LA ESPERANZA EN LA LITERATURA (V). RESCOLDOS OBSTINADOS QUE ALUMBRAN EL CAMINO DE VUELTA

«Sol naciente». Obra de Giuseppe Pellizza da Volpedo (1868-1907).





«No despreciamos las bendiciones terrenales, sino que preferimos las celestiales. Esperamos, por tanto, los dones celestiales, y en nuestra esperanza ya los poseemos».

Tertuliano. De Apología, capítulo XXXIX.


«La esperanza, como virtud teologal, tiene a Dios por objeto, en cuanto que por ella confiamos obtener de Dios la bienaventuranza».

Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 17, a. 5.




La literatura es el acervo de la experiencia humana en lo natural, como sostenía el santo cardenal Newman. El ser humano, en la medida en que está diseñado según el patrón del ser, está también hecho conforme al bien; dado que es Imago Dei, ha sido creado para la bienaventuranza. Por ello, a pesar de lo que comentábamos en la última entrada, a pesar de la fractura moderna que relegó a la esperanza teologal a a un rincón oscuro, incluso en medio del páramo helado, surgen voces que soplan sobre las brasas para avivarlas.

T. S. Eliot, en La tierra baldía, pronuncia una letanía de ruinas, pero cierra el poema con una paz que no es de este mundo. Georges Bernanos, en Diario de un cura rural, pone en labios de su sacerdote moribundo una verdad terrible y dulce: la gracia es olvido de sí; el infierno es no poder amar... y, en último término, nos recuerda, como había dicho santa Teresa de Lisieux, que «todo es Gracia». El poeta francés Charles Péguy canta a la virtud teologal de la esperanza como a una niña pequeña, la preferida de Dios, en El pórtico del misterio de la segunda virtud:

«Por el camino empinado, arenoso y estrecho,

arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,

que la llevan de la mano,

va la pequeña esperanza

y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación

de dejarse arrastrar

como un niño que no tuviera fuerza para caminar (…)

Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,

y la que las arrastra,

y la que hace andar al mundo entero

y la que le arrastra.

Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos

y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña».

Recientemente, la teología –por boca de la encíclica Spe Salvi de Benedicto XVI– distingue entre la Gran Esperanza —la vida eterna— y las pequeñas esperanzas —esa familia que vuelve a reunirse, ese perdón pedido, esa salud que regresa, ese trabajo que por fin llega—. Cuando la Gran Esperanza se borra, las pequeñas se marchitan o se convierten en ídolos; cuando la Gran Esperanza brilla, las pequeñas encuentran su medida y su verdad.

En la primera entrada de esta serie les hablaba, figuradamente, de un grupo que se aproximaba desde una colina: imaginen a Chesterton, Tolkien, Lewis y Waugh, que caminan juntos, todos ellos de la mano de la Gran Esperanza.

Chesterton, en su novela titulada El hombre que fue Jueves (y más abstractamente en El hombre eterno y Ortodoxia), fusiona asombro y alegría para mostrarnos una esperanza paradójica, evocando la teología agustiniana de la gracia como sorpresa gozosa. En este aparente cuento policial, la esperanza natural aparece como deseo de justicia y aventura; la teologal irrumpe en la revelación final, donde Dios transforma el caos en sentido.

Tolkien, por su parte, presenta en El Señor de los Anillos una esperanza humilde y realista, encarnada sobre todo en los hobbits, pero elevada por la gracia providencial, expresada en la «eucatástrofe», entendida como la irrupción súbita del bien que revela la acción divina. Toda la obra es una meditación sobre la esperanza. Para Tolkien, la esperanza no es un sentimiento, sino una disposición moral e intelectual de la voluntad, orientada hacia lo trascendente.

Pero hay más héroes de la esperanza en Tolkien aparte de los hobbits. No solo Frodo y Sam, también Gandalf y Aragorn son hombres de esperanza: ambos cumplen con su deber sin garantía de éxito, confiando en que hay un orden mayor que guiará sus acciones, pero no desesperan, porque son humildes; y aunque todo parezca oscuro, confían, pues solo Dios (Ilúvatar) sabe qué pasará («La desesperación solo es para quienes ven el final sin lugar a dudas», dice Gandalf). Así, el Anillo es destruido aun cuando todo parece perdido, aun cuando finalmente parece que los protagonistas fracasan; ¿cómo? Por una acción divina providencial: la eucatástrofe.

Tolkien también hace una advertencia respecto a la desesperación en el personaje de Denethor: muestra el peligro de la arrogancia de creer que la propia visión del mundo es la verdad absoluta (él cree que han fracasado —«El Enemigo lo ha encontrado», afirma sobre el Anillo—; cree tener certeza absoluta de que todo está perdido, que ya no hay que luchar, rezar o gobernar), cerrándose a la posibilidad de la Gracia y la intervención salvadora.

De esta manera, la épica de Tolkien se convierte en una profunda meditación sobre cómo la esperanza —tal como la enseña la fe católica— es la fuerza que permite a los seres limitados perseverar contra un mal aparentemente invencible.

Por su parte, C. S. Lewis, en sus Crónicas de Narnia, entiende la esperanza como anhelo redentor (su Sehnsucht, que él refiere a un "anhelo" que apunta directamente a nuestra verdadera patria en el más allá, no satisfecho por nada terrenal, mezcla de un deseo y una nostalgia, con un matiz de gozo y una conciencia intensa de que falta algo). La esperanza natural se refleja en el coraje infantil de los protagonistas, pero se eleva a esperanza teologal mediante la figura de Aslan, símbolo de Cristo. Su pensamiento critica el hedonismo moderno y subraya el carácter educativo del sufrimiento para forjar una esperanza verdadera.

Finalmente, Evelyn Waugh, en Retorno a Brideshead, describe la esperanza como misericordia que persiste aun en la decadencia moral. El anhelo humano por belleza o amor se purifica mediante la gracia divina, que toca a todos los protagonistas de diversas maneras. Teológicamente, hay presente una esperanza pascual —la gracia no defrauda, incluso en el pecado, sobre todo en el pecado—, un testimonio católico de la Providencia que transforma lo mundano en sagrado.


Nuestro hoy

Nuestro siglo XXI, hasta ahora, no ha conocido cataclismos de la magnitud de las guerras mundiales, pero sí una experiencia planetaria de vulnerabilidad: la pandemia reciente —el encierro, la soledad, el miedo, la pérdida—. Además, aun cuando persiste por ello el vicio de la desesperación, también se entroniza el otro vicio opuesto a la virtud teologal de la esperanza: el de la presunción. Así, se cierne sobre el mundo la oscura sombra de quienes, como decía Lewis, quieren echar abajo el último pilar basal: la naturaleza humana.

Esto dejó y sigue dejando huellas en la literatura y en el arte: relatos del aislamiento, poemas del silencio, novelas del duelo y, a un tiempo, historias de dominio humano sobre la naturaleza y de fusión entre hombres y máquinas. Desde un punto de vista puramente humano, no es extraño que en la mayoría de las personas haya crecido una melancolía difusa, un escepticismo amable (ya no tan amable), una ironía protectora, a veces una desesperanza lacia y, siempre, una entrega banal, sumida en el consumismo, la irrelevancia y el placer. Y, sin embargo —valga repetirlo—, no faltan voces que, desde la fe o desde la nostalgia de ella, escriben como quien coloca una lámpara en la ventana: pequeñas luces que señalan el camino de vuelta. Está mal que yo lo diga, pero una de esas lámparas me toca muy de cerca.

Llegados aquí, conviene hacer una pausa y preguntarnos: ¿no es todo esto de la esperanza, al fin y al cabo, una cuestión privada, como tratan de hacernos creer? ¿No es la esperanza asunto de temperamento o de circunstancias? Eso nos diría la psicología de hoy, tan desbordada de métodos experimentales como llena de confusión conceptual, como sabiamente diagnosticó Wittgenstein.

Me atrevo a responder que no. Y ello, sin perjuicio de que, conforme a esa crítica wittgensteiniana, podemos ver claramente que esa tendencia moderna a «estirar» el concepto de «emociones» es un reemplazo tosco y mal definido de las ricas y cuidadosamente trazadas distinciones clásicas entre diversos tipos de pasiones, apetitos y afectos. Un descuido, por cierto, anudado a explicaciones evolucionistas de azar imposible y a materialismos reduccionistas arraigados en la neurociencia.

Pero mi respuesta va por otro lado: como ya he dicho, un hombre puede ser jovial y vivir en la más sombría desesperanza, incluso sin saberlo, otro puede ser de carácter sombrío y poseer una esperanza indoblegable (el padre de la novela La carretera, de Cormac McCarthy, «llevando el fuego», protegiendo a su hijo, es un ejemplo). La diferencia no es psicológica, es metafísica. La pregunta por la esperanza es la pregunta por el sentido: el del hombre y el del mundo que habita. Si el mundo tiene Logos, se alimenta de Logos, es creado por el Logos, si hay justicia última, si el amor es más fuerte que la muerte, entonces esperar es razonable. Sin embargo, si todo es accidente, sinsentido, y voluntad de poder, entonces lo razonable es no esperar o, a lo sumo, esperar con amargura, esperar muy poco y por muy poco tiempo. La literatura, como espejo y maestra, no hace sino mostrarnos la respuesta que cada época se da a sí misma.

Alguien podría objetar a mi historia: ¿no hay obras precristianas que insinúen esperanza? ¿No hay literatura cristiana desesperanzada? La respuesta es sí a ambas preguntas. Homero, por ejemplo, conoce la hospitalidad, la fidelidad, la compasión; hay semillas de humanidad que anuncian algo más: los semina verbi de san Justino. Y no pocos autores cristianos —por temperamento, por tragedia, por duda— han escrito páginas que transpiran oscuridad: véase Unamuno y su San Manuel Bueno, mártir, sacerdote carente de toda virtud teologal, incluida la esperanza.

Por eso insistía antes: no confundamos el tono con el horizonte. Una obra puede sonar alegre y ser desesperada; puede sonar grave y ser esperanzada. El criterio es otro: la estructura de sentido que sostiene cada mundo literario. La noche oscura del alma que nos poetiza san Juan de la Cruz es, en su asombro tremendo, el portón a la visión mística; la prefiguración del gozo. El cristianismo no convierte a todos los cristianos en poetas luminosos, ni hace imposible el dolor; lo que introduce es un compromiso que hace razonable esperar incluso en medio de la noche, pues nos promete que, ineluctablemente, tras su paso llegará el luminoso día para siempre.

Y para acabar, nosotros, los lectores, podríamos preguntarnos:

¿Qué hacemos con todo esto? Mi esbozo de respuesta es eso, solo un esbozo y por duplicado:

En primer lugar, educar la mirada, y con la nuestra, la de nuestros hijos. No leer solo para entretenernos, sino para comprender qué imagen del hombre propone el libro. Preguntarnos: ¿este mundo literario que tenemos delante hace razonable esperar o invita —con violencia o con dulzura— a renunciar a la esperanza? ¿Qué hace esta lectura con mi deseo de bien; alimenta la Gran Esperanza?

Y, en segundo lugar, ejercitar la esperanza, comenzando por las pequeñas, pero con la vista puesta en la más grande de todas: la Gran Esperanza. Porque como virtud que es (sea natural o teologal) se actúa, se vive: con actos, con decisiones, con renuncias, con cómo afrontamos el sufrimiento y el mal, con nuestra atención a la belleza, con fidelidad a la verdad, con la caridad de cada día y con la oración constante; es decir, con entrega absoluta y confiada a la voluntad de Dios. Y para ello, tenemos el perfecto ejemplo: María. Así que podemos terminar, como nos dice Benedicto XVI, rogándole:

«Como Madre de la esperanza, Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino».


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