| «Las almas desesperanzadas». Obra de Ferdinand Hodler (1853-1918). |
«Un hombre desprovisto de esperanza y consciente de ser así ha dejado de pertenecer al futuro».
Albert Camus. El mito de Sísifo
«Estás en la tierra. No hay cura para eso».
Samuel Beckett. Final de partida.
Podríamos decir que hubo un tiempo —un gran lapso— en que la literatura cristiana, con toda su variedad, compartía una arquitectura común: el mundo tenía un sentido, la libertad humana importaba y la esperanza natural era razonable; esta nacía y se nutría del Logos y su Gracia, con la virtud teologal homónima como sostén.
Pero, desde que fue expulsado del Paraíso, el hombre y sus ideas, abandonados a su albur, tienden a deslizarse por la pendiente del error y la corrupción.
Desde finales de la Baja Edad Media, irrumpen corrientes de pensamiento disolventes de enorme trascendencia para la historia de las ideas, como el nominalismo de Guillermo de Ockham. Con ellas comienza a fraguarse una fractura entre fe y razón, entre el orden de la naturaleza y el de la gracia. Acompañando a estas ideas y retroalimentándose con ellas, las grandes herejías y las tensiones políticas y culturales van horadando esa unidad de visión. Durante siglos, estas fracturas afectaron sobre todo a las élites intelectuales, mientras el pueblo conservaba una fe sencilla —la «fe del carbonero», como gustaba decirse— y la esperanza sobrenatural seguía dando sostén y vida a la natural. Pero el hilo comenzó a tensarse y, desde hace cierto tiempo, ha comenzado a romperse.
Con la modernidad se acelera este proceso. El hombre, como el sujeto autónomo kantiano, se vuelve el centro; la técnica multiplica el poder; Dios queda relegado a la esfera privada; y el progreso promete una salvación en este mismo mundo, pero, por supuesto, sin Salvador. Todo ello bajo un horizonte trascendente que se difumina.
En este lúgubre escenario, la esperanza teologal, empujada a un rincón oscuro, comienza a dejar sin alimento a la esperanza natural, que deviene entonces ambición, expectativa, cálculo y, por extensión, desasosiego y frustración.
En medio de esta atmósfera enrarecida, la literatura del siglo XX —desbordado el vaso por el tremendo golpe de las guerras mundiales, los totalitarismos, los genocidios, las hambrunas y la experiencia industrializada del horror— pone de manifiesto esta «desaparición» de la virtud de la Esperanza, dentro de un proceso que C. S. Lewis calificó gráficamente como la «abolición del hombre», en un pequeño libro, de título homónimo y lectura imprescindible.
El absurdo y el sinsentido, la angustia de un vivir vacío y sin propósito, se instalan en el mundo y, como de costumbre, son anunciados por la literatura.
Albert Camus, que tanto amó la inocencia luminosa del mundo sensible, diagnostica este «absurdo»: la desproporción entre el deseo humano de sentido y el silencio del universo. En El mito de Sísifo (el titán condenado a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra ha de volver a caer por su propio peso para ser empujada por él de nuevo), propone una respuesta ética: vivir sin mentiras, sostener sobre nuestros hombros la dignidad e imaginar a Sísifo —como símbolo del hombre— dichoso a pesar de su incesante castigo.
George Steiner, otro intelectual ateo, se preguntó sobre el supuesto valor humanizador de la cultura y, más concretamente, de la literatura, ante las catástrofes asesinas surgidas del nazismo y el comunismo, («hombres que lloraban con Werther o con Chopin se movían, sin darse cuenta, en un infierno material»); mas solo se atrevió a ofrecer –y como sombría sospecha– una respuesta insuficiente, y en la que no creía, al sugerir que la cultura podría ser apenas un «lujo apasionado».
Desde las brumas húmedas de la verde Éire, el irlandés Samuel Beckett, por su parte, en toda su obra teatral, pero especialmente en Esperando a Godot, convierte la espera en metáfora fatalista, sin esperanza: se espera algo que no llega y, sin embargo, se sigue esperando.
Por su parte, el checo Kafka, con su lucidez punzante, muestra en el ambiente de pesadilla de El proceso, la culpa sin absolución, la ley sin rostro, el juicio implacable sin sentencia justa, en un camino sin esperanza, ni natural ni teologal.
En todos ellos, a pesar de los distintos caminos artísticos que emprenden, palpita tácitamente una pregunta que solo se atreve a lanzar al aire el viejo y provocador Nietzsche —cómo no, tras haber leído a ese cirujano del alma humana que es Dostoievski—: si Dios no existe, ¿qué es del bien y del mal?, ¿qué es de la justicia última? Un Fiodor Dostoievski que conoció el abismo y la gracia, y que puso en boca de Iván Karamázov una frase que aún estremece: «Si Dios no existe, todo está permitido»; un estremecimiento más intenso hoy, quizás debido a que en los últimos tiempos hemos constatado en nuestras carnes su verdad. Esta frase no es un silogismo, sino más bien una intuición moral. Pues, sin horizonte trascendente, ¿qué sostiene, en último término, la esperanza?
Visto todo ello, cabría quizá preguntarse: ¿hay esperanza en alguno de ellos? La respuesta es tan seca y terminante como el clima de sus obras: no en el sentido teologal, ni siquiera en el sentido natural; puede haber firmeza, integridad o belleza moral, pero no esperanza.
Parecería, pues, que la última de las puertas está cerrada. Sin embargo, veremos cómo lo cristiano es siempre esperanza en sí mismo y, por ello, sus frutos son siempre símbolo del génesis y la promesa eternos, y en la literatura se nos darán muestras de ello.
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Yo creo que mientras usted ponga de ejemplo a esas personas problemáticas, neuróticas, desajustadas..., nosotros acabaremos como ellos.
ResponderEliminarPues para eso no sirve la literatura.
Si a caso podrá servir para reflexionar sobre el mundo y las situaciones que han reflejado en sus obras, pero para encontrar lo que no se debe hacer, la verdad.
Entonces, viendo su problemática y decidiendo no ser como ellos, la literatura nos enseñará a ser libres y más felices.