miércoles, 7 de febrero de 2018

¿MITOS PAGANOS PARA NIÑOS CRISTIANOS?

El carro del Sol, de John Charles Dollman (1851–1934).


«Buscad y encontraréis». 

Mt 7, 7; Lc 12, 9


«La Poesía es más verdad que la Historia».

Aristóteles

«Antes de la venida del Señor, la filosofía era necesaria a los griegos para la justicia; ahora, en cambio, es útil para conducir las almas al culto de Dios». 

San Clemente

«Todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos».

San Justino 



He dedicado dos entradas a las mitologías paganas y su literatura (una muy reciente: MITOS Y LEYENDAS NÓRDICOS: LOS HÉROES DE HIELO Y FUEGO y otra hace ya bastantes meses: LOS MITOS Y LAS LEYENDAS (griegos y romanos)), y quizás, tras leerlas, algunos se planteen la siguiente pregunta: ¿Son esas historias apropiadas para nuestros hijos?

Desde luego, para aquellos que ya les están dando una ración desmedida de neopaganismo a través de videojuegos y cómics de superhéroes (aderezada con monstruos, violencia y sangre a raudales), la respuesta es inmediata: mejor es siempre el original. Pero para los demás, vayan estas líneas. 


Thor luchando contra los Gigantes, de Marten Eskil Winge (1825-1896).

De entrada, reconozco que la primera impresión puede ser negativa. Las mitologías escandinava y grecolatina son cosmogonías sombrías; exaltan la belleza del hombre, pero lo sumen en la fatalidad y la nada.

En la mitología griega la tragedia se esconde en el pasado; los acontecimientos del mundo homérico y los mitos relatados por Apolodoro y romanizados por Ovidio tienen lugar en un tiempo presente que, de tanto en tanto, rememora el original caos. La tragedia, la amenaza de la destrucción, yace en el origen del mito griego. 

En la escandinava, la tragedia está presente siempre y, además, se proyecta hacia el futuro, pues el Ragnarök, la batalla final entre los dioses y los gigantes de escarcha, sucederá sin remedio y terminará también sin remedio con la derrota de los primeros. 

En ambas mitologías late la concepción de un hombre sin futuro, bello y orgulloso, pero sujeto a un destino fatal o al capricho de dioses crueles y perversos. 


La huída del Rey Gradlon, de Évariste Vital Luminais (1822–1896).
A diferencia de estas mitologías paganas, el cristianismo trata de la salvación del hombre y rezuma por tanto un optimismo radical. Y, sin duda, supera ampliamente a ambas, pero no solo por ser más perfecta ni más bella, o más convincente o razonable, que también, sino fundamentalmente porque es  inconcebible y, a un tiempo, extrañamente creíble. Y porque es verdadera. 

¿Qué dios se hace hombre, y hombre humilde y pobre, y sufre como ningún hombre sufrió jamas, y lo hace, no por vanidad, ni orgullo, ni poder, ni distracción, sino por amor? No hay nada igual a esto; jamás nadie imaginó algo así. Como dijo C. S. Lewis:
«Dios no puede ser producto de mi imaginación, porque, para nada, Él es lo que yo pude imaginar de Él». 
Y es que, como hermosamente señaló Chesterton:
«La mano del Dios que había moldeado las estrellas se convirtió de repente en la manecita de un niño que gimotea en una cuna».  
Por ello el cristianismo nos cuenta una historia que está más allá de lo humanamente imaginable. Y sin embargo, resulta que es lo que todos, en nuestra más íntima convicción, esperamos y hubiéramos deseado imaginar. A ello apuntaba Lewis cuando decía «si encuentro en mis deseos que nada en esta tierra puede satisfacerme, la única explicación lógica es que fui hecho para otro mundo, el Cielo», y también a ello se refería San Agustín con aquello de «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti», o el Cardenal Newman cuando escribió, «creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el futuro».

Todos sentimos ese anhelo, pero no podemos comprenderlo.

Por razón de este fuerte contraste (y hasta oposición) entre el cristianismo y las mitologías paganas, el planteamiento de la cuestión que he formulado al principio parece, no solo pertinente, sino inevitable; y desde luego no es un dilema nuevo. 

Desde tiempos remotos, los cristianos han discutido sobre la conveniencia y el papel de la cultura pagana especialmente su literatura y su filosofía, en el aprendizaje y la educación de los más jóvenes. Soy consciente de que este debate no ha desaparecido, pero creo que podría convenirse en que, en general, la Iglesia ha preferido más bien utilizar esta cultura pagana que repudiarla. Hay bastantes opiniones autorizadas y muy convincentes al respecto. Además, está detrás de ello la experiencia de más de 2000 años y no parece que el experimento haya fracasado. 


Ulises y las sirenas, de John William Waterhouse (1849-1917).
Ya en su día, San Basilio el Grande se dirige a sus contemporáneos en su opúsculo, A los jóvenes: Cómo sacar provecho a la literatura griega, para decirles que la literatura pagana complementa el estudio de la Biblia para los cristianos educados:
«Las Sagradas Escrituras nos llevan hacia la Vida Eterna» (…). Ahora bien, mientras por razón de la edad no es posible percibir la profundidad de sus designios, nos vamos previamente ejercitando, entretanto, con el ojo del alma en otros escritos no del todo distintos, algo así como en sombras y espejos, a imitación de los que se entrenan en maniobras militares (...). Y el caso es que, como necesariamente debemos creer que la competición que tenemos delante es la mayor de todas, por ella hemos de hacer cualquier cosa y esforzarnos todo lo posible en prepararla y en familiarizarnos con poetas, prosistas, oradores y con todos los demás de los que venga a obtenerse alguna utilidad para el cuidado del alma (...). Y una vez que estemos acostumbrados a ver, como si dijéramos, el sol reflejado en el agua, dirigiremos así nuestra mirada a la luz misma». 

El propio San Agustín fue educado en el aprendizaje de Horacio, Virgilio y Ovidio, y esto no impidió su conversión arrolladora; y si bien es cierto que en algunas de sus obras se muestra contrario a su uso (p.e. en La Ciudad de Dios, quizás por su carácter apologético), también habla del tesoro de sabiduría estética, política y moral de los gentiles. Por su parte, San Jerónimo se refiere a las letras paganas como a una bella, aunque salvaje, cautiva, a la que lavar, pulir y adecentar, antes de contraer matrimonio con ella. 

Y no solo eso, hemos visto que una parte esencial de la educación cristiana clásica, desde la Edad Media hasta hace relativamente poco tiempo, estaba constituida por el estudio y dominio del griego y del latín, y con ellos, del conocimiento y disfrute de la literatura y la poesía clásica, con inclusión de las historias de sus mitologías. Teólogos y filósofos medievales bebieron profundamente del pozo de filósofos como Platón y Aristóteles o de poetas como Homero y Horacio. 


Odín y Brunilda, de Ferdinand Leeke (1859-1923).
Hay todavía más argumentos: La escuela catequística de Alejandría, con profesores como Clemente y Orígenes, enseñaba no solo la fe, sino también la filosofía y las matemáticas paganas. Después de la caída de Roma, Boecio y Cassiadorus abogaron por una educación cristiana y clásica, escribiendo libros de texto para el trivium y el quadrivium. La Iglesia fundó las primeras universidades, y los nombres de Santo Tomás de Aquino, San Gregorio Magno, Alcunio y muchos otros se alimentaron intelectualmente del pensamiento y la literatura clásica. 

Los católicos tenemos una abrumadora herencia educativa, artística, literaria y cultural de la que es parte muy importante la cultura clásica pagana, y como dijo Christopher Dawson en La Crisis de la educación occidental, disponemos de una enorme y rica herencia, que constituye una cultura cristiana viva, que es necesario trasmitir y en la que deben ser formadas las futuras generaciones. 

Y ello no cesó en todo este tiempo, ni ha cesado aún. 

No puede decirse entonces que los católicos seamos unos primerizos en esto de la educación y que la cultura clásica sea extraña a la educación cristiana. No. 


Edipo y Antígona, de Charles Francois Jalabert (1819–1901).

Por otro lado, creo que ninguno de los hombres insignes que he mencionado se apartaría mucho de aquello que C. S. Lewis escribió una vez: «Un pagano (...) es un hombre eminentemente convertible al cristianismo (...). Los cristianos y los paganos tienen mucho más en común entre ellos que con cualquiera de los postcristianos (...). Un postcristiano no es en absoluto un pagano, sería como creer que una mujer recupera su virginidad gracias a que se divorcia. El postcristianismo queda separado del pasado cristiano y por lo tanto, doblemente separado del pasado pagano». De hecho Lewis sostenía que para que el hombre postcristiano se interesase por el cristianismo, casi habría que partir por volverlo un pagano. 

Me gustaría llamar la atención sobre el hecho, para mí indiscutible, de que, si bien no somos modernos neopaganos, sino cristianos, inevitablemente estamos contaminados de este mundo postcristiano (y los niños probablemente más). Y si bien no se trata de que nos volvamos paganos, como sugería Lewis, tenemos mucho que aprender de aquellos que, aunque no fueron cristianos, experimentaron la expectativa o el asombro antiguo de creer en alguien más grande que el hombre y su destino. Intuyo que los grandes santos de la patrística que he citado antes estarían hoy más de acuerdo que entonces sobre la idea de que algo bueno podemos encontrar en los clásicos de la antigüedad. 


Sigfrido cabalga a través del muro de fuego, de Willy Pogany (1882-1955).

Por último, es posible que frecuentar tales compañías tenga algún que otro beneficio adicional. En la anterior entrada hablé de Tolkien y de su visión de los mitos como recreación en un lenguaje humano de verdades eternas. En la famosa conversación que mantuvieron C. S. Lewis y él, que solo podemos vislumbrar a cierta distancia y escuchar como en susurros, Tolkien pudo haber dicho a Lewis lo siguiente:
«Jack, hacemos las cosas bajo la Ley por la que fuimos hechos. Nosotros creamos (mitos, historias, fantasías), porque fuimos creados. La creatividad, la imaginación, es la imaginación de Dios en nosotros. Nosotros contamos cuentos porque Dios es un narrador de cuentos. En realidad, Él es ´el Narrador de cuentos´. Nosotros contamos nuestras historias con palabras, Él cuenta su historia con la Historia. Los hechos de la Historia son sus palabras y la Providencia es el hilo de su narración. (...) El cristianismo es el mito verdadero. Jesús existió y esto es lo que da sentido a todas las demás historias. Es la historia en las que todas las historias tienen su fuente y a la que todas apuntan». (Tomado del blog The Wanderer: Caminante).  
Así que, esas otras historias no solo podrán ser puertas y caminos para acercarse y comprender la Verdad, como señalaba San Basilio, sino también vías de emulación para dar rienda suelta a aquello que está ínclito en nuestra naturaleza y que en algunos aflora por fortuna: nuestra alma de bardos cantores que subcrean efímeros destellos de belleza, a imagen y semejanza de Aquel que nos creó. ¿Quien sabe si alguno o algunos pequeños cantarán algún día como cantaron Homero o Virgilio, o Snorri Sturlusson, Elías Lönnrot, Dante y Tolkien?


San Pablo en el Areópago, Socrates y Platón en la Académia y Aristóteles en el Liceo, todos de
Gustav Adolph Spangenberg (1828–1891).
¿Son estas historias apropiadas para nuestros hijos? Mi respuesta es un sí, un sí rotundo, aunque habrá que hacer como con casi todo: seleccionar lo bueno y desechar lo malo, teniendo como guía a Cristo.

No podemos olvidar que es su relación con el «único mito verdadero» lo que da a este arte pagano relevancia, interés y, sobre todo, valor. Solo bajo dicha predica pueden estas historias ser mostradas a los niños y jóvenes. Jesús es el Logos y esto implica que Él es la razón verdadera y la imaginación verdadera. Él es la única respuesta a la idolatría del intelecto, que vemos en el moderno racionalismo, y a la idolatría de la imaginación, que vemos en el antiguo paganismo. El arte, la literatura, la filosofía y la poesía clásica es valiosa, sí, pero este valor debe ser explicado a través de Cristo y solo a partir de esta premisa puede y debe ser ofrecido a los más jóvenes.


Virgilio, Horacio y otros en la casa de Mecenas, de Charles Francois Jalabert (1819-1901).

Como decía San Basilio, se tratará de «probar la miel sin veneno, coger la rosa sin espinas, ser Odiseo sin dejarse seducir por las sirenas», para que los chicos puedan entrenarse bien antes de acceder a las Sagradas Escrituras. En este sentido, les será útil aprender del ejemplo de determinadas figuras o prototipos literarios como Hércules, Beowulf, Sigfrido, Odiseo, Krimilda, Antígona y los demás, o de las vidas protocristianas de algunos personajes históricos, tal cual Eurípides, Pericles, Euclides o, especialmente, Sócrates. A su vez, este conocimiento podría servir para despertar el ars poētica que, como reflejo de la imagen del único y original ´Narrador de cuentos´, puede encontrarse en el corazón de algunos niños.  

En nuestra casa hemos hecho algún intento en esa dirección: empezamos leyendo, a la hora de acostarse y en voz alta, las historias de héroes griegos de Charles Kingsley o las adaptaciones de clásicos de la colección Araluce, y luego fuimos subiendo de intensidad; recuerdo especialmente la lectura en alta voz del Beowulf de Tolkien, realizada por mi hermana Natalia, rodeada de niños; la audiencia oscilaba entre los 5 y los 11 años y he de decir que todos quedaron fascinados. Ahora mis hijas leen el Libro de las Maravillas y los Cuentos de Tanglewood de Nathaniel Hawthorne y hacen sus personales incursiones en el Beowulf de Tolkien antes mencionado; saben de mitos, historias y leyendas y tienen una idea del valor que representan.    

Y termino con otro consejo, esta vez de San Clemente de Alejandría, que nos dice:
«El que sabe recoger de entre lo que oye toda flor buena para su provecho, por más que sea de los griegos pues ´del Señor es la tierra y todo lo que la llena´ (Sal 23, 1; Cor 10, 26), no tiene por qué huir de la cultura a la manera de los animales irracionales. Al contrario, el que está bien instruido ha de aspirar a proveerse de todos los auxilios que pueda, con tal de que no se entretenga en ellos más que en lo que le sea útil». 


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sábado, 27 de enero de 2018

SECRETOS, LIBROS E INFANCIA

Nuestro Señor Jesucristo bendiciendo a los niños, de Henryk Hektor Siemiradzki (1843-1902).


«Yo te bendigo Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque has ocultado a
los sabios y has revelado a los pequeños».

Mt 11, 25-27.

«Tú eres para mí un refugio que me libra de la angustia».

Salmos, 31, 7.

«No cesaremos en la exploración,
por más que su final sea llegar donde comenzamos
y conocer el lugar por primera vez».

T. S. Eliot.


Parecería, al menos para la mente adulta, que la infancia es un tiempo de secretos. Pero los secretos de los niños no son necesariamente del tipo que los adultos albergan. Son menos siniestros, menos oscuros (los mayores los hemos usado con frecuencia para la mentira, la opresión o el abuso; eso no suele ocurrir en la infancia). En la niñez, el término secreto adquiere un significado cercano al origen etimológico de la palabra, que deriva del latín secretus y significa apartado, escondido, y, por lo tanto, se encuentra alejado de sus significados peyorativos o negativos, como prohibido, oculto o pecaminoso.


El secreto, de Lawrence Alma-Tadema (1836-1912)
Todos recordamos la fascinación que despiertan juegos como el cu-cu, tras o el escondite, o la eterna pregunta definidora de confianzas y lealtades: «¿sabes guardar un secreto?», y tan relacionada con aquello de que un secreto que se cuenta ya no es un secreto (aunque, como todo niño sabe, si bien es conveniente compartir tus propios secretos con los amigos de verdad, los secretos de tus amigos nunca deben compartirse con otros). 

Probablemente, como relata Edmund Gosse, el secreto nos permitió, en una edad temprana, descubrir nuestra conciencia y escuchar por vez primera su voz: 
«Había un secreto en este mundo y me pertenecía a mí y a alguien que vivía en el mismo cuerpo, conmigo. Había dos en mí, y podíamos hablar».
En nuestras vivencias infantiles y en las que observamos de nuestros hijos, está siempre presente el secreto: lugares en los que esconderse, lugares donde enterrar un tesoro, pasadizos y refugios ocultos de las miradas adultas y de las de los otros niños, cajas, cajones y rincones donde esconder nuestras más preciadas posesiones, cofres, roperos, armarios, casas en los árboles, cuevas, túneles, escondites secretos, diarios secretos, juramentos secretos, contraseñas secretas, clubes secretos… lugares, palabras, pensamientos, acciones, en los que y a través de los que participar en la creación y vivencia de historias imaginadas. Y es que el secreto para el niño va siempre asociado a la fascinación. Los lugares secretos son su pequeño reino.


Quehaceres de la granja, de Alfred van Muyden (1818-1898).
Me detengo y leo a mis hijas lo que llevo escrito; ellas me recuerdan, en tono de reproche, que hay otros lugares secretos a no olvidar; otros lugares aislados que ofrecen a los niños espacios privados, confortables y seguros: el recinto cubierto creado por una manta tendida entre los árboles o arrojada sobre tablas, el espacio oscuro debajo de una cama o tras las escaleras, o el fondo tenebroso y silencioso de un gran armario. La imaginación infantil trasforma todos estos espacios en guaridas, refugios o fortalezas, pero eso sí… siempre secretos.

¿Cuál es la contraseña?, de Edmund Adler (1871-1957)
Desde luego, no hay duda de que la infancia es patria de secretos. Y no piensen que se trata de una cuestión baladí, no. Al parecer tales espacios juegan un papel clave en el desarrollo de los niños y conservan un poder simbólico que resuena a lo largo de la vida adulta (Bachelard). Investigadores prestigiosos han señalado la importancia de la creación de lugares secretos para el juego de los niños; hablamos del juego imaginativo, claro, no del mecánico y automatizado de las maquinitas de hoy.

En todo caso, se trata de un fenómeno valorado, pero quizás mal comprendido. Hay una diferencia entre la privacidad y la ocultación, propia del concepto adulto de secreto, y el secreto infantil, propio del juego de los niños. Porque la privacidad es más bien un retiro deliberado de los demás, mientras que el secreto infantil se refiere probablemente a las relaciones con aquellos de quienes se guardan los secretos o con quién los secretos son compartidos. En suma, el secreto es para los niños algo anudado fuertemente al juego y a la imaginación; se crea con otros niños y frente a otros niños. Es cierto que los pequeños buscan sus refugios ocultos como lugar de consuelo donde poder retirarse temporalmente de un mundo de adultos con normas y figuras de autoridad, pero es cierto también que lo hacen con la finalidad de crear un estado de ánimo de ensueño en el que jugar sin las limitaciones del mundo real.


Jugando al escondite, de James Tissot (1836-1902) y El escondite, de Charles Burton Barber (1845-1894)
Por eso no es extraño que los secretos, sean personas, lugares o confidencias, hayan sido objeto y sujeto de relatos infantiles. 

Sabemos de El Jardín secreto de Frances Hodgson Burnett, ya comentado aquí (enlace), y de las vivencias y angustias de Ana Frank y su refugio oculto, la Achterhuis, como ella lo denominaba; sabemos también del poder transformador de los espacios secretos para reconectar literal y metafóricamente a los niños huérfanos con un hogar y con su propio sentido de identidad. Sabemos del cobertizo de Guillermo y sus Proscritos, de Crompton; de la cueva, el invernadero del jardín, el cobertizo o la cabaña en el árbol de Los Siete Secretos, de Blyton; del armario que los hermanos Pevensie usan como puerta de acceso a Narnia, de Lewis; de El Jardín de medianoche, de Pearce; del bosque donde está el reino imaginario de Terabithia, de Paterson; del Valle del Arco Iris para los hijos de Ann Shirley, de Maud Montgomery; del Bosque de los siete acres para Winny de Pooh, Christopher Robin y los demás, de Milne; del interior del Árbol del Ahorcado para Peter Pan y los niños perdidos, de Barrie; del hogar subterráneo del Tejón en El viento en los sauces, de Grahame, o de La puerta maravillosa de Tony, de Howard Fast; también la idea del secreto y la ocultación flota sobre todas las páginas de La Isla del Tesoro.

Portadas de algunos de los libros mencionados.
Así que no hurtemos a nuestros hijos estos lugares especiales, estos espacios, tanto imaginativos como físicos, de los que como adultos carecemos. Facilitémosles su disfrute. Ellos deberían gozar (como nosotros gozamos) de la oportunidad de escapar y ocultarse jugando, sea en el patio trasero, en el bosque, en el parque o en casa, tras la escalera o bajo la mesa, sea con su imaginación, enfrascados en la lectura de alguno de esos libros. Es algo que, según J. M. Barrie, los adultos podemos recordar ,pero no habitar: 
«Nosotros también hemos estado allí, todavía podemos escuchar el sonido del oleaje, aunque no volveremos jamás». 
Creo que Barrie se equivocaba, pues algunos sí que podrán volver. Está escrito. Y probablemente ocurra como cantó Eliot en los versos que encabezan esta entrada, y entonces estos afortunados, a pesar de volver, conocerán «… el lugar por primera vez». 

Por eso los libros citados y muchos otros son, junto al mero juego natural, espontáneo e imaginativo, un buen medio de preservar esos secretos. 

Demos libros y secretos a los niños; ellos nos lo agradecerán. 




viernes, 19 de enero de 2018

MITOS Y LEYENDAS NÓRDICOS: LOS HÉROES DE HIELO Y FUEGO.

Iduna, hermana de Svald, de James Doyle Penrose /1862-1932).


«El mito es, por consiguiente, el  principio y el alma de la tragedia».
Aristóteles. Poética.

«Los hechos no vienen antes; la verdad es la primera».

G.K. Chesterton.


Según nos cuenta el poeta irlandés Padraic Colum en su Children of Odín: Nordic Gods and Heroes (un acercamiento de la mitología escandinava a los más jóvenes, lamentablemente no traducido al español), las viejas historias de los hombres del Norte relatan que una vez hubo otro sol y otra luna; un sol diferente y una luna diferente de los que vemos ahora y de los que habrá después. Y al igual que ocurre con el sol y la luna que ahora vemos, corrían tras ellos los lobos, los cuales terminaron alcanzaron y devorando a ambos. Y esto mismo sucederá ahora.
Y cuando suceda, el mundo enmudecerá y se volverá oscuridad y frío.
Pero antes de que acontezca esta catástrofe vivirán los dioses, Odín y Thor, Hödur y Baldur, Tyr y Heimdall, Vidar y Vali, así como Loki, el hacedor del mal, del caos y de la confusión. Y reinarán bellas diosas, como Frigga, Freya, Nanna, Iduna y Sif. Y en ese momento, también habrá hombres y mujeres en el mundo. Y los gigantes de escarcha y hielo acecharán a dioses y a hombres. E igualmente, antes de que el sol y la luna sean devorados y antes de que los dioses sean destruidos para siempre, sucederán cosas terribles en el mundo. Los hombres lucharán entre sí, hermano contra hermano, hasta que todo sea aniquilado.
Y los terribles vientos y el fuego destruirán y quemarán la Tierra. Y el sol y la luna volverán a ser devorados y estos tiempos de oscuridad, se llamarán Ragnarök, el crepúsculo de los dioses. Y parecerá el fin...


La cabalgata de las Valquirias, de William T Maud (1865-1903).
Pero entonces aparecerá un nuevo sol y una luna nueva y ningún lobo los seguirá. Y La tierra volverá a estar verde y hermosa, más verde y hermosa que nunca, y de un bosque profundo que el fuego no habrá quemado, despertarán de su sueño una mujer y un hombre. Y de su descendencia se nutrirá la nueva tierra y sobre todos ellos reinará para siempre Baldur, el único dios que restará ya, tras su vuelta a la vida. Y nunca más habrá dolor, ni pena, ni gigantes de hielo, ni muerte.
Así nos lo cuenta Padraic Colum.
Al igual que la mitología griega, la escandinava es otro de los pozos de esencias del saber del que beber desde la juventud. Su fertilidad imaginativa es similar a aquella, si bien cierto es que no la cortejan tantos pensadores, escritores y poetas como a la grecorromana, aunque, al igual que esta, también nos da acceso a la filosofía perenne.
Por mitos y leyendas nórdicas se suelen entender aquellos que recogen tradiciones tanto germanas como escandinavas, celtas e islandesas.
El grueso de estas tradiciones y leyendas se encuentra en unas pocas obras: dos sagas islandesas llamadas la Edda Poética (mayor) y la Edda Prosaica (menor), los Poemas Escáldicos y el Beowulf, una de las cumbres de la poesía nórdica. Muy posiblemente lo recogido en estas obras pueda muestra la influencia en ellas del Cristianismo, y a su través, de la cultura Clásica, no parece albergar dudas. Como nos señala Borges, «el poeta de la epopeya de Beowulf no desconocía la Eneida, y en el título de la Heimskringla (Esfera del  Mundo), la obra más importante de la literatura de Islandia, se trasluce una traducción de la famosa locución latina ´orbe terrarum´». 

Sea o no esto así, lo cierto es que las dos sagas islandesas del siglo XII fueron compuestas después de que Islandia hubiera sido cristianizada durante más de cien años.
Por su parte, el poema anglosajón Beowulf, que se remonta al siglo VIII de nuestra era, y es, según muchos, el monumento épico más antiguo de las literaturas  nórdicas, registra la presencia de elementos cristianos y bíblicos, lo que en cierto modo es lógico, pues fue compuesto después de la conversión y cristianización de los anglosajones. El germanista inglés W. P. Ker, de manera lacónica y al suave estilo irónico de los británicos, nos facilita el siguiente resumen argumental del poema: «Un hombre en busca de trabajo llega a casa de un rey a quien molestan las arpías y, tras de ejecutar la purificación de esa casa, vuelve con honor a su hogar. Años después, el hombre llega a rey en su tierra y mata un dragón, pero muere por obra de su veneno. Su pueblo lo llora y le da sepultura». Calificar de molestia de arpías las incursiones sangrientas del gigante devorador de hombres Grendel y las hechicerías de su maligna madre, la loba del fondo del mar, parecen broma, lo mismo que su episodio con el dragón. Así que no se engañen, el poema es magnífico, apasionante y pleno de las maravillosas metáforas nórdicas. 

El verso final –y no solo ese verso–, ha sido comparado con la última línea de la Ilíada:
«Y deploran su muerte, lloran al rey, repiten su elegía y celebran su nombre», 
 versus,  
«Celebraron así los funerales de Héctor, domador de caballos».

Algunos de los libros comentados.
En español contamos con una magnífica versión del Beowulf realizada por Tolkien y editada por Minotauro y, algunas otras más simples y menos afortunadas, como el Beowulfo, de la Editorial Aguilar, en la Colección el Globo de Colores, y la versión de la colección Araluce adaptada por Manuel Vallvé.  

En cuanto a las leyendas y mitologías nórdicas pocas cosas tenemos adaptadas a los más jóvenes: las Leyendas Nórdicas, de la Enciclopedia Pulga (años 50), y las del mismo título de la Editorial Labor y de Ediciones Afha en la colección Nuevo Auriga. También en los años cuarenta la editorial Hymsa publicó, en su colección El mundo de la leyenda, el volumen titulado Sagas de Escandinavia. Recientemente ha salido al mercado una relectura modernizada de las Eddas por parte del famoso autor de cómics Neil Gaiman, titulada Mitos nórdicos (editorial Planeta), sobre la que no puedo pronunciarme, pues no la he leído, pero en todo caso estimo que el acercamiento habrá de hacerse con cierta prevención.  

Funeral de Beowulf, de John Howe (1957-)
Al otro lado del hemisferio Norte, también en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, el frío y el hielo se esconde entre la espesa niebla. Finlandia no es menos inhóspita que Islandia. Y esas nieblas y tempestades del norte son guardadas entre las páginas del Kalevala (que al parecer significa La Tierra de los Héroes), reunión de fragmentos de canciones heroicas recogidas por un folklorista y poeta finlandés del siglo XIX, Elías Lonnrot, sobre la base de las recopilaciones de poemas e historias populares hechas por los rapsodas rúnicos fineses, estonianos y lapones. Estas canciones hablan de Väinämöinen el Sabio (con aires de Odín y el tolkiniano Gandalf), de Ilmarinen o del malvado tramposo Lemminkainen y de la alianza maléfica de este con Louhi, la hechicera del Norte amargo, y contienen canciones, hermosas y expresivas metáforas, y enseñanzas moralizantes sobre todo tipo de temas. 

A la forma y manera de los cantares de gesta medievales, pero bebiendo de fuentes más antiguas, el Kalevala es una de las epopeyas europeas más impresionantes y bellas. El mismo Tolkien se sintió fascinado por el texto, llegando a influir en alguna de sus creaciones, como El Silmarillion.

En castellano tenemos varias ediciones del Kalevala, pero adaptadas a los más pequeños solo disponemos de Allá donde la Luna de oro, publicada por Espasa-Calpe en su colección Austral Juvenil. 
Ilustraciones para el Kalevala de Joseph Alanen (1885-1920).
En todo caso, quizás lo que nos ha llegado de esta mitología pagana y sus leyendas es menos puro que lo recibido de griegos y romanos antiguos, ya que contiene trazas, muy visibles, de una sobrevenida influencia cristiana. Nada tendría de extraño, pues sus mayores y más relevantes fuentes son reelaboraciones de poetas cristianos del Medievo. Así, por ejemplo, en el Kalevala, Väinämöinen crea el mundo mediante la palabra y la música de sus cantos, y en las Eddas, al igual que Nuestro Señor Jesucristo, Balder –uno de los más grandes dioses nórdicos-, muere y renace, e igualmente hay un fin del mundo, denominado Ragnarök, que como el Armagedon, dará lugar al advenimiento de un nuevo mundo futuro, perfecto, idílico e inmortal. 


La edición de Beowulf de Editorial Aguilar y la versión de Tolkien de; junta a ellas la adaptación del Kalevala de Espasa-Calpe.  
Nunca podremos saber cuánto de estas coincidencias es influencia de la creencia cristiana de los poetas que las compusieron y cuánto debido a las denominadas semillas de verdad que anidan en el corazón de todo hombre y, que en ocasiones, alumbran su imaginación. Como dijo Tolkien a su amigo Lewis en una famosa conversación, dado que el hombre fue hecho a la imagen de Dios, no puede borrar la imagen de Dios en él ni en las cosas creadas. Y por ello, incluso los mitos paganos conservan una apariencia de la verdad eterna, aun cuando sea una verdad dañada. En realidad todos los mitos tienen alguna coincidencia o similitud con el denominado por Lewis, «único mito verdadero»: el Cristianismo. 

Y termino con un texto de San Justino, de quien proviene la expresión antes dicha de la semilla del Verbo:
«Los que han vivido y viven según la razón, o sea según el Lógos, son cristianos y están libres de miedo y turbación ... como sucedió entre los griegos con Sócrates y Heráclito y otros semejantes, y entre los bárbaros con Abraham, Ananías, Azarías y Misael y otros muchos... Mas los escritores todos solo oscuramente pudieron ver la realidad gracias a la semilla del Verbo en ellos ingénita.»

Quizá así sucedió con estos mitos y leyendas del Norte, quizás... en todo caso, acérquense con sus hijos a ellos; no se arrepentirán.


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