sábado, 17 de junio de 2017

DE LOS MALOS LIBROS Y LAS MALAS LECTURAS



Monasterio de la Santísima Trinidad en Meteora. Veselin Atanasov 



«Omnia mutantur, nihil interit»
(Todo cambia; nada se pierde para siempre)
Ovidio



Creo no equivocarme mucho si digo que, hoy día, todavía se encuentra entre los padres un cierto consenso al respecto de la conveniencia de que los niños lean. Y no solo entre los padres, sino que tal convicción se extiende tanto a los maestros como a las autoridades establecidas.

Sin embargo, no creo tampoco errar demasiado si afirmo que esta convicción se circunscribe a esto del leer, olvidando que aquello que se lee tiene también una importancia capital, puesto que ello tanto puede ser perjudicial como beneficioso. Lamentablemente muchos padres se preocupan por que sus niños lean, y se sienten satisfechos cuando estos lo hacen, sea lo que sea aquello que es leído. Y esto es en mi opinión –aunque no estoy solo, no vayan a creer-, un error, pues dejan su trabajo a medias.

Me explico, y lo hago esbozando brevemente dos ideas capitales.

San Pablo dejo dicho a los Romanos aquello de «deseo que seáis sabios para lo que es bueno, e inocentes para lo que es malo». Por otro lado, hay un viejo axioma escolástico que dice que lo que se recibe, se recibe a la forma y manera del receptor; esto es, como dice en palabras mucho más hermosas el Padre marista Thomas Dubay, «un sello hace una impresión o no de acuerdo a la condición de la cera. Una cera fría se agrieta y se desmorona, mientras que una cera líquida y caliente no retiene ninguna impresión. Sólo una cera a una temperatura adecuada recibe y retiene la imagen».

El peso de verdad que contienen estas frases debería hacer discurrir nuestra atención –la poca que nos queda–, hacia aquello –mejor aquellos–, que más la merecen, pues son el sujeto, objeto y fin de nuestra misión, encomendada por el mismo Cristo: nuestros hijos. No les demos cosas malas (dejemos que sean «inocentes para lo que es malo») ni tampoco cosas excesivamente complejas e inaccesibles para ellos (recordemos que «un sello hace una impresión o no de acuerdo a la condición de la cera»).

Cuidemos entonces de cómo se alimenta su espíritu, pero partiendo siempre de qué deben asimilar y cómo y en qué grado pueden hacerlo. Démosles aquello que resulte bueno para ellos y démoselo en su justa medida y en su preciso momento.

Todos sabemos que un alimento pobre en nutrientes puede llevar a nuestros hijos hacia el raquitismo, y un alimento descuidado y descompuesto puede llevarlos al envenenamiento. De la misma manera, un alimento excesivamente elaborado puede ser igual de contraproducente y estorbar, más que impulsar su crecimiento; y ello, por cuanto el niño no tiene todavía la madurez precisa, tanto para poder absorber lo que se le da, cuanto porque lo que recibe, al no poder ser asimilado o ser asimilado pobre o defectuosamente, causa daño, retrasando o desviando el crecimiento. Así, esta mala alimentación, aunque sea en exceso, provoca secuelas que se arrastran durante toda la vida: un insuficiente desarrollo de huesos y músculos, o incluso deficiencias neurológicas.

Los caballos de Neptuno de Walter Crane (1845-1915)


No otra cosa pasa con el alimento espiritual, moral e imaginativo. 

Como alimento moral e imaginativo, los libros pueden estar en buenas condiciones, ser saludables y ser convenientes, pero también pueden ser todo lo contrario; pueden pues beneficiar o perjudicar a nuestros hijos. El libro, en sí mismo –igual que la lectura en que se desenvuelve y se hace vivo–, no es bueno ni malo, pero creo que todos coincidiremos, en que hay libros concretos que son buenos y libros concretos que son malos. Por ello no debemos dar cualquier libro a los niños. La vieja idea del Index reposa aquí, pero matizada por el deber de protección que incumbe a cada padre y la inocencia e indefensión propia de los niños.

Es obvio que todos rechazaríamos poner en manos de los niños libros inapropiados, bien sea por su inmoralidad, bien sea por su tratamiento de temas a los que, por el momento, deberían ser ajenos (como el sexo, las drogas o el suicidio), bien sea por razón de su crudeza o dureza en el tratamiento de los asuntos que les ocupen. 

Pero, igualmente habremos de estar atentos a no poner entre sus manos, o dejar a su alcance, libros que puedan crearles inestabilidad emocional y dudas espirituales o morales, libros que prediquen un materialismo extremo, un nihilismo existencial o un relativismo vital.

Por último, tampoco dejemos de lado el control de aquellos libros que por su altura o complejidad debieran serles servidos más adelante, pues tales lecturas precoces pueden dejar en el alma del niño o el joven un sentimiento de frustración o impotencia que puede llevarle a alejarse de la lectura o conducirle a conclusiones o ideas extraviadas del buen sentido original de la obra.

Porque todos los libros encierran una verdad moral y una verdad estética, pero esta puede ser inadecuada e incluso suponer la propia negación de la moral o de la estética. Y eso no debe olvidarse. Por tal razón, hay que buscar la compañía de los buenos libros; no debemos olvidar que el amor de lo bueno y bello lleva al amor por la verdad y que la belleza, según decían los clásicos, no es sino la «expresión visible de la verdad y de la bondad». Así que, esto, esto es lo que debemos buscar en los libros, en los buenos libros.


Silencio de Tatyana Deriy (1973-)


Entonces, creo que todos tenemos clara la conveniencia de que es preciso hacer algo (promover la lectura) y cuál sería la mejor forma para hacerlo (facilitando a los niños la lectura de los buenos libros). Así que hagan saber a sus niños que es muy conveniente leer y que no se debe leer cualquier cosa, sino aquellos libros que son bellos, buenos y verdaderos, y háganlo, sabiendo que la mejor forma para lograrlo es que ustedes mismos lean, lean para sus hijos y lean con sus hijos este tipo de libros. Este ejemplo de vida calará en sus almas y les hará mejores hombres.



4 comentarios:

  1. Es muy cierto lo que dice. Ofrecer a nuestros hijos buenas lecturas y siempre acordes con su edad es parte de nuestra responsabilidad como padres. Forma parte del amor con que sus espíritus son regados desde la más tierna infancia, y luego, cuando salgan al ancho mar de la vida donde no han de faltarles experiencias difíciles, esa luz; esa esperanza que los padres sembramos en su alma, pues que ilumine con fuerza su travesía y les recuerde siempre el amor de su patria natal: su hogar.

    Saludos

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    1. Celebro que coincida conmigo en esta cuestión; nunca resulta fácil asumir una responsabilidad y más en estos tiempos de tantos derechos huérfanos de sus correspondientes obligaciones.

      Un saludo cordial

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  2. Excelente blog!! Muchísimas gracias por su dedicación!

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    1. Gracias usted por sus palabras. Encantado de que le resulte interesante.

      Un saludo cordial

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