| «La lectora» Obra de Winslow Homer (1836-1910). |
«A lo que vosotros llamáis experiencia, vuestra experiencia, yo lo llamo
La perdición, la disminución, el decrecimiento, la pérdida de la esperanza.
Pues yo lo llamo la perdición presuntuosa,
La disminución, el decrecimiento, la pérdida de la inocencia.
Y es una degradación continua.
Pues la inocencia es la plena y la experiencia la que está vacía.
La inocencia es quien gana y la experiencia quien pierde.
La inocencia, la joven y la experiencia, la vieja.
La inocencia quien crece y la experiencia quien decrece.
La inocencia quien nace y la experiencia quien muere.
La inocencia quien sabe y la experiencia quien no sabe.
El niño quien está lleno y el hombre quien está vacío.
Vacío como una calabaza vacía y como un tonel vacío:
Eso es, dice Dios, lo que hago con vuestra experiencia».
Charles Péguy. El Misterio de los Santos Inocentes
La literatura infantil y juvenil enfrenta actualmente varios problemas; algunos congénitos (como su consideración de literatura de segunda categoría) y otros —quizá los más graves— adquiridos, propios de la modernidad, o, al menos, agravados por ella. Me propongo en este artículo abordar uno de ellos, y no el menor: la demolición de la inocencia.
Por inocencia no entiendo simple ignorancia, sino una plenitud natural: capacidad de asombro, confianza básica, pudor, sentido del bien y del mal, y un crecimiento gradual hacia el conocimiento. Eso —precisamente eso— es lo que hoy se erosiona.
El problema deriva de una práctica tan antigua como el mundo, pero muy presente hoy: la instrumentalización de cualquier medio para dominar a otros. De entre esos otros, los preferidos —es evidente— son siempre los niños, porque representan el porvenir de las sociedades y, en último término, el del propio género humano.
Dado que se trata de una práctica antigua, no es un tema nuevo en la historia del hombre. Lo inédito es el método. Un método que se caracteriza por su afán destructor. No se trata de imponer unas ideas sobre otras –como habitualmente ha sido–, sino de demoler lo existente, sin importar la virtud de su reemplazo. Así, en la actualidad, asistimos, entre resignados e incrédulos, al intento de demolición de uno de los aspectos capitales de la infancia: la inocencia. Y sucede desde todos los ángulos imaginables.
La finalidad de este ataque de múltiples frentes se camufla bajo pomposos nombres (quizá uno de los de más perverso uso sea «educación»), tras los cuales se esconde el oscuro fin de acabar, en último término, con la infancia y con todo lo que esta etapa comporta de bueno para el hombre y la sociedad. Quizá, porque un hombre sin infancia, que ha sido privado de su inocencia primera, se convierte con facilidad en un hombre sin alma, un «hombre sin pecho», como diría C. S. Lewis; en suma, un esclavo conveniente.
En lo que aquí nos interesa, uno de los medios utilizados para ello es la literatura. Tanto en su fondo como en su forma, los libros se emplean como vehículos ideológicos y portadores de un nihilismo destructor.
La modernidad, con su idolatría del progreso y la dictadura de lo visual, conspira para erosionar la buena literatura y marginalizar la tradición. Esta inercia arrastra a los prescriptores clásicos —escuelas, bibliotecas, e, incluso, padres—, quienes, claudicando ante las tendencias audiovisuales, abandonan la literatura de siempre, seducidos por las novedades y las modas.
Por ello, en los escaparates de las librerías y en las bibliotecas escolares o personales escasean hoy los clásicos; y los pocos que aparecen semejan muertos vivientes a los ojos de los jóvenes.
Bajo este asfixiante Zeitgeist, los libros infantiles imponen temáticas adultas: la hipersexualización, la deconstrucción de la familia y una angustia existencial prematura. Y no solo se presentan a los niños cuestiones impropias y a destiempo, sino que la forma de abordarlas es inadecuada, marcada por la precipitación, la crudeza y la ideología.
La consecuencia directa de este «tratamiento de choque» emocional que sufren los niños, de esta exposición a la cruda luz de los secretos adultos, es la pérdida de la inocencia. No es un accidente, sino una estrategia para alcanzar su verdadera finalidad: acabar con la niñez; con la inocencia, en suma.
Por ello, desgraciadamente, cada vez hay menos niños. Y no solo en un sentido demográfico: me refiero a la desaparición de la inocencia como atributo esencial del niño, lo que conlleva implacablemente su extinción.
Ya en 1975, Astrid Lindgren ironizaba sobre estas «recetas» progresistas para malos escritores, advirtiendo de una tendencia que hoy alcanza el paroxismo:
«Los guisos y pudines de hoy tienen ingredientes diferentes. Coge a una madre divorciada, a ser posible fontanera, aunque una física atómica también vale; lo principal es que no "cosa" ni "sea dulce"; mezcla a la madre fontanera con un par de porciones de agua sucia y contaminación atmosférica, otras tantas de hambre en el mundo, opresión paterna y terror docente; añade un par de bolas de levadura de conflictos raciales y discriminación de sexo, y luego espolvorea un montón de relaciones sexuales y drogas. Así se obtiene un guiso fuerte y bueno que haría que Zacharias Topelius se retorciera de verdad, si pudiera probarlo».
El artículo de Lindgren apuntaba al centro de un problema hoy exacerbado. Discrepo, sin embargo, en un punto: no creo que se trate solo de guiñar el ojo a los adultos; hoy se percibe un propósito más siniestro. Es tan palmario que no cabe equívoco: existe una intención perversa de acabar con la infancia y su proverbial inocencia. Ya estamos donde predijo Yeats:
«Y en todas partes la ceremonia de la inocencia se ahoga;
Los mejores carecen de toda convicción,
Mientras que los peores están llenos de intensidad apasionada».
Debemos arrebatar esa intensidad a los peores y hacerla nuestra, y defender con ella la inocencia. Es la armadura que permite al niño crecer hacia su destino. Shakespeare lo expresa bellamente en Enrique VI:
«¿Qué coraza es más fuerte que un corazón sin mancha?»
Es nuestro deber custodiarla como el precioso tesoro que es, y hacerlo con fe, esperanza, y amor. Recuerden lo que nos fue dicho:
«El que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar».
Padres: asuman esta responsabilidad. Disciernan con prudencia y elijan con sabiduría los libros que depositan en manos de sus hijos. Su destino está en juego. Pues, como dijo Péguy:
«La inocencia es plenitud; es quien gana; es quien crece; es quien nace; y es quien sabe».
Amo su blog! Dios lo bendiga
ResponderEliminarGracias, de corazón, por sus magníficos artículos.
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