jueves, 24 de agosto de 2017

INFANCIA, POESÍA Y LIBROS

Puesta de sol sobre el agua de Joseph Mallord William Turner (1775-1851) 



«En los sueños no hay mañana, es todo ahora... »

Antonio Machado



Los grandes poetas, ¿nacen o se hacen? Por supuesto no estoy capacitado para responder a tal pregunta, es más, intuyo que quizás no tenga humana respuesta. No obstante me gustaría traer hasta aquí cómo la lectura de buenos y grandes libros ayudó, influyó, estimuló o solo (¿solo?) estableció una relación, quizás inevitable, con algunos grandes poetas. Se trata de una llamada de atención –una más– sobre la importancia de establecer una relación temprana y constante con aquellos extraordinarios libros y de relevancia que los padres tuvieron en ese lance; este es, como sabéis, uno de los objetivos de este blog, y aunque es casi seguro que la mayoría de nuestros hijos no llegarán a ser grandes poetas,… ¿Quién sabe? podría ser… Así que vamos allá:


SAMUEL TAYLOR COLERIDGE  (1772-1834) 

El menor de 13 hermanos, el joven Samuel buscó refugio, como más tarde confesó al novelista y filósofo William Godwin, «en la lectura temprana e inmoderada, especialmente en de Las Mil y una Noches Árabes». Desde sus primeros años Coleridge fue, en su propias palabras, «un glotón de libros».


WILLIAM WORDSWORTH (1770-1850)

Wordsworth leyó intensamente en su infancia, tanto ficción como poesía, lo que tuvo una gran influencia en su obra, especialmente sus lecturas de Edmund Spenser, los cuentos de Las Mil y una Noches Árabes, John Locke, Platón, Cervantes y Horacio y otros poetas clásicos.


HENRY W. LONGFELLOW (1807-1882)

Longfellow confesó que Walter Scott, a quien leía con fruición cuando era niño, le introdujo en la balada y en los temas románticos e históricos que más tarde desarrollaría en muchos de sus poemas.


ALFRED TENNYSON (1809-1892)

Lo fundamental de su temprana educación provino de la tutoría que recibió de su padre, el reverendo George Clayton Tennyson, amen de su propia lectura sumergido en la biblioteca de 2.500 volúmenes de su padre. Además de la teología, la filosofía y la historia, hubo importantes volúmenes de clásicos, orientales y científicos entre sus manos, que influyeron profundamente en el joven Alfred. En esta selecta y extensa biblioteca leyó a Shakespeare, Horacio, Virgilio, Lucrecio y Homero. Así mismo leyendo a Thomas Malory, concibió la imagen del rey Arturo que lo conduciría a Los Idilios del Rey, aunque la lectura que le dejó mayor huella fue la de John Milton.

Vista a Venecia de James Abbott Mcneill Whistler (1834-1903)

EMILY DICKINSON (1830-1886) 

La Biblia fue el libro más influyente en la vida de Emily Dickinson. En su infancia, su padre comenzaba el día con una lectura de los Libros Sagrados seguida de la oración matutina, lo que causó intensa huella en ella, pues al parecer conocía en detalle casi todas las líneas de la Biblia, citándolas a menudo, y se refería a ella muchas veces y más a menudo que a cualquier otra obra. La biblioteca familiar era amplia y se dice que la Sra. Dickinson, junto con su padre y su hermano, leía omnívoramente. Así mismo, aunque hoy lamentablemente puede parecer extraño, la joven Dickinson consideraba su posesión más preciosa lo que ella denominaba su Lexicon,; resulta preciso aclarar que este su Lexicon no era en realidad otra cosa que el Noah Webster's American Dictionary.


WILLIAM B. YEATS (1865-1939) 

El entusiasmo poético de Yeats vino, según cuenta, de su padre, que desde temprana edad leía para él a Shakespeare, Homero, Balzac y, sobre todo, a su mayor influencia, Shelley.


Crepúsculo escarlata sobre ciudad con río de Joseph Mallord William Turner (1775-1851)


WILLIAM CARLOS WILLIAM (1883–1963)

Williams creció en una casa donde el español, el francés y el inglés eran hablados y leídos. Uno de sus primeros y más vívidos recuerdos fue su padre leyendo en voz alta poemas de Paul Laurence Dunbar. También fue su padre quien le presentó a Shakespeare. El estímulo de este para que leyera libros difíciles llevó a Williams a leer La Divina Comedia y Los Principios de Filosofía de Herbert Spencer. Su maestro de escuela dominical le leía a Kant y Los Diálogos de Platón y estaba impresionado con su lectura de los grandes poetas británicos, especialmente Keats y Milton a quienes le había acercado su padre. 


FEDERICO GARCIA LORCA (1898–1936)

El padre de Federico tenía abierta una cuenta en una librería local de Granada gracias a la cual el poeta y su hermano Paco acumularon una impresionante biblioteca. Se sabe de sus lecturas adolescentes y juveniles: El Candido de Voltaire, y los clásicos, como Los Diálogos platónicos, La Teogonía de Hesíodo y La Metamorfosis de Ovidio, así como La Biblia, La vida de Santa Teresa, los poemas de San Juan De la Cruz, ensayos de Unamuno, filosofía hindú, El Rubáiyát de Omar Khayyám y De Profundis de Oscar Wilde.


ROBERT FROST (1874–1963)

La madre de Frost, una escocesa presbiteriana, le leía en su infancia, en voz alta, a Shakespeare, Wordsworth y Emerson, a los que Frost citó como influyentes precedentes de su dicción musical. También reconoció su deuda con los antiguos, mencionado a La Odisea y los poemas de Catulo, leídos en su adolescencia, como «los libros que más han significado para él», justo detrás de La Biblia.


T. S. ELIOT (1888–1965)

De niño, Eliot disfrutó de la biblioteca familiar, con la lectura de los poemas de Macaulay, Charles Wolfe, y Tennyson. A los 14 años, leyó El Rubáiyát de Omar Khayyam; también leyó en su adolescencia La Divina Comedia, así como a los poetas metafísicos, los dramaturgos jacobitas y los simbolistas franceses, especialmente Jules Laforgue, del que dijo fue «uno de los que han afectado el curso de mi vida». Sin embargo nadie como Dante y su Divina Comedia influyó en Eliot, según declaró, su poesía es «la influencia más persistente y más profunda sobre mis versos». Esta precoz lectura de Dante precedió a su conocimiento del italiano; señala haber leído de muy joven La Divina Comedia con la traducción inglesa y el original italiano en paralelo y memorizar y repetir durante días fragmentos en el idioma original, hasta aprenderlos.


E. E. CUMMINGS (1894–1962) 

Cummings adquirió un conocimiento temprano de la tradición literaria occidental clásica en el seno de un ambiente familiar propicio a ello. Leyó a Henry Thoreau, Ralph Waldo Emerson y a Emily Dickinson, pero también a Esopo, Homero, los trovadores franceses, Geoffrey Chaucer, Dante Gabriel Rossetti, Catulo y Safo. Longfellow fue su primer ídolo, pero en su juventud se apartó del él para reemplazarlo por John Keats.


Vista de Venecia de James Abbott Mcneill Whistler (1834-1903)














DYLAN THOMAS (1914–1953)

Desde muy corta edad Thomas estaba bastante bien leído a causa de la extensa biblioteca de su padre. Respondiendo a una pregunta sobre sus primeras inspiraciones, Thomas comentó: «Yo quería escribir poesía desde el principio porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que aprendí eran rimas infantiles, y antes de que pudiera leerlas por mí mismo, llegue a amar sólo las palabras contenidas en ellas, únicamente las palabras». Señaló como influencia en su poesía temprana «los cuentos populares, las baladas escocesas, algunas líneas de himnos religiosos, Los Salmos y las historias bíblicas más famosas (su padre citaba con frecuencia La Biblia, en casa), Las canciones de la inocencia de Blake, y la incomprensible majestad, mágica y absurda, de Shakespeare, al que escuché y leí en casa». 


OCTAVIO PAZ (1914–1998)

Paz era un ávido lector, su abuelo tenía una extensa biblioteca donde el poeta leía de niño y joven, y entre cuyos volúmenes se incluían Simbad y otras historias de Las Mil y una Noches Árabes, El Romance del Mío Cid y el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, así como las obras de Ezra Pound, Walt Whitman, T. S. Eliot, Pablo Neruda y Sor Juana Inés de la Cruz, que se revelarían después como notorias influencias en su poesía. 

Visto lo anterior, no se si hay relación de causa efecto entre libros y poetas, pero parece claro que relación haberla hayla. En todo caso, nada perdemos con favorecer el estrechamiento de lazos entre nuestros hijos y los libros, pues como decía Thomas Carlyle «los libros son amigos que nunca decepcionan», a lo que se une lo señalado por Cicerón, de que «mis libros siempre están a mi disposición, nunca están ocupados».






martes, 22 de agosto de 2017

CONSTRUYENDO UN HÁBITO (IV): LA MEMORIA LITERARIA

La Torre de Hércules de Urbano Lugrís (1908-1973)


«Lector, que no te alegres demasiado por haber leído mucho, sino por haber comprendido mucho, y no sólo por haberlo comprendido, sino por haberlo sabido retener»

Hugo de San Víctor



A riesgo de vulnerar uno de los principios de la retórica más socorridos, el denominado orden homérico o nestoriano (como Néstor en la Iliada, se dice que hay que poner lo más débil en el centro, y al principio y al final lo más fuerte), comenzaré con lo principal e importante y terminaré con lo superfluo. La cortedad de mi discurso así lo aconseja.

Cierto, no me extenderé mucho, pues solo quiero decir algo, por demás, poco dicho en estos tiempos: es necesario que los niños ejerciten su memoria y que lo hagan con algo de provecho, pues está bien llenar las alforjas, más no de trigo si se trata de dar de comer a un león. Y tengan por seguro que nuestros chicos habrán de ser fuertes y feroces como un león frente al pecado y los errores que encontrarán a lo largo de sus vidas; por ello, no estará de más que en el fragor de la lucha encuentren, aún en lo más remoto de su memoria, alimento espiritual de cosas buenas, saludables e inspiradoras. De cierto que lo agradecerán. 

La memoria –una de las potencias del alma según tradicionalmente nos enseño San Agustín–, es retención y su entrenamiento resulta conveniente y hasta necesario; como decía Hugo de San Victor en su Didascalicon, «quienes habían estudiado con tanto empeño estas siete artes que las conservaban por completo en su memoria (…) ante cualquier cuestión que se propusieran para ser resuelta o probada, no necesitaban pasar páginas y páginas de libros buscando las reglas y razones, sino que de inmediato tenían disponible en su mente la respuesta».  

¿Y qué es lo que hacemos en nuestra familia al respecto? Deberían de ser mis hijas las que lo contaran, pues son ellas las que han de memorizar aquello que se les ofrece; y a buen seguro que en alguna ocasión no estarían de acuerdo con sus padres. Pero, como que debe haber un principio de autoridad y que este ha de ser ejercido, que finalmente hacen lo que deben; cuestión esta, por cierto irrelevante, pues de regular, su ánimo y voluntad está alineada con el de sus progenitores; doy fe de ello. Y sin más demora les cuento.

El fin es uno: el aprendizaje de frases edificantes o versos o poemas hermosos. Los caminos usados para llegar a tal fin, tres: la recitación en alta voz de poemas que deben ser memorizados, la práctica de caligrafía con frases y breves poemas en pequeños cuadernos o tarjetas y el aprendizaje de frases o versos que se hacen presencia constante en sus vidas mediante su plasmación escrita (realizada por ellas mismas, a bien mejor, con bella caligrafía) en dos pizarras que cuelgan de la pared de su cuarto y cuyo contenido varía periódicamente cada semana. 
  
Y esto es todo; les prometí que sería breve y también que acabaría con algo anecdótico; en estos momentos puede leerse en sus pizarras lo que ilustra la siguiente fotografía con la que hago el cierre.














sábado, 12 de agosto de 2017

CONSTRUYENDO UN HÁBITO (III): A LA CAZA DE LIBROS

Cuentos de hadas de George Harcourt (1868-1947)




«El libro sigue siendo el puerto donde el texto descarga sentido y revela sus tesoros»

Hugo de San Víctor



Entre las actividades que ayudan a crear un hábito lector está, sin duda alguna, la caza de libros.

¿La caza de libros? Si, he dicho la caza de libros, pero bien valdría la pesca, la recolección, el préstamo, la recogida o el rescate; salvo el robo, el secuestro o la extorsión, no debe haber límite; no hago pues ascos al método, se trata de hacerse con los libros, si bien dentro del marco de una impecable conducta moral.

El vinculo que se crea entre la persona y el objeto y entre las personas que se juntan para realizar la actividad, es duradero y delicioso; lo mismo hay que decir de la experiencia de tratar, en agradable conversación, con los libreros, a menudo personajes entretenidos y bien informados y leídos. Lo digo por experiencia, tal y como verán.

Se trata, por demás, de una actividad de una gran raigambre histórica. Decía Newton que la búsqueda de libros era su deporte favorito: «lo veo como un juego, un juego que requiere habilidad, algo de dinero y suerte…». Para el Sr. William Gladstone, un coleccionista de libros debía poseer estas seis cualidades: Apetito, ocio, riqueza, conocimiento, criterio y perseverancia. Reconozco que, como el Sr. Gladstone reconocía, yo podría tener, si acaso, la primera o la última. Por su parte, Anatole France señaló que no conocía ningún placer más dulce que ir a la caza de libros a lo largo de los Quais de París. Y entre muchos otros, Leigh Hunt, Charles Lamb y Bulwer-Lytton, se confesaban frecuentadores de las librerías.


Charing Cross Road de Adrian Hill (1895-1977)
Por lo que a mí respecta este tipo de deporte podría recibir el apelativo de tradición familiar. El mundo de los libros me ha rodeado desde la niñez. El exceso libresco me viene de todas partes, pero, sobre todo, de la vena paterna. En general mi padre y sus hermanos son grandes amantes de los libros, de la misma manera que lo eran mis abuelos. Los libros y la lectura formaban parte del ambiente familiar y así se nos trasmitió a mi y a mis hermanos, de la misma manera que yo trato de transmitirlo a mis hijas. Cuéntase, incluso, a modo de leyenda, de una incursión, capitaneada cuando niños por algunos de mis tíos, a un trastero vecino, con el fin de aprovisionarse de libros, pues estos habíanse vuelto escasos, tal era la avidez lectora de los involucrados en el incidente, habiendo sido ideado por los interfectos todo un plan estratégico para tal fin, con estudio previo del escenario, horarios de las costumbres de los habitantes del lugar y reparto de papeles para la maniobra: unidades de información, brigadas de ingenieros y equipo de especialistas ejecutores, además de un general de brigada que habría dirigido con mano maestra la ejecución del plan; de esta manera habríanse agenciado, a modo de préstamo, varias sacas de libros, entre los que se encontrarían, varios Salgaris y Vernes, numerosos tomos de la colección Hombres Audaces (Bill Barnes, Doc Savage, etc.) y algunos Guillermos. Una vez agotada la sed de lectura, los ejemplares habrían sido devueltos a su lugar de origen. Sea o no leyenda, no me negaran que se trata de una historia de familia apasionante y contagiosa.  

Y es que la familia es la familia. A modo de ejemplo puedo contar que uno de mis tíos paternos es un gran bibliófilo (a él debo, entre otras cosas, mi amor por Borges), pero no a la manera de un coleccionista de mariposas, sino como un gran amante de la lectura, que es de lo trata esta entrada; él, de vez en cuando, hacia expediciones al extranjero con el único objetivo de hacerse con libros; Londres era su principal abrevadero, pero no el único. Recuerdo la fascinación con que le escuchaba cuando me relataba tales viajes, pues para mí se trataba, por supuesto, de un safari de libros. Años más tarde pude disfrutar personalmente de tal safari acompañando a mi padre por Charing Cross Road, lugar al que pienso volver pronto con mis hijas, lo mismo que a las riveras del Sena y sus puestos de libros de bouquinistes, culminados por la extraordinaria Shakespeare and Co.


Cartel publicitario de la libreria Shakespeare and Co. El viejo bibliófilo  de Tavik Frantisek Simon (1877-1942)

Aunque, por supuesto, mis inicios como cazador fueron más modestos. Recuerdo un punto de partida original y varios momentos decisivos junto a mi padre: El haberme criado entre los volúmenes de las bibliotecas familiares y los de la librería de una tía abuela (donde me quedé encerrado, olvidado de todos, mudo y callado, enfrascado en la apasionante lectura) hizo mella en mí carácter; después de estos comienzos señeros, mi padre me inició en este dulce deporte con lo que recuerdo como una expedición en toda regla: la realizada a una librería de nuestro pueblo natal llamada Faro, en busca de los libros que me habían correspondido como premio por algún concurso escolar: También recuerdo como momentos claves, nuestras primeras incursiones a dos caladeros inagotables: La Cuesta de Moyano y El Rastro, ambos en Madrid, luego explorados a más a fondo en solitario (como debe ser).


La Cuesta de Moyano de Pedro Higueras Díez (1960-)

Tras este aprendizaje familiar, he tratado de transmitir la herencia a mis hijas y para ello he seguido cierto orden, tal cual lo recibí de mis ancestros, de lo pequeño a lo grande. Lo primero fue llevarlas, desde pequeñitas, todos los fines de semana a una buena librería (llamada Crisol y lamentablemente ya cerrada) situada cerca de nuestra casa. Esta librería disponía de una sección infantil bastante nutrida, ataviada de unas pequeñas mesas con sus correspondientes sillitas, que eran utilizadas por mis hijas y otros niños en un ir y venir desde los estantes a las mesas y de las mesas a los estantes, y que, las más de las veces, daban como resultado la adquisición de algún ejemplar para la biblioteca familiar.

Más adelante las dos me han acompañando, tanto a las míticas Cuesta de Moyano y Rastro, como a la exploración de librerías de viejo, en la zona de Cortes y por nuestro barrio. Verlas bucear por los estantes, comentar entre ellas algún ejemplar escondido o verlas correr raudas a enseñarme algún hallazgo, es algo que me llena de satisfacción.

Se trata de experiencias agradables, útiles a nuestros fines y buenas en sí mismas, tanto para nuestros hijos como para nosotros. No dejen de ir a cazar nunca ¡Ah! y no olviden en casa a sus hijos. Ya me contarán.