jueves, 23 de febrero de 2017

EL REY ARTURO Y SUS CABALLEROS


El último sueño de Arturo en Avalon de Edward Burne-Jones (1833-1898)


Les hice poner sus manos en las mías y jurar
Reverenciar al Rey, como si fuera
Su conciencia, y a su conciencia como a su Rey,
Combatir a los paganos y sostener a Cristo,
Cabalgar sin fatiga reparando injusticias,
No calumniar ni dar oídos a la calumnia,
Honrar su propia palabra como si fuera la de su Dios,
Llevar vidas dulces en la más pura castidad,
Amar a una sola doncella, apegarse a ella,
Y adorarla por años de nobles obras,
Hasta que de ese modo consigan ganar su corazón…

Los idilios del Rey. Alfred Tennyson 


No creo que pueda dudarse de que las historias del Rey Arturo siguen despertando fascinación. Desde que en los tiempos míticos, bajo espesas brumas de hoscos páramos, fueron urdiéndose las leyendas de “un rey que nunca nació” y que “nunca morirá” (a decir de Chesterton), desde que en las postrimerías del Medievo un tal Malory afanase con cuidado y estilo aquellas historias originales de runas y de piedra, y tales relatos y leyendas llenasen las noches al fuego de innumerables hombres, hasta llegar a nuestro tiempo presente, mecanizado y distraído, han pasado muchos inviernos, sí, pero a pesar de ello, el Rey Arturo, el rey “que nunca morirá”, está aún aquí, entre nosotros ¿Con menos presencia? Quizá, pero no con menos vitalidad.

Decía para la posteridad el editor Caxton, desde su tosca imprenta en aquella jornada de 1485, que en aquel libro que Sir Malory había escrito y que él había devorado con fascinación y se proponía imprimir, hallaríamos “muchas divertidas y agradables historias y actos nobles y de renombre… Haced después el bien y dejad el mal, y esto os traerá la buena fama y el renombre. Y para pasar el tiempo este libro será agradable de leer” ¡Y tanto! ¡Qué magnífica historia!

Edición de La muerte de Arturo de 1906
Un prolijo compendio de aventuras, de luchas y de amores, de abnegación y sacrificio; un espejo para la juventud, con la enseñanza del más alto ideal de la virilidad: el del caballero cristiano. La virtud marcial y heroica, la importancia vital de la Eucaristía y la clara representación del heroísmo de la santidad. Eso y, además, mucha emoción y mucha acción y mucha pasión son y serán por siempre las historias del Rey Arturo y sus caballeros. Como dijo una vez alguien, se trata de “historias de aventura y osadía, magia y conquista”. ¿Quién podrá resistirse?

Sin perjuicio de hacer mención a los ilustres antecedentes –como son la Historiae Regum Britanniæ del clérigo Godofredo de Monmouth, los relatos del también clérigo Chrétien de Troyes y sus caballeros de la Carreta y del León, y la denominada Vulgata francesa– la historia de Arturo, rey en los brumosos paisajes de Avalon y Camelot, es patrimonio de ese caballero inglés llamado Thomas Malory y su monumental La muerte de Arturo (1485). Hablamos del relato definitivo de la leyenda del Rey Arturo; ninguna de las posteriores recreaciones del mito llega a la altura de la de Malory, cierto, pero no es menos cierto que aquí, entre padres, tratamos de libros y de niños y esta última parte, la de los niños, es la fundamental; por lo tanto, tenemos que pensar en ellos.

La buena suerte de Edmund Blair-Leighton (1852-1922) y Tristan e Isolda con la poción de John W. Waterhouse (1849-1917)  
Y es que aunque La muerte de Arturo de Malory, pese a su antigüedad, es sumamente legible –gracias a su estilo llano y sin excesivos ambages–, resulta excesiva para los niños (en este caso estamos hablando de niños de entre 11 y 15 años y de un libro de casi 1.000 páginas). En todo caso, este es un libro fuente al que hacer homenaje, un cofre del tesoro al que han acudido a lo largo del tiempo otros bardos (algunos no menos ilustres que Malory, si bien menos afortunados y menos obsequiosos para con nosotros) para tomar prestadas historias y personajes y tejer un nuevo tapiz, bajo una nueva luz, dando así lugar a una nueva vida literaria del Mito Artúrico. 

Es más, el Arturo de Malory nos ha dado muchas otras cosas a las que podrán acceder con más facilidad nuestros hijos si se acercan a estos libros: poemas (Los idilios del Rey y La Dama de Shalott de Tennyson; La Muerte de Arturo de Chesterton; Taliessin de Charles Williams), pintura, escultura, arquitectura y diseño (el renacimiento del medievalismo del XIX encabezado por los Prerrafaelitas, especialmente Dante Gabriel Rossetti, Edward Burne-Jones y William Morris, devotos de todas las cosas medievales y artúricas), las novelas que comentaremos más adelante y otras más que no mencionaremos, y además, opera,  teatro, cine, comic…

El logro del Grial diseñado por Edward Burne Jones (1833-1898)y tejido por William Morris (1834-1896)  
No debemos preocuparnos por la complejidad de La muerte de Arturo; existen traducidas al castellano versiones posteriores al libro de Thomas Malory, accesibles y atractivas, pensadas incluso expresamente para los niños, donde se les cuenta de forma amena la fascinante historia desde el momento en el que el joven Arturo libera la espada Excalibur de la piedra, pasando por la búsqueda del Santo Grial, y terminando en la tragedia final de la última batalla.

Me refiero a los libros escritos por Howard Pyle y por Roger Lancelyn Green.

Pyle escribió en cuatro volúmenes la leyenda artúrica (La historia del rey Arturo y sus caballeros, La Historia de los Campeones de la Mesa RedondaLa Historia de Sir Lancelot y sus compañeros y La Historia del Santo Grial y la caída de Arturo), de los cuales solo se ha traducido al castellano el primero (por Anaya).

Portada del libro y una de sus ilustraciones de Howard Pyle (1853-1911) 
La historia está contada en un estilo colorido y romántico, con un aire de cierta ingenuidad. Es verdad que la versión de Pyle no sigue a Malory tan cerca como otras versiones, pero las líneas por él escritas transpiran autenticidad, razón por la cual no carece del vigor y de la acción del original. Los dibujos –del propio Pyle– son magníficos, realizados con clara intención en una especie de estilo prerrafaelita.

En cuanto al libro escrito por el inkling Roger Lancelyn Green, he de decir que es estupendo. Titulado El Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda (Ediciones Siruela) y bellamente redactado en un estilo que conserva la cortesía y la gracia de los originales medievales, incluye elementos tomados no solo de Malory, sino también de los relatos galeses del Mabinogion, de las novelas de Chrétien de Troyes y de viejas baladas inglesas. Accesible tanto a los niños como a los mayores, se trata de una perfecta introducción al mundo artúrico. En palabras de Charlotte Yonge, “el que mejor prepara el camino para Malory y Tennyson”. Además, la edición en castellano contiene las ilustraciones del esteta Aubrey Beardsley; una delicia.

Portada e ilustración del libro por Aubrey Beardsley (1872-1898) 
Hay otras dos versiones editadas en castellano y en cierto modo escritas pensando igualmente en los niños y los jóvenes; me refiero a Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros de John Steinbeck (EDHASA) y la obra de T.H. White Erase una vez un joven rey, editada en castellano como La Leyenda del Rey Arturo en cuatro tomos: La espada en la piedra, La reina del aire, El caballero malhecho y Una vela al viento (Biblioteca de la aventura, Editorial Debate). La primera es una obra inacabada de Steinbeck, y eso se nota; y la segunda, a excepción del primer libro, se torna oscura en todos los demás, por lo que es poco aconsejable en mi opinión. 

Y vamos terminando. Ya hemos comentado en otras entradas como el mito o la leyenda convenientemente presentadas dan a los niños una multiplicidad de bienes: un modelo en el que creer, un paisaje moral sobre el que desarrollarse sólidamente, un mundo fantástico al que poder volar con la imaginación, una referencia a imitar y un acervo cultural tradicional al que admirar y del que aprender. Eso –como todos los buenos cuentos– les dará Arturo y su leyenda, pero muy especialmente, esta historia alimentará en los niños el heroísmo, un heroísmo que sin darnos cuenta surgirá rompiente en sus corazones como algo natural, con la ferocidad alegre propia de la infancia.


domingo, 19 de febrero de 2017

DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS

Portada del libro



«¿Qué es... esto? dijo al fin.
Esto es una niña explicó Haigha con entusiasmo (…)–. Acabamos de encontrarla hoy. Es de tamaño natural y ¡el doble de espontánea!
¡Siempre creí que se trataba de un monstruo fabuloso! exclamó el unicornio.»

A través del espejo. Lewis Carroll



Hoy voy a volver la vista atrás. Voy a recordar y hablar de un libro, reciente, pero que ya tiene reconocido un importante lugar en la historia de la Literatura infantil y juvenil. Un libro para niños más pequeños, como lo eran mis hijas hace unos años cuando se lo leímos (tendrían tres o cuatro años). Un libro para leer en voz alta frente a un fuego. Un libro que explora esa parte de las vivencias infantiles, incomprensible pero maravillosa, que es el territorio de los sueños y deseos, así como también aquella más oscura de los miedos y temores. Me refiero a Donde viven los monstruos de Maurice Sendak (1963). 


La historia es simple pero irresistible: tras haber sido castigado (¡a la cama y sin cenar!) por haberse comportado mal, el pequeño Max sueña con un viaje a la isla donde viven los monstruos. Una vez allí, Max se convierte en su rey. Al final, el niño regresa de su onírico viaje y se encuentra con el acogedor hogar familiar esperándole.

Las ilustraciones de Sendak son lo primero que llama la atención; son como arcaicas, rudimentarias y algo toscas, pero sin duda de una gran expresividad. Sendak busca intencionadamente este efecto y sus dibujos juegan a parecerse a los viejos grabados del Renacimiento, cual si hubieran sido hechos en los talleres del viejo Durero. 


Ilustración del libro. Max ejerciendo de Rey
Pero en el pequeño libro hay algo más. Está en él la idea chestertoniana de que los niños tienen una percepción un tanto diferente de casi todo, entre otras cosas de lo que, como imagen y representación del miedo, los adultos denominamos monstruos. El libro trata de evitar que los niños se lleven consigo esa idea cerrada que tenemos los mayores de que los monstruos son siempre malos y que están fuera de nuestro control, de los cuales huir, a los cuales encerrar. No me resisto a poner la cita de Chesterton en toda su extensión:

“Yo no doy el mundo por supuesto.

Eso hacen los niños cuando juegan, inventan y descubren esos detalles a los que los mayores ya nos hemos ido acostumbrando y que, por tanto, ya no nos asombran (la espuma del baño que se queda entre los dedos, por ejemplo; no me negaréis que no es rara esa persistencia de la espuma…).

Pasa algo parecido con los cuentos infantiles. Pasa, en particular, con los cuentos de monstruos. Los mayores creemos que los monstruos solo pueden ser criaturas horrendas. Un monstruo es siempre algo de lo que necesariamente hay que huir.  Ah, qué viene el monstruo… ¡huyamos!  Eso pensamos siempre los adultos.

El niño, siempre presto para la maravilla, sabe que eso no es así, que el monstruo puede convertirse en un buen amigo; que, debajo de todos esos pelos horrorosos, quizá el monstruo tenga corazón.”

Porque aquello que los adultos vemos en el monstruo es solo su aspecto exterior, su fealdad, su ajenidad. No somos capaces de vislumbrar más allá; y eso nos horroriza, se trate de un salvaje primitivo, de un pobre zarrapastroso, de un hombre deformado por la enfermedad o de una ficción que represente los temores de lo extraño y de lo ignoto. Pero el niño no es así, el niño es curioso y es impresionable, puede maravillarse con lo nuevo y con lo desconocido... puede acercarse a la Verdad. Y este pequeño cuento lo muestra.


Ilustración del libro. Los monstruos rinden pleitesía a su Rey
A pesar de su brevedad –propia de la audiencia a que está destinado–, el libro contiene también una lectio moral, como acontece en los cuentos de hadas clásicos. En este caso la lección es doble: por un lado, que los niños, en su inocencia, tienen el poder de someter a las bestias a su gobierno (Génesis 1:28), y por otro, que todo niño necesita ayuda (disciplina y amor a manos llenas), tanto para afrontar la doma de su carácter, sojuzgando a sus propios monstruos, cuanto para buscar la virtud, a fin de convertirse en el rey de sus pasiones y temores.  

La historia ha de verse bajo esta luz. Y creo que los niños así lo ven. Esa es mi experiencia.



sábado, 18 de febrero de 2017

LOS HÉROES

The Quest for the Holy Grail de Arthur Hughes (1832-1915)



«Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder»
Efesios. VI:10



Cuando hoy usamos esa palabra –héroes–, la mayor parte de la gente, en especial los niños y jóvenes, piensan indefectiblemente, con pocas y honrosas excepciones, en lo que se denomina algo pomposamente los superhéroes. Resulta curioso contemplar cómo este subproducto cultural se ha impuesto como cultura hegemónica, y lo que es peor, cómo ha colonizado la mente y la imaginación de nuestros hijos.

Porque, ¿qué eran? ¿qué han sido siempre los héroes? Pues, para empezar, eran hombres; excepcionales sí, pero hombres, mortales como todos los hombres, con las mismas limitaciones físicas, intelectuales y morales de todos los demás; solo su extraordinario carácter les permitía llegar a las fronteras de lo humano, lo que les hacía excepcionales y dignos de admiración. Eran arquetipos de aquello que un hombre debía y podía ser. Y su vigor vital concentraba una sola aspiración y ansia: la lucha contra el mal, al que siempre terminaban venciendo.

Frente a eso, los pretenciosamente llamados superhéroes de hoy son, fundamentalmente, o mutantes (con características no humanas) o extraterrestres (ídem). Pocos son los que escapan a esta definición, y los que lo hacen, aquellos que son meramente hombres –aunque hombres increíbles–, lo son porque derivan de personajes literarios o beben de fuentes literarias; provienen de verdaderos héroes (pensemos en Tarzán o en el Príncipe Valiente o incluso en Conan el bárbaro).

Ya hemos hablado en este blog de los mitos y leyendas griegas y romanas; por allí deambulan triunfantes y sufrientes muchos héroes, empezando por el incomparable Hércules, pasando por Teseo y Perseo y terminando por el esforzado Héctor y el invencible Aquiles, “el de los pies ligeros”. ¿Cuántos de los niños de hoy conocen y admiran a estos personajes y sus fantásticas historias? Probablemente pocos. Una pena, pues, a riesgo de ser acusado de reaccionario, sostengo que con ese desconocimiento se diluye para ellos la posibilidad de llegar a conocer algún día las grandes obras: la Ilíada, La Odisea, La Eneida…

Perseo cabalgando a Pegaso de Steele Savage (1898–1970) y Hector contra Ajax de John Flaxman (1755-1826)


Pero… lo cierto es que me he quedado corto, nos quedan aún unos cuantos: Gilgamesh, Ulises, Beowulff, el Rey Arturo con Galahad, Gawain, Lancelot y los demás, el Cid y el Roldán de los Cantares, Sigfrido, Lohengrin, o en un escalón más bajo, Robín de los Bosques, La Pimpinela Escarlata, Enrique de Lagardere, los tres Mosqueteros, Sandokán o el ya citado Tarzán.

Era Pedro Salinas quien distinguía entre los héroes inmortales, o héroes del mito, los héroes guerreros, o héroes de la epopeya o cantar de gesta medieval, y los héroes idealizados de las novelas sentimentales del renacimiento y el romanticismo. Son esos, pero ¡helás! ¿Acaso no los hemos perdido? Inquietante pregunta, ¿no?

Pero aún hay más. Nosotros, los cristianos, sabemos de héroes más que nadie. Y no me refiero solo a David, Sansón, San Jorge, San Fernando III o a San Luis IX ni a tantos otros reyes –casi todos medievales–, que alcanzaron la condición de santos o a la numerosísima pléyade de mártires, canonizados o no, pero héroes sin duda alguna. No, me refiero a nuestro Rey, el Rey de Reyes, el León de Judá, el mayor de los héroes, el mayor de los hombres, el mayor de los hermanos. Nuestro Dios.

David contra Goliat de N.C. Wyeth (1882-1945) y San Jorge lucha contra el dragón de Rafael Sanzio (1483-1520)
Es verdad entonces que tenemos grandes y pequeños héroes; héroes reales y héroes imaginarios, héroes sencillos en sus vidas pero resueltos y valientes en sus muertes y héroes inimaginables en su grandeza y poder, pero todos ellos, con mayor o menor intensidad, guardan en sus historias y hazañas algo que excede con mucho aquello que pueden ofrecer los modernos superhéroes. Casi no haría falta decirlo; casi me da vergüenza decirlo. Pero hay que hacerlo, hay que gritarlo en alta voz. De no hacerlo así, los perderemos.

Cierto es que aquellos, los denominados superhéroes, responden toscamente al mismo esquema argumental, si se quiere vital, que los héroes verdaderos, como es el de la lucha contra el mal. Se reconoce en sus historias la existencia de lo bueno y de lo malo. Pero ello no es suficiente, porque puede llevar a los niños a una falsa comprensión moral del mundo, a un maniqueísmo o a un dualismo que pone al mismo nivel al Bien que al mal y en el que, con cierta frecuencia, los mismos “héroes” pasan de un lado al otro, relativizando las diferencias.

Ilustración de La historia del Rey Arturo y sus caballeros de Howard Pyle (1853-1911) y portada de uno de los libros de Tarzán.
Además, sus historias carecen de calidad estética y de un fondo moral sólido, así como de lo que los estudiosos llaman la paratextualidad, la cualidad del texto para empujar al lector hacia otros lares más altos, más excelsos, más sublimes. Empobrecen la imaginación moral de los niños y no los conducen a ningún lugar mejor. El niño que lea Robín de los Bosques podrá llegar a leer algún día La Odisea, pero el niño que lea al Capitán América no llegará más allá del best seller de intriga.   

Habrá que luchar, por tanto; no otro es el destino del cristiano, del padre, del santo. Luchemos entonces, y rescatemos del olvido a los héroes, sean grandes o pequeños, pero a los héroes de verdad. Y de esta manera intentemos ser nosotros, aunque solo sea un poquito, héroes también.

Niño leyendo una historia de aventuras de Norman Rockwell (1894-1978) y Niño soñando de N.C. Wyeth (1882-1945) 
¿Y cómo hacerlo?

Comencemos desterrando a los superhéroes y poniendo en manos de nuestros hijos las historias de los mitos griegos, del Rey Arturo, de Tarzán y de las increíbles aventuras y aventureros que los grandes, y sobre todo los buenos libros, nos ponen al alcance.

En sucesivas entregas trataremos de hablar de algunos de estos libros.