sábado, 16 de diciembre de 2017

LA IMPORTANCIA DE LOS ÁLBUMES ILUSTRADOS Y LA LECTURA TEMPRANA

Algunos de los álbumes ilustrados que en su día  leyeron mis hijas



«Con la lectura de libros sucede lo mismo que con la contemplación de las imágenes; uno debe, sin duda, sin titubeos, con seguridad, admirar lo bello».
Vincent van Gogh

«Porque, para un niño, lo más extraño de todo y el libro más ricamente ilustrado de todos, es que su madre fue un niño también».
J. M. Barrie


Los álbumes ilustrados son más complejos de lo que comúnmente imaginamos y probablemente tengan más influencia en la vida de nuestros hijos de lo que semejan a primera vista. Su aparente simplicidad y la ingenuidad que se les presupone, hacen que trivialicemos sus efectos y, por ende, que les prestemos muy poca atención.

Y esto sucede, en parte, porque no somos conscientes de a quiénes se dirigen. Y así,  las más de las veces, olvidamos el grado de sensibilidad, fragilidad y desamparo de sus destinatarios o la maleabilidad y porosidad de sus almas. Porque, no nos engañemos, miramos esos libros desde nuestras firmes y altivas atalayas de adultos y no somos capaces de agacharnos para, poniéndonos a la altura de los pequeños, atentamente, escuchar y mirar. Una buena forma de hacerlo es leer con nuestros hijos cuentos y álbumes ilustrados y demorarnos en sus reacciones, sus deleites y sus temores y hacerlo durante el mayor tiempo que sea posible.

Por tanto, los álbumes ilustrados cumplen una función importante y por eso mismo deben ser objeto de atención. 

Dada esta importancia, la primera cuestión que se nos presenta es la referente a su elección. Así, en la selección de estos libros es necesario tener presente no solo aspectos que se imponen por su evidencia, como la carencia de ilustraciones antiestéticas, burdas u obscenas, la ausencia de un lenguaje soez y tosco o las actitudes de los protagonistas frente al bien o el mal. En estos casos basta muchas veces con leer el título para calar el libro. No, eso se da por descontado. Hablo de que nuestro miramiento deberá fijar su atención en matices más sutiles: hemos de saber que es probable que entre esas pocas páginas se encierren ideas o mensajes no tan aparentes y menos inofensivos de lo imaginado.


Lo dicho: dos álbumes que me gustan y dos que no me gustan. Me ahorro explicar las razones; las imágenes y los títulos hablan por sí solos.
No olvidemos que, como todo libro, y especialmente como uno dirigido a los niños (sujetos de instrucción por antonomasia), estos álbumes ofrecen perspectivas sobre cuestiones éticas y morales que reflejan la escala de valores del autor y su concepción, presente y futura, de la vida social, política o religiosa. Y a veces esto se hace subrepticiamente y de forma intencional. Es decir, que esa aparentemente inocente combinación de imágenes y palabras provee una representación, no sólo de cómo es el mundo, sino de cómo debe ser según la visión particular de su autor. Como cualquier otro libro, vamos; pero con la peculiaridad, alarmante, de que los niños son unos sujetos especialmente impresionables (la tabula rasa de que hablaba Locke en su Ensayo sobre el entendimiento humano).

Por tanto, a la hora de elegir estos libros no podemos pensar como adultos. Cuando un niño se enfrenta a un texto ilustrado sabemos que no tendrá lugar el clásico y conocido proceso interactivo en el que el lector contrastará lo leído con su previa experiencia y, en cierto sentido, negociará con el texto y lo someterá a crítica. No. Los niños pequeños, casi con total seguridad, absorberán pasiva e incuestionablemente todo aquello que el libro les transmita.

Ilustración de Robert Childress (1915–1983)
Unido a esto, no se debe menospreciar el potente, y en ocasiones, duradero efecto que una sabia combinación de imágenes y palabras puede causar en una mente infantil.

Los personajes de un libro ilustrado cobran vida en los registros verbales y visuales de nuestras memorias adultas, mediante la evocación de las palabras que cuentan la historia y las imágenes que la ilustran. Sin duda alguna, estas palabras y estas imágenes impactan duraderamente en los niños. Y ello, aun cuando la inicial unión de palabra e imagen pueda no permanecer unida en esta impresión. Porque, lo cierto es que la palabra y la imagen pueden no coincidir en el mismo lugar de la memoria, o incluso pueden solaparse, y su impacto nunca es equivalente o proporcional. Algunos recordamos frases de algunos libros pero no sus imágenes y otros recuerdan las imágenes o imagen concreta de ese libro, pero ni siquiera se acuerdan de la historia. Como pasa con la letra y la melodía de una canción, estas impresiones se experimentan juntas, pero a veces se evocan separadamente e incluso se emancipan unas de las otras para no reunirse jamás. 

Esto explica por que razón no debemos minusvalorar el poder de estos álbumes ilustrados, con sus pocas palabras, su lineal argumento y sus simples imágenes. Quizás alguno de los que hayamos leído o demos a leer a nuestros hijos permanezca en sus memorias, fragmentariamente y entremezclado con otros libros, o pura y límpidamente recordado.


Ilustración de Jessie Willcox Smith (1863-1935)
En este sentido, está estudiado que los niños a partir de los 15 meses pueden aumentar su vocabulario y comprensión de la realidad «leyendo», si puede decirse así, álbumes ilustrados. De esta manera, los niños más  «leídos» pueden asignar con más facilidad que los que no lo son palabras y conceptos, aprendidos en imágenes visualizadas en álbumes ilustrados, a objetos reales, tanto como a la inversa, pueden reconocer en las imágenes de los álbumes ilustrados objetos reales ya conocidos (Ganea, P., Pickard, M. B., & DeLoache, J. S. (2008). Transfer between picture books and the real world by very young children. Journal of Cognition and Development, 9, 46–66.).

Pero para que esto suceda debe darse lo que los expertos llaman iconicidad (palabra esta que creo no existe en español), es decir que haya una semejanza entre los objetos y las imágenes. Por lo tanto, el álbum ilustrado funcionará mejor con imágenes realistas que con caricaturas o cuasi abstracciones, todo lo contrario a lo que puede encontrarse hoy día en la oferta editorial. 

Así que no solo la belleza de las ilustraciones debe regir nuestras elecciones (que sí, que es el argumento con mayúsculas y que por ello se basta y se sobra), sino que también hay razones de utilidad o conveniencia práctica. Lo que debe llevarles a buscar álbumes con ilustraciones bellas, realistas y de calidad. Sus hijos se lo agradecerán.


Ilustraciones de  Elizabeth Shippen Green (1871–1954) y de Jessie Willcox Smith (1863-1935)
Finalmente, es de interés destacar que diferentes estudios, desde ya hace muchos años, sostienen que los menores que muestran un escaso progreso en las primeras etapas de la enseñanza de la lectura son más lentos en años posteriores, y que los que mediante una lectura temprana amplían su vocabulario y su conocimiento compensan más adelante posibles diferencias intelectuales innatas. Y al contrario, la ausencia de «contacto con lo impreso» genera problemas de falta de motivación y pérdida de confianza en las propias posibilidades, lo que dificulta enormemente la adquisición de competencia lectora  (Stanovich, K. E. (1984). The interactive-compensatory model of reading: A confluence of developmental, experimental and educational psychology. Remedial and Special Education, 5(3), 11-19, y Stanovich, K. E. (1986). Matthew effects in reading: Some consequences of individual differences in the acquisition of literacy. Reading Research Quarterly, 22, 360-407.). Vamos, que aquellos niños que  leen más intensamente, desde más temprana edad y durante un mayor periodo de tiempo generan una brecha cultural con aquellos otros que no lo hacen así, brecha que se acrecienta con el tiempo. En la lectura, por tanto, los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres.


ilustraciones de Jessie Willcox Smith (1863-1935) y Marcel Marlier (1930-2011)
Hay que prestar atención a estos pequeños y aparentemente insignificantes libros, primero, porque pueden ser el primer peldaño en la escalera cultural de sus vidas, y segundo, porque al igual que ese peldaño puede ser sólido y estar compuesto de buenos materiales, puede también estar podrido, lo que afectará a la construcción final de sus almas. Y la mejor manera de prestar esta atención es, de entrada, elegir buenos libros para luego leerlos uno mismo y después si pasan el filtro, leerlo con nuestros hijos; solo así podremos hacer una valoración correcta de qué estamos dándoles y qué efecto les está produciendo.

Así que, ya saben: no menospreciemos los álbumes ilustrados, ni tampoco su grado de influencia. Reparen en que, pese a sus potenciales riesgos ya comentados, ningún libro viene con un prospecto de indicaciones o contraindicaciones, o de dosis o pautas de utilización según la edad. Es labor nuestra, no solo leerles libros, sino también testar los mismos (su tema, su tono y su estilo), ya que, como decía el lema labrado en piedra en el frontispicio de la biblioteca de Tebas, los libros –todos–, son «medicina para el alma» y lo que ninguno de nosotros en modo alguno desearíamos es criar hijos con un alma enferma.




GuardarGuardar

martes, 5 de diciembre de 2017

UNA CULTURA FAMILIAR CRISTIANA

Dando las gracias antes de comer, de Evert Pieters (1856-1932)


«Al entrar en la familia por el nacimiento entramos de verdad en un mundo incalculable, en un mundo que tiene sus leyes propias y extrañas, en un mundo que podría muy bien continuar su curso sin nosotros, en un mundo que no hemos fabricado nosotros. En otras palabras, cuando entramos en la familia entramos en un cuento de hadas».


G. K. Chesterton


«Debemos retornar a la fe de nuestros padres a través de la oración que rezaban nuestros padres».

John Senior


Aidan Nichols es un padre dominico de una enorme y contrastada categoría intelectual y de una prolífica producción académica, a través de la que ha abordado en los últimos años múltiples y muy espinosas cuestiones con gran acierto en todos los casos. El padre Nichols es combativo, se apoya firmemente en la tradición y no tiene miedo a defender la Verdad. Esos son, creo, argumentos de sobra para prestarle atención.

Al respecto de los temas tratados en este blog, Nichols dice en alguno de sus libros (concretamente, los titulados Christendom Awake: On Re-Energising The Church In Culture (2000) y The Realm: An Unfashionable Essay on the Conversion of England (2008)), cosas interesantes, tanto sobre nosotros, los padres, cuanto sobre las familias que tratamos de formar, y es por esa razón que lo traigo hoy hasta aquí. Cuando leí sus reflexiones, vi en ellas ideas que desde hacía algún tiempo pululaban sin mucha concreción en mi cabeza, aunque obviamente con muchísima mayor profundidad y acierto.

Lo primero que nos recuerda el padre Aidan Nichols es que la cultura católica es una cultura moral. Las vidas de los santos y de otras personas ejemplares y que han sido relevantes en la historia de la Iglesia están llenas de ejemplos de las virtudes morales vividas y puestas en acción. Si la moralidad es captada sobre todo a través del ejemplo, entonces la familiaridad con la vida los santos, en toda su vivacidad humana, es una manera inmejorable de transmitirla. «Breve iter per exempla, longum iter per praecepta» que decían los antiguos pedagogos. Y la forma ideal de hacerlo es disponer en casa de libros sobre vidas de los santos, lo que se conoce como género hagiográfico, los denominados Flos Sanctorum en el medievo y más antiguamente aún, Magister Vitae. Si como decía Santo Tomás, «La moral trata de la idea verdadera del hombre», los ramilletes de virtudes de que se conforman estos relatos ayudarán a los pequeños a acercarse a ese ideal, pues la virtud es, como igualmente nos dice el Doctor Angélico, «ultimum potentiae», lo máximo a que puede aspirar el hombre.


Portada del libro de Alban Butler y algunos ejemplares de la colección de vidas de santos de la Editorial Apostolado Mariano. 
A este respecto, el padre Nichols cita el libro de Alban Butler, Vidas de Santos (1750) –un libro monumental, que es un clásico y del que hay en el mercado hispanoparlante una versión resumida y manejable–, y del que, por cierto, recomienda no la versión más reciente, donde aquellas virtudes que no encajan en nuestra cultura secular contemporánea son, en algunos casos, menospreciadas, disimuladas u olvidadas; por tanto habremos de prestar atención qué tipo de libro elegimos.

Nosotros tenemos en lengua española una larguísima tradición hagiográfica, sin que haya   necesidad de acudir a autores extranjeros como Butler (que, en todo caso, no está nada mal); así podría citar el Flos Sanctorum de las vidas de los santos (1616) de Pedro de Ribadeneyra, el no menos copioso Año Cristiano (1945) de fray Justo Pérez de Urbel y más recientemente, editada por Edelvives, la obra, también extensísima, El Santo de Cada Día (publicada hasta finales de los años sesenta. Una Obra interesante, descatalogada al igual que las otras dos, y que tenía por objeto proporcionar un haz de lecturas piadosas sobre vidas de santos, breves y amenas, con destino a un uso familiar y escolar).

Ante el altar, de Nikolay Bogdanov-Belskiy
En general, por causa de su naturaleza didáctica, los libros de vidas de santos son manuables y de fácil lectura, aunque ciertamente los hay más sencillos aún, adaptados a las edades más tempranas, y al respecto de los cuales destaco los libritos editados por Apostolado Mariano: están correctamente ilustrados y decentemente redactados, y dan mucho más que lo que por su precio pudiera esperarse. En todo caso, libros muy convenientes. Como decía en el prólogo a su Flos Sanctorum un hagiógrafo de postín, el conocido Alonso de Villegas, en 1578:

«Ahora, Señor, os suplico y humildemente os demando que todos los que vieren este libro, sean, leyendo en él, aprovechados de tal manera, que el sober­bio quede humilde, el codicioso liberal, el deshonesto casto, y así en otros vicios, pues contra todos hallarán aquí ejemplos de Santos que se aventajaron en virtudes a ellos contrarias. Así mismo el afligido con trabajos halle aquí consuelos, el pobre remedio, salud el enfermo, el encarcelado paciencia, el perseguido amparo, el ciego en vicios luz y claridad, y el muerto en pecados de obstinación medio para alcanzar nueva vida de gracia.»

Que así sea, pues.

Joven adoración, de Cornelia Elisabeth Gallas (1885-19679 y Cultivando la piedad, de Hans Huber-Sulzemoos (1873-1951)
En segundo lugar, el padre Nichols no se olvida de que la cultura católica es una cultura devocional. Y así, alienta a las familias a vivir en su seno el amor personal de Dios, el Dios Trinitario que en su filantropía, en su bondad y amor hacia el hombre, se hizo Él mismo hombre y sufrió por nosotros para redimirnos del pecado. Por tanto los miembros de la familia deben tratar con Él cotidianamente a través de oraciones diarias en el hogar (con el rosario como referencia) y oraciones especiales en la gran liturgia estacional, cuyo calendario debe estar presente en la vida de los niños; se debe construir una cultura devocional en nuestros hogares y en nuestras vidas familiares. Lo mismo ocurre con las imágenes sagradas, un poco a nuestra manera latina, de siempre, preparando la casa, tal vez con crucifijos e imágenes de nuestra Señora y de los santos, con estampas, o de una manera bizantina, colocando en una esquina un icono con incluso un quemador de incienso ante él. Mientras escribo estas líneas mis hijas requieren mi presencia; hay que preparar la casa para el Adviento que llega y lo primero es confeccionar la corona con sus velas.

Al igual que sucede en la Iglesia oriental ortodoxa, se podría alterar la disposición de esos iconos para resaltar las festividades a medida que estas lleguen. Esta combinación de imágenes fomenta el recogimiento y oración  y ayudan todas ellas al corazón y a la imaginación conduciéndonos hacia Dios y su obra salvadora. Se trata de crear en la casa una atmósfera sagrada que permita que nuestros pequeños sientan la necesidad de sursum corda ad Dei. Como afirmó San José de Calasanz, «Si la Piedad –junto con el saber humano– se siembra desde la primerísima infancia es de prever un feliz transcurso de la vida».

Recordemos también que, como señaló Von Hildebrand, «la piedad es un elemento constitutivo de la capacidad de “asombro”, que Platón y Aristóteles afirmaban era condición indispensable para la filosofía» y recordemos con ello, que, como señaló Rudolf Otto en su obra, La Idea de lo Sagrado, y recordaba mucho antes Kierkegaard, la piedad tiene un papel esencial en todo encuentro con Dios.

Oración vespertina a la Virgen María en el salón de la granja, de Ferdinand Georg Waldmüller (1793-1865).
En tercer lugar, el padre Nichols nos recuerda que una cultura católica es una cultura intelectual. Desde San Agustín, pasando por Santo Tomás, y llegando hasta las últimas encíclicas papales (Fides et Ratio), en la enseñanza de la Iglesia la razón desde siempre se ha encontrado ligada a la Fe; se da entre ellas una especie de círculo hermenéutico en virtud del cual la razón necesita ser leída desde la fe, y la fe desde la razón; son, como hermosamente se dice en Fides et Ratio, «las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». Recordamos aquí (al igual que lo recordó el Papa Benedicto XVI en Ratisbona), lo dicho por el emperador bizantino Manuel II Paleólogo: «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios». Lo cierto es que no podría ser de otra manera, porque, como sabemos, «En el principio el Verbo era, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios».

Además, y en lo que aquí nos ocupa, una cultura que es moral y devocional, pero que se  abstiene en lo intelectual, puede muy bien ser dejada a un lado por los adolescentes. Esto significa, según el padre Nichols, que el Catecismo de la Iglesia Católica debe ser una obra de referencia que esté siempre a mano para cuando algún punto de doctrina o disciplina salga a colación y alguien pregunte o presente una duda: ¿Por qué creemos esto? o ¿por qué lo hacemos? El Compendio del Catecismo (2005) es todavía más fácil de usar. Hay otros catecismos o compendios igualmente apropiados, incluso con imágenes que siempre ayudan a captar la atención de los niños.

Y por supuesto e indudablemente (aunque sin duda debería ser lo primero), una edición de la Biblia ha de estar siempre en casa (y mejor una anterior a los sesenta del pasado siglo, porque son versiones más puras y fieles, y en todo caso, siempre ediciones aprobadas por la autoridad eclesiástica). 

Primeros católicos en Sidney, de Paul Newton (1961-) y Tiempo de rezar antes de dormir, de Eugène Ernest Hillemacher (1818-1887). 

Finalmente, en relación a este aspecto intelectual de nuestra cultura cristiana, también entran aquí en juego otros dos aspectos relevantes.

El primero, de sobra tratado en este blog, es el de las buenas lecturas que ayuden a conformar un espíritu virtuoso y propicio a la verdad, el bien y la belleza, esto es, a Dios.

Y el segundo, consiste en aportar a los niños un contexto que les ayude a situarse históricamente en una tradición, en una historia, como protagonistas de un relato lleno de sentido en el que han de vivir. Esto significa darles unas coordenadas, no solo culturales, sino también históricas. No hace falta una profundización exhaustiva, bastan unos retazos, unas líneas maestras, para que se orienten y se sitúen, lo que les dará seguridad y confianza. Esto supone explicarles que su país nació como un país católico; que se desarrolló a través y por medio de una cultura católica por más de mil años; que entró en una crisis  espiritual, agudizada a partir de finales del siglo XVIII y mantenida con altibajos hasta nuestros días, donde la apatía, el materialismo y el secularismo campan por sus respetos, pero que ahora es tiempo para que nosotros en el siglo XXI recojamos la antorcha de nuevo (nuestra cruz personal), como antes otros hicieron, a costa de sacrificios, persecuciones o incluso la muerte. Que no nos dejemos seducir por los colectivismos ni por los enervados individualismos, porque el deber de un cristiano no es hacer de este mundo en un lugar mejor; su deber es dejar este mundo siendo un hombre mejor, un hombre nuevo, como dijo San Pablo. 


Para que tus hijos puedan contarles a sus hijos, de George Malick.
Y que no se desanimen, porque el mundo siempre ha estado enfrentado al cristiano, y además, como dice hermosamente el filósofo converso francés Fabrice Hadjadj

«Un mundo sin Jesús es exactamente el mundo en que Jesús entra. San Pablo lo expresa de manera diferente: Donde haya abundado el pecado ha rebosado la gracia, (Carta a los Romanos 5, 20). El mundo sin Jesús, aquel mundo que se alía para crucificarlo, es en potencia el mundo que está más con Jesús, porque es aquél que más necesita de Él y porque secretamente, en todo lo que tiene de positivo, en todo lo que tiene de con, ya existe en Él». 






GuardarGuardar