sábado, 12 de agosto de 2017

CONSTRUYENDO UN HÁBITO (III): A LA CAZA DE LIBROS

Cuentos de hadas de George Harcourt (1868-1947)




«El libro sigue siendo el puerto donde el texto descarga sentido y revela sus tesoros»

Hugo de San Víctor




Entre las actividades que ayudan a crear un hábito lector está, sin duda alguna, la caza de libros.

¿La caza de libros? Si, he dicho la caza de libros, pero bien valdría la pesca, la recolección, el préstamo, la recogida o el rescate; salvo el robo, el secuestro o la extorsión, no debe haber límite; no hago pues ascos al método, se trata de hacerse con los libros, si bien dentro del marco de una impecable conducta moral.

El vinculo que se crea entre la persona y el objeto y entre las personas que se juntan para realizar la actividad, es duradero y delicioso; lo mismo hay que decir de la experiencia de tratar, en agradable conversación, con los libreros, a menudo personajes entretenidos y bien informados y leídos. Lo digo por experiencia, tal y como verán.

Se trata, por demás, de una actividad de una gran raigambre histórica. Decía Newton que la búsqueda de libros era su deporte favorito: «lo veo como un juego, un juego que requiere habilidad, algo de dinero y suerte…». Para el Sr. William Gladstone, un coleccionista de libros debía poseer estas seis cualidades: Apetito, ocio, riqueza, conocimiento, criterio y perseverancia. Reconozco que, como el Sr. Gladstone reconocía, yo podría tener, si acaso, la primera o la última. Por su parte, Anatole France señaló que no conocía ningún placer más dulce que ir a la caza de libros a lo largo de los Quais de París. Y entre muchos otros, Leigh Hunt, Charles Lamb y Bulwer-Lytton, se confesaban frecuentadores de las librerías.


Charing Cross Road de Adrian Hill (1895-1977)
Por lo que a mí respecta este tipo de deporte podría recibir el apelativo de tradición familiar. El mundo de los libros me ha rodeado desde la niñez. El exceso libresco me viene de todas partes, pero, sobre todo, de la vena paterna. En general mi padre y sus hermanos son grandes amantes de los libros, de la misma manera que lo eran mis abuelos. Los libros y la lectura formaban parte del ambiente familiar y así se nos trasmitió a mi y a mis hermanos, de la misma manera que yo trato de transmitirlo a mis hijas. Cuéntase, incluso, a modo de leyenda, de una incursión, capitaneada cuando niños por algunos de mis tíos, a un trastero vecino, con el fin de aprovisionarse de libros, pues estos habíanse vuelto escasos, tal era la avidez lectora de los involucrados en el incidente, habiendo sido ideado por los interfectos todo un plan estratégico para tal fin, con estudio previo del escenario, horarios de las costumbres de los habitantes del lugar y reparto de papeles para la maniobra: unidades de información, brigadas de ingenieros y equipo de especialistas ejecutores, además de un general de brigada que habría dirigido con mano maestra la ejecución del plan; de esta manera habríanse agenciado, a modo de préstamo, varias sacas de libros, entre los que se encontrarían, varios Salgaris y Vernes, numerosos tomos de la colección Hombres Audaces (Bill Barnes, Doc Savage, etc.) y algunos Guillermos. Una vez agotada la sed de lectura, los ejemplares habrían sido devueltos a su lugar de origen. Sea o no leyenda, no me negaran que se trata de una historia de familia apasionante y contagiosa.  

Y es que la familia es la familia. A modo de ejemplo puedo contar que uno de mis tíos paternos es un gran bibliófilo (a él debo, entre otras cosas, mi amor por Borges), pero no a la manera de un coleccionista de mariposas, sino como un gran amante de la lectura, que es de lo trata esta entrada; él, de vez en cuando, hacia expediciones al extranjero con el único objetivo de hacerse con libros; Londres era su principal abrevadero, pero no el único. Recuerdo la fascinación con que le escuchaba cuando me relataba tales viajes, pues para mí se trataba, por supuesto, de un safari de libros. Años más tarde pude disfrutar personalmente de tal safari acompañando a mi padre por Charing Cross Road, lugar al que pienso volver pronto con mis hijas, lo mismo que a las riveras del Sena y sus puestos de libros de bouquinistes, culminados por la extraordinaria Shakespeare and Co.


Cartel publicitario de la libreria Shakespeare and Co. El viejo bibliófilo  de Tavik Frantisek Simon (1877-1942)

Aunque, por supuesto, mis inicios como cazador fueron más modestos. Recuerdo un punto de partida original y varios momentos decisivos junto a mi padre: El haberme criado entre los volúmenes de las bibliotecas familiares y los de la librería de una tía abuela (donde me quedé encerrado, olvidado de todos, mudo y callado, enfrascado en la apasionante lectura) hizo mella en mí carácter; después de estos comienzos señeros, mi padre me inició en este dulce deporte con lo que recuerdo como una expedición en toda regla: la realizada a una librería de nuestro pueblo natal llamada Faro, en busca de los libros que me habían correspondido como premio por algún concurso escolar: También recuerdo como momentos claves, nuestras primeras incursiones a dos caladeros inagotables: La Cuesta de Moyano y El Rastro, ambos en Madrid, luego explorados a más a fondo en solitario (como debe ser).


La Cuesta de Moyano de Pedro Higueras Díez (1960-)

Tras este aprendizaje familiar, he tratado de transmitir la herencia a mis hijas y para ello he seguido cierto orden, tal cual lo recibí de mis ancestros, de lo pequeño a lo grande. Lo primero fue llevarlas, desde pequeñitas, todos los fines de semana a una buena librería (llamada Crisol y lamentablemente ya cerrada) situada cerca de nuestra casa. Esta librería disponía de una sección infantil bastante nutrida, ataviada de unas pequeñas mesas con sus correspondientes sillitas, que eran utilizadas por mis hijas y otros niños en un ir y venir desde los estantes a las mesas y de las mesas a los estantes, y que, las más de las veces, daban como resultado la adquisición de algún ejemplar para la biblioteca familiar.

Más adelante las dos me han acompañando, tanto a las míticas Cuesta de Moyano y Rastro, como a la exploración de librerías de viejo, en la zona de Cortes y por nuestro barrio. Verlas bucear por los estantes, comentar entre ellas algún ejemplar escondido o verlas correr raudas a enseñarme algún hallazgo, es algo que me llena de satisfacción.

Se trata de experiencias agradables, útiles a nuestros fines y buenas en sí mismas, tanto para nuestros hijos como para nosotros. No dejen de ir a cazar nunca ¡Ah! y no olviden en casa a sus hijos. Ya me contarán.


miércoles, 9 de agosto de 2017

VIAJAR CON LIBROS

Obersee de Hermann Kiekebusch (1857-1920)



«Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro»

Emily Dickinson



Hoy en día se puede recorrer el mundo con una gran compañía de libros; numerosos libros, muchos más que cientos, muchos más, hasta miles de libros pueden ir con nosotros allá donde vayamos. Los dispositivos electrónicos tipo Kindle permiten esa facilidad práctica, esa delicia estructural eficientísima. Es una gran ventaja y a un tiempo una lástima; al menos para los que gustan de los libros.  Porque lo cierto es que aquellos como yo que padecen y disfrutan del gusto por la lectura y, paralelamente e indefectiblemente (no concibo otra cosa), padecen y gustan del disfrute y amor al libro, un precio han de pagar: los dos amores no son posibles cuando de viajes de trata: o bien pocos libros –libros de verdad, se entiende–, o bien mucha y variada lectura.

Y si la elección se decanta por la practicidad (y mucho me temo que así esté siendo), ello traerá consigo el decline de toda una ciencia, de todo un ceremonial y hasta casi un acto moral: la elección de los pocos libros que nos acompañarán en la ausencia del hogar.

Garganta de Darial de Ivan Konstantinovich Aivazovsky (1817-1900)

Toda aquella, antaño común ceremonia, suponía una prospección en nuestro intelecto y en nuestro ánimo, esto es, un examen profundo del estado de nuestra alma y no sólo actual, sino futuro, pues había que anticipar varios y variados estadios: no sólo los cambios en la capacidad de carga de nuestros baúles o maletas, no sólo nuestro potencial de compra de libros en los varios destinos a visitar (alguno descartable, por lo aislado), sino también los cambios en nuestros propios estados de ánimo de lectura. Todo un ejercicio de conocimiento propio y de planificación, anímica y económica, una auto auscultación intelectual y sentimental (no siempre exitosa, hay que decir). Por todo ello, su pérdida supondrá, en todo caso, un pena, como he dicho, y se convertirá en añoranza en pocos años. 

Pero yo me resisto. A mí me gusta seguir practicando la vieja ciencia. Así ha venido siendo en mi familia y así seguirá siendo. A nuestras hijas les vamos aleccionado sobre la forma y los criterios de elección y planificación para cuando de libros se trata. De esta manera, nuestra ausencia por unos días o nuestras vacaciones (aunque sea solo un fin de semana), traen consigo la necesidad de realizar una selección, y ellas lo saben; pueden olvidar unos zapatos o un vestido, pero no los libros; los libros no, claro que no, aun cuando ello suponga problemas logísticos y de espacio.

Estrecho de Milford, Nueva Zelanda, de Eugene von Guérard (1811-1901)
Y es que se trata, como he dicho, de una vieja ciencia, propia de buenos y sanos hombres. Así, durante la estancia de Lawrence de Arabia en el desierto en la Primera Guerra Mundial, dos libros, el Oxford Book of English Verse y La muerte de Arturo de Malory, permanecieron en su equipaje con pan y agua, cuando todo lo demás fue abandonado. Se dice y se cuenta que Chao Shen-ch'iao, un famoso magistrado chino, vendió todas sus posesiones para ayudar a los necesitados en una gran hambruna, y cuando fue nombrado gobernador de Chehkiang su único equipaje consistía en la pequeña carga de libros que había conservado y llevaba consigo a todas partes.


Dog's Head Scotland de Robert Seldon Duncanson (1821-1872) 

No se quedaba atrás el poeta escocés Alexander Smith, que en su famoso Dreamthorp, nos dejó dicho, refiriéndose a los númerosos libros con que se hacía acompañar en su viajes: «Viajo con más poderosas cohortes a mi alrededor que nunca llevaron Timour o Genghis Khan en sus ardientes marchas». El políglota explorador victoriano Sir Richard Burton se impregnó de tal manera de la cultura árabe que viajaba con libros religiosos como El Corán y varias obras sufíes, de los que no se separaba, lo mismo que el Caballero de Boufflers, que viajaba siempre con libros, incluso al lejano Senegal. Por último, se cuenta que Alejandro Magno no podía vivir sin estar leyendo, y que por ello viajaba con libros en sus expediciones y campañas, los cuales eran parte importante de su equipaje.

Como vemos, el viajar con libros era una buena costumbre que debe seguir siéndolo; nos hacía pensar antes de leer incluso, y no creo que eso sea malo, y menos en un tiempo tan huérfano de verdaderos pensamientos; no dejemos que también se pierda:  así que, al viajar, no olvidemos nuestros libros, aunque sean pocos y selectos.




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