¿QUÉ DEBEN LEER NUESTROS HIJOS? CINCO CRITERIOS ORIENTATIVOS

«Un cuento de hadas». Obra de John Henry Frederick Bacon (1865–1914).





«Para leer lo bueno hay una condición: no leer lo malo».

Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipomena



«Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero absolutamente "brillantes" de información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, (...). Y serán felices».

Ray Bradbury. Fahrenheit 451.




EL DILEMA CENTRAL: ¿QUÉ LIBROS DEBEN LEER?

Una de las grandes cuestiones a las que deben enfrentarse los padres de hoy que desean que sus hijos sean lectores —además de cómo despertar en ellos el amor por la lectura—, es la siguiente:

¿Qué libros se les deben ofrecer?

Porque no todos los libros son iguales, ni por la calidad de su contenido o de su enseñanza moral, ni por la educación estética que encierran. Y, para colmo, a diferencia de los medicamentos, los libros no vienen acompañados de un prospecto de indicaciones y contraindicaciones que facilite conocer sus efectos. Y ello a pesar de que su poder transformador puede llegar a ser inmenso, con resultados tanto beneficiosos como nocivos para el alma de nuestros hijos.

Junto a ello, sabemos que —por razón de su edad— los gustos de los niños suelen ser desordenados y pasajeros y, por si esto fuera poco, a menudo son objeto de manipulación por agentes externos (redes sociales, televisión, videojuegos o la propia industria editorial) que mantienen intereses poco o nada vinculados con su bienestar.


LA NECESARIA INTERVENCIÓN DE LOS PADRES

Por todo ello, los padres no debemos dejar la elección de los libros que leen nuestros hijos únicamente a su propio criterio, ni limitarnos a facilitarles los libros que simplemente les apetezcan o les recomienden otros.

No obstante, es evidente que sus gustos e intereses deben ser tenidos en cuenta, ya que, como sabemos, leer es un verbo que no debe conjugarse en modo imperativo.

De esta manera, los intereses y gustos de los niños son una variable importante que debemos tener presente, pero nunca deben ser la única ni la principal. Conviene, por tanto, orientar sus lecturas pero sin alejarse en exceso de aquello que ya les atrae.

Un dato ilustra bien esta tensión: en un estudio realizado en EE. UU. que comparaba, entre 1974 y 2004, dos listas anuales de “mejores libros infantiles” (los recomendados por la Asociación Americana de Bibliotecas y los seleccionados por los propios niños), el solapamiento fue de apenas un 4,36 %.

Esta divergencia no debería llevarnos a la conclusión “moderna” de rebajar el criterio adulto hasta adaptarlo por completo al gusto infantil, como si la inexperiencia tuviera prioridad sobre el juicio formado, o como si el placer inmediato fuera el único estándar relevante (como, por cierto, hace el estudio), pero sí debería llamarnos la atención sobre algo: que el lector es el niño. 

Por lo tanto, aunque sus intereses importen —ignorarlos sería contraproducente—, deben entrar en ponderación con otras consideraciones, algunas más importantes: calidad literaria, adecuación moral y emocional, riqueza del lenguaje, complejidad ajustada a su madurez y, sobre todo, que el libro pueda conducirle al tipo de persona que buscamos ayudarle a ser, a aquello que está destinado a ser.

Por ello, nos guste o no, los padres estamos obligados a vigilar tanto qué libros leen nuestros hijos como qué libros ponemos en sus manos, aunque teniendo siempre presentes sus gustos y aficiones.

De este modo, cumplimos dos objetivos esenciales: no abandonamos la elección a su solo criterio y, al mismo tiempo, acercamos progresivamente sus preferencias hacia lo que estimamos más conveniente para su formación integral y su bienestar.

Se trata, en definitiva, de guiar con criterio y cariño, elevando sus gustos en lugar de rebajar nuestras exigencias. La clave está en adecuar el libro al niño ofreciendo alternativas valiosas dentro de un marco de elección guiada, de modo que el niño no “pierda” su libertad, sino que aprenda a ejercerla como lo que es: el obrar o no obrar, bajo la guía de la razón, para alcanzar la perfección del ser, esto es, la Verdad, la Belleza y la Bondad. Así, el objetivo no es rendirse ante lo que ya le gusta o lo que elige o le imponen o recomiendan (amistades y agentes externos), sino educar su gusto hacia la virtud, para que, con el tiempo, pueda llegar a querer —por sí mismo— aquello que le conviene y esta llamado a ser.


LA PARADOJA DE LA ABUNDANCIA Y LA PRUDENCIA EN LA ELECCIÓN

Sin embargo, no podemos olvidar que vivimos en la era de la abundancia, y ello afecta también a la oferta editorial: hoy hay más libros que nunca. Lo que de entrada sería una ventaja, sin embargo, se convierte en una dificultad añadida. Si aprender a elegir es difícil, y aprender a elegir bien es más difícil aún, aprender a elegir bien en un mundo de posibilidades casi ilimitadas es abrumador. Esto suele denominarse «la paradoja de la elección»: cuando aumenta el número de opciones, también aumenta la dificultad de saber cuál es la mejor.

Incluso aunque todo lo abundante fuera bueno, precisaríamos del criterio antedicho para discernir y/o elegir, entre toda esa inmensidad, los libros que mejor se ajusten a las necesidades de cada niño (¿le gustará?, ¿aborda algún aspecto que deba reforzar?, ¿se adecúa a su nivel de madurez?). El peso de la paradoja, por tanto, subsistiría.

Pero lo cierto es que, desgraciadamente, este no es el caso. Hoy en día, una gran parte de esa inmensa oferta editorial es inadecuada, cuando no peligrosa, para la formación y educación de nuestros hijos.

Buena parte de los libros infantiles y juveniles contemporáneos no ayudan. Muchos de ellos centran su atención en temáticas tradicionalmente propias de los adultos, como la hipersexualización de las relaciones, la deconstrucción de la familia y la angustia existencial (divorcio, aborto, eutanasia, suicidio, malos tratos), que además son abordadas, en no pocos casos, de forma equivocada. Prima la precipitación, la frivolidad y la crudeza. Existe, asimismo, una fuerte carga ideológica (adoctrinamiento en la denominada ideología de género y otros «ismos»).

De este modo, no solo el volumen de novedades nos obliga a escoger, sino que el contenido —para nada inocuo— nos obliga a discernir y/o seleccionar con rigor.

Por ello, los padres estamos obligados a juzgar, siendo el juicio siempre una acción difícil, que requiere el ejercicio de la virtud de la prudencia. Sin embargo, no se puede intentar juzgar prudentemente sin poseer criterio; y el criterio precisa conocimiento; y el conocimiento, a su vez, exige tiempo. Y de eso tenemos muy poco hoy en día.


CRITERIOS ORIENTATIVOS

Por ello, para facilitarles esta difícil labor de discernimiento, me atrevo a ofrecerles una breve relación de criterios orientativos:


PRIMERO.- Evitar el contacto con «malos libros».

Debemos protegerlos de obras inadecuadas o con contenidos nocivos ya mencionados.


SEGUNDO.- Actuar con cautela.

En la selección debemos ser cuidadosos, intentando no ser demasiado rígidos y aplicando «mano izquierda» con las prohibiciones. Ya el romano Ovidio nos advertía: «Lo que somos libres de hacer nos disgusta; lo que está prohibido nos abre el apetito».


TERCERO.- Prestar atención a la forma (ilustraciones y calidad literaria).

En cuanto a las ilustraciones, especialmente para los más pequeños, estas deben ser bellas y realistas. Existe una correspondencia entre belleza y realidad, pues todo lo existente ha sido creado por Dios. La representación artística y el realismo han estado unidos desde las pinturas de Altamira hasta los frescos de la Capilla Sixtina. El arte debe imitar a la naturaleza en su modo de operar, buscando, a través de la belleza, la proporción, la integridad y la claridad; por ello esa belleza debe habitar en los libros de nuestros hijos, incluyendo no solo dibujos e imágenes, sino también una tipografía y caligrafía claras y hermosas.

Respecto a la calidad literaria, me detengo en los libros para los más pequeños, a menudo descuidados bajo el pretexto de la sencillez. La simplicidad no justifica la falta de rigor. El cuidado de las formas expresivas y un léxico rico deben estar presentes en cualquier nivel. La brevedad no es excusa para la falta de excelencia. Como decía C. S. Lewis: «No merece la pena leer ningún libro a los cinco años a menos que merezca la pena leerlo también a los cincuenta».

El desarrollo del gusto literario es un proceso donde la imagen y la palabra se fusionan y lo son todo.


CUARTO.- Evaluar el contenido y el mensaje.

a) Interés y curiosidad: El libro debe ser una «puerta mágica» (Gladys Hunt) a un mundo de belleza, deleite y aventura, que despierte el asombro.

b) Armonía con la fe: No se trata de que el autor sea católico, sino de que el libro no proponga modelos contrarios a la ley natural o la fe. Existen numerosas obras que, sin ser explícitamente religiosas, representan las virtudes naturales: la existencia del bien y del mal, la inmortalidad del alma o la noción de un mundo creado. Se trata de fortalecer la «imaginación moral» evitando el sermón pedagógico.


QUINTO.- Adecuar el libro al niño.

Los padres son quienes mejor conocen la madurez y el carácter de sus hijos. No obstante, apunto tres matices:

1. La naturaleza del receptor: El contenido debe adecuarse a la capacidad y naturaleza del niño. Como dice el padre dominico Thomas Dubay: «Un sello hace una impresión o no de acuerdo con la condición de la cera. Una cera fría se agrieta y se desmorona, mientras que una cera líquida y caliente no retiene ninguna impresión. Solo una cera a una temperatura adecuada recibe y retiene la imagen».

2. El desafío intelectual: Adecuar el libro al niño no significa caer en la cursilería de la denominada «zona de confort». Los niños necesitan desafíos. Debemos huir de una dieta de libritos insustanciales. Tolkien afirmaba que los niños y los jóvenes tienen una curiosidad y una vitalidad intelectual que a menudo subestimamos. Tienen la energía necesaria para enfrentarse a cosas que están por encima de su medida, por lo que no hay excusa para darles lecturas mediocres. Leer textos complejos es como levantar pesas: construye músculo intelectual. Si un libro excede su capacidad, el niño lo abandonará libremente, y eso no será un fracaso.

3. El orden jerárquico: No se llega a los clásicos sin pasar antes por los «buenos libros». John Senior explicaba que la imaginación debe saturarse primero de fábulas y cuentos de hadas para poder recibir después las ideas de Platón, Aquino, Cervantes o Shakespeare. El itinerario lector debe empezar en la cuna con rimas y canciones tradicionales, seguir con los Grimm, Andersen y Esopo, para luego ascender hacia Stevenson, Verne, Cervantes y Homero.


POR QUÉ MIRAR HACIA ATRÁS

En este punto, quizá alguno de ustedes esté pensando en que mi inclinación hacia el pasado es anacrónica y desfasada. ¿Por qué esta insistencia mía en mirar hacia atrás?

A lo largo de mi libro y de mi blog, he defendido una literatura anclada en la tradición. La razón no radica en un caprichoso espíritu reaccionario, sino en que el tiempo es el mejor de los críticos. Los libros clásicos son una elección segura; son el resultado de lo que Chesterton llamaba «la democracia de los muertos».

Recuerden: de un lado tenemos el hecho de que hay demasiados libros y poco tiempo, y del otro, no parece sensato hacer experimentos con nuestros hijos. Ello nos conduce inexorablemente a esos libros con solera. Sobre todo, si carecemos de tiempo para explorarlos y juzgarlos por nosotros mismos, como sé que es el caso de muchos de ustedes. Los viejos libros ya han sido juzgados, medidos y tasados. Y yo quiero aprovecharme de eso. ¿Acaso ustedes no?


CONCLUSIÓN

Para acabar, vuelvo a lo mismo: como ya les he dicho al comienzo de este artículo, es obvio que no todos los libros son iguales ni pueden desencadenar iguales efectos. Los hay buenos y los hay malos. Si uno se alimenta de comida basura, terminará con problemas de salud. Si uno se alimenta de basura moral en forma de libros, estará infectando su alma. No me cabe duda de que algunos libros pueden llegar a prender hogueras en el corazón, fuegos que podrán iluminar momentos de oscuridad y desconcierto, y confortar un día a nuestros hijos; pero también sé que puede haber otros que quizá podrían llegar a reducir a cenizas convicciones, amores o visiones del mundo.

Independientemente de lo que les propongo en mi libro y mi blog, y de lo que les sugieran los libros y blogs de otros, y sin perjuicio de sus propias búsquedas —que espero haber facilitado con los criterios expuestos—, han de tener la esperanzada certeza de que el mundo rebosa de buenos libros. Esos cuyo contenido instruye y colma de verdad y bondad, y cuya forma, resplandeciente de belleza, entretiene y deleita.

Y con esto concluyo.

Ser padres es asumir el hermoso y trascendental compromiso de acompañar a nuestros hijos al encuentro con lo verdadero, lo bueno y lo bello. Y, como no me canso de decirles, los libros pueden resultar de gran ayuda en esta noble y exigente labor; solo esperan ser encontrados y compartidos. Espero que algo de lo aquí dicho pueda ayudarles en esa invaluable tarea.


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