| «La Esperanza». Obra de Pierre Puvis de Chavannes (1824-1898). |
«A menudo, la esperanza nace cuando todo está perdido».
J.R.R. Tolkien. El regreso del rey
«Si el invierno llega, ¿puede acaso la primavera andar muy lejos?».
Percy Bysshe Shelley. Oda al viento del oeste
Permítanme comenzar con una escena. Imaginen dos bibliotecas enfrentadas. De un lado, Homero, Sófocles; cerca de ellos, Esquilo y Eurípides; no lejos, los cantos ásperos y magnéticos de la Edda Mayor y la Edda Menor, acompañados de las armonías heladas del Kalevala.
Opuesta a esta primera biblioteca se alza otra; allí Dante traza un mapa del más allá; más tarde, los poetas del Siglo de Oro español —como Góngora, Quevedo, Calderón o Fray Luis de León— entonan su lírica sobre el misterio de la fe, mientras el Caballero de la Triste Figura, a pesar de su nombre, inunda de emoción y alegría al lector cervantino.
En un segundo plano, del lado de los antiguos griegos, y en el umbral de la modernidad y la posmodernidad, se mueven inquietos y desasosegados Kafka, Camus y Beckett; y frente a ellos, del lado de la segunda biblioteca, T. S. Eliot, Bernanos y Péguy tratan de disipar la espesa niebla que viene de enfrente, mientras contemplan con anhelo la llama luminosa portada por un Chesterton que, acompañado de Tolkien, Lewis y Waugh, baja de una colina bañada por el sol para acercarse.
A simple vista, las dos bibliotecas hablan de lo mismo: del dolor, del heroísmo, de la belleza, de la muerte. Pero, si prestamos atención, descubriremos que entre una y otra media un abismo: silencioso y vacío si nos colocamos del lado de la primera, lleno de alegre bullicio si lo hacemos del lado de la segunda. Y lo que llena el vacío y el silencio en esta segunda biblioteca tiene nombre: se llama esperanza.
También podría verse de otro modo: de un lado se encontrarían aquellos que están con y en Cristo; del otro, los que lo niegan o simplemente no lo encuentran.
Los unos gozan de esperanza; los otros carecen de ella.
Pero ¿a qué esperanza se refiere usted, podrían preguntar?
Y es que la esperanza es una palabra, amén de gastada, mal entendida y mal usada, llena de matices y honduras.
Simplificando un poco (o bastante), podríamos hablar, en una acepción amplia de esperanza, del deseo de algo, unido a la expectativa de obtenerlo. Y en una división clásica, podríamos referirnos, por un lado, antropológicamente, a la esperanza como un movimiento del apetito hacia un bien futuro, difícil, pero posible de alcanzar; y por otro, teológicamente, a una virtud teologal, por la cual esperamos confiadamente –con base en una promesa divina–, con la ayuda imprescindible de Dios, alcanzar la felicidad eterna y los medios para obtenerla.
Pero yo no voy a hablar aquí ni de unas ni de otras específicamente, sino de unas y otras, mezcladas, como en una especie de silva de varia lección.
Lo que es evidente es que la esperanza no es simple optimismo ni buen ánimo; no es una especie de placebo sentimental, ni una ilusión ingenua contra los golpes de la vida. La esperanza de la que hoy quiero hablar —y su ausencia— es algo más hondo y que toca profundamente al hombre y a su destino. Por eso, hablar de esperanza en literatura es hablar de qué imagen del hombre sostiene y proclama esa literatura. ¿Se trata de un hombre entregado a un destino ciego? ¿De un hombre cuyos actos están preescritos en piedra por dioses caprichosos? ¿O, por el contrario, de un hombre cuyas decisiones, libertad, amor y culpa tienen su peso real en un horizonte último que no se agota en esta tierra?
Lo veremos en las próximas entradas en las que, sucintamente, trataré de mostrar, primero, cómo en las literaturas precristianas —especialmente la griega y la nórdica— la esperanza, tal como la entendemos, está esencialmente ausente: reina un fatalismo que aplasta el alma. En segundo lugar, veremos cómo, en la plenitud de los tiempos, irrumpe el Logos —Cristo como Razón y Sentido, como promesa y salvación—, y con Él llega la esperanza como virtud teologal, que no destruye, sino que eleva la esperanza natural del corazón humano y lo prepara para su verdadero fin, para aquello para lo que fue creado.
Por último, recorreremos las fracturas modernas que han ido erosionando ese horizonte, hasta desembocar en una literatura de los siglos XX y XXI a menudo marcada por la oscuridad de una gran desesperanza, si bien aliviada con rendijas a través de las cuales se filtran obstinados y esperanzadores rayos de luz. Y en tanto recorremos ese camino oiremos a Dante, a Góngora, a Quevedo; veremos a Edipo, a Aquiles y a los guerreros del Gran Norte; y escucharemos la voz rotunda de los que esperan y de quienes, algunos sin saber del todo por qué, siguen esperando.
Porque, como dice el famoso verso de Wordsworth:
Aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en la flor,
no nos doleremos; antes bien, hallaremos
fuerza en lo que atrás queda,
en esa simpatía primigenia
que, habiendo sido, ha de ser eternamente.
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