viernes, 28 de julio de 2017

TIEMPO Y LIBROS. UN FINAL


Bahía con acantilados de Gustave Courbet (1819 – 1877)


«En todo lo que importa, el interior es mucho más grande que el exterior» 
G. K. Chesterton. Autobiografía    


Hoy termino esta pequeña serie dedicada al tiempo y lo literario. Se trata de un pequeño interludio, entre comentarios de libros y comentarios de libros, que, espero, ustedes disculparán. En todo caso, creo que no deja de tener relación con el objeto de este blog y por esta razón en ello me demoro. Así que, sin más preludios, comienzo.

La última de las evidencias (sino la primera) que relaciona al tiempo con la literatura (poesía o novela) se encuentra en la imposibilidad de describir o relatar un hecho exactamente cuando este hecho sucede. Necesariamente se da un invencible intervalo entre una cosa y otra. Y esto es bueno.

Y es bueno porque permite (no solo permite, exige), que cuando acontece el suceso la atención esté alerta y todos los sentidos participen del acontecimiento. Solo así es posible percibirlo con la intensidad y profundidad necesaria para trasmitirlo después a través de las palabras. Nuestra experiencia común entiende esto cuando recordamos que nadie puede decir ni escribir la palabra ahora, exactamente, cuándo el ahora está sucediendo.


Mañana de verano en Echo Rock, Lago Mazinaw por Alfred Joseph Casson (1898–1992)
Hoy esto está dejando de ser así y esa es la razón de que la literatura agonice y con ella la lectura y los libros. La tecnología irrumpe en nuestras vidas con sus promesas de inmediatez e inmortalidad y rapta, ladina ella, nuestra sensibilidad. Ya no precisamos atender, el artefacto tecnológico (tan lejano del original sentido del arte factum) lo hace por nosotros captando lo que ocurre. Y si, ciertamente que lo capta, pero algo sucede entonces que trocea el alma. 

Y ya nada es igual.

Lo mismo ocurre al otro lado, del lado del lector. Se da también un intervalo, igualmente invencible, entre aquello que se cuenta y aquello que se comprende. Hacer nuestro el mensaje escrito precisa de tiempo. La lectura de los signos, la comprensión de aquello que se cuenta y luego, quizás, la reflexión sobre lo que se cuenta; todo esto requiere un tiempo y demanda atención. Sin este tiempo y esta atención nada se percibe, nada se llega a comunicar realmente.

Es efectivamente así; hoy, ni leemos ni escribimos. Divorciamos nuestro conocimiento de la realidad, que de esta forma se aleja y queda apartada. Toda nuestra atención es deudora del artefacto tecnológico y así olvidamos lo que de verdad está sucediendo. Y no cabe duda de que esa asombrosa tecnología nos permite trasmitir lo sucedido con una gran fidelidad, al menos formal; pero, ¿a qué coste? Sospecho que entre medias se pierde para siempre aquello que el hombre pone de sí mismo: la poesía, el arte, el pensamiento, la cultura, porque el artefacto, al capturar la realidad, la trasforma necesariamente, la desrealiza, pues ya es otra cosa lo que se trasmite y, en todo caso, lo es sin nosotros y a pesar de nosotros. 


Verano en el fiordo de Adelsteen Normann (1848-1918)
El hombre se vuelve así irrelevante… y la realidad también, porque lo que se comunica es algo que es ajeno al espíritu humano y lo que se recibe, se recibe a espaldas de la realidad. ¡Ah, añorada realidad! De un tiempo a esta parte habita entre nosotros una impostora que asume su nombre y nos seduce acallada y silente, esa que falsariamente apodan virtual, como si algo tuviera que ver con la virtud.

Cuantas veces nos vemos a nosotros mismos atrapados en este laberinto diabólico, cuantas veces dejamos de disfrutar de un atardecer hermoso por “inmortalizarlo” con nuestra cámara de video… para no verlo nunca ¿Nos arrepentiremos alguna vez de sacrificar la delicia de la experiencia natural y directa por el almacenaje de unos pixeles o de celuloide que jamás será revisionado? estoy pensando en cosas como los primeros pasos de nuestros hijos, sus primeras palabras, cuando aprendieron a andar en bicicleta, sus torpes y tempranas brazadas, sus mañanas de Reyes, etc. Todos esos momentos, seguro, están por ahí –al menos formalmente-, en algún disco duro, en algún pendrive, pero ¿están en nuestros corazones? ¿forman parte de nuestra memoria sentimental? Si no es así (y muy probablemente así sea), serán algo perdido que no podremos ya recuperar.


Lago de Lucerna de Alexandre Calame (1810–1864)

Es más, aunque pudiéramos o quisiéramos rescatarlo para nuestra memoria accediendo a ese almacén tecnológico, antes deberíamos preguntarnos que encontraremos allí ¿acaso la realidad pasada? ¿Puede revivirse lo pasado como realidad cuando no hemos prestado atención debida a lo acontecido, cuando no hemos puesto nada nuestro en aquello que hemos enlatado y tratamos de recuperar mediante la cibernética? ¿o es probablemente un patético simulacro, una impostura cruel y falaz? Muchas veces me hago estas preguntas, que me inquietan y me perturban.

Quizás solo nos quede prestar atención a lo vivido, y entre vivencia y vivencia, recoger algún detalle por escrito, buceado en el recuerdo y la memoria para, finalmente, poder recuperarlas algún día, más fielmente, más realmente, más humanamente, a través de la lectura... quizás.

Entre tanto, me gusta pensar que algunos lo harán y lo seguirán haciendo, como Péguy hizo, legándonos, para nuestra maravilla, estos versos deslumbrantes y lúcidos:


«Como un padre que enseña a nadar a su hijo
en la corriente del río
y que esta dividido entre dos sentimientos.
Pues por una parte si le sostiene siempre y si le sostiene demasiado
el niño se confiará y nunca aprenderá a nadar
Pero por otra, si no le sostiene en el momento justo
ese niño beberá un mal trago.
Así yo, cuando les enseño a nadar en sus pruebas
también estoy dividido entre esos dos sentimientos.
Pues si los sostengo siempre y si los sostengo demasiado
nunca sabrán nadar ellos solos.
Pero si no los sostengo en el momento justo
esos pobres hijos quizás beban un mal trago.
En eso está la dificultad, que no es pequeña.
Y esa es la duplicidad incluso la doble cara del problema.
Por una parte es preciso que consigan la salvación por si solos. Es la regla.
Y regla formal.
De otro modo no sería interesante. No serían hombres.
Además quiero que sean viriles, que sean hombres y que ganen ellos mismos
sus espuelas de caballeros.
Por otra parte, no deben dar un mal trago
tras sumergirse en la ingratitud del pecado.
Tal es el misterio de la libertad del hombre dice Dios,
y de mi gobierno de él y de su libertad.
Si lo sostengo demasiado, ya no es libre
y si no lo sostengo lo suficiente, se cae.
Si lo sostengo demasiado, expongo su libertad,
si no lo sostengo lo suficiente, expongo su salvación:
Dos bienes desde cierto punto de vista casi igualmente preciosos.
Pues esa salvación tiene un precio infinito
Pero qué sería una salvación que no fuese libre».

EL MISTERIO DE LOS SANTOS INOCENTES, fragmento.






sábado, 22 de julio de 2017

TIEMPO Y LIBROS. UNA CONTINUACIÓN

El río de las piedras de José María Fenollera Ibañez (1851-1918)


«En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos»
Heráclito

«El hombre no puede ni hacer ni retener un instante de tiempo; todo el tiempo es un puro regalo» 
C.S. Lewis 

«Et in arcadia ego»
Evelyn Waugh. Retorno a Brideshead


Dicen que los niños prefieren caminar por las calles secundarias y tortuosas en lugar de hacerlo sobre la limpia y despejada acera de la calle principal. Esto es así, dicen, porque en esas calles poco transitadas y algo salvajes, todavía pueden ver flores, encontrar insectos y animales y tropezarse con aventuras. A este pasear atento y activo, pero paradójicamente suspendido en el tiempo, lo llaman los japoneses disfrutar del Michikusa

Michikusa significa literalmente «césped al lado de la carretera», representándose con dos kanjis (ideogramas) con el significado de «calle» y de «hierba». Pero la idea a que realmente se refieren los signos es a un estado de dilación, concretamente al concepto «entretenerse en el camino», como un caballo que se va deteniendo, de tanto en tanto, para comer el césped. Ejemplos de Michikusa son muchos y variados: la batalla de espadas usando paraguas, el juego y persecución de los gatos, el correr detrás de las mariposas, el lanzar piedras a lo lejos, el chapotear en los charcos, etc. Todavía me congratula y esperanza ver cómo mis hijas, en los paseos familiares, se persiguen la una a la otra o saltan entre los adoquines, salvando los claros y pisando los oscuros.


Niños jugando de Victor Gabriel Gilbert (1847–1933)
La escala de tiempo de los niños disfrutando de su Michikusa es bastante corta, escasamente el intervalo inmediato entre salir de la  escuela y llegar a casa, por ejemplo. Un mar de discontinuidades, un flujo interrumpido por estados en suspenso de todo y de todos, un estado de inocencia y pureza al que volver.

Sin embargo, los adultos perdemos esa inocencia temporal y proyectamos nuestras expectativas más allá, mucho más allá, en un tiempo más dilatado; toda una vida, el curso de vida, un ciclo de vida, y es a medida que maduramos (o más bien envejecemos), que esta proyección se desplaza y llega a alcanzar, con mucha intensidad al final de nuestra existencia terrena, a la muerte misma... y esta perspectiva es lineal, se agolpa a cada instante, es ávida y voraz y es, fatalmente, irreversible.

En los niños esto no se da, ellos no son así. Son una suma de estados Michikusa, y cuando estos empiezan a escasear tengan por seguro que la infancia se apaga.

Siempre les he dicho a mis hijas que huyan del tiempo mientras puedan, de su tiranía, de su subyugación. Que no presten atención a eso que, engañosamente, no es nada y lo es todo y, por supuesto, que escapen del reloj, artefacto hecho para domeñar al tiempo pero que de inmediato se nos revolvió sometiéndonos a su amo (Lewis Mumford llega a la conclusión de que «el reloj es una maquinaria de poder, cuyo producto son los segundos y los minutos»).


 La confidencia de Henry-Jules-Jean Geoffroy (1853-1924) y Niños lanzando bolas de nieve de Arthur John Elsley (1860-1952)
Los griegos, como sabemos, eran muy lúcidos y si bien su luz no fue la Luz directa que recibieron los hebreos, supieron encontrar algunos rayos entre lo creado. Para ellos Kairós era el tiempo mítico, eterno y Chronos, su padre, el tiempo domesticado, mesurable. Curiosamente, Kairos es el término utilizado en el famoso pasaje sobre el tiempo del Eclesiastés (3: 1-8).

No muy lejos encuentra el niño su idea del tiempo. Todavía no ha cundido en él el peso de la caída. El tiempo es algo inasible, incontable, pero que, por esa misma razón, no pesa, no resulta una penosa carga. Recordemos que en latín, Kairós es expresado en la frase evangélica «in illo tempore», y su fórmula cotidiana más cercana es la del cuento de hadas: «Érase una vez».

Cuanto más joven es el niño, menos es consciente de lo que será el año próximo, o incluso de que significa ayer. Lo que un niño ve en una historia, otro no lo ve o quizás lo verá mañana. Los niños viven el tiempo en una escala original, no hacen caso de la trasformación de la sensación temporal en el fluido lineal y constante que es medible a través del artefacto denominado reloj. No, claro que no, ellos perciben la sensación temporal de un ahora, un antes y un después, a través de la experiencia de los sucesos, los acontecimientos, los eventos, a través de lo que les pasa. Así, cada cosa tiene su tiempo, claro está, y es entonces cuando la sabiduría ínsita en Eclesiastés se hace transparente: el tiempo no es el mismo, cada acción, cada acto, cada suceso tiene su duración, «todas las cosas tienen su tiempo …»

Algunos distinguen entre los relatos infantiles diferentes niveles o escalas, según como sea en ellos tratado el tiempo. Unos primeros textos retratarían la utopía de la infancia, la soñada Arcadia ―un idilio intemporal, o quizás un tiempo cíclico― en las que los personajes viven en un ambiente sereno y pastoral, no afectado por el mundo que pasa. En unos casos, el tiempo está detenido, o mejor, no existe; en otros, el tiempo transcurre, pero para repetirse cíclicamente, en una segura y confortable sensación de continuidad, como el día y la noche, como el ciclo estacional. Así, en Peter Pan, en El viento en los sauces o Winnie de Pooh. Por ejemplo, en Winnie, esta idea se expresa claramente en las siguientes frases: «Érase una vez, hace mucho tiempo, el último jueves» o (…) «Un pequeño niño y su oso jugaban desde siempre y para siempre». 


En las rocas de Jeffrey Larson (1962-)
Otro tipo de relatos, más propios de niños de mayor edad, describen un tiempo arcadiano interrumpido, con un interludio en lo desconocido. Este tipo de relatos se mueve libremente entre el realismo y la fantasía, revisando historias de viajes en el tiempo, fantasías secundarias con fondo en el mundo real o episodios de aventuras insertas en la cotidianidad. Como ejemplos podemos señalar a Tom Sawyer, Las Crónicas de Narnia, Vencejos y amazonas o Cinco niños y eso. Lo que les sucede a los personajes en estas novelas e historias, es que, de una forma u otra, consciente o inconscientemente, se les asegura regresar a casa, sin coste o desgaste, sin angustia o miedo. 

Por último tendríamos  el concepto lineal del tiempo, el concepto adulto, corrompido y degradado, alejado del Paraíso, que está perdido y que no se reconoce como Arcadia. En estos relatos el protagonista ―o los protagonistas―, experimenta un desarrollo personal que se inserta en una línea de tiempo. En la literatura arcadiana el desarrollo personal es inconcebible y en los relatos de interrupción se convierte en una posibilidad tentadora pero irrealizable. No así en este tipo de relatos que acaban siempre con un cambio. Responden a los relatos que contienen ritos de iniciación y al paradigma del héroe, con su peregrinaje, su prueba de vida y su viaje, del que retorna alguien nuevo y distinto o, tal vez, que no tiene retorno y que encierra la propia expiación. Como ejemplos podríamos señalar, Mujercitas, El Hobbit, El señor de los Anillos, La Casa de la Pradera o La isla del Tesoro.


Niña sobre alfombra roja de Felice Casorati (1883-1963)
Así que, demos a nuestros niños esos relatos, unos y otros, según su edad, y alimentemos de esta forma su percepción del tiempo primigenia y original, esa que traen consigo al nacer y que les hacemos perder nada más comienzan a balbucear; ¡Devolvámosles su tiempo! y nosotros, nosotros… ¡recuperémoslo! como parte, y no pequeña, de eso que hemos extraviado y que tan alejados nos mantiene de aquello a lo debemos tender y es nuestro verdadero destino. 

Schiller, por supuesto, también lo vio:


«También yo nací en la Arcadia,
también a mi la Naturaleza
prometió en mi cuna alegría,
también yo nací en la Arcadia,
y la breve Primavera solo me dio lágrimas»


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jueves, 20 de julio de 2017

TIEMPO Y LIBROS. UNA INTRODUCCIÓN

Invierno de Vilhelms Purvītis (1872 –1945)

«El tiempo es un niño que juega, buscando dificultar los movimientos del otro»
Heráclito

«Una cierta imagen móvil de la eternidad... eso que llamamos tiempo»
Platón. Timeo


«¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quisiera explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo único que digo con seguridad es que sé que si nada pasara, no habría tiempo pasado, y si nada viniera, no habría tiempo futuro, y si nada existiera, no habría tiempo presente. Pero esos dos tiempos, el pasado y el futuro, ¿cómo pueden existir, si el pasado ya no existe y el futuro todavía no existe? En cuanto al presente, si siempre fuera presente y no llegara a ser pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Y si el presente, para ser tiempo, necesita que llegue a ser pasado, ¿cómo decimos que existe el presente, si su razón de ser consiste en dejar de ser, de modo que en realidad no podemos decir que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no existir?» 

Así nos describía el sentido del tiempo San Agustín en sus Confesiones. Es algo que sentimos –que incluso, ingenuamente, creemos poder medir–, pero que ignoramos profundamente; es, sin duda, una de los lastres que la caída trajo consigo y con el que tenemos que lidiar. Fuente de desasosiego, de inquietud, siempre quitándonos algo: tempus fugit, memento mori, carpe diem, quotidie morimur, ubi sunt

Mañana de primavera en el puente Kintaikyo de Hasui Kawase (1883-1957)

La relación del tiempo con los libros, con la lectura de libros, es, como su relación con todo lo humano, desconcertante: la lectura nos da tiempo, nos regala tiempo, nos ofrece tiempo, incluso nos hace sentir que el tiempo se detiene… pero, igualmente, requiere tiempo, y, de esta forma, nos lo quita. Así lo pensamos y así lo sentimos. Es una gran paradoja.

Apremiaba Thoreau a leer «los buenos libros primero; lo más seguro es que no alcances a leerlos todos», y Virginia Woolf hablaba de «no dilapidar ignorante y lastimosamente nuestros poderes». Así que muchos son los que creen que no hay tiempo, pero no solo porque el tiempo es limitado para el ser humano (al menos en esta vida), sino porque la vida misma conspira para que no lo haya; como nos dice Pennac, «La vida es un obstáculo permanente para la lectura».

Hay otros que creen que no es tiempo perdido, por ejemplo Proust cuando señalaba que «quizá no haya días de nuestra infancia tan plenamente vividos como aquellos que creímos haber dejado sin vivir, aquellos que pasamos con nuestro libro predilecto». En todo caso, probablemente sea como dice Pennac, que se trata de un tiempo regalado: «El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector», o como San Bernardo, que pensaba que «un buen libro te enseña lo que debes hacer, te instruye sobre lo que has de evitar y te muestra el fin a que debes aspirar».


Dia de verano en Hammeniederg de Fritz Overbeck (1869-1909)


En fin, la relación del tiempo y los libros es extraña y complicada y desemboca entre otras cosas, en la elección, acción humana compleja donde de las haya y acción moral por naturaleza.

Debemos leer los mejores libros, cierto; si tuviéramos tiempo podríamos leerlos todos, pero esto no es así, y no es así porque, como ya hemos señalado, nuestro tiempo es limitado (decía Schopenhauer que «junto con los libros debiera venderse el tiempo suficiente para leerlos»), y aún siendo de otra manera, tampoco sería recomendable, pues no todos los libros son buenos libros y mucho menos grandes libros.

Por lo tanto, dado que no disponemos de ese tiempo, y dado que hay algún tipo de lectura perniciosa y otra irrelevante, debemos elegir y de elegir debe elegirse a los mejores; al respecto Bloom señala que «si viviéramos varios siglos podría haber mundo y tiempos suficientes, pero los principios de la realidad nos fuerzan a que elijamos». Por tanto la afirmación de que debe elegirse a los mejores habría de parecer evidente. Sería esperable, pues, encontrar poco debate. Pero, por supuesto, hay un gran debate. Hay discordia, posturas políticas y los argumentos perennes sobre el "canon literario”. Esta batalla de los libros provoca irritación, exasperación y casi violencia: ¿quién decide sobre la formación del canon? y este quién es seguido por el por qué y a continuación por el cómo. ¿Cual de las varias posturas estará en lo cierto? Asumo que no lo sé con certeza, pero tengo mis sospechas; y estas apuntan a aquello que más confianza me ofrece. Por lo tanto, si ustedes me preguntaran les diría que lo prudente sería atender al criterio más seguro, a aquel que infunde más certidumbre, razón por la cual yo me atendría a la tradición. Es, me parece, el único criterio firme. Porque nosotros carecemos de perspectiva respecto de lo que hoy acontece.


Mañana de otoño en Eragny de Camille Pissarro (1830-1903)
Como dice Chesterton, la tradición «consiste en confiar en el consenso de voces humanas comunes antes que en algún registro aislado o arbitrario», y este consenso que es la tradición nos dice que obras son mejores. Centrémonos pues a ellas, tanto en lo que respecta a lo que nosotros leamos, como en lo que les leamos a ellos, nuestros hijos. Porque un buen libro puede ser una ventana o una puerta, así como un espejo, pero a donde conduzca o lo que refleje puede ser bueno o malo; puede ser también un catalejo o una lupa, pero, ojo a lo que miramos con él; nos alimenta y nos hace más ricos, nos hace vivir más y de otras formas, pero cuidado con quien nos invita a convivir; por eso elegir bien es importante.

Y por otro lado, si nos quita tiempo, les aseguro que, si se trata de un buen libro, si hemos elegido bien, nos lo devolverá con creces, pues nos hará conocer otras vidas, sentir más y sentir diferente, potenciando nuestra empatía por el prójimo, y por tanto nos preparará para el amor y el consuelo, y con nosotros a nuestros hijos.

Viene a mi memoria una grata historia que siempre me gusta recordar. Es la historia de aquel príncipe que, según contaba Djuna Barnes, estaba leyendo un libro cuando el verdugo fue a buscarle indicándole que ya era la hora; y él, al levantarse, y antes de cerrarlo, se demoró un instante poniendo un abrecartas para señalar la página. No tengo duda alguna, aquello que leía nuestro príncipe era un buen libro, porque lo cierto es que los buenos libros pueden ayudarnos a liberarnos de esa prisión que es el tiempo y de todas las demás prisiones y de esta forma prepararnos para traspasar el umbral de esa puerta que todos habremos de cruzar. Sospecho que allí nos aguardará un libro, así que, como el príncipe cautivo, señalen bien la página del buen libro de su vida porque, a poco que pongan esfuerzo y sacrificio y mucho, mucho amor, tengan por seguro que continuarán leyéndolo por toda la eternidad.  



domingo, 16 de julio de 2017

LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL REGALO DE LEWIS

La ciudad de Cair Paravel, la capital del reino de Narnia (artista desconocido)



«Es de suprema importancia que los niños escuchen buenas fábulas y no malas»

Platón. La República


Hace casi 70 años C.S. Lewis creó una tierra de maravillas, fantasía y magia, de heroísmo, fe y sacrificio, y decidió dar a esta tierra el nombre de Narnia. Desde entonces, casi 100 millones de lectores han disfrutado con estas historias y su autor se ha convertido en un referente inexcusable de la narrativa fantástica infantil y juvenil.

Las Crónicas de Narnia (así es como se denomina vulgarmente la serie), fueron cuidadosamente elaboradas por Lewis, tanto a nivel de palabras, símbolos e imágenes, cuanto de temas y tramas, y ya es sabido que estos  libros (diversos como son en sus argumentos) tienen un claro enfoque cristiano, trasladado magistralmente al papel por Lewis por medio de un uso delicioso de la alegoría (aquello que tanta discusión le causó con su amigo Tolkien). En suma, se trata del relato de la Historia de la Salvación en un escenario de fantasía y Lewis lo hace como nadie.

Los antecedentes directos de estas historias -al menos en la parate referente a la fantasía-, se encuentran, sobre todo, en Edith Nesbit, tal y como reconoció en su día el autor (ver: EDITH NESBIT: REALMENTE FANTÁSTICA). 

Soy consciente de lo mucho y bien que se ha escrito y dicho sobre Lewis y su Narnia. Por ello, en esta entrada, me limitaré a un breve resumen, más temático que argumental, de cada una de las siete novelas del ciclo, centrándome en aquello que Lewis trató de depositar en ellas, o más bien los que otros como yo (en este punto, lo que sigue me parece muy osado e imprudente), y algunos otros mucho mejores que yo, entienden que quiso hacer. Finalmente haré una alusión a un posible sentido oculto de la obra. Quizás Lewis nos esté viendo; solo espero que esboce una sonrisa y sepa disculparme.


Carátulas de las primeras ediciones de las Crónicas
La serie suele ser vista como un relato simbólico y ataviado de fantasía, de lo que los cristianos conocemos como Historia de la Salvación y comprende siete libros, titulados así: El sobrino del mago (1955), El león, la bruja y el armario (1950), El caballo y el muchacho (1954), El príncipe Caspian (1951), La travesía del Viajero del Alba (1952), La silla de plata (1953),  y La última Batalla (1956).

En El sobrino del mago se representa una suerte de relato de la creación similar al Génesis. Así, el autor nos introduce en el mundo de Narnia, junto con los niños Polly y Digory, y nos explica cómo fue creado de la nada, a través del canto y la palabra de Aslan, el creador y prefigura de Dios, presentándonos también a Jadis, prefigura de Satanás, cuya presencia representa la entrada del mal en el mundo. Se nos da, por tanto, una visión poética y alegórica de la creación del mundo. La historia se desarrolla en el mundo real en 1900 y en Narnia nos encontramos en su año 1. 

En El león, la bruja y el armario se aparecen por primera vez los cuatro hermanos Pevensie, Peter, Susan, Edmund y Lucy, y se representa una versión narniana de la crucifixión y la resurrección, en la que Aslan (prefiguración de Nuestros Señor Jesucristo) sacrifica su vida para salvar a los habitantes de Narnia, terminando con el tiránico y diabólico reinado de Jadis, la bruja blanca. Mundo real: 1940. Narnia: 1000.


Ilustraciones para los libros de Pauline Baynes (1922-2008)

En El caballo y el muchacho se tratan las cuestiones de la salvación y conversión de los paganos y de la fe. Aparece Shasta, un joven huérfano de corazón puro. Aslan conduce a Shasta y sus compañeros hasta la seguridad de Narnia, la “Tierra Prometida”, donde encontrarán la libertad, travesía esta en el curso de la cual  Shasta debe vencer a su miedo a ciegas, poniendo su confianza en una voz desconocida (que es, por supuesto, Aslan). Es una historia paralela a la estancia en Narnia de los hermanos Pevensie. Mundo real: 1940. Narnia: 1014. 

En El Príncipe Caspian se relata una historia cuyo tema de fondo es la restauración de la fe verdadera en Narnia, tras haber sido reprimida y degradada por el reinado de Rey tiránico Telmar. Los cuatro niños Pevensie vuelven para ayudar a las criaturas mágicas de Narnia, las dríadas, los enanos y las bestias parlantes, logrando, con la intervención de Aslan, la restauración en el trono del joven Príncipe Caspian, un hombre de noble carácter que sigue la verdadera fe. Mundo real: 1941. Narnia: 2303. 

La travesía del viajero del alba continúa donde El príncipe Caspian termina. En la novela se explora la idea del viaje de la vida y de las pruebas a superar que lo acompañan. Así nos cuenta como Lucy, Edmund y su primo Eustace se unen al rey Caspian en su búsqueda de los Siete Señores, desterrados en su día por su malvado tío Miraz. Largo viaje lleno de aventuras, retos y peligros. Contiene la idea de que uno debe vivir moral y honorablemente. Mundo real: 1942. Narnia: 2356. 

En La Silla de Plata, Eustace regresa a Narnia en compañía de Jill Pole, una compañera de la escuela. Juntos son enviados por Aslan a buscar y rescatar al hijo del rey Caspian, el príncipe Rilian, quien lleva desaparecido diez años. El tema de este libro es similar al de El Príncipe Caspian. Eustace y Jill intentan cumplir la misión que les ha sido encomendada, ayudándose de los cuatro signos dados a Jill por Aslan, y continuando la guerra contra los poderes de la oscuridad. La silla de plata plantea interrogantes sobre la práctica continua de la fe cristiana y sus dificultades. Mundo real: 1942. Narnia: 2356. 


Mapa de Narnia dibujado por Pauline Baynes (1922-2008)
Finalmente, en La última Batalla se emula El Apocalipsis. Se recoge así la venida de un Anticristo, un mono llamado Shift (Triquiñuelas), cuyo dominio conduce a la esclavitud, al despojo y al asesinato de las criaturas de Narnia. Jill, Eustace, Edmund, Lucy, Peter, y unos Digory y Polly ya ancianos, regresan a Narnia para ayudar al rey Tirian. En la batalla final contra Shift, el rey Tirian, Jill y Eustace son empujados a través de una puerta tras cuyo umbral descubren otra,  "Más real y más bella" Narnia.  Esta referencia a una nueva Narnia se hace eco de la descripción de San Juan de una "Nueva Jerusalén" contenida en El Apocalipsis. Al caer la noche sobre la antigua Narnia, sus habitantes pasan ante Aslan para su juicio final, entrando algunos en la nueva Narnia y desapareciendo otros tras la sombra de Aslan. Los protagonistas descubren que los mundos que conocían antes -tanto su propio mundo como Narnia- son sólo sombras de la realidad última, el Cielo, que incorpora la verdadera esencia de todos los mundos y está gobernado por el único verdadero creador. Mundo real: 1949. Narnia: 2556. 

Tan importante como la recreación alegórica de estos acontecimientos de la Historia de la Salvación, es el significado moral más profundo que, con respecto a la naturaleza y práctica del cristianismo, se contiene entre sus páginas. Sus personajes son no sólo simpáticos y muy humanos, sino que también simbolizan diferentes tipos de creyentes cristianos. Así:

Lucy representa la fe verdadera e incondicional que ilumina con su esplendor e inocencia a los demás (lu-cy: Lux).

Con Peter y Susan, Lewis, yuxtapone dos tipos de creyentes. Peter, la "roca", que sigue a Aslan sinceramente, a pesar de cuantas pruebas se presenten en su camino y que es recompensado por su fe inquebrantable convirtiéndose en "Peter el Rey de Reyes de Narnia”.

En cambio Susan, en La última batalla, está ansiosa por creer mientras está en Narnia pero, una vez en el mundo real, pierde la fe, "ya no es un amiga de Narnia", se ha rendido al mundo material y es sorda a la llamada de Aslan.


Edmund, en El León, el Bruja y el armario, juega el papel de Judas, el traidor. Sin embargo tiene la oportunidad de redimirse aceptando la verdad de Aslan a medida que avanza la serie. Por ejemplo, en El príncipe Caspian es el único que respalda la afirmación de Lucy de ver a Aslan, y en La travesía del viajero del alba, conforta y anima a Eustace después de su episodio de conversión en dragón.


Lucy y Susan juegan con Aslan de Pauline Baynes (1922-2008)

Eustace, el primo de los hermanos Pevensie, entra la serie en La travesía del viajero del alba. Se trata de un niño que carece de imaginación, pervertido por la escuela y su educación materialista, lo que le impide percibir la belleza, el bien y la verdad. Pero su conciencia moral despierta paulatinamente tras convertirse en dragón y conocer a Aslan, quien le despoja de su piel escamosa arrojándolo a un pozo, en una especie de bautismo del que emerge como un hombre nuevo, convirtiéndose en un campeón de Narnia, un luchador por la verdad de Aslan en La última batalla.

No obstante lo dicho, algunos han tratado de ir más allá preguntándose cuál habría sido en realidad el sentido último de la obra, especulando si las escribió con un significado oculto y para nada evidente ¿por qué siete? ¿Cada una trata un tema distinto? ¿Hay un significado oculto que no sea aquel al que acabamos de referirnos?


Edmund delante de la guarida de Jadis, la Bruja Blanca, ilustración de Pauline Baynes

En este sentido hay una tesis interpretativa reciente sumamente sugerente (aunque ya se había especulado sobre si los libros representan a los siete pecados capitales, las siete virtudes o los siete sacramentos católicos), esbozada por uno de los más reconocidos expertos en C.S. Lewis y su obra, Michael Ward. Según esta tesis, las siete Crónicas serían una representación de los siete cielos del cosmos medieval. Cada novela de la crónica estaría diseñada de acuerdo con el simbolismo asociado a uno de estos siete cielos (todos y cada uno de ellos regido por un astro distinto) y que Lewis describió como «símbolos espirituales de valor permanente». En esta concepción astronómica medieval, por encima de la Tierra había un conjunto de esferas concéntricas regidas, cada una, por su propio astro celeste: la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Por encima de estas esferas estaban las estrellas y allí, el Primum Movens, la morada de Dios. Cada libro de Narnia se habría basado en uno de estos cielos y su astro regidor, impregnándose con aquellos aspectos planetarios asociados tradicionalmente a los mismos, como jovialidad, marcialidad, saturnidad, etc.

Parecería simplista afirmar que El león, la bruja y el armario encarna únicamente el espíritu festivo de Júpiter, que El Príncipe Caspian se ocupa sólo sobre la guerra (como asociado a Marte), que La travesía del viajero del Alba trata simplemente sobre el Sol, que La Silla de Plata está relacionada con la Luna -cuyo metal asociado es la plata-, El Caballo y el muchacho con Mercurio, El Sobrino del Mago con Venus y el amor creador y La última batalla con Saturno, cierto, pero tampoco sería descabellado sostener que todos ellos parecen estar permeados con las características propias de esta medieval cosmología.

Pero especulaciones al margen (por muy atractivas que puedan parecer, y a mí me lo parecen), el centro de todo está el hecho de que Lewis escribió una serie excepcionalmente entretenida y de un elevado nivel artístico que vale la pena conocer. Además, en un mundo en el que se está expulsando a las convicciones religiosas a una esfera privada y silenciosa y donde la religión y la fe (y más si son cristianas) son a menudo dejadas fuera de los libros de los niños, relatos como estos de Lewis donde la moralidad cristiana y los mensajes de fe, humildad, confianza y honor son parte sustancial de su contenido, son muy necesarios y, en cierto modo pueden infundirnos cierta esperanza, dada su continua popularidad entre los niños (y adultos) de todos los lugares del mundo durante las últimas casi siete décadas.


Edicion en español de Planeta
En España los libros han sido editados en varias versiones (bolsillo de tapa blanda  y cartoné) por la Editorial Planeta (por cierto, con las clásicas ilustraciones de Pauline Baynes, lo que es de agradecer, pues ya son consideradas como inseparables del texto). El orden de lectura mas aconsejable no es el de su publicación. El propio Lewis parece mostrase partidario de una lectura ordenada según el discurrir cronológico de los acontecimientos (tal y como son ahora ordenados por la editoriales y tal y como los hemos ordenado aquí); pero no del todo, pues también señaló: «Cuando escribí El león, la bruja y el armario nunca pensé que escribiría más. Luego escribí El príncipe Caspian como una secuela y seguí sin creer que habría más libros. Y cuando terminé La travesía del Viajero del Alba, estaba convencido de que sería el último. Pero me di cuenta de que estaba equivocado. Tal vez no importe demasiado en qué orden sean leídos. De hecho, no estoy del todo seguro de que los otros libros fueran escritos en el mismo orden en que fueron publicados».  

Por lo tanto, parece que lo importante no es el orden, sino que sean leídos. No obstante, mi hija mayor L. dice que es imprescindible comenzar con El sobrino del Mago y terminar con La última batalla, pues en caso contrario será diíicil comprender bien todos los demás.

Creo que puede ser una buena lectura veraniega, tanto para padres como para hijos. Así que anímense, de verdad que valdrá la pena.

De 11 años a en adelante.