lunes, 2 de octubre de 2017

LOS GRANDES Y BUENOS LIBROS Y LA ASCENSIÓN EN LA SABIDURIA Y EN LA FE

Tormenta en las montañas de Albert Bierstadt (1830-1902).




«Nadie puede creer en Dios si no entiende algo».

San Agustín

«No podría el hombre prestar asentimiento alguno de fe a proposición alguna, si no entendiese algo de ellas».

Santo Tomás

«Quien acepte el léxico del enemigo se rinde sin saberlo».

Nicolás Gómez Dávila




Hoy días asistimos, atónitos unos –los menos– y distraídos e inatentos otros –los más–, a un asalto en toda regla a la Verdad. La modernidad y la llamada post-modernidad han traído consigo un flujo de pensamiento irrelevante y vacuo, intrascendente y prescindible –bien llamado Relativismo–, que ha cercenado y arrancado de las mentes y los corazones de los hombres aquello que es consustancial a ellos: conocer la Verdad. Hoy se afirma sin rubor y ningún tapujo, al socaire de pseudo-filosofías de moda, que no es posible conocer la Verdad, es más, que no existe eso denominado Verdad, sino que solo es real –si es que algo lo es–, aquello que cree y siente cada individuo; que ya no hay bien o mal sino «valores» que cada uno construye como cree conveniente. No hay pues una realidad objetiva que conocer y nada hay fuera de cada hombre particular (aunque quizás su germen no esté tan cercano y pueda remontarse más o menos seis siglos atrás o quizás sean ocho). 

Es este un relativismo que nos ha llevado a las antípodas del gran pensamiento del sentido común que alcanza su cenit con Santo Tomás; porque si nada puede ser conocido, toda pregunta es estéril; porque si nada existe, si todo es ilusorio, nada ni nadie puede preguntar ya que no existe nadie para hacerlo; porque si solo existe aquello que conoce (y crea, por tanto) en su mente cada individuo, nada se puede transmitir, compartir o discutir y toda pregunta es absurda, porque solo existiría el individuo que piensa, así como sería absurda toda existencia (¿cuál, por cierto?). Este es el pensamiento que domina hoy el mundo. No es extraño pues que el mundo este loco.

Paralelo a este asalto gnoseológico, el enemigo socaba nuestras trincheras con la subversión del lenguaje; una neolengua, como la imaginada por Orwell, ofrece solícita un cambio en el sentido de las palabras más sagradas, desarraigando a las palabras de las cosas que estas nombraban, para pervertirlas y con ello pervertir al hombre, tratando así de hacer imposible toda forma de pensamiento y estableciendo, como mínimo, una confusión colosal en las personas; la frase de Francis Bacon «las palabras hacen violencia al espíritu y lo turban todo», es mucho más expresiva que cualquier cosa que pueda yo escribir.

Escena de costa en Mount Desert de Frederic Edwin Church (1826-1900).

De esta manera, las consecuencias atroces de este dislate epistemológico y de esa manipulación lingüística las estamos viviendo y son por todos conocidas (aunque muchas de ellas están por llegar). Pero no voy a extenderme más en esta cuestión. El punto al que quiero referirme es más concreto y apunta al corazón de nuestras familias: nuestros hijos necesitarán una bitácora o un compás que les permita orientarse y descubrir esa Verdad hoy enterrada e intencionadamente escondida. No me estoy refiriendo a la Verdad revelada sobrenaturalmente (de cuya enseñanza cada uno de nosotros ya nos ocupamos, aunque cada vez con mayores dificultades) sino a la verdad natural en cuanto escalón al que trepar para alcanzar y conocer aquella.

Porque hemos de saber, que del previo conocimiento de estas verdades naturales depende el conocimiento de la Verdad que Dios personalmente nos ha revelado. A ello apuntan las dos frases de nuestros más sabios Santos, que encabezan esta entrada. 

Ya hemos visto que existen dos revelaciones (véase: LOS DOS LIBROS); en hermosas palabras de John Senior: «La del Libro de la Naturaleza, en el que las cosas visibles de este mundo significan las cosas invisibles del otro mundo, y la del Libro de la Escritura, donde las cosas invisibles del otro mundo se hacen visibles en la vida y la muerte de Cristo».

Cierto es que la revelación divina hecha en El Libro de La Escritura, precisamente para que fuera accesible a sus destinatarios, fue hecha por Dios con palabras y conceptos humanos. 

Cierto es también que estas palabras y conceptos, por humanos, son forzosamente limitados y necesariamente impotentes para poder recoger y abarcar todo lo que es Dios y todo lo que nos tiene preparado. Ahora bien, no por ello dejan de ser verdaderos porque dicen y expresan verdad, aunque no toda la verdad completa que la realidad misma encierra.

A este respecto, magistral y hermosamente, Chesterton nos reporta que Santo Tomás decía que quizás las cosas puedan engañarnos, pero que si lo hacen es porque nuestro entendimiento es precario, porque se queda corto, porque son «más reales de lo que las pensamos. Si parecen tener una relativa irrealidad –por decirlo así– es porque son potenciales y no actuales; no se han realizado por completo, como si fuesen paquetes de semillas o cajas de fuegos artificiales»

Aun así, a pesar de esa precariedad cognoscitiva, ese conocimiento es esencial y necesario (¿quizás viene de ahí nuestra insaciable curiosidad, de la que Pascal decía que es «una de las principales enfermedades del hombre»), Por ello, dado que Dios ha utilizado en su Revelación sobrenatural palabras y conceptos humanos, para poder entender esta, no tenemos los hombres otro punto de partida válido que conocer la realidad creada, y asentándonos en ella proceder a acercarnos a lo revelado en un «proceso analógico del conocer y del creer».

Hay por lo tanto una escala, una escala por la que ascender, cuyo primer y básico escalón es la realidad creada y nuestra comprensión de la misma. Sin trepar por esa escala no alcanzaremos a contemplar, a través de la Fe, la Verdad que nos ha sido revelada.  

Y para dar este primer paso, para subir los escalones y conocer esta realidad, disponemos de tales palabras y conceptos. Palabras y conceptos que tienen su raíz y su encaje epistemológico en la realidad creada y que por ello deben ser aprendidas en conexión directa con aquella; a este respecto, John Senior, al albur de la sombra protectora del gran Santo Tomás, predicó un contacto cotidiano con la realidad material, con las cosas naturales, como algo vital para la educación, ya que, argüía, la artificialidad inherente a la vida tecnológica y moderna en la que estamos envueltos, debilita nuestra comprensión sobre lo real.

El Mary Caught en una tormenta de Iván Konstantínovich Aivazovsky (1817-1900).

Porque en el lenguaje, en las palabras y los conceptos, se halla frecuentemente un trasfondo significativo, que remite a una experiencia particular, profunda y objetiva, respecto del objeto nombrado; me viene a la memoria que a Adán le dio Dios la facultad de imponer nombres a los animales y las plantas (Gen, 2-19). Por ello, sospecho que hay una gran proximidad entre los viejos nombres, las viejas palabras y este nombre secreto de las cosas que solo Dios conoce y por ello con la Verdad; porque las viejas palabras están cerca de las cosas que nombran y así la palabra nos vincula con la cosa, y esta nos acerca al pensamiento divino que está en ella, para recordarnos que solo existe porque Dios la pronuncia, a fin de que nosotros la descubramos nombrándola…   

Por esta razón, si estas palabras se vacían de sentido o se trastoca su significado, si se alteran estos conceptos y dejan de designar aquello que designaban y se correspondía, desde siempre, con lo creado, si pueden significar para cada cual aquello que cada cual desee, se romperá así, quizás para siempre, el lazo que las unía con la realidad de las cosas y una nueva Torre de Babel nos aplastará. Y nada podrá ya ser conocido, ni siquiera lo revelado divinamente. Me refiero a conceptos como padre, madre, pastor, roca, semilla, viento, honor, cortesía, decencia, modestia, etc., por no decir bondad, maldad, belleza, libertad, virtud, justicia, humildad, misericordia, caridad, amor… y verdad.   

Chesterton lo había predicho en su día: «La gran marcha de la destrucción mental proseguirá. Todo será negado… Se encenderán fuegos para testificar que dos y dos son cuatro. Se blandirán espadas para demostrar que las hojas son verdes en verano. Permaneceremos en la defensa, no sólo de las increíbles virtudes y de la sensatez de la vida humana, sino de algo más increíble aún, de este inmenso e imposible universo que nos mira a la cara. Lucharemos por sus prodigios visibles como si fueran invisibles. Observaremos la imposible hierba, los imposibles cielos, con un raro coraje. Seremos de los que han visto y, sin embargo, han creído».

Así que, para proteger a nuestros hijos de esta mutilación colosal y definitiva que les impediría siquiera alcanzar a comprender el mensaje divino, no debemos olvidar que tenemos a nuestra disposición un pequeño remedio, la vía de la Sophía Perennis cristiana, esa sabiduría que siempre ha estado allí –«al principio era el Verbo»Recordemos que San Agustín nos habla del tesoro de sabiduría estética, política y moral de los gentiles comparándola con el oro y la plata que, al salir de Egipto, se llevaron los judíos por mandato de Dios,  «para hacer de ello mejor uso» y que San Jerónimo se refiere a las letras paganas como a una bella, aunque salvaje, cautiva, a la que lavar, pulir y adecentar, antes de casarse con ella.  Estos son los saberes que se encuentran recogidos y atesorados en estos grandes y buenos libros a que venimos haciendo mención en este blog, como significantes o símbolos analógicos de lo revelado y como semillas de verdad. 

Porque, si el mundo está loco, si el mundo está perdido y extraviado, nuestros hijos no deben estarlo. No, claro que no. Debemos desear como deseaba San Basilio (según nos cuenta San Gregorio de Nisa) «que el hombre sea vencido por la verdad y así se convierta en vencedor contra la mentira». Así que, si no estábamos del todo convencidos, si no veíamos del todo claro porqué leer estos libros es tan importante, quizás esto nos ayude a entender.

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8 comentarios:

  1. Estimado Miguel, como es costumbre, ensus palabras abundan la elocuencia y la verdad.
    Permítame realizarle una petición personal, ¿podría usted realizar una publicación haciendo referencia al libro 'los papeles póstumos del club Pickwick' de Dickens? Desde ya, muchas gracias, y en caso de que lo haya hecho en otra publicación anterior, le agradecería que me lo haga saber.
    Saludos cordiales.

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    1. En primer lugar, gracias por su amables palabras. No se merecen, de verdad.

      En segundo lugar, ciertamente tengo en mi pensamiento el hablar de Dickens y algunas de sus novelas, pero no había pensado en el Club Pickwick; me parase que quizás sea una novela más de adultos, aunque realmente divertida. En todo caso pensaré sobre ello.

      Un saludo cordial.

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  2. Disculpa Miguel que también haga una petición personal: ¿conoces la novela "Bajo cielos inmensos", de A. B. Guthrie?, ¿qué opinión te merece?.

    Velocilector

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    1. No, no la he leído; solo se que es una novela de frontera, del mundo de los tramperos y del despertar a la madurez de un joven, pero poco más. No obstante he leído alguna reseña confiable que señala que es una buena novela.

      Un saludo.

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  3. Me ha emocionado leer esta entrada. No hay palabras para darle un calificativo

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    1. Es realmente alentador y estimulante conocer lo que usted me cuenta. Le doy las gracias por el apoyo.

      Agradecido; un saludo muy cordial.

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  4. Magistral, Don Miguel. Tiempos estos en los que la ideología ha suplantado a la realidad; tiempos en los que la Nada persigue a la dignidad humana como aquel monstruo de la Historia interminable.
    Alguien dijo una vez (no recuerdo al autor) que el hombre, por fuera y frente al mundo, es un animal. Y por lo tanto es muy pequeño y desamparado. Pero por dentro es un Hombre; una criatura hecha a imagen y semejanza de su Creador. Y por lo tanto poseedor de una dignidad que deriva de su filiación con Dios. Frente al mundo, nada. Con Dios, todo. Pero esta ciudad de sombras que nos rodea se ha empeñado en afirmar que sólo somos animales. Hemos dado la espalda a la Verdad y nos hemos dado ideologías, quizá sea el triunfo más destacado del nihilismo y el relativismo. Los frutos de la infame y devastadora revolución francesa cuelgan, orgullosos e impúdicos, de la verborrea vacía de los que se consideran, tan sólo, animales.

    Mostremos a nuestros hijos los hermosos continentes cuajados de luz y hermosas estrellas; de amor, que se extienden ante ellos por ser hijos de Dios.

    Un abrazo

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    1. Muchas gracias Jordi. Como he dicho antes, palabras así no se merecen. Pero es reconfortante saber que todavía hay algunos que piensan como uno piensa.

      Me uno a su hermosa invitación final.

      Un abrazo.

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