«El ilustrador es un sirviente de la historia».
Robert Ingpen
Hay veces –más de las que pensamos– en las que un libro puede aportar elementos que están más allá del sentido de las palabras que lo conforman. Me refiero a las imágenes que ilustran las historias y que completan, enriquecen y, en ocasiones, iluminan zonas adyacentes al texto, zonas oscuras o en penumbra, donde la mayoría de las palabras se detienen y las pocas que se atreven a traspasar ese umbral se desvanecen.
En este blog les he hablado profusamente de ilustración e ilustradores; del arte de ilustrar una historia y de cómo la imagen, usada en su sentido estricto, como representación inteligible y fiel de una cosa o como símbolo de una realidad intangible, y, en todo caso, como expresión plástica de lo bello, puede aportar mucho al sentido y a la finalidad de una buena educación.
Hoy vuelvo a las andadas. Como escribió –alejándose de su ámbito artístico– el gran Walter Crane:
«Un libro puede ser el hogar del pensamiento y la visión».
Robert Ingpen (1936-)
Alguno de los títulos ilustrados por Ingpen.
Comenzaré por el artista más cercano en el tiempo. No sé si conocen a Robert Ingpen, pero si no es así, deberían poner empeño en ello, o al menos, en conocer su obra. Ingpen es un australiano, nacido en 1936, que lleva consigo, con toda justicia, el título de ilustrador con mayúsculas. Para fortuna de los niños, Ingpen dedicó parte de su actividad artística a ilustrar libros infantiles y juveniles, lo que le fue recompensado con la concesión en 1986 del premio Hans Christian Andersen de ilustración.
Su formación clásica (todavía posible en su generación; hoy casi perdida) le permite trasladar a las páginas de los libros que ilustra verdaderas obras pictóricas, en las que el encuadre, la paleta de colores y la composición destacan sobremanera, dotando a la ilustración de un impacto memorable. Incluyo algunas imágenes que sirven de ejemplo de ello.
Algunas ilustraciones de Ingpen.
La editorial Blume tuvo la buena idea –que los aficionados no dejamos de alabar– de acercarnos a la obra de Ingpen, al editar en castellano una colección de clásicos ilustrados por él. Una colección que, ¡albricias!, a pesar de haberse iniciado a principios de este siglo, todavía mantiene en su catálogo bajo el título de «Clásicos de siempre y para siempre». La colección se compone de ocho grandes obras: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll; El cascanueces, de E. T. A. Hoffmann; Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift; Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi; Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain; El maravilloso mago de Oz, de L. Frank Baum, y La isla del tesoro, de R. L. Stevenson. También se siguen editando por Blume, aunque fuera de la referida colección, otras obras memorables ilustradas por Ingpen como Canción de Navidad, de Charles Dickens, El libro de la selva y Los cuentos bien contados, de Rudyard Kipling, Peter Pan y Wendy, de J. M. Barrie, y La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne. Aunque todavía hay grandes obras ilustradas por él pendientes de editar en España, como El viento en los sauces, El jardín secreto o el Robinson Crusoe. La mayoría, libros comentados en este blog.
Rafael de Penagos (1889-1954)
Reediciones de Calleja por Real del Catorce Editores.
En las antípodas del lugar de nacimiento de Ingpen y casi medio siglo antes, nació el otro artista del que quiero hablarles: Rafael de Penagos. Como Ingpen, Penagos se prodigó en una variedad de ámbitos artísticos: confeccionó carteles, portadas de revistas y libros, pintó cuadros y retratos, e incluso ilustró algunas obras infantiles de la antaño señera Editorial Calleja. A estas últimas me voy a referir.
Su nombre no requiere mucha presentación, dado su reconocido prestigio en el mundo de la ilustración y la pintura españolas. Sin duda, fue el mayor creador gráfico español de principios del siglo XX y excelso representante de la ilustración del art déco en España. Incluso tuvo reconocimiento internacional, recibiendo en 1925 la medalla de oro en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París. Famosas son sus ilustraciones de la joven mujer española de la época, moderna y sofisticada, las conocidas «chicas Penagos», representativas de su estilo de líneas gráciles y colores planos y puros. Prolífico y precoz (comenzó profesionalmente a los 15 años dibujando para La Novela Ilustrada), se formó clásicamente en la Academia de San Fernando, lo que potenció su innata habilidad para el dibujo. Su nombre sigue presente en el ámbito artístico; tanto es así que el más reconocido premio de dibujo en España lleva su nombre: el «Premio Penagos» de la Fundación Mapfre.
Ilustraciones y portadas de Penagos.
No obstante, su carrera como ilustrador de literatura infantil y juvenil es menos conocida. En esta faceta artística, su destreza como dibujante se vio afectada considerablemente debido a las precarias condiciones con las que se trabajaba en la industria editorial de la época en España –incluso en la infantil y juvenil–, con poco uso del color y una mala calidad del papel. A pesar de ello, Penagos colaboró en varias ediciones de los famosos cuentos de la editorial Calleja, en su «Colección Perla», como, por ejemplo, Los cuentos de Perrault; una selección de cuentos –expresamente escogida para niños– de Las mil y una noches, titulada El califa ladrón, y una selección de historias de los hermanos Grimm, titulada Cuentos de Grimm.
Afortunadamente, las obras citadas han sido reeditadas en una edición muy cuidada y buen papel por Real del Catorce Editores (editorial española independiente que destaca por un catálogo muy especializado y de gran calidad estética), pero de ello hace ya 20 años, razón por la cual estas ediciones solo pueden encontrarse en librerías de segunda mano.
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