jueves, 8 de agosto de 2019

APOLOGÍA DEL RELATO DETECTIVESCO




“Nuestro interés está en el borde peligroso de las cosas.
El ladrón honesto, el asesino tierno,
El ateo supersticioso.”

Robert Browning


“Haber descubierto un problema no es menos admirable (y es más fecundo) que haber descubierto una solución.” 

Thomas de Quincey



Volvemos al relato policial, al misterio detectivesco, a la intriga desconcertante, a aquellos relatos que atrapan y seducen la inteligencia. Y se trata de un regreso conveniente. El entrenamiento analítico y el adiestramiento y disciplina que exigen este tipo de lecturas son, sin duda, beneficiosos. A esto se une la idea de la persecución y el castigo a los malvados, que no viene nada mal en estos tiempos relativistas. Agatha Christie, en su Autobiografía (1978), reconoce estos valores intrínsecos: “Una novela de este tipo es el relato de una persecución, una historia con moraleja y, en definitiva, una narración que se atiene a las normas de la moral tradicional, con la derrota del mal y el triunfo del bien”. Críticos como D. Gabet (1986), ven que “la lectura de una novela policíaca de enigma acapara la inteligencia del lector, y puede resultar más activa, más atenta, más inteligente, y por tanto, más pedagógica que la de otras novelas”.

Aunque esta clase de literatura suele ser valorada más bien negativamente por los críticos y sabios de academia, hay notables excepciones, como los clásicos ensayos de Andrew Lang, R. L. Stevenson, G. K. Chesterton, W. H. Auden o Raymond Chandler, y también los dedicados al tema por Jorge Luis Borges, como el titulado Los laberintos policiales y Chesterton. 

Este tipo de lecturas reúne una serie de características que la convierten en una lectura especialmente recomendable para adolescentes y jóvenes, independientemente de su carácter de entretenimiento, y que paso a enumerar:
  1. Potencia la agilidad mental del lector, que tiene que retener datos, formular hipótesis, hacer asociaciones, deducciones, inferir, verificar…
  2. Fomenta la observación a la búsqueda de indicios.
  3. Ejercita la capacidad de análisis.
  4. Desarrolla la intuición.
  5. Es una literatura interactiva en la que el lector mediante un método de ensayo-error, trata de desentrañar el misterio.
  6. Plantea un desafío intelectual entre el autor y el lector, que mantiene el interés vivo por la lectura hasta culminar el libro.
  7. En las novelas policíacas clásicas siempre hay un triunfo del bien sobre el mal. El asesino no escapa impune.
En línea con lo que acabo de señalar, algunos amantes de género señalan otro aspecto interesante. Por ejemplo, Raymond Chandler en su famoso artículo, El simple arte de matar (1944), dice: “En todo lo que se puede llamar arte hay una cualidad de redención”. Y aunque aquí el autor americano habla de la figura del detective desengañado y maltrecho ––si bien hombre de honor––, presente en su obra y en la de su maestro Dashiell Hammett (una literatura policial dura), también hace referencia a que, con sus acciones, estos protagonistas tratan de redimirse. A ello se refiere más expresamente el poeta y crítico W. H. Auden, quien, sin embargo, insiste en que la redención exige sufrimiento y una conciencia de pecado y culpa por parte del protagonista, una experiencia que se encuentra, según él, en obras de arte como Crimen y Castigo de Dostoievski, pero no en la clásica y analítica historia policíaca (The guildy vicarage, 1948). 

Dentro de la enorme variedad de novelas de este tipo creo que las más convenientes para los adolescentes son las de la denominada Edad de Oro del género (el período entre los años 1920 y 1930), por su exquisitez, su brillantez y su blancura. El reconocido e influyente profesor Jacques Barzun, que no solo fue un crítico prestigioso sino un amante de  las historias de detectives, recomienda este tipo de relatos que se limitan al puro rompecabezas. Para él, el misterio convencional que se basaba en la deducción lógica, y en el que los personajes resolvían las tramas a partir de hechos observados, tenía una integridad intelectual y literaria que se perdía si los escritores intentaban vadear los turbios charcos de la psicología anormal o investigar la base psicológica de las acciones y personalidades de sus personajes. 

Dorothy L. Sayers (una de las damas británicas de esta edad dorada), justificó en cierta medida este punto de vista de Barzun, si bien por otras razones, en su ensayo Sobre Aristóteles y la ficción policíaca, publicado en 1946, tomando al gran filósofo como autoridad. Se trata de un argumento ya mencionado en este blog: los hombres necesitan historias. Así Sayers dice, siguiendo al estagirita, que uno puede encadenar una serie de discursos del más alto nivel en cuanto a dicción y pensamiento, pero sin producir el verdadero efecto dramático. Tendrá mucho más éxito con una historia que, por inferior que sea en estos aspectos, posea una trama. Lo esencial, el corazón de este tipo de novela policíaca, es la trama, y los personajes van en segundo lugar. No obstante, los libros de Sayers son de una cierta complejidad, con numerosas alusiones e interludios reflexivos, lo que puede hacerlas pesadas para mentes todavía poco entrenadas en la lectura. 

Por ello, antes de llegar Sayers y otros, mejor que nuestros hijos comiencen con el Auguste Dupin de Allan Poe y el Sherlock Holmes de Conan Doyle (Las historias de detectives y el buen pensar) o con la Srta. Marple, Poirot y el matrimonio de sabuesos de Tommy y Tuppence Beresford, de Agatha Christie. Tampoco deberán perderse los misterios desentrañados por el chestertoniano padre Brown o incluso las historias del detective aficionado Philip Trent de A. C. Bentley (amigo de Chesterton); las del caballero ladrón Arsenio Lupin de Maurice Leblanc y las del detective Ruoletabille de Gustave Leroux, o la maravillosa Piedra lunar de Wilkie Collins, descrita por  T. S. Eliot como “la primera, la más larga y la mejor” de las modernas novelas de detectives (que merecerá una entrada para ella sola). Tengan por seguro que el abanico para elegir es muy amplio y variado.

Dado que, como decía Chesterton, “las historias de detectives son solo un juego; y en ese juego el lector no lucha realmente con el criminal, sino con el autor, dejemos que los jóvenes lectores se entrenen y se fogueen con estas historias y practiquen la lógica y la observación contra tan fenomenales rivales. Les irá bien, seguro. Mis hijas se enfrentan en este momento con S.S. Van Dine (El caso del asesinato de Benson, 1926) y con Agatha Christie (Muerte en la Vicaría, 1930), y parece irles bien a juzgar por sus caras de concentración.

8 comentarios:

  1. Estimado Miguel

    Excelente recomendación.
    Mi tercera hija (especialmente, aunque también la mayor) y yo tenemos afición por las novelas de detectives. Alguna vez mi esposa se preocupó considerando si este tipo de lectura es conveniente para una niña relativamente pequeña (hoy tiene 11 pero lee estas historias desde los 9) por el tipo de hechos que tratan: robos, asesinatos, crímenes en general. A modo de respuesta, yo interrogué a mi hija preguntando si le causaban miedo o algo así esas historias. La respuesta fue NO, esas historias le gustan. Entonces ¿por qué le gustan? Y ahí surgieron algunos de los beneficios citados en el artículo: ayudan a pensar lógicamente, hay que atender a muchos detalles, etc. pero fundamentalmente... el detective busca la verdad y siempre triunfa el bien.

    Gracias

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  2. Admirado maestro:
    En totalísima coincidencia con lo que Ud. dice, me animo a proponer un modesto aporte, que entraña cierto misterio, valga la paradoja. En la tan mentada colección argentina "El Séptimo Círculo" aparecieron tres novelas de un autor católico inglés, Michael Burt, que son irresistibles: Los casos de "las trompetas celestiales", de "la joven alocada" y del "jesuita risueño". En la argentina se han reeditado siempre con éxito, y en Inglaterra han desaparecido. La única persona que conozco que tiene un original inglés, primera edición de "The case of the Angels' Trumpets" (1946), soy yo mismo, que después de increíbles búsquedas la encontré de casualidad en una mínima librería en Canterbury en el 2000. Y tengo otra pero fuera de la trilogía que amablemente me regaló años después Aidan Mackey, mediando el P. Gabriel Díaz. Es una injusticia que los católicos ingleses no puedan leerlas, y creo que gozarían de excelente recepción. En fin, lo invito a que se sume a la búsqueda y a conseguir que se editen. A Ud le van a encantar, por su inteligente ingenuidad y frescura. Le resultará más fácil encontrarlas en la edición argentina, imagino. Garn abrazo.

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  3. Recordemos también las seis novelas de Ronnie Knox, y el reglamento que escribió para el Detection Club, donde participa en la obra colectiva "El almirante flotante".

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    1. Gracias por el aporte y la deferencia de compartirlo, Anónimo normando. Y no me tilde de maestro, que no hago otra cosa que tratar de aprender. Por ejemplo, no tenía referencias del tal Michael Burt, pero me pongo en su busca. Lo ha puesto usted muy tentador y no quiero perdérmelo.

      Una de las cosas que lamento es no poder disfrutar de la lectura en castellano de los seis relatos de Ronald Knox (que yo sepa no hay traducción de sus incursiones en el país de los detectives). Según dice Waugh en su biografía “nadie le superaba en ingenio, ni era tan escrupuloso en el suministro de las pruebas, ni más lógico en el desenlace”, comentario que lo hace más deseable, si cabe.


      Un cordial saludo.

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  4. Prometo que es el último! Pero me acordé de un subgénero, que es el pastiche, o sea remedar o escribir "a la manera de" determinado autor- Y hay ejemplos muy logrados y graciosos. Un gran poeta argentino, Conrado Nalé Roxlo (hoy ausente en nuestras escuelas y universidades), en su "Antología Apócrifa" trae magníficos pastiches de Sherlock Holmes y del P.Brown. Y en el Séptimo Círculo hay una nola de Leo Bruce, "Un caso para tres detectives", donde se remeda a Peter Wimsey,a Poirot y al P.Brown.
    Por cierto que el efecto cómico requiere conocer a los originales. Pero resultan desopilantes.

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    1. Buenas noches Anónimo normando:

      Los pastiches son con las golosinas de las golosinas, las chuches de las chuches. Y el género policial es propicio a ellos. Hay bastantes ejemplos, sobre todo de Sherlock Holmes. No conocía los que usted cita ––y tomo nota––, pero al hilo de esta cuestión refiero un tema interesante: el de las historias (casos) incontados de Sherlock Holmes. En sus más de 56 cuentos y cuatro novelas, Sir Arthur Conan Doyle describe sesenta casos en detalle, pero hace mención a más de un centenar que solo son conocidos por breves referencias. Algunos escritores se han inspirado para escribir pastiches en estas referencias. Una de las más famosas de estas colecciones de “cuentos incontados” son “Las hazañas de Sherlock Holmes”, escritas al alimón por el hijo de Conan Doyle, Adrian y el famoso novelista de misterios John Dickson Carr, y que, por cierto, no están nada mal. Pero hay muchas otras…

      Un saludo cordial y gracias por participar. Espero que no sea la última vez.

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  5. Aquí en Argentina el P. Brown chestertoniano tuvo otro retoño a más del Padre Metri castellaniano: "don Frutos Gómez, el comisario", personaje creado por el maestro de escuela, escritor y periodista Bruno Velmiro Ayala Gauna.

    Al decir del crítico A. Faretta, "Don Frutos es un típico paisano litoraleño, "más astuto que inteligente", (...) que se enfrenta en ese lugar aislado de nuestra República con los casos criminales más enrevesados que puedan imaginarse".

    Pero quizá lo mejor sea que "El evidente, lógico y maravilloso influjo ejercido sobre Ayala Gauna es el Chesterton de la saga del Padre Brown. Al igual que este personaje, a don Frutos le interesa más el esclarecimiento del crimen por razones éticas que por razones funcionales. De allí el intencionado uso de la sátira social en cuentos como "La justicia de don Frutos", en el que, a la manera browniana, el comisario utiliza la excusa social de un caso de cleptomanía para ejercer, a su manera, la justicia en beneficio de los necesitados".

    El personaje, que hizo las delicias de nuestra infancia y preadolescencia, fue muy popular hasta hace unas décadas, al punto que llegó a filmarse una película, "Alto Paraná", fusionando varios de los cuentos:

    https://www.youtube.com/watch?v=ouL2Dr7awBM

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    1. Gracias por aportar datos tan interesantes. Esa mención a me recuerda a otro detective autóctono, muy español, muy manchego, y sin duda un precursor. Me refiero al policía pueblerino de García Pavón, Plinio. Y digo lo de pueblerino a mucha honra (yo mismo lo soy). En una entrevista al ABC decía al respecto García Pavón: «en Madrid, ser policía es una cosa científica y mecánica. Hay que empezar por averiguar quién es quién. En el pueblo ser policía es ejercicio humanísimo, porque hay que rebuscar aquel rincón último de los que conocemos. Los pueblos son libros. Las ciudades, periódicos mentirosos». En ese sentido Plinio es un detective al estilo de la Srta. Marple y el padre Brown, en el que “el pálpito” que nace de un conocimiento de la naturaleza humana juega una papel primordial.

      Un saludo afectuoso.

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