lunes, 19 de marzo de 2018

DE LIBROS, ROBINSONES Y CHICOS

Nocturno tahitiano, acuarela de William Alister MacDonald (1860-1956).


«Nacer es naufragar en una isla».

J. M. Barrie


J. M. Barrie escribió esta hermosa frase en su prólogo a La Isla de Coral, de R. M. Ballantyne. Como sabía bien el autor de Peter Pan y Wendy, las islas y los relatos infantiles se encuentran entrelazados de tal forma que no resulta posible separarlos. Con estos relatos insulares, asoman a las jóvenes vidas que los frecuentan palabras fascinantes, como caimán, canoa o caníbal, y personajes inolvidables que ya no abandonarán sus infancias, como piratas y corsarios. Barrie lo sabía, y por eso se negaba a dejar atrás su infancia, inmortalizando para ello una isla y un pirata y rebautizándose para siempre como Peter. Pero esta es una historia de la que ya hemos hablado.  

Los relatos de náufragos e islas tienen su propio género, que los estudiosos anglosajones denominan Robinsonades. Este término podría traducirse como robinsonadas, esto es, dichos o hechos propios de un robinson, pues todas estas historias tienen un solo origen: el Robinson Crusoe (1719), de Daniel Defoe, la historia del náufrago por antonomasia. Este es el libro que define el género (junto algunas otras historias que a gran altura siguieron su estela), un género plantado por Defoe y su Robinson (él delimitó la forma, revelando sus fortalezas dramáticas y la dificultad de mantener una historia con un solo personaje), regado por Ballantyne (La isla de Coral, 1857) y Verne (La isla misteriosa, 1874; Escuela de robinsones, 1882; y Dos años de vacaciones, 1888), fertilizado por Stevenson (La isla del tesoro, 1883), germinado por Barrie (Peter Pan y Wendy, 1911), y, quizás, solo quizás, quebrantado en el provecho de sus frutos por Golding (El señor de las moscas, 1954).

La receta típica del relato robinsoniano consiste en un coctel variado y refrescante: el naufragio de una nave, la supervivencia de uno o varios náufragos y la conservación de ciertas partes de la nave hundida que se revelarán fundamentales para la supervivencia (herramientas, ropa, tela para velas, madera, hierro, armas, animales, cajas o bolsas de alimentos para el presente y semillas para el futuro). El naúfrago, felizmente, vendrá bendecido con algunos conocimientos de ingeniería e historia natural, buena salud y, algo fundamental, fe en Dios. El brebaje se completará con la inventiva y empuje del protagonista para construir su nuevo pequeño mundo y con el suficiente coraje para defenderlo de alimañas, piratas o salvajes antropófagos. Por supuesto se permiten diferentes variaciones según los ingredientes utilizados y las proporciones en que se combinen los mismos.

Advierto que aquí no hablaré de todo el género, sino solo de una familia, la de los relatos de jóvenes robinsones, por ser los más cercanos al tema del blog. Y así, dejaremos al Robinson de Defoe para una entrada personal; en el caso la isla de Barrie nos remitiremos a nuestra entrada de Peter Pan y Wendy; de la isla de Stevenson ya hemos tratado; y solo sobrevolarémos muy brevemente la isla de El señor de las moscas, de William Golding, por considerarla una novela que precisa de una cierta madurez, no obstante la edad de los protagonistas.


La Isla de Coral (1857). Robert Michael Ballantyne (1825-1894).

Dos ilustraciones de la novela, de Savile Lumley (1876-1949).



Esta es la novela con la que las Robinsonadas se establecieron firmemente como un género literario.

El libro tuvo de inmediato un éxito espectacular, lo cual no es de extrañar, pues sus protagonistas ejemplarizaban las actitudes y los principios más valorados del Imperio Británico: coraje, honor y patriotismo. Los jóvenes lectores victorianos devoraban sus páginas, tal es así que en el The British Weekly, una popular revista literaria de la época, podía leerse: «No se encuentra en Inglaterra muchacho alguno que pueda sentir respeto por quien no guste de leer el fascinante libro de Ballantyne, "La Isla de Coral"».

La historia responde a las líneas maestras ya señaladas: tres jóvenes ingleses, Ralph, Jack y Peterkin, tras naufragar su barco, son arrojados a las playas de un atolón deshabitado en los mares del Sur. La isla es un verdadero paraíso donde, a la manera de Robinson, los tres jóvenes logran crear una sociedad idílica: construyen su propia casa, hacen fuego, recolectan frutas e incluso arman un bote para explorar las islas vecinas, hasta que, finalmente, tras muchas peripecias y aventuras (algunas realmente peligrosas), son rescatados por un misionero inglés. Cuando regresan a la civilización, y tras lo acontecido, son más sabios y maduros.

La historia semeja haber sido diseñada para enseñar geografía, historia natural, religión, moralidad y responsabilidad y, en cierto sentido, adolece de un didactismo muy propio de la época en la que fue escrita. Pero ello no desmerece el libro; al contrario, la atractiva historia, contada con un gran ritmo narrativo, constituye, ahora como entonces, un fascinante entretenimiento (el libro salió a la venta a fines de 1857 y desde entonces nunca ha dejado de editarse).

Esta novela fue la inspiración para el distópico El Señor de las moscas (1954) de William Golding, si bien este último autor invirtió la moralidad de la historia: aunque ambas novelas relatan experiencias de maduración, en la historia de Ballantyne los muchachos, representantes del bien, tienen varios encuentros con el mal (personificado por los piratas y los caníbales); sin embargo, en El Señor de las moscas, el mal está en el corazón mismo de los chicos.

Esta última novela trata de lo que el propio Golding describe como «la oscuridad en el corazón del hombre» y busca mostrar cómo la lujuria del poder, el sometimiento a circunstancias extremas o la competencia por los recursos escasos, pueden hacer emerger en el hombre aquello, que aunque nos resistamos a creerlo, es también parte de su propia naturaleza: la bestialidad, la crueldad y la maldad. No es una historia fácil de digerir para una mente inmadura, tanto por su crudeza, cuanto por su inquietante cercanía, pues los protagonistas son los propios chicos. 

Las dos ediciones de la novela que tenemos en casa.



En español no disponemos de ediciones recientes de La Isla de Coral, por lo que quizás deban acudir al mercado de libros de segunda mano. En casa tenemos de dos ediciones: una, correspondiente a la fantástica colección Clásicos de Aventuras, editados por Legasa en los años 80, y que cuenta con un magnifico prólogo de Carmen Bravo Villasante; y otra editada por SM en su colección La Ballena blanca y orientada a un público de menos edad.

Recomendando para 12 años en adelante.


Dos años de vacaciones (1888). Julio Verne (1828-1905).

Cubierta y frontispicio de la primera edición del libro Dos años de vacaciones en 1888 por la editorial Hetzel.

Julio Verne no precisa presentación alguna; es una referencia obligada cuando se habla de literatura infantil y juvenil y más si el tema se centra en la acción y la aventura. Y si bien el título del que voy a hablar no es ni de sus mejores libros ni de sus más famosas novelas, sí que trata (y de manera deliciosa, he de decir), el tema que nos ocupa, que además fue para Verne una constante en su vida literaria.

El joven Julio Verne devoró todas las novelas robinsonianas que le precedieron y que se pusieron a su alcance, y más adelante señalo a Defoe y a Wyss (La familia Robinson suiza, 1812), como dos de sus mayores influencias literarias. Estaba fascinado con el tema de los náufragos y escribió sobre él durante toda su vida. La que nos ocupa es una de sus tres novelas específicamente robinsonianas. De las otras dos, La Isla misteriosa (1874) es el libro más logrado y sólido, y Escuela de robinsones (1882) es casi una humorada sobre el tema, o al menos el libro más liviano de los tres. Curiosamente, Dos años de vacaciones (1888) fue el último en escribirse.

En un prefacio escrito a propósito de la publicación de Dos años de vacaciones, el escritor francés centraba magníficamente el tema robinsoniano al señalar que Daniel Defoe, en su inmortal Robinson Crusoe (1719), había fijado su atención en un solo hombre adulto; que Johann David Wyss, en La familia Robinson suiza (1812), lo había hecho en una familia; que James Fenimore Cooper, en su novela El Pico del Crater (1847), había focalizado el problema en un grupo social, y que él mismo en La Isla Misteriosa (1874), había elegido como protagonistas a unos científicos. Sin embargo, se percató de que faltaba por contar qué ocurriría con unos niños, y a este respecto señaló:
«Me parecía que, para cubrir todas las opciones, quedaba por mostrar qué pasaría con un grupo de niños de ocho a trece años abandonados en una isla, luchando por sobrevivir en medio de las pasiones desatadas por las diferencias de nacionalidad; en una palabra: un internado de Robinsones. 
Por otra parte, en "Un Capitán de quince años", había empezado a mostrar lo que puede ser la valentía y la inteligencia de un niño que lucha con los peligros y las dificultades de un exceso de responsabilidad en relación a su edad. Por ello pensé que si las enseñanzas contenidas en este libro podían ser beneficiosas para todos, tenía que escribirlo».
Lo cierto es que, con o sin enseñanzas (que sí las tiene, como apunta Verne), la novela es una delicia de la que disfrutarán sus hijos. Una vez que comiencen a leer, quedarán sin duda atrapados por las aventuras y peligros que habrán de afrontar los catorce niños protagonistas, quienes, tras naufragar en una isla desierta, deberán aprender a organizarse para sobrevivir y también a sobrellevar las rivalidades que pronto aparecerán en su pequeña comunidad. Por otro lado, al explorar la isla, los catorce aventureros descubrirán que en ella se esconden muchos secretos...

Ilustraciones para una edición de Dos años de vacaciones de 1909, de Léon Benett  (1839–1916).

En español hay innumerables ediciones de esta novela; la que han leído con fruición mis hijas es una publicada muy reciente de RBA, con unas ilustraciones tipo cómic que no son de mi gusto. También hay una versión descatalogada de la editorial Molino que vale la pena buscar, aunque solo sea por la serie de laminas a color de Badía Camps que contiene. Por último, las clásicas ilustraciones de Léon Benett se pueden encontrar en la reciente edición de Biblok, incluida en su colección Never Land, que además también recupera la portada original de la novela; esta última es la que les recomiendo.

Para niños desde los 10 años.

La edición de la novela que tenemos en casa y una ilustración para una edición de Molino del magnífico artista Angel Badía Camps (1929-).


Y termino con quien empecé, con James Matthew Barrie, el cual, en el prólogo a La Isla de Coral al que he hecho mención, hacía una recomendación de la novela que también es extensible a la historia de Verne, y que decía así: 
«Yo era un niño cuando me ví atrapado por las maravillosas aventuras aquí contadas. Todavía con la fuerte impresión de su recuerdo, presento este libro especialmente a los niños, con la sincera esperanza de que puedan obtener de sus páginas información valiosa, mucho placer, grandes beneficios y diversiones sin límites».
Con los mismos deseos para con sus hijos, me despido.



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lunes, 12 de marzo de 2018

ILUSTRADORES GENIALES (I): EN POS DE LA BELLEZA

La belle dame sans merci, de Walter Crane (1845-1915).














«El color es un medio de ejercer influencia directa en el alma. El color es el teclado, los ojos son los martillos, el alma es un piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que toca y toca una u otra tecla deliberadamente, a fin de causar vibraciones en el alma».

Vasili Kandinsky (1866-1944)




Como ya adelanté en el anterior post, iniciaré hoy una serie de entradas en los que recopilaré aquellos ilustradores que, a mi juicio (y ajustándose al gusto, en train de eduquer, de mis hijas), merezcan una recomendación, así como aquellas ediciones de sus trabajos que puedan ser accesibles en el mercado literario español. Y sin más preámbulos, empiezo:

 


Walter Crane (1845-1915)

Fue considerado uno de los mejores ilustradores de la época victoriana y sigue siendo estimado como uno de los grandes maestros de la ilustración de todos los tiempos. Junto con William Morris, fue uno de los máximos exponentes del famoso movimiento estético Arts & Crafts y su carrera artística se desarrolló en múltiples ámbitos. Crane era un hombre polifacético, un artista all around, como gustan de decir los anglosajones, a la manera renacentista: escritor, pintor, diseñador, artista decorativo, y en lo que aquí nos interesa, uno de los creadores de libros infantiles más prolíficos, populares e influyentes de su generación, con carácter de precursor e innovador. Durante su larga carrera escribió más de 60 libros,  que también diseño e ilustró, además de adornar con su arte las obras infantiles de otros autores como, Mary Louisa Molesworth, Perrault, Nathaniel Hawthorne, Mary de Morgan, los hermanos Grimm y Oscar Wilde.


Walter Crane respondía a la distinción que él mismo gustaba hacer entre los que llamaba los artistas pictóricos y los artistas decorativos; los primeros dedicados a producir bellas imágenes individuales, y los segundos (entre los que él se situaba), aquellos que extendían su trabajo al conjunto del libro, laborando toda la página impresa, incluido el texto y las ilustraciones, y sin olvidar las páginas del título y la decoración de las portadas y los lomos, los encabezados y frontispicios, los corchetes y los complementos y adornos.

Frontispicio del volúmen de los Cuentos de los hermanos Grimm editado en 1882.



Crane pensaba (y así ha sido desde entonces) que las ilustraciones deben coordinarse con la historia narrada para involucrar al lector con la obra entendida como un todo.


Con su trabajo transformó gradualmente los libros para niños en una forma de arte sofisticada, utilizando gran variedad de medios técnicos (como las mejoras de la época en grabados de madera para el color y la impresión gráfica), intelectuales y estéticos.


Ilustraciones de La bella durmiente y Un alfabeto para viejos amigos.




La obra de Crane, a caballo entre la estética prerrafaelita y el art nouveau, estuvo influenciada por los grabados y estampas japonesas, con composiciones decorativas en perspectiva plana o muy profunda y colores sólidos. Así nos lo describía él mismo: «Su tratamiento, en un contorno negro definitivo y con colores planos, brillantes y delicados, crea una sensación vívida, dramática y decorativa, que me llamó la atención de inmediato y que me esforcé por aplicar a los temas imaginativos y humorísticos de los modernos libros infantiles».


Dos de los títulos comentados, en ediciones magníficas de Reino de Cordelia y Alba editorial, respectivamente.



La frescura y viveza de las inspiraciones medievales y clásicas con que Walter Crane dotaba a sus ilustraciones todavía sorprenden por su armonía y belleza, y por el color y el detalle que destacan sobre todas las cosas. 



Afortunadamente, se ha publicado recientemente un considerable número de sus libros infantiles, aunque es verdad que el reducido formato de su edición dificulta el goce de los dibujos. Aun así, son altamente recomendables, por lo que les conmino a que se hagan con algún ejemplar.

Algunos de los títulos reseñados y auto editados a través de Amazon.





En el mercado de libros en español tenemos bastantes cosas en las que fijar la atención. Por ejemplo, la editorial Libros del Zorro Rojo ha hecho una edición muy cuidada de El príncipe felíz y otros cuentos, de Oscar Wilde, con los grabados en blanco y negro de Crane que ilustraron su edición original; por su parte, Reino de Cordelia ha editado La bella y la bestia, de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, con las maravillosas ilustraciones a todo color del artista. También Olañeta publicó en su día El collar de la princesa Fiorimonde y otros cuentos, de Mary de Morgan, y Alba editorial ha reunido hace poco, en un solo volumen, El libro de las maravillas y Cuentos de Tanglewood, historias sobre mitos griegos escritos para niñas y niños por Nathaniel Hawthorne, ilustrados, además de por Walter Crane, por la delicada artista británica Virginia Frances Sterrett. 


Alguna de las inspiradas ilustraciones de W. Crane. la primera, del librito Flores para una boda y la segunda, para El capullo de rosa y otros cuentos, de Arthur Kelly.




Por último, se pueden encontrar a través del sistema de publicaciones independientes que facilita y distribuye Amazon (Createspace Independent Pub), ediciones interesantes como La bella durmiente y otros cuentos, La bella y la bestia y otros cuentos, Cenicienta y otros cuentos, Esopo para niños, El príncipe rana y otros cuentos y algunos títulos más, así como los Cuentos de Perrault editados por The Planet.



Todos los libros son recomendables para niños de 7 años en adelante. 



Ivan Bilibin (1876–1942)


Escenario pintado por Bilibin para la ópera Sadkó, de Nikolái Rimski-Kórsakov.




Ivan Bilibin es uno de los más grandes representantes de lo que se dio en llamar la edad de plata del arte ruso, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Particularmente famosas son sus ilustraciones de cuentos rusos, aunque destacó también en otros ámbitos como pintor y decorador (por ejemplo, en sus diseños de vestuario y escenarios de los famosos ballets rusos de Dyagilev).



Las ilustraciones de Bilibin fascinan por la asombrosa precisión de sus líneas y por los efectos artísticos causados por una delicada combinacion de colores y sombras. Además, el artista incluía en su repertorio de imágenes, a modo de ornamento que embellecía sus dibujos, muchos motivos naturales: setas, agáricos, lirios de agua, acianos, manzanillas y muchos más tipos de hierbas, dibujadas con una precisión botánica increíble y combinadas con adornos estilizados de los típicos bordados campesinos. 


Ilustraciones de Bilibin para los cuentos El Zar Saltán, de Puskhin, y María Morevna, popular.



Al igual que sus colegas contemporáneos del oeste de Europa, Bilibin se vio influenciado por el arte japonés de las estampas y los grabados; Hiroshige, Utamaro y Hokusai dejaron una clara huella en su trabajo. 


Pero esa influencia de los pintores japoneses es solo parcial, pues el artista, junto a algunos otros artistas de su generación (reunidos en el grupo Mir iskusstva), creó lo que se dio en llamar el estilo «Bilibin», en el que unía la técnica pictórica oriental con el folclore ruso. Se trata de un art nouveau particular, como todo lo ruso, un arte nuevo pero con aire retrospectivo, que bebe en las fuentes del folclore y la tradición eslava. De esta manera, se llevó a cabo una renovación/restauración del estilo tradicional ruso, volviendo para ello la vista a las viejas tradiciones y costumbres; por ejemplo, el tocado tradicional de las mujeres rusas se utilizó como estilo arquitectónico. El propio Bilibin publicó una monografía sobre las artes folclóricas del norte de Rusia en 1904.



En su trabajo esta renovación estilística se intensificó de modo particular. Su arte es resultado de un uso de la tradición popular basada en las artes medievales y una maximización del romanticismo connatural al alma rusa, con un uso de atmósferas y ambientes fantásticos, mezclando diseños e ilustraciones antiguos con nuevas tendencias y técnicas provenientes, como he dicho, del Oriente. Son también destacables sus diseños de portadas, en los que se combinan decoraciones de tipografía antigua eslava y motivos de cuadros florales en los bordes de las páginas.


Otra ilustración para el relato Maria Morevna.





Este nuevo y personal estilo encontró una vía de expresión ideal en la ilustración de los cuentos de hadas tradicionales (los famosos cuentos rusos), fueran los escritos en verso por Pushkin o los rescatados de la tradición folklórica por Afanásiev. 



No puedo ocultar que su forma de dibujar me fascina. Lo encuentro armonioso, suave, misterioso e intensamente romántico. Por ello, recomiendo que busquen libros que contengan sus deliciosas ilustraciones y se los den a leer a sus hijos.


Los dos volúmenes de cuentos rusos editados por la editorial Reino de Cordelia.





En español podemos encontrar su arte en distintas ediciones de cuentos rusos; así Reino de Cordelia ha editado, con el cuidado que les caracteriza, dos volúmenes preciosos: El Zar Saltan y otros cuentos populares rusos, de Pushkin, y Basilisa la bella y otros cuentos populares rusos, de Afanásiev; Gadir editorial, en su colección El bosque viejo, ha publicado varios cuentos de Pushkin ilustrados por Bilibin, como El cuento del gallo de oro y El Zar Saltan. Estos dos últimos cuentos fueron editados en forma de álbum ilustrado por Asuri; por otro lado, Anaya editó, en tres preciosos volúmenes, los cuentos populares recogidos por Afanásiev con ilustraciones de Bilibin. También Lumen, en los años 80, publicó dos volúmenes titulados Cuentos rusos, con las ilustraciones del artista.


Los dos albumes editados por Asuri.




Espero que a sus hijos les guste mirar y remirar estos libros y que sirvan para causar vibraciones en el alma, como decía Kandinsky en la frase que da inicio a esta entrada.


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