![]() |
Cuentos de hadas de George Harcourt (1868-1947). |
«El libro sigue siendo el puerto donde el texto descarga sentido y revela sus tesoros»
Hugo de San Víctor
Entre las actividades que ayudan a crear un hábito lector está, sin duda alguna, la caza de libros.
¿La caza de libros? Si, he dicho la
caza de libros, pero bien valdría la pesca, la recolección, el préstamo, la
recogida o el rescate; salvo el robo, el secuestro o la extorsión, no debe haber
límite; no hago pues ascos al método, se trata de hacerse con los libros, si
bien dentro del marco de una impecable conducta moral.
El vinculo que se crea entre la
persona y el objeto y entre las personas que se juntan para realizar la actividad, es
duradero y delicioso; lo mismo hay que decir de la experiencia de tratar, en agradable
conversación, con los libreros, a menudo personajes entretenidos y bien
informados y leídos. Lo digo por experiencia, tal y como verán.
Se trata, por demás, de una
actividad de una gran raigambre histórica. Decía Newton que la búsqueda de
libros era su deporte favorito: «lo veo como un juego, un juego que requiere
habilidad, algo de dinero y suerte…». Para el Sr. William Gladstone, un coleccionista
de libros debía poseer estas seis cualidades: Apetito, ocio, riqueza,
conocimiento, criterio y perseverancia. Reconozco que, como el Sr. Gladstone
reconocía, yo podría tener, si acaso, la primera o la última. Por su parte, Anatole
France señaló que no conocía ningún placer más dulce que ir a la caza de libros
a lo largo de los Quais de París. Y entre muchos otros, Leigh
Hunt, Charles Lamb y Bulwer-Lytton, se confesaban frecuentadores de las
librerías.
![]() |
Charing Cross Road de Adrian Hill (1895-1977). |
Y es que la familia es la familia. A
modo de ejemplo puedo contar que uno de mis tíos paternos –mi tío Javier–, es un gran amante de los libros (a él debo, entre tantas otras cosas, mi amor por Borges), pero no a la manera de un
coleccionista de mariposas, sino como un gran amante de la lectura, que es de
lo trata esta entrada; él, de vez en cuando, hacia expediciones al extranjero con el
único objetivo de hacerse con libros; Londres era su principal abrevadero, pero
no el único. Recuerdo la fascinación con que le escuchaba cuando me relataba tales viajes, pues para mí se trataba, por supuesto, de un safari de libros. Años más tarde pude
disfrutar personalmente de tal safari acompañando a mi padre por Charing Cross Road, lugar al que pienso
volver pronto con mis hijas, lo mismo que a las riveras del Sena y sus puestos
de libros de bouquinistes, culminados por la extraordinaria Shakespeare
and Co.
![]() |
Cartel publicitario de la libreria Shakespeare and Co. y El viejo bibliófilo de Tavik Frantisek Simon (1877-1942). |
Aunque, por supuesto, mis inicios como cazador
fueron más modestos. Recuerdo un punto de partida original y varios momentos
decisivos junto a mi padre: El haberme criado entre los volúmenes de las
bibliotecas familiares y los de la librería de una tía abuela (donde me
quedé encerrado, olvidado de todos, mudo y callado, enfrascado en la
apasionante lectura) hizo mella en mí carácter; después de estos comienzos señeros, mi padre me
inició en este dulce deporte con lo que recuerdo como una expedición en toda
regla: la realizada a una librería de nuestro pueblo natal llamada Faro, en busca de los libros que me habían correspondido como
premio por algún concurso escolar: También recuerdo como momentos claves, nuestras
primeras incursiones a dos caladeros inagotables: La Cuesta de Moyano y El
Rastro, ambos en Madrid, luego explorados
a más a fondo en solitario (como debe ser).
![]() |
La Cuesta de Moyano de Pedro Higueras Díez (1960-). |
Tras este aprendizaje familiar, he
tratado de transmitir la herencia a mis hijas y para ello he seguido cierto
orden, tal cual lo recibí de mis ancestros, de lo pequeño a lo grande. Lo
primero fue llevarlas, desde pequeñitas, todos los fines de semana a una buena librería
(llamada Crisol y lamentablemente ya cerrada)
situada cerca de nuestra casa. Esta librería disponía de una sección infantil
bastante nutrida, ataviada de unas pequeñas mesas con sus correspondientes
sillitas, que eran utilizadas por mis hijas y otros niños en un ir y venir
desde los estantes a las mesas y de las mesas a los estantes, y que, las más de
las veces, daban como resultado la adquisición de algún ejemplar para la
biblioteca familiar.
Más adelante las dos me han
acompañando, tanto a las míticas Cuesta
de Moyano y Rastro, como a la
exploración de librerías de viejo, en la zona de Cortes y por nuestro barrio.
Verlas bucear por los estantes, comentar entre ellas algún ejemplar escondido o
verlas correr raudas a enseñarme algún hallazgo, es algo que me llena de
satisfacción.
Se trata de experiencias agradables,
útiles a nuestros fines y buenas en sí mismas, tanto para nuestros hijos como
para nosotros. No dejen de ir a cazar nunca ¡Ah! y no olviden en casa a sus
hijos. Ya me contarán.
Actividad apasionante, si las hay. No se porqué pero en esta aventura de cazar libros el tiempo pasa más rápido de lo normal, hay que andar con sumo cuidado, no sea que nos reten en casa por desaparecer algunas horas.
ResponderEliminarPD: Hay alguna forma de que me digas de dónde sacas esas imágenes? O es secreto profesional? Puede ser por privado, a cambio de algunos cuentos...
José Tomás
Cierto José, es como un deporte o una aventura... tiene sus riesgos.
EliminarLo de las imágenes no es ningún secreto, pues la mayoría salen de internet, aunque cierto es que no las pongo al azar.
Lo de los cuentos será siempre bienvenido...
Un abrazo.
Hermosa descripción de una realidad que viví sin vivirla. Mis padres no tenían en ese entonces los recursos para comprarme asiduamente libros y con ello me lamentaba yo mucho. A los 7 años se me había puesto la idea en la cabeza el leer las obras completas de Verne y Twain. Con ello iba a la caza de dichos tomos día a día, con la esperanza de que las monedas que había ahorrado en la merienda del colegio, me alcanzaran para comprar un nuevo libro. Ya que muy seguido no era ese el caso, tomaba algún libro y me ponía a leerlo en escondidas en algún rincón de la librería. Cuando ya no podía leer más, pues peligraba el ser descubierto o ya habían transcurrido varias horas en Ese dichoso mundo, entonces colocaba un pequeño papel como marca de página y escondía el libro hasta mi próxima visita. Sin duda, de los recuerdos más hermosos de mi vida.
ResponderEliminarUn recuerdo muy hermoso David; gracias por compartirlo ¡Ojalá nuestros hijos pueden recordar algún día cosas como las que usted cuenta!
EliminarUn saludo cordial.
Las primeras veces que llevé a mis hijos a una librería, el mayor me decía ( como me había oído a mi decirle en otras tiendas): “Déjalo, mamá, ya tienes muchos libros en casa”. Ahora viene con su propia pila de cuentos a pedirme que se los compre, y disfruto viendo a los dos mayores rastrear las estanterías mientras la pequeña gatea y va sacando libros de su sitio.
ResponderEliminar