miércoles, 12 de septiembre de 2018

MUJERCITAS

Las cuatro hermanas March, por Jessie Willcox Smith (1863-1935).



“No tengo miedo de tormentas porque estoy aprendiendo a guiar mi barco”.

Louisa May Alcott, Mujercitas




Mujercitas, la historia de las cuatro hermanas March –Meg, Amy, Jo y Beth–, es uno de los pilares basales de una infancia literaria. Lo fue de la de mis cuatro hermanas, pero reconozco con Chesterton (al que volveré) que es el tipo de libro que hace que un chico vacile y se detenga; así me pasó a mí en su día, aunque he de decir que luego volví (cuando lo leyeron mis hijas) y eso hizo que viera el libro de otra manera. Y a fe que fue una fortuna para mí, porque realmente me gustó.

No es que yo como padre me aproxime al famoso progenitor de la autora, el reformador educativo y miembro fundador de los trascendentalistas, Amos Bronson Alcott, ni que la educación que él dio Louis May Alcott y a sus tres hermanas (mezcla de frugalidad, autocontrol y libertad creativa) se parezca a la que mi mujer y yo damos nuestras hijas. No, qué va. Tampoco ellas están inmersas en una atmósfera de alta cultura y en contacto con grandes hombres, como lo estuvo Louise May Alcott, que tuvo presente en su infancia a Emerson y a su biblioteca, como mentor y laboratorio de experimentación literaria respectivamente; que paseaba por los bosques de Concord a la vera de Henry David Thoreau, quien tocaba para ella la flauta, o que gozaba de la compañía de Nathaniel Hawthorne y de sus cuentos y relatos. 

De hecho, Mujercitas no refleja exactamente cómo fue la infancia y juventud de Alcott (para ver algo de la filosofía educativa que recibieron ella y sus hermanas hay que acudir a la lectura de Hombrecitos, donde Jo March pone en marcha una escuela en la que se plasma alguno de los ideales educativos del padre de la novelista). Hay mucha más sencillez, mucha más normalidad, y quizá ello ayude al gran impacto que causa la lectura de esta novela. No obstante, es cierto que la historia tiene claros tintes autobiográficos, como ocurre con los personajes de las cuatro hermanas March, que encajan como un guante en las cuatro hermanas Alcott, o las similitudes entre el carácter e incluso los trabajos que llega desempeñar Josephine March y la propia vida de Louis May Alcott, que al igual que la protagonista trabajó de maestra, costurera, institutriz y, sobre todo, tuvo como pasión la escritura.
Recuerdo de mi infancia la huella que produjo Mujercitas en mis hermanas y la sorpresa de que tal impresión perdurase y se volviese a manifestar, muchos años después, en mis hijas con igual entusiasmo y deleite ¿Quiere esto decir que hay algo intemporal en esta novela que le hace con justicia acreedora al tÍtulo de clásico? Esta es, al parecer, una de las características de tales libros, pero sé que hay otras tantas exigencias y no soy quien para hacer calificativos. Ahora bien, a las mujeres de mi familia les entusiasmó y causó en ellas un algo transformador ¿qué cosa fue? Trataré de aproximarme a ello, pero no prometo nada, salvo agitación entusiasta.

Chesterton opinaba así: “Pero dos cosas son absolutamente seguras; en primer lugar, que incluso desde un punto de vista masculino, los libros son muy buenos; y segundo, que desde un punto de vista femenino son tan buenos que sus admiradoras realmente han perdido de vista, incluso, su bondad. Nunca o casi nunca he conocido a una mujer realmente admirable que no haya confesado haber leído estos libros: damas altivas admitieron (bajo tortura) que les gustaba todavía; señoriales sufragistas al sentarse en el sofá dejaron caer “Mujercitas” al suelo, cubriéndose de vergüenza pública. En las universidades, mujeres sabias creen firmemente en ellos, guardándolos como un secreto, como una droga peligrosa”. Aunque termina diciendo, que, como hombre, es un "intruso" y se retira. Y si yo no hago lo mismo es porque creo que a Chesterton le faltaba algo que a mí me permite no retirarme y disfrutar, e incluso casi comprender; esto es: soy padre de unas niñas maravillosas (esto último sobra a estos efectos, pero no puedo resistirme), aunque reconozco que en parte me siento un exiliado. ¿La razón? ¿Es quizá un libro de chicas? No lo creo. Quizá no lo sea de chicos, cierto, pero por su categoría puede ser abordado por cualquier lector adulto, sea hombre o mujer. El exquisito y exigente Harold Bloom lo califica como un libro absolutamente maravilloso. Una obra fresca, intensa, increíblemente vibrante y fantástica, y para todas las edades. Un texto fabuloso”.


Tres ilustraciones de la obra por Harold Cooping (1863-1932), Jessie Willcox Smith (1863-1935) y Salomon van Abbé  (1883-1955), respectivamente.
La obra está compuesta en realidad de dos libros: el primero publicado en 1868 y titulado Mujercitas, y el segundo –que salió a la venta un año más tarde–, con el título original de Good Wives (buenas esposas), publicado en España como Aquellas mujercitas, aunque las últimas ediciones recogen ambos libros en un solo volumen. 

El argumento de la novela es la vida de las hermanas March en su casa de Concord, mientras su padre se encuentra ausente por causa de la guerra (la Guerra Civil o de Secesión americana), relatándosenos su paso de la infancia a la madurez. La arquitectura y diseño de la historia sigue la pauta de la novela de John Bunyan, El progreso del peregrino, de aquí las múltiples referencias a esta obra; por ejemplo, los títulos de muchos capítulos (Juego de los peregrinos, Cargas, Beth encuentra el Palacio Hermoso, Un valle de sombras, entre otros). Otra influencia del libro de Bunyan es el propio leitmotiv del relato, el peregrinar de las protagonistas afrontando los desafíos de la vida y superando sus propios defectos y cargas personales, de modo que puedan convertirse en verdaderas mujercitas. Meg, la mayor, debe hacer frente a su vanidad. Jo, la segunda, como su madre, tiene un temperamento fuerte que debe aprender a controlar. Beth, la tercera, ya es casi tan perfecta que su carga es simplemente superar su timidez. Amy, la pequeña y mimada, debe tratar de corregir su falta de sentido práctico y su irreflexión. Es por ello que puede ser considerada una novela de crecimiento, así como una guía de conducta para jovencitas.

Al lado de las cuatro protagonistas destaca, tenuemente pero de forma constante, su madre, Marmee, otro personaje fundamental en la novela. La señora March enseña a sus hijas el valor de una vida familiar estable y llena de amor y respeto, que supera en riqueza los lujos que disfrutan otros; las orienta y alecciona en la dificultad y grandeza del perdón, y siempre muestra a sus hijas, con su ejemplo de vida, que las vicisitudes y altibajos, necesariamente presentes en todo matrimonio y vida familiar, han de ser abordados con sabiduría cristiana, desde la humildad, el amor y el perdón... y con un poquito de sentido común.  
“Hija mía, tus problemas y tentaciones no han hecho más que empezar y pueden ser muchos, pero lograrás superarlos y vencerlos si aprendes a sentir la fuerza y el amor de tu Padre Celestial como sientes los de tu padre terrenal. Cuanto más le ames y confíes en Él, más unida te sentirás a Él y menos dependerás del poder y la sabiduría humanos. Él nunca se cansa de amarnos y cuidarnos, nada le aleja de nosotros y nos proporciona la paz, la felicidad y la fuerza que necesitamos en nuestra vida. Has de creer en esto y confiar a Dios todas tus cuitas y esperanzas, tus errores y penas, del mismo modo que los compartes con tu madre”.
Mujercitas ha sido un libro que ha formado a generaciones y generaciones femeninas ininterrumpidamente desde finales del siglo XIX. Hasta hace poco era muy difícil encontrar a alguna mujer con cierto grado de cultura que no lo hubiese leído (hasta Simone de Beauvoir lo leyó y al parecer le dejó huella, aunque no mucha, desde luego). Sin embargo esto ya no es así. Hoy es un libro apartado, que ya no forma parte de esa dieta básica de lectura de antaño. Y ello se notará; en realidad, se está ya notando. 

En mi familia, gracias a Dios, es todavía una tradición que ha pasado de mujeres a mujeres, y parece que seguirá siendo así. Y no solo su lectura, sino que incluso el ejemplar leído es uno concreto, aquel –ya desvencijado– que mi abuela materna leyó, y luego mi madre, para más tarde llegar a manos de mis hermanas, quienes finalmente lo entregaron mis hijas. ¡Ah!, por cierto, se me olvidaba, y es que también en mi familia hay una época determinada para leerlo, que es, cómo no, las Navidades, pues así comienza la historia. 

Inicien ustedes una tradición similar (si es que no la han hecho ya), y conserven este pilar literario para sus hijos y los hijos de sus hijos.


martes, 4 de septiembre de 2018

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS


Edición conmemorativa del 60 aniversario de la publicación de El Señor de los Anillos, realizada por Minotauro, y la primera edición completa de la obra en tres volúmenes realizada por la editorial George Allen & Unwin entre 1954 y 1955.


«Un relámpago en un cielo claro».

C. S. Lewis


Tolkien y Lewis fueron grandes amigos. Es sabido que su amistad pasó por momentos de dificultad, pero no es menos cierto que es considerada como una de las más grandes y memorables amistades habidas entre escritores. También sabemos de la influencia que Tolkien tuvo en la conversión al cristianismo de Lewis.

No obstante, uno de los puntos de discrepancia entre ambos amigos fue el enfoque dado a las que podríamos considerar sus obras maestras: el ciclo de Narnia, de Lewis (tratado en la entrada Las crónicas de Narnia: el regalo de Lewis) y El Señor de los Anillos, de Tolkien. Ambos (Lewis siguiendo a Tolkien aquí) dieron forma a sus imaginarios literarios a través de la Mythopoeia: la subcreación de mundos imaginarios con la “consistencia interna de la realidad”, que reflejan en su interior “un astillado fragmento de la luz verdadera”. Sin embargo, Tolkien llevó a cabo su obra evitando utilizar la alegoría y la religiosidad explícita que C.S. Lewis empleo en su Narnia, y lo hizo por medio de la hierofanía de lo natural, a través de la ontología propia de las historias de hadas y de la conducta ética que implícitamente manifiestan sus personajes. Todo ello está impregnado de la moral y la experiencia cristianas; al parecer el mismo Tolkien escribió que El Señor de los Anillos es “una novela inconscientemente católica en su elaboración y conscientemente católica en su revisión final”.

La obra del Tolkien es colosal (y no solo los tres libros que componen la historia del anillo, sino todos sus adyacentes y subsiguientes), y por eso su mérito al dotar a la historia de coherencia, equilibrio y calidad es enorme. Escrita de una forma firme y sencilla (“una antigua manera de escribir, directa y viril”, según una vieja reseña de Donald Barr), resulta de fácil lectura, a pesar de sus dimensiones (unas 1.300 páginas).

La historia tiene interés por muy variados motivos y su atractivo es evidente para casi todos (los seguidores de Tolkien son legión); sin embargo me gustaría centrarme solo en tres aspectos y hacer un pequeño resumen de la obra, dejando así de lado una labor mas profunda para la que no estoy preparado. Porque mi conocimiento es el de un mero lector que, por cierto, se acercó a Tolkien y su obra gracias al ejemplo y los consejos de un gran mentor literario: mi tío Javier (a quien le debo este y otros muchos caminos de letras), que sabía y gustaba de él cuando casi nadie lo conocía en este país, hace ya mucho tiempo.  

Los tres aspectos son los siguientes:

1º.- El Señor de los Anillos no es una trilogía, no es una secuencia de libros relacionados temáticamente, no es una saga; es una sola historia, de principio a fin, si bien dividida en tres volúmenes, y ello únicamente por motivos editoriales.

2º.- La historia no se desarrolla en un imaginario mundo paralelo, como Oz, como Nunca Jamás o como Narnia. Tolkien lo dejó claro en varias de sus cartas; se trata de un período histórico imaginario en nuestro propio mundo (“El mío no es un mundo imaginario, sino un momento histórico imaginario en la 'Tierra Media', que es nuestra morada”) ¡Y qué mundo! Tolkien describe de manera exhaustiva y detallista un universo por entero, de tal forma que al terminar de leer la obra lo conocemos tan bien como el que nos a tocado habitar.

3º.- No se trata de una alegoría cristiana. Como antes he bosquejado, este es el punto de contraste entre los dos amigos. Sin embargo, aunque no menciona expresamente al cristianismo, El señor de los anillos es una obra profundamente religiosa porque se sumerge en la sacralidad de lo natural. En ninguno de los tres libros se menciona a Dios ni hay ningún indicio de culto religioso organizado; pero toda la creación de la Tierra Media por parte de Tolkien supone un esfuerzo por transportarnos de una cultura materialista, urbanizada y racionalista, a una en la que el hombre está en contacto directo con lo creado y vive su naturaleza desnuda (sin disimulos ni medias verdades), enfrentando una lucha feroz en la que debe elegir entre el bien y el mal y combatir en uno o en otro bando. La historia nos revela una visión católica del mundo, en la que el bien y el mal no son dos iguales que han de batirse en duelo, sino que el mal es una corrupción del bien y por ello hay que procurar realizar el bien siempre. La visión final de Chesterton en su lecho de muerte está muy presente en toda la narración: “La cuestión es clara ahora, se trata de la luz y la oscuridad y cada uno debe escoger de qué lado está.”  

El bosque de Fangorn y Rivendell, ilustraciones del propio Tolkien.

¿Y de qué lado estamos nosotros? ¿De que lado queremos que estén nuestros hijos? Pues los míos y yo del lado de Tolkien, sin duda; y del de Frodo, Gandalf y Aragorn, y para estar y permanecer en ese lado ayuda, y mucho, leer esta gran historia.

El argumento del relato es el de la clásica misión heroica, pero al revés. W. H. Auden lo explica mejor en una famosa recensión de hace 64 años: 
“Todas las Misiones tienen que ver con algún objeto mágico, las Aguas de la Vida, el Grial, un tesoro enterrado, etc.; normalmente este es un objeto benéfico, ya que la tarea del héroe es encontrarlo o rescatarlo del enemigo, pero el Anillo de la historia del señor Tolkien fue hecho por el enemigo y es tan peligroso que incluso el bien no puede usarlo sin ser corrompido”.
Por esta razón, el Bien no puede usar el anillo, pues en ese mismo momento dejaría de ser Bien. La única manera de asegurar la derrota del Mal es destruirlo. Pero este solo puede ser destruido en el corazón donde habita el Mal: en Mordor.

Por lo tanto, la misión es peliaguda y más peligrosa, si cabe, que cualquier otra. Pero es que el héroe es también muy peculiar: No es un héroe al estilo de Hércules, Ulises o Lancelot; no tiene grandes cualidades físicas ni tampoco intelectuales; no goza de fama o prestigio ni atesora una gran sabiduría. Es un poco como todos nosotros; pero más pequeño: es un hobbit, Frodo Bolson, y a su lado, corriendo la aventura, ayudándole, asistiéndole, estorbándole o persiguiéndole, aparece una pléyade de personajes inolvidables, buenos y malos (y esto está muy claro desde el principio), leales y traicioneros, esforzados y pueriles, sinceros y mendaces, peligrosos y afables, y así conoceremos a los Hobbits, a los Elfos y a los Enanos, y también a los Orcos y demás seres malignos. Trataremos con Elrond, Gandalf, Aragorn, Galadriel, Legolas, Sam y Pippin, y conoceremos a Gollum, Sauron y Saruman. 

El bosque de Lothlorien y la Puerta Oeste de Moria, ilustraciones de Tolkien.

Y en el centro de ese mundo creado por Tolkien, su protagonista Frodo y sus compañeros deberán completar la misión: deberán destruir a toda costa y cueste lo que cueste el anillo, asumiendo para ello riesgos, afrontando y salvando obstáculos y haciendo frente a situaciones hostiles.

Y aquí me gustaría detenerme y destacar que la novela, entre otras cosas, contiene una lección que realza una facultad del alma muy elogiada en este blog. Una facultad cuyo uso y posesión ayuda a diferenciar el bien del mal, lo que no es poca ayuda en un mundo tan confuso moralmente como el nuestro. Y la lección es que el mal y su orgullo y egoísmo implícitos carece de imaginación; no así el bien, que puede imaginar la posibilidad de volverse mal –lo vemos en el rechazo de Gandalf y Aragorn a usar el Anillo-. Sin embargo, el Mal, Sauron, no puede imaginar nada por sí mismo; su pensamiento se centra enfermizamente en la dominación y el miedo y su soberbia le impide pensar que sus enemigos puedan intentar destruir el anillo; su ojo se mantiene fijo sobre Gondor y alejado de Mordor, lugar donde Frodo verá culminada su misión. 

Esa imaginación que hoy se arrincona es ensalzada en el libro y solo por eso valdría la pena leerlo… pero les anuncio que hay mucho más, muchísimo más… 

Y termino con un párrafo de la reseña del poeta W. H. Auden de la que les hablé, pues expresa en unas líneas lo que yo también sentí y siento sobre esta gran obra y espero que sientan mis hijas cuando acaben de leerla; y con ella les dejo: 
“Por último, si uno se toma seriamente un cuento de esta clase, debe sentir que este, por más que superficialmente pueda ser que no se parezca al mundo en que nosotros vivimos en lo que respecta a sus personajes y hechos, nunca deja de sostener el espejo en el que se refleja la única naturaleza que conocemos, la nuestra propia; en esto, también, Tolkien ha tenido un éxito magnífico, y lo que sucede en el año de la Comarca de 1418 de la Tercera Edad de la Tierra Media es no solo fascinante en el año 1954 después de Cristo, sino que también es un aviso y una inspiración”. 
“… Un aviso y una inspiración…”, nacida de ese “relámpago en un cielo claro”, que para C. S. Lewis era esta grandiosa obra; espero que así sea para ustedes y sus hijos.

martes, 28 de agosto de 2018

C.S. LEWIS: CONSEJOS SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR PARA JOVENES PRINCIPIANTES (Y NO TAN JOVENES)

Collage con fotos de John Chillingworth (Picture Post/Hulton Archive, via Getty Images).




La lectura está estrechamente ligada a la escritura, y no solo por una relación de causalidad. Normalmente, el buen escritor ha sido y es un buen lector (lo hemos visto en las entradas Las bibliotecas familiares e Infancia, poesía y libros), pero además casi todo buen lector (aunque luego no llegue a ser literato) sentirá pronto la necesidad de escribir; y si es niño, mucho más, ya que es en la infancia cuando late con una fuerza inusitada esa característica tan humana que es la necesidad de imitar, tal y como cantó Wordsworth: “como si su entera vocación fuera una imitación interminable”. 

Por ello, acompaño hoy esta breves líneas con fragmentos de algunas cartas de un escritor muy querido por mí y muy relevante en el mundo de la literatura infantil y juvenil; hablo de C. S. Lewis. Como siempre, pido disculpas por la traducción de algunas líneas de mi propia cosecha (fácilmente identificables como aquellas menos afortunadas). 

Y empiezo por una carta dirigida al crítico y estudioso James E. Higgins, experto en Lewis y en la literatura fantástica en general. Les remito a la dirección web donde encontrarán el texto de la misiva y un interesante y profundo comentario del mismo Higgins, (A letter from C. S. Lewis, The Horn Book, octubre de 1996). Yo me limito aquí a traducir una pequeña parte de la introducción y la carta misma.



Una carta de C.S. Lewis

por James E. Higgins

C.S. Lewis no se consideraba un experto en el campo de los libros para niños. En una carta dirigida a mí de fecha 31 de julio de 1962, escribió: “(…) mi conocimiento de la literatura infantil es realmente muy limitado (…). Mi experiencia se agota con Macdonald, Tolkien, E. Nesbit, y Kenneth Grahame”. Sin embargo, fue esta falta de pericia, como deseaba él llamarla, lo que le permitió traer un nuevo soplo de frescura al campo de la literatura fantástica. Desde que Paul Hazard escribiera su Libros, niños y hombres, ningún distinguido intelectual había dejado una marca tan indeleble en las páginas de la historia y la crítica de la literatura infantil. Para los niños de hoy y de mañana, Lewis ha dejado El león, la bruja y el armario y sus otros libros de Narnia, mientras que para los adultos que de alguna manera influyen en los hábitos de lectura de los niños, ha dejado no solo estos libros, sino también sus ricos comentarios críticos sobre la imaginación, la sabiduría y la integridad.

Creo que una segunda carta que recibí del profesor Lewis, en la que respondió a las preguntas que le hice en relación con la escritura para los niños, es una valiosa contribución a este legado, pues aunque algunas de sus respuestas se pueden encontrar en otros lugares, hay comentarios, en particular los relativos a sus hábitos de composición al escribir textos infantiles, que probablemente se mencionan aquí por primera vez.

Es por esta razón por la que me gustaría, primero, compartir esta carta, y luego, hacer comentarios sobre sus respuestas.

Magdalene College, Cambridge
2 de diciembre de 1962

Estimado Sr. Higgins:

 (...)

2. Los libros de Narnia no son tanto una alegoría como una suposición. “Supongamos que hay un mundo de Narnia y que, como el nuestro, necesita redención. ¿A qué tipo de encarnación y pasión podríamos suponer que Cristo se sometería allí ?”
3. Solo después de que Aslan entró en la historia –lo hizo por su cuenta; yo nunca lo llamé­– recordé al “León de Judá” de las Escrituras.
4. No, no conocí personalmente a Chesterton. Supongo que la misma afinidad que encontré en él nos ha hecho a los dos afines a Macdonald.
5. Utilicé los cuentos de hadas porque parecía la forma que demandaban ciertas ideas e imágenes que pululaban en mi mente; al igual que un hombre podría componer fugas debido a que las frases musicales que sonaban en su cabeza parecían ser “buenos temas de fuga”.
6. Cuando escribí El león no tenía en mente escribir los demás libros de la serie.
7. Se trató, sin duda, de una escritura en clave “infantil”, en la que modifiqué mis hábitos de composición. Así, (a) me impuse un límite estricto en el vocabulario; (b) excluí el amor erótico; (c) reduje los pasajes reflexivos y analíticos; (d) ello me llevó a producir capítulos de casi igual longitud para facilitar su lectura en voz alta. Todas estas restricciones me hicieron mucho bien –como al poeta al sujetarse a una métrica estricta–.
8. Sí, recibo cartas maravillosas de niños de EE UU y de otros lugares.

Le saluda atentamente, 

             C.S. Lewis


En algunas de las cartas que menciona esta misiva (dirigidas a los niños que le escribían) y en otras fuentes, Lewis dejó a algunos de sus jóvenes destinatarios varios consejos sobre el arte de la escritura que también pueden servirnos de orientación. Son los siguientes (con la cita de las cartas en las que se pueden encontrar):

1. “Apaga la radio” (hoy, obviamente, aplicable a la televisión y a internet).

2. “Lee todos los buenos libros que puedas, y evita casi todas las revistas”.

3. “Escribe (y lee) siempre con el oído, no con el ojo. Deberías escuchar cada frase que escribas como si fuera leída en voz alta o hablada. Si no suena bien, inténtalo de nuevo”.

4. “Escribe sobre lo que realmente te interesa, sean cosas reales o imaginarias, y nada más. (Observa que esto significa que si estás interesado solamente en escribir, nunca serás un escritor, ya que no tendrás nada sobre lo que escribir…).”

5. “Haz grandes esfuerzos para ser claro. Recuerda que aunque empiezas sabiendo a qué te refieres, el lector no lo sabe, y una sola palabra mal escogida le puede llevar a un malentendido total. En una historia es terriblemente fácil olvidar el no haberle dicho al lector algo que necesita saber; la imagen completa es tan clara en tu propia mente que te olvidas de que no sucede lo mismo en la del lector”.

6. “Si te rindes, no tires el trabajo hecho a la basura (a menos que sea irremediablemente malo). Ponlo en un cajón. Puede resultar muy útil más adelante. Gran parte de mi mejor trabajo, o lo que yo considero el mejor, es la re-escritura de cosas iniciadas y abandonadas años atrás”.

7. “No uses una máquina de escribir. El ruido destruirá tu sentido del ritmo, que todavía necesita años de entrenamiento”.

8. “Asegúrate de saber el significado (o los significados) de cada palabra que utilizas.”

9. “La forma en que una persona desarrolla un estilo es saber exactamente lo que quiere decir y asegurarse de que está diciendo exactamente eso. Tenemos que recordar que el lector no empieza sabiendo lo que queremos decir. Si las palabras son ambiguas, se le escapará nuestro significado. A veces pienso que la escritura es como guiar una manada de ovejas por una carretera. Si está abierta alguna puerta hacia la izquierda o la derecha, el lector, con toda seguridad, entrará por ella”.

10. “Intenta siempre utilizar el lenguaje para dejar muy claro lo que quieres decir y asegúrate de que la frase no pueda tener otro significado distinto.

11. “Elige siempre palabras claras y precisas en lugar de largas y de significado difuso. Por ejemplo, las promesas no se «cumplimentan», se «cumplen»”.

12. “Nunca uses los sustantivos abstractos cuando los concretos son suficientes. Si quieres decir que «murió más gente», no digas «ascendió la mortalidad»”.

13. “Cuando escribas, no uses adjetivos que describan simplemente el estado de ánimo que el escritor quiere provocar en el lector ante un hecho determinado. Es decir, en vez de contar que algo fue «terrorífico», descríbelo de forma que aterrorice al lector. No califiques algo de «encantador», haz que el lector después de leer la descripción exclame «¡encantador!». Mira, si utilizas palabras como horripilante, maravilloso, espantoso, exquisito es como si dijeras a tus lectores: «Por favor, hagan ustedes mi trabajo»”.

14. “Tampoco utilices palabras que excedan en mucho al tema en cuestión. No digas «infinitamente» cuando quieres decir «muy». Si no, cuando desees decir que algo es verdaderamente infinito, no te quedará ninguna palabra para expresarlo”.

15. “No debemos, por supuesto, escribir ninguna cosa que halague la lujuria, el orgullo o la ambición. Pero no todos necesitamos escribir obras patentemente morales o teológicas. De hecho, el trabajo cuyo cristianismo es latente puede hacer tanto bien y puede llegar a aquellos a los que una obra obviamente religiosa ahuyentaría. El primer propósito de una historia es ser una buena historia. Cuando Nuestro Señor hizo una rueda en el taller de carpintería, puedes estar seguro: primero y ante todo, era una buena rueda. No trates de «traer» pedazos específicamente cristianos: si Dios quiere que le sirvas de esa manera (tal vez Él no lo haga, hay diferentes vocaciones) verás que llegará por sí mismo. Si no, bueno, una buena historia que da placer inocente es una buena cosa, al igual que cocinar una buena comida nutritiva...Cualquier trabajo honesto (ya sea haciendo historias, zapatos o conejeras) puede hacerse para la gloria de Dios”.

Fuentes:
    Números del 1-8: carta de C.S. Lewis a una chica llamada Thomasine (14 de diciembre de 1959), un estudiante de séptimo grado cuyo maestro había asignado a sus alumnos la tarea de escribir a un autor famoso para recibir consejos de redacción.
    Número 9: De la última entrevista de C.S. Lewis (7 de mayo, 1963), seis meses antes de su muerte. Estaba respondiendo a una pregunta de Sherwood Wirt (1911-2001), quien preguntó: “¿Cómo sugieres que un joven escritor cristiano trate de desarrollar un estilo?”
    Números del 10-14: carta de C.S. Lewis a Joan Lancaster (26 de junio, 1956), una joven americana que le había escrito para pedirle consejo sobre la escritura y en la que Lewis da cinco consejos para escritores novatos.
     Número 15: carta de C.S. Lewis a Cynthia Donnelly (14 de agosto, 1954).

La selección –realizada por Justin Taylor–, ha sido tomada de la siguiente web: https://www.thegospelcoalition.org/blogs/justin-taylor/15-pieces-of-writing-advice-from-c-s-lewis/ 


Espero que les sea de interés y provecho.



jueves, 23 de agosto de 2018

LOS LIBROS DE CAPA Y ESPADA

El duelo de los mignones, de Cesare Auguste Detti (1847-1914).



“Cuando llegue el momento, si tú no vienes a Lagardere, Lagardere llegará hasta ti.

Paul Feval (El jorobado)



No hay mejor descripción de un héroe de capa y espada que el famoso inicio de la novela de Rafael Sabatini, Scaramouche (1921): “Nació con el regalo de la risa y la idea de que el mundo estaba loco”. La frase recoge el espíritu aventurero y burlón de que suelen hacer gala los protagonistas de estas historias y califica, con cierta ironía, el escenario donde tienen lugar sus peripecias, infortunios y tribulaciones, que en el caso de Scaramouche no es otro que la Francia de la Revolución (por cierto, dicha frase fue también, con el tiempo, el epitafio de Sabatini).  



Ilustración para Scaramouche, de W. Smithson Broadhead (1888-1960).



Este género literario hizo su aparición en Francia en la primera mitad del siglo XIX, combinando los rasgos de la ficción histórica con los de la novela de aventuras. A menudo publicado en forma de folletín por entregas, la intriga y los enredos fueron elemento necesario e impuesto por este particular modo de publicación que, para enganchar el público a la entrega siguiente, precisaba de una acción exultante y plena de emoción.

Todas las novelas de espadachines retoman el tema del héroe clásico y de su traducción medieval, el caballero andante. Como en estos dos tipos de historias, los protagonistas de las novelas de capa y espada responden a un arquetipo de héroe que a lo largo del relato habrá de sufrir las vicisitudes de un viaje, a modo de camino de revelación o liberación, o de ambas cosas. 

Cierto es que los protagonistas no son héroes legendarios y se muestran más próximos y humanos que Aquiles, Hércules, el rey Arturo o Rolando. Pero siguen siendo valiosos ejemplos de hombre, recios y cabales, caballeros y soldados y, en su escala, se someten igualmente a pruebas y retos. En todo caso estos héroes son personajes intrépidos, hábiles con la espada, valientes y, es verdad, algo fanfarrones. Usualmente deben enfrentar una empresa dificultosa que suele descansar en una causa noble, siempre a favor del rey o de la reina y contra un enemigo implacable, decidido, poderoso e intrigante, que se rodea de un ejercito de esbirros, espías, matones y traidores. 

En cuanto a su estructura narrativa, estas novelas no responden al esquema de la tragedia, sino más bien al del drama, o mejor al del melodrama, pues la vibrante y agitada acción siempre termina felizmente, con grandes dosis de riesgos altruistas, atrevimiento enamorado y no poca abundancia de honor.


Ilustración de Bosch Penalva (1925-), para Enrique de Lagardere de Paul Feval, en la portada del volumen adaptación/comic de la novela, editada por Bruguera en su colección Historias Color.

Ahora bien, si hay un elemento característico y propio de este tipo de relato, este es la presencia del duelo. En el momento histórico en el que suele desarrollarse la acción, las disputas, sobre todo de honor, se resolvían privadamente mediante duelos. De este modo el duelo se convierte en la piedra angular de la trama (y a veces el causante directo del desenlace), lo que concede a la espada derecho propio para dar nombre al género. 

Si bien estas novelas suelen estar preferentemente ambientadas en la Francia del siglo XVII (pensemos en Los tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas, o El jorobado, de Paul Feval), en ocasiones se desplazan de siglo, de continente, e incluso, más modestamente, de país; así nos encontramos con obras tan fundamentales para el género como la propia Scaramouche de Sabatini, ambientada en la Francia revolucionaria; o con los duelos de El capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, en la España de los Tercios del siglo XVII; o si navegamos atravesando el Atlántico nos encontraremos con las aventuras de El Capitán Blood, también de Sabatini, y las historias de piratería de El Corsario Negro, de Salgari. Incluso podemos vernos desplazados a países imaginarios, como la Ruritania que Anthony Hope nos dibuja en El Prisionero de Zenda.


El duelo entre John Blumer y Cazaio, óleo de Howard Pyle (1853-1911).
En sucesivas entradas hablaremos de algunos de estos libros (de algunos otros ya hemos hablado, por cierto, como por ejemplo de El Prisionero de Zenda), pero para abrir el apetito termino con dos pequeñas muestras entre las muchas que podríamos escoger: el inolvidable y tierno fanfarrón de Cyrano de Bergerac, de Ronstand, y el más desconocido, pero igualmente bravucón, Capitán Fracasa de Gautier:

Cyrano de Bergerac (1897). Edmond Ronstad.

Portada de la adaptación efectuada por Anaya.

Cyrano, un mosquetero gascón que maneja con excelencia tanto las palabras como la espada está locamente enamorado de la hermosa Roxane; sin embargo, a causa de su enorme nariz, no se cree merecedor del amor de la bella dama. Ella, que desconoce los sentimientos del protagonista, prefiere a Cristian, joven soldado de bella faz y alma de pocos vuelos, quien no se atreve a confesar su amor a la beldad. Cyrano decide ayudar a su joven rival a encontrar las palabras correctas con que expresar su amor, escribiendo para él hermosas cartas dirigidas a la bella. Roxana, extasiada por el florido verso del gascón, cae enamorada, si bien del hombre equivocado, pues cree que el autor de las románticas misivas es Cristian. Cyrano decide mantener su anonimato, aunque ello suponga renunciar a su amor, por preferir la felicidad de Roxane a la suya propia. El final es triste y hermoso a la vez, como la vida.  

Es precisamente la postura sacrifical que muestra Cyrano ante el amor, de entrega ciega, sin espera de premio o recompensa, lo que destaca notoriamente en la pieza. En la famosa escena del balcón (en la oscuridad, la bella doncella escucha las declaraciones de su amado, pero debajo de ella, quien habla no es Cristian, sino Cyrano), el protagonista refiere a su amada los caracteres del verdadero amor:
“Este sentimiento, terrible y celoso que me invade, es verdadero amor... Tiene todo el furor triste del amor y sin embargo, no es egoísta ¡Ah! por vuestra felicidad yo daría la mía, aunque nunca llegarais a enteraros de nada. ¡Si alguna vez pudiera, aunque de lejos, oír la risa de la felicidad nacida de mi sacrificio!... ¡Cada mirada vuestra suscita en mí una virtud nueva!... ¡me da más valor! ¿Os dais cuenta? ¿Entendéis ahora lo que me pasa? ¿Sentís en esta sombra subir hasta vos mi alma? En verdad, esta noche es demasiado bella, demasiado dulce... Yo os digo todo esto y vos... ¡vos me escucháis! ¡Es demasiado! ¡Incluso mi esperanza más atrevida, nunca osó esperar tanto! Ahora sólo me resta morir. ¡Es por mis palabras por lo que ella tiembla entre las hojas como una hoja más! ¡Pues tembláis ... porque, lo queráis o no, he sentido bajar, a lo largo de las ramas de jazmín, el temblor adorado de vuestra mano.” 
Pieza de teatro originalmente escrita en verso, la obra de Rostand (una de las creaciones teatrales francesas más populares de todos los tiempos) se encuentra adaptada al público juvenil en varias versiones en prosa, lo que facilita su acceso a los más jóvenes, pero hace perder la musicalidad y belleza de la obra original.


El Capitan Fracasa (1863). Theophile Gautier.

Portada e ilustración de Gustave Doré (1832-1883), en una de las ediciones del Club Internacional del Libro. 
Ambientada en la Francia de principios del siglo XVII, bajo el reinado de Luis XIII, esta novela nos cuenta las tribulaciones del Barón Sigognac, un noble sin dinero que por el amor a una joven actriz, Isabelle, abandona su ruinoso castillo en el fondo de la Gascoña para unirse, disfrazado de actor, a una compañía de teatro ambulante que se dirige a París. Pronto conoceremos de sus problemas con el duque de Vallombreuse, que codicia, como él venera, a la delicada Isabelle ... Fanfarronadas caprichosas, deliciosos equívocos, amor amable, duelos...  todo eso y mucho más. 

Su final feliz, sus descripciones ostentosas y los personajes cómicos que atraviesan sus páginas hacen de la novela un grato homenaje a la época barroca y un apetitoso bocado literario lleno de evasión y aventuras, donde el honor, la lealtad y el amor trazan el destino de los protagonistas.  El libro fue elogiado por Henry James, quien señaló que “en esta deliciosa obra, [...] Gautier se superó a sí mismo y creó el modelo de los romances pintorescos.” 

De ella ha dicho la crítica: "Gautier crea, en definitiva, un mundo maravilloso. Evoca escenas pintorescas de una fantasía copiosa y a veces de un romanticismo impenitente. Coloca a sus personajes en admirables decorados que brillan ante nuestros ojos y permiten un cambio perpetuo de escenario; (…). Para sus héroes, incluso los desheredados, él presta sentimientos generosos. Algunos, nobles por sangre, mantienen una distinción nativa que los preserva de cualquier reparo. Los otros, pobres diablos o compañeros patibulares, destacan por defender su lealtad, su desinterés y el respeto de su profesión."

Traducido el título en España como Capitán Fracasa, Fracaso o Estruendo (nombre que proviene de un personaje clásico de la Commedia dell'Arte, bajo cuya máscara se oculta el protagonista), de las diferentes versiones publicadas en castellano quizá las más fácil de localizar sea la del Club Internacional del Libro en alguna de sus distintas ediciones.

Pero esto son solo dos aperitivos. Así que equípense con capas y espadas y con miriñaques y velos, pues, a buen seguro que 
sus hijos se los pedirán para proseguir en sus juegos las aventuras que les esperan en estas páginas. Acepten ustedes el desafío, les aseguro que sus hijos no dudarán: ¡En garde!