MÁS FANTASMAS

«La casa encantada». Obra de John Atkinson Grimshaw  (1836-1893).



«Es maravilloso que hayan transcurrido cinco mil años desde la creación del mundo y que todavía no se haya decidido si el espíritu de una persona puede aparecerse o no después de la muerte. Todo argumento está en contra, pero toda fe está a favor».

Dr. Samuel Johnson


«Sería una incongruidad suma en la Divina Providencia permitir que aquellos espíritus, dejando sus propias estancias, viniesen acá sólo a enredar, y a inducir en los hombres terrores inútiles».

Padre Feijoo.



Como complemento a la última entrada hoy les traigo un menú variado en relatos y poemas: comenzaré con una historia de fantasmas demoníacos, a la que seguirá otra en la que se parodian, con un fino humor, este tipo de relatos; me trasladaré luego al lejano Japón para recomendarles un antólogo occidental de fantasmagóricos relatos orientales, seguiré de cerca las andanzas de ciertos cuentistas hispanos, especialmente algunos de mi Galicia natal, y terminaré con unas cuantas historias de espectros, allá hacia el Oeste, pero no por ello menos estremecedoras que las demás. Sé que será sin duda decepcionante ya que se han escrito tantas y tan emocionantes historias sobre fantasmas que cualquier selección puede ser acusada con fundamento de incompleta y parcial. Tómenlo pues como una pequeña muestra.  


OTRA VUELTA DE TUERCA (1898), de Henry James

Distintas ediciones de la novela.

Presento a ustedes este magnifico relato como ejemplo de aquellos en los que se muestra a los fantasmas como seres malignos y diabólicos, teniendo muy presenta aquello que decía el de Aquino: «el contacto real [con los espíritus de los muertos] sólo puede venir de la Divina providencia», y lo que así no viene, «procede del Maligno».

Este relato de Henry James, magistral y asfixiante, de una perfección estremecedora, es, al mismo tiempo, de una ambigüedad desconcertante. Precisamente, esa ambigüedad con que el autor trata y desarrolla la historia ha hecho posible un maremágnum de lecturas. Todas ellas pueden reunirse en dos grandes grupos: el de los aparicionistas y el de los no aparicionistas, según defiendan o no la existencia de personajes fantasmales en el relato (durante muchos años el título fue traducido en España como Los fantasmas del castillo). Esta ambigüedad radica en el hecho de que la única voz narradora es la de la institutriz, siendo ella la única que parece ver a los espectros, lo que la convierte en un narrador poco fiable o sospechoso: ¿se trata de una perturbada o realmente ve fantasmas? 

Dentro de los del primer grupo me interesa resaltar aquellas lecturas que más se acercan a mis creencias. El mejor ejemplo es el sugerente ensayo que sobre el libro escribió en el año 1948  Robert N. Heilman, titulado La vuelta de tuerca como poema, y que constituye el argumento más famoso a favor de la posición aparicionista, en el que el crítico  norteamericano acredita la existencia en la breve novela de ciertos elementos cristianos.

Heilman dice que «en el nivel de la acción, la historia significa exactamente lo que dice», alejándose de lecturas psicológicas y psicoanalíticas; es decir, que las suposiciones de la institutriz sobre la maldad de los sirvientes muertos (la anterior preceptora, la señorita Jessel, y Peter Quint, el criado y ayuda de cámara), la corrupción de los niños, y el regreso en espíritu de primeros, deben ser aceptados al pie de la letra. La trama transmite «el más antiguo de los temas: la lucha del mal por poseer el alma humana». Heilam califica de poema dramático el relato a causa de su lenguaje sugerente y simbólico. Un simbolismo que apunta a una realidad sobrenatural. Según el crítico, los fantasmas son el mal que sutilmente trata de apoderarse de los niños, la institutriz es la guardiana cuya función es detectar e intentar alejar ese mal, y los niños son las víctimas a corromper. Heilman detecta también en el lenguaje de la historia inconfundibles «ecos del Jardín del Edén» y de la tentación que allí tuvo lugar. 

A la institutriz/narradora se le atribuye en la historia la cualidad de salvadora, no solo en un sentido general, sino a través de ciertas asociaciones cristianas. Ella usa palabras como «expiación»; habla de sí misma como una «víctima expiatoria», de su «puro sufrimiento» y de su «tormento». Y muy al comienzo planea «salvar» a los niños, para luego hablar de «proteger y defender a las pequeñas criaturas».

Estos últimos son presentados como muestra de la fragilidad del primer hombre, susceptible de ser herido por el pecado original, como criatura corruptible que puede convertirse en esclavo en el reino del mal. Así Heilman destaca la descripción que de los niños hace la preceptora: «el pecado original… encaja exactamente en la maquinaria de esta historia de dos hermosos niños que en una hermosa primavera de existencia ya sufren, no de mala gana, heridas ocultas que eventualmente los destruirán».

Por último, los espectros de los sirvientes son espíritus diabólicos, aparecidos para tentar a los vivos y llevarlos a la perdición total, a fin de terminar la labor de corrupción iniciada en vida.

Todo ello en un relato que no muestra expresamente ningún rasgo religioso, ni en el lenguaje, ni en los giros de la trama, ni en el escenario donde transcurre el drama. Pero Heilman defiende su caso muy competentemente, tanto que, tras su ensayo, resulta imposible ignorar los elementos religiosos que se encuentran, ya indiscutiblemente, en la historia. Y así, en Otra vuelta de tuerca, el sabor cristiano se deja degustar por entre cada página, entreveradas todas ellas de imágenes y símbolos de un poder evocador indudable, aunque solo accesible para aquel educado en la fe cristiana, como ocurría con la mayoría de los lectores contemporáneos de James.

No obstante, el propio James pareció librar lastre respecto al carácter trascendente y profundo de la obra cuando la describió como «pieza de ingenio puro y duro, de frío cálculo artístico, un divertimento para atrapar a los que no son fáciles de atrapar». Creo que tras leerla uno no tiene esa sensación de divertimento intrascendente, aunque es verdad que uno queda realmente atrapado. Y es que la ambigüedad que atraviesa la historia como un puñal de principio a fin no le deja a uno tranquilo. 

Porque, no solo es ambigua la presencia o no de fantasmas en el relato, sino que todo, todo en la historia es ambiguo. Ambigua es la narradora/institutriz, pues no se sabe a ciencia cierta si es fiable o no, si está sujeta a algún trastorno mental de carácter obsesivo o si está perfectamente cuerda. Ambiguos son los niños, excesivamente adultos en sus maneras y decires y en su carácter moral o inmoral, y ambigua es la relación que les unía a los fallecidos, Jessel ––la primera institutriz–– y Quint ––el ayuda de cámara––, al igual que la que unía a estos entre sí. De igual manera es ambigua la proyectada influencia espiritual maligna de los espectros de estos últimos sobre los niños, que intuye y colige con sus visiones la narradora. Y como colofón, ambiguo es el final, pues si bien parece que los desvelos por la niña Flora parecen dar sus frutos liberándola finalmente de la nefasta influencia de la difunta institutriz (¿o quizá, no?), no parece pasar lo mismo con el niño, Miles, que muere y, sobre todo, que en el momento de la muerte parece renegar del bien y abrazar el mal del que pretendía librarlo la narradora, en una muerte que puede ser tomada literalmente o como una metáfora de la muerte prematura de la infancia y la inocencia (¿o quizá tampoco?).

Y así, el relato es de un pesimismo atroz y su final nada esperanzador. James no era católico, ni tan siquiera cristiano, aunque ciertamente tenía una profunda sensibilidad espiritual, nacida de una educación familiar imbuida por las pulsiones swedenborgianas de su padre mezcladas con lecturas de la Biblia y trazos de un anglicanismo residual. De esa mezcolanza espiritual y de su frecuentación de Swedenborg sacó James una cierta amargura existencial que impregna, como una atmosfera asfixiante, todo el relato, y que culmina en un aparente triunfo del mal. Quizá la lección de la novela ––aunque quizá no constituya un mensaje del propio James–– sea que en esa batalla, la que todo hombre libra cada día frente al Maligno y contra las pulsiones corruptas de sí mismo, no se puede vencer con el solo auxilio de las propias fuerzas. Es más, a veces confiar solo en la voluntad puede llevar a graves desvaríos  contrarios a la recta intención inicial  Quizá ocurra aquí, en esta novela, en la vuelta de tuerca que sobre la naturaleza de los niños pretende llevar a cabo la institutriz para salvarlos. Me recuerdan a los versos de T. S. Eliot:

«De cosas mal hechas y hechas para daño de otros

 Que una vez consideraste ejercicio de virtud».

Hace falta un Salvador y Este, ciertamente, no está en el relato, por lo que su final no deja de ser el esperado.


EL FANTASMA DE CANTERVILLE (1889), de Oscar Wilde

Dos de las numerosas ediciones del relato.

Cuando el señor Hiram B. Otis decide comprar Canterville Chase, todo el mundo trata de disuadirle advirtiéndole de que la casa está embrujada por un fantasma. Así comienza El fantasma de Canterville, el atípico cuento de fantasmas de Oscar Wilde. Entre sus dos volúmenes de cuentos de hadas (de los que he tratado aquí), Wilde publicó esta historia, un cuento de espectros frecuentemente antalogado que sitúa a una rica familia estadounidense en una finca inglesa embrujada. Con un tono desenfadado, el relato elude los terrores clásicos de la tradicional historia de fantasmas para satirizar el maltrato de los sirvientes, a las mujeres que gozan de una mala salud crónica, a las conversiones religiosas en el lecho de muerte y a las ideas erróneas que los ingleses mantienen sobre la vida y las actitudes estadounidenses. Wilde sigue las estrategias habituales de la narración gótica: el ama de llaves vestida de negro, las manchas de sangre en el suelo del salón, los paneles deslizantes de la escalera y la obligada noche de tormenta antes de la aparición del fantasma. Un espectro este bastante patético, que gime y que desprende un aura verdosa, lo cual no le impide despertar la compasión de la inocente Virginia, que finalmente se convierte en su amiga y poderosa causa de su redención final.


KWAIDAN Y OTRAS LEYENDAS Y CUENTOS FANTÁSTICOS DE JAPÓN, de Lafcadio Hearn


En el Japón, al igual que en cualquier otro lugar, se conocen desde siempre historias sobre fantasmas; de hecho este tipo de historias tiene un nombre propio: kwaidan. Un curioso personaje, Lafcadio Hearn, entre periodista, sociólogo y poeta, fue uno de los primeros que las trajo hasta nosotros. Hearn se instaló en la tierra del sol naciente a principios del siglo XX, cambió su nombre, se casó con la hija de un samurái, ejerció como profesor en una de sus universidades, y no volvió jamás a salir del archipiélago. A cambio nos dejó un buen numero de escritos en los que nos muestra un Japón tradicional, romántico y cuasi medieval; entre estos escritos encontramos un buen puñado de historias de fantasmas, de kwaidans, contadas en un estilo sencillo y directo. Según Lovecraft, en sus escritos «cristalizarán con incomparable habilidad y delicadeza las espeluznantes tradiciones y las leyendas que se susurran en aquella nación tan pintoresca». 

Sus hijos de 15 años en adelante pueden disfrutar de su lectura en la edición que bajo el título, Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón, ha realizado la editorial Valdemar en su colección gótica, y en la que recoge un a selección de relatos de entre las principales obras de esta temática del autor, como son En el Japón fantasmal (1899), Sombras (1900), Miscelánea japonesa (1901), Kotto (1902) y Kwaidan (1903).  


ALGUNOS FANTASMAS LOCALES

Portadas de los libros de Bécquer y Valle-Inclán.

En nuestra patria chica encontramos algunas historias de fantasmas y espectros, pero, como ya he comentado, en menor medida que en otros lares. Me referiré aquí a alguno de aquellos cuentos que más huella me han causado y que a su vez más han gustado a mi hija mayor. Me refiero a El monte de las ánimas (1861), una de las leyendas narradas por Gustavo Adolfo Bécquer y a los relatos contenidos en un libro de Ramón María de Valle Inclán que me dejó huella, Jardín umbrío (1928), de los que destaco dos como propiamente de fantasmas, Del misterio y El miedo, al que pertenece este párrafo:

«Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas». 

Otros dos autores interesantes y más próximos a nosotros son Ánxel Fole y Rafael Dieste, los dos también gallegos. Fole transitó por este mundo de aparecidos, ánimas y santas compañas durante toda su vida y dedicó al tema varios de sus libros de relatos entre los que destaca De cómo me encontré con el demonio en Vigo (1997, selección de cuentos extraídos de sus libros de relatos, A lus do candil 1953,  Terra brava 1955, Contos da Néboa, 1973 e Historias que ninguén cre, 1981). Dieste, por su parte, tiene un libro de relatos fabuloso titulado De los archivos del trasgo (Dos arquivos do trasno, 1926). 

Portadas de los libros comentados.

Uno de los relatos de este último libro contiene esa atmósfera espectral cuya consecución hace que el relator no se vea obligado a mostrar nada más para aterrar, me refiero a La luz en silencio, del que extraigo el siguiente párrafo:

«Recogí las notas, tiré la cerilla y me dirigí hacia la sala por el pasillo.

¿Quién estaba allí ahora?

No vi a nadie. No vi más que el resplandor de la vela llenando el hueco de la puerta. Pero aquel resplandor “no podía estar solo". ¿Comprendéis? Aquella luz roja, inquieta, enmarcada en la puerta, me daba, no sé por qué, la extraña seguridad de que dentro había alguien, absorto en pensamientos de lógica inaccesible. Quizá al sentirme entrar levantase la cabeza para dirigirme esa mirada perpleja con la que son acogidos los intrusos. Porque aquel resplandor “ya no era mío". Era “suyo”».

POE Y OTROS

«Ligeia» ilustrada por Wilfried Sätty (1939-1982) y «Los oyentes» por Donald MaCleod (1956-2018).

Hay muchas más cosas, por supuesto. Edgar Allan Poe es una apuesta segura, pero realmente no escribió tantos cuentos de fantasmas como pudiera pensarse. Quizá cuatro o cinco, que, entre dudas, paso a enumerar: Morella (1835), Ligeia (1838), La máscara de la muerte roja (1842), y El retrato oval (1842). También un par de poemas, inmensos, eso sí, como son el romántico Anabel Lee (1849) y el tenebroso El cuervo (1845). En este último puede leerse: 

«A partir de una triste medianoche, mientras meditaba, débil y cansado,

sobre muchos volúmenes pintorescos y curiosos de tradiciones olvidadas.

Mientras asentía con la cabeza, casi durmiendo, de repente se escuchó un ruido,

como si alguien golpeara suavemente la puerta de mi habitación .

“Es un visitante", murmuré, “llamando a la puerta de mi cuarto.

Sólo esto y nada más".

Ah, recuerdo claramente que fue en el sombrío diciembre;

Y cada brasa moribunda por separado forjó su propio fantasma sobre el suelo». 

Hay un compatriota suyo, hoy olvidado, que escribió un cuento de fantasmas memorable a decir del propio Poe. Me refiero a William Gilmore Simms y a su relato, titulado, Grayling, or Murder Will Out (1845). Poe escribió al respecto: «es realmente una historia admirable, noblemente concebida y hábilmente llevada a la ejecución: la mejor historia de fantasmas jamás escrita por un estadounidense». El relato cuenta la historia de un grupo de viajeros. Durante el viaje se produce el asesinato de uno de ellos, el mayor Spencer. Dicho crimen es perpetrado por un misterioso personaje que une a la comitiva y que responde al nombre de Mr. Macnab. Tras la muerte de Spencer, el joven Grayling, de catorce años de edad, recibe la visita de su espectro para incitarle a ir en la búsqueda de su asesino. La historia es subyugante, aunque es cierto que los fragmentos narrativos más cruciales de la historia ocurren realmente después de que la trama fantasmal se desvanece. Que yo sepa no está traducido al español. A ver si alguien se anima, porque el cuento lo merece.  

Otro poema a recordar, inquietante y suave como un céfiro otoñal, es Los oyentes (1912), del también inquietante y enigmático Walter de la Mare, quien decía que él creía y no creía en fantasmas, y que la credulidad espectral estaba firmemente arraigada en la mente humana. ¿Quién es el fantasma del poema? ¿El viajero que se ve obligado a volver, una y otra vez, a golpear la puerta para «cumplir su palabra»? ¿O quizá los oyentes? Podría ser, según de la Mare estos serían «emanaciones de los que no están totalmente vivos», o posiblemente también «nosotros mismos. La faceta más oscura y solitaria de nuestra alma. Para decirlo más directamente, la esencia de la atención. Los oídos entre las hojas, los oídos entre las peñas. Los oídos situados en lo profundo de nuestro ser, los que escuchan todo lo que decimos».  Quién lo sabe, aunque al leerlo seguramente les ocurra lo que a T. S. Eliot: que terminen enfrentados a «un misterio inexplicable». Así que les dejo a solas con el poema:

«¿No hay nadie ahí?”, gritó el Viajero, golpeando

La puerta iluminada por el claro de luna;

Mordisqueaba el caballo, en el silencio, el pasto

De la tierra del bosque recubierta de helechos;

Y un pájaro de pronto voló desde la torre

Por sobre la cabeza del Viajero… De nuevo,

Una segunda vez, golpeó a la puerta. “¿Hay alguien

Ahí?”, dijo. Mas nadie descendió hasta el Viajero;

No se asomó ninguna cabeza, entre el follaje

Que enmarcaba el alféizar, a ver sus ojos grises.

Se quedó en el umbral, inmóvil y perplejo.

Sólo una hueste, entonces, de oyentes espectrales

Que moraba en la casa solitaria del bosque

Permaneció escuchando en la quietud lunar

A esa voz que llegaba del mundo de los hombres;

Y al oírla apretaban los pálidos destellos

De la luna en la oscura escalera que baja

Al desierto vestíbulo, absortos en el aire

Trémulo y conmovido por la voz del Viajero

Solitario. En su pecho él sintió su extrañeza,

La quietud de esos seres que a su ronco llamado

Respondía. El caballo se movía, paciendo

En la hierba sombría, debajo del gran cielo

Entretejido de hojas y de estrellas calladas.

Por eso repentinamente batió la puerta

Con más potencia aún, y alzando la cabeza

Entonces exclamó: “Decidles que he venido

Y nadie respondió; que cumplí mi palabra.”

Ni un leve movimiento hicieron los oyentes,

Aunque cada palabra que el hombre pronunciaba

Resonaba por ecos a través de las sombras

De la casa en silencio, largos ecos del solo

Hombre que en esa noche aún quedaba despierto:

Ellos oyeron, ¡ay!, su pie sobre el estribo

Y el restallar del hierro por la senda de piedra,

Y cómo renacía suavemente el silencio

Cuando el ruido de cascos se extinguía en la hierba».


Comentarios