¿LITERATURA DE TERROR?

«La pesadilla». Obra de Johann Heinrich Füssli (1741-1825).





«Es posible que al limitar a su hijo a historias irreprochables sobre la vida infantil en las que no ocurre nada alarmante, usted no lograría desterrar los terrores, sino que lograría desterrar todo lo que puede ennoblecerlos o hacerlos soportables. Porque en los cuentos de hadas, junto a las figuras terribles, encontramos a los inmemoriales consoladores y protectores».


C. S. Lewis




«Es con justicia considerado como la mayor excelencia del arte el imitar a la naturaleza; pero es necesario distinguir qué partes de la naturaleza son las más apropiadas para ser imitadas».


Doctor Samuel Johnson






Cuando llega la adolescencia y los gustos y preferencias de los jóvenes comienzan a cambiar, surge en muchos padres el siguiente dilema (que, en el fondo, nos persigue toda la vida aplicado a nosotros mismos): ¿Es conveniente que se asomen a los abismos del terror literario? ¿Deben –debemos– explorarlos o, más bien, evitarlos? Como escribía Eugenio Trías, ¿conviene evitar ese «feudo de misterios que, debiendo permanecer ocultos, producen en nosotros, al revelarse, el sentimiento de lo siniestro»? Y, si debiéramos adentrarnos en ellos, ¿cuándo y cómo hacerlo?

Ya hemos hablado anteriormente de la visión cristiana de la existencia y del papel que juega en ella la profunda herida que el pecado ha traído al hombre y al mundo. Este hecho cohabita con el misterio del existir, del que todo hombre consciente no puede desprenderse sin abandonar su humanidad. Lo literario —como archivo de la experiencia humana, a decir del cardenal Newman— no es ajeno a ello. El literato católico ha de tratar con esta realidad de forma prioritaria. El poeta católico Dana Gioia lo expresa así:

«Tienden a ver a la humanidad luchando en un mundo caído. Combinan un anhelo de gracia y redención con una profunda sensación de imperfección humana y pecado. El mal existe, pero el mundo físico no es malo. La naturaleza es sacramental, brillante, con signos de cosas sagradas. De hecho, toda realidad está misteriosamente cargada con la presencia invisible de Dios». 

Y continúa diciendo: 

«Perciben el sufrimiento como redentor, teniendo como referencia la pasión y muerte de Cristo, miran hacia la eternidad, gozan de un sentido místico de continuidad entre los vivos y los muertos y su sentido del pecado les somete, a ellos y a sus personajes, a un recurrente examen de conciencia, arrepentimiento y contrición». 

En ellos habita, por razón de su fe, una pasión por la verdad que les lleva a explorar plenamente, a fondo y sin reservas, la naturaleza humana y el mundo todo, tanto en su bondad y belleza como en su horror y maldad.

¿Puede decirse lo mismo de los lectores? ¿Y de los más jóvenes?

El cristianismo admite el misterio, pero no el absurdo ontológico; admite lo tremendo, pero no la soberanía del caos; admite la pequeñez del hombre, pero dentro de una creación inteligible, providente y llena de esperanza. Por eso, una imaginación cristiana ha de ser educada dentro de estos márgenes (que, por cierto, son muy amplios). Sin embargo, cuando nos acercamos a alguno de los límites de ese cercado —como el miedo o el terror, sea físico o numinoso—, habrá que andar con tiento para no caer en el abismo: el trato indiscriminado con el miedo y aquello que lo causa puede desviarse hacia la morbosidad y la desesperanza. Al enfrentar esta cuestión desde la virtud de la prudencia, topamos con dos hechos fundamentales.

Por un lado, sabemos que el conocimiento intelectual depende de los sentidos y, especialmente, de la imaginación (clasificada como sentido interno por Santo Tomás). El Aquinate advierte que el intelecto necesita imágenes (phantasmata) para pensar. Siendo así, es fácil concluir que, cuando la imaginación de un joven se alimenta exclusivamente de fealdad, horror y desesperación, su intelecto tendrá dificultades para elevarse a la contemplación de la Verdad, la Belleza y la Bondad.

Sin embargo, por otro lado, tenemos al miedo, una pasión del apetito irascible ante un mal arduo o difícil de evitar. Por ello, no es malo en sí mismo; de hecho, es la ausencia total de miedo lo que constituye un vicio (la temeridad), y aprender a dominarlo y a enfrentarse a él lo que representa la esencia de una virtud (la fortaleza).

¿Puede jugar aquí la literatura algún papel? Algunos de nuestros sabios de referencia han intentado clarificar esta oscura cuestión.

Teniendo siempre presente ese fin y el efecto en el alma del lector presidido por la prudencia, ya en el siglo XVIII, justo antes de la aparición de lo gótico en la literatura, el doctor Samuel Johnson exigía que las ficciones temibles se subordinasen a la rectitud moral y a la comprensión de la naturaleza humana. Bajo esta misma premisa, Chesterton, Tolkien y C.S. Lewis nos mostraron que lo monstruoso y temible puede ser conveniente para la correcta formación y control de nuestras pasiones; pues al presentar el mal —que no es sino una privación del bien— como una entidad que debe ser combatida, este tipo de narración proveen a la mente de los “fantasmas/imágenes” (como diría Aquino) necesarios para ejercitar la virtud cardinal de la fortaleza, disponiendo además al alma para comprender la victoria final de la gracia (o eucatástrofe, en términos de Tolkien). Esta recta ordenación de las pasiones encuentra pleno eco en pensadores hispanos tan recientes como inesperados, como Borges, Savater, Llopis y Cortázar, quienes, combatiendo el error del reduccionismo racionalista que mutila la dimensión trascendente y numinosa del hombre, confirman que el miedo literario puede llegar a ser una sana catarsis.

De todo lo dicho podemos extraer una enseñanza: la literatura de terror, tomada con prudencia, cumple una función purificadora análoga a la que Aristóteles asociaba a la tragedia. Experimentar el miedo y el temor en el entorno seguro y controlado de la ficción literaria podría permitir al niño, adolescente o joven "entrenar" sus pasiones, preparándolas para los combates morales del mundo real. G.K. Chesterton en una de sus más famosas intuiciones nos dejó dicho aquello de que los cuentos de hadas no les enseñan a los niños que existen los dragones —los niños conocen el miedo y el dragón desde siempre—, sino que existe un San Jorge que puede derrotarlos. 

Parece pues que deberemos equilibrar dos aspectos: el tipo de alimento que proporcionamos a la imaginación y la intensidad de la emoción que ello provoca. Porque, aquello que consumamos alimentará de igual manera nuestra alma; y la emoción de temor que experimentemos podrá en ocasiones ser demasiado intensa y perturbadora. En función de lo que prudencialmente estimemos, habremos de obrar en consecuencia. Enfrentarse pues a la denominada literatura del miedo o el terror es una cuestión prudencial que no posee una sola respuesta, pero si algunas pautas para discernir si debe leerse, y en su caso, qué, cuándo y cómo leerse:

1. El momento madurativo: Como siempre les he dicho, el joven debe tener ya cierta formación de la sindéresis (el hábito de los primeros principios morales). No se le debe exponer al terror cuando aún no sabe distinguir con firmeza el bien del mal, incluso cuando la obra sea clara a este respecto.

2. El objetivo lector: Este tipo de lecturas deben abordarse con un propósito –incluso si el propósito no está en la conciencia del lector; pero, desde luego, sí que habrá de estar en la de sus padres o preceptores–. Si el descenso a las tinieblas de la novela o relato sirve para encarecer el valor de la luz, el heroísmo, la lealtad y el orden racional, o incluso, la mera existencia de un orden sobre o preternatural, la lectura será provechosa. Si la obra propone que el mal es invencible o que la vida es absurda, pervertirá el intelecto.

3. El acompañamiento activo en cada lectura: Dividido en tres etapas, como ya les he señalado en otras ocasiones: antes de iniciar la lectura, guiando la elección del libro, despertando la curiosidad, y dando llamadas de atención sobre cuestiones delicadas; durante la misma para, no solo resolver dudas y compartir el entusiasmo del proceso, sino, sobre todo, para advertir a tiempo lecturas que puedan incitar al chico a deslizarse por una pendiente peligrosa; y después, fomentando la reflexión crítica y la conexión personal con la historia. En definitiva, una charla literaria como un acto de acogida, guía y cuidado que, además, transformará una experiencia individual en una vivencia social y acompañada, lo que es especialmente importante en el caso de lecturas que provoquen emociones intensas, como esta del temor. Este tipo de charla nos ayudará a prevenir y abortar lecturas que puedan causar efectos no deseados en el joven.

4. El seguimiento continuo: Deberemos estar atentos a los efectos que estas lecturas puedan estar causando en el joven lector; pero esto va más allá de le seguimiento activo de una lectura determinada, extendiéndose a los efectos a medio o largo plazo que un conjunto de obras de este tipo puedan estar causando en el joven. Debernos preguntarnos: ¿Estas lecturas fortalecen el amor a la verdad o vuelven al joven más impresionable? ¿Le ayudan a ser consciente del mal o acrecientan su gusto por lo morboso?

5. La dosificación: Santo Tomás prescribía el descanso, la música y el disfrute de la belleza natural para sanar la melancolía del alma. Una dieta literaria compuesta ”exclusivamente” de terror o miedo tiende a ensombrecer el espíritu. Estas lecturas deben ser la sal, no el plato principal.

En definitiva, permitir que un joven lea historias de este tipo no es empujarle al mal, sino invitarle a visitar la armería y a ejercitarse en la destreza de la lucha. Haciéndose consciente de lo espantoso que es el abismo —el vampiro, el monstruo, la locura, lo demoníaco, el mal encarnado—, su voluntad libre podrá decantarse con mayor fundamento en la decisión a la que al final se reduce nuestra vida: que puedan decir con firmeza y claridad lo que Chesterton en su lecho de muerte: «La cuestión ahora está bastante clara. Es entre la luz y la oscuridad, y cada uno debe elegir su bando»; y que, por supuesto, elijan la Luz. 

Como responsables de su educación y formación, deberemos acompañarles en ese viaje, guiándoles y aconsejándoles, pero también será nuestro deber asegurarles a la cintura una cuerda invisible para poder sacarlos de ese abismo si fuera necesario, y siempre recordándoles que, por muy oscuro que sea el relato, Cristo ya ha vencido (Juan 16, 33), Él ya ha derrotado al dragón y a la muerte.

La segunda gran cuestión es tratar de títulos y autores concretos. Antes enumeré lo que podría ser una clasificación elemental de tipos y/o temas: el vampiro, el monstruo, la locura, lo demoníaco o el mal encarnado en un hombre concreto. Pero de esto trataré en un próximo artículo al que les remito. 


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