miércoles, 26 de diciembre de 2018

EL NIÑO Y EL POETA

Ilustración al poema de Eugene Field, Wynken, Blynken y Nod, obra de Emil Flohri (1869-1938).


Mi corazón salta cuando veo
Un arco iris en el cielo:
Así fue cuando mi vida comenzó;
Así es ahora que soy un hombre;
Así sea cuando envejezcamos,
¡O déjame morir!
El Niño es el padre del Hombre.

William Wordsworth



Hay algo precioso que habita en el alma de los niños. Algo misterioso y arcano, que fascina no más se le atisba. Que turba y desconcierta al adulto que osa asomarse y mirar, haciéndole, bien sacudir la cabeza al no entender, bien bajar la mirada con tristeza al concienciarse de lo que ha perdido. Y, como ustedes saben, hasta hace poco no resultaba difícil avistar esa algo precioso, pues muchos niños lo llevaban escrito en su frente. Hoy es tan escaso como el agua en los desiertos. Me refiero a la disposición, in natura, de los infantes a soñar y a soñar despiertos. ¿No añoran ustedes esta pérdida? Porque los niños de hoy se desprenden, con nuestro beneplácito y hasta con nuestro impulso, de esa inocencia soñadora en cuanto pueden.

Hoy se la mata, se la asesina sin piedad, sin remordimiento. Y con ello se asesina a la infancia. 

Hubo un tiempo, hace no mucho, en que los hombres suspiraban por esta pérdida. Wordsworth escribía:

Hubo un tiempo en que el prado, el bosque y los arroyos,
La tierra, y cada paisaje corriente,
Me parecían
Ataviados de luz celestial,
Con la gloria y la frescura de un sueño.
No es ahora como fue  antaño;
Vaya a donde vaya
De noche o de día
Las cosas que solía ver ya no soy capaz de verlas.

Gaston Bachelard en su Poética del espacio decía: “Es en el plano de la ensoñación, no en el de los hechos, donde la infancia sigue viva y poéticamente útil dentro de nosotros”. También escribió: “El espíritu puede conocer un relajamiento, pero en el ensueño poético el alma vela, sin tensión, descansada y activa” (...) “La lectura de los poetas es esencialmente ensueño”.

Hoy esto no sería aceptable, en nuestra sociedad soñar despierto generalmente tiene malas connotaciones, pues se percibe como una falta de atención, como una pérdida de tiempo, y como tal se censura y se persigue.

¿Y esto es bueno? No, claro que no. Es más, ni siquiera sospechamos las dramáticas consecuencias que tal pérdida puede acarrearnos. Recientes investigaciones han demostrado que soñar despierto es, de hecho, signo de un cerebro bien equipado y está asociado a numerosos beneficios como, mayor creatividad, mejor empatía, consolidación del aprendizaje, facilidad para establecer conexiones y relaciones entre ideas y disminución de la presión arterial; ya Disney decía aquello de que “si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. Pero a mí no me interesa destacar aquí ese aspecto utilitario del soñar. Es más, desearía alejarme de ese enfoque y, soñando, evadirme de esa realidad materialista, fabril y utilitaria. Y para ello hablaré de los poetas y de los niños, tan escasos hoy como indispensables siempre.

Ser niño es una condición mágica. Es la condición imprescindible. No es retraerse a un estado de la existencia inferior, en desarrollo, falto de realización, pobre y frustrado. No. Los cristianos sabemos que no. Que ser niño es lo que hay que ser, lo que hay que volver a ser. Y no precisamente en su aspecto físico o biológico, sino en sus disposiciones de espíritu. Y una de esas disposiciones, y no la menor, es la capacidad de soñar y de soñar despierto. Es verdad que el niño aún no ha dado rendimiento utilitario, fabril o mercantil; es, en palabras de Guardini, “puro inicio” y por ello “el niño es esperanza”. Precisamente esa es la causa de que sea capaz de ver las cosas como realmente son, pues no anida en él ningún prejuicio, ambición o deseo; no tiene todavía metas, pretensiones o proyectos, no se deja atrapar por usos o utilidades; en una palabra, el niño es puro, y en esa pureza, misteriosa y sagrada, reside el secreto de su visión. Hay unas palabras de William Wordsworth que lo dicen mejor: «Nuestro nacimiento es a un tiempo un sueño y un olvido (...) ¡El cielo yace alrededor de nosotros en nuestra infancia!».

William Blake, escribió un libro de versos hermosísimo titulado Cantares de Inocencia. En él hace apología de este estado primigenio y dulce, en el que niño despierta al mundo y lo percibe a través del velo de su alma pura y, al hacerlo, se convierte en visionario. Blake conoció, como todos hemos conocido, este estado, pero él lo recordó para todos los que lo hemos olvidado, que somos muchos. Su propia infancia había sido un período de visiones y fantasías. Cuando era un niño pequeño solía dar largos paseos por el campo de los que volvía contando historias de ángeles que afirmaba, había visto con sus propios ojos, y de los profetas con los que había conversado. Y tradujo estas experiencias a cantos como el que sigue:

Con mi flauta en solitarios valles
Toqué canciones de dulce gozo,
Y vi a un niño flotar en una nube,
Que entre risas y risas me pidió:
“¡Toca una canción sobre un cordero!”
Y yo con ánimo alegre la toqué.
“Toca, toca de nuevo esa canción”.
Toqué mi flauta y lloró al oírme.
“Deja ya tu flauta, tu feliz flauta,
Canta tus canciones de feliz deleite”.
Canté pues a viva voz la misma,
Y lloró de alegría al escucharme.
“Siéntate allí y escríbela, flautista,
En un libro que todo el mundo lea”.
Se apartó entonces de mi vista,
Y corté un hueco trozo de caña,
Me fabriqué una tosca pluma
Y, mancillando el agua pura,
Escribí mis canciones de alegría
Para que rían los niños al oírlas.

Esta calidad visionaria no suele superar la infancia y únicamente pasa a formar parte de la edad adulta en una especie escasa de hombres: los poetas, aquellos que semejan a los niños en su exuberante creatividad y en su gozo al descubrir cada mañana el mundo. Ambos perciben el universo como un conjunto de relaciones simbólicas, realidades sacramentales, como diría Newman. Sin embargo, hoy esa especie, si cabe, es más escasa aún. Y ojo, yo no estoy diciendo que los niños sean artistas, sino que los verdaderos poetas son niños.

A los poetas, a los verdaderos poetas, se les está permitido vivir por un tiempo en la Edad de la Inocencia, para que desde allí nos alumbren, nos consuelen, nos conforten con lo que ven y nos cuentan; con sus visiones poéticas y, por tanto, sobrenaturales, al través de su mirada trascendente y, a un tiempo, cristalina, que ve y comprende, fugazmente, lo único que Es y Existe. Porque ser poeta es una condición, no una profesión, como señaló Robert Frost.

Decía Guardini que “todo lo que en el adulto hace tiempo que forma parte de lo habitual, el niño lo vive por primera vez, sin que medie una preparación interior o guía relativa (…) El niño ve las cosas con toda la capacidad de sorpresa y con toda la fuerza que las mismas cosas tienen”. Es esa novedad, y el asombro que produce, lo que anida en el alma del poeta y lo asimila al niño que ve las cosas como por vez primera, en su visión primigenia. 

El Cardenal Newman pensaba que todos los fenómenos naturales son un signo y un medio de ascensión hacia la realidad del mundo invisible. No hay cosa, por inestable y vacía que pueda parecer, que no sugiera la presencia de una realidad escondida a la que imita pálidamente, y el poeta y el niño pueden verlo.

Pero, ¿en qué consiste esta visión infantil y poética? Es la visión de la cosa en sí, de la auténtica realidad que está en el corazón de las cosas, la visión de cómo el mundo es verdaderamente. El mundo material que todos conocemos posee ventanas de trascendencia y aquellos a quienes les está permitido asomarse y mirar son solo unos pocos, entre los que están los niños.  

¿Y porqué el niño disfruta de esa clarividencia? ¿qué es lo que hace al niño tan especial?

Sus dos características más propias y personales: La inocencia y la humildad.

La inocencia le protege de las interferencias del exterior y la humildad de las de su interior. 

Los adultos tenemos una visión distorsionada del mundo que nos rodea, que se nos oculta parcialmente, pues solo alcanzamos a verlo borrosamente, como a través de un espejo. Pero el niño tiene una mirada limpia ya que sus ojos no están cubiertos de la niebla del pecado que nos rodea cerniéndose sobre nuestra existencia de adultos. Y es que el niño es inocente. 

Literalmente inocente significa “libre de daño”. El niño está libre de daño pues carece de una conciencia del mal. Shakespeare lo dice mejor y de manera incomparablemente más bella: “¿Qué coraza es más fuerte que un corazón sin mancha?” (Henry VI, Parte 2, III, ii).

Y esa inocencia, esa carencia de un conciencia de qué es el mal, le permite al niño ver las cosas tal como son en lugar de cómo él las preferiría, azuzado por la vanidad, el deseo, el ansia de poder o de placer.

Y al tiempo que es inocente el niño es igualmente humilde. Y es humilde porque nada tiene. Es solo principio, amanecer, futuro. Porque, en acertada reflexión del Padre Straubinger, «¿Qué méritos puede hallarse en semejante personaje? Precisamente el no tener ninguno, ni pretender tenerlo robándole la gloria a Dios como hacían los fariseos (cf. Lucas 16: 15; 18: 9ss.; etc.). Una sola cualidad tiene el niño, y es el no pensar que las tiene, por lo cual todo lo espera de su padre.». Por eso el niño es humilde, con una humildad primera que le previene contra el orgullo, nuestro veneno interno más tóxico, ese turbio tónico que hace que nuestra visión de nosotros mismos y de los demás sea borrosa y distorsionada, que nos lleva a tomarnos demasiado en serio y a considerar la realidad no lo suficientemente en serio. 

Y ahí es donde confluyen y se hermanan niño y poeta, poeta y niño. En la humildad e inocencia que limpia la mirada y la hace certera y penetrante. Y esto lo perderemos sin remedio si perdemos la infancia.

¿Qué será entonces de los poetas si no tiene infancia en la que soñar? ¿Qué será de un mundo sin poetas? 

Coleridge escribió que “el poeta es aquel que lleva la sencillez de la infancia a los poderes de la virilidad; quien con un alma no sometida al hábito, desprendida de la costumbre, contempla todas las cosas con la frescura y maravilla de un niño”. Por su parte, el cardenal Newman nos dijo que todos los poetas son religiosos. 

Sin embargo, hoy no se estila ser viril, ni se permite ser inocente, ni se admira al soñador, ni se tolera al religioso. En pocas palabras: no hay lugar para el poeta.

Y si perdemos a los poetas no recordaremos el camino para volver, no habrá quién vaya por delante dejando pequeñas piedras que nos guíen; ya nadie sabrá cómo volver a ser niño ni, como dice el poeta Ferrari, “reconocer la herida del exilio” para poder “emprender presurosos el regreso”.

Protejamos a los niños de una conciencia prematura del mal y a los poetas de una infancia corrompida e impura. Rescatemos la inocencia de ambos. Es cierto que hoy esta es escasa, pero ya nos decía San Agustín, “La escasez te enseña, la abundancia te corrompe” (Sermones 21,8), así que aprovechemos esta dificultad.

Dejemos pues que la infancia persiga a nuestros hijos con su inocencia recobrada, incluso más allá de su niñez, “con un placer salvaje”, como decía Coledridge y dejemos que con ella galopen entre sueños los poetas que quizá un día nos salven.




P.D. Hay un hermoso librito de poemas donde se hermanan el poeta y el padre para cantar a la infancia, donde los niños son tratados como poetas y el poeta vuelve a ser niño. Un libro del que ya les hablé y del que no me cansaré de hablar, y que, además de sus bellos versos, contiene una hermosa reflexión sobre la niñez, en un breve prefacio que constituye un delicado y lúcido poema en prosa. Me refiero a Elogio de la niñez, del poeta argentino José A. Ferrari. Léanlo.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

¿POR QUÉ TODAVÍA LES LEO A MIS HIJAS EN VOZ ALTA?

Al leer en voz alta en el salón, de noche, óleo de Knut Ekwall (1843-1912).




“Los niños se hacen lectores en los regazos de sus padres”.  

Emily Buchwald



Ya he hablado en varias ocasiones de los enormes beneficios que proporciona a los niños la lectura en voz alta. 

No solo constituye un acontecimiento familiar de primer orden que puede hacer participar a todos los miembros de la familia en una comunión cariñosa y entrañable, afianzando y reforzando los lazos familiares, sino que sus beneficios se pueden extender más allá de la primera infancia.

Sé que no es costumbre leer en familia con hijos que sobrepasen la decena de años y quizá hoy menos que nunca, con esas ínfulas de madurez que se ven forzados a adoptar los chicos presionados por el mundo que les ha tocado vivir. Lo sé. Pero no me resisto a tratar de impulsar tal hábito, tradicional y beneficioso como pocos. La lectura en voz alta en las noches era un pilar básico en la arquitectura de las familias mucho antes de que radios, televisores y ordenadores portátiles aparecieran en escena y distorsionaran el haz de relaciones que, de manera natural, una convivencia familiar sana debe de llevar consigo. Y solo porque alguien lea perfectamente bien no quiere decir que no pueda disfrutar y beneficiarse al escuchar la lectura de una gran historia, especialmente a través de la voz y con la compañía de las personas a las que ama. 

Además, todos los beneficios que la lectura en alta voz supone para los más chicos, ya comentados (Construyendo un hábito (I): la lectura en voz alta), son extensibles, con diferencias de grado y profundidad, a los más grandes: (i) sirve como modelo de lectura fluida (el uso de las pausas, de los tonos, en suma, el aprendizaje de lo que tradicionalmente se conocía como declamación), (ii) facilita la ampliación del vocabulario (las conversaciones, lo queramos o no, suponen una mera taquigrafía verbal, con un léxico pobre, frases sencillas y ausencia de construcciones gramaticales o lógicas complejas. Pero el lenguaje en los libros es muy rico y sofisticado, y cuanto mejores sean estos más calidad, profundidad y riqueza habrá en ellos), (iii) puede ser utilizada como gancho para un nuevo autor o un determinado tipo de libros que, a veces por razones desconocidas, son rechazados o no considerados por los chicos como una opción de lectura (despierta su apetito por leer), (iv) es causa de una mejora de la concentración, (v) potencia la imaginación, (vi) ayuda a la transición de los libros ilustrados a los libros sin ilustraciones y, finalmente, (vii) facilita las conversaciones entre padres e hijos y por tanto su nivel de comunicación, lo que puede resultar de enorme importancia a esas edades.

Por otro lado, nada impide que ellos participen en la lectura familiar, es más, resultará conveniente y beneficioso que lo hagan, pues se sentirán partícipes activos y mejorarán su dicción y declamación.

Leyendo en voz alta, pintura de Albert Joseph Moore (1841-1893).
Pero es que, además, en el fondo los chicos lo desean. Una encuesta reciente, realizada en los E.E.U.U. (creo que se puede extrapolar a otros países occidentales), mostró que solo el 17% de los padres de los niños de 9-11 años de edad leen en voz alta a sus hijos. Sin embargo, el 83% de los niños de 6-17 años de edad dijeron que les gustaría mucho que sus padres les leyeran algo.

En casa tratamos de hacerlo así, y aunque nuestras hijas tienen ya 12 y 14 años, estas audiciones familiares les siguen gustando. Y en Navidad se da, además, la ocasión propicia para su puesta en práctica ¿cómo? Pues leyendo villancicos y poemas, que los hay y muy hermosos.

Y aquí quiero hacer un breve interludio para señalar que, en la lectura en voz alta, la de la poesía tiene reservado el puesto de honor. No solo porque, como nos recordaba Samuel Coleridge, la poesía son “las mejores palabras en el mejor orden”, sino porque, como sabemos, la poesía es en igual medida música y nuestra forma natural y orgánica de hacer música es a través de la voz. Por ello, la entonación, el acento y el ritmo son cruciales para la correcta lectura de un poema, pero solo son susceptibles de aprendizaje a través de su declamación. Como ha dicho un crítico “podemos enseñar a los chicos una correcta lectura de la poesía haciéndoles prestar mucha atención a la puntuación del poeta, evitando caer en un ritmo infantil inapropiado, enunciando cuidadosamente las palabras y enfatizando el significado del poema mediante el uso de inflexiones naturales y no artificiales. Leer con naturalidad y recordar no detenerse al final de una línea, a menos que la puntuación lo exija, son las sugerencias más útiles que podemos dar a los lectores de poesía”. Y, como en casi todo, la práctica será la clave.

Como dejó dicho el gran historiador cultural Robert Darnton, numerosas grandes obras literarias del pasado fueron hechas para ser “mejor escuchadas que vistas”(y cuanto más antiguas más grande es esa verdad), pero ningún género responde sin excepciones a dicha regla como la poesía.

Así que les invito a ustedes a hacer lo mismo y, por si no tienen material a mano (que seguro que sí), les acompaño una pequeña selección que he realizado para consumo domestico (Poemas para Navidad).

Solo puedo desearles qué disfruten y se aprovechen todos, padres e hijos, de esta maravillosa costumbre.   


martes, 11 de diciembre de 2018

LA FANTASÍA MÍSTICA

El canto de la alondra, óleo de Jules Breton (1827-1906).



«Como en el estruendo de tus cataratas
un abismo llama a otro abismo,
así todas tus ráfagas
y tus olas pasan sobre mí». 
Salmos, 42:7.


«Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación».  
Flp. 2:12.


«La marca invariable de la sabiduría es ver lo milagroso en lo común». 
Ralph Waldo Emerson



Uno de lo grandes problemas de nuestro tiempo es su desarraigo respecto de lo religioso, o si lo quieren ustedes, de lo trascendente. Una inmanencia pegajosa nos sume en un desencantado mundo de materia en disolución. 

La idea de progreso infinito es algo ya olvidado. Las carnicerías que asolaron el pasado siglo y la inhumanidad nacida de ideologías como el comunismo y el nazismo, descarnaron los corazones más duros y sumieron a los espíritus más optimistas en la desazón de un mundo sin futuro. Y no solo eso; en la segunda mitad del siglo, el desarrollo polarizado de fuerzas destructoras, escondidas tras oscuros arsenales nucleares, dio al pesimismo una pátina de angustia que no nos ha abandonado. 

Pero nos resta la esperanza. Por mucho que el pesimismo y la desazón parezcan envolvernos, Quien nos da vida sigue manteniéndonos en la existencia y espera nuestro regreso, al igual que sobre las brumas que entristecen los paramos brilla el astro rey dando vida a aquello que permanece oculto a los ojos.

Quizá la piedra angular, aquella sobre la base de la cual deba reconstruirse la bondad y belleza de las almas, esté en las proximidades del asombro y la maravilla y no lejos del temor y el temblor que conmueven las entrañas. En la contemplación de las esencias primigenias de aquello que, en pura armonía y finísimo concierto, se desprenden de todo lo creado ex nihilo. Más tarde llegará el amor que transforma y trastoca todo orden y de nuevo otro asombro y maravilla envolverá el alma adentrándola en el conocimiento de lo contemplado. Pero primero hay que sentir la propia pequeñez y solo acercándonos con humildad, respeto y temor podremos verdaderamente conocer y creer. Y la llave para abrir esa puerta se llama conocimiento poético.


El Gran Cañon, obra de Thomas Moran (1837-1926).
Sócrates lo personificó en su particular questae; Aristóteles lo enseñó cuando dijo que la filosofía comienza con asombro; Santo Tomás de Aquino lo calificó de scientia poetica, definiéndolo como la aprehensión directa de la realidad que inspira respeto y admiración y el cardenal Newman llamó a esta experiencia aprensión real distinguiéndola de la nocional de las proposiciones abstractas. El propio Santo Tomás lo englobó entre los modos de conocimiento esenciales, entre la metafísica, la dialéctica y la retórica; quizá sea el menos confiable de todos ellos en términos de conocimiento científico, pero es el más importante para poder recibir las impresiones sensoriales y emocionales de la cosa misma. No es otra cosa que cultivar y despertar la atención, entre asombrada y muda, sobre el mundo (lo que Wordswoth llamó «relación apasionada»), para así captar aquello que Hopkins definió, misteriosamente, como «las certezas incomprensibles»Ese camino místico permitirá acercarse y percibir el misterio del mundo.

Pero hoy todo eso está olvidado. Solo damos relevancia al conocimiento puramente intelectivo, tan frío e impasible como el poder al que se le asocia. Pero el conocimiento poético es fuego abrasador, siempre temor y amor por igual. 

La manera de regresar a ese estado primigenio de asombro y sencillez es tremendamente dificultoso para nosotros adultos, contaminados como estamos en este ambiente secular y deshumanizado. Pero los niños gozan de una situación de partida propicia, privilegiada, pues su inocencia es el estado ideal para comenzar rectamente el camino.

Rudolf Otto hablaba de lo numinoso como aquello que estremece y aliena hasta casi borrar la existencia. Recuerdo de niño sentir el vértigo, la espiral en la que se sumergía mi mente cuando trataba de entender el infinito o la diferencia entre el ser o no ser en absoluto. Y luego una iluminación llena de asombro, y llena de temor, pero también de respeto. 

Ya casi no puedo sentir eso y sueño con que mis hijas lo sientan plenamente y comprendan más y mejor que yo, y, de esta manera, se aproximen un paso más allá de dónde me encuentro. Se trata de alcanzar «el sentido de otro mundo» del que hablaba C. S. Lewis y para ello, un buen camino será a través del mito, como apuntaba su amigo Tolkien.

En un viejo ensayo de 1973, titulado La Racionalidad del Mito, el académico Clyde S. Kilby bucea en la psique humana para tratar de explicar la cuestión de la permanencia del mito entre los hombres. «Las dos características más básicas del hombre son conocer y adorar», escribe Kilby. Sin embargo, observa, «en nuestra época, (...) la principal vía para conocer es la realización de enunciados». Este error epistemológico nos lleva a descartar el mito como vía de conocimiento. Lo que no puede ser cuantificado y sistematizado no puede ser conocido. Sin embargo, desde siempre ha existido otra ruta, el camino de la imaginación, y la principal expresión de la imaginación se produce a través del mito. «La sistematización drena color y vida, pero el mito los restaura».


Venus y Anquises, óleo de William Blake Richmond (1842-1921).
Este poder restaurador, esta capacidad de trascender las limitaciones epistemológicas que nos aprisionan, es lo que hace al mito especialmente poderoso, ya que es a la luz del mito que resultará más fácil iniciarse en el conocimiento de la verdad.

Y junto al relato mítico, lo místico se encuentra también en la visión simple y clara de lo cotidiano, en ver aquello que nos rodea a través del tamiz del sentido común. Chesterton lo dice mucho mejor: «El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común». 

Y los buenos libros reúnen ambas cosas. Porque, como decía Goethe, «aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la experiencia». A través del juego especular de la imaginación poética, los niños y los jóvenes podrán acercarse unos y regresar los otros a ese estado iniciático dónde la mística del mundo les envolverá con maravilla, asombro y temor.

En los libros a que me refiero, el universo en el que se enmarcan las historias es fácilmente identificado por los jóvenes lectores con el suyo propio, y en ellas se tratan algunos temas basilares como el mito creacional, lo milagroso y lo demoníaco, la batalla entre el bien y el mal y la convicción de que existencia trasciende nuestra materialidad y el tiempo que nos ha tocado vivir.

Algunos estudiosos caracterizan este tipo de relatos como aquellos que poseen una cierta estructura argumental: incluirían un mundo paralelo concreto, un dispositivo o ser sobrenatural que transporta a los niños protagonistas a ese mundo, una fuerte voz narradora (adulta) que se identifica con los protagonistas y media para los lectores, y lo más importante, una comunidad de amigos que comparten las percepciones místicas y desarrollan una perspectiva moral. El resultado de todos estos elementos trabajando juntos es el establecimiento de un mundo de fantasía "realista" en el que el lector infantil participa como colaborador creyente.

Ya he hablado de algunos de estos libros; recuerdo a El viento y los sauces, Las crónicas de NarniaEl HobbitEl jardín secreto La princesa y los trasgos. A partir de hoy hablaré de algunos otros, comenzando por George MacDonald, con Más allá del viento del norte y La llave de oro, continuando por Saint Exupery y su famosísimo Principito y terminando con una autora de la que todavía no he tratado, Madeleine L’Engle y su Una arruga en el tiempo; todos ellos escritores cristianos, condición esta que no deja de notarse en sus libros. 

Cierto es que, como Rudolf Otto distingue, pueden darse dos aspectos fundamentales en lo numinoso: el mysterium tremendum, que es el que provoca miedo o temblor, y el mysterium fascinans, que atrae y fascina. Algunos han dicho que solo este último está y debe estar presente en la literatura al alcance de los niños. No lo creo, pues uno no va sin el otro; ocurrirá que muy probablemente el mysterium tremendum que perciban los niños sea de otro grado, ya que la inocencia propia de la infancia hace que los pequeños no necesiten demasiado para experimentar fuertes impresiones. 


La niña del Regimiento, óleo de John Everett Millais (1829-1896).
Pero por supuesto, todo ello es más antiguo que Rudolf Otto, mucho más. Sin duda está en ya en el Sanctus, Sanctus, Sanctus de Isaías y antes incluso: se albergó en el alma del primer hombre que miró, entre asombrado y asustado, a la Luna, o que del que se acurrucó por vez primera bajo unas ramas, paralizado por los relámpagos y truenos de una tormenta; también en los primeros ojos que de forma lastimera observaron los campos de cultivo arrasados por el granizo o el fuego. No significa otra cosa que el estremecimiento de sentirse criatura y, a un tiempo, constituye «el numinoso material en bruto, necesario para alcanzar el sentimiento de humildad religiosa». Nos anula en nuestra individualidad para que podamos renacer como hombres nuevos; hace que tomemos conciencia de nuestra condición de criaturas de un Creador y por lo tanto de nuestra impotencia y nulidad, sabiendo que sin Él no somos nada.

Es tremendo y fascinante.

Así lo expresó San Agustín: «¿Qué es esto que me traspasa de luz y percute en mi corazón sin herirlo? Me espanto y me enardezco. Me espanto, porque me siento disímil a ello; me enardezco, porque me siento semejante». 

Puede parecer duro, pero es una experiencia sana y necesaria. Es la experiencia, la toma de conciencia de un increíble mundo creado ex nihilo. Sin eso nada se comprende.

Uno de los escritores a que me he referido, George MacDonald, decía: «No es tanto transmitir un significado como despertar un significado». Tanto MacDonald como los demás citados nos presentan en sus libros a la imaginación como un vehículo privilegiado para aprehender esa naturaleza sacramental del mundo a que se refería Newman. En sus relatos, al encarnar viejas verdades en nuevas historias, al «decirnos aquello que hay que decir a través de los cuentos de hadas» (como dice Lewis), nos ayudan a revisar nuestra percepción del mundo infundiéndole lo que ha perdido: el sentido de lo numinoso, con su asombro y maravilla y con su temor y temblor... Es, como alguien ha dicho, «la experiencia poética de la realidad», tremenda y fabulosa, perturbadora y hermosa.

“Y la mañana pesa.
Vibra sobre mis ojos,
Que volverán a ver
Lo extraordinario:
Todo”.

Jorge Guillén. Cántico.

Así que, acerquen a sus niños a estos libros, por favor, acérquenlos. 

domingo, 2 de diciembre de 2018

VA DE CAPITANES

La batalla de Lepanto, obra de Juan de Luna Novicio (1857-1899).



¡Oh capitán! ¡Mi capitán! 
Nuestro espantoso viaje ha terminado,
La nave ha salvado todos los escollos, 
hemos ganado el anhelado premio,
Próximo está el puerto, ya oigo las campanas 
y el pueblo entero que te aclama,
Siguiendo con sus miradas la poderosa nave, 
la audaz y soberbia nave;
Walt Whitman



¿Se han fijado ustedes que la figura del capitán es la más frecuente entre los héroes literarios contemporáneos? Sobre todo a partir del Renacimiento, tras el abandono progresivo, tanto del modelo del caballero medieval cristiano como antes del héroe greco-latino, surge la imagen del capitán como heredero de aquellas figuras heroicas y probablemente no sin razón. 
El Capitán ––del latín caput, que significa “cabeza”–– era el que estaba a cargo, el que mandaba, dirigía y conducía a un grupo de hombres. El oficial al mando de la tropa, de la escuadra o de la compañía, quien gobernaba un barco o aquel que mandaba en una fortaleza o comarca. Pero de todas esas acepciones, es en el aspecto militar dónde se concentra en mayor medida el tropo literario de “capitán”. Su elección entre los demás rangos militares se debió, probablemente, a que era el mando en el que confluían, estar en la cadena de mando lo suficientemente abajo como para ser accesible, pero, a un tiempo, encontrase lo bastante arriba en el escalafón como para merecer un respeto y detentar autoridad; además el capitán reunía la característica honorífica y admirable de que solía ser el más alto rango de oficial que participaba directamente en el combate real. Así que tenía la ocasión de ser un héroe ante sus hombres, lo que confirió al título su halo de honor, valentía y heroicidad.
Lo cierto es que los protagonistas literarios con este sobrenombre son legión (siendo unos caudillos militares y otros comandantes de navíos y embarcaciones): Julio Verne con su capitán Grantcapitán Nemocapitán Hatteras, y Dick Sand –el capitán de 15 años–, Emilio Salgari con el capitán Tormenta y el capitán de la D´Jumna, Rafael Sabatini con el capitán BloodEl capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte, El capitán Corcorán de Alfred Assollant, el capitán Singlenton de Daniel Defoe, el capitán aventurero de Walter Scott, el capitán Fracasa de Teophile Gauthier, los capitanes intrépidos de Ruyard Kipling, o el capitán Veneno de Pedro Antonio de Alarcón, y en el mundo de los comics tenemos un buen número de capitanes también, como nuestro Capitán Trueno, el estadounidense capitán América, y el capitán Haddock, el inseparable amigo de Tintin.
Hoy hablaré de alguno de ellos y de dos de los escritores que más han hecho uso de este tipo de personaje: Julio Verne y Emilio Salgari. Por cierto, este último recababa para sí, aunque sin mucho motivo, el consabido título de “capitán”, como más adelante señalaré. Así que vamos a empezar.

Emilio Salgari (1862-1911).
Dibujo de Paolo Bacilieri (1965-).
Escritor de viajes sin haber viajado nunca más allá de su Italia natal (suya es la frase que dice “escribir es viajar sin la molestia del equipaje”). Creador de capitanes y caudillos sin otra vivencia que la esclavitud de escribir a sueldo de crueles editores por unas pocas monedas. La destreza de su pluma no desmerecía a la de los floretes y arcabuces que empleaban sus héroes. Esto y mucho más era nuestro autor, el gran Emilio Salgari. Aunque solo sea por lo que nos hace rememorar su nombre (lo que espero que suceda con nuestros hijos si llegan a leerlo), vale la pena escribir estas líneas: héroes valientes y audaces, atrevidas escaramuzas, abordajes, huracanes y tormentas, fieras salvajes, villanos contumaces y damiselas en apuros a quienes rescatar y por supuesto, héroes a los que emular y con los que soñar.
Cierto es que el pequeño veronés (porque era de muy corta estatura), no puede ser considerado un gran literato, ni por estilo ni por profundidad (Salgari no tenía tiempo de releer una sola línea de lo que escribía, lo que, dado su grado de producción, explica sus muletillas, sus giros repetitivos y todo aquello que la estirada crítica no le perdonó), pero en la literatura popular su inmenso éxito y aceptación lo han convertido en un gigante bajo cuya sombra es preciso refugiarse al menos en las primeras etapas de la vida.

Sus historias son amenas y atrayentes como ninguna, y su imaginación colmó su carencia de experiencia y vivencias (aunque amaba el mar y comenzó los estudios para ser marino, no llegó a terminarlos ni a obtener el título de capitán que tanto ansiaba). Esta falta de mundo no fue obstáculo para que sus libros nos transporten a otros mundos, desde el Mar Caribe, persiguiendo galeones en las balandras y goletas de los tres hermanos corsarios (el negro, el verde y el rojo), hasta los mares de la China y las islas de Borneo y Sumatra, siguiendo la estela del prahu del Tigre de la Malasia, Sandokán. Tampoco rechazó el acercarse a su cercano Mediterráneo con su Capitán Tormenta y con el León de Damasco, e incluso nos transportó a esa grandiosa batalla que fue Lepanto.   
Con Salgari sus hijos no aprenderán composición, ni vocabulario, ni estilo; tampoco profundizarán en aquello que da por llamarse naturaleza humana; pero a cambio sabrán que es el heroísmo, la entrega y la pasión por la aventura. Salgari fue un fabricante de héroes, y eso se agradece, porque ya no abundan. 

Julio Verne (1828-1905).


Poster publicitario utilizado por el editor Hetzel para publicitar las novelas de Verne.
El padre de la novela moderna de la ciencia ficción, anticipación y aventuras, no requiere mucha presentación ¿quién no ha leído alguna de las novelas de su serie viajes extraordinarios? Creo que, como en caso de Salgari, sus historias son patrimonio de nuestra memoria infantil. Ray Bradbury escribió: “todos somos, de una manera u otra, hijos de Julio Verne”.
Verne, como Salgari, es un escritor del que no se puede apartar la palabra "aventura". Siendo de esta manera, es inevitable que ambos reúnan ciertas características comunes, aparte de su genio imaginativo –quizás de una mayor calidad literaria en el caso de el francés–. Como Salgari el nantés era principalmente un viajero mental. Aparte de usar su querido velero por las aguas costeras de la Bretaña y el cercano Mediterráneo, no realizó viajes a los lugares exóticos y misteriosos de su tramas, y solo surcó los aires una vez (en globo y durante media hora) a pesar de sus Cinco Semanas en Globo y la maravillosa aeronave de Robur el conquistador. Por otro lado, gran parte de su ficción no fue solo mal pagada... si no que, además, su producción literaria estaba sometida –al igual que la de Salgari–, a un ritmo agotador; Verne señaló que se encontraba obligado contractualmente a publicar dos novelas al año y cuando tenía casi 70 años, todavía decía: “Estoy trabajando constantemente como siempre, funcionando como una máquina, y no dejo que se enfríe el horno”, aunque, para su fortuna, no tuvo el triste final de Salgari.
Por último, en los dos escritores el mar tiene una relevancia especial, virtual en el caso de Salgari (que no hizo nunca travesía alguna, a pesar de su sobrenombre de "capitán") y natural en el de Verne (creció rodeado de mar y barcos, en Feydeau, una pequeña isla cercana a Nantes y la navegación fue la gran afición de su vida). Las novelas en las que el mar es escenario de la trama son numerosísimas en la obra de los dos escritores, pero bastaría mencionar el ciclo del capitán Nemo (20.000 leguas de viaje submarino y La isla misteriosa) en el caso de Verne y el ciclo de Sandokan en el de Salgari. Por otro lado, los dos escritores se posicionan claramente en sus novelas haciendo frente al colonialismo y en concreto colocan al Imperio de su tiempo, el Británico, como el gran enemigo de sus héroes.
Sin embargo las aventuras narradas por Verne difieren de las de Salgari en varios puntos esenciales, que además se ilustran con las novelas que comentaré a continuación.
En Salgari hay un tratamiento marginal del progreso tecnológico. Por el contrario, en Verne la tecnología y la ciencia adquieren un gran relieve en casi todas sus tramas, tanto es así que se le considera el creador del denominado género de anticipación e incluso se le atribuye un cierto carácter precursor y hasta profético. En lo que se refiere a sus personajes, en las obras de ambos hace aparición el proverbial héroe masculino, más próximo al ideal del caballero medieval en el italiano y al del gentleman victoriano, en el francés, héroes más salvajes en el primero y más civilizados en el segundo. Pero difieren en el tratamiento de las mujeres y de los jóvenes, pues Salgari coloca a los personajes femeninos con un papel clave en la trama e incluso en algunas de sus novelas les da todo el protagonismo y Verne no duda en hacer protagonistas de muchas de sus historias a jóvenes inexpertos. Lo veremos a continuación.
No obstante, las aventuras narradas en las novelas de ambos son cautivadoras e irresistibles. Espero que todavía puedan atraer a sus hijos a su mundo mágico y exótico como lo ha hecho con mis hijas.



UN CAPITÁN DE QUINCE AÑOS. Julio Verne
Ilustración de Ángel Badía Camps (1929-).
La presentación de esta historia por la revista literaria Novelas y Cuentos (dónde yo la leí en mi adolescencia), era irresistible: “inconcebibles aventuras en el África tenebrosa donde un heroico adolescente cae en poder de los antropófagos y de unos traficantes de esclavos tras el naufragio originado por la traición de un asesino”. Y a fe que no se trataba de ninguna exageración. 
En esta novela, Verne nos presenta la historia de los pasajeros y la tripulación de la goleta ballenera Pilgrim, que tras un accidente desastroso termina siendo capitaneada por el protagonista, Dick Sand, el miembro más joven de la tripulación con solo 15 años. No obstante los esfuerzos y la pericia de Dick, la nave termina naufragando en las inhóspitas costas africanas, donde el héroe y demás supervivientes han de enfrentarse a nativos antropófagos y a traficantes de esclavos. Finalmente, merced al ingenio y desenvoltura del joven capitán, las tribulaciones tendrán un final feliz. 


Dos ediciones de la novela, de Molino (1934), con portada de José García de Longoria, y la muy reciente de RBA.
El libro fue escrito durante la decadencia de la trata de esclavos en Occidente (poco después de la Guerra civil americana). Verne era conocido por sus opiniones contrarias a la esclavitud y este trabajo contiene elementos de ese mensaje. Muy interesante y entretenido.

EL CAPITÁN NEMO. Julio Verne

El capitán Nemo por Alphonse de Neuville (1835-1885).

Nemo ¿recuerdan al capitán Nemo? El mismo nombre es de un fragor misterioso. ¿No significa Nemo “nadie” en latín?... Lo cierto es que el pasmoso capitán Nemo se agolpa en mi memoria como seguramente en la de muchos de ustedes. Y sin duda se adueñará de las de sus hijos, fruto de su fascinación ignota. Capitán de una de las naves submarinas más memorables, el Nautilus, Nemo es uno de los personajes más grandiosos de Verne (quizá es el mismo Verne). Es un hombre que ha dado la espalda al mundo, que ha prometido no volver a poner el pie en tierra firme nunca más. Es un genio, un ingeniero, un artista, un atleta, a veces un pacifista, a veces un justiciero, a veces un hombre justo y cabal y en ocasiones un villano vengativo que odia Imperios y que inventó el NautilusEn su lecho de muerte, Nemo nos dice que su nombre real es príncipe Dakkar y que, cuando era un niño, fue enviado a Europa para su educación. Pero ese origen enigmático no es nada más que parte obligada de su atrayente personalidad. Todo un personaje, sin duda.

La novela de su aparición es Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), que a pesar de su título no solo trata de una odisea submarina que desvela los innumerables misterios del mar, sino también del misterio de un hombre, Nemo. 

Dos de los mejores ilustradores de la novela, Zdeněk Burian (1905-1981) y Alphonse Neuville (1835-1885).
Justo después de la finalización de la guerra civil americana, el mundo se encuentra conmocionado por una misteriosa criatura marina que tiene aterrorizada a la navegación abordando y hundiendo sin piedad numerosos barcos, capaz de viajar a enormes distancias en tiempo récord y que además puede atravesar los blindados cascos de los navíos de guerra.

El biólogo francés Pierre Aronnax, acompañado de su fiel ayudante Conseil, se embarcan en un viaje con el fin de desentrañar el misterio, pero se encuentran con un misterio mayor: el del capitán Nemo y su nave submarina el Nautilus. Prisioneros del capitán, él, Conseil y el arponero franco-canadiense Ned Land, no solo asistirán asombrados a las numerosas maravillas marinas que se muestran ante sus ojos, sino que comprenderán cuál es fuerza oscura que impulsa a su captor.



Las dos novelas en una sus múltiples ediciones, en este caso publicadas por Editors SA.
Más tarde nuestro capitán misterioso aparece en otra de las grandes historias de Verne: La Isla misteriosa (1874). 

En plena guerra de Secesión americana, cinco prisioneros de la Unión (un ingeniero, un periodista, un marinero, un esclavo negro liberado y, por cierto, un quinceañero y su fiel perro) escapan de su cautiverio en un globo que, desviado de su trayectoria, cae accidentalmente en una isla desconocida. Así empieza una aventura en la que estos náufragos del aire tendrán que aprender a reconstruir por sí mismos un pedazo de la civilización en un ambiente hostil y salvaje, a la espera de su rescate. Sin embargo, el corazón de la Isla esconde una sorpresa que no tardarán en conocer y que dará un vuelco a su destino.

En cierto modo es una robinsonada –no cabe duda la deuda que la historia tiene con el libro de Defoe–, y ahí están de nuevo la fuerza, el valor y la inteligencia para sobrevivir, pero el libro contiene algo más, y no es solo la amistad como elemento integrante del referido coctel de supervivencia. Se trata del calificativo del título, misteriosa, pues la isla no solo encierra un arcano, sino a un hombre enigmático: el capitán Nemo. Según Roland Barthes se trata de una novela “casi perfecta”; esperemos a ver que opinan sus hijos, porque a las mías les gustó mucho.

lustraciones de la novela La Isla Misteriosa, del volcán de la isla por Zdeněk Burian (1905-1981) y de los cinco náufragos por N. C. Wyeth (1882-1945).
Y frente a Nemo y su misterio, su fascinación que atrae y repele, están los contrapuntos que coloca el escritor francés en sus novelas: sabios y hombres de acción por igual (pensemos en el ingeniero Ciro Smith en esta última novela o el biólogo Pierre Aronnax en Veinte mil leguas de viaje submarino), personajes que incitan a aprender con sus disertaciones científicas o sus ingenios motrices, aprovechando al máximo los mínimos recursos de que disponen, y que nos seducen igualmente –aunque en forma distinta a Nemo– con sus conductas valientes, rectas e intachables.

Estas dos novelas, probablemente dos de las más grandes de Julio Verne, fascinarán a sus hijos, seguro, y ciertamente pueden ser leídas de forma separada, aunque les recomiendo lo contrario. De hecho, las dos conforman, con la previa de Los hijos del capitán Grant (1867), una sui generis trilogía, y digo así porque si bien entre Los hijos del capitán Grant y 20.000 leguas de viaje submarino (1869) no hay vinculación alguna de personajes ni tramas, la última novela de esta imprevista y extraña trilogía, La Isla Misteriosa (1874), traza una relación entre las tres, cerrando el circulo que abrió la primera novela. Esta ligazón es establecida a través de dos personajes: Ayrton –personaje malvado que es castigado en Los hijos del capitán Grant pero que expía su culpa y se redime en La Isla Misteriosa–, y la figura del capitán Nemo, presente en las dos novelas que examinamos hoy. 

LA CAPITANA DEL YUCATÁN. Emilio Salgari.

Portadas, de una edición reciente de Planeta y de la editada por Calleja, con ilustración de Federico Ribas (1890-1952), en 1920.

La novela está ambientada en el mar Caribe a finales del siglo XIX, en concreto en la guerra hispano estadounidense conocida en España como la Guerra de Cuba (pues como sabemos, con su derrota, España perdió la isla de Cuba –que se proclamó república independiente bajo tutela de Estados Unidos–, junto con Puerto Rico, Filipinas y Guam, que pasaron a ser dependencias coloniales del vencedor). Pero lo que hace peculiar a la novela es que su protagonista es una noble y valiente dama española, que, además, comanda un barco en medio de una guerra. 

El argumento es el siguiente: la tripulación del Yucatán, capitaneada por la Marquesa Dolores del Castillo, ferviente defensora de la corona de España que reúne en su persona una deslumbrante belleza y una gran bravura de carácter, tiene la misión de llevar una provisión de armamento para el ejército español. Es 1898, los insurrectos (independentistas) se apoderan poco a poco de la Isla bajo el amparo de la poderosa flota americana. Allende los mares Manila capitula y el último reducto de los hombres valientes de la armada española es Cuba, pero, para resistir, se encuentran precisados de las provisiones y la munición que porta el Yucatán y nuestra heroína hará lo imposible para dar satisfacción a tales necesidades.

Salgari es un maestro de la sencillez, la tensión dramática y los diálogos, que en esta obra usa con la pericia de siempre. Se trata de una historia entretenida que se vuelve trágica conforme se acerca el final. En cierto modo, es el retrato de la caída de un Imperio. Los soldados y generales españoles son tratados como héroes, que cobijados en los colores de su bandera pelearon con honor hasta el final, aunque la heroína femenina quizá cobra menos protagonismo que el que parece atribuirle el título. 

EL CAPITÁN TORMENTA. Emilio Salgari.
Ilustración de José Luis Salinas (1908-1985).
Salgari era, entre otras cosas, un maestro del titular. Sus libros atraen aún antes de leer una sola de sus páginas, y ello es debido a sus fascinantes títulos. En este caso no es diferente, con un nombre sonoro y enigmático como el de Capitán Tormenta, novela con la que se inicia una trilogía que continúa con El León de Damasco y finaliza con La galera del Bajá (también titulada El Hijo del León de Damasco). 

Nos encontramos en la segunda mitad del siglo XVI, “Oriente aniquilaba a Occidente. Asia retaba a la Cristiandad, haciendo flotar triunfante ante su vista la verde enseña del Profeta. Por todas partes vencían ya los infieles. Una a una eran tomadas las torres por los bárbaros de Arabia y de las estepas de Asia y, derrotados, agonizantes o muertos, los cristianos eran arrojados a los fosos, desde los torreones ya conquistados”.


Así presenta Emilio Salgari el escenario que, como telón de fondo, se agita tumultuosamente a lo largo de las tres novelas y que culmina en la batalla de Lepanto: la amenaza del turco que tanto pavor y miedo causó a la Europa cristiana.


Ilustraciones de Jose Luis salinas (1908-1985).
La trilogía encierra en sus inicios una sorpresa que solo bien entrada la primera de las novelas es desvelada: el valiente capitán es en realidad una muchacha, Leonor, duquesa de Eboli. Una joven que había abandonado la seguridad de su privilegiado mundo para internarse, disfrazada de hombre, en el de las tribulaciones, peligros y zozobras de la guerra, con la secreta esperanza de rescatar a su prometido, el caballero Le Hussière, prisionero de los turcos. Tras desvelarse el misterio todo cambia y la trama se trastoca con la aparición de un nuevo personaje, Muley-el-Kadel, conocido como el León de Damasco, pues las aventuras guerreras se trufan de episodios románticos y el amor lucha con la espada y con el corazón, dando a la historia un giro inesperado. Así, Leonor y Muley, el capitán Tormenta y el León de Damasco, comenzarán a conocerse, admirase y apreciarse mutuamente, y se creará entre ellos una relación que finalmente les unirá para siempre y cuyo fruto apreciaremos en los restantes volúmenes.  

las portadas de la edición de Calleja de principios del siglo XX, ilustradas por Rafael de Penagos (1889-1954).
Las tres novelas son un ejemplo excelente del arte del escritor veronés: personajes sacados de la épica caballeresca, acción y suspense a raudales, misteriosas identidades que esconden arcanos inimaginables, sorprendentes giros de la trama, amistad, pasión amorosa y desamor, odios mortales y una enseñanza: lo que no puede la espada lo puede el amor. Emilio Salgari nos cuenta a su manera el asedio turco de Famagusta, la batalla de Lepanto y el sitio de Candía, en lo que fue un pulso sangriento entre los cristianos y los musulmanes otomanos, mostrando un buen conocimiento histórico de una época en la que los seguidores de Mahoma, representados en el Imperio Otomano, asolaban las naciones cristianas de la cuenca del Mediterráneo, saqueando ciudades, hundiendo navíos y raptando jóvenes, y ante cuyo avance implacable tan solo la Iglesia Católica, España, Venecia y los caballeros de la Orden de Malta opusieron resistencia, lo que culminó con la Santa Alianza y la grandiosa batalla de Lepanto: «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros», a decir del ilustre participante en el combate, Cervantes. 

Como ven, en muchas ocasiones los buenos libros son un buen motivo para acercarse a la Historia.