viernes, 15 de junio de 2018

DE LIBROS, DRAGONES Y NIÑOS

San Jorge y el dragón, obra de Paolo Uccello (1397-1475). 


«Quizá todos los dragones de nuestra vida sean princesas que sólo esperan vernos un día hermosos y atrevidos».
Rainer María Rilke

«El bebé ha conocido al dragón íntimamente desde que tuvo imaginación. Lo que el cuento de hadas le ofrece es un San Jorge para matar al dragón».
G. K. Chesterton

«Desde luego, algo se arrastraba. Peor aún, algo salía de allí. Edmund, Lucy o tú mismo lo habríais reconocido al momento, pero Eustace no había leído ninguno de los libros apropiados. Lo que salió de la cueva era algo que él jamás había imaginado siquiera».
C. S. Lewis


Los dragones no pasan de moda, de hecho continúan jugando hoy día un gran papel en el género de la literatura fantástica. Siguen siendo tan desafiantes y terroríficos como antaño lo fueron y no han perdido un ápice de su seducción; de esta manera, el tropo del dragón sigue teniendo un lugar propio y destacado en la literatura, como lo ha venido demostrando a lo largo de los milenios, a la manera de un arquetipo duradero. Algunos sospechan que nos remiten a un vago y oscuro conocimiento de un estado anterior de la existencia orgánica, umm… (el mismo Linneo, en la primera edición (1735) de su Regnum Animale, enumera al draco bajo el apartado Paradoxa, una categoría que creó para acomodar a todas aquellas criaturas que desafiaban la clasificación y se oponían a sus esfuerzos taxonómicos), ¿o quizás no sea anterior, sino paralelo? ¿Están o no están todavía con nosotros los dragones? Preguntemos a cualquier niño imaginativo, ¿qué creen ustedes que nos responderá? Si gusta de los libros que paso a comentar, puedo decirles que conozco la respuesta. Y creo que no andaría muy desencaminada al respecto de la verdad.

Aquí se plantea una pregunta obligada: ¿Es bueno dejar a los niños en garras de un dragón?


San Jorge lucha con el dragón, postal ilustrada por Helena Petrovna Samokish-Sudkovskaya (1863-1924). 
Pues depende del dragón, del niño y de en qué condiciones se produzca este encuentro, y no tomen esto como una respuesta relativista, no. Cierto que en la Biblia se nos identifica al dragón con Satanás (al menos en Job, 41:19.21 y Apocalipsis 12:3, 12:9 y 20:2). Y cierto es también que, en general, en la historia de la literatura, el dragón ha venido representando al mal y que muchos héroes, desde Hércules, Perseo y Belerofonte, hasta Sir Gawain y Sigfrido, han luchado con ellos y les han vencido. Sí, lo sé. Pero también sé que hay formas y formas de presentar las cosas y que, además, depende de a quién se presenten. Desde luego no pretendo que mis hijas conozcan del Maligno más de lo estrictamente necesario, pero algo sobre él han de saber, para que puedan combatirlo. Y a fe que los libros, los buenos libros, ayudan; pero no es este el momento ni el lugar. Por ello si hoy hablo de dragones, quede claro que no hablo de Lucifer. No obstante, recuerdo aquí la respuesta que dio Chesterton en Enormes minucias a una mujer que denunció los cuentos de hadas por ser demasiado atemorizantes y oscuros. La terrible oscuridad, insiste Chesterton, ya es conocida por el hombre a través del mundo y desde el interior de su alma. El cuento de hadas, argumenta, nos ofrece la derrota de esa oscuridad: «La idea de que estos terrores ilimitados tenían un límite, que estos enemigos sin forma tienen enemigos en los caballeros de Dios, que hay algo en el universo más místico que la oscuridad y más fuerte que un miedo fuerte».

Así, al lado de la clásica identificación del dragón con el Mal, ya comentada, y la utilidad manifiesta de su uso en leyendas e historias como demostración de la posibilidad real de su derrota (a ello apunta la famosa frase de Chesterton de que «los cuentos de hadas no dicen a los niños que los dragones existen. Ellos ya lo saben. Lo que los cuentos dicen a los niños es que a los dragones se les puede vencer»), existen otras lecturas. Sabemos que las historias y cuentos que presentan a los monstruos como algo bueno pueden encerrar lecciones valiosas, como las historias de Androcles, San Jerónimo o San Mamés con los leones o la de Una y el león, contenida en el poema épico de Edmund Spencer, Faerie Queene (aunque aquí hay que decir que Spenser, en público servicio a la anglicana Isabel I, identificó a la Iglesia Católica con un dragón empeñado en destruir Inglaterra).

Una y el león, obra de Briton Riviére (1840-1920).
De esta manera, las historias de monstruos amigables son la imagen especular de otro tipo de realidad, también necesaria de conocer, la de la traición, donde alguien en quien se confía por su aparente lealtad y bondad (un amigo, un aliado, un compañero y hasta un hermano como Caín) resulta ser poco confiable a pesar de las apariencias. Es siempre oportuno saber de la existencia de lobos con piel de cordero.

Y al contrario, a veces las cosas que percibimos como amenazas en la vida real (que podrían corresponderse con los monstruos o dragones en las historias y leyendas) pueden ser inocuas, o incluso resultar beneficiosas o convenientes. Para los niños esta es una experiencia cotidiana asociada al crecimiento y la maduración: temen irracionalmente cosas que en realidad no representan para ellos ninguna amenaza e incluso pueden ser útiles. Y resulta un gran alivio descubrir que no debemos temer algo que antes nos aterrorizaba; a ello se refiere Rilke en la frase inicial, cuya continuación dice: «Quizás todo lo que nos asusta es, en su esencia más profunda, algo indefenso que requiere de nuestra atención». Entre el relato y el lector, no importa la edad, esto puede pasar.

Y respecto a los monstruos ocultos tras confiables apariencias nos advierte otra vez Chesterton: «Detrás del uniforme escarlata y las charreteras, detrás de la esclavina de armiño y la toga del consejero, detrás, helás, del traje negro y de la corbata blanca, detrás de más de un exterior respetable, tanto en la vida privada como en la pública, tememos descubrir de vez en cuando, acechando, los llameantes ojos del dragón y sus sonrientes mandíbulas, su poder tiránico, y su crueldad infernal. Lector, cuando tú o yo nos topemos con él, cualquiera sea su disfraz, ojalá podamos enfrentarlo con coraje, y quizá incluso rescatar a un par de cautivos de su negra cueva; que podamos portar una lanza corajuda y un escudo intachable a través de los aplastantes embates del mundo, y que nuestras cansadas espadas hayan golpeado ferozmente las crestas pintadas de la Impostura y de la Injusticia cuando aparezca el oscuro Heraldo que ha de conducirnos ante el pabellón del Rey»

Lo cual nos reconduce a la necesidad de reconocer el mal, para así identificarlo y poder combatirlo, pues sino correremos el peligro de volvernos un monstruoso y maléfico dragón.

«Eustace se había transformado en un dragón mientras dormía. Por dormir sobre el tesoro de un dragón y por tener pensamientos codiciosos como los de un dragón en el corazón, se había vuelto él mismo un dragón.» 
                                         La travesía del viajero del Alba, de C. S. Lewis.

Hay algún otro señor confiable que nos habla de los dragones, y no sólo de aquellos que incluyó en sus libros. Me refiero a Tolkien. Se dice por algunos de sus biógrafos, que el joven Ronald encontró deleite en los libros de hadas de Andrew Lang, especialmente en El libro de hadas rojo, donde descubrió, escondido en sus páginas finales, la mejor historia que jamás había leído. Se trata de la leyenda de Sigfrido, quien mató al dragón Fafnir: un extraño y poderoso relato ambientado en el anónimo Norte. Cada vez que lo leía, el joven Ronald lo encontraba absorbente y fascinante.  Al respecto dejó escrito en una de sus cartas: «Deseaba dragones con un profundo deseo... Por supuesto que mi tímido cuerpo no quería tenerlos en el vecindario. Pero el mundo que los contenía, incluso la imaginación de Fafnir, era más rico y hermoso, fuera cual fuera su coste de peligro».

Ilustración de Virginia Frances Sterrett (1900-1931) representando a Cadmo y su dragón para Los Cuentos de Tanglewood de Hawthorne, e ilustración de Donn P. Crane (1878-1944), para la historia de Sigfrido y el dragón Fafnir.
Así que hay dragones que no parecen dragones, que se nos presentan escondidos tras un disfraz, con aspecto de una aparente bondad tras la que se ocultan almas podridas y oscuras (lobos vestidos de cordero) y nominales dragones que aparentan ser fieros y maléficos, pero que encierran un dulce corazón. Y es preciso saber que haberlos, haylos y que se debe aprender a distinguirlos, aunque para ello en ocasiones haya que tener la voluntad de «mirar al dragón con ojos desencantados», y, no nos olvidemos, se deban leer “los libros apropiados”, como dijo C. S. Lewis.

Tolkien (que de esto sabía un poco), defendía que «los dragones, dragones reales, esenciales tanto para la construcción como para la idea del poema o el cuento, en realidad son raros». Pero no se estaba refiriendo a dragones virtuosos o moralmente buenos”, que son, básicamente, una invención moderna, sino a bestias que exhiben las características típicas del draco sin convertirse en meras representaciones alegóricas del mal.

Sea o no sea esto así, raros sí que son y por ello es importante encontrarlos, y algunos, como he dicho, se encuentran en los “libros apropiados”. En el próximo post hablaré de algunos de estos libros. Espero que si deciden ofrecerlos a sus hijos, sean de su gusto y algo aprendan con ellos.

2 comentarios:

  1. Hay que mostrarles a nuestros hijos que el Mal existe y siempre es derrotado. Dragones, orcos y demás seres de ficción... pero qué honda satisfacción comprobar cómo crece en el corazón del infante, a través de la lectura, la certeza en que, al final, la luz acabará por imponerse. De ahí la importancia de los cuentos. Es ficción, sí, pero al final descubre el niño que hay una luz que acaba por barrer las tinieblas.

    En fin, Don Miguel, que me ha encantado su texto y cómo enfoca el tema.

    Mi esposa (lectora suya) y un servidor le deseamos a usted y su familia un excelente tiempo de estío.

    Un abrazo

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  2. Para el estudio de los símbolos cristianos, siempre resulta vigente y provechosa la erudita obra de Charbonneau-Lassay.
    Aquí la página de "El bestiario de Cristo" en que trata de la dualidad del símbolo del león: como "emblema directo de la persona de Jesucristo" y como "emblema de Satán, los vicios y la herejía":
    https://cbqs.wordpress.com/2016/06/28/simbologia-cristiana-del-leon-y-toro-del-libro-el-bestiario-de-cristo-de-louis-charbonneau-lassay/

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