lunes, 6 de febrero de 2017

LA LECTURA EN VOZ ALTA

Hans Christian Andersen lee en voz alta a algunos de sus hijos de Elisabeth Jerichau-Baumann (1819-1881)



“La palabra es completa vista y oída”
Fernando Pessoa



Nada más estimulante que la lectura en voz alta. Ya la hemos mencionado alguna vez. De hecho el origen de la lectura, de toda lectura, es en alta voz. Al parecer, solo a finales del Imperio Romano comenzó tímidamente el desarrollo de la lectura silenciosa, que fue haciéndose presente poco a poco, silenciosamente, hasta que la aparición de la imprenta y la proliferación de los libros hicieron menos útil la función que desarrollaba de difusión del conocimiento. Y ya sabemos la fuerza que tiene la idea de utilidad para el hombre. Pero aquí querría referirme a la lectura por parte de los niños, que pasarían de esta forma de auditores (en su vieja acepción, tan en desuso)  a lectores. Y la diferencia no es baladí.

No es lo mismo escuchar la lectura de un texto que leer ese mismo texto. Al leer en voz alta, nuestro cuerpo se ve implicado más extensa y más intensamente. No solo seguimos oyendo el sonido de las palabras –en este caso a través de nuestra propia voz–, sino que experimentamos también un sentir físico, sentimos las palabras en la garganta y hasta el sabor de las mismas en la boca, se siente el miedo y la ansiedad que la lectura provoca y la expectación que con ella causamos; se multiplica así lo sentido y experimentado. La respiración cambia para adaptarse al texto, debemos ajustarla para poder acompasar las pausas y regular la intensidad del sonido de nuestra voz, y así sentimos la vibración de nuestras cuerdas vocales y tantas cosas más… todo el que haya leído en voz alta ante un auditorio –sea grande o pequeño, sea extraño o de confianza–, sabe lo que digo. El cuerpo siente el texto y se une al alma en el deleite, con pasión, temor y temblor, pero con deleite. Es toda una experiencia que debemos dar a los niños.

De esta forma, hacemos a los niños encarnarse en quien fue un maestro, ¡que los muertos de alguna forma vuelvan a la vida! a una nueva vida, que celebra su acierto, su pulcra y acertada mirada. Porque, en cierto modo, los hacemos apropiarse del texto, o más bien, el texto los atrapa en una encarnación profana. Los niños disfrutan, se reparten las intervenciones y viven de otra manera los textos (mis hijas lo hacen así); quizás la poesía y el teatro son las formas más adecuadas, pero nada se pierde con textos narrativos.

Comparisons de Lawrence Alma-Tadema (1836-1912).
Es una experiencia hermosa y estimulante. Nosotros lo hemos practicado con lecturas en alta voz variadas, desde las Sagradas Escrituras hasta las novelas, pasando por obras de teatro y poemas. Os animo a ponerlo en práctica y continuar con esta tradición que, tristemente, parece que se apaga. Vale la pena el esfuerzo: Como dejó dicho E.M. Foster: “Solo conectar la prosa y la pasión, y ambos serán exaltados...”;  de verdad que se entusiasman, de verdad.

Los escritores lo saben y en nada causa desdoro a su testimonio en el papel. Charles Perrault decía: «es necesario que la lectura se haga escuchando, y que las páginas impresas sean voz sin nombre» y Henry Michaux señaló, de modo hermoso: «Yo no puedo escribir si no es hablando en voz alta; es posible que se trate de un encantamiento. Es posible que la voz que surge del texto sea en realidad su metáfora, la más bella de las metáforas, la más eficaz. Porque tal vez no haya otra
 metáfora». Nosotros sabemos que es así, que la única Palabra es la única metáfora de la Verdad.

Quiero terminar con una cita de Daniel Pennac –tan preocupado él por la lectura de los más jóvenes- que viene al caso:

"Extraña desaparición la de la lectura en voz alta, ¿Qué hubiera pensado Dostoievski? ¿Y Flaubert? (…) ¿O es que Flaubert no gritaba su Bovary hasta reventarse los tímpanos? (…) ¿Es que él, que se ha peleado tanto contra la música intempestiva de las sílabas, la tiranía de las cadencias, no sabe mejor que nadie que «el sentido se pronuncia»? ¿Qué? ¿Textos silenciosos para espíritus puros? ¡A mí Rabelais! ¡A mí Flaubert, Dosto, Kafka! ¡Dickens, a mí! ¡Gigantescos gritadores de sentidos, aquí de inmediato! ¡Vengan y den vida a nuestros libros! ¡Nuestras palabras necesitan hacerse carne! ¡Nuestros libros necesitan vida!"



2 comentarios:

  1. Excelente!! Generalmente lo hago con la poesía y las Sagradas Escrituras, pues así me enseñaron que se hace. Pero lo voy a practicar mas asiduamente..

    José Tomás de Mendoza

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que es un hábito magnífico José.

      Muchas gracias y un saludo.

      Eliminar