FANTASÍA QUE SANA; MAGIA QUE ESCLAVIZA: CRITERIOS DE LECTURA

«Tres mujeres y tres lobos». Obra de  Eugène Grasset (1845-1917).




 

«Se ha dicho que cuando los seres humanos dejan de creer en Dios, dejan de creer en nada. La verdad es mucho peor: creen en cualquier cosa».

Malcolm Muggeridge





I

Émile Cammaerts, en su biografía sobre Chesterton, The Laughing Prophet, menciona que para el escritor ingles «el primer efecto de no creer en Dios es creer en cualquier cosa» (idea de la que es desarrollo la frase de Muggeridge que da inicio a este artículo). Esta paráfrasis recogía fielmente las preocupaciones Chesterton sobre la pérdida de la fe y la corrupción de la razón que el racionalismo traería consigo, cosa que hoy constatamos día sí, día también.

Pero no se trataba únicamente de una destrucción de la razón, sino, igualmente, de una perversión de la espiritualidad. El hombre es una criatura ambivalente: carnal, pero, también espiritual. Hay en él un ansía que va más allá de lo corpóreo, que va más allá de este mundo. Un “hambre espiritual” que si no es colmada en su dimensión de trascendencia divina, se llenará de supersticiones absurdas o ideologías nefastas. Chesterton se lo hace decir a su padre Brown: «Está ahogando todo su viejo racionalismo y escepticismo; está entrando como un mar, y su nombre es superstición».

De esto quiero hablarles hoy: de ese vacío existencial que alimenta la vieja herejía de la idolatría, y de los dioses extraños de los que T. S. Eliot habló.  

Las causas particulares de esta situación son múltiples, pero hay algunas sobre las que quisiera detenerme. Análisis sociológicos recientes señalan que las nuevas generaciones crecen en un entorno de crisis e inestabilidad. Frente a esta falta de certezas, las creencias alternativas ofrecen un cómodo refugio.

Y entre estas creencias alternativas destacan la magia, la hechicería y la adivinación, aunque no podemos olvidar tampoco el riesgo de la manipulación mundana: embaucadores, falsos gurús y embusteros de toda índole se aprovechan para engañar, manipular y obtener un vil provecho económico o personal.

Lo creamos o no, existe un aumento constatable en la interacción con lo preternatural, lo que la teología identifica como inteligencias angélicas caídas (o lo que se “vende” como tal), y los jóvenes se encuentran en una posición de particular vulnerabilidad frente a ello.

El vacío de referentes estables les empuja a buscarlos en cualquier lugar donde se sientan escuchados. Y a sus ojos la magia parece ofrecer un atajo para controlar la realidad incierta de la que hemos hablado, en contraste con la paciencia y sumisión que exige la verdadera fe. En las redes sociales se normaliza el contacto con entidades ocultas bajo los conceptos "inofensivos" de guías y energías. 

Todo ello se agrava por la falta de inmunidad espiritual: al abandonar los sacramentos, la oración y la vida moral, muchos jóvenes han perdido el "escudo" de la gracia. 

No es un simple juego contracultural, sino una tragedia ontológica: al huir del yugo amoroso de Dios buscando ser "dueños absolutos de sí mismos", las personas terminan esclavizadas por fuerzas reales e invisibles, naturales y preternaturales, que desprecian profundamente la naturaleza humana y su destino eterno.

Todo ello representa, en fin, una triple degradación: de la razón (al abrazar el pensamiento mágico), de la libertad (al someterse al fatalismo o a voluntades ajenas) y del espíritu (al sustituir a Dios por transacciones frías con "energías" manipulables).


II

Ya les he hablado en varias ocasiones del peligro que supone cierta literatura como puerta de entrada a este tipo de superstición. Y, hoy en día, este es un tema editorial estrella, hasta el punto de que algunos de los mayores éxitos de ventas de los últimos tiempos se asientan en historias que tienen la magia como coprotagonista.

Cuando un escritor se enfrenta con la magia tiene dos opciones fundamentales: presentarla como un don concedido por la divinidad, o como una técnica, un saber oculto en el que se puede ser iniciado. En el primer caso, el elegido es únicamente un instrumento de la divinidad, que es quien ostenta el poder. En el segundo, el hombre es poseedor de un secreto dominio sobre la naturaleza y sus leyes que lo hace cuasidivino —aunque el calificativo más exacto sería demoníaco.

Más allá de esta distinción inicial, hay otros criterios: el lugar que la magia ocupa en la trama —si es elemento marginal o sustancia misma de la historia—; la valoración moral que de ella se hace —si se la presenta como algo oscuro y peligroso o como algo inocuo y positivo—; y a quién se atribuye ese poder —si a seres no humanos o a hombres.

Estas consideraciones permiten explicar por qué, en los círculos cristianos, se aceptan sin dificultad las historias de Lewis y Tolkien y se suscitan reparos ante Harry Potter. La respuesta no es caprichosa. En El Señor de los Anillos, la magia es tratada como un elemento ocasional y marginal, generalmente no humano. Y el uso de la magia, cuando aparece en manos humanas, conduce invariablemente al mal —véase el caso de los anillos. En Las Crónicas de Narnia, los escasos personajes humanos que usan la magia son reprendidos o sufren sus consecuencias. De ambas obras se desprende una doble lección: los hombres no deben usar la magia para lograr sus objetivos, y su uso trae consigo malas consecuencias.

En contraste, en otras obras la magia es la esencia de las historias, el paisaje en la que se mueven y desenvuelven unos protagonistas que o son magos o son formados para serlo. Además, la magia se presenta como una técnica que se hereda biológicamente o que se perfecciona mediante el estudio y la práctica. Esto enseña una falsedad inaceptable para la teología católica: la existencia de una "magia neutra" aprensible. Como nos dice Aquino, un humano con esos poderes solo los obtendría por un milagro divino o por pacto demoníaco. No hay tercera vía. 

Además, al situar algunas obras esta magia en nuestro propio mundo, se invita a la confusión entre realidad y fantasía, sugiriendo a los jóvenes que existen prácticas ocultas accesibles para obtener poder. Ciertos chicos pueden llegar a sentir que, al igual que los protagonistas de sus lecturas, también ellos podrían acceder a ese poder, o aprovecharse de él.

Presentar la magia como un camino legítimo y deseable constituye un escándalo moral —inducir a otro al mal o a la confusión moral. Pero ello no significa que toda magia literaria sea mala: es lícita y educativa cuando aparece como villanía a combatir, o como engaño del que huir. El peligro radica en su presentación neutral o heroica.

Por ello, sería un error grave concluir que la literatura fantástica es, en sí misma, nociva. La buena fantasía puede ser profundamente beneficiosa. Como señaló Chesterton, los cuentos de hadas no le dan al niño la idea del mal —que ya conoce—, sino que este puede ser derrotado, enseñándole además que el bien reside en un límite condicionado y que nuestra felicidad plena está más allá de esta vida. Tolkien añade que la fantasía no ofende a la razón y que la eucatástrofe —la alegría del final feliz— ofrece una fugaz visión del gozo evangélico. Y Lewis nos recuerda que esas historias nos ayudan a imaginar y aceptar ese mundo invisible en el que creemos y que, por el momento, no podemos alcanzar.

El problema no es, pues, el uso de la fantasía en el relato, ni siquiera que la magia, la adivinación o el ocultismo aparezcan en el mismo. El problema estriba en cómo son presentados y tratados, así como sea asimilada esa enseñanza tras la lectura. Banalizar el ocultismo deja a las nuevas generaciones sin defensas espirituales.


III

Frente a este panorama, los padres deben aplicar la prudencia cristiana. La mayor batalla espiritual de nuestro tiempo, como proféticamente anunció Newman, se libra en el campo de la imaginación. El demonio no puede forzar la voluntad, pero puede seducir la imaginación, haciendo repulsivo el bien y atractivo el mal. Lo que se imagina con deseo, tarde o temprano se busca en la realidad.

Crecer en una cultura saturada de brujas amigables y hechizos divertidos crea un hábito de insensibilidad hacia lo oculto. Si se enseña a los niños que el fuego no quema, no tendrán el sano temor necesario cuando enfrenten el fuego real. El ocultismo, el espiritismo y la acción demoníaca existen. Si banalizamos estos peligros, dejamos a los jóvenes sin defensas espirituales cuando el mundo real les ofrezca acercarse a la Nueva Era o al ocultismo «por diversión», o buscando una salida a los problemas de la vida.

Frente a esto y a la existencia en el mercado de literatura tóxica, existen para los padres preocupados varios criterios prácticos.

A este respecto, debe atenderse en primer término a la edad y madurez. Antes de los siete años, solo deben ofrecerse cuentos de hadas tradicionales con fronteras morales claras. Más adelante, entre los siete y los doce, conviene priorizar la fantasía cristiana clásica —Lewis, Tolkien, Chesterton, MacDonald—, mientras que en la adolescencia ya pueden abordarse textos más ambiguos, aunque siempre con un sólido acompañamiento.

En segundo lugar, influye el temperamento del niño, debiendo tenerse especial cuidado con aquellos que son sugestionables o muestran una inclinación natural al misterio oculto.

A ello se suman la formación previa y el contexto: un niño con una vida sacramental sólida está mejor equipado y, sin duda, protegido; sin embargo, si ya se encuentra saturado de magia por la cultura —televisión, redes sociales, videojuegos—, resultará imprudente añadir más literatura mágica.

Asimismo, cabe considerar las alternativas disponibles. ¿Por qué arriesgarse con libros problemáticos cuando existe un tesoro de literatura fantástica segura y sublime? Autores como Chesterton, George MacDonald, Tolkien o Lewis ofrecen opciones de calidad superior sin los peligros comentados.

Por último, cuando resulte imposible evitar que un niño lea una obra problemática —por ejemplo, por presión social en el colegio—, entran en juego el acompañamiento y el principio del mal menor: se debe leer la obra con él, dialogar, contrastar sus premisas con la fe católica y darle herramientas de lectura crítica, evitando en todo momento dejar al niño solo ante estos textos.

Además de todo ello, los padres siempre deberemos calificar y seleccionar los libros que puedan llegar a leer nuestros hijos. 

En este sentido, podemos poner la concreta obra bajo escrutinio a fin de determinar si contiene alguna de estas características: ¿Hay magia como dominio e instrumentalización del ser (“quiero X, aplico técnica/rito y lo obtengo”)? ¿Hay magia como iniciación y paso a la pertenencia de una élite de elegidos (libro secreto, escuela oculta, “los que saben” frente a “los profanos”)? ¿Hay un juicio moral del orden natural o una ratificación del mismo (si el relato castiga/limita esa perversa voluntad de poder, o la normaliza)? Y por último, ¿la obra contiene una inversión del orden de las cosas anticristiana? ¿Un deicidio simbólico y una entronización o deificación del hombre?

O bien, simplemente, hacerse preguntas como las siguientes: ¿la magia que aparece en la obra exige un pacto o un servicio?, ¿se subordina a un bien objetivo o suplanta ese bien por la pura voluntad o capricho?, ¿se presenta como atajo a los límites naturales?, ¿hay ‘segunda realidad’ que sustituye lo real?, u otras por el estilo.  

No se trata de demonizar sin más determinadas sagas, sino de ser conscientes de la importancia de comprender qué imagen del poder, del hombre y del mundo transmiten. Y eso exige discernimiento y acompañamiento.


IV

Nuestra tarea es, por tanto, educar el universo imaginativo de nuestros hijos con imágenes que reflejen la Verdad del orden creado. Debemos ofrecerles una fantasía donde el hombre es una criatura humilde y necesitada de la gracia, donde el mal es real pero ha sido vencido por Cristo, donde el mayor poder no es el dominio técnico de la realidad, sino el sacrificio y el amor que se entrega. Una fantasía donde la victoria se logra no por la acumulación de poder mágico, sino por la debilidad asumida, la humildad y la providencia —como en Frodo, que falla, y en Aslan, que se sacrifica.

Esa literatura existe y es abundante. La fantasía, bien orientada, no compite con Dios: participa humildemente de su luz. Como decía Tolkien, «La Fantasía sigue siendo un derecho del ser humano: creamos a nuestra medida y en forma delegada, porque hemos sido creados; pero no solo creamos, sino que lo hacemos a imagen y semejanza de un Creador».

Elijamos, pues, con sabiduría. Ante el panorama inquietante que nos rodea —y que va mucho más allá de los libros, alcanzando a una cultura que avanza sonámbula hacia una antropología abiertamente contraria al hombre—, más que alarmismo y pánico, necesitamos claridad, formación y firmeza. Que nuestros hijos aprendan a amar el mundo creado por Dios, y no a conformarse a las tinieblas de este siglo.


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