sábado, 14 de julio de 2018

UNA RACIÓN DE TONTERIAS NUNCA VIENE MAL

Santa Maria de la Salute, Venecia, acuarela de Edward Lear (1812-1888). 


«Hay dos maneras de tratar con tonterías en este mundo. Una forma es ponerlas en el lugar correcto; como cuando la gente pone tonterías en las rimas infantiles. La otra es ponerlas en el lugar equivocado; como cuando se las pone en recomendaciones educativas, críticas psicológicas y quejas contra las rimas infantiles».
G. K. Chesterton

«El sinsentido es una variedad de la fantasía literaria; se dirige al adulto implícito en el niño y al niño escondido en el adulto».
Harold Bloom

El sentido de lo sensato, de lo correcto, de lo apropiado, la apreciación de lo conveniente, la aplicación racional y útil del tiempo y del espacio; todas esas cosas horribles con las que la adultez impregna nuestra alma, se encuentran ausentes de la de los niños.  
Todos sabemos la irritación que supone el constatar tal hecho: la falta de adecuación de nuestro pensamiento racional y sensato con el irrelevante, episódico e incoherente de los niños.  
Pero los niños son así. Y es mejor saberlo y saber que es algo pasajero (¡qué pena!), y que, en tanto dura, merece atención y cuidado. La vivencia de ese absurdo e irreflexivo mundo infantil es buena, y, paradójicamente, también ayuda a que algún día adquieran esa aburrida capa de sensatez que nos caracteriza a los adultos. No tengan duda, esta ración prematura de disparates ayudará a algunos a evitar en su vida adulta esa insensatez malsana y problemática que asiste a aquellos que, no siendo ya niños ni en cuerpo ni espíritu (sobre todo por falta de inocencia, ilusión y fantasía,) insisten en serlo feroz y forzadamente.
Además, en estos tiempos de confusión conceptual, de simplicidad argumentativa y de errores recibidos con jolgorio y alborozo, creo que sería bueno que el nonsense en la literatura (y para más precisión, en la literatura infantil y juvenil), las tonterías, vamos, volvieran a cobrar protagonismo, pues  podría servir de remedio a tanta deriva.
No soy de los que creen que las tonterías sean algo más que tonterías, a pesar de que la postura que domina entre los críticos y académicos que estudian el género es la búsqueda (¿no será quizá imposición?) de un significado analógico, simbólico, biográfico, lingüístico, psicoanalítico o cultural en la obra. No, no creo en eso de dar un falso (e interesado) sentido al sinsentido. Al contrario, pienso que la tontería, por razón de su excentricidad, sin trasladarnos ningún significado expreso, se limita (y a fe que es bastante) a sacarnos de la monotonía de una vida mecánica y vacía para llevarnos a un mundo nuevo, ¿incomprensible?, puede ser, pero de por sí suficientemente conveniente. Chesterton decía que los disparates tenían que ser preciosos y sugerentes y que si así fuera se trataría de “señalizaciones fantásticas a lo largo de un camino salvaje”. Quizá sea así o quizá se trate solo de desengrasantes mentales, no lo sé; pero lo que si sé es que es una lectura divertida y fresca, y que hasta esto, tan banal, es provechoso. 
«—Si no tiene sentido —dijo el Rey—, nos ahorraremos un sinfín de molestias, ya que en tal caso no es preciso indagar nada». 
Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carroll
Y en esta tarea de dar a los niños estólido alimento de sanas necedades y disparates nos pueden ayudan algunos talentosos autores. 
Hoy voy a hablar de lo que los británicos bautizaron como Literary Nonsense, y de los dos principales representantes de dicha tendencia literaria: Edward Lear y Lewis Carroll. Dice al respecto de ello Chesterton: 
«Es abominablemente estúpido llamar a la edad victoriana meramente cómoda y convencional y olvidar el hecho de que en ella se produce un nuevo tipo de poesía sumamente salvaje y sumamente inocente. Hablo de la poesía del absurdo puro, que nunca antes se había conocido en el mundo y nunca podrá ser conocida después».
Entre 1865 y 1875 todo el curso de la poesía juvenil fue alterado por dos escritores solteros que tenían poco en común, excepto un brillante y excéntrico ingenio y un amor por los hijos de sus amigos. En 1846, Edward Lear (1812-1888) publicó Un libro de tonterías (A Book of Nonsense), y en 1865 Lewis Carroll (1832-1898) presentó su Alicia en el país de las maravillas. George Orwell los califica del siguiente modo: «El humor de Lewis Carroll consiste esencialmente en burlarse de la lógica, y el de Edward Lear en una especie de interferencia poltergeist del sentido común». 

Edward Lear (1812-1888).

Lear no era realmente un escritor; era un pintor paisajista que luchó toda su vida por subsistir y tuvo una vida profesional irregular (al parecer dio algunas clases de pintura a la reina Victoria). El verso sin sentido que le ha hecho pasar a la posteridad no fue más que un accidente y probablemente le sirvió como refugio ante las rudas pruebas e inconveniencias que sufrió a lo largo de su vida (epilepsia, bancarrota y cierta tendencia a la depresión). La ironía y el estilo sardónico y ácido de muchas de sus composiciones versan sobre un mundo convencional del que el poeta probablemente anhelaría escapar: «Mi vida es un aburrimiento en este estanque desagradable / Y anhelo salir al mundo más allá». Y el enfoque de esa verborrea poética hacia los niños y la amistad que estos le brindaban pudo haber sido para él un bálsamo de fierabrás.


Algunos libros publicados en español de Edward Lear.
Lear hizo uso intensivo de una forma poética particular, el limerick, poema humorístico de cinco versos de origen popular irlandés al que el poeta dio fama. Los demás poemas de Lear son más extensos, pero al igual que los limericks, son de contenido absurdo y humorístico y, como aquellos, vienen acompañados de un dibujo caricaturesco hecho por el propio autor, que retrata al protagonista y sus circunstancias o la situación en la que se encuentra. Según George Orwell, sus rimas «expresan una especie de chifladura afable, una simpatía natural hacia todo lo débil y absurdo». John Ruskin las calificó de «inimitables y refrescantes».  
Tengo que decir que estos poemas (la lírica leárica, como parece pensó bautizarla el autor) gustan mucho a mis hijas, que se divierten mucho con los absurdos y estrafalarios personajes y las delirantes situaciones en las que se encuentran, a lo que ayuda en gran manera las deliciosas y, en ocasiones, grotescas ilustraciones del propio poeta.
De él señaló T. S. Eliot:
«Su sinsentido no supone vacuidad de sentido, sino parodia del sentido: ese es su sentido. The Jumblies es un poema de aventuras y de nostalgia del romanticismo del viaje al extranjero y la exploración;  The Yongy-Bongy BoThe Gong with a Luminous Nose son poemas de pasión no correspondida; de nostalgia, en realidad.  Disfrutamos de la música, que es de altísima calidad, y disfrutamos de una sensación de irresponsabilidad frente al sentido».
Edward Lear escribió solo seis libros. No es que fuera reacio a publicar, sino que al parecer, sentía que su talento lúdico/poético debía estar al servicio de quien lo requiriera, y así sus publicaciones, lejos de buscar recompensas en el mercado literario, solo ansiaban dar placer y entretenimiento a los niños. El búho y la gatita (1871), la primera de las canciones de tonterías que fue publicada, fue escrita para la hija del poeta John Addington Symonds, mientras que muchos de sus otros trabajos de nonsense fueron destinados para entretener a niños con nombre y apellidos, familiares e hijos de amigos y conocidos. Por ejemplo su primer libro, El libro de tonterías, fue creado para los hijos de Lord Derby (de este libro Ruskin comentó: “sin duda, el más benéfico y inocente de todos los libros [sin sentido para los niños] que nunca se hayan hecho”). 

Un par de los limericks de Edward Lear.

Lewis Carroll (1832-1898).

Sobre Lewis Carroll ya he hablado (La Alicia de Carroll). Allí ya señalé que «en el siglo XIX era unánime la opinión de que los libros de Alicia constituían una dosis saludable de diversión y tonterías» y que esta era la manera en que las novelas de Carroll debían ser puestas en manos de los niños de hoy. Pues apliquen el cuento a su poesía, tan llena de absurdos sinsentidos como de locas tonterías. Por ello voy a ser más breve e incluso me serviré (hoy casi hasta el abuso) del señor Chesterton para situar al autor en nuestro escenario de hoy. Decía Chesterton de Lewis Carroll y la literatura del absurdo:
«Se trataba de algo nuevo: el absurdo por el absurdo, de acuerdo con el principio del arte por el arte. Sin duda, nadie se habría sorprendido más que el señor Dodgson (que el era verdadero nombre de Carroll) de que lo incluyeran junto a los artistas anarquistas que hablaban de l'art pour l'art. Pero, a pesar de sí mismo, era un artista mucho más original que ellos. Se había dado cuenta de que ciertas imágenes y argumentos podían sostenerse a sí mismas en el vacío merced a su desafiante locura, a la congruencia de la incongruencia, a la mismísima aptitud de la inaptitud. Y no sólo era algo muy nuevo, sino también muy patriótico. Podemos incluso decir que por un tiempo fue un secreto de los ingleses. (...). Fue el fruto descabellado de un pueblo y una época, como lo prueba el hecho de que la única otra persona que lo profesó, el Edward Lear del Disparatario, fuese también inglés y también victoriano».  
Carroll muy probablemente no alcanzó la originalidad de Lear, sino quizá en un número limitado de poemas. De hecho la mayor parte de sus mejores versos está contenido en las dos novelas de Alicia y en Silvia y Bruno (1889); su colección de versos, ¿Rima?, ¿y Razón? (1883), que creo no está traducida al español, es al parecer sorprendentemente aburrida y La caza del Snark (1876) es muy compleja. Pero ese limitado número de poemas es magnífico, destacando el brillante y sugerente poema del Jabberwocky y el de La morsa y el carpintero, recogidos ambos en A través del espejo. El primero de ellos es probablemente el más famoso, pero también el más incomprendido poema de Carroll, tanto es así que tras su lectura Alicia comenta:
«—Parece muy bonito dijo cuando terminó de leerlo, ¡pero es algo difícil de entender! (Es que no quería confesar, incluso a sí misma, que no había entendido nada en absoluto.)—. De alguna manera, parece llenar mi cabeza de ideas, ¡sólo que no sé exactamente qué son! No obstante, alguien mató algo: al menos eso está claro».
El poema es todo un poema. De traducción intraducible, o al menos trabajosa (como en todo el verso del sinsentido), el mismo título ha recibido equivalencias en nuestra lengua de lo más dispares: “Chacaloco”, “El Dragobán”, “Galimatazo”, “Jerigóndor”, “El Fablistanón”, “El Baraúndo” y “Yaberguoko”, entre otros. Sin embargo, es una delicia “sugerente y preciosa”, como exigía Chesterton, que sus hijos no deben perderse.


El Jabberwocky y La morsa y el carpintero, ambos ilustrados por John Tenniel (1820-1914). 

No duden entonces en dar a sus niños esa ración de salud mental que la lectura de estos versos supone; acérquenlos a un lugar donde el lenguaje pone a prueba sus propios límites y las palabras dan rienda suelta a su magia. Les aseguro que se divertirán, y de paso y por unos momentos se sacudirán de encima este mundo insano y asfixiante. Que gusten de estas rimas y terminen amando a sus autores en la forma en que el propio Edward Lear nos sugiere con estos versos:
«Qué placer conocer a este señor
Que ha escrito tanto libro disparatado
Algunos piensan que es raro y malhumorado
Pero unos cuantos lo ven encantador».  

viernes, 22 de junio de 2018

Y SIGUIENDO CON LOS DRAGONES ...

El fin del dragón, de Henry Justice Ford (1860-1941).


«Vino un dragón a ejercer su poder en las noches oscuras».

Beowulf  (Anónimo)


«Ningún dragón se resiste a una fascinante charla de acertijos».

El Hobbit (J. R. R. Tolkien)


En la entrada anterior he hablado de los dragones y los libros y su relación con los niños. Y, como les prometí, hoy hablaré de algunos de los libros apropiados (según la terminología de C. S. Lewis) para poder llegar a conocerlos bien. Aclaro que me refiero a los dragones reales tal y como los concibió Tolkien, esos que no son solo símbolo, alegoría o parodia, sino que palpitan, resoplan y gruñen como presencias concretas e innegables y poseen personalidad propia. No tienen porqué ser siempre feroces (de esto ya dije algo en el anterior post), ya que, tal y como ha dicho alguien, «mientras los dragones conserven su capacidad de inspirar asombro, podrían ser menos aterradores y seguir siendo dragones reales». En todo caso, el estilo humorístico de las historias que les presentaré a continuación puede ser el camuflaje protector adecuado para que los niños hagan una primera aproximación a estas temibles bestias.
"... El corazón de la bestia enrollada se agitó" (Beowulf). Pintura de J. R. R. Tolkien representando un dragón. 
Pero antes, y solo de pasada, debo hacer referencia a algunos otros dragones reales y a los libros en entre cuyas páginas se esconden; libros de los que ya he hablado y que ya he recomendado; me refiero a Beowulf, con la temible y mortífera bestia que lo llevó a la tumba; al reptil monstruoso que mató Cadmo en la historia Los dientes del dragón, contenida en Los cuentos de Tanglewood de Nathaniel Hawthorne; al Hobbit, con su dragón Smaug; al terrible Fafnir, de la historia de Sigfrido, recogida en El Libro rojo de los cuentos de hadas de Andrew Lang, que tanto fascinó a Tolkien. Tampoco pueden faltar, el dragón al que se tienen que enfrentar la dama y el príncipe león en el cuento La dama y el león (también conocido como La alondra cantarina y saltarina), el malvado dragón de siete cabezas del cuento Los dos hermanos, y el dragón durmiente en el regazo de la princesa de la historia de Los cuatro hermanos ingeniosos, todos ellos referidos por los Grimm. Finalmente están el anónimo dragón que aparece en La travesía del viajero del alba de C. S. Lewis y a aquel en el que se convirtió, en ese mismo libro, Eustace, por «dormir sobre el tesoro de un dragón y por tener pensamientos codiciosos como los de un dragón en el corazón». Libros estos muy, pero que muy apropiados.

Ilustraciones de dragones de H. J. Ford (1860-1941) y de John D. Batten (1860-1932).

Y dicho esto, paso a comentar tres libros que tienen como protagonistas a unos dragones reales, pero bastante peculiares.


El dragón perezoso (1898). Kenneth Grahame.

La historia de Kenneth Grahame, El Dragón perezoso, estaba contenida originalmente en el libro Días de sueños (1898), su segunda colección de historias sobre la infancia, si bien pronto comenzó a editarse como un cuento independiente. Se trata de una versión libre de la leyenda de San Jorge y tiene como protagonistas, además de al Santo, a un dragón pacífico y amistoso que con mucha dificultad es persuadido para llevar a cabo una pelea simulada contra el santo caballero (a fin de satisfacer las expectativas de la gente de pueblo, basadas en la concepción estereotipada del dragón como una bestia mortífera), y a un niño muy leído. 

Ilustración de Ernest Howard Shepard (1879-1976).
Como nos dice Seth Lerer, en su obra La magia de los libros infantiles, «El niño protagonista de “El dragón perezoso”, pasa “gran parte de su tiempo enterrado en grandes volúmenes”. Y este aprendizaje en los libros sirve de ayuda cuando su padre encuentra un dragón en las afueras de la ciudad. El niño sabe de dragones, por haber aprendido sobre ellos leyendo “la historia natural y los cuentos de hadas” (...). Y no solo eso, el dragón de la historia también es un dragón de los libros (…). Se trata de un dragón poético, uno que se dispone a inventar versos y prosa». Y en esto tampoco se queda atrás San Jorge, que se nos revela como un maestro de la palabra, con cuyo solo uso vence al dragón y persuade a la multitud. Vamos, un libro muy apropiado para despertar a una generación que, parafraseando a Lerer, ya no ve bestias ni en los bosques ni en los folios, y para la cual los libros y las palabras impresas en ellos son inútiles reliquias del pasado.

Portadas de las ediciones del libro de Noguer y Perramón, ilustradas por Ernest Howard Shepard (1879-1976) e Inga Moore (1945 -).
La obra se ha publicado por Parramon Ediciones y por Noguer, ambas con unas magníficas ilustraciones de Inga Moore y de E. H. Shepard, respectivamente.

Para niños a partir de 6 años.


El libro de los dragones (1900). Edith Nesbit.

Hete aquí un peculiar catálogo de bestias, a cada cual más pintoresco: grandes dragones mullidos y ronroneantes que harán dormir a los niños, un enorme Dragón de Hielo que se apropia del concepto mismo del Polo Norte, dragones dormidos que surgen de las páginas de los libros no más se pronuncia su nombre, etc... El más subversivo de todos estos monstruos es el contenido en el último relato; en esta historia, Nesbit nos cuenta que el último dragón en la tierra, cansado de que siempre se espere de él que pelee con un príncipe por una princesa, se convierte en la mascota de esta. Además, no bebe sino petróleo y, para acabar, mal que le pese, lo vemos transformado en el primer avión. La extravagancia, el humor y la fantasía juegan y se entremezclan en estas historias.
Dos de las ilustraciones a tinta de Harold Robert Millar (1869–1942), para la edición original del libro de 1900.

En este libro de relatos, como en toda la producción de la autora, la combinación de la vida cotidiana y la magia le da a las historias un humor sutil y un color único. Esta es la clave del arte de Nesbit: este caminar en el filo de una navaja, entre los cuentos de hadas y la realidad, entre un mundo maravilloso y un mundo cotidiano, una ardua tarea llena de inestablilidad, simplemente elusiva para cualquier escritor, pero no para la autora. Sin duda este es el encanto de su talento.

Las ediciones de Andrés Bello y de Anaya.
El libro se encuentra editado bajo el título de Historias de dragones, por Andrés Bello en Chile y Argentina (con unas ilustraciones que no son de mi gusto) y por Anaya en España (con las magníficas ilustraciones de la edición original, realizadas por H. R. Millar, el ilustrador favorito de Nesbit, y por eso es la que les recomiendo). Hay que llamar la atención también sobre la bonita edición que, de uno de los cuentos (El libro de las bestias), hizo en el año 2001 Lumen, con unas preciosas ilustraciones de la magnifica Inga Moore y la que hizo Gaviota en el 1993 del cuento Los Salvadores del País, también con unas estupendas ilustraciones de la artista austríaca Zwerger Lisbeth.

Para niños de 8 años en adelante.


Dos de los libros de Nesbit comentados.


La princesa dragón (1987). David Weisner.

Portada del libro.
A la manera de los cuentos de hadas clásicos, el reconocido ilustrador David Wiesner y su esposa Kim nos relatan una historia de princesas y dragones, sólo que en este caso la princesa resulta ser un dragón. Con el acompañamiento de unas magníficas ilustraciones, igualmente al modo y estilo clásico, el dos veces galardonado con el premio para ilustradores Caldecott, Wiesner muestra su notable arte y las vertiginosas perspectivas por las que su trabajo es conocido. Se trata de una adaptación de un viejo cuento de hadas inglés recopilado en 1890 por Joseph Jacobs.

El argumento es simple: una reina malvada lanza un hechizo sobre su hermosa hijastra, la princesa Margaret, celosa del amor que esta inspiraba en su padre el rey. El embrujo convierte a la princesa en un repugnante dragón. Lo único que podría liberarla del malvado encantamiento sería que, antes de que hubiera transcurrido un año, su hermano, el príncipe Richard, besara a la bestia en que se había convertido. Pero el príncipe se está ausente y nadie sabe cuando regresará de su viaje...

Ilustración a doble página de las doncellas descubriendo la transformación de la princesa en dragón.

Afortunadamente, un viejo sabio descubre que el repugnante dragón no era sino la princesa hechizada y que solo su hermano puede romper el maleficio. Por ello aconseja que se envíen emisarios en su busca ¿Podrá el príncipe regresar y romper el hechizo antes de cumplirse el fatídico plazo de un año? ¿Será capaz de reconocer en el repugnante dragón a su querida hermana?

Este maravilloso cuento de hadas, con sus ilustraciones mágicas y tremendamente detalladas, seguro que será leído con fruición por los niños y también es muy apropiado para leer en voz alta.

El libro fue editado por Juventud en el año 2006, pero todavía se encuentra en las liberías. Para niños de 4 años en adelante.



viernes, 15 de junio de 2018

DE LIBROS, DRAGONES Y NIÑOS

San Jorge y el dragón, obra de Paolo Uccello (1397-1475). 


«Quizá todos los dragones de nuestra vida sean princesas que sólo esperan vernos un día hermosos y atrevidos».
Rainer María Rilke

«El bebé ha conocido al dragón íntimamente desde que tuvo imaginación. Lo que el cuento de hadas le ofrece es un San Jorge para matar al dragón».
G. K. Chesterton

«Desde luego, algo se arrastraba. Peor aún, algo salía de allí. Edmund, Lucy o tú mismo lo habríais reconocido al momento, pero Eustace no había leído ninguno de los libros apropiados. Lo que salió de la cueva era algo que él jamás había imaginado siquiera».
C. S. Lewis


Los dragones no pasan de moda, de hecho continúan jugando hoy día un gran papel en el género de la literatura fantástica. Siguen siendo tan desafiantes y terroríficos como antaño lo fueron y no han perdido un ápice de su seducción; de esta manera, el tropo del dragón sigue teniendo un lugar propio y destacado en la literatura, como lo ha venido demostrando a lo largo de los milenios, a la manera de un arquetipo duradero. Algunos sospechan que nos remiten a un vago y oscuro conocimiento de un estado anterior de la existencia orgánica, umm… (el mismo Linneo, en la primera edición (1735) de su Regnum Animale, enumera al draco bajo el apartado Paradoxa, una categoría que creó para acomodar a todas aquellas criaturas que desafiaban la clasificación y se oponían a sus esfuerzos taxonómicos), ¿o quizás no sea anterior, sino paralelo? ¿Están o no están todavía con nosotros los dragones? Preguntemos a cualquier niño imaginativo, ¿qué creen ustedes que nos responderá? Si gusta de los libros que paso a comentar, puedo decirles que conozco la respuesta. Y creo que no andaría muy desencaminada al respecto de la verdad.

Aquí se plantea una pregunta obligada: ¿Es bueno dejar a los niños en garras de un dragón?


San Jorge lucha con el dragón, postal ilustrada por Helena Petrovna Samokish-Sudkovskaya (1863-1924). 
Pues depende del dragón, del niño y de en qué condiciones se produzca este encuentro, y no tomen esto como una respuesta relativista, no. Cierto que en la Biblia se nos identifica al dragón con Satanás (al menos en Job, 41:19.21 y Apocalipsis 12:3, 12:9 y 20:2). Y cierto es también que, en general, en la historia de la literatura, el dragón ha venido representando al mal y que muchos héroes, desde Hércules, Perseo y Belerofonte, hasta Sir Gawain y Sigfrido, han luchado con ellos y les han vencido. Sí, lo sé. Pero también sé que hay formas y formas de presentar las cosas y que, además, depende de a quién se presenten. Desde luego no pretendo que mis hijas conozcan del Maligno más de lo estrictamente necesario, pero algo sobre él han de saber, para que puedan combatirlo. Y a fe que los libros, los buenos libros, ayudan; pero no es este el momento ni el lugar. Por ello si hoy hablo de dragones, quede claro que no hablo de Lucifer. No obstante, recuerdo aquí la respuesta que dio Chesterton en Enormes minucias a una mujer que denunció los cuentos de hadas por ser demasiado atemorizantes y oscuros. La terrible oscuridad, insiste Chesterton, ya es conocida por el hombre a través del mundo y desde el interior de su alma. El cuento de hadas, argumenta, nos ofrece la derrota de esa oscuridad: «La idea de que estos terrores ilimitados tenían un límite, que estos enemigos sin forma tienen enemigos en los caballeros de Dios, que hay algo en el universo más místico que la oscuridad y más fuerte que un miedo fuerte».

Así, al lado de la clásica identificación del dragón con el Mal, ya comentada, y la utilidad manifiesta de su uso en leyendas e historias como demostración de la posibilidad real de su derrota (a ello apunta la famosa frase de Chesterton de que «los cuentos de hadas no dicen a los niños que los dragones existen. Ellos ya lo saben. Lo que los cuentos dicen a los niños es que a los dragones se les puede vencer»), existen otras lecturas. Sabemos que las historias y cuentos que presentan a los monstruos como algo bueno pueden encerrar lecciones valiosas, como las historias de Androcles, San Jerónimo o San Mamés con los leones o la de Una y el león, contenida en el poema épico de Edmund Spencer, Faerie Queene (aunque aquí hay que decir que Spenser, en público servicio a la anglicana Isabel I, identificó a la Iglesia Católica con un dragón empeñado en destruir Inglaterra).

Una y el león, obra de Briton Riviére (1840-1920).
De esta manera, las historias de monstruos amigables son la imagen especular de otro tipo de realidad, también necesaria de conocer, la de la traición, donde alguien en quien se confía por su aparente lealtad y bondad (un amigo, un aliado, un compañero y hasta un hermano como Caín) resulta ser poco confiable a pesar de las apariencias. Es siempre oportuno saber de la existencia de lobos con piel de cordero.

Y al contrario, a veces las cosas que percibimos como amenazas en la vida real (que podrían corresponderse con los monstruos o dragones en las historias y leyendas) pueden ser inocuas, o incluso resultar beneficiosas o convenientes. Para los niños esta es una experiencia cotidiana asociada al crecimiento y la maduración: temen irracionalmente cosas que en realidad no representan para ellos ninguna amenaza e incluso pueden ser útiles. Y resulta un gran alivio descubrir que no debemos temer algo que antes nos aterrorizaba; a ello se refiere Rilke en la frase inicial, cuya continuación dice: «Quizás todo lo que nos asusta es, en su esencia más profunda, algo indefenso que requiere de nuestra atención». Entre el relato y el lector, no importa la edad, esto puede pasar.

Y respecto a los monstruos ocultos tras confiables apariencias nos advierte otra vez Chesterton: «Detrás del uniforme escarlata y las charreteras, detrás de la esclavina de armiño y la toga del consejero, detrás, helás, del traje negro y de la corbata blanca, detrás de más de un exterior respetable, tanto en la vida privada como en la pública, tememos descubrir de vez en cuando, acechando, los llameantes ojos del dragón y sus sonrientes mandíbulas, su poder tiránico, y su crueldad infernal. Lector, cuando tú o yo nos topemos con él, cualquiera sea su disfraz, ojalá podamos enfrentarlo con coraje, y quizá incluso rescatar a un par de cautivos de su negra cueva; que podamos portar una lanza corajuda y un escudo intachable a través de los aplastantes embates del mundo, y que nuestras cansadas espadas hayan golpeado ferozmente las crestas pintadas de la Impostura y de la Injusticia cuando aparezca el oscuro Heraldo que ha de conducirnos ante el pabellón del Rey»

Lo cual nos reconduce a la necesidad de reconocer el mal, para así identificarlo y poder combatirlo, pues sino correremos el peligro de volvernos un monstruoso y maléfico dragón.

«Eustace se había transformado en un dragón mientras dormía. Por dormir sobre el tesoro de un dragón y por tener pensamientos codiciosos como los de un dragón en el corazón, se había vuelto él mismo un dragón.» 
                                         La travesía del viajero del Alba, de C. S. Lewis.

Hay algún otro señor confiable que nos habla de los dragones, y no sólo de aquellos que incluyó en sus libros. Me refiero a Tolkien. Se dice por algunos de sus biógrafos, que el joven Ronald encontró deleite en los libros de hadas de Andrew Lang, especialmente en El libro de hadas rojo, donde descubrió, escondido en sus páginas finales, la mejor historia que jamás había leído. Se trata de la leyenda de Sigfrido, quien mató al dragón Fafnir: un extraño y poderoso relato ambientado en el anónimo Norte. Cada vez que lo leía, el joven Ronald lo encontraba absorbente y fascinante.  Al respecto dejó escrito en una de sus cartas: «Deseaba dragones con un profundo deseo... Por supuesto que mi tímido cuerpo no quería tenerlos en el vecindario. Pero el mundo que los contenía, incluso la imaginación de Fafnir, era más rico y hermoso, fuera cual fuera su coste de peligro».

Ilustración de Virginia Frances Sterrett (1900-1931) representando a Cadmo y su dragón para Los Cuentos de Tanglewood de Hawthorne, e ilustración de Donn P. Crane (1878-1944), para la historia de Sigfrido y el dragón Fafnir.
Así que hay dragones que no parecen dragones, que se nos presentan escondidos tras un disfraz, con aspecto de una aparente bondad tras la que se ocultan almas podridas y oscuras (lobos vestidos de cordero) y nominales dragones que aparentan ser fieros y maléficos, pero que encierran un dulce corazón. Y es preciso saber que haberlos, haylos y que se debe aprender a distinguirlos, aunque para ello en ocasiones haya que tener la voluntad de «mirar al dragón con ojos desencantados», y, no nos olvidemos, se deban leer “los libros apropiados”, como dijo C. S. Lewis.

Tolkien (que de esto sabía un poco), defendía que «los dragones, dragones reales, esenciales tanto para la construcción como para la idea del poema o el cuento, en realidad son raros». Pero no se estaba refiriendo a dragones virtuosos o moralmente buenos”, que son, básicamente, una invención moderna, sino a bestias que exhiben las características típicas del draco sin convertirse en meras representaciones alegóricas del mal.

Sea o no sea esto así, raros sí que son y por ello es importante encontrarlos, y algunos, como he dicho, se encuentran en los “libros apropiados”. En el próximo post hablaré de algunos de estos libros. Espero que si deciden ofrecerlos a sus hijos, sean de su gusto y algo aprendan con ellos.

miércoles, 6 de junio de 2018

DEL SILENCIO Y LA LECTURA (¡Shhhh!, que estoy leyendo)

Tishina (Silencio), de Tatiana Yushmanova (1979 - ).



«El silencio no es una ausencia. Por el contrario, es la manifestación de una presencia, la más intensa de todas las presencias».
Cardenal Robert Sarah

«Solo hay epifanías en el silencio de los bosques. O en el silencio del alma».
Nicolás Gómez Dávila

«Si la palabra de Dios fuese proclamada en el mundo moderno, nadie la oiría; hay demasiado ruido. Por consiguiente, hay que crear silencio».
 Sören Kierkegaard



Se ha dicho –e intuyo que es cierto–, que en el trato con Dios tienden a desaparecer las palabras y la comunicación se efectúa de Ser a ser, de dentro a dentro. Esto nos enseñan los santos cuando nos relatan sus experiencias místicas. Así, San Francisco de Sales nos dice:

«Ciertamente, en la Teología mística el principal ejercicio es hablar con Dios y oírle hablar en lo íntimo del corazón; y porque esta conversación se hace por medio de secretísimas aspiraciones e inspiraciones, la llamamos coloquio de silencio: los ojos hablan a los ojos y el corazón al corazón, y nadie entiende lo que se habla más que los sagrados amantes que hablan».

De esta manera, el silencio se vuelve uno con la palabra, sonoro y mudo a un tiempo, inasible, indecible y profundo. Pero siendo esto así, ¿cómo puede el habla transmitir con justicia la forma y la vitalidad del silencio? Quizá no se trate de eso, sino de que el silencio sirva a la palabra y más si esta es la Palabra creadora.

Dice T. S. Eliot: 
    
«¿Dónde habrá de encontrarse la palabra, dónde resonará?
Aquí no, porque aquí no hay silencio suficiente».

El silencio es el lugar donde resuena la Palabra, pero paradójicamente viene tras ella, pues la Palabra es la que está «en el principio» (Jn 1, 1.3). Lo primero no es el silencio, sino el Logos, pero es el silencio dónde Aquél atrona, retumba y suena. 

A eso se refería Kierkegaard en la frase con la que se encabeza esta entrada, por eso «hay que crear silencio».

Dionisio Areopagita escribió:

«Allí los misterios de la Palabra de Dios
son simples, absolutos, inmutables
en las tinieblas más que luminosas
del silencio que muestra los secretos.»
San Ambrosio, de autor desconocido (fresco en los Museos Vaticanos) y San Agustín, de Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610).
Así que el silencio facilita la escucha de la Palabra y «muestra los secretos». Por tanto, propicia la contemplación y la relación con Dios y su conocimiento, pues «el silencio es una de las formas más útiles de templanza, uno de los medios más eficaces para regular los movimientos del corazón, la mejor salvaguardia del tesoro del alma, es decir, Dios y su Verbo, que exigen una habitación digna y recogida» (San Gregorio Nacianceno)

El silencio también habla, musita con voz tenue y apagada, canta con profundo recato una partitura blanqueada, sin notación ni claves, como la famosa 4´33" del compositor John Cage. «Y todo poeta, ¿no tiene la impresión de que no hace más que traducir en sus versos las misteriosas revelaciones del silencio, al que oye, según la fórmula de D'Annunzio, como "himno sin voz" ?» (Sertillanges). Solo hay que escuchar, y para ello, callar: el silencio reclama silencio.

En todo caso, «De lo que no se puede hablar, mejor es callar», dejó dicho el filósofo Ludwig Wittgenstein en la lacónica proposición 7ª de su Tractatus; y ciertamente es así, pues si Dios es inefable, nada sabemos de Él, salvo aquello que Él mismo nos dice; por tanto, hay que escuchar, y para escuchar nada hay como callar.

Y en cuanto a la lectura, que es de lo que aquí me ocupo, ¿es el silencio igual de necesario? Basta nuestra propia experiencia para colegir que en lo del leer no se da esa exigencia: el silencio puede ser importante, pero no es imprescindible.

De hecho, la lectura en la antigüedad fue más sonora que muda (ver la entrada,
la lectura en voz alta), aunque nos llegan testimonios de la práctica de una lectura en silencio, tan propia de nuestra modernidad. Así, el santo-filósofo Arignoto nos dice: «tomé los libros... después de coger una lámpara, entré sólo, dejé la luz en la estancia más grande y me puse a leer en silencio, sentado en el suelo» y por su parte, Apuleyo invita al lector, al principio de sus Metaformosis, a leer su obra en lepido susurro. Así, en la Antigüedad, el leer a media voz, con susurros o en silencio, se asociaba a una lectura solitaria e íntima de lo fantástico, lo mágico y lo novelesco.

Más tarde, el Cristianismo impulsó este tipo de lectura silenciosa, tendente a la interiorización y a la meditación, sobre todo de las Sagradas Escrituras. San Agustín leía in silentio y él mismo nos cuenta de San Ambrosio de Milán que «cuando [éste] leía, sus ojos se deslizaban a lo largo de la página y la mente captaba el sentido de ésta, pero la voz y la lengua permanecían inmóviles. A menudo, encontrándose allí.. ., lo veíamos leer así, en silencio».

Por su parte, en la Regla de San Benito se encuentran menciones a la lectura individual y a la necesidad de leer para uno mismo a fin de no molestar a los demás, y San Isidoro, al parecer, prefería la lectura en silencio, ya que esta permitía una mejor comprensión del texto, porque «el lector aprende más cuando no escucha su voz»; de este modo se podía «leer sin esfuerzo físico, y al reflexionar sobre las cosas que se habían leído, éstas se caían de la memoria con menos facilidad»; y el gran santo termina diciéndonos:

«Si un hombre quiere estar siempre en compañía de Dios, debe orar regularmente y leer regularmente. Pues, cuando oramos, hablamos con Dios, y cuando leemos, Dios nos habla».

Por tanto, si al leer es Dios quien nos habla, debemos callar, por respeto, pues quién si no Él merece toda nuestra atención («Oíd, hijos, las instrucciones de un padre; y prestad atención para aprender prudencia». Prov. 4:1), pero también por necesidad, pues de lo contrario quizás no oigamos o, aún oyendo, entendamos mal. Así, el silencio se asoció a una forma de lectura más profunda, más íntima, mas auténtica. Y, de esta forma, el silencio se hizo refugio, espejo y eco, se hizo espacio de resonancia para la palabra. Porque leer silenciosamente supone estar en silencio no sólo en el interior sino también en el exterior, para centrar la atención exclusivamente en la palabra escrita, en aquello que ésta evoca, refiere o nombra.

Quizá sea así porque, como escribió John Senior, el único lenguaje católico es «la música, cuya raíz etimológica significa "silencio", como "mudo" y "misterio"». Es la música entonces «la voz del silencio, y así se sigue que para entrar con Nuestro Amado Señor en esa oración de silencio y orar a Nuestra Señora Bendita, para que Él nos lleve allí, debemos aprender a hablar ese idioma también, es decir, debemos conocer la música y especialmente la música de las palabras, que es poesía».

«Vamos del silencio hacia la música»
«música que es gloria del silencio» ... «un silencio vivo, un silencio glorioso, un musical silencio», como cantó el poeta Mario Míguez.

Y es que siempre volvemos a lo mismo. A un mudo resplandor, a un silencio locuaz.

Escribió Ovidio: «A menudo hay elocuencia en una mirada silenciosa».

El misal, de John William Waterhouse (1849-1917) y Neaera leyendo una carta de Catulo, de Henry John Hudson (1862-1911).

Hoy la costumbre del leer se ha vuelto una práctica silenciosa, pero, ¡oh, paradoja!, para leer de esta manera son precisas dos cosas, silencio y concentración, y ambas cosas son extraordinariamente escasas en nuestros días. Probablemente por eso se lee hoy tan poco.

«Están destruyendo algo precioso, como es la posibilidad de la contemplación. Han creado un mundo en el que nos miran constantemente y siempre nos distraen»; así dice Franklin Foer en su obra, Mundo sin mente: la amenaza existencial de Big Tech (2017). Por su parte Matthew B. Crawford, en su libro El mundo más allá de tu cabeza: cómo crecer en la Era de la Distracción (2015), dice: «Si el aire limpio nos posibilita respirar, el silencio nos permite pensar», y hoy ese aire del pensamiento, ese medioambiente simbólico está muy contaminado por todo tipo de ruidos. Es cierto, todos lo sentimos en nuestro día a día: nuestros teléfonos suenan, vibran y parpadean, la televisión no deja de acompañarnos en casa y los anunciantes nos persiguen hasta por las calles, creando a nuestro alrededor una distracción ensordecedora, y todo eso nos impide leer y reflexionar sobre lo que leemos.

Otra paradoja acompaña a la relación entre el silencio y la lectura; y es que el silencio no solo implica una ausencia de lenguaje verbal, sino que, además, significa ausencia de sonido. Y ambas ausencias facilitan el ensimismamiento, la concentración, la reflexión y, en último término, la contemplación, propias de la lectura silenciosa. 


Calma silenciosa, de Nikolay Nikanorovich Dubovskoy (1959-1918).



Porque la interrupción y la distracción no han llegado solas, el ruido ha irrumpido también en este tipo de lectura y lo ha hecho trasmutando el ambiente tranquilo y silente que le era connatural. El ejemplo paradigmático es la cuasi sacrílega transformación que han sufrido las bibliotecas, antaño templos del saber donde el silencio era elemento sustancial e imprescindible para el desenvolvimiento de su correcta función. Hoy cualquiera que acceda a una biblioteca universitaria no puede dejar de sorprenderse por la ausencia de silencio: la mayoría de los estudiantes parece preferir una atmósfera de sonido ambiental constante, de ruido, en medio de lo que tiende a ser más una lectura social que una lectura reflexiva y meditada. Incluso los que semejan ser lectores privados se acompañan de su propio ruido mediante auriculares que entremezclan en su cabeza lo leído con un fondo musical constante. 

William H. Wisner, bibliotecario de profesión, nos lo dice en un libro sombrío, ¿Hacia dónde va la biblioteca postmoderna? bibliotecas, tecnología y educación en la era de la información (2000), donde nos advierte sobre un desastre inminente, no solo para la biblioteca, sino también para la educación y la civilización. Este breve trabajo se dirige principalmente a bibliotecarios académicos, pero no puede dejarse de lado.  Algo más asequible es su artículo Restaurar el noble propósito de las bibliotecas, que recomiendo leer, donde dice:
«En algunas bibliotecas hoy en día es imposible encontrar un lugar lo suficientemente tranquilo como para simplemente leer y estudiar sin ser molestado. Lo que yo llamo la biblioteca posmoderna, la biblioteca más la tecnología, se deconstruye a sí misma»
Al igual que Wisner, no creo que así la lectura silenciosa haga su función; no lo creo. Se trata de una desnaturalización grave, una más. Por lo tanto, hay que hacer algo, y pronto. Es necesario rescatar esta comunión silenciosa entre lector y escritor que supone la lectura callada y sosegada, y que da paso a la reflexión y a la contemplación. Nuestros hijos lo necesitan.

San Jerónimo, de Gerard Seghers (1591-1651) y San Isidoro, de Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682).

Como ya he dicho en otra ocasión, en nuestra casa solemos hacer uso de los tiempos de lectura (la hora de lectura, en Construyendo un hábito), y para esos momentos tratamos de crear una atmosfera de tranquilidad y de silencio; cada uno se acomoda en un lugar propicio y cómodo y, acompañados del libro de turno, nos abandonamos todos a la lectura... calladamente, lepido susurro. En la habitación reina la calma, solo se escucha el pasar de páginas y, en ocasiones, una tímida carcajada o una agitada respiración. De esta forma, mis hijas han ido aprendiendo a apreciar el silencio.

Porque además de tratar de leer en silencio, hemos de esforzarnos por huir del ruido y la distracción para poder leer y meditar sobre lo leído. El silencio interior ha de comulgar con el silencio exterior.

¡Shhhh!, que estoy leyendo. Se oye decir a veces en nuestra hora de lectura

El silencio puede que oculte algo, pero también revela. Ojalá enseñemos a nuestros hijos a escuchar en esa calma reveladora, porque sabemos que al final, el resto no será silencio, como decía Hamlet, sino bullicio de gloria resonando en la eternidad.

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