sábado, 24 de febrero de 2018

HAROLD BLOOM CONVERSA SOBRE NIÑOS Y LIBROS.

El barco que pasa, de Emile Claus (1849-1924)


«Sagrada cosa es el consejo».
Platón

«La opinión acertada es el bien del pensamiento».
Aristóteles

«Hay épocas en que la opinión pública es la peor de todas».
Nicolas Chamfort



Me he permitido dos licencias en la entrada de hoy: la primera, traer aquí una vieja entrevista a Harold Bloom, que fue publicada originalmente en la revista HomeArts en el año 1995, pero que sigue siendo tremendamente actual; eso sí, con todo el carácter polémico que siempre acompaña a sus opiniones (por ejemplo, no estoy de acuerdo en absoluto con su valoración de El Señor de los Anillos o con la calificación de obra maestra menor de El guardián entre el centeno), pero conteniendo alguna que otra fina observación y más de un consejo razonable, todo acompañado de su amplia sapiencia literaria. 

La segunda licencia es, si cabe, menos justificada: la entrevista es resultado de una atrevida y atroz labor de traducción personal. Pido de antemano disculpas. Mi coartada: el manifiesto interés de la entrevista y el hecho de que, salvo error, no existe traducción al español de la misma.  


«Siempre habrá hombres y mujeres que descubrirán a Jane Austen y Shakespeare. Y si no los hay, entonces estamos condenados»

HomeArts: ¿Por qué deben leer los niños?, y ¿por qué los niños deben leer buenos libros?

Bloom: Para ser fríamente pragmático al respecto diré que leer buenos libros los hará más interesantes, tanto para ellos mismos como para los demás. Y es haciéndose más interesantes –y sé que esto suena a insensible, pero es verdad, como desarrollarán un sentido del propio yo, separado y distinto.

Así que, si los niños se individualizan, no lo harán viendo la televisión o jugando videojuegos o escuchando rock o viendo videos musicales. Se individualizarán estando a solas con un libro, a solas con la poesía de William Blake o A. E. Housman, o con la mitología nórdica, o con El viento en los sauces.

HomeArts: ¿Qué libros incluiría en un canon occidental para niños?

Bloom: Recomendaré de nuevo el sorprendente y maravilloso libro de Kenneth Grahame, El viento en los sauces, para todos los que tengan entre cero y cien años. Todavía recuerdo a mi hermana leyéndomelo de niño; es un libro que rompió mi corazón muchas veces y que sin duda despertó en mí una querencia hacia a los valores literarios.




Mi hijo tiene 32 años. Hace unas noches me llamó por teléfono y me dijo que se sentía muy solo en su casa de Nueva York. Es uno de esos antiguos edificios tipo Edith Wharton, con techos muy altos. Me dijo: «Siento que soy el Sr. Sapo en Toad Hall», y yo rompí a reír y reímos juntos. No creo que nadie que haya leído El viento en los sauces cuando niño, pueda olvidarlo.

Todas las obras de Lewis Carroll tendrían que ser incluidas en ese canon. Sí, Lewis Carroll, diría yo, más que cualquier otro autor en inglés. Y A través del espejo más que cualquiera de sus otras obras. Creo que es su obra maestra. Me cautivó como a un niño.

Edward Lear también tendría que estar con todos sus libros de nonsense

Luego están los cuentos tradicionales. Los cuentos de hadas de Hans Christian Andersen y los de los hermanos Grimm. Ambos son extraordinarios. También hay una maravillosa serie de libros de cuentos de hadas, recogidos y recopilados por el victoriano Andrew Lang, llamados los libros de cuentos de hadas de colores: El libro de hadas verde, El libro de hadas rojo, y así sucesivamente. Son magníficos.



Y la mitología nórdica, por supuesto. Recuerdo haberme emocionado muchísimo cuando era un niño con la Edda mayor y la Edda menor; estaba cautivado por la mitología. 

Quisiera incluir también un libro que relata historias de Shakespeare (quien realmente está más allá de los niños), titulado Cuentos de Shakespeare, de Charles y Mary Lamb, que es una maravillosa adaptación como relatos de muchas obras teatrales de Shakespeare, tremendamente fiel al ethos y al espíritu del autor y excelentemente bien escrita.

No se pueden olvidar las Canciones de Inocencia y las Canciones de Experiencia, de William Blake. Los niños deben leer una gran cantidad de poesía. Eso los intrigará y los confundirá; de entrada, no entenderán nada, pero eso está bien. Cuando era pequeño leía todo tipo de poetas, incluyendo a ese maravilloso poeta, A. E. Housman, a quien no podía entender, pero que sin embargo me dejó fascinado. Todavía recuerdo cada línea que leí de él. Fue, sin duda, la pura fuerza invocadora y evocadora de la poesía, lo que Gerard Manley Hopkins llama «el redoble, el ascenso, el alegre cantar, la creación» lo que me condujo a ella, a Hart Crane y a William Blake. Y esto antes de que pudiera haber entendido una sola línea de lo que estaban escribiendo. Era la pura alegría. La gloria de todo.




Robert Louis Stevenson y ese notable libro suyo, Jardín de Versos para niños, debe estar en el canon. Y he de decir que sus novelas permanecen en mi cabeza. Pienso en historias que leí de joven, como Secuestrado y La isla del tesoro.

Mujercitas, de Louisa May Alcott, es un libro absolutamente maravilloso. Es una obra fresca, intensa, increíblemente vibrante y fantástica, y para todas las edades. Un texto fabuloso.

Winnie the Pooh es un libro encantador y hermoso. De hecho, ¿ve los animales de peluche en el sofá frente a mí? Este es un pequeño ornitorrinco a quien bauticé como Oscar en honor a mi héroe, Oscar Wilde. A ese gorila bebé, que mi esposa me regaló por mi último cumpleaños, le hemos llamado Gorila. Y a este maravilloso burro le he puesto como nombre, Eeyore. Estoy seguro de que esto le dará una idea de lo que siento por Winnie the Pooh.

Hay algunos autores modernos que también son excelentes. Maurice Sendak [Donde viven los monstruos] es asombroso, no sólo como artista visual, sino como escritor de prosa.

El libro de la selva, de Rudyard Kipling, es una obra notable; no hay duda alguna sobre la alta calidad de la escritura. Las actitudes sociales que encarna, sin embargo, son arcaicas y pertenecen a la época del alto imperialismo. Eso no me molesta demasiado; es simplemente un episodio en la historia de Occidente y su desesperado intento de dominar el Oriente. Pero no afecta al poder duradero del libro, tanto para los adultos como para los niños de todas las edades. Es un trabajo con un atractivo universal.

Hay algunas obras de Mark Twain, como Un Yankee en la corte del rey Arturo, que leí cuando era un pequeño, que me parecen de un valor permanente.

Cuando tenía alrededor de 15 años, leí las obras Ivanhoe, de Sir Walter Scott y Los Tres Mosqueteros y su secuela, Veinte años después, ambas de Alexandre Dumas, y también su Conde de Montecristo. Y ciertamente tuvieron un gran impacto sobre mí, impacto que todavía perdura.




Leí también a Julio Verne, creo que a la misma edad, y fue un poderoso influjo para mí. 

Pero no estoy seguro de que pudiera leer nada de eso ahora. Recuerdo haber leído muchas novelas de ciencia de ficción de H. G. Wells y tampoco estoy seguro de que quiera volver a leerlas. 

Sin embargo, hay ciertas cosas de G. K. Chesterton que leí cuando tenía 14 o 15 años y que he releído recientemente que todavía encuentro absolutamente espléndidas, particularmente esa novela maravillosa, El Hombre Que fue Jueves.

Las historias de Sherlock Holmes todavía funcionan bien con los niños. Estoy pensando sobre todo en aquellos que estén interesados en análisis de enigmas y razonamientos. Debo decir, sin embargo, que encuentro dificultades para volver a leerlo. Tengo ahora 65 años, pero no es por eso, es solo que no están muy bien escritos, y algunas veces la prosa me pone de los nervios.

Para los niños mayores, me gusta el libro original de Tolkien sobre Los hobbits (El Hobbit). Creo que la trilogía posterior [El Señor de los Anillos] puede estar un poco sobrevalorada. Está fuertemente basada en una moralización gratuita. Es muy pesada.




El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, es libro muy conmovedor que se mantiene increíblemente fresco. De alguna manera, es una versión en miniatura de Huckleberry Finn. Es auténtico, conmovedor, muy conmovedor, por supuesto, porque el narrador, Holden, está realmente al borde de la esquizofrenia y, sin embargo, parece que finalmente acaba por llegar al otro lado de la misma. 

Por supuesto, estamos hablando de un libro para niños en la adolescencia mediana a tardía. Sería perturbador darlo a leer antes de esa edad. Un libro maravillosamente válido, estéticamente hablando. Realmente una obra maestra menor.

HomeArts: ¿Qué cree que los padres deben hacer?, o ¿qué pueden hacer los padres para ayudar a que los niños se conviertan en lectores entusiastas e inveterados?

Bloom: Oh querido, oh querido, oh querido. Sólo puedo desesperarme con eso. Me refiero a que todo lo que ellos pueden hacer es ser suaves y sugerentes y decir: «Mirad, chicos, vamos a apagar la televisión esta noche, no tocaremos los cds esta noche. Me sentaré aquí y os leeré "El Jardín de versos para niños"; o me sentaré aquí y os leeré historias de la mitología nórdica; o me sentaré aquí y os leeré "El viento en los sauces", y tal vez, tal vez, os gustará mucho. Así que vamos a estar pasados de moda por una noche». Es algo desesperado, lo sé, pero eso es todo lo que puedo sugerir.


Siluetas realizadas por Beth White y Laura Barrett.
No obstante, usted sabe que en este momento, mientras nos sentamos hablando el uno con el otro, en todo el país debe haber padres que están haciendo eso que acabo de decirle. Tiene que haberlos. Quiero decir que somos una población constituida por tal variedad de personas que seguramente los habrá.

No puedo creer que la antigua e inmemorial estirpe de jóvenes sensibles que se apartan, en gran soledad, para leer por sí mismos, pueda llegar a su fin.

Siempre habrá hombres y mujeres sensibles que descubrirán a Jane Austen, que descubrirán a Shakespeare. Y si no los hay, entonces, por supuesto, todos estamos condenados. Pero no puedo creer que algo que es tan poderosamente resistente a criterios meramente sociales llegará a tener un final. Estas cosas no pueden morir.


Copyright Hearst Publications and Home Arts Network.



GuardarGuardar
GuardarGuardarGuardarGuardar

miércoles, 7 de febrero de 2018

¿MITOS PAGANOS PARA NIÑOS CRISTIANOS?

El carro del Sol, de John Charles Dollman (1851–1934).


«Buscad y encontraréis». 

Mt 7, 7; Lc 12, 9


«La Poesía es más verdad que la Historia».

Aristóteles

«Antes de la venida del Señor, la filosofía era necesaria a los griegos para la justicia; ahora, en cambio, es útil para conducir las almas al culto de Dios». 

San Clemente

«Todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos».

San Justino 



He dedicado dos entradas a las mitologías paganas y su literatura (una muy reciente: MITOS Y LEYENDAS NÓRDICOS: LOS HÉROES DE HIELO Y FUEGO y otra hace ya bastantes meses: LOS MITOS Y LAS LEYENDAS (griegos y romanos)), y quizás, tras leerlas, algunos se planteen la siguiente pregunta: ¿Son esas historias apropiadas para nuestros hijos?

Desde luego, para aquellos que ya les están dando una ración desmedida de neopaganismo a través de videojuegos y cómics de superhéroes (aderezada con monstruos, violencia y sangre a raudales), la respuesta es inmediata: mejor es siempre el original. Pero para los demás, vayan estas líneas. 


Thor luchando contra los Gigantes, de Marten Eskil Winge (1825-1896).

De entrada, reconozco que la primera impresión puede ser negativa. Las mitologías escandinava y grecolatina son cosmogonías sombrías; exaltan la belleza del hombre, pero lo sumen en la fatalidad y la nada.

En la mitología griega la tragedia se esconde en el pasado; los acontecimientos del mundo homérico y los mitos relatados por Apolodoro y romanizados por Ovidio tienen lugar en un tiempo presente que, de tanto en tanto, rememora el original caos. La tragedia, la amenaza de la destrucción, yace en el origen del mito griego. 

En la escandinava, la tragedia está presente siempre y, además, se proyecta hacia el futuro, pues el Ragnarök, la batalla final entre los dioses y los gigantes de escarcha, sucederá sin remedio y terminará también sin remedio con la derrota de los primeros. 

En ambas mitologías late la concepción de un hombre sin futuro, bello y orgulloso, pero sujeto a un destino fatal o al capricho de dioses crueles y perversos. 


La huída del Rey Gradlon, de Évariste Vital Luminais (1822–1896).
A diferencia de estas mitologías paganas, el cristianismo trata de la salvación del hombre y rezuma por tanto un optimismo radical. Y, sin duda, supera ampliamente a ambas, pero no solo por ser más perfecta ni más bella, o más convincente o razonable, que también, sino fundamentalmente porque es  inconcebible y, a un tiempo, extrañamente creíble. Y porque es verdadera. 

¿Qué dios se hace hombre, y hombre humilde y pobre, y sufre como ningún hombre sufrió jamas, y lo hace, no por vanidad, ni orgullo, ni poder, ni distracción, sino por amor? No hay nada igual a esto; jamás nadie imaginó algo así. Como dijo C. S. Lewis:
«Dios no puede ser producto de mi imaginación, porque, para nada, Él es lo que yo pude imaginar de Él». 
Y es que, como hermosamente señaló Chesterton:
«La mano del Dios que había moldeado las estrellas se convirtió de repente en la manecita de un niño que gimotea en una cuna».  
Por ello el cristianismo nos cuenta una historia que está más allá de lo humanamente imaginable. Y sin embargo, resulta que es lo que todos, en nuestra más íntima convicción, esperamos y hubiéramos deseado imaginar. A ello apuntaba Lewis cuando decía «si encuentro en mis deseos que nada en esta tierra puede satisfacerme, la única explicación lógica es que fui hecho para otro mundo, el Cielo», y también a ello se refería San Agustín con aquello de «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti», o el Cardenal Newman cuando escribió, «creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el futuro».

Todos sentimos ese anhelo, pero no podemos comprenderlo.

Por razón de este fuerte contraste (y hasta oposición) entre el cristianismo y las mitologías paganas, el planteamiento de la cuestión que he formulado al principio parece, no solo pertinente, sino inevitable; y desde luego no es un dilema nuevo. 

Desde tiempos remotos, los cristianos han discutido sobre la conveniencia y el papel de la cultura pagana especialmente su literatura y su filosofía, en el aprendizaje y la educación de los más jóvenes. Soy consciente de que este debate no ha desaparecido, pero creo que podría convenirse en que, en general, la Iglesia ha preferido más bien utilizar esta cultura pagana que repudiarla. Hay bastantes opiniones autorizadas y muy convincentes al respecto. Además, está detrás de ello la experiencia de más de 2000 años y no parece que el experimento haya fracasado. 


Ulises y las sirenas, de John William Waterhouse (1849-1917).
Ya en su día, San Basilio el Grande se dirige a sus contemporáneos en su opúsculo, A los jóvenes: Cómo sacar provecho a la literatura griega, para decirles que la literatura pagana complementa el estudio de la Biblia para los cristianos educados:
«Las Sagradas Escrituras nos llevan hacia la Vida Eterna» (…). Ahora bien, mientras por razón de la edad no es posible percibir la profundidad de sus designios, nos vamos previamente ejercitando, entretanto, con el ojo del alma en otros escritos no del todo distintos, algo así como en sombras y espejos, a imitación de los que se entrenan en maniobras militares (...). Y el caso es que, como necesariamente debemos creer que la competición que tenemos delante es la mayor de todas, por ella hemos de hacer cualquier cosa y esforzarnos todo lo posible en prepararla y en familiarizarnos con poetas, prosistas, oradores y con todos los demás de los que venga a obtenerse alguna utilidad para el cuidado del alma (...). Y una vez que estemos acostumbrados a ver, como si dijéramos, el sol reflejado en el agua, dirigiremos así nuestra mirada a la luz misma». 

El propio San Agustín fue educado en el aprendizaje de Horacio, Virgilio y Ovidio, y esto no impidió su conversión arrolladora; y si bien es cierto que en algunas de sus obras se muestra contrario a su uso (p.e. en La Ciudad de Dios, quizás por su carácter apologético), también habla del tesoro de sabiduría estética, política y moral de los gentiles. Por su parte, San Jerónimo se refiere a las letras paganas como a una bella, aunque salvaje, cautiva, a la que lavar, pulir y adecentar, antes de contraer matrimonio con ella. 

Y no solo eso, hemos visto que una parte esencial de la educación cristiana clásica, desde la Edad Media hasta hace relativamente poco tiempo, estaba constituida por el estudio y dominio del griego y del latín, y con ellos, del conocimiento y disfrute de la literatura y la poesía clásica, con inclusión de las historias de sus mitologías. Teólogos y filósofos medievales bebieron profundamente del pozo de filósofos como Platón y Aristóteles o de poetas como Homero y Horacio. 


Odín y Brunilda, de Ferdinand Leeke (1859-1923).
Hay todavía más argumentos: La escuela catequística de Alejandría, con profesores como Clemente y Orígenes, enseñaba no solo la fe, sino también la filosofía y las matemáticas paganas. Después de la caída de Roma, Boecio y Cassiadorus abogaron por una educación cristiana y clásica, escribiendo libros de texto para el trivium y el quadrivium. La Iglesia fundó las primeras universidades, y los nombres de Santo Tomás de Aquino, San Gregorio Magno, Alcunio y muchos otros se alimentaron intelectualmente del pensamiento y la literatura clásica. 

Los católicos tenemos una abrumadora herencia educativa, artística, literaria y cultural de la que es parte muy importante la cultura clásica pagana, y como dijo Christopher Dawson en La Crisis de la educación occidental, disponemos de una enorme y rica herencia, que constituye una cultura cristiana viva, que es necesario trasmitir y en la que deben ser formadas las futuras generaciones. 

Y ello no cesó en todo este tiempo, ni ha cesado aún. 

No puede decirse entonces que los católicos seamos unos primerizos en esto de la educación y que la cultura clásica sea extraña a la educación cristiana. No. 


Edipo y Antígona, de Charles Francois Jalabert (1819–1901).

Por otro lado, creo que ninguno de los hombres insignes que he mencionado se apartaría mucho de aquello que C. S. Lewis escribió una vez: «Un pagano (...) es un hombre eminentemente convertible al cristianismo (...). Los cristianos y los paganos tienen mucho más en común entre ellos que con cualquiera de los postcristianos (...). Un postcristiano no es en absoluto un pagano, sería como creer que una mujer recupera su virginidad gracias a que se divorcia. El postcristianismo queda separado del pasado cristiano y por lo tanto, doblemente separado del pasado pagano». De hecho Lewis sostenía que para que el hombre postcristiano se interesase por el cristianismo, casi habría que partir por volverlo un pagano. 

Me gustaría llamar la atención sobre el hecho, para mí indiscutible, de que, si bien no somos modernos neopaganos, sino cristianos, inevitablemente estamos contaminados de este mundo postcristiano (y los niños probablemente más). Y si bien no se trata de que nos volvamos paganos, como sugería Lewis, tenemos mucho que aprender de aquellos que, aunque no fueron cristianos, experimentaron la expectativa o el asombro antiguo de creer en alguien más grande que el hombre y su destino. Intuyo que los grandes santos de la patrística que he citado antes estarían hoy más de acuerdo que entonces sobre la idea de que algo bueno podemos encontrar en los clásicos de la antigüedad. 


Sigfrido cabalga a través del muro de fuego, de Willy Pogany (1882-1955).

Por último, es posible que frecuentar tales compañías tenga algún que otro beneficio adicional. En la anterior entrada hablé de Tolkien y de su visión de los mitos como recreación en un lenguaje humano de verdades eternas. En la famosa conversación que mantuvieron C. S. Lewis y él, que solo podemos vislumbrar a cierta distancia y escuchar como en susurros, Tolkien pudo haber dicho a Lewis lo siguiente:
«Jack, hacemos las cosas bajo la Ley por la que fuimos hechos. Nosotros creamos (mitos, historias, fantasías), porque fuimos creados. La creatividad, la imaginación, es la imaginación de Dios en nosotros. Nosotros contamos cuentos porque Dios es un narrador de cuentos. En realidad, Él es ´el Narrador de cuentos´. Nosotros contamos nuestras historias con palabras, Él cuenta su historia con la Historia. Los hechos de la Historia son sus palabras y la Providencia es el hilo de su narración. (...) El cristianismo es el mito verdadero. Jesús existió y esto es lo que da sentido a todas las demás historias. Es la historia en las que todas las historias tienen su fuente y a la que todas apuntan». (Tomado del blog The Wanderer: Caminante).  
Así que, esas otras historias no solo podrán ser puertas y caminos para acercarse y comprender la Verdad, como señalaba San Basilio, sino también vías de emulación para dar rienda suelta a aquello que está ínclito en nuestra naturaleza y que en algunos aflora por fortuna: nuestra alma de bardos cantores que subcrean efímeros destellos de belleza, a imagen y semejanza de Aquel que nos creó. ¿Quien sabe si alguno o algunos pequeños cantarán algún día como cantaron Homero o Virgilio, o Snorri Sturlusson, Elías Lönnrot, Dante y Tolkien?


San Pablo en el Areópago, Socrates y Platón en la Académia y Aristóteles en el Liceo, todos de
Gustav Adolph Spangenberg (1828–1891).
¿Son estas historias apropiadas para nuestros hijos? Mi respuesta es un sí, un sí rotundo, aunque habrá que hacer como con casi todo: seleccionar lo bueno y desechar lo malo, teniendo como guía a Cristo.

No podemos olvidar que es su relación con el «único mito verdadero» lo que da a este arte pagano relevancia, interés y, sobre todo, valor. Solo bajo dicha predica pueden estas historias ser mostradas a los niños y jóvenes. Jesús es el Logos y esto implica que Él es la razón verdadera y la imaginación verdadera. Él es la única respuesta a la idolatría del intelecto, que vemos en el moderno racionalismo, y a la idolatría de la imaginación, que vemos en el antiguo paganismo. El arte, la literatura, la filosofía y la poesía clásica es valiosa, sí, pero este valor debe ser explicado a través de Cristo y solo a partir de esta premisa puede y debe ser ofrecido a los más jóvenes.


Virgilio, Horacio y otros en la casa de Mecenas, de Charles Francois Jalabert (1819-1901).

Como decía San Basilio, se tratará de «probar la miel sin veneno, coger la rosa sin espinas, ser Odiseo sin dejarse seducir por las sirenas», para que los chicos puedan entrenarse bien antes de acceder a las Sagradas Escrituras. En este sentido, les será útil aprender del ejemplo de determinadas figuras o prototipos literarios como Hércules, Beowulf, Sigfrido, Odiseo, Krimilda, Antígona y los demás, o de las vidas protocristianas de algunos personajes históricos, tal cual Eurípides, Pericles, Euclides o, especialmente, Sócrates. A su vez, este conocimiento podría servir para despertar el ars poētica que, como reflejo de la imagen del único y original ´Narrador de cuentos´, puede encontrarse en el corazón de algunos niños.  

En nuestra casa hemos hecho algún intento en esa dirección: empezamos leyendo, a la hora de acostarse y en voz alta, las historias de héroes griegos de Charles Kingsley o las adaptaciones de clásicos de la colección Araluce, y luego fuimos subiendo de intensidad; recuerdo especialmente la lectura en alta voz del Beowulf de Tolkien, realizada por mi hermana Natalia, rodeada de niños; la audiencia oscilaba entre los 5 y los 11 años y he de decir que todos quedaron fascinados. Ahora mis hijas leen el Libro de las Maravillas y los Cuentos de Tanglewood de Nathaniel Hawthorne y hacen sus personales incursiones en el Beowulf de Tolkien antes mencionado; saben de mitos, historias y leyendas y tienen una idea del valor que representan.    

Y termino con otro consejo, esta vez de San Clemente de Alejandría, que nos dice:
«El que sabe recoger de entre lo que oye toda flor buena para su provecho, por más que sea de los griegos pues ´del Señor es la tierra y todo lo que la llena´ (Sal 23, 1; Cor 10, 26), no tiene por qué huir de la cultura a la manera de los animales irracionales. Al contrario, el que está bien instruido ha de aspirar a proveerse de todos los auxilios que pueda, con tal de que no se entretenga en ellos más que en lo que le sea útil». 


GuardarGuardar
GuardarGuardarGuardarGuardar
GuardarGuardar
GuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardar