martes, 11 de diciembre de 2018

LA FANTASÍA MÍSTICA

El canto de la alondra, óleo de Jules Breton (1827-1906).



«Como en el estruendo de tus cataratas
un abismo llama a otro abismo,
así todas tus ráfagas
y tus olas pasan sobre mí». 
Salmos, 42:7.


«Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación».  
Flp. 2:12.


«La marca invariable de la sabiduría es ver lo milagroso en lo común». 
Ralph Waldo Emerson



Uno de lo grandes problemas de nuestro tiempo es su desarraigo respecto de lo religioso, o si lo quieren ustedes, de lo trascendente. Una inmanencia pegajosa nos sume en un desencantado mundo de materia en disolución. 

La idea de progreso infinito es algo ya olvidado. Las carnicerías que asolaron el pasado siglo y la inhumanidad nacida de ideologías como el comunismo y el nazismo, descarnaron los corazones más duros y sumieron a los espíritus más optimistas en la desazón de un mundo sin futuro. Y no solo eso; en la segunda mitad del siglo, el desarrollo polarizado de fuerzas destructoras, escondidas tras oscuros arsenales nucleares, dio al pesimismo una pátina de angustia que no nos ha abandonado. 

Pero nos resta la esperanza. Por mucho que el pesimismo y la desazón parezcan envolvernos, Quien nos da vida sigue manteniéndonos en la existencia y espera nuestro regreso, al igual que sobre las brumas que entristecen los paramos brilla el astro rey dando vida a aquello que permanece oculto a los ojos.

Quizá la piedra angular, aquella sobre la base de la cual deba reconstruirse la bondad y belleza de las almas, esté en las proximidades del asombro y la maravilla y no lejos del temor y el temblor que conmueven las entrañas. En la contemplación de las esencias primigenias de aquello que, en pura armonía y finísimo concierto, se desprenden de todo lo creado ex nihilo. Más tarde llegará el amor que transforma y trastoca todo orden y de nuevo otro asombro y maravilla envolverá el alma adentrándola en el conocimiento de lo contemplado. Pero primero hay que sentir la propia pequeñez y solo acercándonos con humildad, respeto y temor podremos verdaderamente conocer y creer. Y la llave para abrir esa puerta se llama conocimiento poético.


El Gran Cañon, obra de Thomas Moran (1837-1926).
Sócrates lo personificó en su particular questae; Aristóteles lo enseñó cuando dijo que la filosofía comienza con asombro; Santo Tomás de Aquino lo calificó de scientia poetica, definiéndolo como la aprehensión directa de la realidad que inspira respeto y admiración y el cardenal Newman llamó a esta experiencia aprensión real distinguiéndola de la nocional de las proposiciones abstractas. El propio Santo Tomás lo englobó entre los modos de conocimiento esenciales, entre la metafísica, la dialéctica y la retórica; quizá sea el menos confiable de todos ellos en términos de conocimiento científico, pero es el más importante para poder recibir las impresiones sensoriales y emocionales de la cosa misma. No es otra cosa que cultivar y despertar la atención, entre asombrada y muda, sobre el mundo (lo que Wordswoth llamó «relación apasionada»), para así captar aquello que Hopkins definió, misteriosamente, como «las certezas incomprensibles»Ese camino místico permitirá acercarse y percibir el misterio del mundo.

Pero hoy todo eso está olvidado. Solo damos relevancia al conocimiento puramente intelectivo, tan frío e impasible como el poder al que se le asocia. Pero el conocimiento poético es fuego abrasador, siempre temor y amor por igual. 

La manera de regresar a ese estado primigenio de asombro y sencillez es tremendamente dificultoso para nosotros adultos, contaminados como estamos en este ambiente secular y deshumanizado. Pero los niños gozan de una situación de partida propicia, privilegiada, pues su inocencia es el estado ideal para comenzar rectamente el camino.

Rudolf Otto hablaba de lo numinoso como aquello que estremece y aliena hasta casi borrar la existencia. Recuerdo de niño sentir el vértigo, la espiral en la que se sumergía mi mente cuando trataba de entender el infinito o la diferencia entre el ser o no ser en absoluto. Y luego una iluminación llena de asombro, y llena de temor, pero también de respeto. 

Ya casi no puedo sentir eso y sueño con que mis hijas lo sientan plenamente y comprendan más y mejor que yo, y, de esta manera, se aproximen un paso más allá de dónde me encuentro. Se trata de alcanzar «el sentido de otro mundo» del que hablaba C. S. Lewis y para ello, un buen camino será a través del mito, como apuntaba su amigo Tolkien.

En un viejo ensayo de 1973, titulado La Racionalidad del Mito, el académico Clyde S. Kilby bucea en la psique humana para tratar de explicar la cuestión de la permanencia del mito entre los hombres. «Las dos características más básicas del hombre son conocer y adorar», escribe Kilby. Sin embargo, observa, «en nuestra época, (...) la principal vía para conocer es la realización de enunciados». Este error epistemológico nos lleva a descartar el mito como vía de conocimiento. Lo que no puede ser cuantificado y sistematizado no puede ser conocido. Sin embargo, desde siempre ha existido otra ruta, el camino de la imaginación, y la principal expresión de la imaginación se produce a través del mito. «La sistematización drena color y vida, pero el mito los restaura».


Venus y Anquises, óleo de William Blake Richmond (1842-1921).
Este poder restaurador, esta capacidad de trascender las limitaciones epistemológicas que nos aprisionan, es lo que hace al mito especialmente poderoso, ya que es a la luz del mito que resultará más fácil iniciarse en el conocimiento de la verdad.

Y junto al relato mítico, lo místico se encuentra también en la visión simple y clara de lo cotidiano, en ver aquello que nos rodea a través del tamiz del sentido común. Chesterton lo dice mucho mejor: «El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común». 

Y los buenos libros reúnen ambas cosas. Porque, como decía Goethe, «aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la experiencia». A través del juego especular de la imaginación poética, los niños y los jóvenes podrán acercarse unos y regresar los otros a ese estado iniciático dónde la mística del mundo les envolverá con maravilla, asombro y temor.

En los libros a que me refiero, el universo en el que se enmarcan las historias es fácilmente identificado por los jóvenes lectores con el suyo propio, y en ellas se tratan algunos temas basilares como el mito creacional, lo milagroso y lo demoníaco, la batalla entre el bien y el mal y la convicción de que existencia trasciende nuestra materialidad y el tiempo que nos ha tocado vivir.

Algunos estudiosos caracterizan este tipo de relatos como aquellos que poseen una cierta estructura argumental: incluirían un mundo paralelo concreto, un dispositivo o ser sobrenatural que transporta a los niños protagonistas a ese mundo, una fuerte voz narradora (adulta) que se identifica con los protagonistas y media para los lectores, y lo más importante, una comunidad de amigos que comparten las percepciones místicas y desarrollan una perspectiva moral. El resultado de todos estos elementos trabajando juntos es el establecimiento de un mundo de fantasía "realista" en el que el lector infantil participa como colaborador creyente.

Ya he hablado de algunos de estos libros; recuerdo a El viento y los sauces, Las crónicas de NarniaEl HobbitEl jardín secreto La princesa y los trasgos. A partir de hoy hablaré de algunos otros, comenzando por George MacDonald, con Más allá del viento del norte y La llave de oro, continuando por Saint Exupery y su famosísimo Principito y terminando con una autora de la que todavía no he tratado, Madeleine L’Engle y su Una arruga en el tiempo; todos ellos escritores cristianos, condición esta que no deja de notarse en sus libros. 

Cierto es que, como Rudolf Otto distingue, pueden darse dos aspectos fundamentales en lo numinoso: el mysterium tremendum, que es el que provoca miedo o temblor, y el mysterium fascinans, que atrae y fascina. Algunos han dicho que solo este último está y debe estar presente en la literatura al alcance de los niños. No lo creo, pues uno no va sin el otro; ocurrirá que muy probablemente el mysterium tremendum que perciban los niños sea de otro grado, ya que la inocencia propia de la infancia hace que los pequeños no necesiten demasiado para experimentar fuertes impresiones. 


La niña del Regimiento, óleo de John Everett Millais (1829-1896).
Pero por supuesto, todo ello es más antiguo que Rudolf Otto, mucho más. Sin duda está en ya en el Sanctus, Sanctus, Sanctus de Isaías y antes incluso: se albergó en el alma del primer hombre que miró, entre asombrado y asustado, a la Luna, o que del que se acurrucó por vez primera bajo unas ramas, paralizado por los relámpagos y truenos de una tormenta; también en los primeros ojos que de forma lastimera observaron los campos de cultivo arrasados por el granizo o el fuego. No significa otra cosa que el estremecimiento de sentirse criatura y, a un tiempo, constituye «el numinoso material en bruto, necesario para alcanzar el sentimiento de humildad religiosa». Nos anula en nuestra individualidad para que podamos renacer como hombres nuevos; hace que tomemos conciencia de nuestra condición de criaturas de un Creador y por lo tanto de nuestra impotencia y nulidad, sabiendo que sin Él no somos nada.

Es tremendo y fascinante.

Así lo expresó San Agustín: «¿Qué es esto que me traspasa de luz y percute en mi corazón sin herirlo? Me espanto y me enardezco. Me espanto, porque me siento disímil a ello; me enardezco, porque me siento semejante». 

Puede parecer duro, pero es una experiencia sana y necesaria. Es la experiencia, la toma de conciencia de un increíble mundo creado ex nihilo. Sin eso nada se comprende.

Uno de los escritores a que me he referido, George MacDonald, decía: «No es tanto transmitir un significado como despertar un significado». Tanto MacDonald como los demás citados nos presentan en sus libros a la imaginación como un vehículo privilegiado para aprehender esa naturaleza sacramental del mundo a que se refería Newman. En sus relatos, al encarnar viejas verdades en nuevas historias, al «decirnos aquello que hay que decir a través de los cuentos de hadas» (como dice Lewis), nos ayudan a revisar nuestra percepción del mundo infundiéndole lo que ha perdido: el sentido de lo numinoso, con su asombro y maravilla y con su temor y temblor... Es, como alguien ha dicho, «la experiencia poética de la realidad», tremenda y fabulosa, perturbadora y hermosa.

“Y la mañana pesa.
Vibra sobre mis ojos,
Que volverán a ver
Lo extraordinario:
Todo”.

Jorge Guillén. Cántico.

Así que, acerquen a sus niños a estos libros, por favor, acérquenlos. 

4 comentarios:

  1. Buenas noches Miguel.

    Magnífica entrada, como todas las tuyas.

    La última frase suena a lo que estamos viviendo, "se acaba el tiempo, todo lo que hagamos es poco" y, por las circunstancias que nos han tocado, "esto que antes podía ser importante, ahora es imprescindible".

    Gracias, Miguel

    Capitán Ryder

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    1. Gracias Capitán. No son tiempos fáciles. Pero, cuales lo son? Aunque, la verdad, estos parecen de los más difíciles.
      Un abrazo.

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  2. Amigo, he vuelto a releer el post... lisa y llanamente: ¡maravilloso!
    Gracias.
    J.

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