sábado, 8 de abril de 2017

EL MAPA DEL PAÍS DE LAS HADAS Y LA BIBLIOTECA INFANTIL

El mapa del País de las Hadas donado por Ethel Sidgwick a la Biblioteca Pública de Nueva York


«Medicina para el alma»

Inscripción en la puerta de la Biblioteca de Tebas


En la Biblioteca Pública de Nueva York, en una mesa baja, cubierto con un vidrio, se encuentra un mapa, un viejo y maravilloso mapa que es la delicia de los niños curiosos que hasta allí se acercan, o lo era hasta hace poco tiempo. A inicios del pasado siglo, Ethel Sidgwick, la novelista inglesa, en una de sus visitas a Nueva York, dejó como regalo para los niños de la ciudad este gran mapa que representa El País de las Hadas. 

La escritora y promotora de la lectura infantil Maude Dutton Lynch, de la que hablaremos más adelante, amaba este mapa y decía de él lo siguiente:

«A menudo dejo mis compras antes de tiempo y paso mi última media hora en la ciudad escrutando este mapa, que para mí no es meramente un mapa del País de las Hadas, sino mucho más. Representa un grabado de colores finos de lo que debe ser la mente de un niño que ha crecido entre los libros. Cada centímetro de este mapa está lleno de escenas y criaturas queridas por los corazones infantiles. El señor Grimm está allí sentado en la Pared Brillante, con el mar a sus pies, mar sobre el que avanza rápido El Argos de Jason y sus Argonautas, pasando a su lado el bote sin timón en el que la pequeña Gerda navega en su búsqueda de Kay. Los buques de Salomón atraviesan el Mar Encantado y el barco de Tristram de Lyonesse fondea cerca de la costa desde donde se levanta la Santa Montaña de Monsalvat, donde se encuentra escondido el Santo Grial. Con ansiedad busco entre las cabañas de chocolate, los Muros de la Magia y el Jardín de los Sueños para encontrar nuevos rincones o lugares escondidos donde mis hijos puedan perderse y explorar. Porque aquí hay un mapa y una brújula para orientar a su hijo en su viaje al gran reino del romance y la poesía. Aquí se encuentra desenrollado a sus pies un mapa de lo que es su herencia legítima, el paraíso de los niños, el país que pertenecerá eternamente a los niños y niñas que viajan a lo largo y ancho, y de un lado a otro, de una estantería que ocupa toda una pared.»

El mapa es hermoso y como puede verse de su examen (la foto que acompaño es de alta resolución y permite una exploración detenida; les aconsejo hacerlo en compañía de sus hijos, es una bonita experiencia y acudiendo a este enlace, donde encontrarán una foto de mayor resolución todavía:

http://www.slate.com/content/dam/slate/blogs/the_vault/2016/01/15/LgFairylandMap.jpg).

Encontrarán múltiples referencias a cuentos, historias y leyendas. Uno puede demorarse deliciosamente, largo tiempo, por entre sus ilustraciones.

El ratón de biblioteca  de Eduard Swoboda (1814-1902) y Niñas leyendo de Arthur Rackham 1867 –1939)
Pero el asunto no es el mapa, sino lo que el mapa significa y específicamente lo que significaba para la Sra. Dutton Lynch. Ella dice, poéticamente, que es más que un mapa, que es “un grabado de colores finos de lo que debe ser la mente de un niño que ha crecido entre los libros” y que lo que representa es un “país que pertenecerá eternamente a los niños y niñas que viajan a lo largo y ancho, y de un lado a otro, de una estantería que ocupa toda una pared.” Y aquí me detengo, porque aquello sobre lo que vengo a hablar es esto último: El estante de libros de pared de la Sra. Dutton Lynch.

Y a este respecto, me gustaría hacerles una propuesta. Por supuesto, como todas las propuestas, esta tiene unas condiciones básicas dentro de las cuales es posible cierto grado de libertad. Si esta última no existiera, con toda seguridad todos y cada uno de ustedes me tirarían a la cabeza aquello que pudiera ofrecerles. Pero antes de formular la propuesta, preciso contar una historia que ilustra y en cierto modo inspira a aquella. Esta historia empieza con el Dr. Eliot y termina con la Sra. Lynch.

Y ustedes se preguntarán y con razón ¿pero quién es el Dr. Eliot? Pues el Dr. Eliot era Charles William Eliot (1834-1926), que durante su mandato como Presidente que fue de la Universidad de Harvard, se encargó de seleccionar y publicar una colección de 51 volúmenes conocida como los Harvard Classics, que ha venido siendo ininterrumpidamente editados desde 1909. Esta colección fue conocida bajo el curioso nombre de El estante de cinco pies del Dr. Eliot (Dr. Eliot´s Five Foot Shelf), porque Charles W. Eliot sostenía que los elementos de una educación liberal se alcanzaban destinando 15 minutos diarios a la lectura de una colección de libros que podían caber en un anaquel de cinco pies, –aunque en un principio hubiera medido sólo tres-. Concretamente señaló:

«Antes de que el plan de lectura que representan los Harvard Classics hubiera tomado forma definitiva, había declarado en público, más de una vez, que en mi opinión, una estantería de cinco pies –originalmente de tres– podría contener los libros suficientes como para acceder a un buen substituto de educación liberal a cualquiera que los leyera con dedicación, aunque sólo pudiera destinar quince minutos al día para su lectura.»

Eliot tenía en mente lo siguiente:

«Mi propósito en la selección de los Harvard Classics era proporcionar a un lector atento y persistente los materiales literarios de los cuales pudiera obtener una imagen fiel del progreso del hombre, observando, registrando, inventando e imaginando, desde los primeros tiempos históricos hasta el fin del siglo XIX. Dentro de los límites de cincuenta volúmenes, que contienen 22.000 páginas, iba a proporcionar los medios para obtener un conocimiento tal de la literatura antigua y moderna, como parece esencial a la idea de un hombre culto del siglo XX.»

De hecho hay un volumen 52, una especie de guía de lectura que se titula Quince minutos al día: una guía de lectura (Fifteen minutes a day: the reading guide, 1930, vol. 52, Harvard Classics).

Niñas leen un libro, ilustración de principios del siglo XX, autor desconocido
Unos años más tarde, en los años 20 del pasado siglo, la ya citada autora de libros infantiles Maude Dutton Lynch (sin duda siguiendo al Dr. Eliot), desde una columna semanal que mantenía en la revista Parents Magazine y en un artículo famoso titulado El estante de libros de pared, realizó una petición curiosa a los padres norteamericanos; la Sra. Lynch les conminaba para que comenzaran una biblioteca para cada uno de sus niños desde el momento de su nacimiento, dejando que la misma creciera durante toda la infancia hasta que ocupara todo el espacio disponible de una pared (es decir, nada de una estantería de cinco pies, ¡toda la pared!). Dutton Lynch señalaba que los niños necesitan variedad de libros tanto como necesitan alimentos. Ella apuntó al respecto de la mencionada biblioteca: 

«Arroje su regla de medición a los vientos. Comiéncela cuando el niño nazca y déjela crecer con el lapso de sus años. Déjela que crezca poco a poco, como una vid, de arriba a abajo, y alrededor de la pared. Deje que se desprenda en secciones y siga a cada niño desde que sale de la guardería hasta que tenga su propia habitación Abrale sus pasillos. Hágala tan indispensable para sus hijos como el techo sobre sus cabezas, o como parte de su vida cotidiana, cual si fuera una de las reuniones diarias de la familia. Porque los libros son los amigos eternos que no fallan, son los troncos voladores y las alfombras mágicas de la infancia, las fuentes místicas que sacian la sed ardiente de la juventud, los verdes pastos y las tranquilas aguas a donde, en nuestros últimos años, iremos a restaurar nuestras almas.»

Basándome en estos dos precedentes –más el segundo que el primero-, me atrevo a formularles mi propuesta.

Esta consiste en proporcionar a nuestros hijos un medioambiente lector, una especie de paraíso del libro, por el cual puedan deambular y, como en aquel añorado y ya perdido, coger de los estantes, cual arboles se tratasen, el fruto literario que apetezcan. 

Como el Dr. Eliot realizó una selección, así deberemos nosotros hacerlo, y al igual que el Dr. Eliot y la Sra. Dutton establecieron una medida física para los estantes, así habremos de hacerlo también. No sé si una pared está bien como medida, y ello aunque no alcance cinco pies. Que cada uno haga un uso juicioso de su espacio (por lo que dice mi esposa, creo que en mi caso el uso ha dejado de ser juicioso).

Pienso que la idea es interesante y que puede hacer que los niños se encariñen con los libros: la labor de buscarlos, de guardarlos, el ver crecer la biblioteca a medida que ellos crecen, ordenar los estantes, desordenarlos, constituirá un rito de iniciación y hasta podrá ser para ellos una obra personal y propia, todo un ceremonial y un fuerte lazo de unión entre ellos y sus libros. La idea de un niño que crece con su biblioteca me seduce, me parece mágica.

Mis libros de Honor Charlotte Appleton (1879–1951)  y óleo de Haddon Sundblom (1899-1976)
Nosotros hemos intentado hacer algo similar con nuestras hijas. Cierto es que no les hemos adaptado un espacio específico para sus libros hasta que ya estaban algo creciditas, pero no es menos cierto que les hemos ido comprando libros desde su nacimiento; ahora bien, como ya he comentado, el espacio existe, los libros también y las niñas hacen uso y disfrute de él. Y eso es bueno.

Respecto a la selección de títulos, será conveniente que se sientan participes en la construcción de la biblioteca, participación esta que irá aumentando a media que crezcan, lo que les ligará más fuertemente a esos libros, que sentirán más suyos. Deberá haber –al menos este ha sido nuestro caso-, un equilibrio entre el consejo paterno (y algo más que consejo) y su libertad; una relación similar a nuestra libertad natural y la Divina Providencia. No solo deberán sentirse libres, sino que habrán de serlo en algún grado; si conseguimos reconducir su facultad de elección a aquello que sea conveniente para ellos estaremos en el buen camino. Ni que decir tiene que este blog trata de ayudar en esta cuestión.

Otro día hablaré de nuestras incursiones a la caza de libros y especies afines… pero eso será otro día.


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