viernes, 28 de abril de 2017

EL VALOR DE LOS BUENOS LIBROS

Niños jugando en la playa de Albert Edelfelt. (1854-1905).


«Lo que hemos amado, otros podrán amarlo, y podemos enseñarles cómo.»

William Wordsworth


Todo conocimiento comienza en un niño pequeño. Toda acción educativa no es sino -como señaló certeramente Chesterton- «la transmisión de ciertos hechos, puntos de vista o cualidades al último recién nacido». Y comienza de forma inasible, imperceptiblemente, sin que ni el niño ni el padre se den cuenta. Es el conocimiento poético, la base, el pilar de todo saber. De cómo se conforme, de aquello de que esté hecho, dependerá la solidez del futuro hombre: «el niño es el padre del hombre» dijo sabiamente Wordsworth. 

Así que debemos esforzarnos en prestar atención a aquello que, aparentemente, no vale para nada útil o que nos es incomprensible, a aquellas cosas que no podemos ver.

Un niño hace un agujero en la playa. Mira al mar y sigue cavando; luego se acerca a la orilla y llena su cubo con el agua que rompe en una pequeña ola a sus pies. Corriendo vuelve a su pequeño agujero y vierte el cubo ¿qué hace? ¿qué sentido tiene lo que realiza? ¿le proporcionará un mejor trabajo en el futuro? ¿cuál es el precio de esa acción, aparentemente absurda para un adulto que sabe con certeza que el niño jamás logrará llenar de agua su agujero en la arena? 


Vieja postal victoriana y Cuando nosotros éramos jóvenes de Thomas Liddall Armitage (1855-1924)

Mis hijas construyen una muralla de arena frente al mar. Afanosas, levanta una estructura cuya fragilidad se adivina en cada ola rompiente. Su laboriosidad frenética intriga la mirada del adulto.

No podréis vencer al mar. –Les digo.

Lo sabemos, Papá. –Dice la mayor.–Pero no es eso; nos gusta. –Continúa diciendo.

–¿Y por qué no?. –Grita la pequeña, mientras uno de los torreones se derrumba bajo sus manos y lucha tercamente por volver a levantarlo. 


¿Qué significa esto? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué valor?

Todo y ninguno. 

Hay cosas importantes, cosas fundamentales que no pueden valorase en dinero ni en nada material y quizás por eso nos parecen hoy día absurdas. Hay incluso cosas que no pueden aprenderse, que no pueden comprenderse, y que por esa razón, no solo no dejan de ser importantes, sino que lo son más. Son misterios. Pero no nos damos cuenta.

Pues, aunque cavar un agujero, contemplar las estrellas, correr bajo la lluvia, escribir un poema o tocar un instrumento, en verdad son cosas a las que no se puede poner precio, que no pueden ser vendidas o compradas, sin embargo, tienen valor por sí mismas, son cruciales para acercarnos a esos misterios, ayudándonos, al menos, a poder comprender que son misterios, pues la Verdad es en gran parte Misterio, y saberlo es la mayor sabiduría de todas (2 Corintios, 4:18).

Como dice Josef Pieper: «lo que verdaderamente tiene sentido es, claro está, la contemplación (...) la contemplación de los verdaderos misterios»; y esas cosas inútiles, aparentemente vacías o irrelevantes, nos preparan para contemplar, para realizar la única actividad plena de sentido: acercarnos a Dios.


A la espera de Charles Burton Barber (1845–1894)
Y leer buenos libros es una de estas cosas. Hay algo de esto en los libros infantiles, en aquellos que son buenos libros: tienen magia y fantasía, tienen dulzura y bondad, tienen crudeza y miedo, y todo esto nos lo dan sin precio alguno, y a modiño, como se dice en mi tierra, para que, paso a paso, casi insensiblemente, esa sabiduría poética penetre en las pequeñas almas de nuestros hijos, y, junto con otras cosas, algunas más importantes, contribuya a conformarlas para ayudarles a ver la Verdad.

Se trata de lo que sucede en el alma y el corazón del niño lector, y porque sabemos que algo allí sucede (algo perdurable, por demás), no solo debemos volcar nuestra atención y esfuerzo en que lean, sino en que lean algo bueno, bello y verdadero. Ni aquello que les da un buen libro puede valuarse, ni las trasformaciones que tal lectura causan en su alma pueden medirse: ¿Cómo medir el crecimiento de la virtud en su corazón?, ¿Cómo poner precio a la germinación de las semillas de Verdad en su alma y a las raíces de aquella que en ella brotan?

Como ha escrito el Dr. Mitchell Kalpakgian:

«Los clásicos infantiles iluminan los misterios de la vida, aumentan nuestra capacidad de alegría y fortalecen nuestra paciencia y perseverancia. Amamantan nuestro apetito de vida e inculcan un amor por los nobles, heroicos y valientes.» (The Mysteries of Life in Children’s Literature. 2000).

Por lo tanto, hemos de saber que en su ausencia, sin ese conocimiento poético, sin esos libros, historias y poemas, esas almas sentirán una perdida, una carencia, quizás hoy insensible, pero, no nos engañemos, que se hará notar a lo largo de sus vidas. 

El Dr. Vigen Guroian nos dice a su vez en su libro Tending the Heart of Virtue: How Classical Stories Awaken a Child’s Moral Imagination (1998), que «los niños están vitalmente interesados en distinguir el bien del mal y la verdad de la falsedad. Esta necesidad de hacer distinciones morales es un don, una gracia, que a los seres humanos se nos da al comienzo de nuestras vidas.». 

Estoy plenamente de acuerdo, pero se trata de un regalo que necesita ser cultivado o se atrofiará y desaparecerá.

El Dr. Senior y sus colegas los Drs. Nelick y Quinn lo vieron con una lucidez pasmosa. Me voy a limitar a citarlos, tal es la elocuencia y fuerza de sus discursos. Dijo Dennis Quinn en su ensayo La educación a través de las Musas (1977):

«En Las Leyes, el vocero de Platón dice: “¿Debemos entonces comenzar con el reconocimiento de que la educación es recibida primero a través de Apolo y las musas?” Las musas son las deidades de la poesía, la música, la danza, la historia y la astronomía. Ellas introducen al joven en la realidad del asombro. Es una educación total que incluye el corazón —la memoria, las pasiones y la imaginación— lo mismo que el cuerpo y la inteligencia. En primer lugar, las canciones de cuna y los cuentos de hadas enfrentan por vez primera al niño con el fenómeno de la naturaleza. “Brilla, brilla, estrellita” es una introducción Musical (con “M” mayúscula) a la astronomía que incluye algunas de las observaciones primarias de los fenómenos astrales y moviliza la emoción humana apropiada al caso: el asombro (...) Pero no nos engañemos: el asombro no es un sentimentalismo azucarado sino, por el contrario, una poderosa pasión, una especie de temor, una confrontación feroz con el misterio de las cosas. A través de las musas el abismo temeroso de la realidad convoca por primera vez a ese otro abismo que es el corazón humano; y el asombro de su respuesta es, como han dicho los filósofos, el comienzo de la filosofía —no sólo el primer paso—; sino el arche, el principio, del mismo modo en que el uno es el comienzo de la aritmética y el temor de Dios es el comienzo de la Sabiduría. Por lo tanto, el asombro da inicio a la educación y la sostiene en el tiempo.» 

Los rayos de oro de Herbert James Drape (1864-1920) y Ofelia de Pierre Auguste Cot (1837–1883)

Frank C. Nelick, por su parte, señalaba en su ensayo La sombría llanura de la poesía:

«Tradicionalmente la causa final de la literatura se consideró que era instruir a la persona mediante el deleite. La poesía busca deleitar mediante el reconocimiento de parte del lector u oyente de las similitudes entre las cosas que el poeta ha visto en primer lugar y “puesto” en su poema; virtualmente todo crítico que se ha preocupado del propósito de la poesía ha concluido que el sentido “se deleita en cosas armónicamente proporcionadas, como en las cosas similares a sí mismas”. Y en cuanto la poesía representa, pinta o imita la naturaleza, trata con la realidad y al hacerlo, instruye. Por estas razones uno, al leer Macbeth, puede aprender algo de lo que es horripilante y corrosivo acerca de la ambición, o, del reconocimiento de Desdémona [de Otelo], sacar una aguda comprensión de una muchacha corriente (...) La poesía no es una cosa avanzada; es, del mismo modo que el latín, una primera cosa. Es una cosa de niños; tal vez las Universidades puedan ofrecerla sólo como una disciplina de expertos asumiendo que los estudiantes aprendieron a amarla en algún momento de una niñez inusual. Sin embargo, existe una estación para todas las cosas, y probablemente a los veinte ya es muy tarde para  memorizar poesía —y no existe razón alguna recordarla— o incluso para dominar una declinación.»

Finalmente John Senior nos dice en su Apéndice final a La muerte de la Cultura Cristiana (1978): 

«Las ideas seminales de Platón, Aristóteles, San Agustín y Santo Tomás prosperan sólo en una tierra imaginativa saturada de fábulas, cuentos de hadas, leyendas, rimas y aventuras: los mil libros de Grimm, Andersen, Stevenson, Dickens, Scott, Dumas y los demás (...) Una razón más importante para leer los buenos libros que figuran aquí, y para leerlos preferentemente cuando se es joven, es preparar a la imaginación y al intelecto para las ideas más elevadas de los grandes libros. No es un comentario frívolo decir que una persona que haya tomado contacto en su infancia con las rimas y los ritmos de las rimas y pareados infantiles también ha cultivado los sentidos y la mente para la lectura de Shakespeare».  

Por eso leer buenos libros es tan importante. Y por eso nosotros los padres debemos ayudar a nuestros hijos a que lean esos buenos libros. Parecerá a veces inútil porque no veremos surgir frutos tangibles. Pero aunque así sea no nos desalentemos, pues aun cuando no podamos comprender que es lo que pasa en sus almas, tened por seguro que algo sucede y que ese algo es bueno. 

Así que no les decepcionemos, ayudémosles, ellos están esperándolo, lo ansían sin saberlo, lo necesitan sin sospecharlo siquiera. Y en nosotros habita una certeza inquieta que no cesará mientras no acudamos a su llamada silenciosa.




martes, 25 de abril de 2017

ÀLBUMES ILUSTRADOS CON ANIMALES

Molly Brett (1902–1990)



«Todas las cosas brillantes y hermosas
todas las criaturas, grandes y pequeñas,
todas las cosas sabias y maravillosas
todas las hizo el Señor nuestro Dios»

Cecil Frances Alexander



Los patos y los osos son algunos de los animales preferidos de los niños. Muchas de las historias que les son contadas tienen como protagonistas a estos dos animales. Los oseznos y los patitos inspiran ternura y sus torpes movimientos y falta desenvoltura conectan inmediatamente con los pequeños; ya se sabe, las afinidades electivas.

Pero, ¿es solo eso? 

Uno ve este tipo de libros y luego mira a los animales reales y se pregunta por qué, por qué los animales causan ese efecto en los niños (fascinación, asombro, cercanía)  y por qué son esos animales y no otros. 

Cuando pensamos en animales, a los adultos se nos vienen a la mente ciertas imágenes, ricas imágenes, imágenes tradicionales, diría que ancestrales, tal es así que parecen eternas: obstinado como un buey; fiel como un perro; memorioso como un elefante; independiente como un gato; fértil como un conejo; sabio como un búho; astuto como un zorro; pérfido como una serpiente… Uno piensa en estas cosas y ve que están entrelazadas en la cotidianeidad, en lo que algunos llaman la conciencia o, mejor, la memoria colectiva. Tan numerosas son, tan arraigas están, vienen de tal lejos (remontándose a la aurora de los tiempos), y tan pronta es su presencia en la conciencia de los niños y su reconocimiento por ellos, que uno tiene la persistente sospecha de que los pequeños deben conocerlas desde el principio y que lo único que hacemos con la lectura y los relatos es ayudarles a recordarlas, como le hubiera gustado a Platón.

Así que hoy voy a tratar de cuatro libros, libritos diría yo; cada uno de ellos tiene como protagonista a uno de estos animales; dos son de osos y dos son de patos. Lo que los cuatro libros tienen en común es que se trata de libros que en su día leímos y dimos a leer a nuestras hijas, cuando eran más pequeñas, entre los 3 o 4 y los 7 años.

Dos de ellos son autoría de un dibujante genial, que recibió dos veces el mas famoso y prestigioso de los premios para libros ilustrados infantiles, la medalla Caldecott (en honor al conocido pionero de la ilustración infantil). Me refiero a Robert McCloskey.

McCloskey dibujaba muy bien y era un maestro en el manejo de la acuarela. Amante de la naturaleza, nació y vivió, con su esposa e hijas, durante gran parte de su vida en una isla de la costa de Maine, llamada Isla de los Ciervos (Deer isle), rodeado de playas, faros y meandros, barcas, gaviotas y todo tipo de animales. De hecho muchos de sus libros tienen como fuente los recuerdos infantiles en aquellos maravillosas paisajes.

ABRAN PASO A LOS PATITOSEscrito e ilustrado por Robert McCloskey. 1941 

Portada del libro
El primero de estos libritos trata de patos. Publicado en 1941, Abran paso a los patitos fue la historia de una familia de ánades reales en busca de un lugar para vivir y criar a su familia. Cuando encuentran un lugar agradable en una isla del río Charles, en Boston, el Sr. Pato anuncia que tiene que irse por una semana, pero promete que volverá a reunirse con su esposa y sus futuros patitos en el Jardín Público de la ciudad. La Sra. Pato cría a sus hijos y, en su momento, los conduce a tiempo para llegar a la cita. Ella, literalmente, detiene el tráfico -con la ayuda inestimable de un agradable policía-, para dejar libre y seguro el paso a sus hijitos a través de la inhóspita ciudad en dirección al Jardín Público. Y por supuesto allí estaba el Sr. Pato, esperando por ellos, en el momento y lugar acordado, tal y como había prometido. El libro es una pequeña guía de Boston, tal es el esencial recorrido que a la ciudad dan los patos y tal es la calidad del dibujo de McCloskey. 


Una de las páginas del libro; la familia sobre el río Charles, cerca del puente de Longfellow
Cuando Robert McCloskey aceptó el premio Caldecott por este libro, contó la historia de cómo, cuando había sido estudiante de arte en Boston, había una familia de patos que vivían en el Jardín Público de la ciudad. Inspirado por su presencia, empezó a dibujar patos de izquierda a derecha, de arriba abajo, volando y caminado, de hecho su pequeña obsesión llegó a tal punto que McCloskey adquirió una pequeña familia de ánades reales que mantenía en su apartamento, y a los que estudiaba mientras nadaban en su bañera. Esta experiencia le enseñó más que muchas de sus clases en la Escuela de Arte; así nos cuenta lo siguiente: «Si alguna vez ve a un artista dibujar un caballo, o un león, o un pato, comprobará la facilidad con que las líneas que fluyen de su pincel o lápiz se posan en el lugar adecuado para que el caballo parezca un caballo y el pato un pato, y usted pensará, “mira con qué facilidad y rapidez lo hace, vaya talento natural” ¡pero no es así! Ser artista implica mucho trabajo, no sólo talento». 

Del libro se extraen varias lecciones: que los padres, aunque se van, siempre vuelven, que, cualquiera que sea el caos que reine en el exterior, los policías siguen dando paso a las familias y los jardines públicos pueden ser hermosos lugares de reposo y descanso y, sobre todo, el libro nos ilustra sobre la vida doméstica y su relación con la estética, porque ¿cuál es el lugar más bonito para vivir? ¿Quizás una isla en el Jardín Público de Boston?

ARANDANOS PARA SAL. Escrito e ilustrado por Robert McCloskey. 1948


Portada del libro
Otro libro de McCloskey, esta vez desarrollado en los paisajes de su Maine natal, es Arándanos para Sal (1948), sobre una niña y un cachorro de oso y sus madres, todos ellos a la búsqueda de bayas silvestres. El libro es el desarrollo delicioso de una deliciosa confusión: el pequeño oso y la madre de la pequeña Sal y la pequeña Sal y la madre del pequeño oso se mezclan entre los arándanos de Blueberry Hill.


Las dos madres se sorprenden ¡me han cambiado a mi hijo!, parecen pensar
La historia nos recuerda que todavía hay lugares agradables para vivir y maneras más humanas y naturales de hacerlo; la pequeña Sal y el osezno nos lo muestran de una forma divertida. Hay quien ha dicho que Arándanos para Sal muestra al niño cómo seleccionar la dulzura (representada por las bayas) en el mundo.

Las ilustraciones funcionan principalmente para reforzar la historia. De esta manera McCloskey nos muestra el campo en Maine tal cual es, pero la imagen sirve fielmente al relato y no hay extensiones importantes al texto.

LA HISTORIA DE PING. Escrito por Marjorie Flack e ilustrado por  Kurt Wiese.1933


Portada del libro
Ping es un joven pato chino, personaje principal del clásico libro para niños de 1933 La historia de Ping, escrito por Marjorie Flack e ilustrado por  Kurt Wiese (ilustrador también conocido por haber realizado las ilustraciones de la primera edición americana de la novela  de Felix Salten, Bambi, en 1929). 

Ping vive con su mamá, su papá, dos hermanas, tres hermanos, once tías, siete tíos y cuarenta y dos primos y primas en la casa/barco “de los grandes ojos sabios” en el río Yangtse. Al final de cada día, el dueño de la casa/barco llama a los patos para que vuelvan de la orilla del río, y el último pato para cruzar la pasarela siempre recibe una azotaina. Nuestro Ping, claro, no quiere recibir la palmada por lo que siempre está muy atento. Pero un día, se distrae y no oye la llamada, y cuando se da cuenta, comprende que será el último pato en el tablón. Para evitar la azotaina, Ping decide no regresar y esconderse en la orilla del río. Y entonces se pierde. A partir de ahí vivimos las aventuras y peripecias de Ping hasta que logra regresar a su confortable hogar.


Una de las páginas del libro
El pequeño cuento trata varios temas: por un lado “que no hay nada como el hogar y la familia que lo conforma, por otro que hay reglas para formar parte de esa familia, y a veces hay que aceptar disciplina para vivir en amor y seguridad, también nos habla de las consecuencias potencialmente desastrosas que se siguen cuando deliberadamente se desobedece y por último trata el tema del temor y lo que este puede obligarnos a hacer; así Ping hace lo que su miedo a las consecuencias le dice que haga, y sufre por ello, recapacita y vuelve al hogar, aunque tenga que pasar por la disciplina y las reglas, no queridas y a veces duras, del aprendizaje y de la vida en comunidad.

Las imágenes que acompañan al texto son sencillas y bellas y pueden ser "leídas" de forma independiente, de esta forma el niño no lector encontrará información acerca de la vida en el río, trasmitiéndose incluso, algún mensaje de refuerzo al texto; un ejemplo esto lo encontramos cuando Ping vuelve a la casa/barco, aquí la ilustración de Kurt Wiese lo muestra levantándose sobre sus patas, más grande que en cualquier otra ilustración, lo que resalta la importancia de la decisión de volver al hogar.

Las divertidas aventuras y desventuras de Ping deleitarán a los lectores jóvenes hoy tanto como lo hicieron en 1933, cuando este cuento clásico fue publicado por primera vez.  Recomendado para edades entre 3 y 8.

VAMOS A CAZAR UN OSO. Escrito por Michael Rosen e ilustrado por Helen Oxenbury. 1989

Portada del libro
El amor del poeta Michael Rosen por contar cuentos aparece tan fuertemente en sus poemas como en sus ficciones para niños. Su álbum Vamos a cazar un oso (1989), con ilustraciones de Helen Oxenbury, se ha convertido en un clásico moderno compartido por niños, padres, maestros y alumnos. 


Una de las páginas del libro
En las ilustraciones Oxenbury utiliza dibujos simples y reconocibles y a un mismo tiempo, dinámicos, esbozados y modelados a través de la línea suave de su lápiz y el lavado del color de su acuarela, que varían en intensidad y tamaño para escalar el drama de los acontecimientos. Sobre la marcha Oxenbury surgió la idea de realizar dibujos en blanco y negro cuando los niños estaban contemplando una escena o paisaje, y coloreados cuando ellos llevaban a cabo una acción. 

La historia está inspirada en una canción tradicional escocesa sobre la caza de un oso. Se trata de un grupo de niños, de hermanos, que, alegre e inconscientemente, salen al campo a cazar un oso. La acción se desarrolla en los hermosos paisajes de Cornualles. Todo el mundo piensa que el mayor del grupo es el padre; pero es el hermano mayor. Helen Oxenbury los modeló sobre sus propios hijos; y por cierto, el perro que les acompaña se basa también en su propio perro. 


Otra de las páginas del libro
Lo cierto es que, como en otros álbumes ilustrados, hay una historia en las imágenes y otra en las palabras. Estas últimas fueron creadas, como he dicho, a partir de una canción medieval tradicional. Las imágenes, en cambio, transmiten la visión del drama que acontece a un grupo muy vulnerable: cuatro niños, un bebé y un perro que se enfrentan a un oso. ¿Pero, es esto realmente verdad? ¿Serán las páginas en blanco y negro “realidad”, y las de color sólo las que reflejan lo que está en la imaginación de los niños? ¿Es el oso tan fiero como aparenta? Para responder a estas preguntas hay que ir al libro, a ello os invoco.

Los libros de Robert McCloskey nos iluminan siempre sobre formas de vivir conformadas y gobernadas por el amor de la familia tradicional, sea de patos, sea de osos, sea de hombres. Los cuentos de Marjorie Flack y de Michael Rosen también nos muestran aspectos familiares de aprendizaje, enseñanza y amorosa protección. Todos ellos transmiten agradables sensaciones. Es también agradable, sin duda de un agrado incomparable, la sensación de criar a nuestros hijos. Leyéndoles y dándoles a leer estos libros lo estaremos haciendo.



jueves, 20 de abril de 2017

LOS CUENTOS DE SHAKESPEARE DE LOS HERMANOS LAMB

Ofelia de Sir John Everett Millais (1829-1896)



«Me encanta perderme en la mente de otros hombres. Cuando no estoy caminando, estoy leyendo»

Charles Lamb



En general, se considera a Los cuentos de Shakespeare (1807) de Mary y Charles Lamb, como el punto culmen del subgénero literario “Shakespeare para niños”, esto es, adaptaciones de las obras de Shakespeare hechas especialmente pensando en los pequeños, que prometen entretenerles, mientras les brindan instrucción y educación en la estética y en el deleite. Estos cuentos de los Lamb se han venido reimprimiendo constantemente desde 1807 y siguen influyendo en otros autores que han tratado de adaptar las obras de Shakespeare a un público más joven, y ello tanto en la selección de las piezas, cuanto en el estilo de la traducción a la prosa del texto teatral.


Beatriz y Benedicto en Mucho ruido y pocas nueces de Norman Price (1877–1951)  y Celia en Como gustéis de Hugh Thomson (1860–1920)
La adaptación de los hermanos Lamb responde a la vieja aspiración de nosotros los adultos, tratada ya aquí, de acercar los autores canónicos a los niños, (en este caso, Shakespeare), y ello con un doble deseo: que a su través los jóvenes lectores participen en el conocimiento de las tramas y los personajes de Shakespeare (lo que se presume les otorgará acceso a un primer escalón del capital cultural del que, se espera y desea, participen algún día, esto es, lo que se denomina en ámbitos académicos una alfabetización cultural) y, también, que esa aproximación alumbre en ellos el deseo, consciente o no, de acercarse al genio, mediante la experiencia de este iniciático descubrimiento, aunque sea tenue y velado.

Lo cierto es que esta obrita sigue siendo un buen punto de partida para aproximarse al gran Bardo inglés.

El libro fue idea de Mary (según William Hazlitt, la única mujer sensata que había conocido); de hecho, no solo comenzó el proyecto, sino que escribió catorce de las veinte historias (las comedias y los romances), mientras que su hermano Charles contribuyó con las versiones de seis tragedias. Trabajaban juntos, según nos cuenta Mary en una de sus cartas:

«(...) a menudo nos sentamos a escribir en una misma mesa (aunque no en el mismo cojín), como Hermia y Helena en Sueño de noche de verano, o como un viejo matrimonio literario: yo tomando rapé y él gimiendo todo el rato y diciendo que no consigue escribir nada, cosa que siempre dice hasta que ha terminado (...)».


Ofelia en Hamlet y Cordelia en El rey Lear por Arthur Rackham (1867-1939)
En otra carta dirigida a su amigo Wordsworth, Charles Lamb confirma que es responsable de las adaptaciones de El rey Lear, Macbeth, Timón de Atenas, Romeo y Julieta, Hamlet y Otelo, mientras que Mary había adaptado los catorce restantes cuentos y escrito la mayor parte del prefacio.

Si bien se conoce la aversión de Charles a la literatura infantil didáctica (tan en boga en su tiempo) y, por tanto, su posible intención en conseguir una acercamiento de la ficción imaginativa a los niños a través de esta obra, lo cierto es que si atendemos al prefacio de la misma (escrito, como hemos visto, por Mary, según su propio hermano) vemos que los cuentos están dirigidos específicamente a las niñas, porque –se dice en dicho prefacio– «los muchachos suelen tener permiso para usar las bibliotecas de sus padres mucho antes que las chicas, y a menudo conocen de memoria las mejores escenas de Shakespeare antes de que sus hermanas puedan echar un vistazo a este libro tan varonil». Los Cuentos, por tanto, llenarían así una brecha en la educación de las niñas y jóvenes cuyo acceso a la ficción imaginativa era limitado. Los chicos tendrían poca necesidad de Los Cuentos, no sólo porque accedían a una educación que les faltaba a sus hermanas, sino también porque se les permitían el acceso a las bibliotecas de sus padres. Mary sugiere que estos hermanos, bien leídos e instruidos, debían ayudar a sus hermanas para que estas, después de asimilar sus Cuentos de Shakespeare, leyesen pasajes originales «seleccionados cuidadosamente según lo apropiado para el oído de una joven hermana».

En Inglaterra, destacaron dos emulaciones de la obra de los Lamb, la de Edith Nesbit (el Shakespeare de los niños. 1897) y la de Mary Macleod (Shakespeare. El libro de cuentos. 1911). Este último llegó a España a principios del siglo XX, de la mano de la famosa Biblioteca Araluce en dos pequeños volúmenes (Cuentos de Shakespeare y Más cuentos de Shakespeare).


Mas historias de Shakespeare de Mary Macleod en Araluce e Historias de Shakespeare editado por Bureba
Aún tiempo, aquí en España se hicieron algunos otros intentos autóctonos de adaptar Shakespeare a los más pequeños (podemos mencionar, por ejemplo, Historias de Shakespeare, adaptado por Julia Castañón en la colección Te voy a contar… y editado por la Editorial Boris Bureba en el año 1949).

No obstante, estas adaptaciones, comenzando por la clásica de los Lamb, han recibido numerosas críticas, críticas fáciles, obvias y totalmente predecibles, pues adaptar a Shakespeare no es tarea sencilla, si es que es tarea posible: todas ellas adolecen de confusionismo en la trama, haciendo que el lector pueda perderse en el camino, carecen de profundidad y sobre todo, no dan –no pueden dar, diría yo-, sensación de teatro, perdiéndose entre medias el preciosismo y la magia del lenguaje incomparable de Shakespeare.

A este respecto hay una anécdota atribuida al Borges profesor: en cierta ocasión, una alumna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires le comentó que Shakespeare le aburría, preguntándole qué es lo que debía hacer para remediarlo; más o menos, el escritor argentino le dijo: «No haga nada; simplemente no lo lea y espere un poco. Lo que pasa es que Shakespeare todavía no escribió para vos; a lo mejor dentro de cinco años lo hace (…)».

Puede ser…, después de todo los Lamb no estaban en desacuerdo con Borges, y en su prefacio reconocían honesta y humildemente, que solo estaban tratando de dar a los jóvenes lectores «algunos indicios del gran placer que les espera en sus años mayores», produciendo en ellos «sellos débiles e imperfectos de la incomparable imagen de Shakespeare».  


Sueño de una noche de verano por Arthur Rackham (1867-1939) y Romeo y Julieta por Jennie Harbour (1893- 1959)
Pero entre tanto llegan esos «sus años mayores», no creo que la lectura de este libro sea contraproducente, y, por el contrario, dará a los niños varias cosas valiosas: por un lado les hará experimentar el deleite de escenarios y paisajes desconocidos, por otro –y aun cuando no pueda compararse el lenguaje de estos cuentos con las obras originales de Shakespeare–, adquirirán un mayor dominio sobre el pensamiento y el lenguaje, sobre la expresión, el vocabulario y el estilo, y por último, porque los argumentos de las historias y la galería fantástica de personajes y tipos hechos «del mismo material del que se tejen los sueños» que pueblan la obra, les ofrecerán un aprendizaje moral nada desdeñable. En este sentido, y dado el público al que iba dirigida, la obra es mucho más conservadora que los originales, a los que transforma, censurándolos en cuestiones escabrosas, lo que llevan a los autores a modificar  en cierto modo las tramas y a eliminar personajes. No obstante las historias son reconocibles y se trata de una obra estimable y recomendable.


Ediciones de Castillo y Anaya
Que mejor que finalizar con la propia y expresiva recomendación con que los hermanos Lamb dan término a su prefacio: 

«El deseo de los autores es que todo aquello que estos Cuentos haya significado para los jóvenes lectores —y mucho más— les sea aportado luego, en la edad adulta, por las autenticas piezas teatrales de Shakespeare: que enriquezcan la imaginación y fortalezcan la virtud, que les sustraigan toda suerte de pensamientos egoístas y mercenarios, que supongan una lección en actos y pensamientos dulces y honorables, que les enseñen cortesía, bondad, generosidad y humanidad. Pues las páginas de Shakespeare están llenas de ejemplos que enseñan estas virtudes.»


Dos ediciones actuales de Random y Biblok

Para niños de 9 años en adelante. En España el libro ha sido editado por varias editoriales, así, Espasa Juvenil, bajo el título de Shakespeare cuenta..., Anaya y Biblok, ambos bajo el título de Cuentos basados en el teatro de Shakespeare y Random y Castillo, las dos con el título de Cuentos de Shakespeare, todas ellas ediciones de bolsillo asequibles, aunque carecen del acompañamiento de ilustraciones de calidad, a excepción de la edición de Biblok que viene con las magnificas ilustraciones de Arthur Rackham.