lunes, 30 de octubre de 2017

DE NIÑOS, LIBROS Y NATURALEZA

Chiquilla sobre una roca en Sorrento, de Filippo Palizzi (1818-1899)



«Habitará el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará junto al cabrito; el ternero y el leoncillo andarán juntos, y un niñito los guiará. La vaca pacerá con la osa y sus crías se echarán juntas; y el león comerá paja como el buey. El niño de pecho jugará junto al agujero del áspid, y el recién destetado meterá la mano en la madriguera del basilisco. No habrá daño ni destrucción en todo mi santo monte; porque la tierra estará llena del conocimiento de Yahvé, como las aguas cubren el mar»

Isaías 11, 6-12


«Levantad vuestros ojos, y mirad los campos, que ya están dorados para la siega»

Juan, 4,31


«Para apreciar los sabores silvestres y acres de estas frutas de octubre es necesario respirar el aire frío de octubre y noviembre»

Henry David Thoreau




Mucho se habla hoy día al respecto de la ecología, del medio ambiente y de su defensa y protección. Se bombardea a nuestros hijos con estas cuestiones, haciendo un hincapié desmesurado sobre las mismas, reduciendo el asunto a un catastrofismo elemental, e imponiendo, de facto y de forma paradójica, una renuncia a toda interacción con la naturaleza creada. Pero todo ello resulta ridículo y artificioso. ¿Una llamada a la conservación de la vida natural con ausencia de un contacto real con aquella? ¿Es esto posible? ¿Qué quieren hacerles amar y respetar a los niños? ¿Algo que no conocen? Porque, ¿una abstracción puede ser amada? ¿Una experiencia virtual puede dejar alguna huella en el corazón? No, claro que no. Pero eso no parece importar. Y no es sino una prueba palpable de la impostura que en el fondo encierra esa ideología que responde al nombre de ecologismo


Niños, de Sergei Vinogradov (1869-1938)

Si fuera cierto el deseo de que los niños pudieran llegar a ser leales administradores de lo que la naturaleza nos ofrece, entonces el verdadero camino sería dejarlos vivir, y, sobre todo, jugar, en entornos naturales. ¿No creen?

Pero esto no es así. El entramado vital en el que se hayan instalados les secuestra. Lo cierto es que, por ejemplo, muchos niños no han conocido, más que fugazmente, lo que puede ser la vida en el campo, encerrados en sus casas y en sus aulas, entre tabletas, móviles y actividades escolares y extraescolares. Los hay que nunca se han refugiado de un chubasco primaveral bajo las ramas frondosas de un roble, así como algunos otros desconocen que, en cambio, si la tormenta trae consigo truenos y relámpagos, el árbol ha de evitarse, pues frecuenta las malas compañías de los rayos. Tampoco saben si una lavandera es un pájaro o una esforzada señora o las dos cosas a un tiempo, o si un verderón es realmente un pájarillo y si es o no de color verde. Tristemente, lo que sí saben es que una bolsa es para los plásticos y otra para los desechos orgánicos. 

Y es que las cosas han de ser experimentadas y vividas en roce físico con su condición original, libre y salvaje; no hay otra forma. Más hermosamente lo dice Thoreau: «Estas manzanas han estado expuestas al viento, a las heladas y a la lluvia hasta que han absorbido las cualidades del tiempo o de la estación, y por eso están muy sazonadas, y nos penetran, nos muerden y nos impregnan con su espíritu. Por consiguiente, hay que comerlas en sazón, es decir, al aire libre».


Clavel, Lirio, Lirio, Rosa, de John Singer Sargent (1856 –1925) 

Ello no es óbice para reconocer que es preciso hacer nacer en ellos un respeto por lo creado. Sumidos como estamos en una civilización de lo efímero y lo consumible que genera una explotación destructora de la naturaleza, más que su cultivo y aprovechamiento razonable, necesitamos volver a una relación más racional de respeto y cuidado.

Sin embargo, la forma de hacer nacer en los niños ese respeto no es esa pseudo afectio ideologizada denominada ecologismo; no, este sentir ha de nacer, primero, de un conocimiento directo y segundo, de la admiración y asombro que aquel habrá de suscitar en sus corazones. No se puede conocer la naturaleza sino se la ama y no puede amarse nada que no se conozca; como en todo, amor y conocimiento van de la mano.

Por otro lado, y en paralelo, como una derivada de aquello de que cuando el hombre deja de creer en Dios pasa a creer en cualquier cosa, se trata de convencer (en especial a los niños) de que lo que abstractamente se denomina la naturaleza, es un ente real con el que se puede (y se debe) establecer una relación personal («La Madre Tierra», Gaia, la diosa Maya, todo ello de acuerdo a consignas y eslóganes neopanteistas, orientalistas o paganos a la moda).


La musica del bosque, de Edward Atkinson Hornel (1864-1933)

De esta manera se trata de desvirtuar con una idolatría pagana e insustancial, la necesaria y conveniente relación (impersonal pero no por ello menos auténtica) que ha de tenerse con lo creado, como camino hacia el conocimiento de Dios. 

Recordemos que Nuestro Señor nos dio el poder sobre todo lo demás creado («henchid la tierra y sometedla, y dominad sobre los peces del mar y las aves del cielo, y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra»), al igual que la responsabilidad («para que lo cuidase»), a fin de poder usarlo sanamente («para que os sirvan de alimento»), y a su vez, nos habla a través de lo creado, como parte de su revelación.

«Tu libro sea el Universo que debes observar» decía, San Agustín; así mismo decía Raimundo de Sabunde: «Dios nos dio dos libros, el que está compuesto por la universalidad de las criaturas, o sea el libro de la naturaleza, y el de la Sagrada Escritura… Cada criatura no es más que una letra escrita por el dedo de Dios… la letra más importante es el mismo hombre, igualmente criatura». Y como dijo una vez Browning:

«Reza mejor quien mejor quiere
al hombre y a los seres de la tierra y del aire.
Reza mejor quien mejor quiere
a las cosas pequeñas y a las grandes,
pues el Dios bondadoso que en su amor nos cobija,
lo crió y lo ama todo».

No obstante este aprendizaje de lo real a través del contacto con lo creado no sería completo si contáramos solo con el almibarado y parcial relato que se muestra hoy día a los niños (y a todos) por medio de esa propaganda ecologista. Porque lo creado no es solo una bondadosa faz, no; lo creado convive con nosotros en una clara desarmonía causada por la caída de nuestros primeros padres. El hombre mantiene una relación dual con la naturaleza. El caos y el horror conviven con la placidez y la hermosura. Y ambos aspectos son necesarios. 

El horror y el caos nos hacen sentir insignificantes y al hacerlo nos sitúan en la correcta posición en relación a Dios: la de una humildad infinita, la de un temor y temblor ante lo ominoso y lo incognoscible. A su vez, la placidez y la hermosura de lo natural abren nuestra imaginación a la poesía y así nos arrojan en brazos del amor y la misericordia de un Dios que nos ama insondablemente. 

Hay un poema de Shelley que recoge muy bien este aspecto dual, hoy olvidado. Me refiero a Mont Blanc.  

«La Fuerza secreta de las cosas
que gobierna el pensamiento, y es para la cúpula infinita
del Cielo una ley, ¡habita en ti!
(…)
El poder está allí,
El quieto y solemne poder de muchos paisajes,
Y muchos sonidos, de vida y de muerte».

Detrás de la remota y majestuosa serenidad de la montaña mora escondido un poder de destrucción. Vemos, entonces, que el poema realza el carácter dual de una naturaleza preservadora y destructora a un tiempo. 

Y eso es algo que no se debe olvidar.


En el huerto de James Guthrie (1859-1930)

Todo lo dicho y no otra cosa es lo que debemos trasmitir a nuestros hijos. 

Me gusta ver la naturaleza creada como «un espacio entre ciudades donde crecen las cosechas», donde el hombre se haga compatible con lo que le rodea y pueda así acercarse a Dios a través de la tierra, del contacto con el humus, con su humilitas como ofrenda. Pero no es fácil, pues sabemos que la caída tuvo como una de sus consecuencias la desarmonía del hombre con la naturaleza. Aun así, como dice el verso de Eliot, «nos queda el intentarlo».

Ahora bien, ¿hasta qué punto este contacto es posible en nuestras grandes urbes de hoy? ¿Por qué razón hemos abandonado nuestra relación directa con la tierra, con el mar o con el cielo? No nos engañemos: estas ausencias y carencias traen consigo secuelas, y una de ellas, y por cierto no la menor, es la mengua de nuestra capacidad de asombro y admiración, de nuestra sensibilidad para apreciar lo grandioso e increíble que supone la mera existencia, la propia y la de todo lo demás creado. 

Y esto supone pagar un alto precio. 

Hay por tanto que recuperar lo perdido, pero ¿volviendo a los campos? Quizás no sea necesario si logramos recuperar la capacidad de ver la inmensidad de lo que nos rodea y la pequeñez de lo que somos y así volver a enmudecer de asombro. Para nosotros quizás sea tarde, no para nuestros hijos…y los libros, los buenos libros, cómo no, pueden ayudar. Libros que les recuerden lo asombroso de la vida y que despierten en ellos un hambre, un ansia por salir fuera al encuentro de lo creado. Libros como camino, un dulce y delicioso camino de vuelta a lo que somos (sus hijitos, como dice Nuestro Señor -Juan 13:33-), para así poder sentir de nuevo el asombro y la pequeñez que nos es propia. 

En sucesivos post comentaremos algunos de estos libros.



viernes, 27 de octubre de 2017

DETECTIVES PARA DAR Y TOMAR. DE NUEVO CON LA REPETICION




«El murmullo del viento, el canto alternante de las olas, el suspirar de la hierba, mejoran cada vez que se escuchan»

Søren Kierkegaard



«Nada despierta más la inteligencia que una sospecha apasionada, nada desarrolla más las facultades de una mente inmadura que un rastro que huye hacia la oscuridad»

Stefan Zweig




El interesante tema de la repetición y su relevancia en el mundo infantil ya ha sido objeto de atención aquí (ELOGIO DE LA REPETICIÓN), habiéndo tratado de ilustrarse y ejemplificarse con comentarios sobre algunos álbumes para niños pequeños. Pero no vayan a creer que esto de la repetición se agota en esa corta edad, que va… Las series de libros tan habituales en la literatura infantil y juvenil, no son otra cosa que una puesta en acción de tal comportamiento y responden, sin duda, a una necesidad. Probablemente por eso tengan tanto éxito: los personajes se repiten, los escenarios se repiten (aun con ciertos cambios meramente testimoniales), y no solo eso, ciertos elementos estructurales y argumentales se repiten igualmente, una y otra vez, una y otra vez… Tal es así que la implicación de los niños y jóvenes con estas series supone, de facto, un compromiso deliberado, pero no con el mundo particular del escritor, sino con los personajes, que lejos de cansar o aburrir, se convierten para ellos en seres muy, pero que muy reales.

Ya hemos hablado en este blog de bastantes series de libros: Los de los hermanos Bastable de Nesbit (EDITH NESBIT: REALMENTE FANTÁSTICA), Los de Vencejos y Amazonas de Ransome (VENCEJOS Y AMAZONAS), los de Guillermo Brown de Crompton (EL GRAN GUILLERMO BROWN), los de Ana de las Tejas Verdes de Montgomery (ANA, LA DE TEJAS VERDES), los de La Casa de la Pradera de Laura Ingalls (LA CASA DE LA PRADERA), los de Jill Crewe de Rudy Ferguson (LIBROS SOBRE CABALLOS) y los de Torres de Malory y Santa Clara de Blyton (LIBROS ESCOLARES DE NIÑAS), por ejemplo.

Es precisamente esta última autora, Enid Blyton, la representante paradigmática de lo que es (y debería ser) una escritora de seriales para niños y jóvenes. Además de los dos ya tratados en este blog y antes citados, podríamos unir al grupo la serie de Los Famosos Cinco, la de El Club de los siete secretos, y las series de Aventura y Misterio.


Portadas británica y española de uno de los 21 títulos de la serie de Los Cinco.

Todas estas series requieren de poca presentación; la mayoría de los padres a quienes me dirijo han leído alguno de estos libros, sino todos. Por ello me limitaré a unas breves líneas, por si alguno no estuviere en esa tesitura. Todas estas series tienen en común una temática de aventuras y misterio, pero cada una de ellas tiene sus particularidades, así que vamos:

Los Famosos Cinco es la serie de libros más popular de la autora y una de las más vendidas del mundo (lo que por sí solo no es criterio, cierto, pero da que pensar). Trata de las aventuras de tres hermanos, su prima y un perro (Julián, Dick y Ana, su prima Jorgina Jorge y el perro de esta, Tim), que ejercen como detectives aficionados e improvisados en numerosas historias donde se combina el misterio y la aventura. La serie consta de 21 títulos.

El club de los siete secretos es otra serie de niños detectives, aunque esta vez ejercen su labor detectivesca de forma organizada: siete simpáticos niños y su perro Scamper (los hermanos Peter y Janet y sus amigos y compañeros de colegio, Jack, Bárbara, Jorge, Pamela y Colin) fundan un club de detectives: el Club de los Siete Secretos, lo que les lleva a embarcarse en múltiples aventuras. La serie se compone de 15 títulos.


Portada británica y española de uno de los volúmenes de la serie Siete Secretos.

Misterio es otra de las series detectivescas de la Sra. Blyton. Los protagonista son Los Cinco Indagadores y su perro: los hermanos Pip y Bets, los otros dos hermanos, Larry y Daisy y por último, Frederick, a quien llaman Fatty, al que acompaña siempre su perro Buster. Fatty es un inteligente y bonachón muchacho al que solo una cosa le gusta más que comer: resolver misterios. La colección esta integrada por 15 novelas.

Por último, la serie Aventura trata de eso, de aventuras, pero igualmente de perfiles detectivescos que se desarrollan en los lugares más variados. Aquí la mascota es una cacatúa de color blanco (Kiki) y los protagonistas son cuatro niños: Jorge y su hermana Dolly y los hermanos pelirrojos Jack y Lucy, estos últimos huérfanos de padre y madre. La serie está constituida por 8 libros.

Todos estos relatos responden a un mismo patrón: sanas y poco problemáticas aventuras en las que un grupo de niños de clase media y una mascota, libres de controles y regulaciones, resuelven, en un ambiente rural o campestre, un misterio o hacen frente a una situación injusta con una resolución feliz.


Portada británica y española de uno de los relatos de la serie Aventura.

Cierto es que la Sra. Blyton no es Shakespeare, y que la riqueza de su vocabulario y la arquitectura gramatical de su textos no es excelsa, pero he de recordar aquí lo hablado en este blog sobre la conveniencia de que los niños «descansen» en ocasiones con lecturas meramente evasivas: las denominadas «chuches» literarias (PERO, ¿CÓMO EMPEZAR?).

Pues eso, los libros que componen estas series son «chuches», sí, pero buenas «chuches» y por ello no deben ser arrinconados ni olvidados. Porque lo cierto es que nuestra autora escribe de una manera muy accesible, sus historias tienen un excelente ritmo narrativo, además de una hábil trama y unos personajes que se mueven en torno a un claro marco moral, todo lo cual ayuda a los niños a conectar con los protagonistas y sus historias. 

A este respecto he de decir que existen opiniones sorprendentes sobre nuestra autora que vuelven elogio aquello que solía ser reproche. Recientemente, un prestigioso académico, David Rudd, ha sostenido que la Sra. Blyton pertenece, no a la tradición escrita (como correspondería por nuestra época), sino a la tradición oral, al utilizar personajes bidimensionales y una narrativa lineal (la simplicidad con la de que, de regular, se la ataca). Esto explicaría su velocidad de producción: Blyton «hablaba» a través de la pluma en lugar de escribir. Por tanto aquello por lo que se le atacaba se ha vuelto vibrante encomio. Aunque es verdad que el tal Rudd está bastante solo.

Portada británica y española de uno de los libros de la serie Misterio.

Pero, aun así, no vayan ustedes a creer que estos libros son una mala broma, o un experimento banal por el hecho de que estén escritos por una autora desacreditada por la mayoría de las élites críticas y académicas de nuestro tiempo (en su mayoría marxistas y feministas, hay que decir), o porque se trate de relatos que reproducen, miméticamente, estructuras narrativas que se reiteran ad infinitum. No. Precisamente, por esas mismas razones esto no es así. 

De esta forma, por un lado, cuando hablamos de la Sra. Blyton, estamos hablando probablemente del autor infantil de mayor éxito de la historia y sin duda el más prolífico: a fines de 1945 ya había escrito más de 100 libros infantiles de ficción y al final de su días casi había alcanzado los 800. Los Famosos Cinco es una de las series más exitosas jamás escritas y todavía hoy en día 8 millones de sus libros se venden cada año en más de 90 idiomas. 

Y por otro lado, es su característica estructura repetitiva la que, como diría Kierkegaard, nos sitúa más allá de lo fugaz, poniendo sustento a la vida e inmunizándonos de toda esa banalidad transitoria y fragmentaria en que se ha visto envuelto el mundo que habitamos. Sin repetición no sería posible tomarse en serio la vida, ni que aparezca eso que el pensador danés llamaba «seriedad». 

Así que se trata de un tema serio, porque es sano, natural y conveniente y porque asienta a los niños en una realidad cotidiana estable; por ello está bien leer esos libros. En un mundo en el que muchos pequeños suelen jugar dentro de casa con amigos virtuales a través de una consola más que fuera con amigos de verdad y una mascota, estos libros de Enid Blyton son un buen recordatorio (para padres e hijos) de que la libertad de gozar de sanas aventuras al aire libre es algo que todo chico debería poder saborear. Así que animen a sus niños a que se embarquen en la lectura de estas series de libros, que les atraparán y apasionarán. Se lo aseguro.


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domingo, 22 de octubre de 2017

REALISMO POÉTICO

 La avenida de Middelharnis de Meindert Hobbema (1638-1709)

«El mundo está cargado con la grandeza de Dios»
Gerard Manley Hopkins

«Ya no más las aves
que en los bosques dulcemente cantan,
huyen de la forma humana; sino que se reúnen
y acurrucan sus plumas asoleadas sobre las manos
de niñitos que las estiran en amigable juego
hacia esos mansos compañeros»
Percy B. Shelley
  

Con esta entrada pongo fin a un tema que considero de importancia capital. Lo comentado en los dos últimos posts no es más que un factor, o más bien, una de las caras del que creo es el gran tema de nuestro tiempo: el divorcio del hombre con la realidad. Tema del que poco se habla, y sobre todo, del que nada se escucha.

Y sin embargo, se trata de un problema crucial; es sin duda «el Problema», pues está en juego nuestro destino, no ya terreno –que también, sino inmortal, y con el nuestro, el de nuestros hijos.

Vivimos una fase avanzada de esa destrucción de la Cultura Cristiana de que hablaba John Senior, cuya raíz descansa en el desapego de la verdad a través de un desarraigo de lo real («el hombre moderno, por el medio mismo en el que vive, está predispuesto al antirrealismo»). E igual que él diagnosticaba, creo que la causa de la decadencia no es ya, como fue en tiempos de la Roma imperial, un agotamiento del impulso vital resultado de un abuso de nuestra naturaleza material (un desenfreno de la carne y una explotación desviada de nuestros impulsos primarios, con la codicia, la pereza y la lujuria campando por sus respetos), no; aquello suponía, al menos, un contacto con la realidad material, con la realidad creada. ¿Para hacer un uso desviado e invertido de su destino y finalidad? Cierto, pero en ese contacto con lo creado había enterrada una esperanza, pues podía llevar (como llevó) a muchos hacia su Creador. 

Ahora es diferente; la codicia, la lujuria y demás vicios siguen imperando, sí, pero la raíz del mal viene de otra parte: de un absoluto apartamiento de lo material, de una vida instalada en la vacuidad de lo irreal, fruto (y aquí sí, la fuerza demoníaca se instala en el mismo lugar), de una voluntad orgullosa que pretende ser omnipotente. Es el deseo de ser dioses lo que nos ciega, y es este impulso el que nos perderá si no hacemos algo. Como dijo una vez E. E. Cummings:

«Los mentirosos invocan a gritos la Verdad,
los esclavos dan taconazos pidiendo Libertad;
donde los Necios son santos, locos los poetas,
chillan los ilustres ilusos del Progreso;
cuando se proscriben las Almas, enferman los Corazones,
con Corazones enfermos, las Mentes no pueden nada:
si el Odio es un juego y el Amor un coito
¿Quién se atreverá a llamarse hombre?»

Entre una época y otra los hombres hemos caído en dos errores extremos: que todo es mente (Hegel, Nietzsche) y que todo es materia (Marx, Darwin), olvidándonos –incluso nosotros, los cristianos, de que, a imagen y semejanza de Él, somos espíritu y materia, y que la realidad está en ambas cosas a un tiempo. Hoy la materia se olvida, y al hacerlo, se olvida el alma.


 Bosque de hayas de William McKendree Snyder (1849-1930)
Hay una cita de John Senior, que nos impulsa a fijar la atención en esta fundamental cuestión:

«Hay algo destructivo ­-destructivo para el ser humano- en apartarnos de la tierra de donde venimos y de las estrellas, los ángeles y Dios mismo, hacia donde vamos… John Donne dijo: "Sé más que el hombre o serás menos que una hormiga". Y un católico agregaría la verdad complementaria: admite que eres menos que los ángeles o te creerás más que Dios».

¿O es que no nos damos cuenta de que cuánto más lejos estamos de una experiencia directa con la realidad creada, más lejos estamos de Dios?

No hay cuestión si la respuesta a esta simple pregunta es un no. Y me temo que muchos así respondan.

Por eso hay que despertar del sueño en el que estamos sumidos.

Nos encontramos anestesiados por ese sueño hipnótico. Varios siglos de rápido desarrollo tecnológico, centurias de riqueza material y decenios de relativa paz en el Occidente, con la ayuda de una errática carga filosófica y moral de siglos, han dado lugar a una generación de personas imbuidas de la idea de que la realidad material y objetiva debe ser rechazada y reemplazada por construcciones artificiales propias y particulares, no simplemente tecnológicas, sino también filosóficas y éticas. Así, el eclipse de la religión, la ideología de género y la deconstrucción del matrimonio y la familia en Occidente son el resultado final de siglos de irrealismo filosófico y cultural. La tecnología de la que hemos hablado en entradas anteriores es el instrumento generador de una nueva realidad ilusoria con la que sustituir la realidad material objetiva que se abandona. Y a fe que lo está logrando.


Atardecer en la Campaña Romana de Simon Denis (1755 – 1813) 
Lo hemos venido comentando: sea a través de las palabras y la tergiversación de su significado original, sea a través de la abducción a que se ven sometidos nuestros niños (y también los no tan niños) por los artilugios digitales y su inmersión en un irreal mundo virtual, sea por el alejamiento del mundo natural a que la sociedad industrial y urbana nos somete a todos, sea por el vaciamiento de todo vestigio critico en nuestras mentes, sea por la pobreza lingüística, poética y artística que se adueña de los corazones y las almas de todos, sea por la sobresaturación de estímulos que embota nuestros sentidos y nos llena de angustia, sea por todas estas cosas, sea por otras ni imaginadas que quizás veremos (líbranos Señor de ello), lo cierto es que vamos conducidos, cual rebaño manso y somnoliento, a un alejamiento de lo real que, como decía hace poco un comentarista de este blog, «busca la perfección de nuestro futuro como esclavos», esclavos de ya sabemos quién.  

Tanto el poeta como el niño están bendecidos con lo que Chesterton llamó «el mínimo místico»: la conciencia de que las cosas son... y punto, el darse cuenta de que lo recibido a través de los de los sentidos no es una ilusión, sino «el saludo del mundo». Y esto es lo que nos falta a los adultos… y lo que los adultos estamos quitando a los niños… y también a los poetas.


Lluvia en un bosque de robles de Ivan Shishkin (1832 - 1898) 
Como lúcidamente señaló Senior, se requiere un retorno al realismo a través de «el buen uso de nuestra razón» y de una «imaginación saludable». El control prudencial de lo tecnológico y el abrazo a los grandes y buenos libros ayudará, no hay duda. Esto podrá conducir a nuestros hijos a un reencuentro con la realidad a través de su encarnación poética en su vida cotidiana. Recordemos a Wordsworth:


«Hubo un tiempo en que el prado, el huerto y los arroyos,
la tierra y cada paisaje corriente,
me parecían
ataviados de luz celestial,
con la gloria y la frescura de un sueño»

Pero hará falta algo más que la literatura y el contacto con lo natural, como cierto es también que el preocuparnos de darles este algo más (de hecho, casi todo) habrá de correspondernos de igual manera a nosotros. Ya saben a qué me refiero. 
  
Porque quizás, como meros padres de familia, la mayoría sepamos poco de alta ciencia, de erudita cultura y de profunda filosofía o teología, pero hay algo que sí debemos saber, algo que estamos obligados a enseñar: «las cosas que se deben hacer primero», las cosas básicas y elementales sin las cuales no se puede ir más allá; los primeros peldaños, los pilares maestros… por eso nosotros, la familia, somos tan importantes, y a eso se refería John Senior cuando decía: «solo a través de familias renovadas es posible una restauración general de la cultura».  

Que así sea.

jueves, 19 de octubre de 2017

EL MUNDO DIGITAL Y NUESTROS NIÑOS y II (La atención perdida)

El río Risle cerca de Berville de Félix Vallotton (1865-1925)



«Todos sois hijos de la luz, hijos del día. No pertenecéis a la noche ni a las tinieblas. No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos vigilantes y despejados»

San Pablo, 1, Tesalonicenses, 5. 4-6.



Hace unos días paseaba por la calle con mi hija mayor. Varios niños de unos 12 o 13 años se encontraban sentados en un banco. Cuando pasábamos de forma apresurada por su lado note algo que me perturbo; desconcertado y algo aturdido volví mi mirada hacia grupo, y entonces descubrí que aquello que me había perturbado era su silencio: los chicos no hablaban entre sí, cada uno de ellos estaba absorto en su teléfono móvil, moviendo laboriosamente sus pulgares y reconcentrado sobre si mismo. Intrigado pregunté a mi hija: 

—¿Qué hacen?

Ella contestó, —conversan, Papá. 

—Pero, si están callados —repliqué—. 

—Sí Papá, ocurre que lo hacen a través de sus móviles.

Confieso que permanecí unos momentos desconcertado. Ver a niños, codo con codo, físicamente contiguos y comunicándose entre sí a través de un artefacto, me impactó. 

Tomando prestado de Poe el título de su famoso cuento, veo en esta escena el corazón delator de nuestros niños y jóvenes que nos grita, en un silencio elocuente, que algo marcha mal. 

Si recuerdan, terminaba el anterior post dirigiéndoles (y dirigiéndome) una admonición, la de poner pie en pared y hacer frente al enorme desafío que se nos presenta, rompiendo la inercia inmovilista que, casi sin darnos cuenta, nos instala, y con nosotros a nuestros hijos, en un mundo cibernético ingobernable (la Era Oscura de las Pantallas la llama Harold Bloom). 

Vuelvo a repetir, lo que aquí estoy tratando tiene que ver con la vida, con el alma y con las formas de ver y asimilar el mundo. Es por tanto de importancia decisiva. Aunque no cabe duda de que aquello contra lo que hemos de luchar es poderoso y hace gala de una colosal fascinación seductora y letal; lo sé. Se trata por tanto de lucha desigual. Pero vencer no es imposible. 

Y, por si de algo pudiera servir, me gustaría mostrarles una relación de sentencias de autoridad, algunas quizás más poéticas que técnicas, que podrían ayudar en la batalla. Y entre las cuestiones que examinare está, como uno de los asuntos capitales, el de la atención.

Pero antes de nada una advertencia. Sé, por experiencia propia y porque es algo ya estudiado, que si la entrada de un blog ocupa más de 500 palabras (incluso más de los famosos 140 caracteres de Twiter), se corre el riesgo de que el número de sus lecturas disminuya alarmantemente y aunque creo que los que habitualmente leen este blog no encajarían en tales perfiles lectores, anuncio que esta entrada tendrá una extensión inusual (casi seis veces ese límite imaginario). Quiero pensar que el esfuerzo valdrá la pena. Como ha dicho alguien con mucho acierto «algunas cosas toman tiempo, especialmente si tienen que ver con la eternidad» (Philip Anderson, Abad de Clear Creek).

Y sin más dilación comienzo.

Hemos de partir de un hecho incontestable: nos enfrentamos a un problema nuevo, razón por la cual no ha sido objeto de estudio por los antiguos. Sin embargo, la sabiduría no tiene edad y en relación a ciertas cuestiones puede hallarse la ayuda de alguna sabia autoridad. Los peligros advertidos son varios y las llamadas de atención no son pocas. Veamos.

El camino de Chailly en el Bosque de Fontainebleau de Claude Monet (1840-1926)
Lo primero con que me he encontrado es una advertencia antigua: hemos de actuar con cuidado, asegurándonos de no entregarnos a aquello que pueda causarnos un perjuicio. 

En este sentido, Platón, en su diálogo Fedro, recoge un relato de Sócrates que nos ilustra sobre la necesidad de, al menos, recibir con prudencia aquello novedoso de lo que no tenemos conocimiento previo y, en todo caso, no dejarnos seducir por sus prebendas, tratando de examinar objetivamente los posibles inconvenientes que puedan traer consigo. Así Sócrates relata que el rey Tamus tenía como invitado al dios Teuth, inventor de los números, el cálculo, la geometría, la astronomía y la escritura, cuando se produjo la siguiente conversación:

«Tamus entonces le preguntó qué utilidad tenía cada una de las artes o invenciones, y a medida que su inventor las explicaba, según le parecía que lo que se decía estaba bien o mal lo censuraba o lo elogiaba. Así fueron muchas, según se dice, las observaciones que, en ambos sentidos, hizo Tamus a Teuth sobre cada una de las artes, y sería muy largo exponerlas. Pero cuando llegó a los caracteres de la escritura: «Este conocimiento, ¡oh rey! Dijo —dijo Teuth— hará más sabios a los egipcios y vigorizará su memoria: es el elixir de la memoria y de la sabiduría lo que con él he descubierto.» Pero el rey respondió: «¡Oh, ingeniosísimo Teuth! Una cosa es ser capaz de engendrar un arte y otra ser capaz de comprender qué daño o provecho encierra para los que de él han de servirse,  y así tú, que eres el padre de los caracteres de la escritura, por benevolencia hacia ellos les has atribuido facultades contrarias a las que poseen. Esto, en efecto, producirá en el alma de los que lo aprendan el olvido por el descuido de la memoria, ya que, fiándose a la escritura, recordarán valiéndose de caracteres ajenos, no desde su propio interior y de por sí. No es, pues, el elixir de la memoria, sino el de la rememoración, lo que has encontrado. Es la apariencia de la sabiduría, no su verdad, lo que procuras a tus alumnos, porque, una vez que hayas hecho de ellos eruditos sin verdadera instrucción, parecerán jueces entendidos en muchas cosas, no entendiendo nada en la mayoría de los casos, y su compañía será difícil de soportar, porque se habrán convertido en sabios en su propia opinión en lugar de sabios». (Diálogos. Fedro. Platón).

En este mito Platón hace, sobre todo, una crítica a la escritura, afirmando su carácter secundario respecto de la oralidad y advirtiendo de los peligros que podría traer consigo la sustitución de una por la otra. Por lo tanto, podría verse aquí una contradicción en mi argumentación: Platón llama la atención, por boca de Sócrates, de unos peligros de que no fueron tales, y dado que la irrupción de las nuevas tecnologías digitales no sería sino un cambio más, ¿porqué no habría de suceder lo mismo? ¿porqué no habremos de ser los alarmistas unos agoreros que yerran en sus negros augurios como lo hizo Sócrates?

La respuesta es simple: porque eso no es verdad. Ningún cambio es inocuo y en especial todo cambio tecnológico conlleva alteraciones (efectivamente así ocurrió no solo con la escritura manual sino, más recientemente, con la difusión del reloj mecánico —Técnica y civilización. 1934. Lewis Mumford—, o con la aparición de la imprenta —La Galaxia Gutenberg. 1962. M. McLuhan—). Pero es más, la actual tecnología digital destaca entre todas las demás por una característica fatal que la hace singular y distinta, y es que no solo es protésica sino también sustitutiva del ser humano, no solo nos completa y ayuda en la realización de ciertas tareas, sino que se asimila a nosotros y así nos mecaniza y nos deshumaniza y, aún tiempo, conspira para nuestro fin. Se trata de una conducta suicida disfrazada de diversión y confort.   

Porque si bien es cierto que el mal está en nuestros corazones y no en la tecnología, lo desolador de nuestra cultura actual no es lo que las maquinas han hecho y hacen con nosotros, sino lo que nosotros hemos hecho con las maquinas: qué tipo de máquinas hemos construido y a cuales hemos dado prioridad. La maldad acecha tras la técnica pero anida en el alma.

El último párrafo del dialogo transcrito, además, anticipa fielmente algo que hoy empieza a considerarse catastrófico: es precisamente la gran facilidad y rapidez con que mediante el uso de internet se accede a la información lo que la vuelve en apariencia obsoleta e impide que la misma florezca en sabiduría, o siquiera en puro conocimiento. Esto trae a colación aquello que se preguntaba Eliot:
«¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?».


Paisaje marino iluminado por la Luna de Thomas Moran (1937-1926)
La segunda advertencia nos dice que hemos de huir de todo aquello que se nos ofrezca dado, que no exija nada de nosotros, que no admita nada propiamente nuestro. 

De esta manera, muchísimos años después de Platón, Pavel Florenski, con su acostumbrada lucidez, nos ilustraba un poco al respecto de la inhabilidad de la percepción pasiva para el aprendizaje: «La percepción pasiva no puede sustituir de ninguna manera la actividad propia, ya que sólo asimilamos (¡cuando asimilamos!) lo que elaboramos activamente dentro de nosotros. Pero asimilar sin más no es suficiente. “Hay más placer en dar que en recibir”. Esta máxima no sólo hace referencia a las relaciones sociales, sino también a cualquier relación con el mundo: la única fuente de conciencia y conocimiento en el mundo es la actividad; sin ella, empiezan las ensoñaciones, que gradualmente se desvanecen. El hombre se encierra en su propia esfera subjetiva y, al carecer de aporte de alimento, se amodorra poco a poco, de manera que hasta los sueños se interrumpen. La encarnación es el precepto fundamental de la vida, es decir, la realización de la potencialidad propia en el mundo, la aceptación del mundo en sí mismo y la formación de materia propia. Sólo con la encarnación se puede medir la verdad y el valor de cada uno; de otro modo, ni siquiera es posible una crítica objetiva de uno mismo.» (Cartas de la prisión y de los campos. Pavel Florenski).

Florenski no está solo en esto. Hasta los más encendidos defensores de una percepción fundamentalmente pasiva, como Hume y Kant, demandan un algo de colaboración en el sujeto; el hombre ha de poner algo suyo que de sentido a lo percibido; Hume lo cifra en la imaginación y Kant en el entendimiento.

Por tanto no hay posible conocimiento si la actitud es meramente pasiva, como en la virtualidad que nos llega a través de las pantallas electrónicas. 

Resplandor sobre el río Zuni, de William Robinson Leigh (1866-1955)

Otra de las alarmas viene ligada a un elemento tremendamente relevante como es la atención, fundamento, camino y sustento del saber. Ya decía Ortega aquello de «dime lo que atiendes y te diré quién eres».

A principios del siglo XX, Simon Weil desarrolló una compleja teoría sobre la atención, la práctica del conocimiento y el desarrollo de la experiencia por la mediación de la belleza, concediéndole a la atención la más absoluta importancia: «Los valores auténticos y puros de lo verdadero, lo bello y lo bueno en la actividad de un ser humano se originan a partir de un único y mismo acto, por una determinada aplicación de la plenitud de la atención al objeto. Lo enseñanza no debería tener otro fin que el de hacer posible la existencia de un acto como ése mediante el ejercicio de la atención. Todos los demás beneficios de la instrucción carecen de interés» (…); es la atención la que nos permite captar el objeto en su plenitud y con ello «discriminar lo real de lo engañoso». (La gravedad y la gracia. Simone Weil)

Pocos años después, el teólogo Romano Guardini advertía frente a lo que hoy es una terrible realidad: «(…) la capacidad de ver se ha deteriorado (…) Y la consecuencia es que los sentidos -es decir, los órganos con los que el hombre capta el mundo- se gastan.  Con todo este ver, el hombre no acumula más conocimiento del mundo, sino que lo pierde. Se le viene encima un alud de impresiones fragmentarias, y disminuye lo que de verdad importa, la interiorización del mundo con toda su carga de sentidos auténticos, con su grandeza y su fuerza, su profundidad. Todo se difumina». (Ética. Lecciones en la universidad de Munich, Romano Guardini).


Lago de montaña de Arseny Meshchersky (1834-1902)

Más modernamente, a fines del pasado siglo, algunos pensadores percibieron estos cambios e intuyeron los peligros que encerraban. Era más fácil, pues la era digital empezaba a nacer: La televisión imperaba y los ordenadores comenzaban a expandir su poder, inundándonos de imágenes y de información. 

Así, el premio nobel de economía Herbert Simon advertía de los peligros del exceso de información en relación a la atención, cuando en el año 1971 escribía:

« (...) En un mundo rico en información, la riqueza de la información significa una carencia de algo más: una escasez de lo que sea que la información consume. ¿Qué es lo que la información consume es bastante obvio: consume la atención de sus destinatarios. De ahí que una gran cantidad de información crea una pobreza de atención y una necesidad de asignar de manera eficiente la atención que entre la sobreabundancia de fuentes de información que podrían consumir» (Diseño de organizaciones para un mundo rico en información. 1971. Herbert A. Simon).

Otros profetizaban al respecto de los peligros que, para la naturaleza humana, encerraban los artilugios electrónicos de comunicación. Neil Postman (discípulo adelantado de ese otro adelantado que fue Marshall McLuhan) publicó libros al respecto, y decía cosas como estas: «Se ha producido un cambio epistemológico, en “cómo” conocemos y “qué” podemos ya conocer. Nos falta contexto para comprender, sin contexto (solo con imágenes que buscan la distracción y la diversión: La TV e internet), no podemos conocer la verdad» (Divertirse hasta morir. 1986. Neil Postman). 

Como digo, ya antes su maestro McLuhan nos advertía de que prestáramos atención a la tecnología, a través de la cual (por los medios) se comenzaban a trasmitir los mensajes, las ideas: «Los mensajes nos distraen de lo que los medios nos hacen a un nivel más profundo, decía; su contenido puede subyugarnos, continuaba, pero no es más que el trozo apetitoso de carne que el ladrón utiliza para distraer al perro guardián de la mente. Atendamos al medio y a lo que puede hacernos, pues el medio es el mensaje» (Comprender los medios de comunicación: las extensiones de ser humano. 1964. Marshall McLuhan).

Así se nos alertaba, no solo del poder transformador de esta nueva tecnología, sino también de su no menos formidable capacidad de fascinación.

Siguiendo con las advertencias, a principios de los años noventa del siglo pasado, el crítico literario Sven Birkerts en su polémico libro Elegía a Gutenberg. El futuro de la lectura en la era electrónica (1994), ya señalaba que el crecimiento de la era de las telecomunicaciones electrónicas provocaría una gran erosión en el lenguaje y en el uso de las habilidades de pensamiento crítico, y no se equivocaba. Este libro debe leerse junto con Tecnopolis, la rendición de la cultura a la tecnología (1993) de Neil Postman, que es un clásico sobre el impacto cultural de la tecnología cuando esta es deificada, es decir cuando «la cultura busca su autorización en la tecnología, encuentra sus satisfacciones en la tecnología y toma sus órdenes de la tecnología».


Campo de altramuces de Julian Onderdonk (1882–1922)

Más recientemente, algunos pensadores como Matthew B. Crawford (El mundo más allá de tu cabeza: cómo crecer en la Era de la Distracción. 2015), sostienen que «a medida que nuestra vida mental se vuelven más fragmentada, lo que está en juego parece ser nada menos que la cuestión de si se puede mantener un yo coherente».

Crawford ve la causa de esta interruptiva y fragmentaria realidad en la que estamos sumergidos, no solo en la moderna tecnología (que sería su fruto envenenado) sino en la autonomía de la razón humana proclamada por Kant y su deseo de fortalecer la libertad frente a la determinación de la naturaleza. Según Crawford, detrás ese influjo de fascinación está el deseo oculto de que la realidad deje de condicionarnos. De esta forma, sostiene que nos sentimos atraídos hacia una realidad virtual en la que se nos da la razón en todo, que nos hace sentir que somos los dueños de la situación y, de paso, que nos lleva cada vez más a la pasividad y a la dependencia. Crawford alerta de algo ya plenamente perceptible: «cada vez más nos encontramos con un mundo percibido a través de representaciones» y esto hace de la experiencia humana «un producto de alta ingeniería y por lo tanto manipulable»

También este nuevo siglo, Clifford Nass (sociólogo, Director en la Universidad de  Stanford de su Departamento de Comunicaciones), nos dice que los multitaskers tecnológicos son unos «enamorados de la irrelevancia» y que la multitarea digital nos hace menos sociables, menos eficientes y menos inteligentes. Su diagnóstico sobre los jóvenes de la era de Twitter es que sufren de «atrofia de la emoción» como resultado de la insuficiente «práctica en observar y experimentar emociones verdaderas» cara a cara ¿Recuerdan el grupo de chicos de que hablabamos al principio?

Y no están solo en su diagnostico; Nicholas Carr publicó recientemente un libro que ha levantado ampollas: Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2011). En este libro vuelven a presentarse pruebas considerables de que la naturaleza interactiva de las tecnologías digitales dispersa nuestra atención y limita nuestra capacidad de reflexionar profundamente. Aún más, se señalan pruebas emergentes de que el acceso a las computadoras conduce a un nivel educativo bajo.

Por otro lado estaremos todos de acuerdo en que la sabiduría requiere reflexión, quietud y silencio. Romano Guardini llamó a esto recogimiento; es precisa una labor de recolección, de acopio, de ensimismamiento, como paso previo de todo conocimiento, labor que requiere de la capacidad de permanecer quieto y estar en silencio, a fin de permitir, de esta manera, que tenga lugar, no ya la acción de la Gracia en la naturaleza que todos deseamos y a la que se refiere el gran teólogo, sino al menos la aprensión de cualquier conocimiento o saber. Y lo cierto es que la tecnología de comunicación moderna es enemigo mortal de la quietud y la tranquilidad.

Finalmente la otra faz de este gravísimo problema es el paralelo abandono de la lectura, de la buena lectura, y de lo que esta supone en cuanto nutriente moral, intelectual y estético de las almas. Hay una frase de Harold Bloom que lo expresa con una crudeza límpida: «La lectura se desmorona y gran parte del yo se dispersa con ella».

Tomando prestado un término de Arthur Koestler, parece que estemos produciendo una generación de «ingeniosos imbéciles».


Catspaws off the Land de Henry Moore (1831-1895)

Sin embargo, a pesar de todas estas advertencias y consejos, no hemos hecho caso y tampoco parece que vayamos a hacerlo. Probablemente la tecnología ha ido mucho más allá, y mucho más rápido, de lo que McLuhan imaginaba, y su fuerza seductora es aún más destructora que el empobrecimiento de la atención de que nos hablaba Simon: no dejamos de mirar con ojos pasamados rectángulos retro iluminados. Lo hemos visto en la entrada anterior. Pero sus advertencias y las de todos los demás siguen ahí a pesar del calificativo de apocalípticas de algunos, y, en mi opinión, siguen siéndonos útiles. Tómenlas como una llamada de atención, es la advertencia de un peligro que se ha hecho más presente y más terrible. 

Así y todo, podríamos pensar que no hay ya remedio, que, fatalmente, todos estamos irremediablemente contaminados. Lo decían algunas comentaristas de este mismo blog hace no mucho. No parece haber forma de escapar a esta tiranía de la atención y esta disolución espiritual que nos desdibuja como hombres. Semeja una conjura infinita. Todo conspira para ello. 

Estamos en el corazón de la tormenta, pero no debemos perder la esperanza.  

Todo lo antedicho nos sugiere al menos dos cosas: 

Por un lado, que adoptemos, como mínimo, una actitud de prudente vigilancia, de moderación, de cuidado atento y de constante supervisión, en el uso que pudieran hacer nuestros hijos de estos artefactos. Sea porque, de acuerdo a lo enseñado por Sócrates, hayamos de mostrar prudencia y recelo ante las innovaciones, cuyos efectos desconocemos, sea porque, como apuntan (y con bastantes datos, la verdad), estudios científicos y opiniones muy relevantes, el medio (que además, por su fascinación mefistofélica, se vuelve el mensaje, como diría Macllulan), es agresivo, y no solo nos cambia, y no para mejor (degrada nuestra alma y nos aliena), sino que tiende a suplantarnos, convirtiéndonos en menos hombres, en hombres deficientes, enfermos y mediocres y, en último término, irrelevantes.

Y por otro lado, y aun tiempo, que llevemos a cabo, en lo posible, una constante y paciente labor de sustitución de estos artefactos por los grandes y los buenos libros. 

Y fíjense que no he dicho nada sobre cuestiones tales como el control de la información a la que los niños pueden acceder y la secuencia y progresión en su aprendizaje. La infancia procede de lo simple a lo complejo, de lo fácil a lo difícil, de lo particular a lo general. La educación es una secuencia, el aprendizaje requiere una graduación. Sin embargo las nuevas tecnologías abren puertas a campos cuasi infinitos de información que se agolpa a borbotones, de golpe, difíciles de controlar y graduar. Pero este tema debería ser materia de otro post.

Y termino con una exhortación:

Volvamos a la que era hasta hace poco la existencia cotidiana de la gente, asentada, como decía Chesterton en una vida «digna de vivirse», basada «en costumbres y no en modas, en leyendas y no en rumores, en tradiciones y no en caprichos, en lazos sociales duraderos y arraigados en lugares vivos», y no dejemos que los libros enmudezcan y agonicen, pues con ellos agonizan los hombres. 

Esta es una razón esencial para no abandonar los libros y no abandonar a nuestros hijos ante los libros. Debemos hacer frente a esa virtualidad malsana que trae consigo esa tecnología con los buenos libros como armas, y, de esta forma, ayudar a conformar mentes capaces de interpretar el mundo con un sentido, antaño común, hoy perseguido y ya casi olvidado, de piedad y de belleza. 

Aunque eso no resultará fácil, ni a nosotros, ni a ellos. 

Pero quién nos ha dicho que vivir cristianamente ha de ser fácil, no Él, desde luego.



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