SERIES DE NOVELAS: EL ENCANTO DE LA REPETICIÓN

«Encantamiento». Obra de Hilda Fearon (1878-1917).





«La repetición es la realidad y la seriedad de la existencia»

Søren Kierkegaard




Quizá pueda decirse, aunque con cierta prevención, que el éxito de las series de novelas con unos mismos personajes visitando, una y otra vez, nuestra imaginación, no es una rendición ante un capricho del mercado, sino más bien una confesión del alma humana. Y, como toda confesión humana, muestra más de lo que pretendía revelar.

En una época que se vanagloria de estar enamorada de la novedad, que cambia de ropa, ideas y hasta de pecados con una rapidez alienante, cualquier cosa que apunte a una repetición, a una cierta continuidad de las cosas, parecerá una herejía y será asociada con un sonoro fracaso.

Sin embargo, a pesar de todo eso y contra todo pronóstico, las series de libros continúan siendo una preferencia entre los gustos de los lectores; y ello a pesar de que en ellas casi todo vuelve. Lo vemos en el Londres victoriano de Sherlock Holmes y su apartamento en Baker Sreet, en los paisajes mágicos de Narnia, en la convulsa Tierra Media, en los rústicos cobertizos, reunidos con Guillermo y sus proscritos, o en las grandes mansiones señoriales con las heroínas de Austen o enfrascados en las investigaciones de Hércules Poirot. Vuelve el mismo detective, el mismo internado, la misma ciudad, incluso la misma casa, el mismo grupo de amigos o el mismo mundo de fantasía e imaginación.

¿Por qué, entonces, perseguimos lo que permanece?

Se encierra aquí una doble paradoja: volvemos, reiteramos las visitas a lugares y personas —sea una ciudad, un paisaje o un protagonista— que continúan ahí y que, por eso, a su vez, vuelven también a nosotros con constancia y fidelidad.

¿Por qué esa obstinación nuestra en el reencuentro?

El hombre no es simplemente un animal en busca de estímulos y sensaciones (aunque hoy lo parezca), sino un ser que busca significado y permanencia. Y esto precisa de continuidad, de memoria, de identidad frente al caos y la nada. Un personaje que reaparece, conservando su nombre y su temperamento, es una pequeña victoria metafísica contra el caos; es un «alguien» que se resiste a convertirse en un «algo».

Tampoco es ajena a esa soterrada e innata querencia nuestra el afán por hacernos con un hogar, un lugar estable y cálido al que poder volver. Una novela aislada cae sobre nosotros fugaz, como un relámpago; pero una serie de novelas es como una lámpara en la ventana. En la primera, el lector la atraviesa; en la segunda, el lector la habita. De esta manera, no nos importa ya tanto «saber qué pasa», sino «saber con quién pasa» y «dónde pasa». Y así, las series nos dan menos emociones, pero lo hacen a cambio de ofrecernos más compañía.

Esto es algo profundamente humano: no amamos a nuestros amigos porque cada día sean distintos, sino porque, en lo esencial, siguen siendo ellos mismos. Tampoco deseamos volver cada día a nuestro hogar porque ignoremos con qué vamos a encontrarnos, sino por todo lo contrario: porque nos aguarda allí lo conocido.

Por eso las series producen un placer que no es meramente narrativo ni novedoso, así como tampoco sorprendente o asombroso, sino casi doméstico: leyendo estas novelas volvemos «a nuestra casa».

En los niños, sin embargo, descubrimos una razón adicional. Una razón muy poderosa que camufla las otras dos: el apetito por la repetición y la alegría del reconocimiento.

Pensamos que los niños piden que se les cuente o se les lea la misma historia una y otra vez porque ellos «no se cansan». Pero no es así; es al revés: la piden, la desean porque ¡claro que se cansan!, pero aquello de lo que se cansan es de la incertidumbre. El niño, recién aterrizado en medio de un mundo que le asombra y le atemoriza por igual, necesita seguridades, necesita agarres, puntos fijos en ese nuevo tiempo y espacio.

De esta manera, la repetición no es monotonía para el niño; es la celebración de que la vida tiene un orden. Y así, los niños adoran la repetición; es más, la necesitan. Chesterton nos dice que los niños no se cansan nunca de ella: 

«[...] cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítmicamente los talones a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen "hazlo otra vez"; y el grande vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía». 

Y las series de libros les permiten disfrutar de ese monótono regocijo.

De todas maneras, si preguntásemos a santo Tomás —como aconsejaba el papa Pío XI— «¿qué es lo más constante, lo que nunca cambia?», nos diría sin dudar que el Ser: «Ipsum Esse Subsistens». Así que, modestamente, creo que la razón más poderosa por la que nos gustan las series de libros, con su constancia, con su repetición, es porque, en el fondo de nuestro corazón, amamos el Ser, anhelamos contemplar el Ser.


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