EL SOBRENATURALISMO PERDIDO Y LOS BUENOS Y GRANDES LIBROS

«Misa de la fundación de la Orden de los Trinitarios». Obra de Juan Carrero de Miranda (1614-1685).




«Estamos entonces en un mundo de espíritus tanto como en un mundo de sentidos, y mantenemos comunión con él y participamos en él, aunque no somos conscientes de hacerlo».


Cardenal John Henry Newman. Homilía, El mundo invisible.





Hay un sobrenaturalismo intuitivo propio de la naturaleza humana que hoy ha dejado de formar parte del sentir del hombre común. Hace no tanto tiempo, una conciencia de lo sobrenatural era albergada por los corazones de casi todos los hombres, incluidos los de pensadores y filósofos, y pongo mi atención en los platónicos, neo platónicos, aristotélicos y medievales, más que ningún otro. Y es que incluso en el mundo pagano pre-medieval se daba este estado del alma. 

Hoy, sin embargo, lo natural ha absorbido a lo sobrenatural. Como dice el filósofo aristotélico-tomista, Edward Feser:

«Los secularistas modernos corren sin duda un peligro espiritual más grave que los antiguos paganos, quienes, a pesar de todos sus defectos, al menos podían ver que la existencia de Dios era demostrable y comprendían las líneas generales de la ley natural. 

El secularista moderno, o al menos el secularista moderno educado, necesita ser elevado al nivel del antiguo pagano antes de que sea probable que se tome en serio la revelación cristiana. Necesita una comprensión renovada de la naturaleza sobre la cual actúa la gracia, ya que, además, la fe, la revelación y lo sobrenatural parecen para muchos flotar falsamente en el aire, sin fundamento en la razón o la realidad. Necesita, por tanto, teología natural y ley natural. Una teología natural y ley natural basada en las verdades que incluso los paganos conocían, tal como se articulan y defienden dentro del escolasticismo, dentro del tomismo. Y las necesita ahora más que nunca».

Otro pensador contemporáneo, el doctor Bruce Charlton, incide en esta cuestión, cuando escribe:

«El cristianismo supone un salto mucho mayor desde la modernidad secular que desde el paganismo. El cristianismo parecía una culminación del paganismo: uno o dos pasos más en la misma dirección y construyendo sobre lo que ya estaba allí: las almas y su supervivencia más allá de la muerte, la naturaleza intrínseca del pecado, las actividades de poderes invisibles, etc. Con los modernos no hay nada sobre lo que construir, excepto quizás los recuerdos de la infancia o realidades alternativas vislumbradas a través del arte y la literatura».

Pero esto no es algo nuevo, sino que ha venido fraguándose desde hace mucho. C. S. Lewis lo vio en su día, cuando escribió: «Un pagano (...) es un hombre eminentemente convertible al cristianismo (...). Los cristianos y los paganos tienen mucho más en común entre ellos que con cualquiera de los postcristianos (...). Un postcristiano no es en absoluto un pagano, sería como creer que una mujer recupera su virginidad gracias a que se divorcia. El postcristianismo queda separado del pasado cristiano y, por lo tanto, doblemente separado del pasado pagano». De hecho Lewis sostenía que para que un hombre de eses tipo se interesase por el cristianismo, casi habría que partir por volverlo un pagano. 

Lo mismo pensaba Chesterton cuando escribió:

«El paganismo puede compararse con esa luz difusa que brilla en un paisaje cuando el sol está detrás de una nube. Así, cuando el verdadero centro del culto es, por alguna razón, invisible o vago, siempre ha quedado para la humanidad sana una especie de resplandor de gratitud o de maravilla o de temor místico, aunque solo se refleje en los objetos ordinarios o en las fuerzas naturales o en las tradiciones humanas. Era la gloria de los grandes paganos, en los históricos días del paganismo, que las cosas naturales tenían una especie de halo proyectado de lo sobrenatural. Y quien vertía vino sobre el altar, o esparcía polvo sobre la tumba, nunca dudaba de que trataba de algún modo con algo divino».

Y si bien los cristianos de hoy día no somos modernos paganos, inevitablemente estamos contaminados de este mundo postcristiano (y los niños probablemente más), y sufrimos de la misma manera esta enfermedad espiritual. La relajación litúrgica y el menoscabo de lo sagrado, no únicamente en el fondo de lo enseñado y trasmitido, si no igualmente en las formas, es una muestra, y quizá la más hiriente y cruel por su importancia, tan banalizada de un tiempo a esta parte. 

Y así, ese sobrenaturalismo intuitivo del que hablo se ha ido, probablemente porque la mayoría de las personas nunca se alejan de un entorno seguro, predecible, próspero y cómodo. Es, por lo tanto, más un problema psicológico que filosófico o teológico. Pero este aspecto anímico arrastra a los otros dos por una pendiente resbaladiza.

Por ello, en esta situación en la que estamos, incluso los mejores argumentos teológicos no servirán de mucho si no resuenan en las entrañas de las personas. De esta forma, dado que la gente no es tan espontáneamente religiosa como antes, es poco probable que de la apologética o de la predicación resulten muchas conversiones. Es necesario alejarnos de este modus vivendi que nos adormece espiritualmente. 

Hay aquí dos cuestiones claves en este despertar: primero, el rescate del conocimiento de la ley natural y de aquello que podemos descubrir a través de la razón, y de la trascendencia para el hombre de este conocimiento (los preambula fidei de santo Tomás), y segundo, la renovación de nuestra capacidad natural para apreciar lo sobrenatural, para ser conscientes de nuevo de la existencia de un mundo espiritual, invisible, paralelo al natural que habitamos, y de su trascendencia, más allá de la muerte física, tal como describe, maravillosamente, el cardenal Newman en la homilía con una de cuyas frases se inicia este artículo, y que es de lo que propiamente les hablo hoy.  

Y aunque no se trata de que nos volvamos paganos para regresar a la Verdad, como sugería Lewis, seguramente tenemos mucho que aprender de aquellos que, a pesar de no ser cristianos, experimentaron la expectativa o el asombro antiguo de creer en algo –o incluso en alguien– por encima del hombre y su destino. En este sentido, intuyo que los grandes santos de la patrística estarían hoy más de acuerdo que entonces sobre la idea de que algo bueno (en el sentido de ayudar a redescubrir lo sobrenatural) podemos encontrar en los clásicos de la antigüedad. 

Todo esto me recuerda una distinción de C. S. Lewis, exquisita, como muchas de la suyas, que aparece esbozada en un ensayo sobre las novelas de su amigo Charles Williams. 

Allí señala que hay un tipo de literatura que mezcla lo probable y lo maravilloso, en dos niveles literarios, el realista y el fantástico, y que muchas veces no es ni compartida ni comprendida. Su punto de partida es una mera suposición que, por lo tanto, en modo alguno puede asimilarse a una alegoría, y así nos dice: «Supongamos que encuentro un país habitado por enanos; supongamos que dos hombres pudieran intercambiar sus cuerpos. Nada menos que eso se nos exige, pero tampoco nada más». Pues bien, ante ese tipo de fábula, Lewis reflexiona sobre su posible finalidad, encontrándole cierta utilidad. «Esta suposición», nos dice, «es un experimento ideal: un experimento hecho con ideas porque no puedes hacerlo de otra manera. Y la función de un experimento es enseñarnos más sobre las cosas sobre las que experimentamos. Cuando suponemos que nuestro universo cotidiano está invadido por algo distinto, estamos sometiendo nuestra concepción de ese otro mundo invasor, o de ambos, a una nueva prueba. Los juntamos para ver cómo reaccionan. Si tiene éxito, llegaremos a pensar, a sentir y a imaginar con más precisión, con más riqueza, con más atención, ya sea sobre el mundo que se invade o sobre el que lo invade, o sobre los dos».

Pensemos ahora en lo ya dicho: ¿cómo alguien podría hoy en día tomar conciencia de que a nuestro alrededor existe un mundo paralelo e invisible? ¿Cómo podríamos saber más y mejor sobre él? Novelas del estilo de las de Lewis y Tolkien pueden enseñarnos a nosotros y a nuestros hijos a pensar en su existencia, a hacernos más fácil aceptar la misma y a «imaginar con más precisión, con más riqueza, con más atención» como será ese mundo desconocido, con el que no resulta para nosotros posible contactar o que no podemos, al menos por el momento, experimentar. 

En estas obras el poeta nos habla, a través de una conjetura, de la violación de una frontera y de aquello que esta ambos lados de la misma. Pero aunque solo estuviéramos interesados en uno de los lados, aunque fuéramos puros materialistas para quienes «no existe tal cosa (como ese mundo paralelo e invisible), y para quienes eso no puede ser más que una curiosidad», la fábula nos hablaría igualmente, de ese otro mundo en el que no creemos, del otro lado de esa frontera y de la existencia de la misma, y así nos obligaría a reflexionar en la posibilidad de su realidad, aun cuando solo sea inicialmente para negarla. Solamente por ello agradecería su existencia y la del poeta que lo hace posible. Porque de esta manera, pone al alcance de nuestra mano el asombro del que hablaba Chesterton, la sensación de lo sublime sobre la que escribió Edmund Burke, o el sentimiento de lo sagrado, de lo numinoso sobre el que reflexionó Rudolf Otto, y nos prepara para estas experiencias. Y eso es un amanecer de esperanza.

Esto es lo que ocurre en la obra de Tolkien y en la de Lewis, la myatopeia que magistralmente trazan con sus plumas hace posible pensar, no solo en los mundos imaginados por el poeta, en sus personajes y en sus virtudes o defectos, en su vida moral o inmoral, sino en el hecho mismo de una creación. 

Y es por ello que en esta labor, quizá los libros, los buenos y grandes libros, puedan contribuir, aunque sea solamente un poco. Puedan ayudar a conmover esas entrañas, a remover las brasas de esas conciencias dormidas. Para que, una vez despiertas, puedan ser iluminadas.

Pero no quisiera terminar sin hacer una aclaración y una advertencia. Sobre esta última, solo recordar que no toda noción sobrenatural nos servirá. Chesterton nos recordaba que debemos eludir lo que él llamaba «las formas bajas de sobrenaturalismo», como los presagios, las maldiciones o los espectros, y buscar un «sobrenaturalismo alto y feliz», porque en caso contrario podríamos acabar como los puritanos, «que negaban los sacramentos, y sin embargo seguían quemando brujas».

Sobre la aclaración, únicamente resaltar que lo que he dicho no aboga por buscar refugio en un idealismo trascendente, olvidándonos de la realidad material. El cristianismo, desde siempre supone un abrazo, no solamente entre fe y razón, sino también entre el mundo físico y el espiritual. No desprecia el conocimiento de la naturaleza acudiendo al evidente sobrenaturalismo de la gracia, sino que nos revela a la gracia como medio para la culminación y perfeccionamiento de esa naturaleza, una naturaleza con un telos que cumplir como paso ineludible para, a través de la recepción de una gracia siempre inmerecida, ascender hacia nuestro destino sobrenatural.

Ocurre que mal se puede ascender a ningún sitio si percibimos la realidad de forma plana y anodina, sin cumbres ni relieve alguno, si uno ve el mundo como una gran e infinita llanura. Por esa razón hace falta rescatar esa trascendencia, ese sobrenaturalismo que aguarda escondido en un rincón, y los buenos y grandes libros pueden ayudar a ello. 


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