domingo, 19 de febrero de 2017

DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS

Portada del libro



«¿Qué es... esto? dijo al fin.
Esto es una niña explicó Haigha con entusiasmo (…)–. Acabamos de encontrarla hoy. Es de tamaño natural y ¡el doble de espontánea!
¡Siempre creí que se trataba de un monstruo fabuloso! exclamó el unicornio.»

A través del espejo. Lewis Carroll



Hoy voy a volver la vista atrás. Voy a recordar y hablar de un libro, reciente, pero que ya tiene reconocido un importante lugar en la historia de la Literatura infantil y juvenil. Un libro para niños más pequeños, como lo eran mis hijas hace unos años cuando se lo leímos (tendrían tres o cuatro años). Un libro para leer en voz alta frente a un fuego. Un libro que explora esa parte de las vivencias infantiles, incomprensible pero maravillosa, que es el territorio de los sueños y deseos, así como también aquella más oscura de los miedos y temores. Me refiero a Donde viven los monstruos de Maurice Sendak (1963). 


La historia es simple pero irresistible: tras haber sido castigado (¡a la cama y sin cenar!) por haberse comportado mal, el pequeño Max sueña con un viaje a la isla donde viven los monstruos. Una vez allí, Max se convierte en su rey. Al final, el niño regresa de su onírico viaje y se encuentra con el acogedor hogar familiar esperándole.

Las ilustraciones de Sendak son lo primero que llama la atención; son como arcaicas, rudimentarias y algo toscas, pero sin duda de una gran expresividad. Sendak busca intencionadamente este efecto y sus dibujos juegan a parecerse a los viejos grabados del Renacimiento, cual si hubieran sido hechos en los talleres del viejo Durero. 


Ilustración del libro. Max ejerciendo de Rey
Pero en el pequeño libro hay algo más. Está en él la idea chestertoniana de que los niños tienen una percepción un tanto diferente de casi todo, entre otras cosas de lo que, como imagen y representación del miedo, los adultos denominamos monstruos. El libro trata de evitar que los niños se lleven consigo esa idea cerrada que tenemos los mayores de que los monstruos son siempre malos y que están fuera de nuestro control, de los cuales huir, a los cuales encerrar. No me resisto a poner la cita de Chesterton en toda su extensión:

“Yo no doy el mundo por supuesto.

Eso hacen los niños cuando juegan, inventan y descubren esos detalles a los que los mayores ya nos hemos ido acostumbrando y que, por tanto, ya no nos asombran (la espuma del baño que se queda entre los dedos, por ejemplo; no me negaréis que no es rara esa persistencia de la espuma…).

Pasa algo parecido con los cuentos infantiles. Pasa, en particular, con los cuentos de monstruos. Los mayores creemos que los monstruos solo pueden ser criaturas horrendas. Un monstruo es siempre algo de lo que necesariamente hay que huir.  Ah, qué viene el monstruo… ¡huyamos!  Eso pensamos siempre los adultos.

El niño, siempre presto para la maravilla, sabe que eso no es así, que el monstruo puede convertirse en un buen amigo; que, debajo de todos esos pelos horrorosos, quizá el monstruo tenga corazón.”

Porque aquello que los adultos vemos en el monstruo es solo su aspecto exterior, su fealdad, su ajenidad. No somos capaces de vislumbrar más allá; y eso nos horroriza, se trate de un salvaje primitivo, de un pobre zarrapastroso, de un hombre deformado por la enfermedad o de una ficción que represente los temores de lo extraño y de lo ignoto. Pero el niño no es así, el niño es curioso y es impresionable, puede maravillarse con lo nuevo y con lo desconocido... puede acercarse a la Verdad. Y este pequeño cuento lo muestra.


Ilustración del libro. Los monstruos rinden pleitesía a su Rey
A pesar de su brevedad –propia de la audiencia a que está destinado–, el libro contiene también una lectio moral, como acontece en los cuentos de hadas clásicos. En este caso la lección es doble: por un lado, que los niños, en su inocencia, tienen el poder de someter a las bestias a su gobierno (Génesis 1:28), y por otro, que todo niño necesita ayuda (disciplina y amor a manos llenas), tanto para afrontar la doma de su carácter, sojuzgando a sus propios monstruos, cuanto para buscar la virtud, a fin de convertirse en el rey de sus pasiones y temores.  

La historia ha de verse bajo esta luz. Y creo que los niños así lo ven. Esa es mi experiencia.



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