard Pyle (1853-1911) 
La historia está contada en un estilo colorido y romántico, con un aire de cierta ingenuidad. Es verdad que la versión de Pyle no sigue a Malory tan cerca como otras versiones, pero las líneas por él escritas transpiran autenticidad, razón por la cual no carece del vigor y de la acción del original. Los dibujos –del propio Pyle– son magníficos, realizados con clara intención en una especie de estilo prerrafaelita.

En cuanto al libro escrito por el inkling Roger Lancelyn Green, he de decir que es estupendo. Titulado El Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda (Ediciones Siruela) y bellamente redactado en un estilo que conserva la cortesía y la gracia de los originales medievales, incluye elementos tomados no solo de Malory, sino también de los relatos galeses del Mabinogion, de las novelas de Chrétien de Troyes y de viejas baladas inglesas. Accesible tanto a los niños como a los mayores, se trata de una perfecta introducción al mundo artúrico. En palabras de Charlotte Yonge, “el que mejor prepara el camino para Malory y Tennyson”. Además, la edición en castellano contiene las ilustraciones del esteta Aubrey Beardsley; una delicia.

Portada e ilustración del libro por Aubrey Beardsley (1872-1898) 
Hay otras dos versiones editadas en castellano y en cierto modo escritas pensando igualmente en los niños y los jóvenes; me refiero a Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros de John Steinbeck (EDHASA) y la obra de T.H. White Erase una vez un joven rey, editada en castellano como La Leyenda del Rey Arturo en cuatro tomos: La espada en la piedra, La reina del aire, El caballero malhecho y Una vela al viento (Biblioteca de la aventura, Editorial Debate). La primera es una obra inacabada de Steinbeck, y eso se nota; y la segunda, a excepción del primer libro, se torna oscura en todos los demás, por lo que es poco aconsejable en mi opinión. 

Y vamos terminando. Ya hemos comentado en otras entradas como el mito o la leyenda convenientemente presentadas dan a los niños una multiplicidad de bienes: un modelo en el que creer, un paisaje moral sobre el que desarrollarse sólidamente, un mundo fantástico al que poder volar con la imaginación, una referencia a imitar y un acervo cultural tradicional al que admirar y del que aprender. Eso –como todos los buenos cuentos– les dará Arturo y su leyenda, pero muy especialmente, esta historia alimentará en los niños el heroísmo, un heroísmo que sin darnos cuenta surgirá rompiente en sus corazones como algo natural, con la ferocidad alegre propia de la infancia.