martes, 28 de agosto de 2018

C.S. LEWIS: CONSEJOS SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR PARA JOVENES PRINCIPIANTES (Y NO TAN JOVENES)

Collage con fotos de John Chillingworth (Picture Post/Hulton Archive, via Getty Images).




La lectura está estrechamente ligada a la escritura, y no solo por una relación de causalidad. Normalmente, el buen escritor ha sido y es un buen lector (lo hemos visto en las entradas Las bibliotecas familiares e Infancia, poesía y libros), pero además casi todo buen lector (aunque luego no llegue a ser literato) sentirá pronto la necesidad de escribir; y si es niño, mucho más, ya que es en la infancia cuando late con una fuerza inusitada esa característica tan humana que es la necesidad de imitar, tal y como cantó Wordsworth: “como si su entera vocación fuera una imitación interminable”. 

Por ello, acompaño hoy esta breves líneas con fragmentos de algunas cartas de un escritor muy querido por mí y muy relevante en el mundo de la literatura infantil y juvenil; hablo de C. S. Lewis. Como siempre, pido disculpas por la traducción de algunas líneas de mi propia cosecha (fácilmente identificables como aquellas menos afortunadas). 

Y empiezo por una carta dirigida al crítico y estudioso James E. Higgins, experto en Lewis y en la literatura fantástica en general. Les remito a la dirección web donde encontrarán el texto de la misiva y un interesante y profundo comentario del mismo Higgins, (A letter from C. S. Lewis, The Horn Book, octubre de 1996). Yo me limito aquí a traducir una pequeña parte de la introducción y la carta misma.



Una carta de C.S. Lewis

por James E. Higgins

C.S. Lewis no se consideraba un experto en el campo de los libros para niños. En una carta dirigida a mí de fecha 31 de julio de 1962, escribió: “(…) mi conocimiento de la literatura infantil es realmente muy limitado (…). Mi experiencia se agota con Macdonald, Tolkien, E. Nesbit, y Kenneth Grahame”. Sin embargo, fue esta falta de pericia, como deseaba él llamarla, lo que le permitió traer un nuevo soplo de frescura al campo de la literatura fantástica. Desde que Paul Hazard escribiera su Libros, niños y hombres, ningún distinguido intelectual había dejado una marca tan indeleble en las páginas de la historia y la crítica de la literatura infantil. Para los niños de hoy y de mañana, Lewis ha dejado El león, la bruja y el armario y sus otros libros de Narnia, mientras que para los adultos que de alguna manera influyen en los hábitos de lectura de los niños, ha dejado no solo estos libros, sino también sus ricos comentarios críticos sobre la imaginación, la sabiduría y la integridad.

Creo que una segunda carta que recibí del profesor Lewis, en la que respondió a las preguntas que le hice en relación con la escritura para los niños, es una valiosa contribución a este legado, pues aunque algunas de sus respuestas se pueden encontrar en otros lugares, hay comentarios, en particular los relativos a sus hábitos de composición al escribir textos infantiles, que probablemente se mencionan aquí por primera vez.

Es por esta razón por la que me gustaría, primero, compartir esta carta, y luego, hacer comentarios sobre sus respuestas.

Magdalene College, Cambridge
2 de diciembre de 1962

Estimado Sr. Higgins:

 (...)

2. Los libros de Narnia no son tanto una alegoría como una suposición. “Supongamos que hay un mundo de Narnia y que, como el nuestro, necesita redención. ¿A qué tipo de encarnación y pasión podríamos suponer que Cristo se sometería allí ?”
3. Solo después de que Aslan entró en la historia –lo hizo por su cuenta; yo nunca lo llamé­– recordé al “León de Judá” de las Escrituras.
4. No, no conocí personalmente a Chesterton. Supongo que la misma afinidad que encontré en él nos ha hecho a los dos afines a Macdonald.
5. Utilicé los cuentos de hadas porque parecía la forma que demandaban ciertas ideas e imágenes que pululaban en mi mente; al igual que un hombre podría componer fugas debido a que las frases musicales que sonaban en su cabeza parecían ser “buenos temas de fuga”.
6. Cuando escribí El león no tenía en mente escribir los demás libros de la serie.
7. Se trató, sin duda, de una escritura en clave “infantil”, en la que modifiqué mis hábitos de composición. Así, (a) me impuse un límite estricto en el vocabulario; (b) excluí el amor erótico; (c) reduje los pasajes reflexivos y analíticos; (d) ello me llevó a producir capítulos de casi igual longitud para facilitar su lectura en voz alta. Todas estas restricciones me hicieron mucho bien –como al poeta al sujetarse a una métrica estricta–.
8. Sí, recibo cartas maravillosas de niños de EE UU y de otros lugares.

Le saluda atentamente, 

             C.S. Lewis


En algunas de las cartas que menciona esta misiva (dirigidas a los niños que le escribían) y en otras fuentes, Lewis dejó a algunos de sus jóvenes destinatarios varios consejos sobre el arte de la escritura que también pueden servirnos de orientación. Son los siguientes (con la cita de las cartas en las que se pueden encontrar):

1. “Apaga la radio” (hoy, obviamente, aplicable a la televisión y a internet).

2. “Lee todos los buenos libros que puedas, y evita casi todas las revistas”.

3. “Escribe (y lee) siempre con el oído, no con el ojo. Deberías escuchar cada frase que escribas como si fuera leída en voz alta o hablada. Si no suena bien, inténtalo de nuevo”.

4. “Escribe sobre lo que realmente te interesa, sean cosas reales o imaginarias, y nada más. (Observa que esto significa que si estás interesado solamente en escribir, nunca serás un escritor, ya que no tendrás nada sobre lo que escribir…).”

5. “Haz grandes esfuerzos para ser claro. Recuerda que aunque empiezas sabiendo a qué te refieres, el lector no lo sabe, y una sola palabra mal escogida le puede llevar a un malentendido total. En una historia es terriblemente fácil olvidar el no haberle dicho al lector algo que necesita saber; la imagen completa es tan clara en tu propia mente que te olvidas de que no sucede lo mismo en la del lector”.

6. “Si te rindes, no tires el trabajo hecho a la basura (a menos que sea irremediablemente malo). Ponlo en un cajón. Puede resultar muy útil más adelante. Gran parte de mi mejor trabajo, o lo que yo considero el mejor, es la re-escritura de cosas iniciadas y abandonadas años atrás”.

7. “No uses una máquina de escribir. El ruido destruirá tu sentido del ritmo, que todavía necesita años de entrenamiento”.

8. “Asegúrate de saber el significado (o los significados) de cada palabra que utilizas.”

9. “La forma en que una persona desarrolla un estilo es saber exactamente lo que quiere decir y asegurarse de que está diciendo exactamente eso. Tenemos que recordar que el lector no empieza sabiendo lo que queremos decir. Si las palabras son ambiguas, se le escapará nuestro significado. A veces pienso que la escritura es como guiar una manada de ovejas por una carretera. Si está abierta alguna puerta hacia la izquierda o la derecha, el lector, con toda seguridad, entrará por ella”.

10. “Intenta siempre utilizar el lenguaje para dejar muy claro lo que quieres decir y asegúrate de que la frase no pueda tener otro significado distinto.

11. “Elige siempre palabras claras y precisas en lugar de largas y de significado difuso. Por ejemplo, las promesas no se «cumplimentan», se «cumplen»”.

12. “Nunca uses los sustantivos abstractos cuando los concretos son suficientes. Si quieres decir que «murió más gente», no digas «ascendió la mortalidad»”.

13. “Cuando escribas, no uses adjetivos que describan simplemente el estado de ánimo que el escritor quiere provocar en el lector ante un hecho determinado. Es decir, en vez de contar que algo fue «terrorífico», descríbelo de forma que aterrorice al lector. No califiques algo de «encantador», haz que el lector después de leer la descripción exclame «¡encantador!». Mira, si utilizas palabras como horripilante, maravilloso, espantoso, exquisito es como si dijeras a tus lectores: «Por favor, hagan ustedes mi trabajo»”.

14. “Tampoco utilices palabras que excedan en mucho al tema en cuestión. No digas «infinitamente» cuando quieres decir «muy». Si no, cuando desees decir que algo es verdaderamente infinito, no te quedará ninguna palabra para expresarlo”.

15. “No debemos, por supuesto, escribir ninguna cosa que halague la lujuria, el orgullo o la ambición. Pero no todos necesitamos escribir obras patentemente morales o teológicas. De hecho, el trabajo cuyo cristianismo es latente puede hacer tanto bien y puede llegar a aquellos a los que una obra obviamente religiosa ahuyentaría. El primer propósito de una historia es ser una buena historia. Cuando Nuestro Señor hizo una rueda en el taller de carpintería, puedes estar seguro: primero y ante todo, era una buena rueda. No trates de «traer» pedazos específicamente cristianos: si Dios quiere que le sirvas de esa manera (tal vez Él no lo haga, hay diferentes vocaciones) verás que llegará por sí mismo. Si no, bueno, una buena historia que da placer inocente es una buena cosa, al igual que cocinar una buena comida nutritiva...Cualquier trabajo honesto (ya sea haciendo historias, zapatos o conejeras) puede hacerse para la gloria de Dios”.

Fuentes:
    Números del 1-8: carta de C.S. Lewis a una chica llamada Thomasine (14 de diciembre de 1959), un estudiante de séptimo grado cuyo maestro había asignado a sus alumnos la tarea de escribir a un autor famoso para recibir consejos de redacción.
    Número 9: De la última entrevista de C.S. Lewis (7 de mayo, 1963), seis meses antes de su muerte. Estaba respondiendo a una pregunta de Sherwood Wirt (1911-2001), quien preguntó: “¿Cómo sugieres que un joven escritor cristiano trate de desarrollar un estilo?”
    Números del 10-14: carta de C.S. Lewis a Joan Lancaster (26 de junio, 1956), una joven americana que le había escrito para pedirle consejo sobre la escritura y en la que Lewis da cinco consejos para escritores novatos.
     Número 15: carta de C.S. Lewis a Cynthia Donnelly (14 de agosto, 1954).

La selección –realizada por Justin Taylor–, ha sido tomada de la siguiente web: https://www.thegospelcoalition.org/blogs/justin-taylor/15-pieces-of-writing-advice-from-c-s-lewis/ 


Espero que les sea de interés y provecho.



jueves, 23 de agosto de 2018

LOS LIBROS DE CAPA Y ESPADA

El duelo de los mignones, de Cesare Auguste Detti (1847-1914).



“Cuando llegue el momento, si tú no vienes a Lagardere, Lagardere llegará hasta ti.

Paul Feval (El jorobado)



No hay mejor descripción de un héroe de capa y espada que el famoso inicio de la novela de Rafael Sabatini, Scaramouche (1921): “Nació con el regalo de la risa y la idea de que el mundo estaba loco”. La frase recoge el espíritu aventurero y burlón de que suelen hacer gala los protagonistas de estas historias y califica, con cierta ironía, el escenario donde tienen lugar sus peripecias, infortunios y tribulaciones, que en el caso de Scaramouche no es otro que la Francia de la Revolución (por cierto, dicha frase fue también, con el tiempo, el epitafio de Sabatini).  



Ilustración para Scaramouche, de W. Smithson Broadhead (1888-1960).



Este género literario hizo su aparición en Francia en la primera mitad del siglo XIX, combinando los rasgos de la ficción histórica con los de la novela de aventuras. A menudo publicado en forma de folletín por entregas, la intriga y los enredos fueron elemento necesario e impuesto por este particular modo de publicación que, para enganchar el público a la entrega siguiente, precisaba de una acción exultante y plena de emoción.

Todas las novelas de espadachines retoman el tema del héroe clásico y de su traducción medieval, el caballero andante. Como en estos dos tipos de historias, los protagonistas de las novelas de capa y espada responden a un arquetipo de héroe que a lo largo del relato habrá de sufrir las vicisitudes de un viaje, a modo de camino de revelación o liberación, o de ambas cosas. 

Cierto es que los protagonistas no son héroes legendarios y se muestran más próximos y humanos que Aquiles, Hércules, el rey Arturo o Rolando. Pero siguen siendo valiosos ejemplos de hombre, recios y cabales, caballeros y soldados y, en su escala, se someten igualmente a pruebas y retos. En todo caso estos héroes son personajes intrépidos, hábiles con la espada, valientes y, es verdad, algo fanfarrones. Usualmente deben enfrentar una empresa dificultosa que suele descansar en una causa noble, siempre a favor del rey o de la reina y contra un enemigo implacable, decidido, poderoso e intrigante, que se rodea de un ejercito de esbirros, espías, matones y traidores. 

En cuanto a su estructura narrativa, estas novelas no responden al esquema de la tragedia, sino más bien al del drama, o mejor al del melodrama, pues la vibrante y agitada acción siempre termina felizmente, con grandes dosis de riesgos altruistas, atrevimiento enamorado y no poca abundancia de honor.


Ilustración de Bosch Penalva (1925-), para Enrique de Lagardere de Paul Feval, en la portada del volumen adaptación/comic de la novela, editada por Bruguera en su colección Historias Color.

Ahora bien, si hay un elemento característico y propio de este tipo de relato, este es la presencia del duelo. En el momento histórico en el que suele desarrollarse la acción, las disputas, sobre todo de honor, se resolvían privadamente mediante duelos. De este modo el duelo se convierte en la piedra angular de la trama (y a veces el causante directo del desenlace), lo que concede a la espada derecho propio para dar nombre al género. 

Si bien estas novelas suelen estar preferentemente ambientadas en la Francia del siglo XVII (pensemos en Los tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas, o El jorobado, de Paul Feval), en ocasiones se desplazan de siglo, de continente, e incluso, más modestamente, de país; así nos encontramos con obras tan fundamentales para el género como la propia Scaramouche de Sabatini, ambientada en la Francia revolucionaria; o con los duelos de El capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, en la España de los Tercios del siglo XVII; o si navegamos atravesando el Atlántico nos encontraremos con las aventuras de El Capitán Blood, también de Sabatini, y las historias de piratería de El Corsario Negro, de Salgari. Incluso podemos vernos desplazados a países imaginarios, como la Ruritania que Anthony Hope nos dibuja en El Prisionero de Zenda.


El duelo entre John Blumer y Cazaio, óleo de Howard Pyle (1853-1911).
En sucesivas entradas hablaremos de algunos de estos libros (de algunos otros ya hemos hablado, por cierto, como por ejemplo de El Prisionero de Zenda), pero para abrir el apetito termino con dos pequeñas muestras entre las muchas que podríamos escoger: el inolvidable y tierno fanfarrón de Cyrano de Bergerac, de Ronstand, y el más desconocido, pero igualmente bravucón, Capitán Fracasa de Gautier:

Cyrano de Bergerac (1897). Edmond Ronstad.

Portada de la adaptación efectuada por Anaya.

Cyrano, un mosquetero gascón que maneja con excelencia tanto las palabras como la espada está locamente enamorado de la hermosa Roxane; sin embargo, a causa de su enorme nariz, no se cree merecedor del amor de la bella dama. Ella, que desconoce los sentimientos del protagonista, prefiere a Cristian, joven soldado de bella faz y alma de pocos vuelos, quien no se atreve a confesar su amor a la beldad. Cyrano decide ayudar a su joven rival a encontrar las palabras correctas con que expresar su amor, escribiendo para él hermosas cartas dirigidas a la bella. Roxana, extasiada por el florido verso del gascón, cae enamorada, si bien del hombre equivocado, pues cree que el autor de las románticas misivas es Cristian. Cyrano decide mantener su anonimato, aunque ello suponga renunciar a su amor, por preferir la felicidad de Roxane a la suya propia. El final es triste y hermoso a la vez, como la vida.  

Es precisamente la postura sacrifical que muestra Cyrano ante el amor, de entrega ciega, sin espera de premio o recompensa, lo que destaca notoriamente en la pieza. En la famosa escena del balcón (en la oscuridad, la bella doncella escucha las declaraciones de su amado, pero debajo de ella, quien habla no es Cristian, sino Cyrano), el protagonista refiere a su amada los caracteres del verdadero amor:
“Este sentimiento, terrible y celoso que me invade, es verdadero amor... Tiene todo el furor triste del amor y sin embargo, no es egoísta ¡Ah! por vuestra felicidad yo daría la mía, aunque nunca llegarais a enteraros de nada. ¡Si alguna vez pudiera, aunque de lejos, oír la risa de la felicidad nacida de mi sacrificio!... ¡Cada mirada vuestra suscita en mí una virtud nueva!... ¡me da más valor! ¿Os dais cuenta? ¿Entendéis ahora lo que me pasa? ¿Sentís en esta sombra subir hasta vos mi alma? En verdad, esta noche es demasiado bella, demasiado dulce... Yo os digo todo esto y vos... ¡vos me escucháis! ¡Es demasiado! ¡Incluso mi esperanza más atrevida, nunca osó esperar tanto! Ahora sólo me resta morir. ¡Es por mis palabras por lo que ella tiembla entre las hojas como una hoja más! ¡Pues tembláis ... porque, lo queráis o no, he sentido bajar, a lo largo de las ramas de jazmín, el temblor adorado de vuestra mano.” 
Pieza de teatro originalmente escrita en verso, la obra de Rostand (una de las creaciones teatrales francesas más populares de todos los tiempos) se encuentra adaptada al público juvenil en varias versiones en prosa, lo que facilita su acceso a los más jóvenes, pero hace perder la musicalidad y belleza de la obra original.


El Capitan Fracasa (1863). Theophile Gautier.

Portada e ilustración de Gustave Doré (1832-1883), en una de las ediciones del Club Internacional del Libro. 
Ambientada en la Francia de principios del siglo XVII, bajo el reinado de Luis XIII, esta novela nos cuenta las tribulaciones del Barón Sigognac, un noble sin dinero que por el amor a una joven actriz, Isabelle, abandona su ruinoso castillo en el fondo de la Gascoña para unirse, disfrazado de actor, a una compañía de teatro ambulante que se dirige a París. Pronto conoceremos de sus problemas con el duque de Vallombreuse, que codicia, como él venera, a la delicada Isabelle ... Fanfarronadas caprichosas, deliciosos equívocos, amor amable, duelos...  todo eso y mucho más. 

Su final feliz, sus descripciones ostentosas y los personajes cómicos que atraviesan sus páginas hacen de la novela un grato homenaje a la época barroca y un apetitoso bocado literario lleno de evasión y aventuras, donde el honor, la lealtad y el amor trazan el destino de los protagonistas.  El libro fue elogiado por Henry James, quien señaló que “en esta deliciosa obra, [...] Gautier se superó a sí mismo y creó el modelo de los romances pintorescos.” 

De ella ha dicho la crítica: "Gautier crea, en definitiva, un mundo maravilloso. Evoca escenas pintorescas de una fantasía copiosa y a veces de un romanticismo impenitente. Coloca a sus personajes en admirables decorados que brillan ante nuestros ojos y permiten un cambio perpetuo de escenario; (…). Para sus héroes, incluso los desheredados, él presta sentimientos generosos. Algunos, nobles por sangre, mantienen una distinción nativa que los preserva de cualquier reparo. Los otros, pobres diablos o compañeros patibulares, destacan por defender su lealtad, su desinterés y el respeto de su profesión."

Traducido el título en España como Capitán Fracasa, Fracaso o Estruendo (nombre que proviene de un personaje clásico de la Commedia dell'Arte, bajo cuya máscara se oculta el protagonista), de las diferentes versiones publicadas en castellano quizá las más fácil de localizar sea la del Club Internacional del Libro en alguna de sus distintas ediciones.

Pero esto son solo dos aperitivos. Así que equípense con capas y espadas y con miriñaques y velos, pues, a buen seguro que 
sus hijos se los pedirán para proseguir en sus juegos las aventuras que les esperan en estas páginas. Acepten ustedes el desafío, les aseguro que sus hijos no dudarán: ¡En garde!




sábado, 18 de agosto de 2018

LA PROSCRIPCIÓN DE LA INOCENCIA

La muchacha que dejé tras de mí, de Jonathan Eastman Johnson (1824-1906).



«Un hombre honesto es siempre un niño». 
Sócrates 

«Felizmente, el hombre no tiene la última palabra».
Johan Huizinga

Ir para volver al principio; perder y ganar al mismo tiempo; darlo todo para tenerlo todo; ser débil para ser fuerte; que los últimos serán primeros; creer en la vida eterna aunque vivamos sumergidos en el tiempo; que un Dios Todopoderoso se hiciera hombre y se dejara matar por nosotros; la sorprendente naturaleza del amor, porque Dios nos ama incluso cuando no sabemos amar o cuando no le amamos; o la paradoja de la niñez, porque a menos que nos volvamos como niños no podremos entrar al Reino de Dios, niñez de la que hablaré hoy. Todas estas paradojas reflejan aspectos parciales de la Verdad eterna revelada. Todas ellas son esencia misma del cristianismo, «porque la “insensatez” de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1:22-25).

Las aparentes contradicciones que nos presentan todas estas imágenes, las opuestas nociones o ideas que enfrentan, no son sino reflejo tenue y defectuoso de la mayor de todas, el ser de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Como dijo Chesterton, «la virtud cristiana representa la colisión ígnea o fogosa de los contrarios: vida y muerte, humano y divino».

Y, como he comentado, una de estas paradojas cristianas residen en la infancia y en la necesidad de abandonarla para luego volver a ella como única forma de alcanzar nuestro destino. 

Jesús nos lo dice con meridiana claridad: «En verdad, os digo, si no volviereis a ser como los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Quien se hiciere pequeño como este niñito, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y quien recibe en mi nombre a un niño como éste, a Mí me recibe.» (Mt. 18: 3-5).

Un nuevo cuento de hadas, de Nikolay Bogdanov-Belsky (1868-1945).

Todos hemos sido niños. El volver a serlo no puede extrañarnos, pues en cierto modo no hemos dejado de serlo del todo. 

Monseñor Straubinger hace un hermoso comentario al respecto del porqué de esta exigencia al hilo de los anteriores versículos de San Mateo: 
«¡Ser niño! He aquí uno de los alardes más exquisitos de la bondad de Dios hacia nosotros. He aquí uno de los más grandes misterios del amor, que es uno de los puntos menos comprendidos del Evangelio, porque claro está que, si uno no siente que Dios tiene corazón de Padre, no podrá entender que el ideal no esté en ser para Él un héroe, de esfuerzos de gigante, sino como un niñito que apenas empieza a hablar. ¿Qué virtudes tienen esos niños? Ninguna, en el sentido que suelen entender los hombres. Son llorones, miedosos, débiles, inhábiles, impacientes, faltos de generosidad, y de reflexión y de prudencia; desordenados, sucios, ignorantes y apasionados por los dulces y los juguetes. ¿Qué méritos puede hallarse en semejante personaje? Precisamente el no tener ninguno, ni pretender tenerlo robándole la gloria a Dios como hacían los fariseos (cf. Lucas 16: 15; 18: 9ss.; etc.). Una sola cualidad tiene el niño, y es el no pensar que las tiene, por lo cual todo lo espera de su padre.».

Por su parte, Romano Guardini dice a su vez sobre este especial estado, que «el niño tiene la simplicidad de la mirada y del corazón. Cuando viene lo nuevo, lo grande y lo que redime, lo ve, se acerca y entra en ello. Esa simplicidad, naturalis christianitas, es la actitud del niño a que se refiere la parábola. Jesús se refiere a la simplicidad de la mirada, a la capacidad de contemplar el horizonte, percibir lo auténtico y acogerlo sin pretensiones».

Muchacha leyendo en un prado, de Nikolay Bogdanov-Belsky (1868-1945).
Esa es la inocencia primera; la que habremos de recuperar. La propia de la infancia. La que hoy blasfemamos y pisoteamos, despreciamos y apartamos a un rincón oscuro. Aquella que conscientemente unos, inconscientemente otros, arrancamos todos, brusca e impíamente, del alma blanca de los niños.

Este es uno de los grandes males de nuestro tiempo. ¡Qué gran pecado! Ya nos advirtió Nuestro Señor: «Pero quien escandalizare a uno solo de estos pequeños que creen en Mí, más le valdría que se le suspendiese al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que fuese sumergido en el abismo del mar» (Mt, 18:6).  

San Juan Crisóstomo, en su obra Padres, hijos y su crianza, nos dice reprendiendo a los padres cristianos de su tiempo, y también hoy a nosotros:
«Nuestros hijos son un gran tesoro. Tengamos, entonces, mucho cuidado con ellos y hagamos todo lo posible por no perderlos, porque el astuto está atento a engañarlos. ¿Qué hacemos hoy por ellos? Precisamente lo que no debemos. Cuando se trata de nuestros bienes materiales, cuidamos ponerlos en manos de quien consideramos confiable y honorable. No mostramos, aun así, la misma preocupación por lo más precioso que tenemos, nuestros niños. No buscamos para nuestro hijo un buen pedagogo que no lo deje apartarse de la sabiduría. Y, sin embargo, nuestros hijos son siempre nuestro haber más importante y por ellos hacemos todo lo que hacemos. Por los bienes que les vamos a dejar nos desvivimos, pero por ellos mismos, no. ¿Ves qué forma retorcida de ver las cosas tenemos? Cuida el alma de tu hijo y el resto vendrá por sí mismo. Si el alma no es buena, entonces ningún bien le será útil. Pero, si el alma ha sido fortalecida con la fe, llena de virtud y limpia, entonces ni siquiera la pobreza le podrá afectar». 
Esta inocencia es sagrada, y lo es porque, como hemos visto, es la disposición natural del bienaventurado. Hay pues que preservarla, y con ella preservar lo propio de su estado, aquello que el poeta –conocido de este blog– José Ferrari nos revela: «Ellos ya viven en la realidad» y «no necesitan de sucesos extraordinarios para caer [en ella]», porque los niños creen en lo que ven, en lo que escuchan, no dudan de la certeza de aquello de lo que dan noticia sus sentidos, y a mayores, perciben «el mundo invisible en las cosas visibles» como señalaba el cardenal Newman.

En este cuidado, en esta atención precautoria, no debería movernos el miedo al castigo, sino el amor, el amor a Dios y el amor a nuestros hijos, a quienes debemos amar con un amor de verdad. Además, es de nuestro personal interés, ¿pues adónde podremos mirar para recuperar esa inocencia primera -esencial para salvarnos, según nos anunció Nuestro Señor-, si la desterramos de las almas de nuestros hijos? Porque lo cierto es que, como nos dice Wordsworth, ya la hemos perdido.

“Hubo un tiempo en que el prado, el bosque y los arroyos,
La tierra y cada paisaje corriente,
Me parecían
Ataviados de luz celestial,
Con la gloria y la frescura de un sueño.
No es ahora como fue antaño;
Vaya a donde vaya
De noche o de día
Las cosas que solía ver ya no soy capaz de verlas”

Una ardua historia, de John George Brown (1831-1913).

Es posible que la pérdida de la edad de la inocencia y del deber de la protección de la infancia no fuera debida a una decisión deliberada, pero su génesis se encuentra en una ansiada y deseada irresponsabilidad. Los grandes trastornos sociales de la década de 1960 y principios de 1970 –la llamada revolución sexual, la epidemia de drogas, el movimiento feminista, la ruptura de las familias por causa del divorcio y del abandono del matrimonio, la difusión del pensamiento psicoanalítico y la proliferación de unas incontroladas televisión y más tarde internet– trajeron consigo una nueva forma de atender a los niños, y esa nueva forma no fue otra que el darles trato de adultos. Los funestos resultados los estamos viviendo hoy.

Y en nuestro mundo moderno, una de las formas de perpetrar ese crimen filial es a través de la lectura. Hoy en día se ponen en manos de los niños y los jóvenes libros que se ufanan en abolir la inocencia. Esta literatura les da a beber sorbos de un brebaje que licúa su pureza. Títulos como Los juegos del hambre, Divergente, Por trece razones, El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial o George: Simplemente sé tú mismo, entre otros muchos, ponen ante sus ojos una sexualidad desacralizada y hedonista, el horror de lo macabro y lo morboso y el lado oscuro de la naturaleza humana, de forma cruda, y lo que es peor, a través de ejemplos vitales a imitar. Los héroes ya no son tales. Solo se presentan a los chicos personajes mediocres que acaso puedan dar cuenta de su fracaso, sumidos en una perplejidad que ni siquiera les sirve para cuestionar su existencia.   

Así que huyan de tales panfletos, porque...

"¿Qué coraza es más fuerte que un corazón sin mancha?"
(Enrique VI, Parte 2, III, ii).

Dejemos que los niños vuelvan a ser niños y que lo sean tanto como puedan serlo. 


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