lunes, 23 de marzo de 2020

JANE EYRE: EL ORDEN DEL CORAZÓN

Jane Eyre, obra de Sigismund de Ivanowski (1875-1944).





«Jane Eyre es quizá el libro más verdadero que jamás se haya escrito».

G. K. Chesterton



Jane Eyre (1847) es la novela más famosa que escribió Charlotte Brontë y relata, en primera persona, la vida de una pobre huérfana ––Jane Eyre––, quien, tras una dura vida guiada por el valor y la integridad, es finalmente premiada con un matrimonio con la persona a quien ama ––el Sr. Rochester––. 

Si bien tradicionalmente la historia suele calificarse como un romance trágico cargado de misterio y con final feliz, también puede verse, como alguien ha señalado, como un collage de cuentos de hadas superpuestos por la autora, para así llevarnos mejor a lo largo de lo que es el peregrinaje de una niña desde su orfandad hasta un feliz matrimonio por amor. De hecho, el Sr. Rochester comenta al ver a la protagonista:
––«No me extraña que parezca venir de otro mundo. [...] Cuando la vi [...] la pasada noche me hizo pensar en los cuentos de hadas».
Al comienzo de la novela, en Gateshead, el hogar de los Reed donde la huérfana Jane es acogida por su tía política, Jane nos es presentada como una joven cenicienta, empleada como «criada, para limpiar las habitaciones, desempolvar las sillas», que es sometida diariamente a reproches, y perseguida hermanastros desagradables (representados por su primo de catorce años, John Reed) y por una “madrastra” que le tiene una «aversión insuperable y arraigada». Sin embrago, Jane no actúa como la dócil y dulce cenicienta de Perrault o los hermanos Grimm, sino que muestra una rebeldía notable. Pero la de Jane no una rebeldía caprichosa o sin causa, sino que su insumisión se dirige contra lo que ella reconoce como injusticia e hipocresía. En particular, insiste en el valor de la verdad ante quienes la tachan de fingidora y mentirosa. Esta estancia en la casa de los Reed y más tarde en la escuela Lowood es la propia de un huérfano, llena de sufrimiento y desesperanza, dificultades y penurias físicas y emocionales. 

Cuando más tarde, siendo ya institutriz, encuentra al Sr. Rochester en su mansión de Thornfield Hall, Jane se coloca en una posición similar a la Bella del cuento de Madame Leprince de Beaumont, junto a un hombre en apariencia hosco que se describe como «metamorfoseado en león» (la bestia) y que habita en una casa con «un pasillo del castillo de Barba Azul». Esto último nos lleva tras las huellas de otro cuento de hadas, pues Thornfield Hall contiene una apartada cámara prohibida (donde el Sr. Rochester mantiene oculta a su enajenada esposa), perfectamente reconocible para los lectores del Barba Azul de Charles Perrault. El misterio característico de las novelas góticas de la época se engarza aquí con el relato fantástico de las hadas. 

Por último, los finales felices de las historias de hadas se hacen presentes en la novela, que no es sino un romance apasionado y romántico: «Por un momento estoy más allá de mi propio dominio. ¿Qué significa esto? No pensé que debía temblar de esta manera cuando lo viera, ni perder mi voz o el poder del movimiento en su presencia», dice Jane ante la presencia de su amado. Aún así, como toda buena historia, la novela tiene una inflexión dramática cuando la boda entre los protagonistas deviene imposible. Jane huye de lo que sería un amor ilícito. Porque el amor verdadero es tan intransigente como generoso; exige «hasta que la muerte nos separe», pero promete a cambio toda la eternidad. Y Jane lo sabe y con su gesto dignifica el matrimonio y dignifica el amor. Y así, esta íntegra renuncia termina siendo recompensada. La providencia interviene y la bonanza y felicidad de la sufriente y virtuosa Jane se recompone cuando encuentra de forma inesperada a unos parientes junto a los que mejora de fortuna... para acabar reuniéndose con su amado Rochester en otra misteriosa acción providencial, tras escuchar entre los páramos un misterioso llamado de su amor que la hace acudir a Thornfield Hall, donde ambos acaban finalmente contrayendo matrimonio, pues la esposa enferma de Rochester ha fallecido.

Ilustraciones de la novela de Edmund Dulac (1882-1953) y de Mary Vermuyden Wheelhouse (1868-1947).

Sin embargo, Chesterton es de otra opinión. Para él, «La historia de Jane Eyre es tan monstruosa que no puede ser confundida con (...) un cuento de hadas. Los personajes no hacen lo que deberían hacer, ni lo que podrían hacer, ni tan siquiera ––nos es lícito decir, en vista de lo demencial del mundo que los rodea–– lo que quieren hacer». No obstante, no vayan a creer que no admiraba la obra, en el mismo ensayo dice: 
«Jane Eyre es quizá el libro más verdadero que jamás se haya escrito. Su esencial fidelidad a la vida nos permite respirar. No fidelidad a las apariencias, que son siempre falsas, ni a los hechos, que casi siempre son falsos, sino fidelidad a lo único verdadero, al mínimo irreductible, al germen indestructible: la emoción (…) La grande y perdurable verdad que la obra de Brontë representa es una verdad importantísima que tiene que ver con el eterno espíritu juvenil: (…) el goce de la esperanza, el goce de una ignorancia radiante y apasionada (…) La discreta y mal vestida institutriz de Charlotte Brontë, con sus miras estrechas y sus creencias estrechas, sabe más de las pavorosas y elementales fuerzas del universo que mil rebeldes poetas menores. Ella contempla el mundo con verdadera sencillez y, en consecuencia, con auténtico miedo y con auténtica fruición».
Por otro lado, hay dos circunstancias que no deben ser olvidadas a la hora de acercarse a esta obra: Jane Eyre, en cierto modo, trata sobre la infancia, aunque no es una historia para niñas. En una de las primeras historias escolares de la época, Un mundo de niñas (1886) de Meade, la novela Jane Eyre se destaca como un libro que las niñas tenían prohibido leer. No obstante, la adolescencia es un buen momento para su primera lectura (mi hija mayor lo encontró maravilloso).

En segundo lugar, no podemos obviar el olvidado subtitulo de la novela: Una autobiografía. Como decía Virginia Wolf, en esta novela «la escritora nos lleva de la mano, nos fuerza a ir por su camino, nos hace ver lo que ella ve, nunca nos abandona ni un momento ni permite que la olvidemos”. Y es que la novela es una autobiografía, sí, pero la de su autora, pues como acertadamente señala Harold Bloom «es, por mucho, un autorretrato de Charlotte Brontë; podría pensarse que el libro es “El retrato de una artista adolescente”».

Autobiografía novelada o no, lo cierto es que sus dos personajes principales son inolvidables. El señor Rochester, «es reflexivo por naturaleza y tiene un corazón sensible; (…) La experiencia le enseña graves lecciones, y tiene la sabiduría de aprender de ellas. Los años lo mejoran; pasada la efervescencia de la juventud, lo mejor de él permanece. Su naturaleza es la de un vino de buena cosecha, que no se agria con el tiempo, sino que se suaviza. Al menos así era el personaje que yo quería retratar», nos dice la autora en una de sus cartas. 

Ilustraciones de  Mary Vermuyden Wheelhouse (1868-1947) y de Charles Edmund Brock (1870-1938).
La protagonista, Jane, es caracteriza acertadamente por el mismo Rochester como indomable; lo que él no sospecha (y al final de la historia se le revela), es que el objeto de esa indómita voluntad es él mismo. Quizá lo mejor que puede decirse de ella (además de sus muchas cualidades, de las que hablaré a continuación), es lo que dijo en su día una crítica contemporánea: «Jane es una mujer, no un personaje».

Y tras lo dicho, ¿por qué creo que Jane Eyre debería ser leída por los jóvenes y adolescentes? No solo es una gran novela, un clásico de la literatura que como tal debería ser leído; no se trata solo de una apasionante historia de amor, atravesada de retazos de misterio gótico, lo que ya de por sí la haría lo suficientemente interesante para ser devorada con fruición, sino que, además, nos presenta una heroína ejemplar, poseedora de un sentido de integridad y de un coraje moral que la acompaña a lo largo de toda la novela, que son dignos de admirar.  

Jane pone las cosas en su orden: a la bondad y a la corrección en primer lugar sobre todo lo demás ––por mucha renuncia, sufrimiento o privación que pueda suponer–– y esto al final dará sus frutos. En su enérgica defensa de la verdad y la integridad no se verá afectada por las privaciones y humillaciones sufridas en su infancia y adolescencia; en su apasionado amor por el sr. Rochester no se dejará cegar por la pasión, lo que la lleva a renunciar él cuándo no parece posible el matrimonio; su sentido de la integridad y de conciencia la conduce a rechazar también la oferta de matrimonio del clérigo St. John, porque, como dice Mitchell Kalpakgian «Jane se niega a conformarse con imitaciones de amor, ya sea en forma de pasión desenfrenada o de abnegación antinatural». Jane le da al amor y al matrimonio donde aquel crecerá, el valor y dignidad que merecen, porque sabe que el amor es sobre todo renuncia y dación de sí. Y de esta manera, esa vida dura y llena de privaciones la lleva finalmente a la felicidad. 

En suma, la vida de Jane Eyre da testimonio de las palabras de Cristo: «Buscad, pues, primero el reino de Dios y su Justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Lucas 12:31 y Mateo 6:33). Y Charlotte Brontë apuntaba a ello. Al parecer la autora afirmó en una ocasión: “Confío en que Dios me quitará cualquier poder de invención o expresión que pudiera tener, antes de que quede ciega ante el sentido de lo que es apropiado o inadecuado decir»; creo que, al escribir Jane Eyre, Charlotte Brontë mantenía ese discernimiento intacto.

Y un apunte más: sepan ustedes que cerrado el libro el encanto continúa. Sus hijos se lo confirmarán.


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