miércoles, 20 de marzo de 2019

PERO... ¿QUÉ HACEN ESTOS NIÑOS AQUÍ? ¡QUE SE VAYAN A LEER CUENTOS DE HADAS!

Fervaal, obra de Carlos Schwabe (1866-1926).



«El poeta es aquel que lleva la sencillez de la infancia a los poderes de la virilidad».

Samuel Taylor Coleridge


«El que no cree en mitos cree en patrañas».

Nicolás Gómez Dávila



El pasado es aquel tiempo dónde aconteció lo trascendente. Siempre apunta al origen, al principio, y por tanto a la pureza y a la claridad. Por ello es lugar de referencia al que volver los ojos para comprender. 


A su vez, la acción es la madre de los hechos, esos retazos de realidad que el hombre deja tras de sí y que en ocasiones ama más que a sí mismo: núcleo de identidad y flujo de experiencia al que también volver para así intentar comprender el porqué de nuestra existencia. 


Ambos factores confluyen en la épica, definida muy precisamente por el reciente académico Carlos García Gual como “la actuación ejemplar de unos personajes extraordinarios en un tiempo memorable y lejano”.


Creo que el pasado, como dijo el profesor Stephen Gilman, “es un tiempo verbal que comunica importancia en vez de tiempo” y que los “hechos míticos” tiene siempre un poso de verdad, pues como decía Tolkien, “así como el lenguaje es invención de objetos e ideas, el mito es invención de la verdad. Venimos de Dios, e inevitablemente los mitos que tejemos, aunque contienen errores, reflejan también un astillado fragmento de la luz verdadera, la eterna verdad de Dios”.


Cierto que al primero, al pasado, al principio de todas las cosas, se aproxima uno mejor y más profundamente con la Filosofía y, más allá aún y hasta dónde se puede, con la Teología, y que el segundo, la realidad fáctica, se corresponde mejor con un saber más técnico, recolector y relator, como es la Historia. Pero la confluencia de los dos caminos en la épica de la mitología y la leyenda supone una ventaja nada desdeñable para iniciar con ella una aproximación básica y fundamental a eso que es nuestra historia y nuestras tradiciones. Es por tanto un primer escalón por el que empezar a ascender. Como bien señaló Chesterton, “los hechos no vienen antes, la verdad es la primera”, pero a pesar de ello muchos hoy la tienen olvidada y el resto la estamos olvidando, por ello los mitos y las leyendas, como retazos de verdad que son, pueden ayudarnos para un necesario reencuentro.


Por todo ello, los mitos, las leyendas y su épica, resultan instrumentos necesarios en la formación y educación de los niños. De entrada, pueden representar prefiguraciones de la Verdad. Ya nos decía C. S. Lewis que “los buenos sueños de los paganos” ––como a él le gustaba llamarlos–– han venido preparando al hombre para la comprensión del mayor acontecimiento de todos, la Encarnación.


Además de lo anterior ––que es lo fundamental––, desde tiempos inmemoriales los mitos y las leyendas han constituido entretenimiento para niños (y también, sin duda, para adultos), y no solo eso, sino que de igual forma han facilitado el mantenimiento de una estrecha relación con la historia, ya que ayudan a los niños a desarrollar la percepción de un pasado común y a adquirir una identidad cultural propia; así mismo, muchas leyendas encarnan los más altos valores de nuestra cultura y contribuyen así a formar la conciencia moral de los niños. Por último, el carácter fantástico y preternatural de las mismas desarrolla las capacidades imaginativas y poéticas de los pequeños.


Pero, ¿quién encarna hoy día tales valores, tales regalos? ¿dónde un niño de 8 años puede hallar, profunda y bellamente expuestas, esas verdades? Pues no crean que resulta necesario ir muy lejos, ya que las podemos encontrar en los cuentos de hadas.

¿Los cuentos de hadas? No se …, puede ser, pero esos cuentos solo son apropiados para niños pequeños o, en todo caso, niñas ¿no?


¡Oh, prejuicio, oh recelo! Es cierto que se ha extendido entre las gentes la errónea idea de que los cuentos de hadas son solo para niñas o cuanto menos para pequeñuelos, pero créanme, es un tonto escrúpulo, una prevención vana … Y es que nuestra modernidad, encerrada en sí misma en múltiples contradicciones, nos muestra en este caso una más, como no podía ser de otra manera. 


Por un lado es cierto que las artes audiovisuales (pienso en Disney y sus adaptaciones cinematográficas de relatos clásicos), ha difundido (e infundido) una idea acuosa e inexacta de los cuentos de hadas, poniendo la atención en historias protagonizadas por personajes femeninos, con difusión de clichés falsos sobre las hadas y demás seres espirituales y fantásticos como los enanos o los trasgos, y dónde prevalecen las apariencias y los valores y caracteres femeniles, con olvido manifiesto de los masculinos (piensen en los ridículos e inútiles príncipes de las películas de Cenicienta la Bella durmiente y los risibles y grotescos enanos de Blancanieves).


Pero eso no es todo, pues, corriendo en pareja senda a este significado “popular” de las hadas como seres femeninos (o más bien feminoides), recientemente encontramos que, en casi todos los ámbitos de la cultura, sean académicos o no lo sean, se maneja una opinión bastante negativa sobre el cuento de hadas como portador de valores caducos y trasnochados. Ya saben, el feminismo rampante y sus vasallos, criticando los “estereotipos de genero”, la imagen “antigua” de las mujeres, y, mira por donde, la masculinidad “toxica”, de los que dicen están impregnados los relatos de hadas. Por ello, las “tendencias imperantes” han decidido desterrar los ya ridículos roles masculinos de los cuentos y eliminar de un plumazo a las clásicas “princesas Disney” antes comentadas, centrando exclusivamente la atención en féminas masculinizadas y “empoderadas” sin partenaires masculinos que les den la replica (vean sino las películas Brave Múlan ––y últimamente ese “invento” de la corrección política que es el filme La Capitana Marvel–– o los múltiples álbumes ilustrados sobre hadas que recogen las deconstrucciones y reconstrucciones de cuentos clásicos y que abundan en el mercado para mayor gloria de la imperante, intimidante y deletérea “ideología genero”). 


Por lo tanto, lo que se esconde entre esas páginas antiguas no es solo ––que también–– un catálogo de caracteres y roles femeninos, sino que, en igual forma, pueden encontrase hombres valientes, héroes honrados y buenos que sacrifican su vida por otros y por algo mayor que ellos mismos; nos lo están diciendo los estudiosos, rabiosos por descubrir en dichos cuentos tanta testosterona patriarcal y tanto valor y virtud tradicional.


Quien haya leído alguna de las historias que el señor Andrew Lang compiló en sus libros de colores (Los libros de hadas de colores de Andrew Lang) o aquellos relatos populares que el señor Afanasiev reunió en sus tomos de cuentos y leyendas de la Rusia campesina (Los cuentos rusos), o los recolectados y reescritos con cuidado y esmero por los hermanos Grimm para ser leídos “a la luz de la lumbre” (Los cuentos de hadas germánicos), podrá desmentirles la generalizada calumnia de que los cuentos de hadas son solo para niñas o infantes y confirmarles lo que hoy sostengo aquí. 


Así que desterremos de la palabra hada su significado actual de sensiblería y emotividad banal, y volvamos a llenarla de su originaria naturaleza sobrenatural y por tanto de ese componente aterrador que, junto a otros más amables y fascinantes, puede encontrase en su corazón mismo. En los cuentos de hadas, al lado del amor, la familia, el matrimonio, la piedad y el amparo de los débiles, no falta el misterio, la aventura, el miedo y el valor, el sacrificio y la entrega, la vida y la muerte, la lucha y el combate, en múltiples y variadas historias pobladas por dragones y ogros, trasgos, duendes y trolls, caballeros y soldados, leñadores y campesinos, músicos y pintores, damas y damiselas, doncellas y campesinas, cocineras y ayas, y sí, por supuesto, también hadas. Un mundo inmenso y fascinador, subyugante y mágico.


Así que, si no saben que lectura dar a sus chavales entre 8 y 16 años, si no encuentran qué leerles o que leer con ellos, en familia, acudan a los cuentos de hadas, les aseguro que no se equivocarán y hallarán consuelo y deleite por igual.



miércoles, 13 de febrero de 2019

DESAFIANDO A NUESTROS CHICOS

Aleluya, obra de Thomas Cooper Gotch (1854-1931).


Los niños se hacen lectores en los regazos de sus padres.
 Emily Buchwald

Jamás le haremos entender a un muchacho que, por la noche, está metido de lleno en una historia fascinante, que debe interrumpir su lectura e ir a acostarse.
Franz Kafka

Un niño a solas con sus libros es, para mí, la verdadera imagen de una felicidad potencial, de algo que siempre está a punto de ser. Quizá es también ese momento misterioso en que nace un nuevo poeta, un nuevo narrador.
Harold Bloom



Hay quien no se cansa de decir que nuestros niños ya no son tales; los tiempos cambian, dice ufanos, y los conceptos de infancia también. Se trata solo de “construcciones culturales” que podemos derribar y reconstruir como queramos. Y a eso lo llaman con una palabreja muy usada, “deconstruir”. Pues bien dichos sujetos, a un tiempo, y sin rubor ni turbación, cuando miran hacia esos ya-no-niños, sin embargo, les endosan, en lo que refiere al pensamiento y a la acción de la razón y de la imaginación, pedazos de simpleza y vacuidad semejantes a gotas transparentes de lluvia sobre un cristal de una ventana; nada se ve a su trasluz, tal es su vacío. No vaya a ser que se confundan, que se desanimen y que abandonen la lectura, nos dicen ¿sí? A ese paso no conocerán siquiera la palabra "lectura".

Estos pedagogos abogan por una dieta escuálida y escurrida de libritos simplones y de pocas letras. Lo demás, lo que ellos llaman lo importante, nos dicen, lo aprenderán por los medios audiovisuales: las películas, los videojuegos y los videos musicales.

¿De verdad? ¿de verdad creen ustedes esas paparruchas? Que no, que no se trata de culturizarlos para que así puedan empoderase y liderar nuestra progresista sociedad hacia el punto Omega. No, ya le gustaría al viejo Tellaird; es mucho más simple: se trata de criar borregos para guiarlos hacia el precipicio, y mientras manejarlos a su antojo ¿Quienes? Pues empiecen a sospechar de todo aquel que con poder suficiente les diga esas sandeces. Si no tiene una parcela de poder, o es un esbirro o un tonto útil, y esos últimos abundan mucho en nuestros tiempos, en nuestra “sociedad de la información”

Así que no hagan caso. Denle a sus hijos material del bueno. Algo que les desafíe y les empuje hacia arriba. Nada de complaciente literatura para zopencos. Cada vez más complejos, cada vez mas profundos. Así deberán ser los libros que lean. Ellos, en lo más íntimo de su corazón, lo esperan y guardan en sus almas la fuerza y las ganas necesarias para tal tarea. Que enfrenten desafíos adecuados a sus posibilidades e incluso, a veces, por encima de ellas. Es a lo que se refiere Tolkien en una de sus cartas:
“La vida está más bien por encima de la medida de todos nosotros (salvo una muy pequeña minoría, tal vez). Todos necesitamos una literatura que está por sobre nuestra medida, aunque no tengamos energía suficiente para ella todo el tiempo. Pero la energía de la juventud es habitualmente mayor. (…) no hay que descender al nivel de los niños ni de nadie. Ni siquiera en el lenguaje. (…) Un buen vocabulario, y una mayor comprensión de las cosas, no se adquieren leyendo libros escritos de acuerdo con el criterio que alguien tenga de qué vocabulario y qué comprensión de la vida son los propios de un determinado grupo de edad. Se adquiere leyendo libros situados por encima del propio nivel.” 
Leer textos complejos es como levantar pesas. Así como es imposible construir músculo sin peso o resistencia, es imposible construir habilidades de lectura robustas sin leer un texto desafiante. Cada lectura es un tipo de ejercicio y un programa de lecturas es un programa de ejercicios. No solo se trata de una cuestión de gusto, de apreciación de la belleza o de apreciación, por el intelecto y por la imaginación, de aquello que se habla, se canta o se relata. También hay una parte más física y psicológica; y por ello más prosaica y aprehensible: los textos más complejos sirven como ejercicio para desarrollar habilidades de comunicación y forjar resistencia y “fondo” de lectura. 

Olvídense de aquellos que vociferan que un texto demasiado complejo puede impedir el aprendizaje. Mentira. Muchos de ustedes son la prueba viviente de que eso es una gran falsedad. Vuelvan la vista atrás a sus infancia y juventud. A que tengo razón, a que sí.

Pues a ello, sin miedos ni complejos. ¿Que será mas trabajoso para hijos y para padres? Si, lo será, es verdad. Como todo lo que vale la pena exigirá esfuerzo y sacrificio y habrá pequeñas dificultades que superar. Pero valdrá la pena. 

Así que veamos como podemos hacerlo más fácil.

Por supuesto que no se trata de poner a los chicos delante de Los hermanos Karamazov. Hay que hacerlo poco a poco y prestar atención a algunas cosas. Luego la voluntad y sobre todo, el amor, hará el resto.

Pero, ¿qué hace que el texto sea complejo?

Los expertos en lingüística suelen decir que la dificultad en la legibilidad de un texto puede determinarse midiendo dos factores: vocabulario desafiante y oraciones largas y complejas. No obstante creo que hay otros factores a considerar como pueden ser  la variedad de personajes, la complejidad de sus nombres, la falta comprensión del contexto (sobre todo en los poemas y relatos históricos), el orden no cronológico de lo relatado (muchas veces los escritores utilizan flashbacks y presentaciones no secuenciales de sucesos), la coherencia en la construcción del texto (por ejemplo, dificultades para relacionar acciones o ideas distantes por falta de relación entre vínculos cohesivos distantes o complejos) o la presencia de digresiones que hacen perder el hilo conductor de la trama. En la mayor parte de los casos se trata de patrones narrativos, cliches y figuras retóricas cuyo conocimiento y comprensión solo podrá adquirirse entrando en contacto directo con ellas mediante la lectura. Así que ¿cómo van a conocerlas si no las confrontan? Solo leyendo, leyendo y leyendo llegarán a dominarlas.


Pero antes hay que superar dificultades. Existe hoy una tiranía, que podríamos llamar "el yugo del nivel de lectura", que encorseta a muchos padres y educadores. Se fundamenta en un doble criterio: objetivo (referido a propio libro) y subjetivo (centrado en el lector particular). El primero suele recogerse en las indicaciones que, o bien acompañan a los propios libros, o bien se pueden encontrar en algunas librerías y bibliotecas (por ejemplo en Amazon suele acompañarse la información básica del libros con el nivel de lectura objetivo), determinadas mediante ciertos “algoritmos” (bueno, lo cierto es que se trata de cálculos algo menos complejos). El segundo solo está alcance de padres o Colegios que deciden someter a los niños a ciertas pruebas que recogen ––como congelado–– un nivel de lectura en un determinado momento y no atienden a cuestiones como el interés y los conocimientos previos del lector sobre el tema de fondo del que trate el libro concreto. 

Yo me revelo contra esta tiranía mecanicista, estructurada de acuerdo a un modelo computacional y no atendiendo al interés, la motivación y la situación particular del lector en cada momento. Esto último es lo que he tratado siempre de hacer con mis hijas, y puedo decir que no me ha ido mal (en este momento mi hija mayor, 14 años recién cumplidos, acaba de terminar Hijas y esposas de Elizabeth Gaskell y su hermana, de 12 años escasos, está terminando Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain). Es triste constatar que cuando se buscan libros se habla más de nivel de lectura que del contenido del libro, de su calidad o de su conveniencia.

Nunca debemos olvidar que la lectura es un proceso interactivo, por lo que la dificultad o la facilidad con la que un lector en particular puede enfrentarse a un texto concreto depende, además de su nivel de vocabulario o de comprensión lectora y del nivel de complejidad objetiva del texto mismo, también en parte de su conocimiento previo relacionado con el texto y de la motivación que tenga para esa específica  lectura.

Así pues, la motivación, el interés y el conocimiento previo influyen de manera decisiva en la comprensión de cualquier libro, haciendo que textos complejos sean asimilados con más facilidad.

Por último, tampoco podemos olvidar que la comprensión completa no es imprescindible para que un lector pueda disfrutar y beneficiarse de un libro. La mayoría de nosotros recordamos leer y disfrutar en nuestra infancia de libros como Alicia en el País de las Maravillas Oliver Twist, por ejemplo, de los que no obtuvimos en esa primera lectura todo aquello que ofrecen, descubierto después, para nuestro goce, al volver a releer esos libros (habrá que hablar algún día de esto del releer). Y también debemos recordar que para progresar en aquellas lecturas dificultosas utilizamos trucos, como el saltarnos ciertas frases, o el diferir la comprensión de cierto acontecimiento hasta que más adelante el contexto de la lectura nos ayudó a descifrarlo a posteriori. Esta habilidad de “saltar” palabras, frases y hasta párrafos enteros, puede ser innata o puede ser aprendida y enseñada.   

Y esto me recuerda un poema de Thomas Hood (1799-1845) que refiere esa sciencia que hemos mencionado que permite a los chicos sortear (o diferir para más adelante o para una segunda y más madura lectura), las dificultades (de estructura, de significado léxico o de mensaje de fondo), que encierran los libros “duros”.

Los niños pequeños se saltan 
la cuerda de manera alegre, 
Tomás y Enrique, 
Juana y María, 
Catalina y Diana, 
Susana y Ana, 
Todos son aficionados a saltar!
Los saltamontes también saltan 
en la amanecida, bebiendo gotas de rocío, 
por debajo, por encima, 
de la hierba y el trébol, 
de las margaritas y de las acederas, 
sin disputa, 
Todos son aficionados a saltar!
(…)
Los mismos perros saltan, 
Mientras me rodean como una batida, 
rodando, encabritándose, 
aprenden a bailar 
en cierto modo, 
Qué placer! 
Todos son aficionados a saltar!
Pero, ¡oh! Los lectores, cómo saltan también,
en los volúmenes de pesada lectura!
Tomás y Enrique,
Juana y María,
Catalina y Diana,
Susana y Ana,
Todos son aficionados a saltar!

Debemos aspirar a que nuestros hijos dejen de ser lectores superficiales e ignorantes y se conviertan en lectores instruidos, al modo que los entendía Jonathan Swift:
“Los lectores se pueden dividir en tres clases: los superficiales, los ignorantes y los instruidos. Siempre he conseguido con gran éxito acomodar mi pluma al genio y provecho de cada uno de ellos. El lector superficial se sentirá muy incitado a la risa, que purga el pecho y los pulmones, es un remedio insuperable contra el mal humor y el diurético más inocuo. El lector ignorante que se diferencia del anterior por algo sumamente sutil tenderá a la admiración, magnífico remedio para las enfermedades oculares, que sirve para avivar el espíritu y ayuda de maravilla a la sudoración. Pero el lector auténticamente instruido, a cuyo provecho dedico principalmente mis desvelos mientras otros duermen, y mis sueños mientras otros velan, hallará aquí materia suficiente a la que aplicar sus especulaciones durante el resto de su vida”. 
Y así posiblemente rememoren esos momentos tal y como nos cuenta Marcel Proust:
“Quizá no haya días de nuestra infancia tan plenamente vividos como aquellos que creímos haber dejado sin vivir, aquellos que pasamos con nuestro libro predilecto”.




miércoles, 26 de diciembre de 2018

EL NIÑO Y EL POETA

Ilustración al poema de Eugene Field, Wynken, Blynken y Nod, obra de Emil Flohri (1869-1938).


Mi corazón salta cuando veo
Un arco iris en el cielo:
Así fue cuando mi vida comenzó;
Así es ahora que soy un hombre;
Así sea cuando envejezcamos,
¡O déjame morir!
El Niño es el padre del Hombre.

William Wordsworth



Hay algo precioso que habita en el alma de los niños. Algo misterioso y arcano, que fascina no más se le atisba. Que turba y desconcierta al adulto que osa asomarse y mirar, haciéndole, bien sacudir la cabeza al no entender, bien bajar la mirada con tristeza al concienciarse de lo que ha perdido. Y, como ustedes saben, hasta hace poco no resultaba difícil avistar esa algo precioso, pues muchos niños lo llevaban escrito en su frente. Hoy es tan escaso como el agua en los desiertos. Me refiero a la disposición, in natura, de los infantes a soñar y a soñar despiertos. ¿No añoran ustedes esta pérdida? Porque los niños de hoy se desprenden, con nuestro beneplácito y hasta con nuestro impulso, de esa inocencia soñadora en cuanto pueden.

Hoy se la mata, se la asesina sin piedad, sin remordimiento. Y con ello se asesina a la infancia. 

Hubo un tiempo, hace no mucho, en que los hombres suspiraban por esta pérdida. Wordsworth escribía:

Hubo un tiempo en que el prado, el bosque y los arroyos,
La tierra, y cada paisaje corriente,
Me parecían
Ataviados de luz celestial,
Con la gloria y la frescura de un sueño.
No es ahora como fue  antaño;
Vaya a donde vaya
De noche o de día
Las cosas que solía ver ya no soy capaz de verlas.

Gaston Bachelard en su Poética del espacio decía: “Es en el plano de la ensoñación, no en el de los hechos, donde la infancia sigue viva y poéticamente útil dentro de nosotros”. También escribió: “El espíritu puede conocer un relajamiento, pero en el ensueño poético el alma vela, sin tensión, descansada y activa” (...) “La lectura de los poetas es esencialmente ensueño”.

Hoy esto no sería aceptable, en nuestra sociedad soñar despierto generalmente tiene malas connotaciones, pues se percibe como una falta de atención, como una pérdida de tiempo, y como tal se censura y se persigue.

¿Y esto es bueno? No, claro que no. Es más, ni siquiera sospechamos las dramáticas consecuencias que tal pérdida puede acarrearnos. Recientes investigaciones han demostrado que soñar despierto es, de hecho, signo de un cerebro bien equipado y está asociado a numerosos beneficios como, mayor creatividad, mejor empatía, consolidación del aprendizaje, facilidad para establecer conexiones y relaciones entre ideas y disminución de la presión arterial; ya Disney decía aquello de que “si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. Pero a mí no me interesa destacar aquí ese aspecto utilitario del soñar. Es más, desearía alejarme de ese enfoque y, soñando, evadirme de esa realidad materialista, fabril y utilitaria. Y para ello hablaré de los poetas y de los niños, tan escasos hoy como indispensables siempre.

Ser niño es una condición mágica. Es la condición imprescindible. No es retraerse a un estado de la existencia inferior, en desarrollo, falto de realización, pobre y frustrado. No. Los cristianos sabemos que no. Que ser niño es lo que hay que ser, lo que hay que volver a ser. Y no precisamente en su aspecto físico o biológico, sino en sus disposiciones de espíritu. Y una de esas disposiciones, y no la menor, es la capacidad de soñar y de soñar despierto. Es verdad que el niño aún no ha dado rendimiento utilitario, fabril o mercantil; es, en palabras de Guardini, “puro inicio” y por ello “el niño es esperanza”. Precisamente esa es la causa de que sea capaz de ver las cosas como realmente son, pues no anida en él ningún prejuicio, ambición o deseo; no tiene todavía metas, pretensiones o proyectos, no se deja atrapar por usos o utilidades; en una palabra, el niño es puro, y en esa pureza, misteriosa y sagrada, reside el secreto de su visión. Hay unas palabras de William Wordsworth que lo dicen mejor: «Nuestro nacimiento es a un tiempo un sueño y un olvido (...) ¡El cielo yace alrededor de nosotros en nuestra infancia!».

William Blake, escribió un libro de versos hermosísimo titulado Cantares de Inocencia. En él hace apología de este estado primigenio y dulce, en el que niño despierta al mundo y lo percibe a través del velo de su alma pura y, al hacerlo, se convierte en visionario. Blake conoció, como todos hemos conocido, este estado, pero él lo recordó para todos los que lo hemos olvidado, que somos muchos. Su propia infancia había sido un período de visiones y fantasías. Cuando era un niño pequeño solía dar largos paseos por el campo de los que volvía contando historias de ángeles que afirmaba, había visto con sus propios ojos, y de los profetas con los que había conversado. Y tradujo estas experiencias a cantos como el que sigue:

Con mi flauta en solitarios valles
Toqué canciones de dulce gozo,
Y vi a un niño flotar en una nube,
Que entre risas y risas me pidió:
“¡Toca una canción sobre un cordero!”
Y yo con ánimo alegre la toqué.
“Toca, toca de nuevo esa canción”.
Toqué mi flauta y lloró al oírme.
“Deja ya tu flauta, tu feliz flauta,
Canta tus canciones de feliz deleite”.
Canté pues a viva voz la misma,
Y lloró de alegría al escucharme.
“Siéntate allí y escríbela, flautista,
En un libro que todo el mundo lea”.
Se apartó entonces de mi vista,
Y corté un hueco trozo de caña,
Me fabriqué una tosca pluma
Y, mancillando el agua pura,
Escribí mis canciones de alegría
Para que rían los niños al oírlas.

Esta calidad visionaria no suele superar la infancia y únicamente pasa a formar parte de la edad adulta en una especie escasa de hombres: los poetas, aquellos que semejan a los niños en su exuberante creatividad y en su gozo al descubrir cada mañana el mundo. Ambos perciben el universo como un conjunto de relaciones simbólicas, realidades sacramentales, como diría Newman. Sin embargo, hoy esa especie, si cabe, es más escasa aún. Y ojo, yo no estoy diciendo que los niños sean artistas, sino que los verdaderos poetas son niños.

A los poetas, a los verdaderos poetas, se les está permitido vivir por un tiempo en la Edad de la Inocencia, para que desde allí nos alumbren, nos consuelen, nos conforten con lo que ven y nos cuentan; con sus visiones poéticas y, por tanto, sobrenaturales, al través de su mirada trascendente y, a un tiempo, cristalina, que ve y comprende, fugazmente, lo único que Es y Existe. Porque ser poeta es una condición, no una profesión, como señaló Robert Frost.

Decía Guardini que “todo lo que en el adulto hace tiempo que forma parte de lo habitual, el niño lo vive por primera vez, sin que medie una preparación interior o guía relativa (…) El niño ve las cosas con toda la capacidad de sorpresa y con toda la fuerza que las mismas cosas tienen”. Es esa novedad, y el asombro que produce, lo que anida en el alma del poeta y lo asimila al niño que ve las cosas como por vez primera, en su visión primigenia. 

El Cardenal Newman pensaba que todos los fenómenos naturales son un signo y un medio de ascensión hacia la realidad del mundo invisible. No hay cosa, por inestable y vacía que pueda parecer, que no sugiera la presencia de una realidad escondida a la que imita pálidamente, y el poeta y el niño pueden verlo.

Pero, ¿en qué consiste esta visión infantil y poética? Es la visión de la cosa en sí, de la auténtica realidad que está en el corazón de las cosas, la visión de cómo el mundo es verdaderamente. El mundo material que todos conocemos posee ventanas de trascendencia y aquellos a quienes les está permitido asomarse y mirar son solo unos pocos, entre los que están los niños.  

¿Y porqué el niño disfruta de esa clarividencia? ¿qué es lo que hace al niño tan especial?

Sus dos características más propias y personales: La inocencia y la humildad.

La inocencia le protege de las interferencias del exterior y la humildad de las de su interior. 

Los adultos tenemos una visión distorsionada del mundo que nos rodea, que se nos oculta parcialmente, pues solo alcanzamos a verlo borrosamente, como a través de un espejo. Pero el niño tiene una mirada limpia ya que sus ojos no están cubiertos de la niebla del pecado que nos rodea cerniéndose sobre nuestra existencia de adultos. Y es que el niño es inocente. 

Literalmente inocente significa “libre de daño”. El niño está libre de daño pues carece de una conciencia del mal. Shakespeare lo dice mejor y de manera incomparablemente más bella: “¿Qué coraza es más fuerte que un corazón sin mancha?” (Henry VI, Parte 2, III, ii).

Y esa inocencia, esa carencia de un conciencia de qué es el mal, le permite al niño ver las cosas tal como son en lugar de cómo él las preferiría, azuzado por la vanidad, el deseo, el ansia de poder o de placer.

Y al tiempo que es inocente el niño es igualmente humilde. Y es humilde porque nada tiene. Es solo principio, amanecer, futuro. Porque, en acertada reflexión del Padre Straubinger, «¿Qué méritos puede hallarse en semejante personaje? Precisamente el no tener ninguno, ni pretender tenerlo robándole la gloria a Dios como hacían los fariseos (cf. Lucas 16: 15; 18: 9ss.; etc.). Una sola cualidad tiene el niño, y es el no pensar que las tiene, por lo cual todo lo espera de su padre.». Por eso el niño es humilde, con una humildad primera que le previene contra el orgullo, nuestro veneno interno más tóxico, ese turbio tónico que hace que nuestra visión de nosotros mismos y de los demás sea borrosa y distorsionada, que nos lleva a tomarnos demasiado en serio y a considerar la realidad no lo suficientemente en serio. 

Y ahí es donde confluyen y se hermanan niño y poeta, poeta y niño. En la humildad e inocencia que limpia la mirada y la hace certera y penetrante. Y esto lo perderemos sin remedio si perdemos la infancia.

¿Qué será entonces de los poetas si no tiene infancia en la que soñar? ¿Qué será de un mundo sin poetas? 

Coleridge escribió que “el poeta es aquel que lleva la sencillez de la infancia a los poderes de la virilidad; quien con un alma no sometida al hábito, desprendida de la costumbre, contempla todas las cosas con la frescura y maravilla de un niño”. Por su parte, el cardenal Newman nos dijo que todos los poetas son religiosos. 

Sin embargo, hoy no se estila ser viril, ni se permite ser inocente, ni se admira al soñador, ni se tolera al religioso. En pocas palabras: no hay lugar para el poeta.

Y si perdemos a los poetas no recordaremos el camino para volver, no habrá quién vaya por delante dejando pequeñas piedras que nos guíen; ya nadie sabrá cómo volver a ser niño ni, como dice el poeta Ferrari, “reconocer la herida del exilio” para poder “emprender presurosos el regreso”.

Protejamos a los niños de una conciencia prematura del mal y a los poetas de una infancia corrompida e impura. Rescatemos la inocencia de ambos. Es cierto que hoy esta es escasa, pero ya nos decía San Agustín, “La escasez te enseña, la abundancia te corrompe” (Sermones 21,8), así que aprovechemos esta dificultad.

Dejemos pues que la infancia persiga a nuestros hijos con su inocencia recobrada, incluso más allá de su niñez, “con un placer salvaje”, como decía Coledridge y dejemos que con ella galopen entre sueños los poetas que quizá un día nos salven.




P.D. Hay un hermoso librito de poemas donde se hermanan el poeta y el padre para cantar a la infancia, donde los niños son tratados como poetas y el poeta vuelve a ser niño. Un libro del que ya les hablé y del que no me cansaré de hablar, y que, además de sus bellos versos, contiene una hermosa reflexión sobre la niñez, en un breve prefacio que constituye un delicado y lúcido poema en prosa. Me refiero a Elogio de la niñez, del poeta argentino José A. Ferrari. Léanlo.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

¿POR QUÉ TODAVÍA LES LEO A MIS HIJAS EN VOZ ALTA?

Al leer en voz alta en el salón, de noche, óleo de Knut Ekwall (1843-1912).




“Los niños se hacen lectores en los regazos de sus padres”.  

Emily Buchwald



Ya he hablado en varias ocasiones de los enormes beneficios que proporciona a los niños la lectura en voz alta. 

No solo constituye un acontecimiento familiar de primer orden que puede hacer participar a todos los miembros de la familia en una comunión cariñosa y entrañable, afianzando y reforzando los lazos familiares, sino que sus beneficios se pueden extender más allá de la primera infancia.

Sé que no es costumbre leer en familia con hijos que sobrepasen la decena de años y quizá hoy menos que nunca, con esas ínfulas de madurez que se ven forzados a adoptar los chicos presionados por el mundo que les ha tocado vivir. Lo sé. Pero no me resisto a tratar de impulsar tal hábito, tradicional y beneficioso como pocos. La lectura en voz alta en las noches era un pilar básico en la arquitectura de las familias mucho antes de que radios, televisores y ordenadores portátiles aparecieran en escena y distorsionaran el haz de relaciones que, de manera natural, una convivencia familiar sana debe de llevar consigo. Y solo porque alguien lea perfectamente bien no quiere decir que no pueda disfrutar y beneficiarse al escuchar la lectura de una gran historia, especialmente a través de la voz y con la compañía de las personas a las que ama. 

Además, todos los beneficios que la lectura en alta voz supone para los más chicos, ya comentados (Construyendo un hábito (I): la lectura en voz alta), son extensibles, con diferencias de grado y profundidad, a los más grandes: (i) sirve como modelo de lectura fluida (el uso de las pausas, de los tonos, en suma, el aprendizaje de lo que tradicionalmente se conocía como declamación), (ii) facilita la ampliación del vocabulario (las conversaciones, lo queramos o no, suponen una mera taquigrafía verbal, con un léxico pobre, frases sencillas y ausencia de construcciones gramaticales o lógicas complejas. Pero el lenguaje en los libros es muy rico y sofisticado, y cuanto mejores sean estos más calidad, profundidad y riqueza habrá en ellos), (iii) puede ser utilizada como gancho para un nuevo autor o un determinado tipo de libros que, a veces por razones desconocidas, son rechazados o no considerados por los chicos como una opción de lectura (despierta su apetito por leer), (iv) es causa de una mejora de la concentración, (v) potencia la imaginación, (vi) ayuda a la transición de los libros ilustrados a los libros sin ilustraciones y, finalmente, (vii) facilita las conversaciones entre padres e hijos y por tanto su nivel de comunicación, lo que puede resultar de enorme importancia a esas edades.

Por otro lado, nada impide que ellos participen en la lectura familiar, es más, resultará conveniente y beneficioso que lo hagan, pues se sentirán partícipes activos y mejorarán su dicción y declamación.

Leyendo en voz alta, pintura de Albert Joseph Moore (1841-1893).
Pero es que, además, en el fondo los chicos lo desean. Una encuesta reciente, realizada en los E.E.U.U. (creo que se puede extrapolar a otros países occidentales), mostró que solo el 17% de los padres de los niños de 9-11 años de edad leen en voz alta a sus hijos. Sin embargo, el 83% de los niños de 6-17 años de edad dijeron que les gustaría mucho que sus padres les leyeran algo.

En casa tratamos de hacerlo así, y aunque nuestras hijas tienen ya 12 y 14 años, estas audiciones familiares les siguen gustando. Y en Navidad se da, además, la ocasión propicia para su puesta en práctica ¿cómo? Pues leyendo villancicos y poemas, que los hay y muy hermosos.

Y aquí quiero hacer un breve interludio para señalar que, en la lectura en voz alta, la de la poesía tiene reservado el puesto de honor. No solo porque, como nos recordaba Samuel Coleridge, la poesía son “las mejores palabras en el mejor orden”, sino porque, como sabemos, la poesía es en igual medida música y nuestra forma natural y orgánica de hacer música es a través de la voz. Por ello, la entonación, el acento y el ritmo son cruciales para la correcta lectura de un poema, pero solo son susceptibles de aprendizaje a través de su declamación. Como ha dicho un crítico “podemos enseñar a los chicos una correcta lectura de la poesía haciéndoles prestar mucha atención a la puntuación del poeta, evitando caer en un ritmo infantil inapropiado, enunciando cuidadosamente las palabras y enfatizando el significado del poema mediante el uso de inflexiones naturales y no artificiales. Leer con naturalidad y recordar no detenerse al final de una línea, a menos que la puntuación lo exija, son las sugerencias más útiles que podemos dar a los lectores de poesía”. Y, como en casi todo, la práctica será la clave.

Como dejó dicho el gran historiador cultural Robert Darnton, numerosas grandes obras literarias del pasado fueron hechas para ser “mejor escuchadas que vistas”(y cuanto más antiguas más grande es esa verdad), pero ningún género responde sin excepciones a dicha regla como la poesía.

Así que les invito a ustedes a hacer lo mismo y, por si no tienen material a mano (que seguro que sí), les acompaño una pequeña selección que he realizado para consumo domestico (Poemas para Navidad).

Solo puedo desearles qué disfruten y se aprovechen todos, padres e hijos, de esta maravillosa costumbre.   


martes, 11 de diciembre de 2018

LA FANTASÍA MÍSTICA

El canto de la alondra, óleo de Jules Breton (1827-1906).



«Como en el estruendo de tus cataratas
un abismo llama a otro abismo,
así todas tus ráfagas
y tus olas pasan sobre mí». 
Salmos, 42:7.


«Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación».  
Flp. 2:12.


«La marca invariable de la sabiduría es ver lo milagroso en lo común». 
Ralph Waldo Emerson



Uno de lo grandes problemas de nuestro tiempo es su desarraigo respecto de lo religioso, o si lo quieren ustedes, de lo trascendente. Una inmanencia pegajosa nos sume en un desencantado mundo de materia en disolución. 

La idea de progreso infinito es algo ya olvidado. Las carnicerías que asolaron el pasado siglo y la inhumanidad nacida de ideologías como el comunismo y el nazismo, descarnaron los corazones más duros y sumieron a los espíritus más optimistas en la desazón de un mundo sin futuro. Y no solo eso; en la segunda mitad del siglo, el desarrollo polarizado de fuerzas destructoras, escondidas tras oscuros arsenales nucleares, dio al pesimismo una pátina de angustia que no nos ha abandonado. 

Pero nos resta la esperanza. Por mucho que el pesimismo y la desazón parezcan envolvernos, Quien nos da vida sigue manteniéndonos en la existencia y espera nuestro regreso, al igual que sobre las brumas que entristecen los paramos brilla el astro rey dando vida a aquello que permanece oculto a los ojos.

Quizá la piedra angular, aquella sobre la base de la cual deba reconstruirse la bondad y belleza de las almas, esté en las proximidades del asombro y la maravilla y no lejos del temor y el temblor que conmueven las entrañas. En la contemplación de las esencias primigenias de aquello que, en pura armonía y finísimo concierto, se desprenden de todo lo creado ex nihilo. Más tarde llegará el amor que transforma y trastoca todo orden y de nuevo otro asombro y maravilla envolverá el alma adentrándola en el conocimiento de lo contemplado. Pero primero hay que sentir la propia pequeñez y solo acercándonos con humildad, respeto y temor podremos verdaderamente conocer y creer. Y la llave para abrir esa puerta se llama conocimiento poético.


El Gran Cañon, obra de Thomas Moran (1837-1926).
Sócrates lo personificó en su particular questae; Aristóteles lo enseñó cuando dijo que la filosofía comienza con asombro; Santo Tomás de Aquino lo calificó de scientia poetica, definiéndolo como la aprehensión directa de la realidad que inspira respeto y admiración y el cardenal Newman llamó a esta experiencia aprensión real distinguiéndola de la nocional de las proposiciones abstractas. El propio Santo Tomás lo englobó entre los modos de conocimiento esenciales, entre la metafísica, la dialéctica y la retórica; quizá sea el menos confiable de todos ellos en términos de conocimiento científico, pero es el más importante para poder recibir las impresiones sensoriales y emocionales de la cosa misma. No es otra cosa que cultivar y despertar la atención, entre asombrada y muda, sobre el mundo (lo que Wordswoth llamó «relación apasionada»), para así captar aquello que Hopkins definió, misteriosamente, como «las certezas incomprensibles»Ese camino místico permitirá acercarse y percibir el misterio del mundo.

Pero hoy todo eso está olvidado. Solo damos relevancia al conocimiento puramente intelectivo, tan frío e impasible como el poder al que se le asocia. Pero el conocimiento poético es fuego abrasador, siempre temor y amor por igual. 

La manera de regresar a ese estado primigenio de asombro y sencillez es tremendamente dificultoso para nosotros adultos, contaminados como estamos en este ambiente secular y deshumanizado. Pero los niños gozan de una situación de partida propicia, privilegiada, pues su inocencia es el estado ideal para comenzar rectamente el camino.

Rudolf Otto hablaba de lo numinoso como aquello que estremece y aliena hasta casi borrar la existencia. Recuerdo de niño sentir el vértigo, la espiral en la que se sumergía mi mente cuando trataba de entender el infinito o la diferencia entre el ser o no ser en absoluto. Y luego una iluminación llena de asombro, y llena de temor, pero también de respeto. 

Ya casi no puedo sentir eso y sueño con que mis hijas lo sientan plenamente y comprendan más y mejor que yo, y, de esta manera, se aproximen un paso más allá de dónde me encuentro. Se trata de alcanzar «el sentido de otro mundo» del que hablaba C. S. Lewis y para ello, un buen camino será a través del mito, como apuntaba su amigo Tolkien.

En un viejo ensayo de 1973, titulado La Racionalidad del Mito, el académico Clyde S. Kilby bucea en la psique humana para tratar de explicar la cuestión de la permanencia del mito entre los hombres. «Las dos características más básicas del hombre son conocer y adorar», escribe Kilby. Sin embargo, observa, «en nuestra época, (...) la principal vía para conocer es la realización de enunciados». Este error epistemológico nos lleva a descartar el mito como vía de conocimiento. Lo que no puede ser cuantificado y sistematizado no puede ser conocido. Sin embargo, desde siempre ha existido otra ruta, el camino de la imaginación, y la principal expresión de la imaginación se produce a través del mito. «La sistematización drena color y vida, pero el mito los restaura».


Venus y Anquises, óleo de William Blake Richmond (1842-1921).
Este poder restaurador, esta capacidad de trascender las limitaciones epistemológicas que nos aprisionan, es lo que hace al mito especialmente poderoso, ya que es a la luz del mito que resultará más fácil iniciarse en el conocimiento de la verdad.

Y junto al relato mítico, lo místico se encuentra también en la visión simple y clara de lo cotidiano, en ver aquello que nos rodea a través del tamiz del sentido común. Chesterton lo dice mucho mejor: «El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común». 

Y los buenos libros reúnen ambas cosas. Porque, como decía Goethe, «aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la experiencia». A través del juego especular de la imaginación poética, los niños y los jóvenes podrán acercarse unos y regresar los otros a ese estado iniciático dónde la mística del mundo les envolverá con maravilla, asombro y temor.

En los libros a que me refiero, el universo en el que se enmarcan las historias es fácilmente identificado por los jóvenes lectores con el suyo propio, y en ellas se tratan algunos temas basilares como el mito creacional, lo milagroso y lo demoníaco, la batalla entre el bien y el mal y la convicción de que existencia trasciende nuestra materialidad y el tiempo que nos ha tocado vivir.

Algunos estudiosos caracterizan este tipo de relatos como aquellos que poseen una cierta estructura argumental: incluirían un mundo paralelo concreto, un dispositivo o ser sobrenatural que transporta a los niños protagonistas a ese mundo, una fuerte voz narradora (adulta) que se identifica con los protagonistas y media para los lectores, y lo más importante, una comunidad de amigos que comparten las percepciones místicas y desarrollan una perspectiva moral. El resultado de todos estos elementos trabajando juntos es el establecimiento de un mundo de fantasía "realista" en el que el lector infantil participa como colaborador creyente.

Ya he hablado de algunos de estos libros; recuerdo a El viento y los sauces, Las crónicas de NarniaEl HobbitEl jardín secreto La princesa y los trasgos. A partir de hoy hablaré de algunos otros, comenzando por George MacDonald, con Más allá del viento del norte y La llave de oro, continuando por Saint Exupery y su famosísimo Principito y terminando con una autora de la que todavía no he tratado, Madeleine L’Engle y su Una arruga en el tiempo; todos ellos escritores cristianos, condición esta que no deja de notarse en sus libros. 

Cierto es que, como Rudolf Otto distingue, pueden darse dos aspectos fundamentales en lo numinoso: el mysterium tremendum, que es el que provoca miedo o temblor, y el mysterium fascinans, que atrae y fascina. Algunos han dicho que solo este último está y debe estar presente en la literatura al alcance de los niños. No lo creo, pues uno no va sin el otro; ocurrirá que muy probablemente el mysterium tremendum que perciban los niños sea de otro grado, ya que la inocencia propia de la infancia hace que los pequeños no necesiten demasiado para experimentar fuertes impresiones. 


La niña del Regimiento, óleo de John Everett Millais (1829-1896).
Pero por supuesto, todo ello es más antiguo que Rudolf Otto, mucho más. Sin duda está en ya en el Sanctus, Sanctus, Sanctus de Isaías y antes incluso: se albergó en el alma del primer hombre que miró, entre asombrado y asustado, a la Luna, o que del que se acurrucó por vez primera bajo unas ramas, paralizado por los relámpagos y truenos de una tormenta; también en los primeros ojos que de forma lastimera observaron los campos de cultivo arrasados por el granizo o el fuego. No significa otra cosa que el estremecimiento de sentirse criatura y, a un tiempo, constituye «el numinoso material en bruto, necesario para alcanzar el sentimiento de humildad religiosa». Nos anula en nuestra individualidad para que podamos renacer como hombres nuevos; hace que tomemos conciencia de nuestra condición de criaturas de un Creador y por lo tanto de nuestra impotencia y nulidad, sabiendo que sin Él no somos nada.

Es tremendo y fascinante.

Así lo expresó San Agustín: «¿Qué es esto que me traspasa de luz y percute en mi corazón sin herirlo? Me espanto y me enardezco. Me espanto, porque me siento disímil a ello; me enardezco, porque me siento semejante». 

Puede parecer duro, pero es una experiencia sana y necesaria. Es la experiencia, la toma de conciencia de un increíble mundo creado ex nihilo. Sin eso nada se comprende.

Uno de los escritores a que me he referido, George MacDonald, decía: «No es tanto transmitir un significado como despertar un significado». Tanto MacDonald como los demás citados nos presentan en sus libros a la imaginación como un vehículo privilegiado para aprehender esa naturaleza sacramental del mundo a que se refería Newman. En sus relatos, al encarnar viejas verdades en nuevas historias, al «decirnos aquello que hay que decir a través de los cuentos de hadas» (como dice Lewis), nos ayudan a revisar nuestra percepción del mundo infundiéndole lo que ha perdido: el sentido de lo numinoso, con su asombro y maravilla y con su temor y temblor... Es, como alguien ha dicho, «la experiencia poética de la realidad», tremenda y fabulosa, perturbadora y hermosa.

“Y la mañana pesa.
Vibra sobre mis ojos,
Que volverán a ver
Lo extraordinario:
Todo”.

Jorge Guillén. Cántico.

Así que, acerquen a sus niños a estos libros, por favor, acérquenlos.