jueves, 20 de julio de 2017

TIEMPO Y LIBROS. UNA INTRODUCCIÓN

Invierno de Vilhelms Purvītis (1872 –1945)

«El tiempo es un niño que juega, buscando dificultar los movimientos del otro»
Heráclito

«Una cierta imagen móvil de la eternidad... eso que llamamos tiempo»
Platón. Timeo


«¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quisiera explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo único que digo con seguridad es que sé que si nada pasara, no habría tiempo pasado, y si nada viniera, no habría tiempo futuro, y si nada existiera, no habría tiempo presente. Pero esos dos tiempos, el pasado y el futuro, ¿cómo pueden existir, si el pasado ya no existe y el futuro todavía no existe? En cuanto al presente, si siempre fuera presente y no llegara a ser pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Y si el presente, para ser tiempo, necesita que llegue a ser pasado, ¿cómo decimos que existe el presente, si su razón de ser consiste en dejar de ser, de modo que en realidad no podemos decir que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no existir?» 

Así nos describía el sentido del tiempo San Agustín en sus Confesiones. Es algo que sentimos –que incluso, ingenuamente, creemos poder medir–, pero que ignoramos profundamente; es, sin duda, una de los lastres que la caída trajo consigo y con el que tenemos que lidiar. Fuente de desasosiego, de inquietud, siempre quitándonos algo: tempus fugit, memento mori, carpe diem, quotidie morimur, ubi sunt

Mañana de primavera en el puente Kintaikyo de Hasui Kawase (1883-1957)

La relación del tiempo con los libros, con la lectura de libros, es, como su relación con todo lo humano, desconcertante: la lectura nos da tiempo, nos regala tiempo, nos ofrece tiempo, incluso nos hace sentir que el tiempo se detiene… pero, igualmente, requiere tiempo, y, de esta forma, nos lo quita. Así lo pensamos y así lo sentimos. Es una gran paradoja.

Apremiaba Thoreau a leer «los buenos libros primero; lo más seguro es que no alcances a leerlos todos», y Virginia Woolf hablaba de «no dilapidar ignorante y lastimosamente nuestros poderes». Así que muchos son los que creen que no hay tiempo, pero no solo porque el tiempo es limitado para el ser humano (al menos en esta vida), sino porque la vida misma conspira para que no lo haya; como nos dice Pennac, «La vida es un obstáculo permanente para la lectura».

Hay otros que creen que no es tiempo perdido, por ejemplo Proust cuando señalaba que «quizá no haya días de nuestra infancia tan plenamente vividos como aquellos que creímos haber dejado sin vivir, aquellos que pasamos con nuestro libro predilecto». En todo caso, probablemente sea como dice Pennac, que se trata de un tiempo regalado: «El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector», o como San Bernardo, que pensaba que «un buen libro te enseña lo que debes hacer, te instruye sobre lo que has de evitar y te muestra el fin a que debes aspirar».


Dia de verano en Hammeniederg de Fritz Overbeck (1869-1909)


En fin, la relación del tiempo y los libros es extraña y complicada y desemboca entre otras cosas, en la elección, acción humana compleja donde de las haya y acción moral por naturaleza.

Debemos leer los mejores libros, cierto; si tuviéramos tiempo podríamos leerlos todos, pero esto no es así, y no es así porque, como ya hemos señalado, nuestro tiempo es limitado (decía Schopenhauer que «junto con los libros debiera venderse el tiempo suficiente para leerlos»), y aún siendo de otra manera, tampoco sería recomendable, pues no todos los libros son buenos libros y mucho menos grandes libros.

Por lo tanto, dado que no disponemos de ese tiempo, y dado que hay algún tipo de lectura perniciosa y otra irrelevante, debemos elegir y de elegir debe elegirse a los mejores; al respecto Bloom señala que «si viviéramos varios siglos podría haber mundo y tiempos suficientes, pero los principios de la realidad nos fuerzan a que elijamos». Por tanto la afirmación de que debe elegirse a los mejores habría de parecer evidente. Sería esperable, pues, encontrar poco debate. Pero, por supuesto, hay un gran debate. Hay discordia, posturas políticas y los argumentos perennes sobre el "canon literario”. Esta batalla de los libros provoca irritación, exasperación y casi violencia: ¿quién decide sobre la formación del canon? y este quién es seguido por el por qué y a continuación por el cómo. ¿Cual de las varias posturas estará en lo cierto? Asumo que no lo sé con certeza, pero tengo mis sospechas; y estas apuntan a aquello que más confianza me ofrece. Por lo tanto, si ustedes me preguntaran les diría que lo prudente sería atender al criterio más seguro, a aquel que infunde más certidumbre, razón por la cual yo me atendría a la tradición. Es, me parece, el único criterio firme. Porque nosotros carecemos de perspectiva respecto de lo que hoy acontece.


Mañana de otoño en Eragny de Camille Pissarro (1830-1903)
Como dice Chesterton, la tradición «consiste en confiar en el consenso de voces humanas comunes antes que en algún registro aislado o arbitrario», y este consenso que es la tradición nos dice que obras son mejores. Centrémonos pues a ellas, tanto en lo que respecta a lo que nosotros leamos, como en lo que les leamos a ellos, nuestros hijos. Porque un buen libro puede ser una ventana o una puerta, así como un espejo, pero a donde conduzca o lo que refleje puede ser bueno o malo; puede ser también un catalejo o una lupa, pero, ojo a lo que miramos con él; nos alimenta y nos hace más ricos, nos hace vivir más y de otras formas, pero cuidado con quien nos invita a convivir; por eso elegir bien es importante.

Y por otro lado, si nos quita tiempo, les aseguro que, si se trata de un buen libro, si hemos elegido bien, nos lo devolverá con creces, pues nos hará conocer otras vidas, sentir más y sentir diferente, potenciando nuestra empatía por el prójimo, y por tanto nos preparará para el amor y el consuelo, y con nosotros a nuestros hijos.

Viene a mi memoria una grata historia que siempre me gusta recordar. Es la historia de aquel príncipe que, según contaba Djuna Barnes, estaba leyendo un libro cuando el verdugo fue a buscarle indicándole que ya era la hora; y él, al levantarse, y antes de cerrarlo, se demoró un instante poniendo un abrecartas para señalar la página. No tengo duda alguna, aquello que leía nuestro príncipe era un buen libro, porque lo cierto es que los buenos libros pueden ayudarnos a liberarnos de esa prisión que es el tiempo y de todas las demás prisiones y de esta forma prepararnos para traspasar el umbral de esa puerta que todos habremos de cruzar. Sospecho que allí nos aguardará un libro, así que, como el príncipe cautivo, señalen bien la página del buen libro de su vida porque, a poco que pongan esfuerzo y sacrificio y mucho, mucho amor, tengan por seguro que continuarán leyéndolo por toda la eternidad.  



4 comentarios:

  1. ¡Qué buenísima entrada! Me encantó. Será porque estoy en un todo de acuerdo con lo que ha expresado en este escrito. Me encanta cuando alguien escribe lo que pienso, pero lo expresa mucho mejor que como lo hubiera hecho yo. (Me ha pasado con todo lo que leo de Chesterton). Gracias. Sigue siendo un placer leer su blog.

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    1. ¡Muchísimas gracias por su comentario, Josefina! No sabe la ilusión que me hace. Espero seguir estando a la altura de su interés.

      Un saludo cordial.

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  2. Estoy de acuerdo con lo que refiere en su entrada: hay que seleccionar lecturas, y no es fácil. En este punto, la referencia que hace a los criterios tradicionales me parece fundamental. Por cierto, la asociación de la eternidad con el presente continuo es fascinante, incluso va de la mano con la flecha del tiempo y la anulación que supondría del aumento de la entropía en el mundo físico. También uno de los aspectos más profundos de nuestra teología, la cristiana: Dios entra en el Tiempo a través de Nuestro Señor Jesucristo, y es con Él (y en Él) cuando sus Hijos lo trascienden (¿Qué es el amor sino la refutación perfecta de la temporalidad?). Genial su post.

    Un cordial saludo

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    1. Muchas gracias Jordi. Sin duda el asunto del tiempo es fascinante.

      Me gusta su frase: "¿Qué es el amor sino la refutación perfecta de la temporalidad?"

      Un saludo cordial.

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