| «Dante y Virgilio en las orillas del Purgatorio». Obra de François Lafon (1846-1913). |
«Horribles fueron mis pecados;
Pero la bondad infinita tiene tan grandes brazos,
Que recibe a todo lo que se vuelve a ella».
Dante Alighieri. Purgatorio, Canto III
«Aunque sus ofensas sean
más que hay átomos del sol,
y que estrellas tiene el cielo,
y rayos la luna dio,
y peces el mar salado
en sus cóncavos guardó.
Ésta es su misericordia,
que con decirle al Señor:
«Pequé, pequé muchas veces»,
le recibe al pecador
en sus amorosos brazos».
Tirso de Molina. El condenado por desconfiado.
EL LOGOS IRRUMPE, LA ESPERANZA SOCORRE AL HOMBRE
Con la revelación cristiana cambia el aire del mundo:
«En el principio era el Logos (...) y el Logos era Dios».
Esta afirmación no es solo teológica; es existencial: el mundo adquiere, de repente, sentido, y ese sentido es personal. Cristo, el Logos encarnado, se introduce carnal, físicamente en el mundo, y con Él una lógica y un sentido nuevo: el bien y el mal no son equivalentes, nuestras decisiones importan (la fe sin obras está muerta), nuestra libertad pesa, no solo psicológica o socialmente, sino eternamente: estamos aquí para algo que está más allá de esta vida.
Y, junto con el Logos, irrumpen las virtudes teologales —la fe, la esperanza y la caridad— como dones que elevan la naturaleza. La esperanza sobrenatural no cancela ni sustituye a la esperanza natural; la fortalece y la orienta hacia su fin y objeto verdadero, porque, como sabemos, la gracia no destruye la naturaleza; la perfecciona.
Pero, aquí conviene subrayar algo. Como ya dijimos en la entrada precedente, la esperanza no es simple optimismo antropológico. Hay melancólicos llenos de esperanza y entusiastas sin esperanza. El optimismo es un estado de ánimo, a lo mucho una disposición del temperamento, una pasión. La esperanza, en cambio, es una virtud teologal infundida por Dios; reside en la voluntad racional del hombre, pero no nace de las fuerzas de esta voluntad, sino que es la Gracia la que la eleva y la mueve a confiar en la promesa divina. Es un don que capacita a la libertad humana para un acto que la excede. Por eso es posible hallar esperanza en poetas sombríos y desesperanza en autores vitalistas. La clave no es el sentir del texto, sino el horizonte al que el texto apunta: si hay un Logos que sostiene la realidad y hace razonable esperar o si, por el contrario, el mundo está entregado al azar y al caos.
De repente, los relatos, los poemas, ya no se limitan a la grandeza trágica; aparece la conversión, la redención, la misericordia, la justicia, la posibilidad de rehacer el mal paso, de redimir el pecado, de salvar el error. Las acciones tienen consecuencias que perduran, pero que no son irredimibles; el mundo es duro, y en ocasiones cruel, pero el corazón humano, con su deseo de bien, comienza a ver que la sed que lo habita no es un absurdo, sino una promesa.
Así nace una literatura donde, a pesar del sufrimiento, este adquiere sentido y puede ser redimido; donde, a pesar del mal, este puede ser perdonado y debe ser combatido, y donde la belleza que nos rodea remite a una Belleza mayor. Y, así, de golpe, como en una epifanía, como diría Chesterton, todo adquiere sentido. Se rasga el velo y se nos muestra la promesa de una gloria; y así, la esperanza florece. No se trata de moralina, sino de ontología: de qué es el mundo y quién es el hombre, qué hace en él y qué puede esperarle.
El andamiaje poético que mejor encarna esta nueva visión es la Divina Comedia de Dante Alighieri. El viaje que conduce al poeta desde el Infierno hasta el Paraíso no es solo un mapa geográfico del más allá; es la cartografía de las consecuencias morales de nuestras acciones. Es su guía y su brújula. A la entrada del Infierno reza la inscripción:
«Los que aquí entráis, dejad toda esperanza».
Solo allí, en la condena irrevocable, la esperanza desaparece; pero como dice Dante, no es arrebatada ni destruida desde fuera: uno es obligado a dejarla. ¿Por qué? Porque el lugar y tiempo de hacer mérito son los de la vida terrena. Esta vida es el umbral donde la libertad, sostenida por la gracia, puede orientarse hacia su destino y colaborar en él; y ahí es donde juega la esperanza.
Ahora bien, aun cuando la acción humana, el acto, las obras, terminan con la muerte, no pasa así, al menos del todo, con la esperanza. Esta no termina con la muerte, no es aniquilada por la muerte –el Infierno, la condenación, solo obliga a abandonarla–, ya que en el Purgatorio perdura. El Purgatorio ya no es tiempo de hacer, cierto, pero sí de aguardar, con sufrimiento, mas también también con esperanza, Ahí es donde esta última sigue trabajando —la esperanza que anhela ver a Dios—.
Pero, es en el Paraíso es dónde tiene lugar su consumación; y es únicamente aquí, en la culminación del camino, donde la esperanza cesa por la consecución de su fin, pero no destruida o abandonada, sino sublimada y absorbida por el Amor (Caritas), la única de las tres virtudes que perdurará para siempre. Es «el amor que mueve el sol y las demás estrellas» que cierra, lleno de esperanza, el poema. Y este amor es la verdadera vida, eternamente.
Esto llenará de fervor y pasión a una nueva literatura, arrebatada por la belleza y alimentada por la esperanza; una esperanza que ha elevado las almas a un destino que, no solo da sentido a esta vida, sino que apunta a algo que no tiene fin.
EL ESPLENDOR DEL SIGLO DE ORO ESPAÑOL
«La Esperanza». Obra de Federico de Madrazo (1815-1894).
En la España áurea del Imperio donde no se ponía el sol, la esperanza vibra en registros muy distintos, pero vibra y sigue gozando de buena salud (en los siglos de oro, XVI y XVII). Luis de Góngora, con su barroquismo luminoso, parece a veces un poeta de la fugacidad, de lo caduco: en el poema «Mientras por competir con tu cabello…», el poeta describe la belleza física de una joven y la exhorta a gozar de su juventud y belleza, pero le advierte que esta belleza es fugaz: «se vuelva, mas tú y ello, juntamente, / en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». Todo perece, todo decae; la rosa se marchita. ¿Dónde está la esperanza? Está en la conciencia misma de la caducidad, que despierta el anhelo de otra belleza, no pasajera como esta que vivimos; otra belleza que nos espera. La sensibilidad de Góngora se abre a la verdad de un mundo que remite más allá de sí. Una belleza efímera –como la de la rosa– solo adquiere sentido con una Belleza eterna que la sostenga. La melancolía no se convierte en nihilismo; el brillo de lo que muere incita el deseo de lo que no muere; abre su apetito a ello.
Francisco de Quevedo, por su parte, mira la muerte sin miedo y con rima. De manera realista, pero lúcida y trascendente. «Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra»: sí, moriremos; sí, todo será, en un principio, ceniza y polvo; y, sin embargo, «serán ceniza, mas tendrán sentido; polvo serán, mas polvo enamorado». Esa palabra —enamorado— es la grieta por donde se cuela la esperanza: un amor que no desaparece cuando el cuerpo se convierte en ceniza, porque lo sabe un estado temporal. Si para Góngora la belleza efímera conduce a la Belleza eterna, para Quevedo es el amor; el amor terreno –que pareciera acabar con la ceniza de los huesos– es el que conduce a la eternidad del Amor pleno. Quevedo no canta un optimismo barato; canta una esperanza tallada en la piedra de la muerte; una esperanza natural que se apoya y sostiene en la virtud teologal. En ambos —Góngora y Quevedo— el tono es distinto, la virtud es la misma. No importa el humor del poeta; importa el horizonte de su palabra.
Hay otros ecos, claro; muchos más. En Calderón, por ejemplo, la vida es sueño, como dice el título de su famosa obra, pero no sueño absurdo: sueño con ley moral y con promesa eterna. El mundo es teatro, sí, pero no una farsa sin juicio ni juez; hay una mano que lo sostiene todo. En Santa Teresa de Jesús, la esperanza es oración viva y calma confiada, es una forma madura de la esperanza, como dice su famoso poema:
«Nada te turbe, nada te espante todo se pasa,
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta».
Y en el agustino Fray Luis de León, la Oda a la vida retirada no es fuga del mundo, sino búsqueda confiada del mundo verdadero, huyendo de los "cuidados graves" de la vida social y del “mundanal ruido”, considerándolos como “falsas esperanzas”, para acercarse por la “senda escondida” al “refugio seguro” que le ofrece la paz para dedicarse a la contemplación.
Todas estas muestras artísticas dejan entrever ciertas aspiraciones humanas y seculares —las "pequeñas esperanzas" de las que hablaría siglos más tarde Benedicto XVI—. Sin embargo, para que estos anhelos no degeneren en ese "frenesí dorado" que ciega —el engaño de los sentidos descrito por Sor Juana Inés de la Cruz—, necesitan ser purificados y ordenados. Es la Gran Esperanza la que realiza esta obra: ella es la que, durante siglos, sostuvo y dio fundamento a los deseos seculares, impidiendo que la esperanza humana deviniese una mera y frágil ilusión y orientándola hacia su cumplimiento definitivo. Pero, como veremos en la próxima entrada, sombríos vientos se aproximaban por el horizonte.
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