miércoles, 27 de diciembre de 2017

NIÑAS LITERATAS (I)

Christine de Pizan, anónimo.



«¡Levántate, hija mía! Salgamos sin tardanza hacia
el Campo de las Letras. Es allí, en aquel país rico y
fértil, donde está fundada la Ciudad de las Damas,
allí donde hallan mansos ríos y vergeles cargados de
fruta, donde la tierra produce buenas y abundantes
cosas».

Christine de Pizan


«Hay un destino que dirige los propósitos de las jóvenes señoritas que, ya al nacer, comienzan a sentir el cosquilleo de escribir en la punta de sus pequeños dedos».

Lucy Maud Montgomery




En la historia de la literatura no tenemos muchos ejemplos de jóvenes protagonistas masculinos arrebatados vocacionalmente por el amor a las letras; por el contrario, sí disponemos de ejemplos varios cuando de lo que se trata es de la vida de jovencitas con inquietudes literarias. De esta manera, en una aproximación bastante superficial, y según un listado que me han facilitado mis dos hijas, tenemos, por un lado a aquellas que gozan de una cierta cantidad de talento, suficiente como para escribir versos románticos, cartas o diarios (Rebeca –de Rebeca de la Granja Sol, de Kate Douglas Wiggins–), y por otro, algunas señoritas que se nos presentan como literatas de verdad, en ciernes, cierto, pero en las que percibimos madera de escritor. Hablo, por ejemplo, de Ana –de Ana, la de Tejas Verdes, de Lucy Maud Montgomery–, y con más aire de profesionales, Jo – de Mujercitas, de Louisa May Alcott –, Emily –de Emily, la de Luna Nueva, de Lucy Maud Montgomery– y Betsy –de Betsy y Tacy, de Maud Hart Lovelace. Son estas tres últimas las que vemos encarar obras de mayor calado, afectadas por una fiebre literaria inquieta e inextinguible que no las abandona; así, no solo escriben cartas, versos y diarios, sino obras más complejas, novelas, cuentos y poemas y, sobre todo, traslucen una continuidad en la tarea y una llamada incondicional a la misma, atrapadas, digamos, por una constante inspiración de las musas, llegando incluso a ganarse la vida con el oficio de escritor. 


Emily, de Ben Stahl (1910-1987).
Las novelas protagonizadas por estas jóvenes son historias que conviene leer. Así pues, no teman, la exposición de nuestros hijos a estas vidas literarias juveniles no les será perjudicial. Es más, quizá pueda ayudar a despertar, o incluso estimular, vocaciones o aficiones dormidas o hasta disimuladas. Nada malo podrá causarles. Porque escribir, mejor dicho, escribir bien, es no solo conveniente, sino hasta necesario; y, en todo caso, algo muy sano. 

Por un lado, hemos de darnos cuenta de que la escritura no es solo un acto mental o intelectivo (que sin duda lo es, e incluso preeminentemente), sino que también es un acto físico. Escribir con pluma y papel (lo recomiendo encarecidamente) es más tangible y supone un mayor contacto con lo real que escribir en un ordenador o en una tablet. Este roce con la realidad física traerá mayores bonanzas a nuestros niños, pues, de esta forma, no sólo trabajará su mente, sino que la vista, el tacto, el olfato y hasta el oído (ah, ese suave rasgar de la pluma: «El sonido de mi pluma corre sobre el papel...» que decía Pessoa), estarán también comprometidos.


Hilda, de Carl Larsson (1853-1919).
Si este acto de escribir se realiza, además, a través del arte de la caligrafía, entonces se unirá al acto intelectivo y al acto sensorial, el acto estético. Al respecto me limitaré a citar lo que nos dice sobre esto John Senior:


«Esto no es simplemente escribir, es lo que los griegos llamaban «kalligraphia», literalmente, escritura hermosa. A menudo escribir es, por sí solo, un acto físico que no es bello, un acto empobrecido, que da lugar a una escritura hambrienta, en la que se sacrifica todo lo que es hermoso y personal por la pura utilidad mecánica. Por el contrario, la caligrafía, aunque útil, se eleva por encima de la utilidad, de la misma manera que el cristal está por encima del vidrio, pues la sabiduría está por encima de la información. Es probable que los lectores modernos se quejen de que la caligrafía es difícil de leer, pero también se quejan de que el cristal debe ser pulido y de que la sabiduría no se puede adquirir en tres lecciones».


Jo, por Frank T. Merrill (1848–1923) y Rebeca, por Helen Mason Grose (1880-1960).

De lo dicho podemos intuir que la escritura no es solo un acto físico, no se trata de la mera transcripción gráfica de ideas ya nacidas y pensadas. No; hay una abrumadora evidencia empírica recogida en numerosos estudios (aquí hablamos ya de esto: EL MUNDO DIGITAL Y NUESTROS NIÑOS), que apunta a que simultáneamente a la realización del acto de escribir, el hombre ejercita su pensamiento; hay por tanto una relación simbiótica y recíproca entre ambos actos. Escribir nos obliga a pensar y pensar nos incita a escribir. Porque, como ya he dicho, la escritura es simultáneamente una actividad física –el producto de garabatear o escribir– y una actividad cognitiva, y en el acto de escribir confluyen ambos aspectos dando lugar a la aprensión de nuevas ideas y a la urdimbre de conexiones entre ellas.

Por ello, escribir resultará siempre provechoso, aun cuando no surjan de esta práctica grandes talentos poéticos o artísticos (o quizás sí, ¿quién sabe?). Veamos lo que nos dice un experto como Andrew Pudewa: «¿Pero, para qué escribir? (…) pues porque existen problemas que se deben traer a la luz, gozos que se deben demostrar; esperanzas que se deben provocar y sueños que se deben inspirar. (…) Cuando sus hijos sean capaces de escribir palabras en el papel de manera organizada e interesante, los verá usar este don en cualquier oportunidad que se presente. Ejercerán influencia sobre sus amistades, serán efectivos en sus profesiones y estarán ansiosos de servir a Dios».

Además, plasmar pensamientos en un papel ayudará a nuestros hijos a pensar más y mejor. Porque escribir implica orden y análisis (ya saben aquello del Aquinate: «Lo propio del sabio es ordenar»). Porque, si no las escribes, las ideas se pierden y porque si las escribes generarás más; decía al respecto John Steinbeck que «las ideas son como los conejos. Consiga un par y aprenda a manejarlas, y muy pronto tendrá usted una docena».


Escribiendo en el jardín, de Honor C. Appleton (1879-1951)

Por lo tanto, cuando uno escribe sus ideas u ocurrencias, inevitablemente, las unas se cruzarán con las otras en conexiones fructíferas que darán lugar al nacimiento de más ideas. Algunos cuentan que Chesterton (no sé si un Chesterton apócrifo) decía que pensar es conectar ideas, y Henry James dejó dicho lo siguiente: «¿Cómo podría saber lo que pienso sino hasta que leo lo que he escrito?».

Ese «aprender a manejar las ideas» de Steinbeck, ordenándolas como señala Santo Tomás, es lo que supone la escritura (y si, además, esto se hace de forma hermosa...), y aunque es posible que los libros de los que hablo no enseñen a nuestros hijos a escribir mejor, al menos podrán servirles de estímulo y de referencia emuladora.


La carta, de Haynes King (English, 1831-1904) y Jo March, por Norman Rockwell (1894-1978)
¿O quizás sí puedan enseñarles?

Porque, si bien parece evidente que para aprender a escribir no hay nada como escribir, escribir y escribir, no es menos cierto que, independientemente y a mayores del estímulo que los ejemplos de vida de las protagonistas de estos libros pueden ofrecer, el acto de leer (estos u otros libros, pero siempre buenos libros) ayudará y mucho.

Estoy convencido (y creo no estar solo) de que una gran manera de aprender a escribir bien consiste en leer, leer y leer, y luego leer un poco más. Cuantos más buenos libros se lean, más se familiarizará uno con la buena escritura, más vocabulario se aprenderá, más conocimiento sobre las estructuras gramaticales y lógicas de párrafos, frases y oraciones se adquirirá y más acumulará uno combinaciones bellas y originales de palabras y expresiones en su memoria estética y poética (como hacían los rapsodas griegos o los meturgemanes hebreos, en la primitiva cultura oral). 

Una dieta constante de buena lectura enseñará a sus hijos cosas sobre la escritura que no podrán aprender de otra manera. Al respecto aconsejaba el gran C. S. Lewis a una joven admiradora, aprendiz de literata, con la que se carteaba: «Lee todos los buenos libros que puedas, y evita casi todas las revistas». No perderemos de vista el consejo.

En las próximas entradas hablaré de alguna de esas novelas.






sábado, 16 de diciembre de 2017

LA IMPORTANCIA DE LOS ÁLBUMES ILUSTRADOS Y LA LECTURA TEMPRANA

Algunos de los álbumes ilustrados que en su día  leyeron mis hijas



«Con la lectura de libros sucede lo mismo que con la contemplación de las imágenes; uno debe, sin duda, sin titubeos, con seguridad, admirar lo bello».
Vincent van Gogh

«Porque, para un niño, lo más extraño de todo y el libro más ricamente ilustrado de todos, es que su madre fue un niño también».
J. M. Barrie


Los álbumes ilustrados son más complejos de lo que comúnmente imaginamos y probablemente tengan más influencia en la vida de nuestros hijos de lo que semejan a primera vista. Su aparente simplicidad y la ingenuidad que se les presupone, hacen que trivialicemos sus efectos y, por ende, que les prestemos muy poca atención.

Y esto sucede, en parte, porque no somos conscientes de a quiénes se dirigen. Y así,  las más de las veces, olvidamos el grado de sensibilidad, fragilidad y desamparo de sus destinatarios o la maleabilidad y porosidad de sus almas. Porque, no nos engañemos, miramos esos libros desde nuestras firmes y altivas atalayas de adultos y no somos capaces de agacharnos para, poniéndonos a la altura de los pequeños, atentamente, escuchar y mirar. Una buena forma de hacerlo es leer con nuestros hijos cuentos y álbumes ilustrados y demorarnos en sus reacciones, sus deleites y sus temores y hacerlo durante el mayor tiempo que sea posible.

Por tanto, los álbumes ilustrados cumplen una función importante y por eso mismo deben ser objeto de atención. 

Dada esta importancia, la primera cuestión que se nos presenta es la referente a su elección. Así, en la selección de estos libros es necesario tener presente no solo aspectos que se imponen por su evidencia, como la carencia de ilustraciones antiestéticas, burdas u obscenas, la ausencia de un lenguaje soez y tosco o las actitudes de los protagonistas frente al bien o el mal. En estos casos basta muchas veces con leer el título para calar el libro. No, eso se da por descontado. Hablo de que nuestro miramiento deberá fijar su atención en matices más sutiles: hemos de saber que es probable que entre esas pocas páginas se encierren ideas o mensajes no tan aparentes y menos inofensivos de lo imaginado.


Lo dicho: dos álbumes que me gustan y dos que no me gustan. Me ahorro explicar las razones; las imágenes y los títulos hablan por sí solos.
No olvidemos que, como todo libro, y especialmente como uno dirigido a los niños (sujetos de instrucción por antonomasia), estos álbumes ofrecen perspectivas sobre cuestiones éticas y morales que reflejan la escala de valores del autor y su concepción, presente y futura, de la vida social, política o religiosa. Y a veces esto se hace subrepticiamente y de forma intencional. Es decir, que esa aparentemente inocente combinación de imágenes y palabras provee una representación, no sólo de cómo es el mundo, sino de cómo debe ser según la visión particular de su autor. Como cualquier otro libro, vamos; pero con la peculiaridad, alarmante, de que los niños son unos sujetos especialmente impresionables (la tabula rasa de que hablaba Locke en su Ensayo sobre el entendimiento humano).

Por tanto, a la hora de elegir estos libros no podemos pensar como adultos. Cuando un niño se enfrenta a un texto ilustrado sabemos que no tendrá lugar el clásico y conocido proceso interactivo en el que el lector contrastará lo leído con su previa experiencia y, en cierto sentido, negociará con el texto y lo someterá a crítica. No. Los niños pequeños, casi con total seguridad, absorberán pasiva e incuestionablemente todo aquello que el libro les transmita.

Ilustración de Robert Childress (1915–1983)
Unido a esto, no se debe menospreciar el potente, y en ocasiones, duradero efecto que una sabia combinación de imágenes y palabras puede causar en una mente infantil.

Los personajes de un libro ilustrado cobran vida en los registros verbales y visuales de nuestras memorias adultas, mediante la evocación de las palabras que cuentan la historia y las imágenes que la ilustran. Sin duda alguna, estas palabras y estas imágenes impactan duraderamente en los niños. Y ello, aun cuando la inicial unión de palabra e imagen pueda no permanecer unida en esta impresión. Porque, lo cierto es que la palabra y la imagen pueden no coincidir en el mismo lugar de la memoria, o incluso pueden solaparse, y su impacto nunca es equivalente o proporcional. Algunos recordamos frases de algunos libros pero no sus imágenes y otros recuerdan las imágenes o imagen concreta de ese libro, pero ni siquiera se acuerdan de la historia. Como pasa con la letra y la melodía de una canción, estas impresiones se experimentan juntas, pero a veces se evocan separadamente e incluso se emancipan unas de las otras para no reunirse jamás. 

Esto explica por que razón no debemos minusvalorar el poder de estos álbumes ilustrados, con sus pocas palabras, su lineal argumento y sus simples imágenes. Quizás alguno de los que hayamos leído o demos a leer a nuestros hijos permanezca en sus memorias, fragmentariamente y entremezclado con otros libros, o pura y límpidamente recordado.


Ilustración de Jessie Willcox Smith (1863-1935)
En este sentido, está estudiado que los niños a partir de los 15 meses pueden aumentar su vocabulario y comprensión de la realidad «leyendo», si puede decirse así, álbumes ilustrados. De esta manera, los niños más  «leídos» pueden asignar con más facilidad que los que no lo son palabras y conceptos, aprendidos en imágenes visualizadas en álbumes ilustrados, a objetos reales, tanto como a la inversa, pueden reconocer en las imágenes de los álbumes ilustrados objetos reales ya conocidos (Ganea, P., Pickard, M. B., & DeLoache, J. S. (2008). Transfer between picture books and the real world by very young children. Journal of Cognition and Development, 9, 46–66.).

Pero para que esto suceda debe darse lo que los expertos llaman iconicidad (palabra esta que creo no existe en español), es decir que haya una semejanza entre los objetos y las imágenes. Por lo tanto, el álbum ilustrado funcionará mejor con imágenes realistas que con caricaturas o cuasi abstracciones, todo lo contrario a lo que puede encontrarse hoy día en la oferta editorial. 

Así que no solo la belleza de las ilustraciones debe regir nuestras elecciones (que sí, que es el argumento con mayúsculas y que por ello se basta y se sobra), sino que también hay razones de utilidad o conveniencia práctica. Lo que debe llevarles a buscar álbumes con ilustraciones bellas, realistas y de calidad. Sus hijos se lo agradecerán.


Ilustraciones de  Elizabeth Shippen Green (1871–1954) y de Jessie Willcox Smith (1863-1935)
Finalmente, es de interés destacar que diferentes estudios, desde ya hace muchos años, sostienen que los menores que muestran un escaso progreso en las primeras etapas de la enseñanza de la lectura son más lentos en años posteriores, y que los que mediante una lectura temprana amplían su vocabulario y su conocimiento compensan más adelante posibles diferencias intelectuales innatas. Y al contrario, la ausencia de «contacto con lo impreso» genera problemas de falta de motivación y pérdida de confianza en las propias posibilidades, lo que dificulta enormemente la adquisición de competencia lectora  (Stanovich, K. E. (1984). The interactive-compensatory model of reading: A confluence of developmental, experimental and educational psychology. Remedial and Special Education, 5(3), 11-19, y Stanovich, K. E. (1986). Matthew effects in reading: Some consequences of individual differences in the acquisition of literacy. Reading Research Quarterly, 22, 360-407.). Vamos, que aquellos niños que  leen más intensamente, desde más temprana edad y durante un mayor periodo de tiempo generan una brecha cultural con aquellos otros que no lo hacen así, brecha que se acrecienta con el tiempo. En la lectura, por tanto, los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres.


ilustraciones de Jessie Willcox Smith (1863-1935) y Marcel Marlier (1930-2011)
Hay que prestar atención a estos pequeños y aparentemente insignificantes libros, primero, porque pueden ser el primer peldaño en la escalera cultural de sus vidas, y segundo, porque al igual que ese peldaño puede ser sólido y estar compuesto de buenos materiales, puede también estar podrido, lo que afectará a la construcción final de sus almas. Y la mejor manera de prestar esta atención es, de entrada, elegir buenos libros para luego leerlos uno mismo y después si pasan el filtro, leerlo con nuestros hijos; solo así podremos hacer una valoración correcta de qué estamos dándoles y qué efecto les está produciendo.

Así que, ya saben: no menospreciemos los álbumes ilustrados, ni tampoco su grado de influencia. Reparen en que, pese a sus potenciales riesgos ya comentados, ningún libro viene con un prospecto de indicaciones o contraindicaciones, o de dosis o pautas de utilización según la edad. Es labor nuestra, no solo leerles libros, sino también testar los mismos (su tema, su tono y su estilo), ya que, como decía el lema labrado en piedra en el frontispicio de la biblioteca de Tebas, los libros –todos–, son «medicina para el alma» y lo que ninguno de nosotros en modo alguno desearíamos es criar hijos con un alma enferma.




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