jueves, 21 de septiembre de 2017

EL JARDÍN SECRETO

Mary en el jardín secreto dibujado por Inga Moore (1945-)


«Creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el futuro»

Cardenal John Henry Newman


Entre los medievales existía la arraigada convicción de que toda mejora y todo esfuerzo humano no tiene la vista fija en un nuevo horizonte al que dirigirse, sino que constituye un retorno al estado primordial, al Paraíso perdido. La paradoja de esta idea se encuentra en que, ciertamente, esta es la forma de hacer camino, pero no hacia atrás, hacia donde se mira, sino hacia un mañana eterno en la contemplación de Dios, que es lo único que añoramos de verdad, muchas veces sin saberlo. La frase del cardenal Newman que encabeza esta entrada remite, entre otras cosas, a esta idea.

Del mismo modo, conceptual y etimológicamente, la palabra jardín refiere, al parecer, a separar un lugar una pequeña porción de la tierra del desorden generalizado en que el mundo se halla sumido desde la caída, para instaurar en él un orden, a modo y ejemplo («a imagen y semejanza») de la perfecta armonía y equilibrio que existía en el Paraíso en el principio de los tiempos, protegiendo el lugar de las asechanzas del desorden exterior.

De aquí la relación entre jardín e infancia, y de ahí la proximidad entre los conceptos de jardín y guarda y de jardín y secreto y, a su vez, entre infancia y necesidad de protección y privacidad.

El jardín es pues un lugar sagrado, secreto e íntimo, donde se guarda la inocencia que un día nos ayudará a abrir la puerta.

Jardines de Aranjuez de Santiago Rusiñol y Prats (1861-1931)

También, esa guarda y ese secreto propio de los jardines, nos remite a otras imágenes

«Un huerto cerrado
es mi hermana esposa,
manantial cerrado,
fuente sellada.»

CANTAR DE LOS CANTARES, 4,12

Huerto cerrado y fuente sellada. Bellas imágenes que nos conducen suavemente hasta la inocencia y la pureza de la bienaventurada Virgen María y, por medio de su pureza, a la infancia. San Ambrosio decía que una virgen es un jardín inaccesible a los ladrones; se parece a una viña en flor, derrama el perfume de sus virtudes y es bella como la rosa. Y esto es también aplicable a todo niño: el niño es un jardín cerrado, una fuente sellada por Dios mismo, con la gracia de la pureza, del pudor, de la modestia. Por esa razón, cada niño debe ser guardado y protegido, en su jardín cerrado y secreto. Y eso nos corresponde a nosotros, los padres.

«Un mismo rocío, un mismo color y una misma mañana tienen la Aurora
y las rosas; pues una misma Señora tienen las estrellas y las flores.»

DE ROSIS NESCENTIBUS (atribuído a Virgílio)

Y como no, hoy voy a hablar, sí, de un jardín secreto, y sí, también de un huérfano. Tras las dos últimas entradas parecería obligado, así que voy a ello.

A principios del pasado siglo, concretamente en 1911, Frances Hodgson Burnett publicó la novela por la que se la recuerda: El jardín secreto.

Ilustraciones de Tasha Tudor (1915-2008) y Charles Robinson (1870-1937)

Algo de lo ya comentado encontramos en esta historia. Una historia de huérfanos. Y no solo de uno, sino de dos. Los protagonistas, Mary y Colin, son huérfanos. Se ha dicho de esta novela que «proporciona un claro ejemplo, dentro de un marco básicamente realista, de algún tipo de poder sobrenatural preservando las vidas y los destinos de los personajes infantiles, Mary y Colin», personajes ambos que inician el relato heridos como corresponde a su triste condición.

La vida es un regalo, todo lo creado que nos rodea, el cielo, el mar, las estrellas, es un obsequio inmerecido; todos los niños nacen sabiéndolo y todos los niños lo disfrutan a lo largo de su infancia, pero en ocasiones, los avatares del destino hacen que algunos, aun siendo todavía niños, terminen olvidándolo. 

El hombre es un animal social (zoon politikon, decía Aristóteles), y la familia es la expresión más íntima y perfecta de esa sociabilidad; si se altera o se destruye se altera al hombre en su vida misma, como hoy vemos sucede.

ilustraciones de Graham Rust (1942-) y Charles Robinson (1870-1937)

Estas carencias hieren el alma de nuestros dos protagonistas; ambos son niños que habrían de gozar de la vida como regalo inesperado y sorprendente, pero no es así; ambos deberían vivir al amparo de una familia dulce y cariñosa, pero no es así; la orfandad les ha arrebatado las dos cosas. Y por ello son personajes dolientes.

¿Cómo recuperar lo perdido? ¿A dónde ir? La Sra. Hodges Burnett nos lo dice mediante el relato de una historia plena de simbolismo y magia, de amor y de tristeza, que nos deja finalmente un poso de esperanza. Y para ello nos lleva a un lugar: El jardín.

Hemos visto ya que el jardín es el refugio, el lugar guardado y seguro, escondido a los ojos extraños, pleno de armonía, orden y felicidad.

Pero, además, es el lugar del juego. El juego trasformador que abre y cierra puertas  y mundos al compás del olvido y la imaginación del niño.

Nuestra protagonista y narradora, Mary Lennox, es una niña huérfana que llega desde la lejana India para vivir con su tío en Misselthwaite Manor, una enorme casa de campo en Yorkshire («Una casa con cien habitaciones, casi todas con las puertas cerradas»), rodeada de hermosos páramos y un jardín maravilloso.

Mary es arisca y no muy agradable; lo cierto es que a vida no le ha dado tampoco dulzuras. En su nuevo hogar encontrará a dos niños que trasformarán su vida: uno, su primo Colín, como ella huraño a causa de su delicada salud, como ella aburrido y apático, encerrado siempre entre las cuatro paredes del inmenso caserón. El otro, Dickon, inquieto, imaginativo, siempre atento al juego, a la vida al aire libre entre campos y bosques. La solitaria niña que nunca salía de su habitación descubre a su través placeres y deleites no imaginados. Dickon abre la puerta del jardín a Mary. Y esto la trasforma. Cosas simples, como saltar a la cuerda, la hacen sentir inmensamente viva.

Pero un aire de tristeza flota sobre la casa. Y Mary descubre porqué: en una de las múltiples habitaciones cerradas Mary encuentra a un niño de su edad que nadie le había mencionado, su primo Colin, un niño enfermo, que permanece siempre triste y encerrado en su aposento; y eso no es todo: dentro del jardín hay otro jardín, aislado y cerrado al mundo; el jardín secreto, testigo de una desgracia familiar (un accidente en el que falleció la madre de Colin) y que desde entonces permanece cerrado tras una puerta cuya llave guarda su tío: «Él no dejará que nadie entre. Era su jardín. Cerró la puerta, cavó un agujero y enterró la llave», le dice a Mary una doncella. Sin embargo, jugando con Dickon entre los páramos, Mary encontrará otra puerta, que esta vez sí puede traspasar, y que le conduce al secreto jardín.

Dos ediciones de Siruela, con las ilustraciones de Charles Robinson (1870-1937)

La enorme alegría del descubrimiento de este regalo (la belleza de lo creado y el placer del juego) lleva a Mary, porque el amor es sobreabundancia y siempre se desborda, a atraer a Colin al exterior con el susurro de la revelación de un secreto. Cuando los tres niños abren la puerta del oculto jardín perciben la presencia de aquello de que carecían: «¡Algo está ahí, algo!» La salud vuelve a Colin y con ella la atención de su padre, para que al fin el calor de una familia regrese a Misselthwaite Manor.  

En esta novela, como en todas las de huérfanos, hay un camino por recorrer y un proceso de maduración y perfección a lo largo del mismo, que en este caso, afecta a los dos protagonistas; Frances Hodges Burnett creía en el poder de los jardines para el crecimiento, la maduración y el recuerdo, y allí es donde recordaremos a Mary Lennox, explorando los caminos sinuosos del Jardín, sus laberintos, los jardines dentro de los jardines y el interior de los corredores sin fin de Misselthwaite Manor, con sus muchas habitaciones cerradas con llave, y la puerta y la llave de los aposentos de Colín y, sobre todo, del jardín secreto. Así el hortus conclusus inicial se convierte al final en un locus amoenus, tal y como debería ser: la niña heroína encuentra el camino y la llave y llega a conocer lo que, inmerecidamente, le estaba oculto e inaccesible. 

Para niños de 9 años en adelante.



lunes, 18 de septiembre de 2017

JARDÍN DE VERSOS PARA NIÑOS

Ilustración de Ruth Mary Hallock (1876-1945)


«Un solo río sale del trono de Dios, a saber, la gracia del Espíritu Santo; y esta gracia del Espíritu Santo está en las Santas Escrituras, es decir, en el río de las Escrituras. Pero este río tiene dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en ambas riberas está plantado el árbol, que es Cristo»

San Jerónimo



Hay unos versos de Dante en su Divina Comedia que no solo por su hermosura me conmueven. Estos versos hacen alusión a una visión del nuevo Paraíso que nos espera, ahora perdido, donde, como delicada y refulgente imagen de un río de luz, fluye la gracia del Espíritu Santo, como bien nos recuerda San Jerónimo. La imagen podría estar inspirada en lo revelado por el mismo Dios a San Juan en el capítulo XXII, versículos 1-2 de El Apocalipsis («Me mostró un río  límpido de agua de vida, resplandeciente como cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero»). No me resisto a reproducir los versos del poeta:

«E vidri lume in forma di rivera
fluvido di fulgore, intra due rive
dipinte di mirabil primavera

 Di tal fiumana uscìan faville vive,
e d'ogni parte y mettìen ne 'fiori,
cuasi rubin che oro circunscrive.»

«Y vi una luz con forma de río
Fluyente de fulgor, entre las dos orillas,
pintado con flores milagrosas de la primavera

De este río surgieron chispas angélicas vivientes
que se instalaron en todas las flores,
como rubíes en oro.»

Paradiso 30:19

Creo que si alguien puede tener una visión de ese río, o al menos aproximarse a lo que el fulgor y la limpieza de sus aguas refulgentes representa, son los niños en su inocencia primera («Si no cambiáis y os hacéis como los niños no podéis entrar en mi Reino», Mt 18, 3). Y creo que no hay lugar donde se exprese mejor esa inocencia pálida y trasparente que en los versos inspirados de Stevenson contenidos en su Jardín de Versos para niños. Este es el libro del que voy a hablar hoy.


 Ilustraciones de Florence Store en una edición de 1909 y de Marie "Rie" Cramer (1887-1967)

De un tiempo hasta esta parte, el utilitarismo viene subvirtiendo el ideal clásico cristiano de que, para el hombre, el juego y la maravilla son el principio de la sabiduría. El verso ya clásico de Stevenson, puesto en labios de un niño que dice que «Tan lleno el mundo está de cosas miles, que debemos cual reyes ser felices», recoge este espíritu. Es verdad, el mundo esta lleno de cosas bellas, cosas que se conmueven (el «Hay lágrimas de las cosas» de Virgilio), y cosas que nos conmueven («allí vive la más querida frescura, en lo más  profundo de las cosas» de Manley Hopkins). El libro es magnífico y en él los niños encontrarán un principio de este inocente conocimiento poético del mundo tan necesario, revelado por un Stevenson que se aproxima con una maestría casi sobrenatural al espíritu infantil.

«¡Bailan las estaciones
cada una su baile!
En el verano, flores.
En el otoño, aire.»

Los poemas de este libro encantarán a los niños, y ello porque parecen hechos por un niño. Un niño más consciente que cualquier niño conocido, cierto, excepción hecha de El Mejor de los Niños. Consciente de un mundo de maravilla lleno de sorpresas y tesoros, de los que el niño imagina ser dueño, ser rey. Pero no se trata de la riqueza de las naciones de Smith, ¡quia!, ni del oro acumulado por Mr. Scrooge; se trata de un tesoro inesperado e inmerecido y por eso sorprendente y asombroso, proveniente de un mundo creado por El Amor y que es disfrutado por el niño por medio de su amor por el juego en toda su riqueza: en el libro vemos juegos a través de las cuatro estaciones, en soledad y con amigos, al aire libre y en casa, con juguetes y con libros y de la mañana hasta la hora de acostarse; y así hasta el día siguiente, donde el sol se levantará de nuevo «para complacer al niño, para pintar la rosa»  y donde el juego volverá, sin pausa y sin fatiga, a alegar esa alma inocente.


Ilustraciones de Jessie Willcox Smith (1863-1935)

Los niños se verán reflejados y a su vez les ayudará a verse reflejados en aquellas cosas que han sentido y sienten, pero no sabían cómo ni porque eran y son sentidas. La delicia, la delicadeza y la belleza pueblan sus páginas y no dejarán indiferentes ni al padre ni al hijo. Porque no es menos cierto lo que señalaba Chesterton al respecto: «las letras hermosas, sabias, e ingeniosas como las de Stevenson en su Jardín de los Niños de Versos siempre permanecerá como una pura y vivaz fuente de placer para las personas adultas… ya que el poeta no soñó con que un niño sonreiría ante el poema, sino que fue el poeta quien sonrió al niño»; en suma que estos versos, continua Chesterton, tienen el objeto «legítimo e incluso honorable, de educar al adulto en la apreciación de los niños».

«Hasta mi ventana salta el pajarillo
de plumas oscuras y pico amarillo.
Fija en mí sus ojos brillantes y exclama:
¿No te da vergüenza seguir en la cama?».

Así que hay múltiples razones para que este libro sea un libro para ser leído en familia, como diría San Agustín, verbum oris, como todos los buenos poemas, para así hacerlo verbum cordis y que el corazón del poeta alcance a padres e hijos, cor ad cor loquitur como le gustaría al cardenal Newman.  


Ilustración de Margaret Tarrant (1888–1959)

En castellano hay varias ediciones. Una deliciosa y magnífica —con las estupendas  ilustraciones de Jessie Willcox Smith—, es la de Hiperion.

Que lo disfruten.

Para leer con niños de 6 años en adelante.


viernes, 15 de septiembre de 2017

LAS HISTORIAS DE HUERFANOS

El hallazgo de Moisés de Lawrence Alma-Tadema (1836-1912)


«No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros»

Juan 14:18

«No muevas el lindero antiguo ni entres en la heredad de los huérfanos, porque su Redentor es fuerte; El defenderá su causa contra ti»

Proverbios 23:10-11


Una figura a menudo marginada en las discusiones sobre la literatura infantil es la del huérfano. De hecho, los estudios sobre los huérfanos en esta materia son escasos y más si se relacionan con la fantasía. Pero ello no será a causa de la escasez de su presencia literaria; según una lista que me ha pasado mi hija pequeña J., empezando con los relatos de La Biblia (por ejemplo Moisés y José, huérfanos de facto), y pasando sucesivamente por el héroe anglosajón Beowulf, el legendario Rey Arturo, Jane Eyre (1847), Oliver Twist (1838), David Copperfield (1849-50), Tom Sawyer (1876), Heidi (1880), El príncipe y el mendigo (1881), Huckleberry Finn (1884), El pequeño Lord (1885), David Balfour en Secuestrado (1886), Mogwli en El libro de la selva (1894), Dorothy, en El maravilloso Mago de Oz (1900), Kim (1901), Rebecca la de la Granja Amarilla (1903), Ana de las tejas Verdes (1908), Sara, en El Jardín Secreto (1911), Pollyanna (1913), Tarzán de los monos (1914), Emily, la de Luna Nueva (1923), las niñas de Zapatillas de ballet (1936) y demás libros de la serie, Pippi Calzaslargas (1945) y Frodo del El Señor de los Anillos (1954), el huérfano ha venido manifestándose en la narración de historias de forma constante. Esta presencia persistente en muchas culturas explica, al menos en parte, por qué continúan los escritores de hoy invocando en sus obras la figura del huérfano; así recientemente podemos citar a Cat y Gwendolin Chant de la serie Chrestomanci de Diana Wynne Jones, Violet y sus hermanos en Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snicket, James en James y el melocoton gigante y Sofía en El Gran Gigante bonachón, ambos de Roald Dahl y Harry Potter de la serie mundialmente famosa de J. K. Rowling.

Ante todo ello, una pregunta interesante podría ser: ¿Por qué esto es así?  


Ilustración de David Copperfield de Harold Copping (1863-1932) y de Oliver Twist de Jessie Willcox Smith (1863-1935)
Los psicólogos infantiles insisten en la influencia de la madre y el padre como de importancia crítica para la salud psicológica y el correcto desarrollo del niño.

Todos alcanzamos a intuir esto de forma natural, no es por tanto ninguna novedad; sabemos que el huérfano es un personaje trágico (ha perdido a aquellos a quienes más quiere, a aquellos que lo guardan, lo protegen y lo aman) y, a su vez, que se trata de una figura precaria, herida, no solo sentimentalmente, sino también psicológicamente. Así que, su incardinación en el relato infantil (de por si cómico, y de deseable final feliz) es enigmática y paradójica; hay una aparente contradicción en el asunto, así que ¿cuál es la respuesta?


Ilustración para El jardín secreto de Charles Robinson (1870–1937) y para El pequeño Lord  de Charles Edmund Brock  (1870-1938)
Los freudianos, como Bettelheim, señalan que las narraciones de cuentos de hadas, y especialmente las que implican huérfanos o niños abandonados, permiten a los críos resolver indirectamente conflictos edípicos que son inherentes al crecimiento e involucrar tanto a la madre como al padre con el niño, además de reafirmar el mismo concepto de autonomía personal del infante. Pero no sé, que quieren que les diga, Freud nunca me ha convencido.

Lo cierto es que la mayoría de los estudiosos de la literatura infantil han pasado por encima de este tipo de personajes, calificándolos de meros tropos recurrentes, desprovistos de cualquier sustancia real más allá de poder ser vehículos para la narrativa y, especialmente, la crítica a la reforma social del siglo XIX, cuando comenzaban a manifestarse los horrores de la vida moderna, del paroxismo utilitarista, del  consumo histérico, de la angustia de la alienación obrera y de los enredos de la burocracia corporativa (pensemos en Dickens).


Dorothy y sus amigos de William Wallace Denslow (1856-1915) y Pipi y su caballo "Pequeño tío" de Ingrid Vang Nyman (1916-1959)
Pero, ¿hay algo más, no? Quizás…

¿Podría ser el huérfano el arquetipo del hombre, una criatura que busca a Dios (el Padre perdido) y lo hace en esta vida a través de las dificultades y los sufrimientos, por medio de la vivencia de una situación trágica, pero a la que espera un final feliz? ¿Es por tanto el huérfano un personaje edificante e instructivo? Podría ser.

En la Anatomía de la Crítica (1957) de Frye, se afirma que «la comedia generalmente se mueve hacia un final feliz de restauración y renovación». Esto encaja en algunas cosas que conocemos bien; así vemos como el Código de los Códigos, la referencia de la Palabra, La Santa Biblia, nos presenta un relato de este tipo, El Relato: al final habrá un final feliz para los justos, aunque el camino hasta allí sea trágico y duro. Y esta idea se traduce, por siglos, y a través de la fantasía y la literatura, en algo mítico, en una especie de eco mundano, y por tanto humano, de la Revelación Divina: así, partiendo de La Divina Comedia de Dante (1320), pasando por El Paraíso Perdido de Milton (1667) o El Progreso del Peregrino de Bunyan (1678), sobrevolando los libros de cuentos de hadas de los Grimm y de todos los demás, los de George MacDonald y Charles Kingsley, y aterrizando en El Señor de los Anillos de Tolkien y Las Crónicas de Narnia de C. S.  Lewis, podemos ver un patrón recurrente de relato de fantasía con un final feliz, como pálido reflejo de la Revelación.


Frodo y demás acompañantes en la búsqueda del anillo. por los hermanos Hildebrandt, Greg (1939-) y Tim (1939-2006)

En este lenguaje mítico se nos muestra como relevante forma de expresión la fantasía. La estructura característica de estas fantasías es cómica. Comienza con un problema y termina con una resolución satisfactoria. La muerte, la desesperación, el horror y la traición pueden entrar en el relato fantástico, pero no deben ser la palabra final. Tolkien, en su ensayo "sobre las historias de hadas" sostuvo esta idea, afirmando que la fantasía (o faerie, como él la llamaba) «demanda un final feliz», o lo que él mismo llamó eucatástrofe, identificando el modelo real de este concepto en la Encarnación como eucatástrofe de la historia de la humanidad, y en la Resurrección, como la eucatástrofe de la Encarnación.

Por lo tanto, así como la literatura infantil exige el modo narrativo cómico y, en la mayoría de las ocasiones, fantástico, las luchas y tribulaciones del huérfano, si allí quieren insertarse, deben resolverse felizmente para cumplir con el compromiso que requiere el relato infantil, solventándose de esta manera la aparente contradicción del enigma modal que supone la incardinación de una figura inherentemente trágica en una historia cómica o feliz. No sería entonces el huérfano otra cosa que una alegoría del destino del Hombre.

De esta manera, los protagonistas de estas historias siempre creen en un gobierno divino del mundo, según el cual, pase lo que pase “para los que aman a Dios todo coopera para el bien”. Es decir, lo peor ni siquiera puede ocurrir, pues, aun sucediendo algo aparentemente malo, por el hecho de haber sucedido, no puede ser lo ni peor ni definitivamente malo, ya que la Providencia Divina proveerá un buen fin para los justos, por muy inesperado que sea este cambio de suerte (una pequeña eucatástrofe siguiendo a Tolkien). Al ser capaces de pensar así, los protagonistas/huerfanos son felices, sobre todo si a ello se une —como en muchos casos, un carácter sereno, no exaltado, amable, para el que la desconfianza precisa justificación y para el que la confianza es un rasgo natural. La representación paradigmática de este carácter es Pollyanna.


ilustración de Pollyanna de Stockton Mulford (1886-1960)  y de Rebecca de la Granja amarilla de Helen Mason Grose (1880-1960)

Quizás por eso haya tantos huérfanos literarios y tantos en los libros infantiles y juveniles… yo por lo menos tengo mis sospechas.

En todo caso, sea o no sea esto así, lo cierto es que hoy doy inicio a una serie dedicada a los niños huérfanos (aunque algunos de ellos ya han sido aquí tratados: El rey Arturo, Heidi, Ann Shirley, Tom y Huck y David Balfour). Una galería iconográfica de memorables personajes, en su mayoría femeninos, todos ellos cortados por un mismo patrón argumental y por una misma alma: figuras con un origen trágico, que a través de su bondad, sufrimiento y sabiduría, terminan ayudando y sanando a quienes con ellos se cruzan, redimiéndolos con su esfuerzo y buen sufrir, irradiando bienestar con su alma alegre y bondadosa, irresistible en un amor y caridad que les desbordan. Así son estos personajes. Así son estos niños y niñas, que parten de una situación de debilidad, tristeza y desamparo (su orfandad), para hacer ver mejor su superación, sacrificio y mejora. Buenos ejemplos, que a través de subyugantes personalidades atrapan a los lectores (mi hija mayor L. me dice que, precisamente es esta condición incierta y merecedora de cariño y atención de los huérfanos, lo que da emoción a estos libros) y les hacen desear parecerse a ellos.