domingo, 27 de noviembre de 2016

EL VIENTO EN LOS SAUCES.


Los cuatro protagonistas. Ilustración de E. H. Shepard. 1879-1976.




Publicado por primera vez en 1908, “El viento en los sauces”, de Kenneth Grahame, es reconocido como un clásico de la literatura infantil.

El origen de la novela se encuentra en las historias que Grahame inventaba para entretener a su hijo, Alastair. Más adelante reunió esos relatos en forma de libro bajo ese título poético y evocador.

La obra relata las aventuras, conflictos y vivencias de cuatro amigos, el Topo, la Rata de agua, el Sapo y el Tejón, en una comarca rural atravesada por el río cerca del cual viven. Se trata de animales antropomórficos, que sienten, padecen y actúan como humanos.

El libro resulta entretenido e instructivo por igual. La historia muestra al lector de cualquier edad lo importante que es tener amigos en quien poder confiar y con quien compartir las alegrías y los sinsabores de la vida. Un niño que se enfrenta con las primeras lecciones –y dificultades– de la amistad podría encontrar algunos puntos de apoyo en el libro. A su vez, hay en todo el relato una constante referencia al “Hogar”, al lugar del descanso, donde todos hallamos la seguridad y el calor al amparo de la familia (curiosamente, C.S. Lewis entrevió una clara relación entre la novela y el “Señor de los Anillos” de Tolkien, ya que, según él, la búsqueda del “Hogar” es una presencia constante en ambas obras).

Finalmente, la historia encierra –siguiendo con bastante atrevimiento a San Justino– lo que podrían llamarse “pequeñas semillas de verdad”. Me refiero al capítulo VII, donde el Topo y la Rata de agua se sumen en una contemplación mística, mezcla de la admiración y el asombro causados por la belleza y el misterio de lo creado:

“(…)-¡Nos vamos acercando! -gritó alegre la Rata-. Seguro que ahora puedes oírlo. ¡Ah..., por fin..., veo que tú también lo oyes!

El Topo, inmóvil y sin aliento, dejó de remar mientras el sonido acuático de aquella flauta lo cubría como una ola y lo hechizaba. Vio las lágrimas correr por las mejillas de su compañera, inclinó la cabeza y comprendió. Permanecieron así durante un rato, acariciados por las primaveras violetas que bordeaban la orilla. Luego la clara y autoritaria llamada que acompañaba la melodía embriagadora impuso su voluntad sobre el Topo, y éste se inclinó de nuevo mecánicamente sobre los remos. Y la luz se hizo más fuerte, pero los pájaros no cantaban, como suelen hacerlo al alba; todo se había paralizado menos aquella música divina.

A ambos lados, los fértiles prados parecían más frescos y verdes que de costumbre. Nunca habían visto tan vivo el color de las rosas, ni las adelfas tan alborotadas, ni la reina de los prados tan olorosa y penetrante. Entonces el susurro de la presa cercana llenó el aire, y los dos animalitos se dieron cuenta de que se aproximaban a la desconocida meta de su búsqueda.”

Mis hijas disfrutaron enormemente con esta historia; se identificaron con los personajes y rieron y se entristecieron a la par. Curiosamente ambas tenían como personaje preferido al Sapo.

En suma, se trata de un relato delicioso y entretenido que entremezcla, en iguales dosis, aventura, humor, camaradería y valores.

El libro puede encontrarse fácilmente en las librerías. Por cierto, si tienen oportunidad háganse con una versión que contenga las maravillosas ilustraciones de Ernest H. Shepard (como la que inicia la entrada).


1 comentario:

  1. Natalia Sanmartin Fenollera28 de noviembre de 2016, 0:19

    Es uno de mis libros preferidos, no de mis libros infantiles preferidos, sino de mis libros preferidos en general. Poético, divertido, cálido y lleno de belleza. El Sapo es adorable. Es la criatura más absurda, tierna e hilarante que uno puede encontrarse en una historia. Y estoy de acuerdo: hay semillas de verdad en esas páginas.

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