sábado, 27 de enero de 2018

SECRETOS, LIBROS E INFANCIA

Nuestro Señor Jesucristo bendiciendo a los niños, de Henryk Hektor Siemiradzki (1843-1902).


«Yo te bendigo Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque has ocultado a
los sabios y has revelado a los pequeños».

Mt 11, 25-27.

«Tú eres para mí un refugio que me libra de la angustia».

Salmos, 31, 7.

«No cesaremos en la exploración,
por más que su final sea llegar donde comenzamos
y conocer el lugar por primera vez».

T. S. Eliot.


Parecería, al menos para la mente adulta, que la infancia es un tiempo de secretos. Pero los secretos de los niños no son necesariamente del tipo que los adultos albergan. Son menos siniestros, menos oscuros (los mayores los hemos usado con frecuencia para la mentira, la opresión o el abuso; eso no suele ocurrir en la infancia). En la niñez, el término secreto adquiere un significado cercano al origen etimológico de la palabra, que deriva del latín secretus y significa apartado, escondido, y, por lo tanto, se encuentra alejado de sus significados peyorativos o negativos, como prohibido, oculto o pecaminoso.


El secreto, de Lawrence Alma-Tadema (1836-1912)
Todos recordamos la fascinación que despiertan juegos como el cu-cu, tras o el escondite, o la eterna pregunta definidora de confianzas y lealtades: «¿sabes guardar un secreto?», y tan relacionada con aquello de que un secreto que se cuenta ya no es un secreto (aunque, como todo niño sabe, si bien es conveniente compartir tus propios secretos con los amigos de verdad, los secretos de tus amigos nunca deben compartirse con otros). 

Probablemente, como relata Edmund Gosse, el secreto nos permitió, en una edad temprana, descubrir nuestra conciencia y escuchar por vez primera su voz: 
«Había un secreto en este mundo y me pertenecía a mí y a alguien que vivía en el mismo cuerpo, conmigo. Había dos en mí, y podíamos hablar».
En nuestras vivencias infantiles y en las que observamos de nuestros hijos, está siempre presente el secreto: lugares en los que esconderse, lugares donde enterrar un tesoro, pasadizos y refugios ocultos de las miradas adultas y de las de los otros niños, cajas, cajones y rincones donde esconder nuestras más preciadas posesiones, cofres, roperos, armarios, casas en los árboles, cuevas, túneles, escondites secretos, diarios secretos, juramentos secretos, contraseñas secretas, clubes secretos… lugares, palabras, pensamientos, acciones, en los que y a través de los que participar en la creación y vivencia de historias imaginadas. Y es que el secreto para el niño va siempre asociado a la fascinación. Los lugares secretos son su pequeño reino.


Quehaceres de la granja, de Alfred van Muyden (1818-1898).
Me detengo y leo a mis hijas lo que llevo escrito; ellas me recuerdan, en tono de reproche, que hay otros lugares secretos a no olvidar; otros lugares aislados que ofrecen a los niños espacios privados, confortables y seguros: el recinto cubierto creado por una manta tendida entre los árboles o arrojada sobre tablas, el espacio oscuro debajo de una cama o tras las escaleras, o el fondo tenebroso y silencioso de un gran armario. La imaginación infantil trasforma todos estos espacios en guaridas, refugios o fortalezas, pero eso sí… siempre secretos.

¿Cuál es la contraseña?, de Edmund Adler (1871-1957)
Desde luego, no hay duda de que la infancia es patria de secretos. Y no piensen que se trata de una cuestión baladí, no. Al parecer tales espacios juegan un papel clave en el desarrollo de los niños y conservan un poder simbólico que resuena a lo largo de la vida adulta (Bachelard). Investigadores prestigiosos han señalado la importancia de la creación de lugares secretos para el juego de los niños; hablamos del juego imaginativo, claro, no del mecánico y automatizado de las maquinitas de hoy.

En todo caso, se trata de un fenómeno valorado, pero quizás mal comprendido. Hay una diferencia entre la privacidad y la ocultación, propia del concepto adulto de secreto, y el secreto infantil, propio del juego de los niños. Porque la privacidad es más bien un retiro deliberado de los demás, mientras que el secreto infantil se refiere probablemente a las relaciones con aquellos de quienes se guardan los secretos o con quién los secretos son compartidos. En suma, el secreto es para los niños algo anudado fuertemente al juego y a la imaginación; se crea con otros niños y frente a otros niños. Es cierto que los pequeños buscan sus refugios ocultos como lugar de consuelo donde poder retirarse temporalmente de un mundo de adultos con normas y figuras de autoridad, pero es cierto también que lo hacen con la finalidad de crear un estado de ánimo de ensueño en el que jugar sin las limitaciones del mundo real.


Jugando al escondite, de James Tissot (1836-1902) y El escondite, de Charles Burton Barber (1845-1894)
Por eso no es extraño que los secretos, sean personas, lugares o confidencias, hayan sido objeto y sujeto de relatos infantiles. 

Sabemos de El Jardín secreto de Frances Hodgson Burnett, ya comentado aquí (enlace), y de las vivencias y angustias de Ana Frank y su refugio oculto, la Achterhuis, como ella lo denominaba; sabemos también del poder transformador de los espacios secretos para reconectar literal y metafóricamente a los niños huérfanos con un hogar y con su propio sentido de identidad. Sabemos del cobertizo de Guillermo y sus Proscritos, de Crompton; de la cueva, el invernadero del jardín, el cobertizo o la cabaña en el árbol de Los Siete Secretos, de Blyton; del armario que los hermanos Pevensie usan como puerta de acceso a Narnia, de Lewis; de El Jardín de medianoche, de Pearce; del bosque donde está el reino imaginario de Terabithia, de Paterson; del Valle del Arco Iris para los hijos de Ann Shirley, de Maud Montgomery; del Bosque de los siete acres para Winny de Pooh, Christopher Robin y los demás, de Milne; del interior del Árbol del Ahorcado para Peter Pan y los niños perdidos, de Barrie; del hogar subterráneo del Tejón en El viento en los sauces, de Grahame, o de La puerta maravillosa de Tony, de Howard Fast; también la idea del secreto y la ocultación flota sobre todas las páginas de La Isla del Tesoro.

Portadas de algunos de los libros mencionados.
Así que no hurtemos a nuestros hijos estos lugares especiales, estos espacios, tanto imaginativos como físicos, de los que como adultos carecemos. Facilitémosles su disfrute. Ellos deberían gozar (como nosotros gozamos) de la oportunidad de escapar y ocultarse jugando, sea en el patio trasero, en el bosque, en el parque o en casa, tras la escalera o bajo la mesa, sea con su imaginación, enfrascados en la lectura de alguno de esos libros. Es algo que, según J. M. Barrie, los adultos podemos recordar ,pero no habitar: 
«Nosotros también hemos estado allí, todavía podemos escuchar el sonido del oleaje, aunque no volveremos jamás». 
Creo que Barrie se equivocaba, pues algunos sí que podrán volver. Está escrito. Y probablemente ocurra como cantó Eliot en los versos que encabezan esta entrada, y entonces estos afortunados, a pesar de volver, conocerán «… el lugar por primera vez». 

Por eso los libros citados y muchos otros son, junto al mero juego natural, espontáneo e imaginativo, un buen medio de preservar esos secretos. 

Demos libros y secretos a los niños; ellos nos lo agradecerán. 




viernes, 19 de enero de 2018

MITOS Y LEYENDAS NÓRDICOS: LOS HÉROES DE HIELO Y FUEGO.

Iduna, hermana de Svald, de James Doyle Penrose /1862-1932).


«El mito es, por consiguiente, el  principio y el alma de la tragedia».
Aristóteles. Poética.

«Los hechos no vienen antes; la verdad es la primera».

G.K. Chesterton.


Según nos cuenta el poeta irlandés Padraic Colum en su Children of Odín: Nordic Gods and Heroes (un acercamiento de la mitología escandinava a los más jóvenes, lamentablemente no traducido al español), las viejas historias de los hombres del Norte relatan que una vez hubo otro sol y otra luna; un sol diferente y una luna diferente de los que vemos ahora y de los que habrá después. Y al igual que ocurre con el sol y la luna que ahora vemos, corrían tras ellos los lobos, los cuales terminaron alcanzaron y devorando a ambos. Y esto mismo sucederá ahora.
Y cuando suceda, el mundo enmudecerá y se volverá oscuridad y frío.
Pero antes de que acontezca esta catástrofe vivirán los dioses, Odín y Thor, Hödur y Baldur, Tyr y Heimdall, Vidar y Vali, así como Loki, el hacedor del mal, del caos y de la confusión. Y reinarán bellas diosas, como Frigga, Freya, Nanna, Iduna y Sif. Y en ese momento, también habrá hombres y mujeres en el mundo. Y los gigantes de escarcha y hielo acecharán a dioses y a hombres. E igualmente, antes de que el sol y la luna sean devorados y antes de que los dioses sean destruidos para siempre, sucederán cosas terribles en el mundo. Los hombres lucharán entre sí, hermano contra hermano, hasta que todo sea aniquilado.
Y los terribles vientos y el fuego destruirán y quemarán la Tierra. Y el sol y la luna volverán a ser devorados y estos tiempos de oscuridad, se llamarán Ragnarök, el crepúsculo de los dioses. Y parecerá el fin...


La cabalgata de las Valquirias, de William T Maud (1865-1903).
Pero entonces aparecerá un nuevo sol y una luna nueva y ningún lobo los seguirá. Y La tierra volverá a estar verde y hermosa, más verde y hermosa que nunca, y de un bosque profundo que el fuego no habrá quemado, despertarán de su sueño una mujer y un hombre. Y de su descendencia se nutrirá la nueva tierra y sobre todos ellos reinará para siempre Baldur, el único dios que restará ya, tras su vuelta a la vida. Y nunca más habrá dolor, ni pena, ni gigantes de hielo, ni muerte.
Así nos lo cuenta Padraic Colum.
Al igual que la mitología griega, la escandinava es otro de los pozos de esencias del saber del que beber desde la juventud. Su fertilidad imaginativa es similar a aquella, si bien cierto es que no la cortejan tantos pensadores, escritores y poetas como a la grecorromana, aunque, al igual que esta, también nos da acceso a la filosofía perenne.
Por mitos y leyendas nórdicas se suelen entender aquellos que recogen tradiciones tanto germanas como escandinavas, celtas e islandesas.
El grueso de estas tradiciones y leyendas se encuentra en unas pocas obras: dos sagas islandesas llamadas la Edda Poética (mayor) y la Edda Prosaica (menor), los Poemas Escáldicos y el Beowulf, una de las cumbres de la poesía nórdica. Muy posiblemente lo recogido en estas obras pueda muestra la influencia en ellas del Cristianismo, y a su través, de la cultura Clásica, no parece albergar dudas. Como nos señala Borges, «el poeta de la epopeya de Beowulf no desconocía la Eneida, y en el título de la Heimskringla (Esfera del  Mundo), la obra más importante de la literatura de Islandia, se trasluce una traducción de la famosa locución latina ´orbe terrarum´». 

Sea o no esto así, lo cierto es que las dos sagas islandesas del siglo XII fueron compuestas después de que Islandia hubiera sido cristianizada durante más de cien años.
Por su parte, el poema anglosajón Beowulf, que se remonta al siglo VIII de nuestra era, y es, según muchos, el monumento épico más antiguo de las literaturas  nórdicas, registra la presencia de elementos cristianos y bíblicos, lo que en cierto modo es lógico, pues fue compuesto después de la conversión y cristianización de los anglosajones. El germanista inglés W. P. Ker, de manera lacónica y al suave estilo irónico de los británicos, nos facilita el siguiente resumen argumental del poema: «Un hombre en busca de trabajo llega a casa de un rey a quien molestan las arpías y, tras de ejecutar la purificación de esa casa, vuelve con honor a su hogar. Años después, el hombre llega a rey en su tierra y mata un dragón, pero muere por obra de su veneno. Su pueblo lo llora y le da sepultura». Calificar de molestia de arpías las incursiones sangrientas del gigante devorador de hombres Grendel y las hechicerías de su maligna madre, la loba del fondo del mar, parecen broma, lo mismo que su episodio con el dragón. Así que no se engañen, el poema es magnífico, apasionante y pleno de las maravillosas metáforas nórdicas. 

El verso final –y no solo ese verso–, ha sido comparado con la última línea de la Ilíada:
«Y deploran su muerte, lloran al rey, repiten su elegía y celebran su nombre», 
 versus,  
«Celebraron así los funerales de Héctor, domador de caballos».

Algunos de los libros comentados.
En español contamos con una magnífica versión del Beowulf realizada por Tolkien y editada por Minotauro y, algunas otras más simples y menos afortunadas, como el Beowulfo, de la Editorial Aguilar, en la Colección el Globo de Colores, y la versión de la colección Araluce adaptada por Manuel Vallvé.  

En cuanto a las leyendas y mitologías nórdicas pocas cosas tenemos adaptadas a los más jóvenes: las Leyendas Nórdicas, de la Enciclopedia Pulga (años 50), y las del mismo título de la Editorial Labor y de Ediciones Afha en la colección Nuevo Auriga. También en los años cuarenta la editorial Hymsa publicó, en su colección El mundo de la leyenda, el volumen titulado Sagas de Escandinavia. Recientemente ha salido al mercado una relectura modernizada de las Eddas por parte del famoso autor de cómics Neil Gaiman, titulada Mitos nórdicos (editorial Planeta), sobre la que no puedo pronunciarme, pues no la he leído, pero en todo caso estimo que el acercamiento habrá de hacerse con cierta prevención.  

Funeral de Beowulf, de John Howe (1957-)
Al otro lado del hemisferio Norte, también en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, el frío y el hielo se esconde entre la espesa niebla. Finlandia no es menos inhóspita que Islandia. Y esas nieblas y tempestades del norte son guardadas entre las páginas del Kalevala (que al parecer significa La Tierra de los Héroes), reunión de fragmentos de canciones heroicas recogidas por un folklorista y poeta finlandés del siglo XIX, Elías Lonnrot, sobre la base de las recopilaciones de poemas e historias populares hechas por los rapsodas rúnicos fineses, estonianos y lapones. Estas canciones hablan de Väinämöinen el Sabio (con aires de Odín y el tolkiniano Gandalf), de Ilmarinen o del malvado tramposo Lemminkainen y de la alianza maléfica de este con Louhi, la hechicera del Norte amargo, y contienen canciones, hermosas y expresivas metáforas, y enseñanzas moralizantes sobre todo tipo de temas. 

A la forma y manera de los cantares de gesta medievales, pero bebiendo de fuentes más antiguas, el Kalevala es una de las epopeyas europeas más impresionantes y bellas. El mismo Tolkien se sintió fascinado por el texto, llegando a influir en alguna de sus creaciones, como El Silmarillion.

En castellano tenemos varias ediciones del Kalevala, pero adaptadas a los más pequeños solo disponemos de Allá donde la Luna de oro, publicada por Espasa-Calpe en su colección Austral Juvenil. 
Ilustraciones para el Kalevala de Joseph Alanen (1885-1920).
En todo caso, quizás lo que nos ha llegado de esta mitología pagana y sus leyendas es menos puro que lo recibido de griegos y romanos antiguos, ya que contiene trazas, muy visibles, de una sobrevenida influencia cristiana. Nada tendría de extraño, pues sus mayores y más relevantes fuentes son reelaboraciones de poetas cristianos del Medievo. Así, por ejemplo, en el Kalevala, Väinämöinen crea el mundo mediante la palabra y la música de sus cantos, y en las Eddas, al igual que Nuestro Señor Jesucristo, Balder –uno de los más grandes dioses nórdicos-, muere y renace, e igualmente hay un fin del mundo, denominado Ragnarök, que como el Armagedon, dará lugar al advenimiento de un nuevo mundo futuro, perfecto, idílico e inmortal. 


La edición de Beowulf de Editorial Aguilar y la versión de Tolkien de; junta a ellas la adaptación del Kalevala de Espasa-Calpe.  
Nunca podremos saber cuánto de estas coincidencias es influencia de la creencia cristiana de los poetas que las compusieron y cuánto debido a las denominadas semillas de verdad que anidan en el corazón de todo hombre y, que en ocasiones, alumbran su imaginación. Como dijo Tolkien a su amigo Lewis en una famosa conversación, dado que el hombre fue hecho a la imagen de Dios, no puede borrar la imagen de Dios en él ni en las cosas creadas. Y por ello, incluso los mitos paganos conservan una apariencia de la verdad eterna, aun cuando sea una verdad dañada. En realidad todos los mitos tienen alguna coincidencia o similitud con el denominado por Lewis, «único mito verdadero»: el Cristianismo. 

Y termino con un texto de San Justino, de quien proviene la expresión antes dicha de la semilla del Verbo:
«Los que han vivido y viven según la razón, o sea según el Lógos, son cristianos y están libres de miedo y turbación ... como sucedió entre los griegos con Sócrates y Heráclito y otros semejantes, y entre los bárbaros con Abraham, Ananías, Azarías y Misael y otros muchos... Mas los escritores todos solo oscuramente pudieron ver la realidad gracias a la semilla del Verbo en ellos ingénita.»

Quizá así sucedió con estos mitos y leyendas del Norte, quizás... en todo caso, acérquense con sus hijos a ellos; no se arrepentirán.


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martes, 9 de enero de 2018

NIÑAS LITERATAS (II)

Santa Hildegarda de Bingen (1098 - 1179).



«Por lo tanto, tú, ¡oh, hombre!, di las cosas que veas y oigas; y escríbelas no según tu parecer ni según el de otro hombre, sino según la voluntad del que sabe, el que ve y el que dispone todas las cosas en los secretos de sus misterios».

Santa Hildegarda de Bingen.


«¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme!».

Dante.


Santa Hildegarda de Bingen, con quien abrimos esta entrada, fue un personaje religioso, cultural y científico de primer orden en la Baja Edad Media. Y si bien fue nuestra santa muchas cosas, entre ellas se encuentra, sin ser la menos principal, la de ser una escritora. Escribió por encargo de Dios, ya que se sabía llamada a anunciar al clero y al pueblo lo que Dios le manifestaba y quería que se hiciera saber. Y así, nos dejó poemas, relatos y otros escritos, todos ellos místicos, profundos y reveladores de aquello que Dios le inspiró.

Las jóvenes protagonistas de que vamos a hablar también sintieron una llamada, temprana como santa Hildegarda, pero de otro orden; siguiendo a Pascal podríamos decir que, si la llamada de la santa corresponde al  orden primero y más alto, el llamado orden de la caridad, la de las jóvenes de que trataré más adelante corresponde más bien al segundo, el llamado por el pensador francés el orden del espíritu y por los clásicos, la llamada de las musas.

Porque todas ellas escriben y casi su vida entera se vuelca en el escribir. Sus nombres son Emily y Betsy y de ellas he hablado brevemente en la anterior entrada (NIÑAS LITERATAS (I)), donde traté de forma general este subgénero de relatos en el cual las protagonistas se tornan, en el devenir de sus vidas, escritoras. Y si bien es cierto que en esa otra entrada mencioné igualmente a Jo March, hoy no hablaré de ella, puesto que la obra donde Jo nace y vive (Mujercitasserá objeto de una entrada especial y propia.

Como entonces dije, estas dos protagonistas son escritoras de las de verdad, vocacionales y auténticas, y por esa razón sus novelas son las más interesantes en relación al tema de la iniciación en el arte de la escritura, al mostrarnos, de primera mano, el desenvolvimiento de un alma traspasada por la inspiración de Melpómene o alguna de sus hermanas. Y eso no es todo, ya que estos libros son de igual manera educacionales, porque la visión que transmiten no es solo romántica, sino práctica: hay un fascinante elemento de profesionalismo en ellos, una asunción realista de lo que significa la vida de escritor y el coste personal que supone el tratar de vivir de ello; así nos encontramos con manuscritos que rehacer, con las distintas formas de presentación de los escritos, con las angustias causadas por la cumplimentación de los plazos de entrega, con el agridulce trato con editores, con el muro inexpugnable que, las más de las veces, supone la página en blanco, con los rechazos y las decepciones, con el éxito y el fracaso, etc. En suma, un somero cursillo de aquello que espera a quienes quieran embarcarse en la grandiosa, a la par que ingrata, profesión de escritor.   

Y dicho esto, comienzo:

La serie de Betsy, de Maud Hart Lovelace (1892 – 1980).

Portadas del primer libro y de uno de los últimos de la serie.

La serie de libros de Maud Hart Lovelace sobre Betsy, su familia, y su amiga Tacy, comenzó a publicarse a principios de la década de 1940 y continuaron hasta bien entrada la década siguiente. Ambientada en la Minnesota rural de finales del XIX y principios del siglo XX, en un lugar llamado Deep Valley, la historia comienza presentándonos a Betsy y sus amigas cuando comienzan la escuela y continúa con varios libros más (hasta 10 conforman la serie), en los que se nos relatan sus aventuras cotidianas durante la adolescencia y juventud y hasta su casamiento, el último libro de la serie, titulado La boda de Betsy (1955).

Los libros (de tintes autobiográficos) relatan la historia de una idílica niñez del Medio Oeste, en un pequeño pueblo, pero también reflejan los cambios que apareja la entrada del nuevo siglo, desde los primeros carruajes sin caballos hasta los ecos de la I Guerra Mundial.

Como en otras series de niñas que crecen (Anne Shirley en sus Tejas Verdes es el paradigma), las primeras cuatro historias, los libros de infancia, con sus delicados dibujos del brillante ilustrador Lois Lenski, son las más recomendables.

Ilustraciones de Lois Lenski, con las niñas en los primeros libros y Betsy aprendiz de literata.

Sin duda Betsy no llega a la altura literaria de sus hermanas mayores (Ana, la de Tejas Verdes, Emily, la de Luna Nueva, Rebeca de la Granja Sol y, sobre todo, Mujercitas), pero tiene un encanto reconocible a primera vista y constatable ya desde sus párrafos iniciales. Los primeros libros están escritos en un lenguaje sencillo con un vocabulario igualmente sencillo, adecuados para ser leídos por un niño; los siguientes crecen en complejidad narrativa a medida que Betsy y sus amigas crecen también.

De esta manera, las primeras historias, desbordantes de imaginación, están llenos de muñecas de papel y juegos al aire libre, y en las postreras encontramos viajes, amor y pérdida, y una apreciación de que el mundo es un lugar grande y complicado, pero hermoso. En estos últimos relatos hay una profundidad sorprendente, en particular, cuando se presenta a Betsy tratando de tomar en serio su vocación literaria mientras enfrenta las dificultades propias de la adolescencia, y más adelante, con las tribulaciones, afanes y problemas que conlleva todo inicio profesional y la relación de esta vocación literaria con su vida personal y el matrimonio.

Lamentablemente, esta serie no ha sido traducida al español y solo está accesible en inglés; no obstante no se requiere un nivel de ingles avanzado para disfrutar de las primeras historias.


(De 8 a 15, según los libros).

La serie de Emily, de Lucy Maud Montgomery (1874 – 1942).


Portadas de las últimas ediciones en castellano de Emily, de la Editorial Almuzara.
Lucy Maud Montgomery escribió en 1920: "Ahora quiero crear una nueva heroína, que está ya en embrión en mi mente. Su nombre es Emily. Tiene pelo negro y ojos gris violáceo. Deseo contarle a la gente todo sobre ella".

Cuando la señora Montgomery escribía estas líneas era ya una renombrada escritora gracias a la creación de un personaje literario inolvidable: Anne Shirley, la de Tejas Verdes. Emily no alcanzaría la popularidad de Anne, pero, tanto en calidad literaria cuanto en encanto e interés, ambos están a la par.

La serie se compone de tres novelas: Emily, la de Luna Nueva (1923), Emily, lejos de casa (1925) y Emily triunfa (1927).   

Como Anne Shirley, Emily Starr es una jovencita tenaz, dotada de gran imaginación, pero todo lo que tiene Anne de extroversión lo tiene Emily de circunspección. Ambas niñas crecen en medio de las bellezas de la isla del Príncipe Eduardo (Anvolea y Luna Nueva se encuentran muy próximas), y aun cuando son muy distintas, hay entre ellas algo que las une, y no solo es el escenario donde transcurren sus historias. Mis dos hijas fantasearon con la posibilidad de que ambas niñas pudieran conocerse y ser amigas. 

En todo caso, aunque Anne es una chica con una cierta cantidad de talento para escribir pequeños versos y cuentos románticos, no es comparable en este aspecto con Emily, una escritora de verdad. 

Los libros de Emily sobre todo el último, son más sombríos que los de Anne, y se percibe que la señora Montgomery pone en ellos, sin mucho pudor, grandes retazos de su propia vida. Son libros donde se palpan las inquietudes y las ambiciones literarias de una joven talentosa y decidida; relato de una vocación, de una llamada, irresistible cuando acontece, a las Letras y al quehacer literario. 


Emily en los tres libros, según Ben Stahl (1910-1987), ilustrador de algunas de las portadas de ediciones anteriores, como las de Ediciones Salamandra (en mi opinión, mejores ilustraciones que las de la edición de Almuzara). 
«Puedo escribir poesía», les dice Emily a los otros niños el primer día de escuela. Se trata de toda una declaración de intenciones; pero Emily no solo puede escribir (poesía y muchas otras cosas), sino que, como todo escritor, se ve impelida a escribir, siente la necesidad de escribir y ve la escritura como consuelo y como bálsamo.  

La serie es altamente recomendable. A mis hijas les encantaron los libros, e incluso sufrieron un poco con el último, con el sufrimiento vicario que acontece cuando se contemplan en otro las tribulaciones, los desasosiegos y los sinsabores de toda maduración, y, además, con la impotencia de la distancia propia del lector. Sin embargo, hay que decirlo también, disfrutaron mucho con un desenlace acorde con el título de la novela.

(De 8 a 12, según los libros). 


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