UN MUNDO SIN ATENCIÓN NI TIEMPO: EN BUSCA DE LA SAGRADA QUIETUD A TRAVÉS DE LOS LIBROS

«La joven de las nomeolvides» (detalle). Gabriel Schachinger (1850-1912).





«Me detuve ante el triple puerto del norte   

Donde formas dedicadas de santos y reyes,

rostros severos ensombrecidos por la vigilancia inmemorial,

Miraban hacia abajo benignamente graves y parecían decir,

Vosotros vais y venís sin cesar; nosotros permanecemos

A salvo, en la sagrada quietud del pasado;

Sed reverentes, vosotros que revoloteáis y sois olvidados,

de una fe tan noblemente realizada como ésta».


James Russell Lowell. La Catedral




¿Cuántas veces dejamos de disfrutar de un atardecer por "inmortalizarlo" con la cámara, para no verlo nunca? ¿Nos arrepentiremos de sacrificar la experiencia directa por almacenar píxeles que jamás revisaremos? Pienso en los primeros pasos de nuestros hijos, sus primeras palabras, sus primeras brazadas o sus mañanas de Reyes. Todos esos momentos están en algún disco duro, pero ¿están en nuestros corazones? ¿Forman parte de nuestra memoria sentimental, esa que San Agustín llamaba el «vientre del alma» y que Santo Tomás considera parte integral de la virtud de la Prudencia? Si no es así, serán algo perdido que no podremos recuperar.

Aunque quisiéramos rescatarlo, deberíamos preguntarnos qué encontraremos allí. ¿La realidad pasada? ¿Puede revivirse lo pasado cuando no hemos prestado atención, cuando no hemos puesto nada nuestro en aquello que hemos grabado? ¿O es un patético simulacro, una impostura que sustituye la vivencia ontológica por un mero registro técnico?

Por otro lado, ¿cuándo atendemos a las denominadas por los sabios «cosas permanentes»? ¿Nos paramos a pensar en las grandes preguntas: qué somos, qué hacemos aquí, qué sentido tiene todo esto en lo que estamos inmersos –de manera involuntaria– y que llamamos vida? ¿Cuándo cultivamos esa capacidad propiamente humana de detenernos, contemplar y preguntarnos por lo esencial? La respuesta es inquietante: casi nunca. Y esto es lo profundamente inhumano de nuestra época, un tiempo que ha sustituido la contemplación de la Verdad por el consumo frenético de datos.

Quizás solo nos quede prestar atención a lo vivido y recoger algún detalle por escrito, buceando en la memoria para poder recuperarlo algún día, más fielmente, más realmente, más humanamente... quizás.

Pero para eso, necesitamos recuperar la atención. Proveniente del latín attentio (de ad-tendere, tender hacia), se trata de un facere, de algo que requiere nuestro esfuerzo, de algo activo y no pasivo. Y, como sabemos, hoy estamos en un mundo más de percepción y sentimiento que de acción y voluntad, donde los apetitos sensibles han eclipsado el gobierno de la razón.

Porque, como dice Santo Tomás siguiendo a San Agustín, la paz y la tranquilidad brotan del orden: es la Tranquillitas Ordinis lo que necesitamos. Para que el entendimiento pueda "atender", las potencias del alma deben estar ordenadas. Si las pasiones están desbocadas, el alma se encuentra en estado de sedición interna. Pensemos en un ejemplo cotidiano: cuando intentamos leer algo profundo tras haber pasado horas en redes sociales, descubrimos que nuestra mente no puede sosegarse. Las palabras resbalan sin penetrar en nosotros. Hemos perdido la capacidad de habitar el silencio necesario para el verdadero conocimiento, cayendo en la curiositas desordenada (¡sobre la que ya alertaba Aquino aun sin conocer Internet!), que nos aleja de la realidad profunda de las cosas.

Por eso, la tranquilidad, el sosiego y la paz de espíritu necesitan ser reivindicadas con urgencia en una época caracterizada por una dispersa, fragmentada y deficiente atención. La tecnología ha irrumpido de golpe en nuestras vidas arrebatándonos el tiempo y la concentración. Es verdad que lo hace bajo la apariencia de un ilusionista que entretiene y hace las delicias del público con sus trucos. Pero, aun siendo así, lo cierto es que nos hemos dejado seducir y hemos entregado voluntariamente nuestra libertad.

Esta necesidad de un orden tranquilo, de una sagrada quietud, comienza a ser percibida hoy. Existe preocupación por la influencia de los medios digitales en nuestros hábitos, y por los efectos perniciosos que están provocando en nosotros, y, sobre todo, en nuestros hijos. Autores como Catherine L'Ecuyer (Educar en la realidad), Nicholas Carr (Superficiales), y Matthew B. Crawford (El mundo más allá de tu cabeza), han despertado muchas conciencias, pero la mayoría sigue sin prestarle atención a ese gravísimo asunto. ¿Cómo va a reparar en ello un mundo que lamina la atención y la aparta a un oscuro rincón impidiendo la hospitalidad necesaria para que el Logos resuene en nosotros?

Las ciencias de la salud también están lanzando advertencias. El neurocientífico Adam Gazzaley y el psicólogo Larry D. Rosen estudian en The Distracted Mind las desalentadoras consecuencias de esta hiperconexión: ansiedad, aburrimiento, desmemoria, dispersión, y pérdida de control cognitivo. En nuestros días somos más inseguros, más manipulables, nos distraemos más a menudo, y padecemos más ansiedad y depresión que hace décadas.

Necesitamos pues pacificar el alma. No se puede prestar atención profunda a lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello si el espíritu está agitado por la mundanidad. La atención verdadera requiere una ascesis, un vaciamiento del tumulto exterior e interior.

Y, aun cuando nuestra naturaleza caída tiende naturalmente a la dispersión; aun cuando la atención más pura (aquella que, como decía Simone Weil, es la sustancia misma de la oración) requiere un acto de la voluntad sostenido por la Gracia, nosotros podemos –y debemos– poner algo de nuestra parte.

Y el libro, la buena literatura, puede ser un comienzo.


EL LIBRO COMO REFUGIO

Frente a este desasosiego, todo aquel que se haya acercado a un libro sabe que la calma, el sosiego, son imprescindibles para establecer una relación con él. Es preciso un clima, mezcla de tranquilidad y de tiempo, que hoy cuesta alcanzar.

A salvo entre los silencios sagrados del pasado, un buen libro es un pedazo de sosiego en un océano de dispersión, inquietud y prisa. Es la actualización de lo que Josef Pieper llamaba el «ocio creativo», la capacidad de estar en silencio para que la realidad nos sea dada.

El libro verdadero, bueno y bello, puede darnos algo más que lo que guarda en su interior. Puede regalarnos el tiempo y la atención justos y necesarios para poder realizar todas esas funciones propias de la inteligencia hoy tan abandonadas, como pensar, recordar, comparar, discriminar y criticar; y quizá, ¿por qué no?, podrá ayudarnos, aunque sea solo un poco, a contemplar y a atisbar hacia dónde nos dirigimos. Porque el libro proscribe todas esas urgencias, distracciones y fragmentaciones que Internet trae consigo, sustituyendo el ruido semiótico por una densidad de sentido, y puede conducirnos a una vida rica, profunda, y más humana.

Y así la obra literaria verdadera puede darnos una salida, un medio de escapar de nuestro encierro, una lima para tronchar los barrotes de nuestra esclavitud, dándonos, entre otras muchas cosas, el tiempo y la atención que nos falta.


LA FUGA DEL PRISIONERO

Esta capacidad del libro para ofrecernos refugio conecta con una idea que dos grandes pensadores del siglo XX desarrollaron magistralmente: la del escape necesario a través de la lectura.

Tolkien y Lewis nos ayudarán a despojarnos de los prejuicios que acompañan hoy a la idea de "escape" anudada a la lectura.

C. S. Lewis se refirió a esta «fuga» en su ensayo On Science Fiction, argumentando que algunos eran hostiles a la imaginación porque deseaban «mantenernos totalmente aprisionados en el conflicto inmediato»:

«Quizá por eso la gente está tan dispuesta a acusarnos de "evasión". Nunca lo entendí del todo hasta que mi amigo el profesor Tolkien me hizo una pregunta muy sencilla: "¿Qué clase de hombres esperaría usted que estuvieran más preocupados por la idea de la evasión y fueran más hostiles a ella?", y le di la respuesta obvia: los carceleros».

Tolkien, efectivamente, había abordado la idea tiempo atrás, en su ensayo Sobre los cuentos de hadas, donde defendió el valor de la literatura escapista como medio para huir a la verdadera realidad:

«¿Por qué debería ser despreciado un hombre si, encontrándose en prisión, intenta salir y volver a casa? ¿O si, cuando no puede hacerlo, piensa y habla de otros temas que no sean los carceleros y los muros de la prisión? El mundo exterior no es menos real porque el preso no pueda verlo. Al utilizar Fuga de esta manera, los críticos [...] están confundiendo, no siempre por error sincero, la Fuga del Prisionero con la Huida del Desertor».

El "carcelero" no es otro que el cronos moderno —el tiempo lineal y funcional que nos esclaviza—, mientras que el libro nos permite acceder al kairos —el tiempo de la plenitud y la verdad—. Por ello, la lectura auténtica nos pone en la disposición correcta, y nos ayuda a ordenarnos debidamente, calmadamente, hacia aquello para lo que fuimos hechos. Pero antes, es necesario ser consciente de que somos prisioneros, y que, por ello, es nuestra obligación buscar la liberación.


LA PÁGINA SEÑALADA: EL PRÍNCIPE Y SU LIBRO

Termino con la historia de aquel príncipe que estaba leyendo un libro cuando el verdugo fue a buscarle; al levantarse y antes de cerrarlo, el príncipe se demoró un instante poniendo un abrecartas para señalar la página. Al marcar el libro realizaba un acto de esperanza: creía que la historia no terminaba con el verdugo, porque había habitado un mundo (el del libro) que sabía partícipe de lo eterno. 

Lo que leía era, sin duda, un buen libro, porque los buenos libros pueden ayudarnos a liberarnos de esa prisión que es el tiempo y la desatención, y de nuestras pasiones desordenadas, preparándonos para la contemplación verdadera, para traspasar el umbral de esa puerta que todos habremos de cruzar.

Allí nos aguardará algo que, si bien es inefable, quizá sea a lo que apunte, muy torpe y deficientemente, una obra literaria verdadera. Así que, hagan como el príncipe cautivo, señalen bien la página del libro de su vida, porque hemos de confiar en que se nos concederá la dicha de continuar leyéndolo por toda la eternidad… eso sí, se nos pide algo: atención, voluntad y mucha, mucha fe, esperanza y amor, pues la lectura que aquí iniciamos en la quietud es solo el preludio del diálogo eterno con el Logos en la inmensidad de la Luz.


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