| «Madre e hija leyendo». Jessie Willcox Smith (1863-1935). |
«Solo lo más selecto de lo mejor en cualquier cosa puede ser lo suficientemente bueno para los jóvenes».
Walter de la Mare
Seguimos con la labor del discernimiento, de la necesaria elección. Lo ideal en esta materia, como en casi todas, es examinar las obras directamente y en profundidad a fin de constatar la conveniencia de un libro concreto para un niño en particular. Sin embargo, sabemos que esto no siempre es posible; es más, en ocasiones puede ser incluso innecesario debido a la índole del asunto tratado y su clara inconveniencia.
Con todo, en los libros destinados a los primeros años, un vistazo breve suele ser suficiente. Esto ocurre cuando la materia del libro y su enfoque son explícitos en el título, la sinopsis o la publicidad; a veces incluso basta —especialmente en los álbumes ilustrados de los que nos ocupamos— un examen general de las ilustraciones y de las frases iniciales y finales.
Pero, para echar ese vistazo, es preciso tener el libro entre las manos. A estos efectos, recuerdo la infancia de mis hijas y nuestro peregrinar por las librerías cada vez que teníamos un momento; especialmente a una, ya desaparecida y que se encontraba muy cerca de casa, a la que solíamos acudir. Era todo un ritual que ya he descrito en otro lugar, pero que el tiempo dejó atrás.
Como no todos los álbumes se prestan a estos exámenes someros ni siempre tenemos la oportunidad de hojearlos físicamente, compartiré con ustedes una serie de criterios para guiar esta labor de elección.
El punto de partida: saber qué buscamos
Lo primero que debemos hacer es saber lo que queremos, lo que estamos buscando. Para ello, definir las características principales de nuestra cosmovisión —aquella que nos sostiene en el día a día y que deseamos transmitir conscientemente a nuestros hijos— es primordial, pues incluso estos libritos, aparentemente inofensivos, deberán responder a ella. La mía es bien conocida por ustedes: mi visión de la existencia se asienta en la filosofía perenne y realista, y en la profesión de fe de la Iglesia católica romana.
Desde esta concreta perspectiva, el universo y la naturaleza humana poseen una estructura estable y un propósito; la libertad no elimina los límites, sino que los presupone para poder existir; el amor es un acto de la voluntad que incluye la justicia y exige un orden en los afectos; y, por último, la imaginación debe estar al servicio de la verdad objetiva.
Aunque estos puntos constituyen una simplificación reductiva, me parece necesaria, pues me sirve para acotar la extensión de este escrito a unos límites razonables.
Fijados estos principios, reparemos en la naturaleza del objeto a elegir: el álbum infantil ilustrado. Este género rara vez enseña doctrina de manera explícita; su función principal es formar —o deformar— la imaginación, sugiriendo y estimulando las pasiones con mayor intensidad que el intelecto. Por lo tanto, la pregunta clave que debemos formular es: ¿este álbum ordena o desordena la imaginación?
La necesidad de tal escrutinio es hoy extremadamente urgente. En la narrativa nacida de la unión entre imagen y palabra, los riesgos de la producción literaria actual radican en sugerir «verdades» tan peligrosas y distorsionantes como que el yo crea la realidad, que la caridad es posible sin la justicia, que la libertad es una ruptura autoafirmativa de los límites, o que la «autoestima» es un valor supremo y autosuficiente. También se suele promover que la emoción debe suplantar a la verdad, que la identidad personal y sexual es fluida y contingente, o que la autoridad adulta es intrínsecamente opresiva.
Toda esta jerga moderna me aburre profundamente; mucha palabrería y no poco desatino. Sin embargo, si queremos combatir y vencer, debemos conocer las armas del adversario. Las palabras son usadas hoy irresponsablemente, juegan con los sentimientos y pueden confundir la mente infantil. La imaginación de un niño es un tesoro a proteger y cuidar, y debe nutrirse de imágenes que respeten la estructura del ser y la verdad de la naturaleza humana.
Contraste de modelos
Sabemos que el álbum ilustrado es un formato relativamente reciente que comenzó a consolidarse en el siglo XX; ello no empece que haya llegado a ser una categoría sumamente valiosa –y apreciada– para y por los niños. Sin embargo, mientras que la mayoría de los clásicos del siglo pasado se sostienen sobre una base ontológicamente estable, asentada en la realidad, gran parte de los álbumes contemporáneos se ha desplazado hacia un constructivismo emocional e irracional. Veámoslo más gráficamente con algunos ejemplos.
Tomemos dos álbumes clásicos de los que ya les he hablado aquí y aquí; dos obritas que nos hablan de manera implícita de la virtud de la prudencia y de los tozudos límites de la realidad:
El primero es El cuento de Perico, el conejo travieso, probablemente el relato más famoso de Beatrix Potter, donde el protagonista, tras desobedecer a su madre, sufre las consecuencias de su desafío y aprende a través de la experiencia.
El segundo, La historia de Ping, de Marjorie Flack, que muestra, a través de las peripecias del pato protagonista, el error y sus consecuencias, y la reflexión y el regreso al orden a que da lugar. Ping huye por miedo al castigo y termina enfrentando un peligro mayor, descubriendo que la responsabilidad es más segura que la evasión.
Ambas historias demuestran —de forma suave y casi imperceptible— que la realidad tiene una estructura sólida e inteligible y que la imprudencia genera un daño real.
Por el contrario, en lo que llevamos de siglo los ejemplos de signo opuesto son numerosos. Encontramos así obras tan perturbadoras como Soy Jazz, de Jessica Herthel, un relato que presenta una antropología de corte gnóstico donde la identidad se reduce a una «autopercepción interior» desvinculada de la realidad biológica. En una línea similar se mueve Tris, Trans, de Tatiana Iglesias Bordoy, que aprovechando algunos procesos naturales de cambio, induce a la confusión del niño lector identificándolos con el, denominado eufemísticamente transición de género, bajo estos mismos postulados.
Ambos álbumes niegan la naturaleza humana como una estructura dada, supeditándola a las preferencias personales del sujeto, promoviendo la identidad personal como una autoconstrucción radical que puede dar lugar, como desgraciadamente ya estamos viendo, a unas consecuencias irreversibles y tremendas.
Y voy acabando.
Podríamos adentrarnos en muchos otros títulos, pero creo que esta pequeña muestra es suficiente para ilustrar el punto. Aunque no todo lo moderno es desechable, hoy más que nunca se requiere una extraordinaria atención a aquello que se nos ofrece, un esmerado cuidado en aquello que se elige, y una atenta mediación paterna, consciente y vigilante, sobre aquello que a nuestros hijos se les propone leer.
Les bastará con volver, una y otra vez, a la pregunta clave: ¿este álbum ordenará o desordenará la imaginación de mi hijo? Y en función de cual sea la respuesta, elijan o desechen. Parece fácil, pero, ciertamente, en ocasiones no lo será tanto, así que ¡ánimo, sus hijos agradecerán su esfuerzo!
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