| «La línea de la gloria». Obra de Augusto Ferrer-Dalmau (1964-). |
«Todo acto de voluntad es un acto de acto de autolimitación».
G. K. Chesterton. Ortodoxia (1908)
«El arte, como la moralidad, consiste en trazar una línea en alguna parte».
G. K. Chesterton, Illustrated London News, (5 de mayo de 1928)
Se ha extendido entre nosotros los modernos la idea de que el límite como concepto —incluso cualquier límite concreto— es, en sí mismo, un mal. De ordinario se le identifica con términos negativos como restricción, castración, opresión e impotencia, y suele oponerse a la palabra libertad como su más directo antónimo.
Sin embargo, todo ello no parece habernos venido bien. El siglo XX y lo que llevamos del XXI albergan pulsiones libertarias e irrestrictas que, lejos de traernos un edén, han poblado la tierra de pequeños y grandes infiernos. Así, junto a estos impulsos, han irrumpido —como gérmenes de disolución— tanto «la lógica monstruosa del terror» de la que hablaba Nietzsche, como los «monstruos» que mencionó Gramsci.
Creo que el abandono del saber tradicional —de lo que verdaderamente es el hombre, limitado por su propia naturaleza— nos ha dejado inermes ante nuestras deficiencias. El uso (¿o quizá abuso?) de nuestra «libertad» nos está deshumanizando poco a poco. Porque no es propio de ningún ente ser cualquier cosa, sino aquello que está constreñido a ser; en nuestros caso, plenamente humanos.
Frente a estas ideas, en la tradición perenne el límite (péras) no está asociado al mal, sino a la constitución del ser. Lo indefinido (ápeiron) no es plenitud, sino imperfección. Aristóteles nos dijo que la forma delimita la materia: dota de identidad y sentido a todo lo que existe, haciéndolo inteligible. Y santo Tomás nos mostró como Dios creó el universo con una estructura de causas formales y finales; un cuchillo, por ejemplo, solo es útil porque su filo se detiene en un límite concreto; si el metal fuera infinito, no cortaría nada pues carecería de filo.
En el plano humano, la virtud exige medida y regla, pues no se improvisa, sino que se adquiere mediante el hábito y la guía trazada por la tradición. Ahora bien, conviene precisar que la educación no es una imposición sobre el niño, ni tampoco una dejación o abandono a su propia suerte, sino una cooperación con su naturaleza. Educar es educere: extraer y ayudar a que la potencia activa del niño —su inteligencia y voluntad incipientes— alcance su propia perfección. Todo ello, sin perjuicio del imprescindible auxilio de la Gracia, que corrige nuestra impotencia e imperfección, elevándonos hacia aquello que la naturaleza por sí sola no podría alcanzar.
Por otro lado, en el plano social y político, la libertad no se sostiene sin un orden que impida su disolución en el caos. Ley, instituciones, costumbres, y un orden orientado al bien común que impida que la libertad se disuelva en arbitrariedad, egoísmo y caos, son precisos para que una sociedad sana pueda pervivir. No son un freno, sino el timón que guía al navío hacia su puerto.
Si miráramos atrás con imparcialidad, esto nos parecería evidente. Sin embargo, estamos cargados hasta la medula de ideologías. Y esto nos impide ver con claridad. Ocurre en nosotros lo que recordaba Nuestro Señor (Mateo 13, 14-15) sobre la profecía de Isaías: un endurecimiento del corazón que nos ciega ante la verdad más elemental: la condición de criatura.
Por ello, es urgente recuperar la pedagogía de los límites que nos transmitieron nuestros mayores. Porque, seamos sinceros, hemos descuidado esto un tanto… o, más bien, un mucho. La educación solo funciona cuando actúa como la «forma» que protege la infancia, fijando los límites de la virtud y la razón. Límites que, en realidad, son los andamios que permiten que la propia naturaleza del niño crezca con la guía de sus educadores. Quitar esos límites no es liberar al niño; es, metafísicamente, desintegrarlo.
Chesterton fue en esto un visionario. Él nos enseñó que no inculcamos la virtud porque odiemos la vida, sino porque la amamos tanto que queremos que mantenga su forma. El sol es glorioso porque es un círculo de fuego y no un incendio que lo devora todo. El límite no es el fin de la libertad, sino su comienzo.
En Ortodoxia, Chesterton compara las normas del derecho natural y divino con los muros que protegen un patio de recreo lleno de niños. Para él, lejos de ser una restricción, estos límites son la condición necesaria para la libertad: solo cuando los niños saben dónde está el borde seguro pueden jugar con total despreocupación. Derribar esos muros y ofrecer la libertad absoluta no trae más juego, sino parálisis; el miedo al vacío inmoviliza a los niños y silencia su alegría.
Esta imagen la retoma Salinger en su obra más famosa: El guardián entre el centeno. En ella, el solitario protagonista únicamente anhela ser el «guardián» cuya misión sea cuidar la inocencia infantil para permitir su progresivo crecimiento y maduración natural. Su vocación es permanecer alerta en el borde del abismo de los campos de centeno, para evitar que los niños, en sus juegos despreocupados, caigan en el vacío de la madurez o la perdición. Aunque él mismo admite que este anhelo pueda resultar irracional, lo siente como su único y auténtico propósito vital.
En esta visión realista de los límites como algo necesario y bueno (especialmente durante el aprendizaje y el crecimiento), Chesterton y Salinger no están solos: Kierkegaard, Pieper, Weil, MacIntyre, Scruton, Guardini, Aristóteles y Tomás de Aquino comparten esta intuición.
Pero, no solo encontramos una respuesta a nuestra condición limitada en la teología o en la filosofía; también la buena literatura arroja luz sobre este misterio. A través de la poesía y el arte literario, esta verdad deja de ser una tesis fría para convertirse en vida, volviéndose más inteligible y alcanzando el corazón humano con una fuerza que las abstracciones no siempre poseen.
La literatura clásica ha funcionado siempre como un espejo de nuestros propios límites y de a dónde puede conducirnos lo que los antiguos llamaban húbris: la desmesura o la transgresión de los mismos. En la Ilíada, Homero nos advierte que incluso la ira debe someterse a una medida; la prueba más amarga de esta lección es el caso de Aquiles, cuya falta de freno ante la muerte de Patroclo lo arrastra a la ignominia de profanar el cadáver de Héctor. Del mismo modo, el Edipo Rey de Sófocles nos enseña que el límite también alcanza al conocimiento: la indagación imprudente de Edipo, al ignorar los umbrales de lo que le es permitido saber, lo conduce a un horror que lo ciega –y no solo físicamente– y precipita su caída. Esta misma dialéctica entre lo humano y lo divino resuena en Antígona, donde el choque entre la ley política del rey Creonte y la Ley divina argüida por Antígona nos recuerda que las leyes humanas no son absolutas, sino que se definen precisamente por el límite que impone lo sagrado.
Esta necesidad de ordenar la pasión bajo la razón —o sufrir las consecuencias de su desborde— sostiene también la tragedia de Medea en Eurípides, donde el triunfo de los impulsos sobre la sensatez conduce inexorablemente al infanticidio y a la autodestrucción. Por su parte, Virgilio, en la Eneida, nos presenta la lucha interior del héroe que debe anteponer el deber a sus deseos personales: Eneas renuncia a Dido para fundar Roma y cumplir un destino mayor. La misma importancia del orden social y la justicia aparece en el Cantar de mio Cid, donde el héroe, ante el dolor de la afrenta de Corpes, opta por la templanza y la sujeción a la ley de su rey, rechazando la espiral de una venganza privada.
Incluso los límites impuestos por nuestra realidad física se convierten en maestros. Jorge Manrique, en las Coplas a la muerte de mi padre, eleva la finitud humana —la muerte— como el límite radical que, lejos de ser un obstáculo, pone medida a la vanidad y nos regala una libertad más sobria y verdadera. En la Divina Comedia, Dante nos muestra cómo, tras esa muerte física, la justicia divina restaura mediante el castigo aquellos límites que fueron violentados en vida. Shakespeare, en El rey Lear, nos advierte de que la autoridad carece de sentido si se despoja de la sabiduría necesaria para reconocer sus propios márgenes, mientras que Cervantes, con Don Quijote, nos ofrece una lección final sobre la cordura: al intentar ignorar los límites entre la realidad y la ficción, el caballero de la triste figura se pierde en la locura, para finalmente reconciliarse con la verdad en su lecho de muerte.
También en las lecturas de infancia y primera juventud encontramos ejemplos. El límite como «regla del mundo» (el orden y sus consecuencias) aparece temprano en las Fábulas de Esopo, ideales para introducir la causalidad moral entre los niños, luego continuadas por La Fontaine, Samaniego e Iriarte en ese camino de educación de la virtud práctica.
El límite como «regla del juego» en la aventura lo vemos en La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, que distingue la valentía de la temeridad, la lealtad de la justicia y la codicia del honor. O en muchas obras de Julio Verne, donde la técnica y el ingenio actúan siempre bajo los límites, no solo de la naturaleza, sino de la responsabilidad y la justicia humanas.
Asimismo, el límite del poder y la ambición, frenados por la generosidad y el heroísmo, destaca en la obra de Tolkien, especialmente en El hobbit, donde la posesión sin medida (el dragón Smaug y su tesoro) se muestra como una desmesura fatal (húbris), y donde el viaje, con sus vicisitudes y pesares, da forma a la virtud: la humildad, el coraje y la entrega a algo mayor que uno mismo.
Podríamos seguir y seguir… afortunadamente. Pero los ejemplos son de sobra ilustrativos.
Visto lo anterior, el secreto para salvar a esta generación quizá sea volver a los viejos límites y hacerlo convirtiéndonos en «guardianes» al estilo de Salinger: un guardián que, con la sabiduría de los clásicos y la ternura de la fe, se plante firme al borde del precipicio de la modernidad para cuidar a nuestros niños. No para impedir que jueguen, sino para recordarles que el campo de centeno es un lugar sagrado precisamente porque tiene un límite, un final y un fin (que no son lo mismo).
Es hora de devolver a nuestros hijos las vallas que les permitan correr sin miedo, y darles de nuevo esa «forma» que, lejos de encorsetarlos, les dará una identidad y el horizonte de una Verdad que los hará verdaderamente libres.
Es hora ya de trazar una línea en alguna parte.
Porque, al final, solo quien acepta su condición de criatura, quien abraza gozoso el límite de ser —ni más ni menos— imagen y semejanza de Dios, puede dejar de deambular ciego como Edipo y comenzar a caminar con paso firme hacia su destino de gloria.
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