domingo, 29 de julio de 2018

EL JARDÍN DE MEDIANOCHE


Ilustración de Levi Pinfold, con los protagonistas del libro,  Hattie y Tom, en su jardín.



«A veces, los cuentos de hadas pueden decir mejor aquello que se debe decir».
C. S. Lewis


Todas las cosas cambian, pero permanecen. Sufren mudanza, pero ello no afecta a su sustancia y a su identidad. E igual que con las cosas, esto sucede con los hombres. Esta tensión es uno de los problemas ontológicos por excelencia. Pero no voy a hablar de filosofía (no podría), sino de un libro que toca, aunque sea tenuemente, esta cuestión. 

Este libro es El jardín de medianoche, escrito por Philippa Pearce en 1958 y considerado como «una de las novelas infantiles más importantes de todos los tiempos en cualquier idioma», según el Oxford Companion to Children's Literature (ganó la prestigiosa medalla Carnegie en 1959). Se trata de una seductora historia de viajes en el tiempo que lleva al lector pausadamente a lo largo de cada capítulo a un final que, paradójicamente, se encuentra en el principio. Al igual que los personajes de los libros de Narnia de C. S. Lewis, el protagonista de la historia entra a través de una puerta en un maravilloso jardín para viajar así en el tiempo 80 años atrás.  

Tom Long es un niño solitario que ha sido enviado a vivir una temporada al apartamento que sus estrictos tíos poseen en una vieja casa de campo. Cada noche, cuando el viejo reloj de pie de su abuelo marca las 13:00 horas, Tom observa con asombro que, en vez de una, el vetusto reloj toca trece campanadas. 
«—¿Trece? La mente de Tom dio un salto ¿Había dado las trece? Ni los relojes viejos y locos hacían algo así».
Una noche, el chico descubre una puerta que le da acceso a un jardín anclado en el pasado de la casa. Allí encuentra a una niña victoriana llamada Hattie con la que traba amistad.

Cada medianoche, al entrar en el jardín, Tom encuentra a Hattie un año mayor. Así, noche tras noche, la niña se va creciendo y el chico se hace más distante y fantasmal. Finalmente, el pasado se pone al día con el presente: Hattie llega a la edad adulta y Tom tiene que dejarla ir, en una hermosa escena, cuando los dos patinan por un río helado ¿Es un adiós para siempre? No, por supuesto que no. 

Solo al final de la novela, descubrirá Tom que el viejo jardín no existe sino suspendido en el pasado, y que la señora Bartholomew, la anciana dueña de la casa que que habitan sus tíos y que vive en el último piso, es en realidad Hattie anciana. 

Portada de la primera edición de la novela, obra de Susan Einzig (1922-2009) e ilustraciones de Barbara Brown (1942-2005). 

Este juego con el tiempo, y el viaje que a su través emprende el chico todas las noches, es algo más que un técnica para sugerir el pasado y hacernos llegar a él; indica una continuidad temporal a pesar del paso de las generaciones y nos sugiere cómo todos nosotros, vivos, muertos y por venir, niños y ancianos, permanecemos conectados por encima de la muerte y del tiempo terrenal. 

El jardín en el cual Tom se encuentra con Hattie es soñado por ella en su vida pasada, en su infancia: ¿esto significa que también Tom está soñando? Sí, él también sueña, y ambas ensoñaciones coexisten durante un intervalo de eternidad en el que semejan ser una realidad más donde existir. El libro nos muestra que en este mundo podemos degustar el encuentro pleno y atemporal que el amor fragua para nosotros en la eternidad, pero fugazmente, pues al final la relación de Tom y Hattie en el jardín soñado (¿el Edén?) se van espaciando y diluyendo hasta desaparecer. 

El libro enseña que nuestro viejo conocido, el tiempo lineal, que tan bien medimos en nuestros relojes digitales, puede no ser único, y que nuestra existencia, sea o no material, puede acontecer tanto en el recto y unidireccional sentido del tiempo terrenal como en la eternidad. No es mala enseñanza en un mundo que no ve más allá de la materia y en el que todo anhelo de trascendencia se va apagando poco a poco.

El encuentro final y sorpresivo entre Tom y Hattie (la señora Bartholomew) transmite al lector un clímax emocional que evoca una experiencia familiar. Los que son padres saben que lo allí relatado retrata lo que sucede cuando encontramos en nuestros hijos o nietos parte de aquello que fuimos y que, seguramente todavía somos; todo lo cual es a la vez natural y misterioso. Uno contempla la cara de su hijo y ve su propia infancia mirándole, y el niño, sin saberlo, ve su madurez en el rostro de sus padres, aunque a veces ni unos no otros seamos conscientes del todo y solo sintamos morriña de un no sabemos qué. Lo efímero y lo permanente se confunden en una paradoja que nos hace sospechar que ahí se encuentra algo de verdad. 

Resulta conmovedor y bello descubrir que fueron las historias contadas a Phillipa Pearce por su padre y su abuelo, relatando sus juegos infantiles en el jardín de la casa familiar, lo que la inspiró para escribir este libro. En una entrevista la autora señala lo siguiente:
«Yo fui la hija menor de un molinero del río Cam, a ocho kilómetros al sur de Cambridge. Vivíamos en la casa del molino. Era un hermoso hogar de principios del siglo XIX. Ves construcciones como esta por todas partes en East Anglia, casas de labranza y molinos que corresponden a un período de gran prosperidad agrícola, probablemente durante las guerras napoleónicas. Mi padre había nacido en aquel hogar porque mi abuelo también era molinero. Esa es la casa y el huerto de El jardín de medianoche. De hecho, ese huerto fue la viva imagen del jardín amurallado del libro: una estampa de seguridad fijada en un tapiz medieval; afuera, un desierto con bestias salvajes; dentro, la seguridad y armonía que proporcionan amparo a los niños».
Ediciones de la novela realizadas por El círculo de lectores, SM, Alfaguara y Siruela.



Russell Kirk escribió sobre la novela la siguiente recomendación: «Y hablando de la eternidad, busca, si puedes, un libro para niños poco conocido en Estados Unidos, escrito hace apenas unos años, en Inglaterra, por Philippa Pearce: “El jardín de medianoche. Esta historia del trascender del Tiempo es insuperable; también es conmovedora, e incluso este viejo estoico se sorprendió sollozando con feliz simpatía cuando llegó el final».

En verdad se trata de un relato cautivador y delicado. Sigan el sabio consejo de Kirk,  y que sus hijos lean el libro en cuanto cumplan 12 años.

martes, 24 de julio de 2018

¿Y QUÉ HAY DE LOS PADRES?

Padre e hijo, lienzo de John Koch (1909-1978).



«Mi padre era un agricultor en el distrito de Carrick,
y con cuidado me crió en la decencia y el honor,
(…)
Puesto que sin un corazón de hombre honesto, nadie es digno de respeto».
Robert Burns



Los álbumes ilustrados que tienen por objeto la relación entre un padre y su hijo no son frecuentes; la figura materna es mucho mas utilizada en esas historias infantiles pues, evidentemente en los primeros años la madre es la figura capital en la vida del niño, aunque el padre ocupa también un lugar importante y tiene a su cargo funciones propias y difícilmente delegables. 

Sin embargo, esto es algo cada vez más olvidado.

De un tiempo a esta parte, la figura del padre ha sido limitada, capitidisminuida, tratada como irrelevante y casi proscrita, con nefastos efectos para la familia. A pesar de todo las ciencias sociales han comenzado reconocer y redescubrir el papel crucial que los padres juegan en el desarrollo de los hijos y su insustituible papel en una dinámica familiar sana y natural. Pero llevamos tanto tiempo ignorando este problema, que mucho es ya lo que se ha perdido, hasta el punto de que parece necesario ayudar a los hombres a entender el irremplazable papel que juegan en el desarrollo y las vidas de sus hijos.

En una aproximación muy elemental y nada científica, basada en la tradición y el sentido común, las funciones esenciales de un padre serían proteger, proveer y guiar con el ejemplo a los hijos. Y porque los padres son fundamentales y porque su presencia y su acción traen consigo un beneficio palpable para el crecimiento de los hijos, quiero hablarles hoy de dos pequeños álbumes ilustrados que leí a mis hijas cuando eran más pequeñas y que expresan algunos de los aspectos que acabo de comentar.


¿No duermes, osito? (1994), de Martin Waddell, con ilustraciones de Barbara Firth.
La protección y la tranquilidad que esta otorga son factores decisivos para que una familia florezca y desarrolle en plenitud la función natural. El cuidado y la educación de las siguientes generaciones y el engarce de unas y otras que garantice una convivencia pacífica, estable y, en lo posible, feliz, debe apoyarse en una vida en común segura y tranquila.
En el álbum ilustrado ¿No duermes osito?, un pequeño oso no puede dormir porque teme a la oscuridad. Ni siquiera la linterna más grande que su padre, un gran oso puede encontrar, consigue eliminar su miedo por completo. 
Así que, el oso toma a su pequeño en brazos y lo lleva fuera a contemplar la belleza y el misterio de la noche, para que su hijo vea por sí mismo que no hay nada que temer en la luna plateada y todas las estrellas del cielo. Sintiéndose protegido por el cariñoso abrazo de su padre, pronto el osito se queda profundamente dormido. 
Una de las preciosas acuarelas de Bárbara Firth.
La historia se desenvuelve alrededor del gran oso (que encarna la figura paterna) con sus desvelos para aliviar el miedo a la oscuridad que sufre su osezno (que representa al niño), y la forma y manera en que lo hace: el padre expone al pequeño a aquello que causa su miedo, pero lo hace acompañándole y proporcionándole abrigo y seguridad. La atávica función paternal de protección se recoge aquí de forma encantadora. 
El libro no solo evoca el deber de guarda que lleva consigo indefectiblemente toda paternidad, sino que la reviste de una virtud hoy escasa: la paciencia que el padre muestra en el trato con su hijo y que es alimentada finalmente por una cuidadosa atención hacia el pequeño nacida del amor, una atención de la que hoy carecen muchos niños.
Una pequeña obrita inspiradora y evocadora para los padres, y entretenida y aleccionadora para los hijos. Altamente recomendable.
Para leer a niños de 3 años en adelante.

Las manos de mi padre (1994), de Joanne Ryder, con ilustraciones de Mark Graham. 

El aprendizaje de los niños sucede a veces sin palabras, basado simplemente en la observación infantil de los actos, las disposiciones y las conductas de los adultos. Y en todos estos momentos, la figura del padre ha sido siempre un referente: quien no recuerda cuando su padre le enseñó a nadar o a andar en bicicleta, cuando superamos con la ayuda paterna los problemas escolares, especialmente en lengua o matemáticas, cuando empezamos a valorar la prudencia o el manejo de las pasiones, cuando aprendimos a enfrentar el miedo o la vergüenza. Son todos ellos instantes en los que sentimos la cercanía de nuestro progenitor, a veces sin él lo supiera, convertido en  el objeto hipnótico de los ojos muy abiertos de un niño. Esta proximidad, en parte amorosa y protectora, y en parte sapiencial y ejemplarizante, descansa siempre en el corazón del padre. El libro del que les hablo a continuación trata estas cosas de forma tierna y entrañable.  
"Me inclino más cerca, sabiendo que nada en las manos de mi padre me hará daño." 
Una de las magníficas ilustraciones de Mark Graham.
En Las manos de mi padre, Joanna Ryder retrata a un hombre que, casi sin palabras, transmite a su hija su amor por la naturaleza. El álbum nos presenta a un padre amoroso y atento que abre a su pequeña las puertas de la admiración y del asombro. Y lo hace sosteniendo entre sus manos a diminutas criaturas que habitan el jardín. Se trata de un pequeño libro autobiográfico, ya que la autora escribió la historia en honor y reconocimiento a su propio padre.

Las ilustraciones de Mark Graham, con bellas pinturas al óleo, tenues y trasparentes como acuarelas, dan un contrapunto adecuado a la historia y aportan una deslumbrante luz primaveral. 

Hay empatía, sensibilidad y comprensión en el relato y sé que muchos de los padres que lo lean se sentirán identificados con la historia. A pesar de que el álbum no tiene versión en castellano, vale la pena acercarse a él ya que está escrito con gran sencillez.

Para leer con niños de 5 o 6 años.


sábado, 14 de julio de 2018

UNA RACIÓN DE TONTERIAS NUNCA VIENE MAL

Santa Maria de la Salute, Venecia, acuarela de Edward Lear (1812-1888). 


«Hay dos maneras de tratar con tonterías en este mundo. Una forma es ponerlas en el lugar correcto; como cuando la gente pone tonterías en las rimas infantiles. La otra es ponerlas en el lugar equivocado; como cuando se las pone en recomendaciones educativas, críticas psicológicas y quejas contra las rimas infantiles».
G. K. Chesterton

«El sinsentido es una variedad de la fantasía literaria; se dirige al adulto implícito en el niño y al niño escondido en el adulto».
Harold Bloom

El sentido de lo sensato, de lo correcto, de lo apropiado, la apreciación de lo conveniente, la aplicación racional y útil del tiempo y del espacio; todas esas cosas horribles con las que la adultez impregna nuestra alma, se encuentran ausentes de la de los niños.  
Todos sabemos la irritación que supone el constatar tal hecho: la falta de adecuación de nuestro pensamiento racional y sensato con el irrelevante, episódico e incoherente de los niños.  
Pero los niños son así. Y es mejor saberlo y saber que es algo pasajero (¡qué pena!), y que, en tanto dura, merece atención y cuidado. La vivencia de ese absurdo e irreflexivo mundo infantil es buena, y, paradójicamente, también ayuda a que algún día adquieran esa aburrida capa de sensatez que nos caracteriza a los adultos. No tengan duda, esta ración prematura de disparates ayudará a algunos a evitar en su vida adulta esa insensatez malsana y problemática que asiste a aquellos que, no siendo ya niños ni en cuerpo ni espíritu (sobre todo por falta de inocencia, ilusión y fantasía,) insisten en serlo feroz y forzadamente.
Además, en estos tiempos de confusión conceptual, de simplicidad argumentativa y de errores recibidos con jolgorio y alborozo, creo que sería bueno que el nonsense en la literatura (y para más precisión, en la literatura infantil y juvenil), las tonterías, vamos, volvieran a cobrar protagonismo, pues  podría servir de remedio a tanta deriva.
No soy de los que creen que las tonterías sean algo más que tonterías, a pesar de que la postura que domina entre los críticos y académicos que estudian el género es la búsqueda (¿no será quizá imposición?) de un significado analógico, simbólico, biográfico, lingüístico, psicoanalítico o cultural en la obra. No, no creo en eso de dar un falso (e interesado) sentido al sinsentido. Al contrario, pienso que la tontería, por razón de su excentricidad, sin trasladarnos ningún significado expreso, se limita (y a fe que es bastante) a sacarnos de la monotonía de una vida mecánica y vacía para llevarnos a un mundo nuevo, ¿incomprensible?, puede ser, pero de por sí suficientemente conveniente. Chesterton decía que los disparates tenían que ser preciosos y sugerentes y que si así fuera se trataría de “señalizaciones fantásticas a lo largo de un camino salvaje”. Quizá sea así o quizá se trate solo de desengrasantes mentales, no lo sé; pero lo que si sé es que es una lectura divertida y fresca, y que hasta esto, tan banal, es provechoso. 
«—Si no tiene sentido —dijo el Rey—, nos ahorraremos un sinfín de molestias, ya que en tal caso no es preciso indagar nada». 
Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carroll
Y en esta tarea de dar a los niños estólido alimento de sanas necedades y disparates nos pueden ayudan algunos talentosos autores. 
Hoy voy a hablar de lo que los británicos bautizaron como Literary Nonsense, y de los dos principales representantes de dicha tendencia literaria: Edward Lear y Lewis Carroll. Dice al respecto de ello Chesterton: 
«Es abominablemente estúpido llamar a la edad victoriana meramente cómoda y convencional y olvidar el hecho de que en ella se produce un nuevo tipo de poesía sumamente salvaje y sumamente inocente. Hablo de la poesía del absurdo puro, que nunca antes se había conocido en el mundo y nunca podrá ser conocida después».
Entre 1865 y 1875 todo el curso de la poesía juvenil fue alterado por dos escritores solteros que tenían poco en común, excepto un brillante y excéntrico ingenio y un amor por los hijos de sus amigos. En 1846, Edward Lear (1812-1888) publicó Un libro de tonterías (A Book of Nonsense), y en 1865 Lewis Carroll (1832-1898) presentó su Alicia en el país de las maravillas. George Orwell los califica del siguiente modo: «El humor de Lewis Carroll consiste esencialmente en burlarse de la lógica, y el de Edward Lear en una especie de interferencia poltergeist del sentido común». 

Edward Lear (1812-1888).

Lear no era realmente un escritor; era un pintor paisajista que luchó toda su vida por subsistir y tuvo una vida profesional irregular (al parecer dio algunas clases de pintura a la reina Victoria). El verso sin sentido que le ha hecho pasar a la posteridad no fue más que un accidente y probablemente le sirvió como refugio ante las rudas pruebas e inconveniencias que sufrió a lo largo de su vida (epilepsia, bancarrota y cierta tendencia a la depresión). La ironía y el estilo sardónico y ácido de muchas de sus composiciones versan sobre un mundo convencional del que el poeta probablemente anhelaría escapar: «Mi vida es un aburrimiento en este estanque desagradable / Y anhelo salir al mundo más allá». Y el enfoque de esa verborrea poética hacia los niños y la amistad que estos le brindaban pudo haber sido para él un bálsamo de fierabrás.


Algunos libros publicados en español de Edward Lear.
Lear hizo uso intensivo de una forma poética particular, el limerick, poema humorístico de cinco versos de origen popular irlandés al que el poeta dio fama. Los demás poemas de Lear son más extensos, pero al igual que los limericks, son de contenido absurdo y humorístico y, como aquellos, vienen acompañados de un dibujo caricaturesco hecho por el propio autor, que retrata al protagonista y sus circunstancias o la situación en la que se encuentra. Según George Orwell, sus rimas «expresan una especie de chifladura afable, una simpatía natural hacia todo lo débil y absurdo». John Ruskin las calificó de «inimitables y refrescantes».  
Tengo que decir que estos poemas (la lírica leárica, como parece pensó bautizarla el autor) gustan mucho a mis hijas, que se divierten mucho con los absurdos y estrafalarios personajes y las delirantes situaciones en las que se encuentran, a lo que ayuda en gran manera las deliciosas y, en ocasiones, grotescas ilustraciones del propio poeta.
De él señaló T. S. Eliot:
«Su sinsentido no supone vacuidad de sentido, sino parodia del sentido: ese es su sentido. The Jumblies es un poema de aventuras y de nostalgia del romanticismo del viaje al extranjero y la exploración;  The Yongy-Bongy BoThe Gong with a Luminous Nose son poemas de pasión no correspondida; de nostalgia, en realidad.  Disfrutamos de la música, que es de altísima calidad, y disfrutamos de una sensación de irresponsabilidad frente al sentido».
Edward Lear escribió solo seis libros. No es que fuera reacio a publicar, sino que al parecer, sentía que su talento lúdico/poético debía estar al servicio de quien lo requiriera, y así sus publicaciones, lejos de buscar recompensas en el mercado literario, solo ansiaban dar placer y entretenimiento a los niños. El búho y la gatita (1871), la primera de las canciones de tonterías que fue publicada, fue escrita para la hija del poeta John Addington Symonds, mientras que muchos de sus otros trabajos de nonsense fueron destinados para entretener a niños con nombre y apellidos, familiares e hijos de amigos y conocidos. Por ejemplo su primer libro, El libro de tonterías, fue creado para los hijos de Lord Derby (de este libro Ruskin comentó: “sin duda, el más benéfico y inocente de todos los libros [sin sentido para los niños] que nunca se hayan hecho”). 

Un par de los limericks de Edward Lear.

Lewis Carroll (1832-1898).

Sobre Lewis Carroll ya he hablado (La Alicia de Carroll). Allí ya señalé que «en el siglo XIX era unánime la opinión de que los libros de Alicia constituían una dosis saludable de diversión y tonterías» y que esta era la manera en que las novelas de Carroll debían ser puestas en manos de los niños de hoy. Pues apliquen el cuento a su poesía, tan llena de absurdos sinsentidos como de locas tonterías. Por ello voy a ser más breve e incluso me serviré (hoy casi hasta el abuso) del señor Chesterton para situar al autor en nuestro escenario de hoy. Decía Chesterton de Lewis Carroll y la literatura del absurdo:
«Se trataba de algo nuevo: el absurdo por el absurdo, de acuerdo con el principio del arte por el arte. Sin duda, nadie se habría sorprendido más que el señor Dodgson (que el era verdadero nombre de Carroll) de que lo incluyeran junto a los artistas anarquistas que hablaban de l'art pour l'art. Pero, a pesar de sí mismo, era un artista mucho más original que ellos. Se había dado cuenta de que ciertas imágenes y argumentos podían sostenerse a sí mismas en el vacío merced a su desafiante locura, a la congruencia de la incongruencia, a la mismísima aptitud de la inaptitud. Y no sólo era algo muy nuevo, sino también muy patriótico. Podemos incluso decir que por un tiempo fue un secreto de los ingleses. (...). Fue el fruto descabellado de un pueblo y una época, como lo prueba el hecho de que la única otra persona que lo profesó, el Edward Lear del Disparatario, fuese también inglés y también victoriano».  
Carroll muy probablemente no alcanzó la originalidad de Lear, sino quizá en un número limitado de poemas. De hecho la mayor parte de sus mejores versos está contenido en las dos novelas de Alicia y en Silvia y Bruno (1889); su colección de versos, ¿Rima?, ¿y Razón? (1883), que creo no está traducida al español, es al parecer sorprendentemente aburrida y La caza del Snark (1876) es muy compleja. Pero ese limitado número de poemas es magnífico, destacando el brillante y sugerente poema del Jabberwocky y el de La morsa y el carpintero, recogidos ambos en A través del espejo. El primero de ellos es probablemente el más famoso, pero también el más incomprendido poema de Carroll, tanto es así que tras su lectura Alicia comenta:
«—Parece muy bonito dijo cuando terminó de leerlo, ¡pero es algo difícil de entender! (Es que no quería confesar, incluso a sí misma, que no había entendido nada en absoluto.)—. De alguna manera, parece llenar mi cabeza de ideas, ¡sólo que no sé exactamente qué son! No obstante, alguien mató algo: al menos eso está claro».
El poema es todo un poema. De traducción intraducible, o al menos trabajosa (como en todo el verso del sinsentido), el mismo título ha recibido equivalencias en nuestra lengua de lo más dispares: “Chacaloco”, “El Dragobán”, “Galimatazo”, “Jerigóndor”, “El Fablistanón”, “El Baraúndo” y “Yaberguoko”, entre otros. Sin embargo, es una delicia “sugerente y preciosa”, como exigía Chesterton, que sus hijos no deben perderse.


El Jabberwocky y La morsa y el carpintero, ambos ilustrados por John Tenniel (1820-1914). 

No duden entonces en dar a sus niños esa ración de salud mental que la lectura de estos versos supone; acérquenlos a un lugar donde el lenguaje pone a prueba sus propios límites y las palabras dan rienda suelta a su magia. Les aseguro que se divertirán, y de paso y por unos momentos se sacudirán de encima este mundo insano y asfixiante. Que gusten de estas rimas y terminen amando a sus autores en la forma en que el propio Edward Lear nos sugiere con estos versos:
«Qué placer conocer a este señor
Que ha escrito tanto libro disparatado
Algunos piensan que es raro y malhumorado
Pero unos cuantos lo ven encantador».