| «Noche de verano»: Grabado de Ilon Wikland (1930-). |
«Siempre tengo ganas de decirles a los niños (y también a los adultos): “Mirad qué bonito es”. Tengo ganas de llevar al niño de la mano y mostrarle cosas hermosas».
Gerda Muller
«Luz, aire, calor, sensación y color. Ahí es cuando la imagen cobra vida».
Ilon Wikland
Retomamos la belleza y su dimensión visual. En varias ocasiones les he hablado, con pasión y tenacidad, sobre este asunto: de la importancia primordial de atender a la belleza en la educación de nuestros hijos como uno de los trascendentales del ser y como uno de los pilares sobre los que construir una vida verdaderamente humana.
Y, entre otras cosas, hemos tratado su función anagógica: el arte auténtico, que camina unido a la belleza, eleva el alma hacia Dios y purifica y ordena las pasiones (la clásica catarsis aristotélica). El arte que degrada al hombre o celebra lo feo y lo inmoral es una corrupción del espíritu.
El artista, lo sepa o no, lo pretenda o no, adquiere por el mero hecho de serlo una responsabilidad moral. «El arte por el arte» es una falacia, un engaño consolador en el mejor de los casos y una estafa en el peor. El artista es responsable del efecto moral que su obra produce en el espectador que la disfruta, la admira o se conmueve con ella y que, en muchas ocasiones, es transformado por la misma.
El arte no es una mera distracción, un pasatiempo más o menos ocioso o una fórmula mercantilizada para vender fascinación, consuelo o incluso humo —cada vez más— con el fin de atesorar fortunas. No, el arte es recta ratio factibilium (como señalaba el Aquinate): la recta razón en el hacer aplicada a la producción de objetos en los que resplandezca la verdad del ser bajo una forma bella. Su objeto propio es lo factibile (lo que puede ser hecho) y su fin, algo tan simple pero tan inmenso como la manifestación de la belleza.
Pero si bien el arte imita a la naturaleza —como intuyó acertadamente el filósofo—, esa imitación no es una copia servil, sino más bien imitatio en su «modo de operar»: procede de un principio inteligente, según una forma concebida, y se dirige hacia un fin. El artista, como subcreador, participa analógicamente de la causalidad ejemplar divina: concibe una forma y la imprime en la materia para que resplandezca en ella la verdad. Subcrea según la manera en que fuimos creados, siguiendo la famosa fórmula tolkieniana.
Porque en el arte, como en todo, hay un orden: un principio, un medio y un fin. Este solo alcanza su plenitud cuando glorifica a Dios —fuente de toda belleza— y eleva el espíritu del contemplador —sea niño o adulto— hacia lo verdadero y lo bueno a través de la belleza. De esta forma, la tesis del ars gratia artis («el arte por el arte»), entendida como autonomía absoluta respecto de la verdad, el bien y lo sagrado, es una amputación que priva al arte de su raíz ontológica y de su fin más alto.
Y aunque el artista es libre, esta autonomía es puramente formal, no moral. El arte posee su propio objeto y sus propias reglas internas (la autonomía del hacer): de esta manera, la bondad de la obra de arte se juzga según criterios artísticos propios (perfección técnica, adecuación de forma y materia, originalidad, expresividad). Pero el artista, en cuanto hombre que es y sigue siendo, permanece sujeto al orden moral. El arte que degrada la dignidad humana, corrompe las pasiones en lugar de purificarlas y ordenarlas (mediante la catarsis) o niega deliberadamente la verdad del ser, se pervierte tanto moral como estéticamente. No hay verdadera belleza en la mentira ni en la degradación.
Nada de lo que he tratado hasta aquí les es desconocido; es pura philosophia perennis. Pero alejémonos de la metafísica y descendamos un poco: acerquémonos a los primeros escalones, a los primeros años y a las primeras experiencias estéticas. Viajemos de la mano de algunos de esos artistas que hicieron gala de su oficio, enriqueciendo infancias y educando almas.
Me detendré hoy en dos longevas artistas de la misma generación, similares en estilo pero distintas en esencia; una centroeuropea y la otra nórdica: Gerda Muller (n. 1926) e Ilon Wikland (n. 1930).
GERDA MULLER
| Ilustración de «Un año alrededor del gran roble». |
Nacida en Ámsterdam en 1926, pero habiendo desarrollado toda su carrera artística en Francia, Gerda Muller es una maestra a la hora de presentar la naturaleza a los niños. El verde es su color básico, presente en la mayoría de sus ilustraciones. Como ella misma gusta de decir, no es ilustradora, sino «creadora de imágenes» (imagier). A diferencia de los ilustradores, que suelen trabajar sobre un texto al que iluminan y del que dependen, el trabajo del creador de imágenes consiste, según Muller, «en crear imágenes que vivan por sí mismas y que puedan existir, si hace falta, sin texto». Y esto es claramente así en su obra; de hecho, ella misma comenta: «dicen que mis imágenes “hablan”».
Su técnica preferida es el gouache, aplicando por encima lápices de colores para dar sombras y textura. Su estilo de trabajo muy particular; como nos cuenta en una entrevista: «trabajo en mi taller, en silencio, pensando en cómo desarrollar una historia». Al hacerlo, confiesa: «siempre he tenido la impresión de que hay un niño mirándome por encima del hombro y dándome consejos. En mi cabeza siempre me pregunto: “¿Lo entenderá?”, “¿No irá demasiado rápido?”, “¿Es interesante?”, “¿No me estaré repitiendo?”, “¿No tendrá demasiado color?”». Ese niño imaginario es su guía y, a la vista de su extensa y exitosa obra, no cabe duda de que le aconseja bien. Muller apostilla: «Es para este niño para quien trabajo, no para los padres o para los editores».
Sus imágenes, pobladas de niños activos y bulliciosos que transitan y juegan en hermosos escenarios naturales, son —como Gerda Muller reconoce— muy precisas y realistas, al tiempo que poéticas. «No soy consciente de “espolvorear” mis imágenes con poesía; son cosas que salen de forma totalmente natural», señala; «como decía el Père Castor, “las imágenes son la poesía de la realidad”. Y creo que mis imágenes son eso: poesía de la realidad». No podría estar más de acuerdo, y creo que ustedes, cuando conozcan sus libros, también lo estarán.
Ha ilustrado más de 120 libros, todos para niños (hasta los 7 u 8 años). En lengua española, sus libros (como Un año alrededor del gran roble o su serie sobre las cuatro estaciones) han sido publicados, principalmente, por ING Ediciones, aunque en Corimbo, Algar y Susaeta pueden encontrarse también algunos títulos.
ILON WIKLAND
| Ilustración para la obra de Lindgren, «Ronja, la hija del bandolero». |
El comienzo de esta colaboración tuvo lugar hace más de 70 años, cuando Wikland, entonces de 24, entró en la oficina de Astrid Lindgren en Rabén & Sjögren ofreciendo sus servicios como ilustradora. El resto es, como dicen, historia. Astrid Lindgren se encariñó tanto con las láminas de aquel primer libro (Mio, mi pequeño Mio), que su colaboración duró más de medio siglo.
| Ilustración para la obra de Lindgren, «Los niños de Bullerbyn». |
Al igual que en Gerda Muller, sus ilustraciones son meticulosas y realistas, a la par que cálidas y amigables. Wikland es extremadamente detallista al capturar el carácter de sus personajes: por ejemplo, encontró la inspiración para los rudos bandoleros de Ronja, la hija del bandolero haciendo cola en una tienda de licores, y para Karlsson en el tejado, en el mercado de Les Halles en París. A menudo ha utilizado a sus propias hijas como modelos (como en el caso de Madita y su hermana Lisbet), y la naturaleza y el entorno donde creció han influido determinantemente en sus pinturas. Los recuerdos de su infancia en Haapsalu (Estonia) han inspirado muchas de sus ilustraciones.
En lengua castellana podemos encontrarla, sobre todo, ilustrando las obras de Astrid Lindgren publicadas en Juventud, ING, Sushi Books o Círculo de Lectores (aunque, curiosamente, no ha sido elegida para ilustrar las recientes reediciones de la obra de Lindgren por Kókinos).
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