LA BATALLA POR LA IMAGINACIÓN: CÓMO LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL MOLDEA EL ALMA DE NUESTROS HIJOS

«La lectura». Obra de Edmund Adler (1876–1965).






«El corazón se alcanza comúnmente no a través de la razón, sino a través de la imaginación».

John Henry Newman



«La imaginación es el órgano del significado, no de la verdad. La imaginación, produciendo nuevas metáforas o revivificando las viejas, no es la causa de la verdad, pero si su condición».

C. S. Lewis






Toda obra literaria transmite una cosmovisión: la de su autor o la que este pretende proyectar. Puede hacerlo de forma profunda o superficial, pero siempre lo hace. Es cierto que, en principio, solo aquellas obras que muestran una cosmovisión de manera profunda son relevantes a la hora de educar o formar el alma de nuestros hijos. Sin embargo, no siempre es así: la banalidad puede ser igualmente deformadora cuando se aplica a cuestiones que, por su naturaleza y trascendencia, debieran ser presentadas y reconocidas en toda su profundidad.

Sabemos esto desde siempre, pero los siglos XX y XXI se han caracterizado por un uso monopolístico de esta verdad por parte de quienes trabajan —lo sepan o no— en la destrucción del orden de lo creado. Puede sonar excesivamente catastrofista o exagerado, pero créanme que no lo es: no cometamos el error de minusvalorar su alcance.

El teórico marxista italiano Antonio Gramsci es famoso precisamente por eso: por haber rescatado este mecanismo gnoseológico y haberlo puesto al servicio del desorden y la ruptura cultural. Nosotros deberíamos apropiarnos de ese mismo dinamismo para conocer y descubrir aquello que es verdadero, bello y bueno y difundirlo. Hoy me propongo profundizar un poco en ello.

El mecanismo responde, en esencia, al modo propiamente humano de aprender; es lo que podríamos llamar el mecanismo narrativo natural. Fuimos creados por la Palabra y a través de la Palabra. ¿Qué es el recitativo de la Santa Misa si no poesía? ¿Qué son los salmos sino modelos poéticos? ¿And qué eran las parábolas de Nuestro Señor sino la forma literaria magistral para revelar el Reino?

Por lo tanto, no se trata de una herramienta propia de ninguna ideología. Es humana y, por ello, tremendamente eficaz en nosotros. En el pasado no solo fue usada por Nuestro Señor —Quien nos conoce mejor que Aquel que nos ha creado—, sino también por la literatura confesional, la novela nacionalista, la narrativa moralizante tradicional y la propaganda política de cualquier signo. Sin embargo, es innegable que, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI, las ideologías (conformadas por múltiples corrientes como el modernismo, el feminismo, el socialismo, el liberalismo o el transhumanismo) casi la han monopolizado.

Y es que la ficción —especialmente la destinada a los lectores jóvenes— transmite visiones del mundo no tanto mediante tesis explícitas y abstractas, sino a través de atmósferas, identificaciones afectivas y marcos implícitos. Por ello, es una herramienta poderosa que, si bien puede ser usada para el bien, igualmente puede emplearse para engañar o corromper.

Simplificando mucho, tal mecanismo podría estar compuesto de los siguientes elementos:

  • La simpatía afectiva: Se presenta a los personajes que encarnan la visión que defiende la obra como entrañables, reconocibles y fácilmente amables; por el contrario, aquellos otros que representan lo que se quiere combatir o destruir son presentados como malvados o antipáticos.
  • La cosmovisión como atmósfera: Se plantea el entorno no como una tesis, sino como lo que demanda el «sentido común» y como lo que es «normal», de manera que lo que en realidad es una construcción cultural subversiva aparece como una evidencia neutral y cuasi natural.
  • La inmunización por medio de la ironía y el sarcasmo: Toda perspectiva alternativa o tradicional aparece como ridícula o anacrónica.

Dentro de este marco general puede presentarse, desde luego, una amplia casuística, siendo los supuestos más comunes los siguientes:

  • La normalización pseudofamiliar: Se presenta un modelo de familia alternativo y rompedor con personajes encantadores. Al establecerlo como el único paisaje normal y ridiculizar a quien lo cuestione, se naturaliza la estructura cultural que se propone sin necesidad de argumentarla.
  • La reconfiguración del llamado «género»: Un protagonista carismático rompe estereotipos y figuras tradicionales, presentando cualquier diferencia natural entre sexos como una imposición opresiva. Quien defiende la tradición es caricaturizado, asociando la virtud con la deconstrucción o la inversión total de roles.
  • El triunfo de la voluntad individual: Se presenta a un protagonista cuyos únicos límites radican en su propio deseo, confundiendo ilusión y realidad y dando paso a una visión pelagiana —y, en el fondo, irreal— de la existencia.
  • El relativismo moral suave: Un personaje entrañable, simpático y atractivo rompe una norma que se dibuja como rígida, mientras que la autoridad que la sostiene se muestra desconectada de la realidad del «mundo» o anticuada. Así, la ética objetiva se desplaza en favor de la autoexpresión y se crea una lealtad emocional hacia el sujeto transgresor.

La secularización por omisión: Se crea un mundo idílico lleno de valores —calificados astutamente de «humanos»— donde la dimensión religiosa simplemente no existe o se muestra como una excentricidad trasnochada, retrógrada o inútil. De este modo, se logra que el lector interiorice un marco puramente materialista de forma inconsciente.

¿And ante este panorama (tan extendido en el mundo editorial de hoy), qué podemos hacer?

Les propongo una serie de preguntas que deberíamos hacernos antes de comprar o poner en manos de nuestros hijos cualquier libro, y que podrían ayudarnos a desenmascarar estos «regalos» envenenados. 

En el libro en cuestión:

  1. ¿El bien y el mal son objetivos?
  2. ¿La virtud es recompensada y el vicio castigado?
  3. ¿El protagonista crece moralmente?
  4. ¿Hay figuras de autoridad respetables?
  5. ¿Hay ausencia de contenido inmoral?
  6. ¿Las virtudes son enseñadas mediante actos y no solo con teorías o discursos?
  7. ¿La realidad es objetiva y cognoscible? (Eximiendo a las historias de mundos fantásticos secundarios).
  8. ¿Es la naturaleza humana coherente y constante, o maleable y cambiante?
  9. ¿La Gracia (o la ayuda superior y trascendente) es respetada y está presente?
  10. ¿Hay belleza formal en el lenguaje y en las ilustraciones?
  11. ¿Hay referencias explícitas o implícitas a Dios?
  12. ¿Se reconoce una estructura sacramental del mundo donde se respeten los símbolos naturales?
  13. ¿Se valora la comunidad, la tradición y el bien común?
  14. ¿Hay un tratamiento del sufrimiento con realismo, esperanza y redención?
  15. ¿Tiene un final «eucatastrófico» (una victoria inesperada del bien) que incluya el sacrificio?

Muy probablemente habrá cuestiones relevantes no incluidas en este listado, pero incluso con sus limitaciones, quizá pueda servirles de referencia y guía. Las respuestas a estas preguntas (u otras que se les ocurran) podrían darnos una idea de si el libro es aceptable y formativo.

Como vemos, la batalla por las almas de nuestros hijos no se libra hoy en grandes debates teológicos ni en manifiestos ideológicos abstractos; entre otros lugares, se libra silenciosamente en las mesas de noche, en los cuentos de antes de dormir y en las lecturas escolares obligatorias. Si la estrategia del desorden y la confusión ha sido colonizar la imaginación de los más jóvenes a través de la atmósfera de la ficción, nuestra respuesta no puede ser la mera queja o la retirada sin combatir. Porque, como escribió el cardenal Newman, «es el corazón el que se mueve, no la razón la que se convence».

Como padres y educadores, nos corresponde, pues, ejercer un discernimiento crítico y activo. No se trata de cerrarse al mundo (porque, aun no siendo del mundo, habitamos en el mundo, como dice la Epístola a Diogneto), sino de poblar la mente de nuestros hijos de relatos que reflejen la verdadera estructura de la realidad.

Recuperemos, pues, el mecanismo narrativo natural para el bien, la belleza y la verdad. Volvamos a ofrecerles historias donde el sacrificio tenga sentido, donde la belleza eleve el espíritu y donde el bien no sea una opción subjetiva, sino un puerto seguro y firme. Solo así, entrenando su sensibilidad afectiva y su corazón en el amor a lo verdadero, lo bueno y lo bello, los inmunizaremos contra la sutil pedagogía de la mentira. La buena literatura, al fin y al cabo, siempre ha sido un mapa fiable para regresar a Casa.


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