viernes, 20 de abril de 2018

¿UN MUNDO FELIZ?






«Pues he aquí que cuantos de Ti se apartan perecerán».

Salmos, 73, 27.

«Nacerán en laboratorios,
vivirán quinientos años en el astro preferido,
se marchitarán dulcemente en laboratorios.
Y un detalle que no habrán resuelto:
serán llamados al Juicio
y arrojados por las eternidades
al cielo o al infierno».

José Miguel Ibáñez Langlois.

«Si Dios no existe, todo está permitido; y si todo está permitido la vida es imposible».

Fiódor Dostoievski.

«De este modo se acaba el mundo.
No con una explosión, sino con un gemido»

T.S. Eliot.



Hay tres libros que los jóvenes de hoy día deben leer, sí o sí. Estoy hablando de libros para muchachos de 15 o 16 años en adelante o para cuando ustedes vean que estén preparados. Y los libros a los que me refiero son Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. 

Las primeras ediciones de los tres libros.
Estas obras responden al criterio horaciano de entretener con deleite, y además, al viejo ideal de instruir a los jóvenes también, si es posible, con deleite; y ello es así pues se trata de historias muy legibles, con tramas absorbentes y emocionantes.

Pero aquí lo importante no es tanto el argumento de la historia (que es un vehículo), como el tema de fondo tratado en los libros: la advertencia de lo que puede ocurrirnos apenas nos descuidemos (o más bien, advertirnos de lo que ya nos está pasando aunque no nos demos cuenta). Hoy día se revela como fundamental que nuestros chicos estén alerta y vigilantes y que reciban críticamente todo aquello que, en apariencia, se les muestra apetitoso, pero que en realidad encierra un veneno mortal. Es primordial fomentar una desconfianza natural y un espíritu crítico respecto a lo que el mundo nos ofrece, por más interesante, atractivo y seductor que pueda parecer. 

Y tales libros sirven a este propósito.

Los tres relatos comparten, además de su obvio carácter distópico, un tema de fondo; el ambiente, el paisaje, aun cuando distinto en apariencia, establece un parentesco inquietante entre las tres novelas. Al acabar la lectura de cualquiera de ellas sentimos que algo falta en el relato, aunque más que algo es alguien: esa sensación perturbadora es la ausencia de Dios. Esta es la radix causa de todo lo que ocurre. Las historias nos muestran descarnada o suavemente, sincera o cínicamente, consciente o inconscientemente, qué es lo que ocurre cuando el hombre da la espalda a Dios, cuando el hombre repudia a Cristo. Decía San Agustín al respecto: 
«Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido».

Un mundo feliz (1932). Aldous Huxley.

De los tres libros, quizás el más cercano a nosotros y el que mejor encaja, con una inquietante exactitud, en nuestra realidad cotidiana es Un mundo feliz. ¿Y por qué? Sin dejar de reconocer que las otras dos obras tienen trazos de genio profético y resultan aleccionadoras (como veremos después), esta es la más puramente moderna, la más claramente actual. La realidad de hoy, banal, irreflexiva y conformista, inserta en una sociedad aparentemente pacífica y próspera, nada tiene que ver con el cariz dramático y heroico que palpita en las novelas de Orwell y Bradbury. ¿Realmente alguien puede creer que ahora resultaría posible encontrar algún héroe del tipo de Winston o de Montag? Hoy hay una clara deserción de la razón y un notorio abandono de la voluntad, y todo ello por un acomodo en la satisfacción egoísta y una huida de todo sacrificio o sufrimiento; y un héroe no puede existir sin todas estas cosas. Además, no hay fe, la mayor fuente de lo heroico.

Algunas portadas de ediciones en español.
Neil Postman en el prólogo a su libro Divertirse hasta morir, vio en su día esta virtud profética. Nos dice: 
«Estábamos pendientes del año 1984. Cuando el mismo llegó sin que se cumpliera la profecía, los estadounidenses reflexivos entonaron su propia alabanza en voz baja. Se habían mantenido firmes las raíces de la democracia liberal. Dondequiera el terror hubiera cundido, nosotros, al menos, no habíamos sido visitados por pesadillas orwellianas. 
Pero habíamos olvidado que al lado de la pesimista visión de Orwell (1984) había otra, un poco anterior y menos conocida, pero igualmente escalofriante: Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Contrariamente a la creencia prevaleciente entre la gente culta, Huxley y Orwell no profetizaron la misma cosa. Orwell advierte que seremos vencidos por la opresión impuesta exteriormente. Pero en la visión de Huxley no se requiere un Gran Hermano para privar a la gente de su autonomía, de su madurez y de su historia. Según él lo percibió, la gente llegará a amar su opresión y a adorar las tecnologías que anulen su capacidad de pensar. 
Lo que Orwell temía eran aquellos que pudieran prohibir libros, mientras que Huxley temía que no hubiera razón alguna para prohibirlos, debido a que nadie tuviera interés en leerlos. 
( )
En 1984, agregó Huxley, la gente es controlada infligiéndole dolor, mientras que en Un mundo feliz es controlada infligiéndole placer. Resumiendo, Orwell temía que lo que odiamos terminara arruinándonos, y en cambio, Huxley temía que aquello que amáramos llegara a ser lo que nos arruinara. Este libro trata la posibilidad de que sea Huxley, y no Orwell, quien tenga razón».
¿Les suena el análisis? Fue escrito en 1985, pero es todavía más ajustado hoy. Este es el principal peligro (deshumanizarnos y cosificarnos a base de placer y diversión), y el amargo, aunque irónico, libro de Huxley puede vacunar a los chicos. La novela se ambienta en un futuro donde las personas son incubadas y predestinadas a pertenecer a diferentes castas: Alfas, Betas, Gammas, Deltas y Èpsilones. Cada una de ellas está destinada a realizar ciertas tareas: algunas son más llevaderas, otras más arduas, pero pese a todo, el mundo es fríamente feliz. Desde que nacen, a los pequeños se les realiza la hipnopedia (adoctrinamiento a la hora de dormir; todavía no hemos llegado a tanto, ¿o quizás está sucediendo y lo que ocurre es que estamos dormidos sin saberlo?). Además, las necesidades de los individuos están satisfechas porque, en caso de sentirse mal, disponen del soma, una droga provista por el Estado. Pero no son personas, no son seres humanos, han dejado de serlo… son esclavos sin alma. El siguiente párrafo, extraído del libro, es tremendamente expresivo:
«—Muchos de ellos son normales porque están muy bien adaptados a nuestro modo de existencia, porque su voz humana ha sido silenciada muy temprano en sus vidas, (…). Son normales, no en lo que se puede llamar el sentido absoluto de la palabra; son normales, solo en relación con una sociedad profundamente anormal. Su ajuste perfecto a esa sociedad anormal es una medida de su enfermedad mental. Estos millones de personas anormalmente normales, viven sin problemas en una sociedad a la que, si fueran seres humanos, no deberían ajustarse».


1984 (1949). George Orwell.

Algunas portadas de ediciones en español.

Por lo que se refiere a la distopía de George Orwell, 1984, no parece aplicable hoy día a las satisfechas democracias liberales donde habitamos, pero sigue siendo útil: la imposición por medio de la fuerza permanece siempre unida al hombre, por muy profundamente dormida que pueda parecer; solo es cuestión de que se den las condiciones adecuadas (lo que no es difícil, como la Historia nos demuestra), y por si así sucediera, viene bien estar advertido y atento. Orwell definió memorablemente su novela como «una bota estampada en un rostro humano, para siempre». Una profecía ominosa y siniestra, en la que el control de la población se consigue a través de la fuerza y la violencia. Puede leerse en la novela:
«—Sabemos que nadie nunca toma el poder con la intención de renunciar a él. El poder no es un medio; es un fin. Uno no establece una dictadura para salvaguardar una revolución; uno hace la revolución para establecer la dictadura. El objeto de la persecución es la persecución. El objeto de la tortura es la tortura. El objeto del poder es el poder. Ahora empiezas a entenderme».
Además, hay otras cosas, algunas de las cuales están pasando ya. En la obra se nos presenta el súper estado de Oceanía –gobernado por un partido único que ejerce una dictadura totalitaria y cuyo máximo representante es el Gran Hermano–, lugar donde vive y trabaja Winston, un funcionario del Departamento de Registro que rescribe la historia. Y lo hace expurgando las noticias diarias de cualquier evidencia que deje mal al Partido único para introducir otras que lo ensalcen. La neo lengua, la Policía del Pensamiento, la manipulación de la historia y el control minucioso del «gran ojo» (algo a lo que hoy estamos siendo sometidos sin apercibirnos de ello), están recogidos en este libro premonitorio.

¿No ocurre esto hoy?

¿Podemos creernos verdaderamente libres, con los sabuesos cibernéticos rastreando nuestros rastros en la internet, intranet o cualquier net, con nuestras tarjetas de crédito y nuestros móviles clamando, extra muros nostris a los cuatro vientos digitales, datos que dibujan nuestra personalidad, hábitos y gustos? ¿Podemos sentirnos seguros y libres cuando se manipula la educación de nuestros hijos, se subvierte el significado, no solo de palabras, sino de conceptos y realidades, hasta llevarlas al absurdo y se proscribe toda convicción que no sea la ausencia de convicciones?

Nada de esto es muy diferente a lo que se cuenta en 1984.


Fahrenheit 451 (1953). Ray Bradbury.

Algunas portadas de ediciones en español.

Por último, la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, es similar en su enfoque a la de Orwell, en cuanto a la existencia de un control de violencia física y opresión material. Pero Fahrenheit 451, a diferencia de la novela de 1984, no es una novela política, es más bien una novela antipolítica que sigue a Dostoievski en sus tesis sobre la deshumanización de la modernidad: el mundo moderno ha culminado en regímenes ideológicos que, para subsistir, requieren arrancar al hombre todo lo que tiene de humano, y dado que la alfabetización pertenece a la humanidad del individuo, supone una amenaza para el régimen y debe ser erradicada. 

De todos modos, al final se trata de lo mismo; como en los otros dos libros no podemos dejar de identificar lo que nos pasa con aquello que sucede en la novela. Así, puede leerse en el texto:
«—A veces, me deslizo a hurtadillas y escucho en el Metro. O en las cafeterías. Y ¿saben qué?
—¿Qué?
—La gente no habla de nada.
—¡Oh, de algo hablarán!
—No, de nada. Citan una serie de automóviles, de ropa o de piscinas y dicen que es estupendo. Pero todos dicen lo mismo y nadie tiene una idea original.»
O bien:
«La herencia y el medio ambiente hogareño pueden deshacer mucho de lo que se inculca en el colegio. Por eso hemos ido bajando, año tras año la edad de ingresar en el parvulario, hasta que, ahora, casi arrancamos a los pequeños de la cuna.» 
(…) 
«Tengo a los niños en la escuela nueve días de cada diez. Me entiendo con ellos cuando vienen a casa tres días al mes. No es completamente insoportable. Los pongo en el salón y conecto el televisor. Es como lavar ropa; meto la colada en la máquina y cierro la tapadera –Mrs. Bowles rio entre dientes–. Son capaces de besarme como de pegarme una patada. ¡Gracias Dios, yo también sé pegarlas!»  
(…)  
«—La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo (…) Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe menos y menos».
¿No creen que deban leerlas? Yo creo que sí, pero ustedes dirán.

Aunque lo cierto es que al final todo se reduce a una cosa: nosotros, como los personajes de estos libros, estamos perdidos en una noche oscura y, angustiados, oímos voces que nos llaman. Pero solo a una debemos atender: Cristo. Y he aquí la diferencia: ellos están solos, eligieron estar solos; nosotros no. Nuestra labor es enseñar a nuestros hijos cómo suena esa voz, a fin de que la reconozcan y la escuchen, para que así, escuchándola, no se extravíen y en lugar de alejarse se aproximen a ella. 

Por ello estos libros son solo un pequeño complemento de aquello que hay que hacer. Pequeño, sí, pero no por ello despreciable, pues quizás haga ver a nuestros hijos las nefastas consecuencias de escuchar a algunas voces a las que no deben atender jamás.

Para jóvenes de 15 o 16 años en adelante.




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jueves, 12 de abril de 2018

ILUSTRADORES GENIALES (II): EN POS DE LA BELLEZA

El canto de la alondra, pintura al oleo de Arthur Rackham.





















«En un viaje a través de un libro es agradable llegar al oasis de una imagen o de un adorno, sentarse un rato debajo de las palmeras, dejar que nuestros pensamientos se resguarden del calor sofocante, beber de otras aguas intelectuales y ver las ideas que hemos estado persiguiendo, tal vez, reflejadas en ellas. Así terminamos como comenzamos, con imágenes».


Walter Crane.




Arthur Rackham (1867-1939)

Rackham fue un gigante, un artista innovador que trajo al arte de la ilustración estilo, color, imaginación y, a menudo, inquietante belleza. Con un estilo inconfundible en el que desataca el trazo de su pluma a tinta china, nuestro artista compuso, desde encantadoras siluetas (como en los cuentos de Blancanieves y de La Bella Durmiente) hasta dibujos de trazo fino y estilizado, coloreados, las más de las veces, con delicadas aguadas y transparencias que dan a la imagen la entonación propia de la fantasía de los cuentos que ilustran, y siempre dejando huella en todas ellas de su fuerte sentido de la sátira y de la composición. En su obra destacan, notablemente, sus recreaciones de las hadas y su mundo; a este respecto Edward Hodnett, comentando las ilustraciones de Rackham para Peter Pan en los jardines de Kensington, dice: «Fue un gran momento para las hadas, y Rackham les dio su encarnación más deliciosa: ellas, todas etéreas, ellos, todos de larga nariz y finas de orejas de murciélago».

El artista ingles elevó el arte de la ilustración a cotas desconocidas y conoció una popularidad inmensa, siendo hoy día considerado uno de los mejores artistas plásticos de principios del siglo XX.

Frontispicio de una de las primeras ediciones de Los cuentos de los hermanos Grimm ilustrados por Rackham.




Rackham logró, con la sola línea de su trazo, descubrirnos ese mundo incorpóreo que tiene una existencia paralela, inmerso en su invisibilidad, y del que tan acertadamente nos llama la atención el Cardenal Newman en uno de sus más famosos sermones (El mundo invisible). Precisamente, ya en su primer encargo, el libro ya comentado, Peter Pan en los jardines de Kensington, Rackham da cuenta de esta habilidad; transcribo las palabras de un crítico, más elocuentes que cualquiera de las mías: 
«En la ilustración de Rackham del Sr. Salford, el peso de sus líneas es la única forma de distinguir lo que es fantástico de lo que no lo es. El Sr. Salford está delineado con tinta dura y pesada, mientras que las criaturas de cuento de hadas que están justo detrás de él están hechas con trazos menos audaces, lo que da a entender una calidad translúcida y una presencia secreta. Este detalle sutil cambia el tono de la ilustración, dándole una sensación ligeramente desconcertante. Al estudiar la imagen, los lectores pueden volver la cabeza, esperando encontrar alguna criatura mágica sobre sus hombros. Además, el contorno, aún más dramáticamente suavizado por Rackham, de lo que parece ser la Abadía de Westminster, crea un marco nebuloso y soñador para la ilustración. A pesar de sus elementos desconcertantes e ignotos, la imagen logra expresar una alegría mágica que celebra la posibilidad de un contramundo escondido en medio de la realidad. El Sr. Salford demuestra esta alegría llevando una mirada de maravilla pacífica, como si supiera que hay otra capa hermosa en su realidad presente que se esconde tras de él. En esta ilustración, Rackham domina lo extraordinario al crear un atractivo equilibrio entre lo familiar y lo fantástico».

Esto puede verse en la referida ilustración y en otras del mismo libro, como vemos a continuación.

Ilustración del Sr. Salford y del pequeño Peter, ambos rodeados de hadas y gnomos, en Peter Pan en los Jardines de Kensigton.





En la obra de nuestros artista encontramos a raudales la belleza del diseño, la hermosura de las combinaciones de colores, urdidas con una suavidad de ensueño, la sutileza maravillosa de sus trazos y una infatigable inventiva, todas ellas rebosantes de delicadeza y romanticismo. Al respecto de esta última hay que resaltar que Rackham es de esos escasos ilustradores que no se limitan a acompañar al texto que ilustran, sino que con su arte nos trasladan, junto con aquel, y a veces, en paralelo a aquel, a mundo nuevos y extraordinarios. Hay que agradecer a este artista que, a través de los diversos estilos que frecuentó, con obras que van desde acuarelas impresionistas hasta elaborados grabados en madera, nos haya ayudado a confrontarnos con lo fantástico y maravilloso.

En suma, una delicia que los niños deben aprender a disfrutar, lo que podrán hacer gracias a que en el mercado editorial español hay bastante donde elegir.

Ediciones de Valdemar, Juventud y Olañeta.



La editorial Juventud ha venido editando desde principios del siglo pasado Los cuentos de los hermanos Grimm y Los cuentos de H. C. Andersen, ilustrados por A. Rackham en unas ediciones muy cuidadas, al igual que El libro de hadas de Arthur Rackham: Los mejores cuentos de la literatura universal. También nos encontramos ilustraciones de A. Rackham en El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, editado por Valdemar, donde aparecen igualmente ilustraciones de E. H. Shepard, y en de la misma editorial podemos encontrarnos con sus ilustraciones en Los viajes de Gulliver, de Swift, y en Los cuentos populares ingleses. Estos cuentos fueron igualmente editados por Olañeta en un volumen titulado Cuentos de hadas ingleses, igualmente ilustrados por Arthur Rackham. 

También podemos encontrar ilustraciones de Arthur Rackham en Peter Pan en los Jardines de Kensigton, editado tanto por Musicactiva como por Ediciones Gaviota, y por parte del Zorro Rojo se han editado, Cenicienta y La Bella Durmiente, en unos volúmenes preciosos y muy cuidados que recogen su ilustración en forma de siluetas al modo de sombras chinas. Hay que señalar también la edición de Acantilado de la obra clásica para niños de N. Hawthorne el Libro de maravillas: Para niñas y niños, con sus relatos de la mitología grecolatina, iluminados por los dibujos a tinta de Rackham, o también, editado por C. de Langre, El rey del Río Dorado, de John Ruskin y la Canción de Navidad, de Dickens, publicada por Anaya.

Ediciones de Juventud, El Zorro Rojo y C. de Langre.



Todos son libros que pueden ser leídos a partir de los siete años.



Jessie M. King (1875-1949)

De cómo cuatro reinas encontraron a Sir Lancelot en el bosque, de Jessie M. King.




Jessie M. King fue una de las más conocidas ilustradoras escocesas y uno de los primeros miembros de la famosa Escuela de Arte de Glasgow. Su estilo lineal y etéreo se prestaba a temas legendarios como el romance artúrico. La Historia del Santo Grial fue, de hecho, el primer encargo importante de la señora King. Fue publicado tanto en ediciones estándar como de lujo. Colin White escribió al respecto de su arte en dicho libro:
«Los dibujos de Jessie enfatizaron los elementos fantásticos de la historia. Las columnas en los pasillos estaban adornadas con joyas y adornadas con espirales de frutas talladas y flores. Las nubes estaban formadas por esferas de diminutos puntos, y el aire estaba lleno de estrellas y pétalos. Los vestidos de las damas eran de césped fino, totalmente inadecuados para el clima frío del norte del entorno, pero ideales para la eterna primavera de la leyenda».  
El sueño dorado del amor, por Jessie M. King.



Las ilustraciones de King se componen de líneas suaves y tenues, y sus figuras semejan una especie de ingravidez, con colores de tonos pastel extremadamente suaves. Sin embargo, estos colores pálidos, tan característicos del trabajo de King, no son todos intencionales, ya que algunos se han degradado con el tiempo. Las ilustraciones de Una casa de granadas, por contra, contienen colores bastante intensos y vibrantes, como se ve en las imágenes que siguen.

King ha sido definida por la crítica como una “simbolista practicante” que combinaba “el mundo de las hadas celtas con la visión infantil de la tierra de las hadas”, y cuyo naturalismo fue una síntesis de prerrafaelismo, japonaiserie y simbolismo celta. Comenzó en el art nouveau (la Glasgow School) y terminó en el art deco, aunque siempre mantuvo esa exquisita delicadeza que la caracteriza y la hace tan especial.

Portada y una de las ilustraciones de Una casa de granadas, de Oscar Wilde.



En español solo disponemos de un libro que contenga ilustraciones de nuestra artista, Una casa de granadas, los cuentos de hadas de Oscar Wilde dedicados a su esposa Constance, editados por Musicactiva (pequeña editorial gallega que se ha dedicado en los últimos años a rescatar del olvido ediciones hermosas de cuentos y cancioneros infantiles), del que en casa disponemos de un ejemplar y que les recomiendo para niños de 10 en adelante.