¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información?
T. S. Eliot, Coros de «La Roca» (1934)
«Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos».
Francis Bacon, De los estudios (1597)
EL REGALO ENVENENADO
Una de las paradojas de nuestro tiempo es que cada vez conocemos más datos (tenemos más información), pero a cada paso que damos comprendemos menos (tenemos menos sabiduría). Como dijo Eliot, la sabiduría se diluye en el conocimiento y el conocimiento en pura información. Y hoy esa dilución tiene un escenario privilegiado: Internet, con su promesa de acceso instantáneo a casi todo y su tendencia, a la vez, a disolver nuestra atención.
Internet da acceso a una acumulación tal de datos, noticias, informaciones y opiniones que no hay vida suficiente para abarcarla. De este modo, en lugar de asistir a un florecimiento de sabios, contemplamos el crecimiento del desinformado: nunca tantos han poseído más información y se han revelado tan ignorantes. Entrar en esa biblioteca de Alejandría que es Internet es, a menudo, perderse en la insustancialidad: la deambulación intelectual, el tráfico obsesivo de datos y la persecución de lo intrascendente. Cierto que la red ha facilitado enormemente el acceso a grandes y buenos libros, cursos, bibliotecas y comunidades lectoras; pero también es cierto que su poder de seducción la convierte en un regalo envenenado, al afectar a nuestra atención y capacidad de concentración, incitar a la recompensa inmediata y sumergirnos en un scroll infinito.
Pensadores como Marshall McLuhan (Comprender los medios de comunicación, 1964), su discípulo Neil Postman (Tecnópolis: La Rendición de la Cultura a la Tecnología, 1992), Edward S. Reed (La necesidad de la experiencia, 1996), o Byung-Chul Han (No-cosas: Quiebras del mundo de hoy, 2021), han advertido de este efecto disolutorio. Divulgadores como Nicholas Carr (Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes, 2010) alertan de que herramientas como Google erosionan gravemente nuestra capacidad de pensamiento profundo. Somos, indiscutiblemente, la cultura de la distracción: el reposo y la reflexión —el tiempo que antaño se dedicaba a digerir lo aprendido— han desaparecido bajo la avalancha de datos a los que la red nos conduce con tiránica suavidad. Pero sin reflexión no hay saber ni sabiduría: en último término, lo que queda es la nada disfrazada del todo.
Esta manera de proceder de «picaflor» tiene consecuencias: la mente se fragmenta, la atención se dispersa, y uno se vuelve incapaz de elaborar un discurso coherente. Como señalaba Jean Baudrillard, la sobredosis de saberes virtuales nos condena a un limbo que anula el acto mismo de pensar. Leemos todo el tiempo (titulares, correos, tuits, WhatsApp), pero esa lectura es fugaz e irreflexiva. Un estudio del University College de Londres afirma que muchos usuarios han abandonado la lectura tradicional en favor de un rastreo horizontal y ansioso a través de Internet en busca de recompensas rápidas; «casi parece que se conectan a la red para evitar la lectura en el sentido tradicional», concluye lastimosamente.
Porque, no nos engañemos, los hechos no digeridos no constituyen un conocimiento estructurado y, mucho menos, algún tipo de sabiduría; y la distracción y la inconstancia nunca han sido amigas del saber. La sabiduría no es acumular contenidos, sino ordenar lo que sabemos (y lo que deseamos) hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero. Y para hacerlo, no solo hay que devorar y tragar la información, sino, como decía Bacon masticarla y digerirla, es decir, tras averiguar primero los hechos –probándolos–, evaluarlos críticamente –tragándolos–, y luego formar una opinión sobre ellos –masticándolos y digiriéndolos–, con la meditación y la reflexión. La pregunta decisiva, por lo tanto, no es cuánta información acumulamos, sino si recuperamos la capacidad de detenernos, contemplar, ordenar y comprender.
Y esto, como estamos lastimosamente constatando, no nos lo da la Red. Más bien, nos lo quita; engatusándonos con encanto y fascinación, sí, pero empobreciendo nuestra alma.
EL ANTÍDOTO
Frente a este veneno espiritual podemos acudir a su antídoto: la lectura profunda de un buen libro, un tipo de atención sostenida que obliga a detenerse, a interpretar, a recordar, a ordenar. Porque los buenos libros son capaces de reeducar las emociones y alimentar nuestra alma.
Así, la lectura de los verdaderos libros puede brindarnos la ocasión de entrenar nuestra capacidad de concentración, de seguimiento de razonamientos más o menos complejos, de reflexión, análisis y crítica.
Además, los libros pueden regalarnos tiempo (el tiempo que se emplea en leerlos), el tiempo justo y necesario para poder realizar todas estas funciones de la inteligencia a las que me he referido; para rescatar nuestro pensamiento de ese «suspenso indefinido» del que habla Baudrillard. Porque, debido a su naturaleza, los libros proscriben todas esas urgencias, distracciones y fragmentaciones que la maravillosa Internet trae consigo, y pueden conducirnos a una vida intelectual rica, profunda y más humana.
Y, sobre todo, si se trata de un buen libro (en el sentido de que contenga algo de verdad, belleza y bondad), podrá ayudarnos a tratar de comprender el mundo y sus misterios y, quizá, acercarnos a la verdadera contemplación.
Por último, no debemos olvidar que en el acto mismo de leer de esa manera hay algo transformador y virtuoso; algo que tiende al bien. Así, la atención necesaria para ese tipo de lectura profunda requiere paciencia y determinación. La necesaria interpretación y valoración de lo leído requiere prudencia y circunspección. La mera decisión de reservar tiempo para leer en un mundo lleno de tantas distracciones requiere una especie de templanza y sacrificio. La reivindicación pública de la condición de lector —sobre todo hoy entre los más jóvenes— exige, sin duda, un cierto nivel de fortaleza y de coraje. En suma, el esfuerzo que requiere mantenerse en nuestros días como lector pone de manifiesto un evidente acto de amor: un amor y una pasión por los libros, y por aquello que los libros nos ofrecen. Y todo eso es bueno y conduce a lo bueno.
Porque lo que leemos nos define y puede hacernos crecer como personas; por el contrario, la inmediatez digital debilita nuestra humanidad. Por ello, los libros impresos y la lectura profunda son hoy más necesarios que nunca.
Pero no debemos llevarnos a engaño: esta no es una tarea fácil. Cualquier rescate es un lance duro en el que hay que poner empeño y voluntad. Con la lectura profunda de los buenos libros libramos un rescate en toda regla de nuestra atención y de nuestro intelecto. Alguien los ha secuestrado y hay que salvarlos. ¿El culpable? Ya lo hemos señalado: nosotros mismos. Y por ello, en nosotros mismos radica, al menos en parte, la solución.
Pónganse ustedes a ello sin demora: tomen a sus hijos de la mano, pertréchense de buenos libros y aplíquense todos a la tarea de leer; ahí está el comienzo.
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