jueves, 27 de septiembre de 2018

DE LA OCIOSIDAD SAGRADA

Soñando, oleo de Maxfield Parrish (1870-1966).


«Vitanda est improba siren desidia».
(Debes permanecer atento a la malvada tentación, la pereza).
Horacio

«Existe la ociosidad sagrada, cuyo cultivo está ahora terriblemente descuidado».
George Macdonald

«Lo que más me gusta hacer es nada».
A.A. Milne. Winnie de Pooh


La pereza es probablemente el menos comprendido de todos los pecados capitales, quizá por ser el más discreto en términos de gravedad; es la cenicienta de los pecados, el más disculpable –en apariencia–, y por eso le prestamos menos atención que a los otros; «la bestia de suave sonrisa» dice en acertada expresión John Senior. La prueba está en que, por pereza solemos entender, con manifiesto error como señalaré más adelante, la falta de actividad, la pasividad ociosa y lánguida; pero definirla de esta manera es mirar, grosso modo, solo una de sus posibles manifestaciones –que además puede resultar equívoca–, sin decir nada de su naturaleza. Por eso es necesario prestarle mayor atención. Y si lo hacemos, veremos que, de hecho, sus manifestaciones pueden encontrase tanto en la hiperactividad como en la inactividad. 

Probablemente esta defectuosa percepción venga causada por nuestra cultura mecánica y material, en la que todo está en movimiento continuo, en la que todavía se tienen por ciertos conceptos como progreso y evolución de los que es sinónimo el mismo movimiento; hemos olvidado que no toda acción es exitosa y que no todo acto es logro. El uso extremo de la energía productiva, del cambio, del movimiento, puede ser decididamente perezoso y por tanto pernicioso. Y sin embargo es igualmente disculpable; es más, en este caso, suele ser alabado y elogiado.

Pero hacer por hacer supone tan mal comportamiento como no hacer por no hacer, siempre que lo que se haga o se deje de hacer no sea resultado de un buen propósito. 

Así, elogiamos comportamientos esencialmente perezosos y carentes de virtud como el desenfreno hiperactivo, al tiempo que confundimos (también por esa falta de atención), lo que es ocio con pereza, lo que es vicio con virtud. Hemos olvidado aquello que George Macdonald calificó de «ociosidad sagrada».

En nuestro tiempo existe una sobrevaloración de la actividad en general, y esto lo contamina todo. Como dice Josef Pieper, se trata de la «incapacidad de dejar que suceda meramente algo, la impotencia para recibir sin más y permitir que a uno mismo le ocurra algo». La causa de que esto sea así reside en que esta actitud presupone humildad, modestia y exige efusión y gratitud. Se trata de aceptar un regalo, saber recibirlo y mostrar agradecimiento por ello. Pero somos demasiado orgullosos para desear hacerlo o siquiera saber hacerlo. 
Dolce Far Niente, oleo de John William Godward (1861-1922).
De esta manera, la pereza no se agota en sí misma en la nada. «Il dolce far niente» de los antiguos romanos (la «inertia dulcedo» de Tácito), es tan pernicioso y pecaminoso como el activismo febril si no conduce a la contemplación.

Y es esta finalidad –la contemplación– es la que ha de ayudarnos a discernir que es pereza y que es «ocio sagrado»

Hablo de esa holgazanería sagrada a que se refiere Macdonald y que es redefinida por Madelaine L´Engle como el momento en el que el pensamiento imaginativo toma el relevo del pensamiento racional y se abre camino hacia la contemplación; como decía Macdonald en una de sus oraciones: «hasta que al fin haya un camino abierto entre Ti y nosotros, y tus ángeles suban y desciendan sobre nosotros, para que estemos en tu cielo, y mientras estemos en tu tierra». En otras palabras, participar en la ociosidad sagrada es imaginar un camino de sueños abierto entre nosotros y el cielo, mediante el cual poder acercarse a las cosas en sí y experimentar la verdadera naturaleza de las mismas mientras todavía estamos «aquí en Su tierra». 

Por lo tanto, tampoco se trata de una absoluta inactividad, de una inmovilidad persistente, sino, como señalaba agudamente Stevenson, esta ociosidad «no consiste en no hacer nada, sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los dogmáticos formularios de las clases dirigentes», es decir, consistiría en un hacer algo distinto de un trabajo servil: por ejemplo, mirar a las estrellas o recolectar flores.

En todo caso, como decía Macdonald, eso está olvidado. Y hoy más que nunca. En nuestro mundo sufrimos de dos alteridades, igualmente extremas e igualmente perniciosas.

Detalle de la obra, El padre Santiago (o, El leñador), de Jules Bastien-Lepage (1848-1884).
Por un lado, tenemos el activismo febril, que ha sido denominado por Caturelli, con gran acierto, como «pereza activa»: «La contemplación (imperfectísima en las obras humanas, imperfecta en los efectos divinos en el tiempo, perfecta en Dios allende el tiempo) es visión y amor del bien espiritual. De ahí que un mundo inmanente a sí mismo solamente produce un activismo seco y desesperante al que llamo pereza activa, pues es amargura y huida de la vida interior donde se contempla el bien espiritual y alocado movimiento productor de bienes físicos, de confort y de desmemoria de sí»

Consecuentemente la «pereza activa» ha llevado a la absolutización del trabajo. «Desde la aparición del industrialismo –sigue diciendo Caturelli-, en la medida que su propio desarrollo se lleva a cabo inmerso en el inmanentismo de un mundo autosuficiente, tiende a considerar al hombre como “productor” y no como persona trascendente al acto mismo del trabajo. Por este motivo profundo, la absolutización del trabajo reemplaza el ocio contemplativo (optimista, intelectualista, trascendentista) por un triste activismo diario que odia todo valor trascendente al mundo del trabajo»

El pelagianismo y la acedía se encuentran muy cerca de esta pereza activa, que en todo caso parece una manifestación más de un pecado capital, se llame como se llame este. 

Y por otro lado, tenemos a más de un tercio de la población (y el porcentaje se eleva cuanto más jóvenes), sumidos en un estado de cuasi postración, entre pereza, astenia y depresión; aislados unos de otros y sumergidos en una realidad virtual paralela y alienante. Incapaces de comunicarse personalmente, incapaces de sobreponerse a la frustración o al fracaso. 

Hoy se siente esta ausencia más que nunca y se busca desesperadamente llenar su vacío: nestingmindfulness, yoga… Pero amigos, no se busca dónde debe buscarse. Como siempre, se trata, no de remedios sino de remiendos. Sustitutivos apresurados, con promesas vacías de prontos resultado. Y como mayor yerro, se presentan como fines en sí mismos prometiendo un estado anímico humano como objetivo mediato con vistas a posibilitar una laboriosidad centrada en el dinero y en el consumo. Se trata únicamente de fórmulas para desconectar y rebajar el estrés generado por esa fruición laboral.

Mujer de Dakota, óleo de Harvey Thomas Dunn (1884 - 1952).
La gente anhela más tiempo libre pero realmente no sabe para qué. Es como un deseo difuso pero invencible, tan ansioso e irreprimible como la imperiosa necesidad de respirar; un impulso tan inconsciente como irrefrenable, pero que no apunta realmente en ninguna dirección. O quizá si, quizá se trate solo de algo negativo: la liberación de los deberes y las responsabilidades, de los horarios y las expectativas.  En todo caso, esto no arregla nada. Caminos equivocados que persiguen fines errados y peligrosos (como el yoga) o viejas herramientas mal utilizadas que trabajan para fines inconvenientes (como los llamados nesting y mindfulness).

Porque lo cierto es que, al terminar estos paréntesis utilitarios, volvemos a nuestra realidad apresurada, consumista y materialista, y tenemos que "ponernos al día" con nuestras listas de tareas y con el sinfín obligaciones sobre contactos, actividades y labores que hemos bloqueado deliberadamente mientras estábamos en nuestro refugio temporal. Y lo peor de todo, lo que resulta absolutamente errado es su objeto: mantenernos preparados y “sanos” para la competición y el trabajo obsesivo que con que nos “obsequiamos”. Cuando volvemos a los contextos de nuestra vida cotidiana, vemos que el denominado ocio en realidad no era más que una ociosidad utilitarista que más que acercarnos nos aleja de la contemplación, y que en realidad disfraza convenientemente un nuevo modo de pereza.

Y los niños y los jóvenes –los nuestros, sí–, son víctimas propicias de estos males. Lo vemos todos los días. De entrada, los tenemos sujetos a una incesante actividad de lo que podríamos llamar formación utilitarista/hedonista, con cursos escolares y extra escolares, con clases de todo tipo que los dejan agotados y exhaustos. Pero, sobre todo, nuestros chicos no saben esperar, no saben mirar con atención nada; se desesperan y se irritan ante la demora, el silencio o la necesidad de prestar atención. La ansiedad y la prisa forman parte de su modus vivendi. En suma, no saben (creo que ni tan siquiera pueden) aburrirse. Se han vuelto intolerantes al sano aburrimiento.  Ya hable de ello una vez (En busca de la imaginación perdida). Pero hay que seguir hablando. Y hay que seguir diciendo que la lectura es un bálsamo para este mal. 

Por un lado los libros les habitúan a sosegarse, a reposar, a prestar una atención, silente y pausada (no la frenética y agitada de los juegos de ordenador). Y por otro, los buenos libros son, como sabemos, graneros de donde reposan, para su alimento, toneladas de imaginación y fantasía, y hasta a veces, raras veces es verdad, la naturaleza real de las cosas mismas. Creo haberles hablado también de las numerosas puertas y ventanas que tiene ese granero, inmenso e inagotable (En busca de la imaginación perdida). 
«Era una tierra plácida, de inquieta y dulce fantasía,  
en la que, ante nuestros ojos entornados, brotaban sueños 
de fantásticos castillos en nubes pasajeras, 
aquellas que jamás huyen de un cielo de verano».
  
Castillo de la Indolencia. James Thomson
Y termino recordando la idea de Aristóteles de que «solo en el ocio somos más humanos»; así que volvamos, y con premura, a la practica de la «ociosidad sagrada» que clamaba George Macdonald, regresando a esa «tierra plácida de inquieta y dulce fantasía», y hagámoslo, entre otras formas, leyendo; leyendo buenos libros con nuestros hijos. Nos hará bien a unos y otros.

viernes, 21 de septiembre de 2018

ILUSTRADORES GENIALES (V): EN POS DE LA BELLEZA.


Ilustración de Vittorio Accornero.




«La belleza es, sostengo, no un mero accidente para la vida humana que las personas pueden tomar o abandonar según lo deseen, sino una necesidad vital». 

William Morris





Maurice Boutet de Monvel (1850-1913).


La criada en armadura y a caballo, óleo de Maurice Boutet de Monvel que ilustra uno de los episodios de la vida de santa Juan de Arco.
Ilustrador galo cuyas delicadas representaciones de los niños franceses de la época reflejaban de manera encantadora el mundo infantil que Kate Greenaway había recogido, con igual encanto, al otro lado del estrecho. Boutet de Monvel se sintió especialmente atraído por la fantástica recreación de la infancia de Greenaway, lo que le inspiró a hacer lo mismo, si bien a la luz de su personal visión imaginativa. Su trabajo manifiesta gran inventiva y un solvente manejo de los contornos de las figuras, delicados pero firmes y resaltados por lavados de color armoniosos, todo ello quizá resultado de la influencia de los grabados japoneses de colores planos, tan propia de aquella época. Se ha llegado a decir, sin duda con exageración, que sus ilustraciones de doble página alcanzaban una nobleza y grandeza similares a los grandes frescos de las iglesias del Renacimiento. 

Dos ilustraciones del libro Niñas y niños: Escenas de la ciudad y de los campos 
Su primer gran éxito fue, Niñas y niños: Escenas de la ciudad y de los campos (1886), escrita por Anatole France, en la que con sensibilidad capturó la esencia tanto de los niños urbanos como de los campesinos, con sus juegos y sus quehaceres cotidianos. Antes había ilustrado libros recogiendo canciones tradicionales infantiles, como Viejas canciones para niños pequeños (1883) y Canciones de Francia para niños pequeños (1884), donde usó una hermosa estética en los colores y en el diseño con una precursora "línea clara" cuya sobriedad le otorga a los dibujos cierta elegancia. Las imágenes enmarcan el texto y sus pequeños personajes cantan y bailan sobre frisos en los bordes de las páginas, rodeando las partituras y las letras de las canciones. Así mismo, dio vida a una magnifica versión de Las Fábulas de La Fontaine (1888), de la que ya he hablado (Las fábulas). Pero su trabajo más espectacular fue Juana de Arco (1896), libro álbum (del que también he hablado aquí) en el que, en cuarenta y cinco acuarelas, Boutet de Monvel plasmó la vida de la santa a través de un boato de riqueza, de color y de armonía, celebrando, a un tiempo, el aspecto femenino, religioso y patriótico de la historia; su admiración por el luminoso arte de Fra-Angelico y las escenas de batalla de Paolo Uccello se expresa con grandeza y delicadeza en esta obra (la recreación de la batalla de Patay es fabulosa). 


El caos del conflicto, óleo de Boutet de Monvel que representa la batalla de Patay. 
El libro fue un éxito rotundo para su autor, lo que le otorgó reconocimiento internacional. De este álbum comentó su hijo y también artista Bernard Boutet de Monvel: «su representación de la pequeña figura de Juana de Arco, tan seria y tan pura, es ciertamente la más conmovedora jamás concebida de ella».

Portada e ilustraciones del libro Viejas canciones para niños pequeños.
Su obra iluminó la escena de la ilustración francesa de la época aportando una representación seria y valiosa de la infancia que creó escuela. Ilustradores modernos como Hilary Knight (ilustrador de Eloise de Kay Thomson) y Maurice Sendak han reconocido la influencia del artista francés en su trabajo.

En español solo disponemos de una de sus obras, aunque sin duda la mejor, la ya referida Juana de Arco, editada recientemente por Thule en su colección Trampantojo en el año 2015.


Vittorio Accornero de Testa (1896–1982).


Ilustrador y pintor italiano. Antes de la Primera Guerra Mundial se había establecido como ilustrador de libros y pintor con el nombre de Victor Max Ninon. En la década de 1930 regresó a la ilustración del libro infantil y a su nombre original. Ilustró libros de cuentos y fantasía de hadas, donde se le ve desbridar un trazo claro pero admirablemente adornado, lleno de unos muy personales remolinos y curvas y situado en algún lugar entre art nouveau y art deco. Ilustra unos 60 libros, entre ellos los cuentos de Andersen, Perrault, Grimm y Madame D´Aulnoy, los cuentos de Shakespeare, y los famosos Pinocho y Corazón

En los años cuarenta y cincuenta escribe y presenta para Mondadori seis libros para niños, entre los que destacan Tomaso (1944), Giacomino (1949) y Tomaso cazador (1950). 


Durante su larga carrera, Accornero también diseñó trajes y disfraces para el teatro y el cine, así como escenarios y vestuario para La Scala en Milán. En 1966, fue contratado por Gucci para diseñar telas para bolsos de mujer y pañuelos. Entre ellos destaca la famosa serie de fulares Flora, creada en 1966 exclusivamente para Grace Kelly y cuyo diseño todavía está en producción hoy. 




En español se han publicado por Plaza Joven sus Cuentos de Andersen y sus Cuentos de Grimm, en 1988, en unas ediciones muy cuidadas.

Apeles Mestres (1854-1936).



Se trata de todo un precursor de la ilustración en España.  Uno de los más prolíficos ilustradores de su época y probablemente el primero que publica en un formato similar al cómic en su famosos Cuentos Vivos. Buscado por las editoriales, admirado por sus contemporáneos y muy respetado por las generaciones de dibujantes posteriores, sin embargo, sorprendentemente, no fue muy conocido fuera de Cataluña. Parte de su trabajo fue dedicado a los niños.

Ilustración para El Quijote y una lámina de sus Cuentos vivos.

Su quehacer se desarrolla en todos los campos en los que el dibujo era el medio expresivo básico: caricatura, humor, diseño gráfico, publicidad, ilustración de adultos e infantil, etc., de hecho abandona la pintura por considerar que el color es un añadido artificial al dibujo. Se enfrenta a su trabajo de ilustración con el mismo rigor documentalista que caracterizaba a los dibujantes de los libros de viajes; así, cuando recibió el encargo de ilustrar El Quijote, recorrió Castilla para imbuirse del paisaje que supuestamente recorriera el protagonista.


Sin embargo, una de las aportaciones más importante de su obra sería la imaginación y fantasía que desarrolló en textos ajenos, como los Contes d’en Perrault y Los cuentos de Andersen, en textos propios como Liliana, y en libros de escaso texto  como sus conocidos Cuentos vivos

Portada y frontispicio de la edición de Compañía Literaria.

En castellano todavía pueden conseguirse sus Cuentos de Andersen, reeditados en edición facsímil por la editorial Compañía Literaria en 1994. También Los Cuentos vivos han sido reeditados en facsímil por la editorial Glénat en el 2007.


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miércoles, 12 de septiembre de 2018

MUJERCITAS

Las cuatro hermanas March, por Jessie Willcox Smith (1863-1935).



“No tengo miedo de tormentas porque estoy aprendiendo a guiar mi barco”.

Louisa May Alcott, Mujercitas




Mujercitas, la historia de las cuatro hermanas March –Meg, Amy, Jo y Beth–, es uno de los pilares basales de una infancia literaria. Lo fue de la de mis cuatro hermanas, pero reconozco con Chesterton (al que volveré) que es el tipo de libro que hace que un chico vacile y se detenga; así me pasó a mí en su día, aunque he de decir que luego volví (cuando lo leyeron mis hijas) y eso hizo que viera el libro de otra manera. Y a fe que fue una fortuna para mí, porque realmente me gustó.

No es que yo como padre me aproxime al famoso progenitor de la autora, el reformador educativo y miembro fundador de los trascendentalistas, Amos Bronson Alcott, ni que la educación que él dio Louis May Alcott y a sus tres hermanas (mezcla de frugalidad, autocontrol y libertad creativa) se parezca a la que mi mujer y yo damos nuestras hijas. No, qué va. Tampoco ellas están inmersas en una atmósfera de alta cultura y en contacto con grandes hombres, como lo estuvo Louise May Alcott, que tuvo presente en su infancia a Emerson y a su biblioteca, como mentor y laboratorio de experimentación literaria respectivamente; que paseaba por los bosques de Concord a la vera de Henry David Thoreau, quien tocaba para ella la flauta, o que gozaba de la compañía de Nathaniel Hawthorne y de sus cuentos y relatos. 

De hecho, Mujercitas no refleja exactamente cómo fue la infancia y juventud de Alcott (para ver algo de la filosofía educativa que recibieron ella y sus hermanas hay que acudir a la lectura de Hombrecitos, donde Jo March pone en marcha una escuela en la que se plasma alguno de los ideales educativos del padre de la novelista). Hay mucha más sencillez, mucha más normalidad, y quizá ello ayude al gran impacto que causa la lectura de esta novela. No obstante, es cierto que la historia tiene claros tintes autobiográficos, como ocurre con los personajes de las cuatro hermanas March, que encajan como un guante en las cuatro hermanas Alcott, o las similitudes entre el carácter e incluso los trabajos que llega desempeñar Josephine March y la propia vida de Louis May Alcott, que al igual que la protagonista trabajó de maestra, costurera, institutriz y, sobre todo, tuvo como pasión la escritura.
Recuerdo de mi infancia la huella que produjo Mujercitas en mis hermanas y la sorpresa de que tal impresión perdurase y se volviese a manifestar, muchos años después, en mis hijas con igual entusiasmo y deleite ¿Quiere esto decir que hay algo intemporal en esta novela que le hace con justicia acreedora al tÍtulo de clásico? Esta es, al parecer, una de las características de tales libros, pero sé que hay otras tantas exigencias y no soy quien para hacer calificativos. Ahora bien, a las mujeres de mi familia les entusiasmó y causó en ellas un algo transformador ¿qué cosa fue? Trataré de aproximarme a ello, pero no prometo nada, salvo agitación entusiasta.

Chesterton opinaba así: “Pero dos cosas son absolutamente seguras; en primer lugar, que incluso desde un punto de vista masculino, los libros son muy buenos; y segundo, que desde un punto de vista femenino son tan buenos que sus admiradoras realmente han perdido de vista, incluso, su bondad. Nunca o casi nunca he conocido a una mujer realmente admirable que no haya confesado haber leído estos libros: damas altivas admitieron (bajo tortura) que les gustaba todavía; señoriales sufragistas al sentarse en el sofá dejaron caer “Mujercitas” al suelo, cubriéndose de vergüenza pública. En las universidades, mujeres sabias creen firmemente en ellos, guardándolos como un secreto, como una droga peligrosa”. Aunque termina diciendo, que, como hombre, es un "intruso" y se retira. Y si yo no hago lo mismo es porque creo que a Chesterton le faltaba algo que a mí me permite no retirarme y disfrutar, e incluso casi comprender; esto es: soy padre de unas niñas maravillosas (esto último sobra a estos efectos, pero no puedo resistirme), aunque reconozco que en parte me siento un exiliado. ¿La razón? ¿Es quizá un libro de chicas? No lo creo. Quizá no lo sea de chicos, cierto, pero por su categoría puede ser abordado por cualquier lector adulto, sea hombre o mujer. El exquisito y exigente Harold Bloom lo califica como un libro absolutamente maravilloso. Una obra fresca, intensa, increíblemente vibrante y fantástica, y para todas las edades. Un texto fabuloso”.


Tres ilustraciones de la obra por Harold Cooping (1863-1932), Jessie Willcox Smith (1863-1935) y Salomon van Abbé  (1883-1955), respectivamente.
La obra está compuesta en realidad de dos libros: el primero publicado en 1868 y titulado Mujercitas, y el segundo –que salió a la venta un año más tarde–, con el título original de Good Wives (buenas esposas), publicado en España como Aquellas mujercitas, aunque las últimas ediciones recogen ambos libros en un solo volumen. 

El argumento de la novela es la vida de las hermanas March en su casa de Concord, mientras su padre se encuentra ausente por causa de la guerra (la Guerra Civil o de Secesión americana), relatándosenos su paso de la infancia a la madurez. La arquitectura y diseño de la historia sigue la pauta de la novela de John Bunyan, El progreso del peregrino, de aquí las múltiples referencias a esta obra; por ejemplo, los títulos de muchos capítulos (Juego de los peregrinos, Cargas, Beth encuentra el Palacio Hermoso, Un valle de sombras, entre otros). Otra influencia del libro de Bunyan es el propio leitmotiv del relato, el peregrinar de las protagonistas afrontando los desafíos de la vida y superando sus propios defectos y cargas personales, de modo que puedan convertirse en verdaderas mujercitas. Meg, la mayor, debe hacer frente a su vanidad. Jo, la segunda, como su madre, tiene un temperamento fuerte que debe aprender a controlar. Beth, la tercera, ya es casi tan perfecta que su carga es simplemente superar su timidez. Amy, la pequeña y mimada, debe tratar de corregir su falta de sentido práctico y su irreflexión. Es por ello que puede ser considerada una novela de crecimiento, así como una guía de conducta para jovencitas.

Al lado de las cuatro protagonistas destaca, tenuemente pero de forma constante, su madre, Marmee, otro personaje fundamental en la novela. La señora March enseña a sus hijas el valor de una vida familiar estable y llena de amor y respeto, que supera en riqueza los lujos que disfrutan otros; las orienta y alecciona en la dificultad y grandeza del perdón, y siempre muestra a sus hijas, con su ejemplo de vida, que las vicisitudes y altibajos, necesariamente presentes en todo matrimonio y vida familiar, han de ser abordados con sabiduría cristiana, desde la humildad, el amor y el perdón... y con un poquito de sentido común.  
“Hija mía, tus problemas y tentaciones no han hecho más que empezar y pueden ser muchos, pero lograrás superarlos y vencerlos si aprendes a sentir la fuerza y el amor de tu Padre Celestial como sientes los de tu padre terrenal. Cuanto más le ames y confíes en Él, más unida te sentirás a Él y menos dependerás del poder y la sabiduría humanos. Él nunca se cansa de amarnos y cuidarnos, nada le aleja de nosotros y nos proporciona la paz, la felicidad y la fuerza que necesitamos en nuestra vida. Has de creer en esto y confiar a Dios todas tus cuitas y esperanzas, tus errores y penas, del mismo modo que los compartes con tu madre”.
Mujercitas ha sido un libro que ha formado a generaciones y generaciones femeninas ininterrumpidamente desde finales del siglo XIX. Hasta hace poco era muy difícil encontrar a alguna mujer con cierto grado de cultura que no lo hubiese leído (hasta Simone de Beauvoir lo leyó y al parecer le dejó huella, aunque no mucha, desde luego). Sin embargo esto ya no es así. Hoy es un libro apartado, que ya no forma parte de esa dieta básica de lectura de antaño. Y ello se notará; en realidad, se está ya notando. 

En mi familia, gracias a Dios, es todavía una tradición que ha pasado de mujeres a mujeres, y parece que seguirá siendo así. Y no solo su lectura, sino que incluso el ejemplar leído es uno concreto, aquel –ya desvencijado– que mi abuela materna leyó, y luego mi madre, para más tarde llegar a manos de mis hermanas, quienes finalmente lo entregaron mis hijas. ¡Ah!, por cierto, se me olvidaba, y es que también en mi familia hay una época determinada para leerlo, que es, cómo no, las Navidades, pues así comienza la historia. 

Inicien ustedes una tradición similar (si es que no la han hecho ya), y conserven este pilar literario para sus hijos y los hijos de sus hijos.


martes, 4 de septiembre de 2018

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS


Edición conmemorativa del 60 aniversario de la publicación de El Señor de los Anillos, realizada por Minotauro, y la primera edición completa de la obra en tres volúmenes realizada por la editorial George Allen & Unwin entre 1954 y 1955.


«Un relámpago en un cielo claro».

C. S. Lewis


Tolkien y Lewis fueron grandes amigos. Es sabido que su amistad pasó por momentos de dificultad, pero no es menos cierto que es considerada como una de las más grandes y memorables amistades habidas entre escritores. También sabemos de la influencia que Tolkien tuvo en la conversión al cristianismo de Lewis.

No obstante, uno de los puntos de discrepancia entre ambos amigos fue el enfoque dado a las que podríamos considerar sus obras maestras: el ciclo de Narnia, de Lewis (tratado en la entrada Las crónicas de Narnia: el regalo de Lewis) y El Señor de los Anillos, de Tolkien. Ambos (Lewis siguiendo a Tolkien aquí) dieron forma a sus imaginarios literarios a través de la Mythopoeia: la subcreación de mundos imaginarios con la “consistencia interna de la realidad”, que reflejan en su interior “un astillado fragmento de la luz verdadera”. Sin embargo, Tolkien llevó a cabo su obra evitando utilizar la alegoría y la religiosidad explícita que C.S. Lewis empleo en su Narnia, y lo hizo por medio de la hierofanía de lo natural, a través de la ontología propia de las historias de hadas y de la conducta ética que implícitamente manifiestan sus personajes. Todo ello está impregnado de la moral y la experiencia cristianas; al parecer el mismo Tolkien escribió que El Señor de los Anillos es “una novela inconscientemente católica en su elaboración y conscientemente católica en su revisión final”.

La obra del Tolkien es colosal (y no solo los tres libros que componen la historia del anillo, sino todos sus adyacentes y subsiguientes), y por eso su mérito al dotar a la historia de coherencia, equilibrio y calidad es enorme. Escrita de una forma firme y sencilla (“una antigua manera de escribir, directa y viril”, según una vieja reseña de Donald Barr), resulta de fácil lectura, a pesar de sus dimensiones (unas 1.300 páginas).

La historia tiene interés por muy variados motivos y su atractivo es evidente para casi todos (los seguidores de Tolkien son legión); sin embargo me gustaría centrarme solo en tres aspectos y hacer un pequeño resumen de la obra, dejando así de lado una labor mas profunda para la que no estoy preparado. Porque mi conocimiento es el de un mero lector que, por cierto, se acercó a Tolkien y su obra gracias al ejemplo y los consejos de un gran mentor literario: mi tío Javier (a quien le debo este y otros muchos caminos de letras), que sabía y gustaba de él cuando casi nadie lo conocía en este país, hace ya mucho tiempo.  

Los tres aspectos son los siguientes:

1º.- El Señor de los Anillos no es una trilogía, no es una secuencia de libros relacionados temáticamente, no es una saga; es una sola historia, de principio a fin, si bien dividida en tres volúmenes, y ello únicamente por motivos editoriales.

2º.- La historia no se desarrolla en un imaginario mundo paralelo, como Oz, como Nunca Jamás o como Narnia. Tolkien lo dejó claro en varias de sus cartas; se trata de un período histórico imaginario en nuestro propio mundo (“El mío no es un mundo imaginario, sino un momento histórico imaginario en la 'Tierra Media', que es nuestra morada”) ¡Y qué mundo! Tolkien describe de manera exhaustiva y detallista un universo por entero, de tal forma que al terminar de leer la obra lo conocemos tan bien como el que nos ha tocado habitar.

3º.- No se trata de una alegoría cristiana. Como antes he bosquejado, este es el punto de contraste entre los dos amigos. Sin embargo, aunque no menciona expresamente al cristianismo, El señor de los anillos es una obra profundamente religiosa porque se sumerge en la sacralidad de lo natural. En ninguno de los tres libros se menciona a Dios ni hay ningún indicio de culto religioso organizado; pero toda la creación de la Tierra Media por parte de Tolkien supone un esfuerzo por transportarnos de una cultura materialista, urbanizada y racionalista, a una en la que el hombre está en contacto directo con lo creado y vive su naturaleza desnuda (sin disimulos ni medias verdades), enfrentando una lucha feroz en la que debe elegir entre el bien y el mal y combatir en uno o en otro bando. La historia nos revela una visión católica del mundo, en la que el bien y el mal no son dos iguales que han de batirse en duelo, sino que el mal es una corrupción del bien y por ello hay que procurar realizar el bien siempre. La visión final de Chesterton en su lecho de muerte está muy presente en toda la narración: “La cuestión es clara ahora, se trata de la luz y la oscuridad y cada uno debe escoger de qué lado está.”  

El bosque de Fangorn y Rivendell, ilustraciones del propio Tolkien.

¿Y de qué lado estamos nosotros? ¿De que lado queremos que estén nuestros hijos? Pues los míos y yo del lado de Tolkien, sin duda; y del de Frodo, Gandalf y Aragorn, y para estar y permanecer en ese lado ayuda, y mucho, leer esta gran historia.

El argumento del relato es el de la clásica misión heroica, pero al revés. W. H. Auden lo explica mejor en una famosa recensión de hace 64 años: 
“Todas las Misiones tienen que ver con algún objeto mágico, las Aguas de la Vida, el Grial, un tesoro enterrado, etc.; normalmente este es un objeto benéfico, ya que la tarea del héroe es encontrarlo o rescatarlo del enemigo, pero el Anillo de la historia del señor Tolkien fue hecho por el enemigo y es tan peligroso que incluso el bien no puede usarlo sin ser corrompido”.
Por esta razón, el Bien no puede usar el anillo, pues en ese mismo momento dejaría de ser Bien. La única manera de asegurar la derrota del Mal es destruirlo. Pero el anillo solo puede ser destruido en el corazón donde habita el Mal: en Mordor.

Por lo tanto, la misión es peliaguda y más peligrosa, si cabe, que cualquier otra. Pero es que el héroe es también muy peculiar: No es un héroe al estilo de Hércules, Ulises o Lancelot; no tiene grandes cualidades físicas ni tampoco intelectuales; no goza de fama o prestigio ni atesora una gran sabiduría. Es un poco como todos nosotros; pero más pequeño: es un hobbit, Frodo Bolson, y a su lado, corriendo la aventura, ayudándole, asistiéndole, estorbándole o persiguiéndole, aparece una pléyade de personajes inolvidables, buenos y malos (y esto está muy claro desde el principio), leales y traicioneros, esforzados y pueriles, sinceros y mendaces, peligrosos y afables, y así conoceremos a los Hobbits, a los Elfos y a los Enanos, y también a los Orcos y demás seres malignos. Trataremos con Elrond, Gandalf, Aragorn, Galadriel, Legolas, Sam y Pippin, y conoceremos a Gollum, Sauron y Saruman. 

El bosque de Lothlorien y la Puerta Oeste de Moria, ilustraciones de Tolkien.

Y en el centro de ese mundo creado por Tolkien, su protagonista Frodo y sus compañeros deberán completar la misión: deberán destruir a toda costa y cueste lo que cueste el anillo, asumiendo para ello riesgos, afrontando y salvando obstáculos y haciendo frente a situaciones hostiles.

Y aquí me gustaría detenerme y destacar que la novela, entre otras cosas, contiene una lección que realza una facultad del alma muy elogiada en este blog. Una facultad cuyo uso y posesión ayuda a diferenciar el bien del mal, lo que no es poca ayuda en un mundo tan confuso moralmente como el nuestro. Y la lección es que el mal y su orgullo y egoísmo implícitos carece de imaginación; no así el bien, que puede imaginar la posibilidad de volverse mal –lo vemos en el rechazo de Gandalf y Aragorn a usar el Anillo-. Sin embargo, el Mal, Sauron, no puede imaginar nada por sí mismo; su pensamiento se centra enfermizamente en la dominación y el miedo y su soberbia le impide pensar que sus enemigos puedan intentar destruir el anillo; su ojo se mantiene fijo sobre Gondor y alejado de Mordor, lugar donde Frodo verá culminada su misión. 

Esa imaginación que hoy se arrincona es ensalzada en el libro y solo por eso valdría la pena leerlo… pero les anuncio que hay mucho más, muchísimo más… 

Y termino con un párrafo de la reseña del poeta W. H. Auden de la que les hablé, pues expresa en unas líneas lo que yo también sentí y siento sobre esta gran obra y espero que sientan mis hijas cuando acaben de leerla; y con ella les dejo: 
“Por último, si uno se toma seriamente un cuento de esta clase, debe sentir que este, por más que superficialmente pueda ser que no se parezca al mundo en que nosotros vivimos en lo que respecta a sus personajes y hechos, nunca deja de sostener el espejo en el que se refleja la única naturaleza que conocemos, la nuestra propia; en esto, también, Tolkien ha tenido un éxito magnífico, y lo que sucede en el año de la Comarca de 1418 de la Tercera Edad de la Tierra Media es no solo fascinante en el año 1954 después de Cristo, sino que también es un aviso y una inspiración”. 
“… Un aviso y una inspiración…”, nacida de ese “relámpago en un cielo claro”, que para C. S. Lewis era esta grandiosa obra; espero que así sea para ustedes y sus hijos.