jueves, 25 de octubre de 2018

OLIVER TWIST. EL PRIMERO DE LOS HUÉRFANOS DE DICKENS

El sueño de Dickens, obra inacabada de Robert Williams Buss (1804-1875). 



“Nadie carece de utilidad en el mundo si alivia la carga que este supone para otro”.

Charles Dickens


Hay quien argumenta con bastante solidez que, después de Shakespeare, Charles Dickens es el mejor escritor en lengua inglesa. Algo menos disputada sería la tesis de que en sus obras trata temas duros y pone al lector cara a cara con épocas ásperas y personajes miserables. Y sin embargo, a pesar de todo ello, sus historias son inmensamente cautivadoras. 

En la novela de que voy a hablarles –Oliver Twist–, así como también, por ejemplo, en Tiempos difíciles (1854), en Casa desolada (1852) o en La pequeña Dorrit (1855), Dickens atacó las instituciones públicas y privadas inglesas con una ferocidad a la que nadie nunca ha osado acercarse. Pese a ello, se las arregló para hacerlo sin hacerse odiar, y más aún, terminó convirtiéndose en lo que es: una institución nacional y una figura representativa a nivel mundial. A decir de George Orwell, “Dickens parece haber tenido éxito en atacar a todos y en no antagonizar con nadie”¿Cómo es esto posible? Quizá la razón estribe en que todo lo hizo con un encanto irresistible.
Retrato de Oliver, el protagonista, realizada por Christian Birmingham. 
Y es en este encanto en el que quiero detenerme, en esta mezcla de humor y drama en la que se movió como pez en el agua nuestro autor. Porque a pesar de lo sombrío y trágico de sus temas, el escritor inglés se las ingenió para que sus historias no resulten sórdidas ni morbosas. Así ocurre con Oliver Twist (1838), la novela de que voy a hablar hoy.

Ya en esta, su segunda novela, Charles Dickens pone de manifiesto lo que sería una de sus constantes temáticas: su atención a los pobres y su condena al abuso a que estaban sometidos en la Inglaterra de la Revolución Industrial. Sin embargo, y aunque su denuncia y su crítica no la realizó bajo el amparo expreso de ninguna fe religiosa, un vago cristianismo latente puede ser percibido en su obra. Ciertamente, jamás ocultó su animadversión por la Iglesia Católica Romana (quizás por una falta de fe, causada, a decir del algunos, por un problema de comprensión de aquello que damos en llamar Providencia Divina), pero la huella de su educación anglicana nunca le abandonó y la preocupación por los desfavorecidos y oprimidos puede rastrearse a lo largo de toda su obra, con la caridad, el sacrificio y la entrega a los demás como valores presentes en casi todas sus novelas, tal y cual sucede en la que nos ocupa, Oliver Twist.
Ilustraciones de la novela, Bumble y Oliver, de Harold Copping (1863–1932) y Oliver, de Donald Teague (1897-1991).

Dickens probablemente poseía –como el mismo hace decir a uno de sus personajes en Nuestro amigo común (1864)–, “un corazón que jamás se endurece, un carácter que nunca cansa y un tacto que nunca lastima”, y si bien –como he dicho–, descendió a abismos oscuros, el acompañarlo en tales descensos acarrea convenientes lecciones. Porque, como dijo Chesterton: “Dickens demostró haber estudiado la vida, y que podía convertir la vida en literatura”.

En Oliver Twist nuestro protagonista en un huérfano, y el mensaje subliminal que esto trae consigo ya lo he comentado en este blog (todos somos huérfanos, todos estamos en una búsqueda existencial y finalmente todos podemos ser rescatados por una adopción sobrenatural. Ver la entrada Las historias de huérfanos). Pero el libro contiene alguna otra lección: la tesis principal de la novela es que un niño bueno y decente como Oliver puede resistir con éxito a la tentación y permanecer incólume a la corrupción. A este respecto es importante recordar que la novela de Dickens se tituló originalmente Oliver Twist, o el progreso del niño de la parroquia, una clara referencia a la alegoría cristiana de John Bunyan, El progreso del peregrino

La historia es más o menos como sigue: Oliver, abandonado al nacer, pasa sus primeros años en el orfanato de una parroquia. A los nueve años es enviado a trabajar fuera del hospicio, momento a partir del cual comienzan para él una serie de aventuras y desventuras que van, desde frecuentar los bajos fondos londinenses –dónde es forzado a unirse a en una banda de ladronzuelos callejeros dirigidos por el judío usurero Fagin–, a ser finalmente auxiliado por el benefactor Sr. Brownlow, no sin antes ser acogido por un tiempo en la casa de la señora Maylie y su ahijada Rose, una joven pura, inocente y hermosa, cuyo nebuloso pasado se entremezclará finalmente con el suyo. Por último, una serie de casualidades a cual más extraordinaria hacen que el joven huérfano reciba una merecedora recompensa acorde con sus bondades y desvelos, incluido el descubrimiento de sus orígenes, en tanto que en su camino se cruzan hombres generosos y cabales como el citado Sr. Brownlow y criminales maliciosos y violentos como el despreciable Bill Sikes. 

Ciertamente, en la novela –como en los demás trabajos iniciales de Dickens– hay una visión maniquea del mundo, con personajes totalmente malos y personajes totalmente buenos enfrentados una lucha terrible (que representa la batalla entre las fuerzas espirituales y terrenales del bien y el mal), sin que sus malos malísimos tengan siquiera opción a alguna a la redención, aunque hay que resaltar que la historia termina mostrando que el bien siempre prevalece al final.

Dejo a su criterio el juzgar la conveniencia de su lectura teniendo en cuenta la madurez del niño y la temática de fondo ya comentada. No obstante, creo que Oliver Twist es perfectamente legible para niños de 13 años en adelante; por cierto, me viene a la memoria una cita de Chesterton aplicable al caso que, más o menos, dice así: “La vida de héroes y villanos es la vida tal y como es realmente. Toda aquella literatura que nos presente la vida como peligrosa y sorprendente es siempre más verdadera que aquella otra literatura que nos la hace ver languideciente y llena de dudas. Porque la vida es una lucha y no una conversación”.

Y termino con un deseo. Que Oliver Twist sea la primera novela de Dickens que sus hijos lean y que tras su lectura les pidan alguna de sus otras obras, usando quizá las palabras de Oliver, aunque, afortunadamente, en un sentido distinto: –Mamá, Papá, “por favor, quiero un poco más”.

jueves, 18 de octubre de 2018

¿POR QUÉ SE HAN DE LEER LOS VIEJOS LIBROS?

En una biblioteca estamos rodeados de amigos, óleo de Louis Block (1848-1901?).



"Leed intensamente a los antiguos, a los antiguos de verdad! 
Lo que los modernos dicen de ellos importa muy poco!"

August Wilhelm Schlegel 



A lo largo y ancho de este blog me he prodigado en el consejo de una lectura infantil y juvenil anclada en el pasado, y creo que ese es uno de los múltiples reproches que me podrían plantear mis hipotéticos críticos, seguramente en su mayoría justificados, aunque, me adelanto, no en este caso. ¿Por qué tal cosa? ¿quizá porque soy un reaccionario, un dinosaurio atrapado en el ayer? ¿tal vez porque soy un timorato que no osa enfrentarse con la realidad que le ha tocado vivir? ¿o acaso porque pretendo –contra toda razón y pronostico–, guarecer a mis hijos del mal del mundo en torres inexpugnables y por ello solitarias?

Todas estas preguntas retóricas podrían dejar de serlo y merecer una puntual respuesta, pero me excedería del propósito de este artículo. Por ello me centraré en dar contestación a la cuestión que titula este escrito: ¿es bueno dar de leer a nuestros hijos libros viejos? y si esto fuera así ¿cuál es su fundamento?

Si me limitara a dar mi opinión, simple y desnuda, me temo que les daría flaco servicio pues mi criterio carece de autoridad. Sin embargo, honestamente, creo que es por dónde debo empezar. Si de lo que se trata es de leer buenos y grandes libros mi respuesta es que sí, que por supuesto que es bueno, ya que lo cierto es que solo el tiempo puede decirnos si el libro en cuestión merece ese calificativo; por lo tanto los viejos y ancianos libros son una elección segura. 

Y vista mi opinión, a continuación paso a apuntalarla. Para ello, y al igual que en otras ocasiones, acudo –por mi bien y por el suyo­–, a viejos conocidos. Si me siguen empezamos.

C. S. Lewis trató este tema en una introducción que escribió para la obra de San Atanasio Sobre la encarnación. Allí, Lewis nos presenta tres razones por las cuales los jóvenes deben tener una dieta constante de libros antiguos:

1. Siempre es más fácil aprender de la fuente
Cuando se trata de autores solemnes como Platón y Aristóteles, muchos asumen automáticamente que ni ellos ni sus hijos estarán a la altura. Tal suposición, señala Lewis, es completamente falsa:
“He encontrado como tutor en Literatura Inglesa que si un estudiante ordinario desea saber algo sobe el platonismo, la última cosa que se le ocurre es sacar una traducción de Platón del estante de la biblioteca para leer el “Simposio”. Prefiere leer alguna insípida obra moderna diez veces más larga sobre los “ismos” e influencias, que solamente una vez en cada doce páginas relata lo que dijo en verdad Platón. Su error es más bien genial, porque surge de la humildad. El estudiante teme encontrarse cara a cara con un gran sabio. Se siente inadecuado y piensa que no lo va comprender. No sabe que el gran hombre, por su misma grandeza, resulta mucho más comprensible que sus comentaristas modernos”.  
2. Amplía nuestra perspectiva
Leer las obras antiguas, argumenta Lewis, amplía la visión de perspectiva del lector y le permite comprender mejor los libros modernos que lee, y a la vez, desarrollar su espíritu crítico:
“Si te unes a las once en punto a una conversación que comenzó a las ocho, probablemente no captarás el sentido de lo que se está diciendo. Los comentarios que te parecen más apropiados producirán risas o irritación y no sabrás por qué; la razón, por supuesto, es que las primeras etapas de la conversación les habrían prestado un sentido especial que desconoces. De la misma manera, las frases contenidas un libro moderno que parecen muy ordinarias pueden ser dirigidas "a" algún otro libro; de esta manera, se te puede inducir a aceptar lo que hubieras rechazado con indignación si hubieras comprendido su verdadero significado”.
3. Nos ayuda a comprender el presente
Lewis reconoce que muchos autores y pensadores del pasado cometieron errores, que la sola antigüedad no es garantía de la verdad. Pero opina que el familiarizarnos con los libros que aquellos hombres escribieron nos permitirá buscar la mejor forma de evitar esos mismos yerros, adquiriendo una mayor perspicacia a la hora de detectarlos:
“Cada edad tiene su propia perspectiva. Es especialmente buena para ver ciertas verdades y especialmente propensa a cometer ciertos errores. Todos, por lo tanto, necesitamos los libros que prevendrán y corregirán los errores característicos de nuestro propia época. Y eso significa libros antiguos. (...) Podemos estar seguros de que la ceguera característica del siglo XX es la ceguera acerca de la cual la posteridad se preguntará: ¿Pero cómo pudieron haber pensado eso? (...) Ninguno de nosotros puede escapar por completo a esta ceguera, pero ciertamente la fortaleceremos y debilitaremos nuestra guardia contra ella, si leemos solo libros modernos. Donde estos muestren la verdad, nos ofrecerán verdades que ya sabíamos a medias. Donde sean falsos, agravarán el error del cual ya estábamos desde antes peligrosamente enfermos. El único paliativo es mantener la limpia brisa marina de los siglos soplando en nuestras mentes, y esto solo puede hacerse leyendo libros antiguos". 
Harold Bloom, el reconocido y exigente crítico literario, en su libro Cuentos y cuentistas, denosta, con su característico aire de superioridad, a los autores modernos –que él ejemplifica en los escritores de moda J. K. Rowling y Stephen King– y, mirando hacia atrás, nos dice así:
“Personalmente no encuentro diferencia alguna entre la literatura infantil y la buena o magnífica literatura para niños extremadamente inteligentes de todas las edades. J. K. Rowling y Stephen King son igual de malos; oportunos titanes de nuestra nueva Era Oscura de las Pantallas: computador, cine, televisión. Una y otra vez uno exhorta a los niños de todas las edades a que lean y relean a Andersen y a Dickens, a Lewis Carroll y a Edward Lear, en vez de a Rowling y a King. 
En ocasiones, cuando digo esto en público, me preguntan a continuación: ¿no es mejor leer a Rowling y a King, y seguir después con Andersen, Dickens, Carroll y Lear? La respuesta es pragmática: nuestro tiempo aquí es limitado. Lees y relees a expensas de otros libros. Si viviéramos varios siglos, quizá tendríamos vida y tiempo suficientes para hacerlo, pero el principio de la realidad nos obliga a elegir”.
G. K. Chesterton, por su parte, nos advierte en El hombre eterno:
“Es muy probable que la idea misma se encuentre repartida en todos los grandes libros de un carácter más clásico e imparcial, desde Homero y Virgilio a Fielding y Dickens. Se pueden encontrar todas las nuevas ideas en los libros viejos, solo que allí se las encontrará equilibradas, en el lugar que les corresponde y a veces con otras ideas mejores que las contradicen y las superan. Los grandes escritores no dejaban de lado una moda porque no habían pensado en ello, sino porque habían pensado también en todas las respuestas”.
Por otro lado, Sainte-Beuve en su libro Retratos literarios, nos dice, con una sabiduría nacida de la observación: 
“... todas las veces el gusto por los libros se adquiere paulatinamente. De joven, de ordinario se advierte poco su aprecio; se abren, se leen y se les rechaza fácilmente. Se les quiere novedosos y que halaguen tanto a los ojos como a la fantasía. Se busca un poco la misma belleza que en la naturaleza. Amar a los libros viejos como gustar el buen vino es signo de madurez.”
Todos sabemos que más viejo no es necesariamente mejor, pero también sabemos de la existencia de las veleidosas modas y de algo que conocemos como la prueba en el tiempo: si no damos a nuestros hijos libros testados, cuya calidad y valor haya sido probado por el tiempo, podemos estar dándoles en su lugar basura literaria cuya popularidad muy probablemente pasará por tratarse de una moda pasajera y desechable. Como dice William Hazlitt en su conocido ensayo sobre la moda (On fashion, en el Edinburgh Magazine, sept. 1818), esta, por su propia naturaleza, no puede ser buena: 
“No puede ser duradera, pues depende del cambio y de la variación constantes de sus propios disfraces de arlequín; no puede ser verdadera, pues si lo fuera no dependería de la inspiración del capricho; debe ser superficial, para producir un efecto inmediato en la multitud boquiabierta; y frívola, para aceptar que su existencia sea usurpada a placer por todos aquellos que siguiendo la moda aspiran a distinguirse del resto del mundo. Nada es en sí misma, ni de nada es señal, sino de la simpleza y la vanidad de los que la tienen por su mayor orgullo y adorno. Ejerce el más fuerte dominio sobre las mentalidades más débiles y estrechas, sobre aquellos cuya vaciedad no imagina nada digno de elogio excepto o que piensan otros y cuya vanidad les induce a restringir el concepto de excelencia a ellos mismos y a los que son como ellos”.   
Aplíquenlo a los libros que a cada semana se suceden en las listas de éxitos de las librerías. 

Schopenhauer por su parte, en el capítulo titulado «Sobre la lectura y los libros» de sus Parerga y Paralipomena, aconseja encarecidamente escapar de los malos libros, que él asimila grandemente a los contemporáneos, y dice así:
“Nueve décimas partes de nuestra literatura actual no tienen otro objetivo que sacarle al público del bolsillo algunos táleros: para eso se han juramentado el autor, editores y reseñadores. (...) Los libros malos son un veneno intelectual: estropean el espíritu. Para leer lo bueno hay una condición: no leer lo malo; pues la vida es corta y el tiempo y las fuerzas limitados. (...) Hay en todas las épocas dos literaturas, que circulan una junto a otra sin relacionarse: una real y otra sólo aparente. Aquélla se trasmuta en literatura que permanece”.
Más cerca de nosotros, José Vasconcelos señaló en su obra De Robinson a Odiseo, pedagogía estructurativa, la necesidad de que los jóvenes leyesen buenos libros viejos, “los libros grandes y generosos del pasado” como gustaba decir: 
“Ahora me dirijo a los 90 millones de hispanoamericanos, libres de bastardaje mental, y les recuerdo que sus antepasados, desde la infancia, gustaban de los clásicos griegos, leían a los latinos, se acercaban a las cumbres del espíritu humano, aunque todavía no poseyeran la máquina de calcular, el tractor de gasolina o el altoparlante. Nada me parece más urgente que acercar a la juventud, desde la infancia, a los grandes modelos de todos los tiempos. (...) Todo el ambiente de una escuela puede transformarse y ascender con una prudente dosis de buena lectura sólida de clásicos: Homero, Platón, Dante, los univer­sales, y, para nuestro uso, Cervantes, Calderón, Lope de Vega y Galdós, el último”.
Finalmente, John Senior en su obra La muerte de la cultura cristiana, no solo recomienda la lectura de los buenos libros como preparación para el posterior acceso a los grandes, sino que sitúa unos y otros a una cierta distancia temporal del lector:
“Hay también un común acuerdo en que tanto los libros “grandes” como los “buenos” sólo pueden ser juzgados desde una cierta distancia. Las obras contemporáneas pueden ser apreciadas y disfrutadas, pero no adecuadamente juzgadas; y así como un principio debe estar fuera de lo que se sigue de él (como un punto y una línea), así un estándar cultural debe establecerse después de un cierto tiempo; por ejemplo, desde el tiempo de nuestros abuelos. Hoy para nosotros el punto de corte es la Primera Guerra Mundial, antes de la cual los automóviles y la electricidad no habían llegado a dominar nuestras vidas y la experiencia de la naturaleza no había sido distorsionada por la velocidad y la destrucción de las sombras”.
Así pues, ¿se han de leer los buenos y grandes viejos libros? Por supuesto que sí, es imperativo, es conveniente y es, además, lo más inteligente.    
    

sábado, 13 de octubre de 2018

PIRATAS, PIRATAS Y MÁS PIRATAS

Caminando por la tabla, óleo de Howard Pyle (1853-1911).




“Si los cuentos que narran los marinos,
hablando de temporales y aventuras, de sus amores y sus odios,
de barcos, islas, perdidos Robinsones
y bucaneros y enterrados tesoros,
y todas las viejas historias, contadas una vez más
de la misma forma que siempre se contaron,
encantan todavía, como hicieron conmigo,
a los sensatos jóvenes de hoy:

—¿Qué más pedir? Pero si ya no fuera así,
si tan graves jóvenes hubieran perdido
la maravilla del viejo gusto
por ir con Kingston o con el valiente Ballantine,
o con Cooper, y atravesar bosques y mares:
bien. ¡Así sea! Pero que yo pueda
dormir el sueño eterno con todos mis piratas,
junto a la tumba donde se pudran ellos y sus sueños”.

R. L. Stevenson



No hay duda alguna de que la figura del pirata, del bucanero, del corsario, ha tenido desde siempre un gran protagonismo en la literatura, especialmente en la infantil y juvenil. Y sin embargo esto constituye una evidente paradoja: el pirata es un delincuente, un fuera de la ley, en ocasiones un asesino ¿porqué entonces aparece como héroe en muchas obras de la literatura infantil y juvenil consideradas clásicas? 

La respuesta puede estar en tres palabras: voluntad, honor y redención. La mayoría de estas historias responden a un esquema argumental tipo en el que el protagonista es un joven injustamente condenado por un crimen que no cometió, lo que le fuerza a convertirse en un hors-la-loi en contra su voluntad, sin que esta situación le impida continuar adherido a su propio y estricto código de conducta y honor. Tras una hazaña en la que el valor y el sacrificio se ponen de manifiesto (liberar una ciudad o una fortaleza, o rescatar a una dama o a una princesa) se redime a sí mismo, lo que le permite reintegrarse en la sociedad. Se trata por tanto de un tipo de pirata sui generis, peculiar y moral, todo lo cual va en contra de la propia definición de pirata, pero enlaza, de manera irresistible, con la parte seductora del personaje (muy bien definida por el famoso corsario Bartholomew Roberts de la siguiente forma: «en un trabajo honrado, lo corriente es trabajar mucho y ganar poco. La vida del pirata, en cambio, es plenitud y saciedad, placer y fortuna, libertad y además poder.») y con los naturales deseos de libertad y aventura propios de los jóvenes. Por último, no se puede olvidar el atractivo romántico de estas historias, aderezado convenientemente por pinceladas de romances y amoríos, trasunto actualizado de los amores corteses y de las relaciones del caballero medieval y su dama, «porque el caballero andante sin amores es árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma».

Con toda seguridad, todos ustedes podrían dar numerosos ejemplos de piratas literarios, y al igual que a ustedes acuden a mí mente muchas historias. De algunas esas historias ya me he ocupado –entre las que está, sin duda, la arquetípica, La Isla del Tesoro, origen de la figura del pirata como parte del imaginario colectivo juvenil–,  y a ellas me remito (la señalada La Isla del tesoro de Stevenson, Peter Pan de Barrie, El escarabajo de oro de Poe y Vencejos y Amazonas de Ransome). Respecto de todas las demás pasaré ahora a ofrecer una breve relación, forzosamente subjetiva e incompleta, pues casi todos los grandes escritores de la novela de aventuras tiene una obra que toca el tema.

Portada y contra portada de una edición temprana de El pirata, ilustrada por John Leighton (1822-1912).

El pirata (1822). Walter Scott: Según la deliciosa sinopsis de Novelas y cuentos, revista literaria (con la que, por cierto, tengo vinculaciones familiares y cuyos tomos que se amontonaban en los estantes de mi padre y de la casa de mis abuelos paternos, lo que recuerdo con especial cariño) “en un país de siniestras leyendas, batido por olas y vientos, el ardor de unos corazones contrasta con el frío glacial. en un marco desolador, extravagantes supersticiones y aventureros de sombrías ideas”. En medio de todo ello asistiremos a los amores entre el pirata protagonista –el capitán Cleveland– y su amada Mina Troil, con las espectrales islas Shetland de Escocia como telón de fondo. Para chicos de 13 años en adelante.

El Pirata Rojo (1828). Fenimore Cooper: compendio de aventuras con un joven y un misterioso pirata como protagonistas, donde la audacia, la temeridad y la dureza de lo implacable de los corsarios se unen en el corsario protagonista a un sentimiento de caballerosidad, respeto a la palabra dada y a un halo de patriotismo que engrandece su figura a pesar de lo equívoco de su oficio rapaz. Una gran novela de aventuras con un misterioso personaje central y delicados toques sentimentales que culminan en un final inesperado. Para chicos de 13 años en adelante.

Los bucaneros al asalto, obra de Frederick Judd Waugh (1861-1940).

Los buscadores de tesoros (1847). Washington Irving“historias de piratas, abordajes, encarnizadas luchas y apresamiento de barcos abarrotados de oro. Viejas leyendas de aquellos audaces aventureros y de sus inmensos tesoros enterrados que a tantos han hecho soñar con riqueza y poderío”, dice la sinopsis de Novelas y cuentos. Una serie de relatos engarzados por unos mismos narradores, en los que los que el misterio de lo sobrenatural y la dura y cruel vida de corsario son usados para advertir sobre la indeseable realidad que se esconde tras una vida fácil de riqueza y poder. Para quien guste de piratas, tesoros perdidos y leyendas. Recomendado para chicos de 15 años en adelante.


Una de las famosas portadas de Manolo Prieto (1912-1991)) para El pirata de Scott, en la revista literaria Novelas y cuentos y la edición de Minotauro de Los buscadores de tesoros. 

El halcón pirata –o los piratas del "Halcón"– (1872). Thomas Mayne Reid: trepidante historia de un hombre –John Coe–, que es obligado a convertirse en filibustero a la fuerza en un buque americano que piratea en las costa de Maryland y se enamora luego perdidamente de una enigmática mujer de origen francés que forma parte de la tripulación, llamada Louise Durocher. Aventuras, riesgo y amor con un esperado final. Recomendada para 13 o más años.

El Corsario Negro (1898). Emilio Salgari: Emilio de Roccabruna, señor de Ventimiglia, se ve obligado a convertirse en corsario para vengar la muerte de su hermano a manos del gobernador de Maracaibo. La historia mas perfecta de Salgari donde la venganza, el honor y el amor se entremezclan con la intriga, la pasión y los secretos gracias a una prosa ágil y fluida que no da descanso al lector. La novela dio inicio al denominado “ciclo piratas del Caribe” y fue seguida por La reina de los caribes, La hija del Corsario Negro, El hijo del Corsario Rojo Los últimos filibusteros. Lo disfrutarán más y mejor de 13 años en adelante.

Edición de El Corsario negro de Biblok con las clásicas ilustraciones de Pipein Gamba (1868-1954).

Los tigres de Mompracem (1900). Emilio Salgari: novela de aventuras en un mundo desmesurado poblado de grandes peligros, animales salvajes y pasiones desbocadas, en el que, sin embargo, terminan prevaleciendo los valores románticos de la lealtad, la amistad, el coraje y el amor. Situando la acción en paisajes exóticos de Malasia, Emilio Salgari relata con su maestría habitual las aventuras de Sandokán, conocido como el temible Tigre de la Malasia, el líder de los piratas malayos que gobierna los mares de Borneo y tiene declarada la guerra sin cuartel a los británicos y holandeses. Desde los 13 años.

Edición de la editorial Prometeo con cubierta obra de Arturo Ballester (1892-1981).

La expedición del pirata (1902). Jack London“un muchacho, con la ilusión de correr aventuras y demostrar que es capaz de valerse por si mismo, abandona estudios y hogar y se une a un pirata sin escrúpulos ni ley, hasta que una dura experiencia le hace ver la realidad de la vida” (presentación de la novela en la revista literaria Novelas y cuentos). Asistimos así a lo que viene ser una novela de formación en la que London ofrece a su protagonista un final feliz, satisfaciendo su inicial deseo de independencia con la nostalgia de un hogar y el logro de un equilibrio interior y una madurez de los que carecía. Una deliciosa novela que conjuga a un tiempo un objetivo moralizador y cautelar con una trepidante sucesión de aventuras. Para niños de 11 años en adelante.

Los piratas del "Halifax" (1903). Julio Verne: nueve jóvenes de diversas nacionalidades se embarcan en un navío que los conducirá desde Inglaterra hasta la isla de Barbados. Sin embargo, la noche antes de embarcar, la nave es tomada por un grupo de fugitivos: los piratas del Halifax. Se inicia así una entretenidísima novela juvenil de viajes, traiciones y peripecias en alta mar, hacia las idílicas Antillas caribeñas. Para niños de 11 años en adelante.


Ilustración de la novela Los piratas del "Halifax", obra de Henri Faivre.

El Capitán Blood (1922). Rafael Sabatini: Durante el tumultuoso reinado de Jaime II, el joven caballero Peter Blood, médico de profesión, es detenido por auxiliar a un rebelde herido. Condenado a diez años de esclavitud en una plantación de Barbados, logra sin embargo escapar y se convierte en  un exitoso y gallardo pirata, conocido como Capitán Blood, que actúa bajo un estricto código de honor y que solo guarda un objetivo: limpiar su nombre y volver a Inglaterra. Asistimos a su lucha contra el corrupto gobernador francés, a su enamoramiento de la bella sobrina de aquel y a la salvaguardia de la colonia británica de un ataque de los franceses, redimiéndose así de su antigua condición de proscrito. De 13 años en adelante.

El capitán Blood ilustrado por Dean Cornwell (1892-1960) y por N. C. Wyeth (1882-1945).

Y visto el panorama, solo les resta, quizá, lo siguiente: recluten a sus grumetes, preparen las tablas de asalto, ármense de valor y grítenles a los suyos: ¡bajen las velas y prepárense para el abordaje muchachos!

Que lo disfruten.








jueves, 4 de octubre de 2018

CONSTRUYENDO UN HÁBITO (VII). LA CONVERSACIÓN

Leyendo el Werther, óleo de de Wilhelm Amberg (1822-1899).


“Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido.
Oscar Wilde


“Habla para que yo te conozca.
Sócrates


“No tengo ningún deseo de entablar diálogos con quien haya escrito más que leído.
Samuel Johnson

Uno de los placeres que trae consigo el acto de leer un libro es el compartir con los demás lo aprendido, lo experimentado y lo pensado tras o durante su lectura; me refiero a lo que en nuestra casa solemos llamar conversar sobre los libros

Es bien sabido que conversar es un hábito saludable y enriquecedor. Si “contar es encantar”, como decía Gabriela Mistral, “conversar es acoger”, señala el filósofo Humberto Giannini, y más aún cuando se trata de nuestros hijos.
La buena conversación refuerza y tonifica los lazos de los que en ella intervienen; por lo tanto, si mantenemos charlas con nuestros hijos nos uniremos más a ellos, y si, además, versan sobre libros y lecturas, ayudarán a consolidar la costumbre de leer que estamos tratando de hacer germinar en nuestro hogar, pues permitirá a los chicos socializar una experiencia que, como la lectura, es original y genuinamente solitaria (caso a parte sería la recitación en alta voz, igualmente relevante, de la que hablamos en la entrada Construyendo un hábito (I). La lectura en voz alta). Se trata de un saludable hábito de refuerzo y estimulo que es conveniente llevar a cabo. Nosotros en casa lo hemos hecho y seguimos haciéndolo de la forma y manera que les muestro a continuación, diferenciando tres momentos en esa conversación sobre los libros: antes, durante y después de la lectura del libro.


Las recolectoras de nueces, obra de William-Adolphe Bouguereau (1825-1905).

ANTES DE LA LECTURA 
Antes de comenzar a leer un libro resulta obviamente necesario elegirlo. Esta es una labor delicada que trae consigo, no solo un acto de discernimiento y una acción de la voluntad, sino también un aprendizaje sobre cómo llevar a cabo, de forma sensata y conveniente, tan delicados actos.  
De entrada nada de laissez faire, laissez passer; hay que ayudarles a elegir, y si bien nuestra ayuda habrá de estar siempre presente, deberá sufrir una transformación progresiva, y así, pasaremos de escoger nosotros en sus primeros años, a que elijan ellos en su etapa de adolescencia y juventud. Por ello, a medida que crezcan, nuestra labor en este proceso de elección irá disminuyendo y su autonomía aumentando, aunque nunca debamos ausentarnos del todo; tiene que haber una presencia, un acompañamiento, que terminará siendo tenue y velado. Simplemente hay que pasar de la acción de elegir, al consejo y la recomendación sobre qué libro seleccionar (a veces utilizando técnicas como la psicología inversa, o en ocasiones dejándoles cerca algún volumen que pensemos es interesante que lean y sepamos que les va a gustar).  


Muchacha con libro, de A. H. Watson (1896-1984) y Niña leyendo de Rosina Emmet Sherwood (1854–1948).
No obstante, deberemos respetar su gusto siempre que este se mueva dentro de ciertos limites. Los chicos están bajo nuestra supervisión y cuidado y es responsabilidad nuestra darles lo mejor, y aunque parezca una perogrullada, lo mejor es aquello que nosotros en conciencia entendemos que es lo mejor. Hay una educación estética, literaria y artística, y hay también una educación moral y religiosa y nosotros somos quienes debemos impartirla. Los libros que nuestros hijos elijan deberán ajustarse a los límites que previamente habremos prefigurado; así que, dentro de estas fronteras, y a partir de un determinado momento (los 9 o 10 años puede ser una buena edad), primero consejo y recomendación y, finalmente, libertad de elección, pues cada niño es un mundo.


La elección de los libros de Edouard Vuillard (1868-1940) y Eligiendo un libro de Wladyslaw Bakalowicz (1831-1904).
En todo caso, tras cada elección estará la mano invisible que comprará y proveerá la biblioteca familiar, la cual será movida, a diferencia de la Adam Smith, por una voluntad individual paterna que sopesará muy concienzudamente lo que estime más conveniente para los niños.
También en esta fase es recomendable facilitarles una escueta información previa al respecto de aquello que van a leer, dando unas breves pinceladas sobre el libro: hablar de quien lo ha escrito y en que momento fue publicado y realizar un breve comentario, tanto al respecto del pasaje histórico y del paisaje geográfico concretos en el que se desarrollará la trama, cuanto sobre la situación global del mundo en dicha época. Ello ayudará al niño a comprender mejor la historia y a imaginar más fielmente a los personajes, su aspecto, sus ropajes y su forma de desenvolverse.    
Por último, considero conveniente facilitar a los niños un pregusto de lo que se van a encontrar. Esto puede hacerse de diversas maneras. Por ejemplo, bucear en la memoria y compartir con ellos los recuerdos de nuestra propia lectura del libro (mejor cuanto más remotos sean. La infancia de los padres es un lugar maravilloso y mágico para los hijos). O bien realizar predicciones al respecto del contenido y la forma del libro y sobre que encontrarán en él. Es preciso seducirlos un poco, levemente, para abrirles el apetito literario.

DURANTE LA LECTURA
Es muy importante estar ahí, cerca, siempre cerca, sea para ayudarles con la comprensión de algún párrafo que les quede grande; sea para echarles una mano con el vocabulario (buen momento para enseñarles a manejar los diccionarios) o sea para comentar lo leído. Y aquí quiero detenerme un momento, porque uno de los momentos más deliciosos para mí sigue siendo el agitado y ameno diálogo que sigue tras cerrar el libro cada noche –una de nuestras conversaciones sobre los libros más encantadora–: ese intercambio de emociones; ese comentario crítico en pañales; esa disposición a contar la maravilla y el entusiasmo que les desborda; ese jugar a hacer predicciones (¿qué va a pasar? ¿no le pasará esto, no sucederá aquello, no? ¡no puedo seguir, estoy tan nerviosa!…). 


El cuento de hadas, óleo de James Sant (1820-1916).
En otras ocasiones, intercalados con interrupciones y risas, se comparten opiniones que suelen terminar en debates. También hay lugar para las confidencias, sobre todo cuando una de las dos no ha leído todavía el libro que está leyendo la otra. La escena que suele darse en estos casos es la de mi trasiego, en un continuo ir y venir de una a otra cama, para escuchar los comentarios admirativos, apenados o ansiosos que, entre cuchicheos (a fin de no desvelar algún episodio fundamental de la trama), cada una de ellas me revela acercando su cabeza a la mía. O bien se escuchan cosas como, –¡Tápate los oídos, que voy a contarle a Papá algo que no puedes oír! 

Y no voy a hablar de sus conversaciones, que también las hay, por supuesto...     

Todo ello es delicioso e inacabable… Ver sus ojos brillantes, a veces sus lágrimas, en otras ocasiones sus grandes sonrisas y compartir esos momentos con ellas es algo maravilloso. Pero, ¡qué difícil es hacerles comprender que es tarde y que hay que dormir! He de serles sincero, espero que tal hábito no decaiga, que siga siendo gozoso y que se mantenga durante mucho, mucho tiempo. 

TRAS LA LECTURA (AL ACABAR EL LIBRO).  
Es momento del comentario final, del “me gustó o no me gustó”, del rechazo o el deleite, de la necesidad de buscar más y más (otro como este, por favor). Es la ocasión de establecer relaciones con otras obras, de comparar lo leído con ese y aquel otro libro, de volver a hablar del autor y de la época, ahora con mayor participación y conocimiento del niño lector. Es la oportunidad de constatar si se han colmado las expectativas, si han entendido el libro y de que manera y hasta dónde, si lo recomendarían a un hermano o a un amigo, si volverían a leerlo, si desearían que no se hubiera acabado, si querrían leer otro... De nuevo es el tiempo y el lugar para una conversación sobre los libros, encantadora e interminable. Y de nuevo constituye una delicia. 
Toda buena conversación se inicia con una pregunta. No importa cual sea esta; si es buena, inteligente o tonta. O si son ustedes o son ellos quienes la formulan. Solo es una puerta que atravesar. Pero es verdad que en nuestras conversaciones sobre libros siempre están presentes las clásicas, las preguntas de toda la vida: ¿qué te llamó más la atención? ¿qué personaje te gustó más? ¿con cual te identificarías y porqué? ¿te gustó el final? ¿cómo te habría gustado que hubiera terminado?, y muchas otras que seguro se les ocurrirán.


Interior con una madre leyendo en voz alta a su hija, Carl Vilhelm Holsøe (1863-1935) y Madre e hija, de James Jebusa Shannon (1862-1923).
De todas maneras, les recomiendo que entre esas preguntas incluyan algunas que permitan al niño establecer conexiones personales con la historia. Por ejemplo, una que casi nunca falta en nuestras conversaciones es: ¿qué hubieras hecho tú si te hubiera pasado lo mismo que al protagonista? Este tipo de pregunta ayuda a los niños a relacionar las historias con ellos mismos y con su mundo y nos permiten profundizar en la enseñanza poética que, imaginación en ristre, podrán llevarse a sus vidas al acabar el libro.
Así que conversen, conversen con sus hijos sobre, ante, para, tras, durante… salvo sin contra, charlen con ellos de libros con todas las preposiciones, y háganlo con sensibilidad, curiosidad y… con paciencia, mucha paciencia.
Finalmente les recomiendo una práctica que considero útil, cual es la llevanza de un libro de lecturas, que estimulará indirectamente la costumbre de leer, que les convertirá en dueños de sus opiniones y que les ayudará a forjar y consolidar sus recuerdos, pues como señaló Francis Bacon, “la lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil y el escribir lo hace preciso”.

jueves, 27 de septiembre de 2018

DE LA OCIOSIDAD SAGRADA

Soñando, oleo de Maxfield Parrish (1870-1966).


«Vitanda est improba siren desidia».
(Debes permanecer atento a la malvada tentación, la pereza).
Horacio

«Existe la ociosidad sagrada, cuyo cultivo está ahora terriblemente descuidado».
George Macdonald

«Lo que más me gusta hacer es nada».
A.A. Milne. Winnie de Pooh


La pereza es probablemente el menos comprendido de todos los pecados capitales, quizá por ser el más discreto en términos de gravedad; es la cenicienta de los pecados, el más disculpable –en apariencia–, y por eso le prestamos menos atención que a los otros; «la bestia de suave sonrisa» dice en acertada expresión John Senior. La prueba está en que, por pereza solemos entender, con manifiesto error como señalaré más adelante, la falta de actividad, la pasividad ociosa y lánguida; pero definirla de esta manera es mirar, grosso modo, solo una de sus posibles manifestaciones –que además puede resultar equívoca–, sin decir nada de su naturaleza. Por eso es necesario prestarle mayor atención. Y si lo hacemos, veremos que, de hecho, sus manifestaciones pueden encontrase tanto en la hiperactividad como en la inactividad. 

Probablemente esta defectuosa percepción venga causada por nuestra cultura mecánica y material, en la que todo está en movimiento continuo, en la que todavía se tienen por ciertos conceptos como progreso y evolución de los que es sinónimo el mismo movimiento; hemos olvidado que no toda acción es exitosa y que no todo acto es logro. El uso extremo de la energía productiva, del cambio, del movimiento, puede ser decididamente perezoso y por tanto pernicioso. Y sin embargo es igualmente disculpable; es más, en este caso, suele ser alabado y elogiado.

Pero hacer por hacer supone tan mal comportamiento como no hacer por no hacer, siempre que lo que se haga o se deje de hacer no sea resultado de un buen propósito. 

Así, elogiamos comportamientos esencialmente perezosos y carentes de virtud como el desenfreno hiperactivo, al tiempo que confundimos (también por esa falta de atención), lo que es ocio con pereza, lo que es vicio con virtud. Hemos olvidado aquello que George Macdonald calificó de «ociosidad sagrada».

En nuestro tiempo existe una sobrevaloración de la actividad en general, y esto lo contamina todo. Como dice Josef Pieper, se trata de la «incapacidad de dejar que suceda meramente algo, la impotencia para recibir sin más y permitir que a uno mismo le ocurra algo». La causa de que esto sea así reside en que esta actitud presupone humildad, modestia y exige efusión y gratitud. Se trata de aceptar un regalo, saber recibirlo y mostrar agradecimiento por ello. Pero somos demasiado orgullosos para desear hacerlo o siquiera saber hacerlo. 
Dolce Far Niente, oleo de John William Godward (1861-1922).
De esta manera, la pereza no se agota en sí misma en la nada. «Il dolce far niente» de los antiguos romanos (la «inertia dulcedo» de Tácito), es tan pernicioso y pecaminoso como el activismo febril si no conduce a la contemplación.

Y es esta finalidad –la contemplación– es la que ha de ayudarnos a discernir que es pereza y que es «ocio sagrado»

Hablo de esa holgazanería sagrada a que se refiere Macdonald y que es redefinida por Madelaine L´Engle como el momento en el que el pensamiento imaginativo toma el relevo del pensamiento racional y se abre camino hacia la contemplación; como decía Macdonald en una de sus oraciones: «hasta que al fin haya un camino abierto entre Ti y nosotros, y tus ángeles suban y desciendan sobre nosotros, para que estemos en tu cielo, y mientras estemos en tu tierra». En otras palabras, participar en la ociosidad sagrada es imaginar un camino de sueños abierto entre nosotros y el cielo, mediante el cual poder acercarse a las cosas en sí y experimentar la verdadera naturaleza de las mismas mientras todavía estamos «aquí en Su tierra». 

Por lo tanto, tampoco se trata de una absoluta inactividad, de una inmovilidad persistente, sino, como señalaba agudamente Stevenson, esta ociosidad «no consiste en no hacer nada, sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los dogmáticos formularios de las clases dirigentes», es decir, consistiría en un hacer algo distinto de un trabajo servil: por ejemplo, mirar a las estrellas o recolectar flores.

En todo caso, como decía Macdonald, eso está olvidado. Y hoy más que nunca. En nuestro mundo sufrimos de dos alteridades, igualmente extremas e igualmente perniciosas.

Detalle de la obra, El padre Santiago (o, El leñador), de Jules Bastien-Lepage (1848-1884).
Por un lado, tenemos el activismo febril, que ha sido denominado por Caturelli, con gran acierto, como «pereza activa»: «La contemplación (imperfectísima en las obras humanas, imperfecta en los efectos divinos en el tiempo, perfecta en Dios allende el tiempo) es visión y amor del bien espiritual. De ahí que un mundo inmanente a sí mismo solamente produce un activismo seco y desesperante al que llamo pereza activa, pues es amargura y huida de la vida interior donde se contempla el bien espiritual y alocado movimiento productor de bienes físicos, de confort y de desmemoria de sí»

Consecuentemente la «pereza activa» ha llevado a la absolutización del trabajo. «Desde la aparición del industrialismo –sigue diciendo Caturelli-, en la medida que su propio desarrollo se lleva a cabo inmerso en el inmanentismo de un mundo autosuficiente, tiende a considerar al hombre como “productor” y no como persona trascendente al acto mismo del trabajo. Por este motivo profundo, la absolutización del trabajo reemplaza el ocio contemplativo (optimista, intelectualista, trascendentista) por un triste activismo diario que odia todo valor trascendente al mundo del trabajo»

El pelagianismo y la acedía se encuentran muy cerca de esta pereza activa, que en todo caso parece una manifestación más de un pecado capital, se llame como se llame este. 

Y por otro lado, tenemos a más de un tercio de la población (y el porcentaje se eleva cuanto más jóvenes), sumidos en un estado de cuasi postración, entre pereza, astenia y depresión; aislados unos de otros y sumergidos en una realidad virtual paralela y alienante. Incapaces de comunicarse personalmente, incapaces de sobreponerse a la frustración o al fracaso. 

Hoy se siente esta ausencia más que nunca y se busca desesperadamente llenar su vacío: nestingmindfulness, yoga… Pero amigos, no se busca dónde debe buscarse. Como siempre, se trata, no de remedios sino de remiendos. Sustitutivos apresurados, con promesas vacías de prontos resultado. Y como mayor yerro, se presentan como fines en sí mismos prometiendo un estado anímico humano como objetivo mediato con vistas a posibilitar una laboriosidad centrada en el dinero y en el consumo. Se trata únicamente de fórmulas para desconectar y rebajar el estrés generado por esa fruición laboral.

Mujer de Dakota, óleo de Harvey Thomas Dunn (1884 - 1952).
La gente anhela más tiempo libre pero realmente no sabe para qué. Es como un deseo difuso pero invencible, tan ansioso e irreprimible como la imperiosa necesidad de respirar; un impulso tan inconsciente como irrefrenable, pero que no apunta realmente en ninguna dirección. O quizá si, quizá se trate solo de algo negativo: la liberación de los deberes y las responsabilidades, de los horarios y las expectativas.  En todo caso, esto no arregla nada. Caminos equivocados que persiguen fines errados y peligrosos (como el yoga) o viejas herramientas mal utilizadas que trabajan para fines inconvenientes (como los llamados nesting y mindfulness).

Porque lo cierto es que, al terminar estos paréntesis utilitarios, volvemos a nuestra realidad apresurada, consumista y materialista, y tenemos que "ponernos al día" con nuestras listas de tareas y con el sinfín obligaciones sobre contactos, actividades y labores que hemos bloqueado deliberadamente mientras estábamos en nuestro refugio temporal. Y lo peor de todo, lo que resulta absolutamente errado es su objeto: mantenernos preparados y “sanos” para la competición y el trabajo obsesivo que con que nos “obsequiamos”. Cuando volvemos a los contextos de nuestra vida cotidiana, vemos que el denominado ocio en realidad no era más que una ociosidad utilitarista que más que acercarnos nos aleja de la contemplación, y que en realidad disfraza convenientemente un nuevo modo de pereza.

Y los niños y los jóvenes –los nuestros, sí–, son víctimas propicias de estos males. Lo vemos todos los días. De entrada, los tenemos sujetos a una incesante actividad de lo que podríamos llamar formación utilitarista/hedonista, con cursos escolares y extra escolares, con clases de todo tipo que los dejan agotados y exhaustos. Pero, sobre todo, nuestros chicos no saben esperar, no saben mirar con atención nada; se desesperan y se irritan ante la demora, el silencio o la necesidad de prestar atención. La ansiedad y la prisa forman parte de su modus vivendi. En suma, no saben (creo que ni tan siquiera pueden) aburrirse. Se han vuelto intolerantes al sano aburrimiento.  Ya hable de ello una vez (En busca de la imaginación perdida). Pero hay que seguir hablando. Y hay que seguir diciendo que la lectura es un bálsamo para este mal. 

Por un lado los libros les habitúan a sosegarse, a reposar, a prestar una atención, silente y pausada (no la frenética y agitada de los juegos de ordenador). Y por otro, los buenos libros son, como sabemos, graneros de donde reposan, para su alimento, toneladas de imaginación y fantasía, y hasta a veces, raras veces es verdad, la naturaleza real de las cosas mismas. Creo haberles hablado también de las numerosas puertas y ventanas que tiene ese granero, inmenso e inagotable (En busca de la imaginación perdida). 
«Era una tierra plácida, de inquieta y dulce fantasía,  
en la que, ante nuestros ojos entornados, brotaban sueños 
de fantásticos castillos en nubes pasajeras, 
aquellas que jamás huyen de un cielo de verano».
  
Castillo de la Indolencia. James Thomson
Y termino recordando la idea de Aristóteles de que «solo en el ocio somos más humanos»; así que volvamos, y con premura, a la practica de la «ociosidad sagrada» que clamaba George Macdonald, regresando a esa «tierra plácida de inquieta y dulce fantasía», y hagámoslo, entre otras formas, leyendo; leyendo buenos libros con nuestros hijos. Nos hará bien a unos y otros.